Defensa ante armas de fuego

Defensa ante armas de fuego

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fuego

¿ Quien ganara ?

Son bien conocidas por los lectores, las rápidas reacciones que requieren la mayoría de las artes marciales. Quienes nos entrenamos para la defensa personal con armas de fuego, estamos inmersos en un área jurídicamente delicada y extremadamente compleja.

Se trata del empleo de una fuerza letal contra nuestro oponente.

Toda bala, del calibre que sea, puede llegar a matar, dependiendo del lugar de impacto, penetración y tamaño de la herida. Durante la emergencia, es impracticable pretender disparar sobre una zona a voluntad, porque el oponente también intentará hacer lo mismo, por lo que a semejanza de las artes marciales, una décima de segundo, puede ser la diferencia entre vivir o morir.

Un encuentro armado, posee características similares a uno de karate. Corta distancia, reacciones rápidas, una especie de duelo. Si los contendientes logran encontrar durante el enfrentamiento armado una cubierta, deja de ser un duelo para pasar a ser un combate. Sólo combaten los policías, los particulares tienen que evitarlo, porque no se justifica hacerlo por el auto, la billetera o un falso amor propio, dado que se está arriesgando la vida. En estos casos, el mejor negocio es sobrevivir... sin ser herido.

La defensa personal armada, se establece a muy corta distancia, donde el que primero dispara, es el que tendrá mayores posibilidades de sobrevivir. Es por eso, que dentro de las pautas de la defensa personal, se disparan dos tiros en rápida sucesión, si es posible tres, al bulto, como una fuerza letal y contundente, que generalmente culmina con la muerte inmediata o tardía del sujeto. Una vez caído el oponente, es necesario cubrirse para evitar los efectos de los eventuales disparos que pueda hacer desde el suelo, recargar y prepararse para el segundo oponente si es que existe. Este simple esquema es descuidado por los policías, que suelen ser ultimados por el segundo tirador.

Los que utilizamos armas de fuego, al dominar a un sujeto intimándolo con nuestra arma, siempre suponemos que nos estamos enfrentando con un experto en artes marciales. Por ello, la distancia mínima de intimación con un arma de fuego es de cuatro metros, para impedir ser alcanzados por la trompada o la patada.

Si disparamos y el sujeto no está armado, tendremos severos problemas con el concepto de "legítima defensa" de acuerdo con el Art. 34 y sus incisos del Código Penal, obsoleta legislación del año 1921. Seguramente, el hombre armado disparará ante un delincuente desarmado, que reaccione por temeridad, alienación, embriaguez o drogas, porque si no lo hace, podría ser muerto con su propia arma. Este es un tema jurídico extremadamente delicado y con jurisprudencia en contra.

Cuando un delincuente se encuentra en acción y armado, ya está decidido a tirar sobre su víctima. El marco de su conducta lo favorece: puede huir, con una remota posibilidad de ser identificado y detenido; se mantiene anónimo; tiene un alto porcentual de no ser procesado; y su acto delictivo será uno más de los tantos sin resolver en el marco policial.

La víctima, no está preparada para un tiroteo, partiendo de preaviso cero. Cuando se encuentra en medio de la crisis y bajo presión, tiene recaudos mentales legales, no puede huir como el ladrón, no es anónimo, y siempre caerán sobre sus espaldas las responsabilidades jurídicas que correspondan. Uno en realidad, si tiene cierto nivel cultural, no está dispuesto a tirar así como así.

A partir del instante en que el delincuente apunta, se produce en la víctima un bloqueo. Ésta tiene que buscar su oportunidad y sólo cuenta con décimas de segundos para reaccionar. Una vez observado el sujeto y decidido a actuar, el cerebro debe discriminar el grado de peligro que implica la dirección actual del arma del sujeto y compatibilizarla con su futura e inmediata acción. Luego tiene que analizar con lucidez acerca de qué hacer exactamente, evaluando su situación. Finalmente, decidido a disparar, debe enviar la orden de hacerlo a los músculos, con puntería, lo cual exige una dirección de tiro correcta. Para ello, intervienen otros factores como la coordinación de la alineación ojo, alza, guión, blanco, o bien realizar tiro dirigido, presionando adecuadamente el gatillo y hacerlo fríamente, con extrema rapidez pero con suavidad, sin descuidar la alineación y sin dejar congelarse por el pánico. El tiempo que tardan los músculos en cumplir una orden del cerebro, oscila en las dos décimas de segundo, bajo circunstancias normales.

Todo esto indica, que la reacción ante un hombre armado encierra un grave riesgo. Sin embargo, el sujeto armado da por sentado que su acción de dominio, es la última carta en juego y suele dirigir la boca del arma sucesivamente hacia todas las personas que amenaza, distrayéndose en la búsqueda del botín y a veces dando la espalda a la víctima armada. Esos son sus puntos débiles, porque aunque note el movimiento rápido de su víctima extrayendo su arma, tendrá una décima de segundo menos que su rival, que está en acción y recibirá el disparo primero.

Sin ser experto en artes marciales, durante demostraciones, mi oponente armado con pistola o revólver, con munición de fogueo o sin ella, nunca pudo dispararme antes de que logre desarmarlo.

El Profesor Jorge Doglioli, explica muy bien la técnica en su artículo "Autodefensa con armas de fuego", cuya forma es muy parecida a la que precariamente utilizo, pero como es 8° Dan, sabe como seguir. Yo sólo me quedo en los aprontes.

Apretar el gatillo toma su tiempo: si el revólver del sujeto no está montado, nos concederá una ventaja adicional. Pero si el martillo de la pistola de simple acción no está previamente montado, el sujeto es hombre muerto. ¿Tiene tiempo la víctima de analizar los factores mencionados? ¡Claro que no! En última instancia, decimos que la defensa personal armada es una cuestión de suerte, primera durante el enfrentamiento y segunda, que toque un fiscal competente, que sepa evaluar todos estos factores y adaptarlos jurídicamente.

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