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Sin Peñas

La muerte de Fernando Peña el miércoles pasado despertó una tristeza tan peculiar como él: cientos de miles de personas que eran sus oyentes desde hace más de una década, y con los que había entablado esa intimidad única que da la radio, de pronto sintieron no que habían perdido a una persona querida con la que compartían sus mañanas, sino a siete, ocho, una docena. Milagritos López, Sabino, Palito, Reboira Lynch... Tal era el talento con que Peña les había dado voz y vida. Por eso, por encima de sus declaraciones polémicas, de las provocaciones, del show tanático y de la exposición de la enfermedad, Radar despide a todos esos personajes irrecuperables que revolucionaron la radio y que se fueron junto a él.

Por Natali Schejtman

Sin Peñas


Fernando Peña tenía una entrega total al espectáculo. En una especie de lucha contra la intimidad, llevó a la radio el drama y la interpretación actoral e hizo también de su relación con la enfermedad un objeto mostrable, con más y menos maquillaje (desde Esquizopeña, una de sus obras de teatro más vistas hasta el documental que estaba grabando en sus últimos días sobre su lucha contra el cáncer).

La historia de la irrupción de Fernando Peña es conocida y no por eso menos colorida. El continuaba con su servicio como comisario de a bordo, pero ya estaba cansado, y entonces aprovechaba esos micros comunicativos que surgen en cualquier viaje para desplegar su sinfonía de personajes. El más conocido fue Milagros López, pero también desfilaron por allí Susan Müller, una alemana sexy y comehombres; un cubano estridente o un argentino que luego se convertiría en el célebre Rafael Orestes Porelorti. Sin embargo, fue la cubana la que conquistó el corazón del pasajero Lalo Mir, quien pidió desesperadamente conocerla en varias oportunidades hasta que se encontró cara a cara con el hombre detrás de la dulzura caribeña (ver recuadro).

Fernando Peña aterrizó en la radio, el hábitat en donde logró expandir y conectar a sus criaturas entre sí y con el mundo. Pronto llegaría al teatro y escribiría un libro sobre su experiencia como comisario de a bordo (Gracias por volar conmigo), además de generar uno sobre él (Las siete vidas de Fernando Peña, de Mariana Mactas). Durante sus inicios, estuvo con Lalo Mir y con la Negra Vernaci, sus padrinos en el medio. Lalo dimensiona así su ingreso al mundo radial: “Lo dio vuelta, la rompió en mil pedazos, hizo lo que no era políticamente correcto. Y también irrumpió con su temeridad... Era una persona multiplicada en personajes, todos ellos caminando por un filo sobre un barranco mil metros abajo”. Primero fueron grabaciones en cassette y después empezó a ir en vivo: “Empezó a meter la otra ficha. Apareció de repente Celestino, el marido de Milagritos. O el oficial Brown. Y empezó a explotar, a quebrar el espejo en mil pedazos. ¡Y no me avisaba!”.

Como era de esperarse, llegó el momento del show propio, Grafitti. Y luego pasó a hacer El Parquímetro, su programa emblema que condujo prácticamente hasta el final, junto con su co-conductor Diego Scott y los columnistas Martín Lipszyc y Juan Butvilofsky. Diego Ripoll fue uno de sus primeros coequipers y el que le insistió para pasarse a la Metro, donde estuvo –interrupciones mediante– durante casi una década: “Yo encontré en el juego la clave para seguirlo. Fernando tenía una noción de timing radial impecable. Y yo con él jugaba, como cuando uno es chico. Quizás él estaba hablando con Palito, y de repente se escuchaba al aire el ruido de las pulseras que usaba Fernando, entonces yo aprovechaba y le preguntaba algo a la Mega. Pero no había método alguno. Y en todos los años que trabajé con él no pude descifrar lo que hacía y cómo. Tenía una mente prodigiosa dividida en esos personajes. Su cabeza era una multiprocesadora y yo trataba de ser la unión de ese vitreaux. Más de una vez me llegaron a preguntar si yo también era un personaje de Peña”.

