Querida abuela:

He decicidido escribirte cada día un ratito, a modo de diario, ya que al tener un destinatario no se me hace tan frío.

Quizás te preguntes por qué te he elegido a tí. O tal vez no. ¿Como me gustaría saber como eras tú? Te recuerdo fuerte, valiente, decidida. Pero, ¿y si no eras así? No pienses que me sentiría defraudada, es sólo que tengo la pena de no saber cómo eras en realidad. A veces no recuerdo ni cómo era tu cara, pero sí recuerdo su tacto. Tus manos, ásperas por curtidas, casi puedo sentirlas. Pero solo casi. Y también tus ojos, porque los veo cada vez que veo a la tía Carolina, y a la tía la veo cada vez que me cruzo con un espejo. Yo no soy nada decidida, o eso creo, (no te preocupes, ya te acostumbrarás a mis dudas, te pongo sobre aviso de que dudo hasta de si respiro. Manías). Para según qué cosas no hay quien me pare. Otras, en cambio, las dejo pasar. O más bien, paso. Perdóname si a veces mi lenguaje no es el más adecuado. Consecuencias de vivir con jovencitas. Tengo tres, aunque las que me influyen son dos. La otra es pequeña y trato de influirle más yo, o al menos más de lo que le influyen ellas.

Acaban de perder a su segunda bisabuela, pero para ellas no ha sido más que mera información, ya que sólo la habían visto una vez, y eran poco más que bebés. Ya ves. La cara mala de encontrar marido a mil kilómetros de aquí. Para él, sin embargo, ha sido durísimo. Llevaba un par de semanas recordándose a si mismo en voz alta que debía llamarla por teléfono, pero siempre lo dejaba para el día siguiente. Cuando llegó la noticia fué terrible.

No sé si estas cosas tienen lado bueno, pero quise aliviarle haciéndole creer que sí. Le hice ver lo afortunado que era de poder recordar mil detalles, y no como me sucede a mi contigo.

Abuela, ¡cuántos besos me habrás dado!, y no recuerdo ni uno solo. Creo que el día que te fuiste te llevaste contigo todos mis recuerdos de tí. Te pienso y lloro.

Carta a una abuela fallecida