Gente: el texto es bastante extenso pero DEFINITIVAMENTE recomiendo su lectura completa!


Una historia increible: La vida de Facundo Cabral


Fue mudo hasta los 9 años, analfabeto hasta los 14, enviudó trágicamente a los 40 y conoció a su padre a los 46. El más pagano de los predicadores cumple 70 años y repasa su vida desde la habitación de hotel que eligió como última morada.
Septiembre 2007 | Discutir este artículo (0 comentarios)

Facundo Cabral acaba de cumplir 70 años.O algo así.

—Sara, mi madre, me anotó cuando yo tenía siete u ocho años. Ella creía que yo había nacido en el 37 y hacia finales de mayo. Por eso cuando me preguntan de qué signo soy les digo que le vayan a consultar a mi vieja.

Año más, año menos, Facundo llegó a la tercera edad, “que es fenomenal si viviste la primera y la segunda”. Son muchos los que no creían que podría llegar tan lejos.

—Hace poco estaba cruzando una plaza de Buenos Aires y una señora se quedó mirándome como si viera un fantasma —cuenta Facundo al otro lado del escritorio del cuarto del hotel de Buenos Aires en el que vive, las manos aferradas al bastón que necesita cada vez que se levanta—. Me dijo: ‘¿Usted fue Facundo Cabral? Yo pensé que hacía años que se había muerto. Qué jodido se lo ve’.

Desde hace tiempo, Cabral sufre diversas enfermedades, entre ellas un cáncer que los médicos le diagnosticaron como terminal, pero del que terminó salvándose luego de cuatro años de tratamiento en Estados Unidos.

—Pero no hablemos de mi salud —pide, la inconfundible voz de erres guturales aún intacta—. Aunque me esté cayendo yo hago un esfuerzo extraordinario por que me vean bien. ¿Usted me ha visto llorar, Angélica?

Angélica es la mujer chilena que hace años limpia el cuarto de hotel donde vive Facundo y no, nunca lo ha visto llorar. Tampoco lo debe haber visto mucho en absoluto, porque Facundo sigue viajando casi tanto como cuando era joven. La diferencia ahora es que tiene a donde volver. Aprovechando la oferta de unos amigos, compró hace un tiempo la habitación 509 del Suipacha Suites, un coqueto hotel del centro de Buenos Aires. Es la única propiedad que declara tener sobre la Tierra:

—Me va llegando la hora, y la idea es terminar mis días como los viví: en un hotel y entre libros.

En efecto, las bibliotecas cubren casi todas las paredes. Entre los libros que la pueblan destaca una larga serie de lomos idénticos.

—Una señora compró 500 ejemplares de un libro mío para regalar entre sus amigos. Ésos son los que me devolvieron después de que se murió.

Completan el mobiliario de la sala una cocina empotrada en la pared que no acusa demasiado uso y unos sillones de cuero negro. Aunque es mediodía, las persianas están cerradas y la habitación en penumbras. Sólo así los ojos de su dueño consiguen ver a través de los gruesos lentes verde oscuro. Hace más de una década, como consecuencia de una descompensación glandular, Facundo empezó a tener problemas en la vista y hoy ya no puede salir solo a la calle. Tampoco de eso le gusta hablar, porque dice que podría sonar a queja.

—Con los años me fui dando cuenta qué parecido que soy a mi madre. Para mi madre la queja era imperdonable. No era de hombre, digamos.
De hecho, consecuente con esa filosofía, su madre no se quejó cuando la abandonó su marido. Ahí empieza la historia del hijo, Facundo.
O algo así.


***


Facundo nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, en una fecha imprecisa y bajo otro nombre.

—Mi madre me decía Facundo, pero me anotó como Rodolfo, el nombre de mi padre, porque en esa época los nombres de los caudillos como Facundo Quiroga estaban prohibidos.

Último de siete hijos, Facundo fue criado por su madre y su abuela, pues su padre, Rodolfo, había abandonado a la familia poco antes de su nacimiento. Facundo recuerda a su abuela leyendo a autores anarquistas como Proudhon, Malatesta y Bakunin, a los gritos y con profunda emoción. Está convencido de que si su abuela hubiese conocido al Che lo habría seguido a Sierra Maestra. La suerte quiso en cambio que viviera en Berisso, provincia de Buenos Aires, casada con un coronel que pasaba sus días en los lugares más remotos.