Sebastián Wainraich trabajó en el equipo en esa misma época, primero en Metro y después en Rock and Pop. Y justamente habla de uno de los consejos que le dio, para poder afrontar su rol de productor, el operador Javier Bravo: “Hay que seguirlo”. “Ese consejo me sirvió. Con Peña me saqué todos los prejuicios, y me di cuenta de que tenía muchos del tipo ‘con estas cosas no se jode’, si bien siempre me gustó el humor negro. El iba más allá y yo me terminaba riendo. Para él, el límite lo ponía el oyente o espectador, que apagaba la radio o se levantaba de la función. Aprendí un montón con él. Es muy difícil explicarlo con palabras. Yo venía con una cabeza muy radial y un poco cuadrada, y me di cuenta de que el desorden a veces puede estar bueno. De hecho, él me dijo hace poco, cuando se cumplieron los 10 años de El Parquímetro: ‘Vos me querías hacer tener secciones’. De los personajes, yo tenía muy buena relación con Palito y con Sabino. En esos años, a los 25, me había ido a vivir solo, y Peña me llamaba para hacerme esas voces: Sabino me preguntaba si necesitaba que me hiciera una instalación eléctrica, Palito si podía llevar una mina... El es un antes y un después en la radio. Si en el mundo existiera otro así, nos habríamos enterado. Sería famoso a nivel mundial.”

El medio radial genera una especie de comunidad con los oyentes. Esa cercanía inefable, probablemente inexistente en otros medios de comunicación, producto de varias horas de escucha al día y de cierta transparencia que se da entre los que hablan y los que escuchan. Si bien Peña tejió el artificio hasta el borde de lo humano (¡era como 15 personas interactuando!), esa especie de falta de pelos en la lengua, además de toda su aura como icono, explique el agujero negro que están atravesando sus seguidores. Quienes compartieron con él parte de su trabajo o su vida, no ocultan su tristeza.

Su co-conductor actual, Diego Scott, vive en el universo de El Parquímetro desde los inicios mismos. Su entrenamiento en la interacción con todos los Peñas tuvo mucho que ver con observar a Ripoll desde el detrás de escena, cuando él era productor junto a Wainraich. El, en realidad, trabajaba en Radio América y un día fue a pedirle unos separadores “al que hace de Milagritos” y se quedó fascinado por esa parafernalia individual. Peña le preguntó qué hacía y él empezó con unas columnas de economía (!), cuando el programa se gestaba a pura estridencia y densidad. Luego pasó a ser productor (con algunas apariciones al aire, como Wainraich) y tiempo después, se convirtió en un hombre indispensable del conductor y sus criaturas: “Me parecía lo más divertido del mundo imaginarnos cada cosa. Si Milagritos decía ‘Ayer estuve con una amiga’, yo enseguida le preguntaba ‘cómo se llamaba’ y ahí seguíamos. No había límites. Nunca me pasó que le preguntara algo y que no hubiera respuesta. Era seguirlo, tirarle cosas, alimentar la conversación”.

Carlos Ulanovsky todavía se acuerda de cuando escuchó por primera vez a Dick Alfredo, el mexicano que disparaba dardos fascistas desde la FM. Estaba indignado, e incluso debe haber comentado con otros acerca de este polémico personaje radial, hasta que descubrió de qué se trataba todo: “Verlo trabajar era algo impresionante. Porque para hacer lo que él hacía no sólo había que tener una garganta de oro, sino también un punto de vista extraordinario. No se equivocaba nunca. Por el aspecto vocal, podría establecer una relación con Tomás Simari. Pero en cuanto a cómo él componía los personajes, el armado artesanal y primoroso que hacía que tuvieran un cuerpo, tengo que mencionar a Niní Marshall”.

Ulanovsky cuenta, además, un debut radial anterior al de Lalo que Fernando repetía. Se remonta a su niñez. Como “hijo de”, acompañaba a su padre, el periodista deportivo Pepe Peña, a Radio Rivadavia. El, un niño impaciente y ansioso, se quedaba esperándolo, hasta que uno de sus reclamos salió al aire: “¡Papá, me estoy meando!”.

