Chad-Sudán. La justicia llega tarde a África
Dos dictaduras, una frontera tan árida como porosa, dos países enfrentados y una misión de la ONU que no ha impedido la «limpieza étnica». Tierras de una belleza triste donde la justicia es un espejismo

Chad y Jartum llevan tres décadas entrometiéndose en la política del vecino. Todo va rumbo a peor en la región, sobre todo para los pueblos seminómadas (como el zaghawa del presidente chadiano, Idriss Déby Itno) que salpican los 1.360 kilómetros de artificial, porosa y polvorienta frontera común. Aunque Jartum, la capital sudanesa, experimenta un crecimiento inusitado gracias al petróleo que devora el insaciable dragón chino, la región de Darfur (tan extensa como Francia) sigue bajo la bota militar y el olvido del «centro».
La CPI dictó a comienzos de marzo su primera orden de detención contra un presidente en ejercicio —Omar al-Bashir, jefe del Estado sudanés— por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad: La política de tierra quemada que desde 2003 su ejército y sus aliados (las milicias árabes a caballo, conocidas como «yanyauid») han aplicado en Darfur. Han arrasado miles de aldeas, causado la muerte de cerca de 300.000 personas y convertido en refugiados en su propio país o en el vecino Chad a cerca de tres millones de almas.
La noticia fue celebrada por los ancianos del campo de Amnabak, que levantaban el puño bajo el cañizo en el que sesteaban, mientras sus mujeres se encargaban, como siempre, de cargar los burros con la comida que repartía el Programa Mundial de Alimentos. Campos de refugiados que parecen condenados a convertirse en ciudades al este de Chad, como el de Amnabak, que parece a salvo tras muritos de adobe.

Censo del desastre
El censo que da cuenta del desastre es muy explícito, pero apenas ayuda a ponerse en la piel del otro, como insistía Simone Weil. Al este de Chad viven, en condiciones paupérrimas, 700.000 personas, de las que 180.000 son desplazados internos, y a las que hay que sumar 285.000 refugiados sudaneses. Han de compartir su cada vez más escasa agua, sus cada vez más ralos pastos. Del lado sudanés es todavía peor, y más desde que, en represalia por haber sido convertido en «paria internacional en situación de búsqueda y captura», Al Bashir expulsara a todas las organizaciones no gubernamentales foráneas que se ocupaban de paliar los estragos del régimen contra su propia gente. Más de un millón de almas dependían de esas ONG para el agua, la comida y la atención médica en «ciudades gemelas» de las del lado chadiano, como Kalma, con 90.000 «habitantes».
Los polacos (curtidos en Irak y Afganistán), jóvenes y sufridos, parecen adaptados al desierto pese a los treinta kilos de equipo que llevan a cuestas dentro y fuera del blindado con el que patrullan los secarrales del noreste chadiano desde la base de contenedores, terraplenes, torretas y alambre de espino que han levantado junto a Iriba, ciudad de esbeltos alminares en medio de la nada. Amanece muy temprano en la base, el sol se acuesta a las siete. Antes sólo se oía polaco, croata y francés.
Ahora toman posiciones las nuevas unidades de MINURCAT (la misión de la ONU), con más color y acentos. ¿África se ocupará de África? El mayor Darek Kudlewski hace los honores a los visitantes y se encarga de adoctrinarles sobre chalecos antibalas, cascos y el carácter de una misión en permanente estado de alerta. Al entrar en una localidad, de cada blindado salen cuatro hombres que caminan a pie. «Para evitar que nos frían en una emboscada». Así hacen en Bahai, casas dispersas de un planta con muros casi vencidos por dunas que improvisa el viento. Hacemos escala en una escuela. Soumaine Hassan es un maestro de 24 años que se queja a los polacos de su indefensión: «Los Antonov sudaneses pasan por encima de nuestras cabezas. Nadie nos protege. De vez en cuando lanzan una bomba. Estamos a su merced. Como los refugiados. La presencia europea no ha cambiado nada. Los rebeldes cruzan la frontera sin problemas».
El ataque del 4 de febrero del año pasado contra Yamena estaba, a juicio del boletín «Africa Confidential», perfectamente calibrado por el gobernante Congreso Nacional sudanés (Frente Islámico Nacional) para descabalgar a Déby y al mismo tiempo bloquear el despliegue de la Fuerza de Protección Europea al este de Chad y al noreste de la República Centroafricana. Con el espaldarazo del Consejo de Seguridad de la ONU, la misión era vista en la región como una iniciativa francesa para reforzar a Déby y debilitar a Al Bashir.