—Él se creía un tipo muy importante que estaba defendiendo las fronteras de la patria, pero lo mandaban a los lugares más lejanos para que no jodiera a nadie. Yo suelo decir que García Márquez me plagió Cien años de soledad aprovechando que a mí todavía no se me había ocurrido. Teniendo un abuelo coronel hasta tengo más derecho que él.

Durante los primeros años de vida, Facundo se negó a hablar de forma tan rotunda que Sara supuso que era mudo, aunque los médicos aseguraban que era idiota.

—Yo tenía lo que en esa época se llamaba debilidad mental. Los médicos le dijeron a mi madre que no se hiciera muchas expectativas porque iba a ser muy difícil que alguna vez su hijo pudiera hacer un trabajo intelectual o responsable. Tengo muy presente la respuesta de mi madre: “No importa, con lo que haya vamos a hacer lo máximo”.

La falta de sustento obligó a los Cabral a ir cambiando de pueblo y de ciudad, siempre hacia el sur. Tanto él como sus hermanos y su madre trabajaban en lo que podían, comiendo salteado y durmiendo muchas veces en la calle. De sus siete hermanos, Facundo vio morir a cuatro, y nunca pisó una escuela. La familia en pleno había llegado a la Patagonia cuando él decidió volver a Buenos Aires. Tenía 9 años.

—Era el año 46, Perón recién había subido y yo había escuchado que daba trabajo. Por eso me fui a Buenos Aires a pedírselo.

Hizo miles de kilómetros a pie, en autos y camiones, montado a motos y caballos, y en tren (sin pagar boleto).

-Cuando llegué, en la estación de trenes de Constitución le pregunto a un tipo dónde podía hablar con el presidente Perón. Entonces el tipo me dice: “Es fácil, ¿ves esta avenida grande? Es la 9 de Julio. Vos seguí derecho y doblás en la Avenida de Mayo. Caminás unas cinco cuadras y llegás a una plaza, ahí vas a ver una casa pintada de rosado”. Yo ya me iba cuando el tipo me paró. Se dio cuenta de que me lo había tomado en serio. “Es difícil que te atienda —me dijo—, los presidentes son personas muy ocupadas”. Entonces me explicó que Perón iba a ir a un Te Deum en la catedral de La Plata al otro día. Dejó el negocio para comprarme un pasaje, un sándwich y una cosa que se llamaba Bidú Cola.

Facundo emprendió el viaje nuevamente y una vez en La Plata fue a la catedral de la Plaza Moreno, que quedaba a dos cuadras de la casa en donde había nacido.

—Dormí en la vereda, cerca de la catedral. A la mañana empezó a llegar gente y gente. No terminaba nunca. Sólo volví a ver algo así en la India o en China. A eso de las doce apareció el auto. Tengo la imagen acá, como una película. Era una escena para Visconti. Dobla el auto descapotable. Atrás, de pie y a la derecha, iba Perón, y Evita a su lado, saludando. Cuando el auto de Perón estuvo cerca pasé el cordón de seguridad y un policía me alcanzó, pero como Perón estaba saludando para ese lado le dijo que me soltara. Los autos en esa época tenían estribo, me subí y Perón me dice: “¿Querías hablar conmigo?”.

El pequeño Facundo le pidió trabajo al general, y eso llamó la atención de su esposa: “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna”, le dijo Eva, y ordenó a uno de sus asistentes que se encargara del chico.

—Me llevaron a una escuela cerca de la Calle 1, en La Plata. Me duché, me dieron ropa nueva, comí comida caliente... me trataron como si llegara hoy a un hotel de cinco estrellas.

Al otro día lo llevaron a Buenos Aires, donde Eva Duarte de Perón lo atendió en su oficina y lo puso en contacto con los pilotos que lo llevaron en avión, de regreso a su casa en la Patagonia.

—Cuando llegué, mi madre no lo podía creer. Me había dado por perdido y tres meses más tarde aparecí en avión y con una carta personal de Eva Perón ofreciéndole trabajo de celadora en una escuela de Tandil, al sur de la provincia de Buenos Aires.