Esa sería la primera de una larga lista de intervenciones hilarantes, en radio, televisión y aquello que se considera “la opinión pública”. En sus primeros años de aparición mediática, el asumido Fernando Peña tuvo un protagonismo radical en la aparición de la homosexualidad como tema que debía ser naturalizado. En los últimos años, Peña tenía una obsesión por aparecer tanto como sus personajes, no perderse entre ellos. “No sé, no lo hablé con él”, dice Lalo. “Calculo que él se puso celoso de sus personajes. El era muy saltimbanqui, muy cambiante de opinión, en cambio los personajes eran coherentes. Peña desorientaba, los personajes no.” Scott agrega: “Yo creo que él tenía muchas facetas. Por un lado era genial lo creativo que era y lo que podía hacer con los personajes; por otro lado, quería que el mundo fuera como a él le parecía justo que fuera, quería decir lo que le parecía mal. Con los personajes no lo podía hacer porque se cagaban de risa. Pero tenía sus épocas: a veces estaba más peleado con sus personajes, a veces más amigado. El no quería que se olvidaran de él, de que estaba él en el medio”.

Generoso con sus colaboradores, obsesivo en los detalles y, sobre todo, muy muy muy humano, Fernando Peña volvió a meterle espectacularidad a la radio, entre otras cosas. Ripoll no lo duda: “Fue el que reinventó el espectáculo en radio, le devolvió la verdadera magia. Logró algo maravilloso: la gente no se podía bajar del auto. Generaba esa cosa mágica, tenía la habilidad de hacerte creer cosas que sólo ocurrían en tu imaginación. Te hacía volver a ese estado naïf, infantil, de creer que ellos existían. Le metió arte a la radio. Pero yo creo que todo lo que hacía estaba en función de otro objetivo: estimular las libertades, que realmente vos hicieras lo que quisieras hacer de tu vida”.

Ulanovsky describe esta cualidad teatral del estilo Peña: “Yo tengo la hipótesis de que la radio se parece mucho al teatro, tanto que algunos lo han llamado teatro de la mente. Alberto Migré decía que cuando él decía ‘rojo’ en el marco de un radioteatro, cada uno elegía qué tipo de rojo quería ver. Fernando Peña daba esa posibilidad al oyente, la de terminar de abrazar a los personajes cada uno por su cuenta”.

Lalo, por su parte, sintetiza uno de los grandes aportes de Fernando Peña, invaluable para todo el público. Un mensaje que firma su insignia: “Es posible hacer cosas que antes no se podía hacer... Eso es muy importante”.


Yo soy otros


voces


Reboira Lynch
“A mis marcas de la infancia las convertí en una burla. La gente a la cual le gusta Martín Reboira Lynch es a la que yo más odio. Un día me acuerdo de que estaba en la playa y un chico me dice: ‘Grande, Reboira, ¿me das un autógrafo?’. No, porque sos un imbécil que te gusta Reboira Lynch. El pibe se me quedó mirando. Claro, un boludo, un hueco de San Isidro. Son unos tarados y no se dan cuenta de que me estoy burlando de ellos. Yo los conocí de adentro, en la primaria, en la secundaria, pero sobre todo cuando era tripulante. Ellos no sabían que nosotros éramos argentinos. Entrás en un avión de American Airlines, todos de uniforme azul, no éramos negros villeros, ¡ah, son americanos! Además tratábamos de no hablar castellano para que no nos rompieran las bolas. Y a mí me encantaba hacerme el re cubano chévere como para que les diera odio. Puto y cubano. Miraban y decían: ‘Hay un trolo, man’. Y cuando se bajaban del avión yo les decía: ‘¿Qué hacés, man? ¿Ahora te vas a Pepino a comer una hamburguesa?’. Y se quedaban tarados.”

