El poder de atravesar las paredes

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¿Puede, entonces, una persona atravesar una pared sólida desde uno de sus lados y aparecer como si tal cosa al otro?

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¿No sería fantástico poder observar lo que se oculta tras los muros del vestuario de los chicos o las chicas? ¿Qué me decís de introducir la mano a través de la ropa y que ésta no te moleste a la hora de acariciar lo que deseas? Hum, me estoy empezando a relamer de sólo imaginarlo. ¿Y sacarles de las entrañas las monedas a las máquinas tragaperras, sin necesidad de pagar un precio? Ah, qué sensación tan indescriptible al meter la mano en el cajón de la cómoda y extraer los calzoncillos limpios sin tener que abrir primero y cerrar después.

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Pasando a cosas no tan mundanas, pero en cambio con una mayor admiración social, ¿no sería genial poder operar a un paciente enfermo sin necesidad alguna de abrirlo en canal, simplemente introduciendo nuestras manos en su viscoso y pringoso interior? Oh, cuántas cosas podríamos llevar a cabo con unos poderes tan increíbles como los de Scott Nelson, Sam Wheat, Kitty Pryde, Flash o el mismísimo Plattner

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Bien, dejemos por un momento las idioteces (no creo que sea capaz, por mucho tiempo) y centrémonos un poco en la ciencia. ¿Realmente tenemos alguna posibilidad de llevar a cabo hazañas como las que he expresado un poco más arriba o semejantes proezas son tan solo el producto de los delirios de los guionistas de cine o los autores de ciencia ficción? Bien, veamos habrá parte de rigor científico y parte de pura fantasía. Empecemos por el primero.

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Quien más quien menos sabe o tiene la dolorosa experiencia de que si se dirige a una velocidad inusualmente alta y sitúa su bien formada cornamenta justo enfrente de un paredón de cemento, la consecuencia más leve puede ser, además del consabido mamporro, una deformación craneal de tipo ovoide con unas consecuencias tanto más graves cuanto mayor sea la energía cinética (dicho de forma más clara, la velocidad) del individuo en cuestión, o el grosor de la pared.


El poder de atravesar las paredes

Ni siquiera acomodarse el cuero cabelludo en el interior de un casco vikingo dotado de intimidadora cornamenta puede servir de ayuda para la consecución de un fin tan loable como el de atravesar el sólido muro a base de correr hacia él a todo lo que sean capaces de dar nuestras fornidas y bien torneadas extremidades inferiores.

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Ahora bien, una treta que nos podría venir de perlas consistiría en construir un rayo miniaturizador y dispararnos con él a nosotros mismos hasta reducir nuestras dimensiones al tamaño de un minúsculo electrón, pongamos por caso. ¿Y por qué hacer esto, me diréis? Pues simplemente, para aprovecharnos de las bondades de la teoría cuántica. Veamos, cuando este modelo físico del mundo comenzó a desarrollarse allá por los primeros años del siglo pasado, un aristócrata francés llamado Louis de Broglie propuso (en su tesis doctoral) que cualquier objeto material se podía comportar también como una onda, con una longitud asociada que venía dada por el cociente entre la famosa constante de Planck y el momento lineal del propio objeto (el momento lineal es el producto de la masa por la velocidad del mismo).

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Semejante afirmación permitía explicar, entre otras muchas cosas, por qué las partículas atómicas y subatómicas parecían comportarse como corpúsculos en unas ocasiones y como ondas en otras; en cambio, una pelota, un animal o una persona difícilmente exhibían sus propiedades ondulatorias. La razón estaba en lo extremadamente pequeño del valor de la constante de Planck y lo extremadamente grande que era el valor del momento lineal de un cuerpo físico de tamaño macroscópico, como podía ser una persona. Como ejemplo aclarador, se puede ver de forma elemental que la longitud de onda asociada a una partícula como un electrón que se desplazase a una velocidad de 30,000 km/s sería de aproximadamente 0,25 angstroms (1 angstrom son 0,0000000001 metros), un valor que corresponde a los rayos X muy duros, casi en la frontera de la poderosa radiación gamma.

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En cambio, una persona de 80 kg que se desplazase a una velocidad de unos 20 km/h presentaría una longitud de onda de tan sólo la cuatrillonésima parte de una billonésima de metro
(0,000000000000000000000000000000000001 metros). No existe en este mundo, ni en ninguno otro conocido, instrumento capaz de detectar una onda tan extremadamente minúscula como ésta. Luego, una persona siempre se comportará como un corpúsculo, a no ser que se incrementen de forma descomunal su masa o su velocidad.

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Pues bien, cuando el comportamiento ondulatorio de un cuerpo físico se pone de manifiesto, la teoría cuántica predice consecuencias que, cuando menos, parecen violar el sentido común. Para entender lo anterior, imaginaos que disponéis de un alambre rectilíneo y horizontal y que lo presionáis en sentidos opuestos por cada extremo, de tal manera que se forme una especie de joroba en su parte central. Si ensartáis una esfera por un extremo y le proporcionáis un impulso pueden suceder dos cosas: si no le dais suficiente energía inicial, cuando la esfera llegue a la pendiente de subida no alcanzará la parte superior y volverá a descender por el mismo sitio con una velocidad inferior a la que llevaba inicialmente, invirtiendo el sentido de su marcha; en cambio, si le dais un empujón suficientemente grande, subirá por la parte ascendente de la joroba y descenderá por el otro lado, continuando su marcha a una velocidad ligeramente inferior (estas disminuciones en la velocidad de la esfera se deben al rozamiento que experimenta con el alambre).