A lo largo de una vida rica en reportajes Facundo contó varias veces esta historia, siempre de forma diferente. A veces el viaje hacia el sur es en tren, a veces Evita interviene más tarde y para llevar a su madre a la capital, a veces el padre los abandona cuando él ya tiene varios años, a veces el viaje no es desde la Patagonia sino desde el sur de la provincia de Buenos Aires, a veces su madre está con él. Como en el caso de las leyendas que conforman el folclore de una región, las versiones que Facundo da de su niñez coinciden en los temas centrales (el viaje iniciático, el niño de pueblo que llega a la gran ciudad, el amor filial por la madre) y en el hecho de que están bien contadas. Con eso basta para darlas por más o menos ciertas o ése es, en todo caso, el pacto que nos pide Facundo para entrar en su mundo, donde la mitomanía no es más que un recurso retórico y las contradicciones no deben distraernos de la moraleja. “Estoy cansado de la sinceridad, prefiero el ingenio”, escribió alguna vez este gran fabulador. Como los metafísicos de Tlön, por momentos Facundo no parece buscar la verdad ni aun la verosimilitud sino el asombro. Y lo logra.


***


Los Cabral en pleno se trasladaron a la escuela de Tandil donde trabajaría la madre de Facundo. Aunque era la oportunidad de aprender, al fin, a leer y a escribir, Facundo no se quedó en la escuela, sino que se fue a trabajar al campo, donde no fue precisamente un empleado modelo, ya que percibir el dolor de su madre abandonada, aún cuando ella no hablara de eso, convirtió a Facundo en un joven problemático. “Era tan doloroso ver llorar a mi madre sobre la máquina de coser que decidí matar al responsable de su pena, que era mi padre”, escribiría muchos años después en su libro Paraíso a la deriva (Sudamericana/Planeta, 1985), unas “memorias” que proceden (como todo su discurso) menos por las reglas de la cronología que por las de la asociación de ideas.

—Odiaba a mi padre porque nos había abandonado y lo buscaba para vengarme. Odiaba la vida sin conocerla, odiaba a la gente que no tenía un carajo que ver con mi viejo, al que tampoco conocía. Tomaba alcohol a lo bestia y me metía constantemente en pleitos. Te pegaba a vos y era como pegarle a mi viejo. Pasaba por un restaurante y rompía el vidrio porque mi madre no podía comer ahí.

Su inclinación por los puños lo llevó en aquellos años más de una vez a distintos correccionales de menores. En el de la ciudad de Azul, cercana a Tandil, conoció al jesuita que reemplazó, por un tiempo, al padre que nunca tuvo.

—Viendo que yo me peleaba con todos, me llevó a un lugar donde dijo que iba a estar tranquilo. ¿Y cuál era? La biblioteca. Como la mayoría de la gente cuando ve a su abuela se emociona, yo entro a una biblioteca y me corre un escalofrío de emoción por la espalda.

Cansado de contarle las historias que estaban en los libros que Facundo no podía leer, el jesuita decidió alfabetizarlo. Dos años y medio más tarde, cuando el joven reo ya había aprendido las lecciones y podía defenderse en la vida con algo más que los puños, el mismo religioso lo ayudó a escapar del correccional. En sus vagabundeos posteriores por la costa bonaerense, Facundo conoció a un mendigo que lo inició en el evangelio. Desde entonces, Jesús, los profetas y la Biblia ocupan, dentro del imaginario cabralesco, el mismo lugar que filósofos y escritores, a los que también empezó a conocer por esa época de la mano de Jorge di Paola, uno de los integrantes de lo que luego se conocería como el grupo de Tandil. “Me volví loco, comencé a escribir como un desaforado y cuando se me acababa el papel, escribía en las paredes”, exagera muy cabralmente en un reportaje de 1993. En esa misma nota de la extinta revista La Maga cuenta que en Tandil trabajaba de lustrabotas y uno de sus mejores clientes era Witold Gombrowicz, el escritor polaco que vivió muchos años en Argentina.

En los campos donde siguió trabajando durante las temporadas de cosecha entró en contacto con los cantores de milonga, esos “áridos juglares” que marcarían a fuego su futuro artístico. En Paraíso a la deriva escribe: “El día que conocí al mayor de ellos, Pedro Mendizábal, supe que ése sería mi oficio”. Otras veces, en otros reportajes, en otros escritos, el disparador es Atahualpa Yupanqui, pero las consecuencias, en todos los casos, fueron las mismas: el joven de no más de 20 años consiguió una guitarra, aprendió los acordes que lo acompañarían durante toda su vida y empezó entretener a los trabajadores del campo mientras sus tendencias anarquistas (herencia de la abuela) seguían haciendo que lo echaran continuamente de los trabajos.