Elisa Rufino
“Ojo que para mí tampoco es que tener plata y llamarse de doble apellido es ser un imbécil, no, no, no. Pero la mayoría son unos tarados, como también hay negros de mierda. Y detesto a los grasas: por eso está Elisa Rufino, clase media baja, chata, ‘mi essspossso’, ‘qué va a hacer...’ Eso también lo detesto: la resignación del ‘qué va a hacer’. ¿No sienten nada? ‘Ay, feliz cumpleaños’, ‘la casa es linda...’ Andá a cagar, si no estás sintiendo nada de lo que estás diciendo. Chocó un auto, muere gente, ‘qué desgracia, pobre gente, vive tanto hijo de puta...’. Es formar parte de hacerse el boludo, no registrar tu alma, porque no es que no tienen alma, no se animan a bucearla y eso no tiene que ver con la clase social. Elisa Rufino me parece siniestra. Para mí es el prototipo de la mujer y el hombre que gobiernan este país, no los Kirchner, la masa, la que va a Garbarino, la que va al Tren de la Costa cuando hay una promoción, la que va al Puerto de Frutos cuando hay sol. Cuando viene el Papa ponen el poster y dicen: ‘Ay, el Papa es amorosoooo’. Lo obvio, lo más repugnante, lo más milico, el hombre y la mujer argentina de ese 90 por ciento de caca en la cabeza que domina la sociedad, con culpas que no son, con el Papa que es amoroso y dejá de tocarte. Es el público de Radio 10, que no se da cuenta de que todos los que hacen la radio son unos perversos hijos de puta inteligentísimos, que se permiten todo y tienen unos personajes pacatos para gobernar a ese boludo y a esa boluda que no ven nada, ciegos. Para los valores de esa gente yo soy un desastre porque soy pelado, me drogo y tengo sida.”

Fernando Peña
“Lo mío es una crítica al miedo de no poder hablar diferente. Yo puedo hacer personajes porque soy actor, porque me pagan, porque es un show. Pero está lleno de personajes y yo soy Fernando Peña persona. Chicos, un poco más de carne viva. ¿No podemos ser más personas? Porque decir qu’s’y’io en lugar de qué sé yo los encastra en algo. Yo logré salirme de ese molde, yo no uso ni ‘boludo’, ni ‘tipo’. Se puede hablar sin decir ‘qué va a hacer’, ‘si Dios quiere’. Es registrar tu propio lenguaje. Eso es salirse del personaje, no seguir a nadie, no dejarte gobernar por tu educación, ni por tu casta, ni por tu clase, ni por tu manada. Mi causa es empezar a ser personas y no personajes. Mirá qué paradoja.”

Sabino
“Sabino es un poco el Milagros en hombre. No se come ni la punta. No escucharía Radio 10: él sabe, tiene calle. Sabe que Hadad pone el concierto de Amadeus al aire libre porque es un demagogo. No es ningún boludo. ‘Por eso prefiero escuchar música.’ La 2x4. Igual, también sabe que la 2x4 es del gobierno, pero se hace el boludo porque elige hacerse el boludo.”

La Mega
“A La Mega le tengo un cariño enorme, porque es difícil la vida de La Mega. Un travesti que tiene erecciones, que no se afeita los pelos, que no se anima a operarse de mujer porque no se siente completamente mujer, ella, que es más femenina que Mirtha Legrand, pero no se anima. Es mujer a su forma. Es una vida muy triste. No se anima a depilarse porque le tiene miedo al dolor... Una ternura.”


Oigo voces


El es un antes y un después en la radio. Si en el mundo existiera otro así, nos habríamos enterado. Sería famoso a nivel mundial.” Sebastián Wainraich

radio


Por Soledad Barruti

Desde hacía un tiempo, Fernando Peña había decidido utilizar la primera media hora de El Parquímetro para hablar con su propia voz y sin desdoblamientos. Pero no como el padre de las criaturas que todos conocían sino sólo como la primera de ellas en llegar a la radio, antes de que se fueran sumando esos otros personajes que lo convirtieron en un actor irrepetible. A algo de eso se refería cuando hablaba de crear al personaje de Fernando Peña. Y algo de eso había cuando iban haciendo su aparición los demás, voces enteras y personajes tallados en una sola pieza.

Los primeros cinco de ellos llegaban, puntualmente, en una de las decenas de combis que todas las mañanas viajan desde lugares remotos al centro de la Capital. El que inauguraba cada ciclo grupal era el conductor oficial de El Parquímetro, Ricardo Alfredo Ñuñoa Cruz o Dick Alfredo, un mexicano heroinómano y racista, cabreado con la decadencia latinoamericana y en una constante pelea con el resto de los presentes.