El poder de atravesar las paredes

En física, denominamos a la joroba “barrera de potencial” y cuando la esfera pasa de un lado al otro de la misma decimos que ha atravesado la barrera de potencial. Continuando con la analogía, una pared también representa una barrera de potencial y la única diferencia ahora con respecto al ejemplo anterior es que dicha barrera es formidable. ¿Por qué? Pues simple y llanamente porque si la pretendiésemos atravesar deberíamos vencer las igualmente formidables fuerzas de repulsión eléctricas que aparecerían entre los electrones que conforman los átomos de nuestro cuerpo y los de la pared. Ahora bien, consideremos el caso de un único electrón que se enfrente a una única barrera de potencial (un ejemplo sería un electrón que se mueve libremente por la superficie de un metal.

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En este caso, la superficie representa la barrera de potencial). La mecánica cuántica afirma que aun cuando la velocidad a la que el electrón se acerca a la superficie metálica no es suficientemente elevada como para superar el valor de la fuerza de repulsión ejercida por la superficie del metal, el electrón tiene una cierta probabilidad de saltar y alcanzar la libertad, escapando del metal. En el ejemplo del alambre, sería equivalente a que cuando se lanzase la esfera con una velocidad muy pequeña, ésta de repente apareciese al otro lado de la joroba, aunque ésta fuese arbitrariamente alta. Semejante fenómeno recibe el nombre de “efecto túnel cuántico”.

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Evidentemente, el electrón tendrá una probabilidad de salir del metal tanto mayor cuanto más elevada sea su velocidad. Análogamente, cuanto más ancha y más alta sea la barrera de potencial, más dificultosa será la huída del electrón. Lo más curioso del caso es que la experiencia ha corroborado en innumerables ocasiones que todo lo anterior es cierto y sucede en el mundo real (toda la electrónica actual, los microscopios de efecto túnel, etc. funcionan siguiendo escrupulosamente estos principios).

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Como es obvio, hablar de probabilidades es hablar de estadística. No es que el electrón escape siempre y atraviese la barrera de potencial, sino que como se encuentra siempre vibrando y moviéndose a velocidades elevadas, el número de veces que choca contra la pared por unidad de tiempo es muy elevado y, claro, en alguna de estos incontables intentos lo consigue. Sin embargo, una persona o una pelota que se lanzasen al estilo kamikaze contra un muro de hormigón armado, necesitarían velocidades inimaginablemente elevadas (incluso aunque la pared fuese de un grosor mínimo) y así y todo el número de intentos previo al éxito sería tan grande que, total, para llegar al otro lado con la cabeza hecha mantequilla derretida, casi no merece muy mucho la pena el esfuerzo.

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Para finalizar por hoy, os pondré unos ejemplos numéricos que os parecerán del todo reveladores. Para un electrón que pretendiese pasar al otro lado de una barrera de 1 angstrom de espesor y una altura de 1 electrón-volt (más o menos la energía que se necesita para mantener unidas a dos moléculas) y dispusiese de una energía cinética de tan sólo 0,999 electrón-volts, su probabilidad de éxito ascendería hasta el 97%, es decir, de cada cien intentos, sólo fracasaría en tres.

El poder de atravesar las paredes

Una persona de 75 kg caminando hacia una pared de 15 cm de grosor a una velocidad de 7 km/h, aun cuando la altura de la pared fuese tan solo de 1 joule por encima de la energía cinética de la persona, tendría una sola oportunidad de éxito entre x (siendo x un 1 seguido de diez mil millones de cuatrillones de ceros). Demasiados coscorrones para espiar los cálidos y húmedos vestuarios. Mejor probar suerte con las apuestas…



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8 comentarios - El poder de atravesar las paredes

@SociopataJack
hay muchas interrogantes es una pregunta para

curiosidades
@Taringoman
Demasiado para leer...solo quería leer un \"SI..se puede\" y me conformaba...no me importaba como

ja
@ArquiYayo
Que tanto de mecanica cuántica sabes?
Te dejo un quantum de punto
@seba528
El poder de atravesar las paredes

jaja me hiciste acordar de una vez q me cebe de pendejo jugando al bomberman. Estube 9 horas! y podia hacer de todo, incluso atravezar paredes y miles de cosas.
Moraleja: jugar 9 horas al bomberman da fiebre
@dante2006x
=_= lo leei 10 seg luego me dio ladilla -.- demacianado largo para leer.. y todo demaciado cientifico -.-
@ponce93
seba528 dijo:historia jaja me hiciste acordar de una vez q me cebe de pendejo jugando al bomberman. Estube 9 horas! y podia hacer de todo, incluso atravezar paredes y miles de cosas. Moraleja: jugar 9 horas al bomberman da fiebre

jajajajaj