—Me empecé a transformar en un líder. Yo quería hacer la revolución y repetía la frase de Proudhon que me había quedado grabada de chiquito: “Toda propiedad es un robo”. “Estoy forzado a robar porque he llegado muy tarde, desde antes de nacer las cosas eran de alguien”, eso cantaba yo. “Si me gusta una mujer está de novia o casada, si soy ladrón es por culpa de la propiedad privada”.

Cuando al protorrevolucionario ya no le quedaron chacras de las que hacerse echar, se fue a Mar del Plata. Era el 31 de diciembre de 1959 y Cabral se presentó a pedir trabajo en el Hotel Hermitage.

—El portero no me quiso dejar entrar. Yo ya lo quería moler a golpes cuando salió el dueño y para evitar el escándalo me hizo entrar.

Según el recuerdo de Facundo, uno de los músicos secundarios programados para esa noche había faltado, y le ofrecieron subir en su lugar al escenario.

—Ahí me acordé de algo que decía mi madre: “Cuando no sepas qué decir, decí ‘no sé qué decir’”. Entonces subí y dije: “No sé qué hago acá, yo entré a pedir trabajo, me dieron un cuarto, comí como un animal, no hablé por teléfono porque no tengo a quién llamar...”. La gente se reía, pensaba que yo era un comediante. Vi que había respuesta, igual que con los campesinos, y empecé a contar historias. Ahí comenzó mi carrera de artista.


***


Después de aquel verano en Mar del Plata, Facundo decidió probar suerte en la capital. Se supone que vivió entre mendigos y prostitutas en la plaza de la estación de trenes Constitución antes de instalarse en una sórdida pensión del centro. Se supone que consiguió grabar su primer disco a fuerza de insistir: que se metió en los estudios llamados Odeón y no se fue hasta que lo escucharon. Lo cierto, en todo caso, es que no tardó en hacerse famoso. Como su futuro colega Alberto Cortez, que en un principio se hacía llamar Mr. Sucu Sucu, también Facundo Cabral grabó sus primeros sencillos a principios de los años sesenta bajo un seudónimo: El Indio Gasparino.

—El Indio Gasparino es prerrock, pretodo. Lo que hacía era música bailable, de club. Era la época de los cantores juveniles simpáticos, especialmente italianos, tipo Rita Pavone. Era la música pop del momento —recuerda el escritor y poeta argentino Miguel Grinberg, autor del libro 25 años de rock argentino (Promundo, 1992).

“Ana María Peñaloza” o “Volveré... volveré” son algunos de sus ya olvidados temas de aquella época. El mito dice que también por entonces compuso “Vuele bajo”, cuya letra hoy se canta en varios idiomas: “No crezca mi niño / no crezca jamás. / Los grandes al mundo / le hacen mucho mal. / El hombre ambiciona / cada día más / y pierde el camino / por querer volar. / Vuele bajo / porque abajo / está la verdad. / Eso es algo / que los hombres / no aprenden jamás”. En todo caso, el éxito de entonces fueron temas como “Mimi La Vedette” (“Todavía maquillada / parece una mujer / nadie puede imaginarse / que anda por los dieciséis”) y “Dale dale Federico”, una suerte de rap previo al rap donde ya aludía a la alienación de la vida laboral moderna.

—El Indio fue quien introdujo el tema de la protesta, que luego explotaron grupos como Los Beatniks —apunta el escritor y editor Juan Carlos Kreimer, autor de otro conocido libro sobre los principios del rock argentino (¡Agarrate!, Editorial Galerna, 1970).

Aquéllos eran los años de los llamados “programas ómnibus” en la televisión argentina, que ocupaban horas y horas de emisión los sábados por la tarde. El Indio Gasparino solía aparecer en el más famoso de ellos, Sábados Circulares, junto a otros artistas muy famosos de la época, como Palito Ortega o Johnny Tedesco. El escritor y periodista Pipo Lernoud, cofundador de la revista contracultural El Expreso Imaginario que se editó durante la dictadura militar de los años setenta, era poco más que un niño en aquella época, pero igual lo recuerda:

—Me gustaba mucho. De toda la canción juvenil de esa época él era un tipo aparte, con letras divertidas e inteligentes y toda una personalidad.