Estaba Rubén Ramón Sixto Alegre, el adorable Palito, pibe chorro de José León Suárez que normalmente hinchaba por Boca, pero también podía cambiar de cuadro de fútbol según los resultados del fin de semana. Seis padres decía Palito que tenía, uno de ellos de la Federal y una novia con diecinueve hijos, alguno suyo seguramente. Te voy a hacer el amor con la roma puesta uh! era uno de sus tantos hits de cumbia con que siempre pensó algún día iba a llegar a la fama. O Roberto María Flores, “el putito pasivo que hacía Feng Shui” y a las ocho en punto de cada mañana se desintegraba cantándoles a las locas y a los potos que tomaran su AZT. Cristina Patricia Megahertz, La Mega, travesti, oriunda de Canelones (Uruguay), pero con maquillaje y vestuario pensado según su gran admiración por Mirtha Legrand, y quien se había ganado el lugar de locutora de El Parquímetro, para al grito de wow wow wow y frena a sus compañeros cuando se les iba la mano con alguna guasada. Ni hablar de la pareja nunca oficialmente consumada que hacían la azafata cubana Milagros López –que alguna vez enamoró a Lalo Mir a través de un altoparlante en un avión y se había ganado su propio espacio los sábados por Radio Nacional con La vereda tropical– y Mario Modesto Sabino, el taxista setentón y viudo con acento tano, experto en seguridad vial, que añoraba ese país mejor al que había llegado con sólo cuatro años. Un entramado de voces que a veces se mezclaban con los otros, los que aterrizaban de repente, como caídos de un plato volador abducidos del resguardo de sus minorías nefastas. Delia Dora de Fernández, católica apostólica romana, esposa de un militar de clase media, madre de dos hijos a los que no quiso ni ver ni escuchar ni nada desde que nacieron; presidenta del movimiento Argentina o Reventar (desde el que alguna vez llamó a Cecilia Pando dándole fuerzas para seguir en su lucha). Monseñor Lago, o Monse, que en cada aparición emitía una especie de plegaria golosa por restituir al clero su legítimo derecho a dar cariño a los niños y dejarse acariciar íntimamente por ellos. O Rafael Orestes Porelorti, diputado y senador oficialista que se comunicaba desde un celular que se desconectaba ante cualquier pregunta “incómoda”. El mismo que le hizo perder al programa de Peña el auspicio del Citibank cuando “hablando mal y pronto” dijo que en las oficinas de ese banco se la pasaban tomando merca. Con menos presencia, pero no por eso menos cuerpo, también estaban los micros de Jonathan Bermúdez, el judío nerd que instruía hi tech, y el Sepulturero que desde algún submundo leía los obituarios de La Nación. Aunque tal vez el más famoso (el que agotó a Peña al punto tal que lo sacó del estudio regalándole una hora de programa por semana... dentro del suyo) era Martín Revoira Lynch. Empresario, terrateniente, rugbier de San Isidro, pero reinstalado en Pilar con su mujer Pilar, al canto de “¡Aguante San Isíííídro, Boló!” el conductor de Gente como uno últimamente se dedicaba a hacer campaña por Prat Gay llamando a los vecinos de Recoleta para recordarles que estuvieran atentos al potencial fraude y no dejar de imprimir sus propias boletas. Revoira Lynch tenía su propio diccionario desde donde explicaba las diferencias que tenía que tener un bien para diferenciarse del cursi y del pardo, al momento de elegir palabras como cuarto, habitación o pieza; cache, berreta o trucho; colorado, rojo o bermellón. Y una serie de poesías como “Túnel Libertador”, dedicada a Martín Revoira Lynch Segundo, su viejo. Fiel a la dicción más cheta, defendía como nadie la muletilla “Boló”, tanto que una mañana encontró en la guía a la familia Boló, los llamó y les preguntó por un pariente suyo (Hernán Boló), que según Revoira esa mañana daría un seminario en el Bank Boston. “No hay muchos Bolós en el país, somos pocos, pero Hernán acá no vive”, le respondieron. En Gente como uno hubo varias entrevistas, pero ninguna como la que le hizo a Bernardo Neustadt (de verdad hay que escucharla en YouTube).