La gran falacia
«La primera falacia es que el mal que carcome el régimen de Yamena viene de Sudán. El origen de todo esto no es Darfur. Eso es falso. La primera reflexión que hay que hacer es que el conflicto de Chad es fundamentalmente interno. Lo que se vive en Chad es una guerra civil casi tan antigua como la independencia. El país no ha sido estable nunca. La rebelión empieza oficialmente en 1965, pero la realidad es que el país no se ha creado, sigue siendo un Estado, pero nadie que haya estado allí puede decir que sea un verdadero país.
Nos remontamos a la colonización francesa que crea el Chad, y en eso es siamés de Sudán, en el que juntan a grupos humanos que han estado enfrentados a lo largo de la historia», cuenta Gonzalo Sánchez Terán, cooperante que pasó una larga temporada en Abéché, principal urbe del este y estratégico aeródromo francés.
«Es mucho más fácil leer toda la realidad desde Sudán, en que el malo es antagonista de Occidente, que desde Chad, que tiene un régimen mucho más borroso y no es enemigo de Occidente, al contrario: amigo y aliado», sigue Sánchez Terán. «En el año 90 toma el poder Déby con el apoyo de Francia y originariamente de Sudán. Déby viene, como todas las rebeliones, de Sudán. Aunque nada ocurre en el Chad sin el acuerdo de Francia».
El teniente Gabriel Britsch formó parte de la misión Foureau-Lamy que entre 1898 y 1900 tomó posesión de las tierras del Chad a mayor gloria de la «grandeur» francesa. En su camino hacia el sur, pasando penalidades sin cuento y viendo morir a compatriotas, guías, porteadores y camellos, el militar se muestra sorprendido del estado de las poblaciones negras que se encuentra, especialmente los que llama «harratin» <NO1>G<NO>(esclavos negros de los nómadas, es decir, africanos negros esclavizados por africanos árabes). En sus «carnets de route» anota Britsch: «raza verdaderamente degradada, más bien totalmente estupidizada; lo poco que se ha visto de ellos, por otro lado, en su mayor parte, nos permite comprender que los jefes naturales del país \[los nómadas árabes\] les podrían hacer pasar como sus animales».
El racismo no es patrimonio de Occidente. Buena parte del gran drama sudanés no se entiende sin ese desprecio de los árabes que se hicieron con el poder en Jartum y que consideraban a los negros animistas del sur y a los negros musulmanes de Darfur como una clase inferior.
El mal ha estallado ya
África central, ese espacio difícil de imaginar, en el corazón del Sáhara, donde el bosque bajo sucede a la sabana, y la sabana al desierto, donde un lago no siempre es un espejismo, de repente aparece una aldea de adobe y paja, un rebaño de ovejas y cabras, una caravana de camellos que parece haber partido hace tres siglos, ha estallado, vive un drama a fuego lento lejos de los ojos electrónicos del norte. Pero también de sus propias capitales, salvo cuando las guerrillas armadas por la potencia enemiga llaman a las puertas del palacio respectivo con las armas en la mano.
Yamena es más oscura que Jartum, acaso porque ha tenido menos suerte, o porque el caudal del Chari es más escaso que el del Nilo. Rimbaud, «el hombre de las suelas de viento», como le describió su querido Verlaine, no se dejaba intimidar por casi nada, y menos por lo políticamente correcto. La suya no deja de ser a fin de cuentas la mirada de un europeo sobre una tierra nada fácil de descifrar: «La mala alimentación, los alojamientos malsanos, las ropas demasiado ligeras, los problemas de todo tipo, el aburrimiento, la rabia permanente en medio de negros tan imbéciles como canallas; todo esto ataca profundamente la moral y la salud en muy poco tiempo. Uno envejece muy rápidamente aquí, como en todo el Sudán».
La esperanza de vida de los chadianos no llega a los 49 años, y para sus vecinos sudaneses no supera los 52. Bajo el gran sol africano, la tristeza parece insoluble. Junto al campo de refugiados de Oure Cassoni, niños y niñas que no han cumplido los nueve años, se afanan en fabricar ladrillos de barro en un erial sin sombra. El amo, sudanés como ellos, lleva un látigo en la mano. Entre las víctimas, como siempre, como en toda la historia de los campos, hay grados. La justicia tarda mucho aquí.
http://www.abc.es/20090322/internacional-africa/chad-sudan-justicia-llega-20090322.html
-
0Seguidores
-
2.224Visitas
-
0Favoritos
¿Seguro que deseas bloquear a este usuario?
¿Seguro deseas procesar este post?
Global
Argentina
Chile
Colombia
España
México
Perú
Uruguay
Venezuela
1 comentario