Su inteligencia y simpatía lo pusieron rápidamente en contacto con la efervescente escena intelectual porteña. Pese a ser un fenómeno televisivo, entró también al círculo del Instituto Di Tella, una institución que fue referente del arte y la vanguardia de aquellos años, de la que surgirían personalidades, artistas y grupos como Les Luthiers, de cuyo humor pueden oírse ecos en los cuentos y las letras de Cabral.

En 1966, Miguel Grinberg organizó la serie de conciertos llamada “Aquí, allá y en todas partes”, un espectáculo que reunió a figuras del por entonces incipiente rock argentino, como Tanguito o Moris y, claro, Facundo Cabral.

—En esos recitales presentamos los temas de su primer disco como Cabral —cuenta Grinberg—. Los cantaba una chica que se llamaba Susana Nadal porque El Indio Gasparino aún no se había desprendido de su personalidad pop. Estaba pasando de animar fiestas juveniles en hoteles de verano a ser un cantautor de cafe concert.


***


Cuando al fin Facundo tomó la decisión de empezar a cantar con su nombre, la fama empezó a serle esquiva.

—En un teatro rompí mi récord de falta de público: toqué para una sola persona.

Decidido a “renacer”, emprendió de nuevo un peregrinaje largo. Pasó un tiempo afuera de Argentina, primero en la Isla de Pascua y luego en Cuzco.

—En la Isla de Pascua lo único que hacía era leer a Lao Tse y a Whitman. En Cuzco, además, visitaba el burdel.

Finamente, después de ese largo viaje iniciático, regresó a los escenarios a fines de los años sesenta y compuso su canción más famosa: “No soy de aquí ni soy de allá”.

—La improvisé en un concierto pequeño que di en Uruguay. Al otro día la gente me la pedía de nuevo y yo no la sabía. Esa misma noche un periodista amigo, Jacobo Timerman, me invitó a cenar y me regaló un casete. Había grabado la función.

Facundo grabó la canción pero, poco conforme con la difusión que le daba la discográfica, decidió cambiarle la letra.

—Me acuerdo que trajo, junto con su castigada guitarra inseparable de entonces, aquella nueva letra montada sobre la misma melodía, que tanto éxito tuvo después —evoca el médico y poeta Martín Poni Micharvegas—. Todavía veo la hoja donde estaban esas palabras modificadas y a Facundo, dándoles entonación.

La letra de “No soy de aquí ni soy de allá” es casi una declaración de principios, a pesar de (o precisamente a causa de) las mutaciones que fue sufriendo con el paso del tiempo: “Me gusta el sol, Alicia y las palomas / el buen cigarro y la guitarra española (antes: Me gusta el mar y la mujer (“La milonga es campo abierto / por donde el hombre camina / más que una forma de canto / es una forma de vida”).

Pero el éxito ya no lo mimaba como había mimado a El Indio Gasparino, y Cabral, como buen argentino, decidió irse a París. El avión se rompió en Madrid y Facundo aprovechó para visitar el Museo del Prado. Cuando salía jura que casi lo atropella un auto que conducía el folclorista argentino Jorge Cafrune, de bastante éxito en España, que iba a cantar a uno de los programas más vistos de la televisión y lo invitó a cantar con él.

—Facundo siempre tiene encuentros mágicos con todo el mundo —ironiza Juan Carlos Kreimer—. Pero lo curioso es que en este caso es así como lo cuenta. Yo los vi unos días después de ese encuentro y los dos, Cafrune y Cabral, me corroboraron la escena.

La estadía en España se prolongó y Facundo empezó a hacerse más conocido en el extranjero que en su país. Interpretada por Alberto Cortez, el mismo Cafrune, Juliette Gréco y otros, su canción le abría las puertas de los teatros y las universidades europeas y norteamericanas.

—Creo que me venían a ver como acá iríamos a ver a un indio que toca algún instrumento raro.

Fuente: http://www.gatopardo.com/uploads/pictures/carbal-83-gde.jpg

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