Sabino, La Mega, Palito, Roberto, Dick, Milagritos... Trece personas que llegaban en combi o en plato volador. Que uno a uno iban encendiendo su voz para ir subiéndose a los autos, hablando en los auriculares y poblando las casas de radios prendidas y café recién hecho. Que se hicieron querer y odiar con sus chistes y verdades, con su ser tan ciento por ciento ellos mismos, siempre. Personas que la tarde del pasado miércoles se fueron, dejando esas mismas casas vacías y en silencio. Trece seres únicos que ojalá también hayan podido aterrizar en el paraíso. Aunque algunos de ellos no se lo merecieran. Pero el ovni en el que viajaban, sí.


Milagro de radio

MILAGRITOS LOPEZ, LA CUBANA QUE LO PARIO

Por Natali Schejtman

Como repiten las voces en estos días, con la muerte de Peña se fueron unas cuantas personas más, esos personajes con historia y entidad propia que ayudaron a convertirlo en una figura insoslayable en el espectáculo argentino. Quizá la más singular, querida (también por Peña) y profunda haya sido Milagros López.

Ella fue, de hecho, la cubana que le quitó el sueño a Lalo Mir cuando viajaba en avión, como un pasajero más. Un día decidió ir a conocerla, y se encontró con el joven y prolijo Fernando Peña: “Como personaje, Milagros López era tan rotundo que cuando yo lo vi a él hablando por el teléfono del avión, tuve una especie de flash, no lo creía. Nunca lo hubiese imaginado, y eso que yo sé que en radio muchas veces lo que es no lo es, sólo lo parece, porque es lo que se induce a creer que es a partir de la voz. Fue una especie de decepción: yo me esperaba una morocha cubana y me apareció un chabón de un metro ochenta, uniformado, impecable. Pero no tardé en recomponerme”.

Milagros López se fue construyendo en el tiempo. La primera idea de Lalo era que diera consejos a los viajeros: “Milagros construyó una identidad. Era un personaje en serio. Yo retrasé mucho la comunicación a la prensa de que Milagros era un tipo... Fernando insistía y yo le decía que esperara”.

Milagros fue una gran amiga de la Negra Vernaci, por ejemplo, según contó ella en el programa de homenaje que le dedicó a Peña. También contó historias, como cuando la gente se amontonó en la puerta, a la salida del programa, porque a la señora se le había hecho fama de sanadora al aire.

En otra ocasión, Milagros llamó por teléfono a Lágrima Ríos –la fallecida cantante uruguaya, a quien Peña trajo a la Argentina– sin decirle que ella en realidad no era ni mujer ni cubana. La artista se lo creyó sin más y le cayó de lo más bien.

Milagros llegó a tener su programa propio. Carlos Ulanovsky la llevó a Radio de la Ciudad, rendido ante un personaje de esa carnadura y esa identidad. Todavía ahora se la podía escuchar en Radio Nacional con su programa La vereda tropical. Allí, con otro ritmo y un recorte musical de antología –en donde los boleros marcaban terreno–, Milagros desplegaba toda su intensidad y sentimiento, entre velas y luces bajas.

Peña gustaba de hablar y definir a sus personajes. En una entrevista que dio a Radar, dijo de Milagritos: “Milagros López es la abuela que todos queremos tener. Yo a veces juego a imaginarme cómo será Milagros, como si Milagros existiera: ¿cuál será su pecado peor?, ¿se hace la paja? No... Sabe lo que es, porque no es boluda, y no es una negadora, pero nunca pasaría por esa bajeza de meterse los dedos en la concha. Sus pensamientos más oscuros de pronto son tan oscuros que ella no puede penetrarlos. Para mí, uno puede penetrarlos cuando ves la baranda de la escalera que te lleva al sótano. Pero cuando ni ves eso, está tan oscuro que sos Alicia en el país de las maravillas. Ella es muy clara. Convive mejor en el lado claro. No tiene sexo durante un mes o dos años con el marido y quizá se saca las ganas haciendo una torta. Clausura bien sus zonas sexuales”.

Pero su creador no era el único que se imaginaba cómo sería Milagritos. Para Lalo, el fenómeno de la cubana, potenciado por su programa de radio propio, es más que curioso: “Muchísima gente, audiencia de AM, todavía hoy no sabe que Milagros era Peña. Era la cubana perfecta”.



La vida en el aire


Provocador y a la vez cándido, Fernando Peña fue primero una revolución radial cuando desembarcó en los parlantes con una pléyade de personajes con vida propia y capaces de discutir entre sí al aire; y después, un personaje en sí mismo, capaz de despertar amores y odios que lo exceden. Magnífico improvisador, es también actor y autor de sus propias obras. Y ahora, de su autobiografía: Gracias por volar conmigo, en la que recupera sus años como comisario de abordo. En medio de ese torrente de anécdotas, en esta entrevista recuerda su infancia con una familia a la que adoraba pero más bien de lejos, sus años en Nueva York, sus aventuras como “prostituto”, los disparates que vivió abordo hasta que Lalo Mir lo descubrió haciendo personajes por altoparlante. Y habla de sus propios odios viscerales y amores incondicionales que esconde detrás de sus personajes, del público canchero que lo tiene cansado y de ese porcentaje mayoritario de la sociedad al que intenta por todos los medios despertar

Por Natali Schejtman

recuerdo


Torbellinoso y terremotista como es, Fernando Peña hace pie en la sesión de fotos y la aparición de un globo terráqueo inflable le prende la lamparita: “¡El señor Atlas!”, dice, con su extrañísima forma de amabilidad adorable que no está en los protocolos –básicamente, dice lo que se le canta a quien se le cruce– ni, mucho menos, en el trato físico –detesta que lo toquen, frena a cualquiera que pretenda darle un beso– e increpa a esta cronista porque no tiene la menor idea del personaje al que él se está refiriendo aunque diga que sí para pasar el momento. Peña tira un dato: “Es el primer personal trainer de la historia”. Y Wikipedia salva las papas para quienes no lo conocieron en las revistas de historietas: Charles Atlas, un hombre que de niño solía ser un alfeñique, se puso a hacer mucho ejercicio hasta convertirse en “el hombre más perfectamente desarrollado del mundo”, según la revista Physical Culture, y elaboró un método de ejercicio que todavía se vende por todo el mundo. Su forma de anunciarlo es aún hoy original: Mr Atlas creó un comic planteando situaciones en las cuales el protagonista dibujado –un alfeñique de 44 kilogramos, humillado, generalmente por temas de polleras–- debía solicitar sus servicios de engrosamiento muscular para enfrentar y revertir con dignidad su lánguida vida. Atlas posaba como fisicoculturista: en cueros y, en algunas ocasiones, con el mundo entero cargado en sus brazos.

Y Peña encuentra en su homenaje un divertimento preciso con el globo terráqueo, visto y considerando que él acaba de publicar el libro Gracias por volar conmigo, en el que repasa sus 11 años como comisario de abordo. Sin embargo, el hombre que dice que a veces le gusta dar entrevistas porque así se explica y se entiende –casi como en el psicoanalista–, ya había arrojado algunos otros indicios de su simpatía por el esfuerzo de Charles Atlas durante la entrevista. Unos días antes había echado por tierra la idea de que las cosas le pasaron por suerte: “Existe romperse el orto y yo logré fabricarme esta vida. Cuesta mucho, es muy difícil, hay que darle y darle. Hacés, estudiás, escribís y no pasa nada. Tenés que esperar. Y yo ya le di. La vida es hacer abdominales, como se va a llamar mi próximo libro, y yo ahora estoy en la época de la elongación”. ¿Alguien dijo Sr. Atlas?

LA ERECCION Y LA PROVOCACION NACIERON JUNTAS
Más o menos a la altura en que el fornido Charles moría dejando impronta, en el año 1972, Peña, con menos de 10 años, recuerda haber tenido su primera erección y con ella, una primera inclinación a algo que podría llamarse “el escándalo sin querer”: “Yo fui feliz caminando a ver a mi mamá: ‘Mirá, mamá, ¡se me paró el pitito!’. Yo fui feliz de verdad, fui gozoso, diciéndome: ‘¡Me va a felicitar’. Cuando la vi, me miró y me gritó: ‘Sacá esa porquería de acáaaaaa’. Ahí empecé a darme cuenta de que no era que yo quería escandalizar todo el tiempo sino que a veces mis acciones, que para mí eran purísimas, causaban estupor. Y yo no puedo tener registro del margen del otro, porque no soy el otro”.

Fernando cuenta esas anécdotas con emoción y ternura, como siempre que vuelve al momento de la infancia y recuerda en situaciones de lo más variadas a su papá –de quien cita tanto estratagemas para atravesar una avenida cuando los policías impiden el paso como juegos pergeñados para que él y su hermano ejercitaran la memoria– y a su mamá, que llegó a vivir para verlo actor, triunfante y provocador, y supo molestarse por este último aspecto: “Toda mi vida fue una lucha por liberarme. Ese fue mi objetivo desde chiquito, que no está relacionado con cómo los adoré y los amé. Eso es otro error, que yo odio a la familia: yo los amé; pero yo quiero solo, no me hinchen las pelotas, no me gusta”. A su papá, dice, le hubiera encantado ver lo que hizo cuando se asentó en su carrera mediática. A su mamá, en cambio, mucho no le gustaba. Porque hay que decirlo: Fernando Peña se luce en la radio, escribe obras que protagoniza –en febrero estrena La oscuridad es música y Por favor no vengas– y acaba de publicar su primer libro, Gracias por volar conmigo (que fue primero una obra de teatro), pero su carrera como sismo caminante también les escapa a esos contenedores y persiste como halo independiente: “Mi profesión como dramaturgo es sacudir. Ahora, mi intención no es ser un provocador. Mi intención es ir a la contracara. Yo creo que siempre hay un lado oscuro y activo de la luna. Pero más allá de que yo laburo de ‘batidor’, a veces lo que digo sin querer sacude y provoca”. Como le pasó con su mamá cuando era chiquito. Tal vez algo de eso haya en los ribetes que Fernando encuentra en la orfandad: “Ser huérfano es muy jodido, muy difícil, muy doloroso y muy aliviante. Muy liberador”.

ECHARSE A VOLAR
Sus padres están implicados desde el vamos en la relación que esboza Fernando Peña con los aviones en el libro. De chico, él vivía con su mamá y su hermano en Uruguay y cada viernes llegaba Pepe, con un olor a “una mezcla de corbata de seda, perfume, cuero lustrado, camisa de algodón, spray para el pelo, mucho tráfico y demás olores metropolitanos”, como explica en el prólogo. El mismo Peña que saltó a la fama como un creador dotado de una paleta de personajes con voz, cabeza y vida propias que charlan, discuten y se corrigen entre sí, con una gracia y un colorido que brilla sobre toda la programación radial; el mismo Peña que ama ornamentarse y maquillarse, pero que rodea el tema de la muerte propia y ajena con una oscura naturalidad, al tiempo que experimenta cierto placer en horrorizar con comentarios envenenados; ese mismo Peña supo recibir de impecable azul a un montón de viajeros, bailarles la danza del qué-hacer-en-caso-de-emergencia, ofrecerles carne o pollo y entretener a los niños inquietos. Claro que de eso, justamente, no se trata el libro. O no mayormente. Y Peña no ahorrará menciones explícitas a los pedidos más irrisorios de los pasajeros –desde favores sexuales hasta sacar la bolsa de un ano contranatura–, supervivencias catastróficas en el aire –como un aterrizaje accidentadísimo en el aeropuerto de Asunción del Paraguay, que, se supo una vez en tierra, estaba cerrado por mal clima–, los pormenores del bagayeo de los tripulantes –alambres de cobre, pornografía y hasta peces tropicales–, y las experiencias más desopilantes que lo tuvieron como protagonista, como la vez que dejó escapar de su jaula a un mono capuchino (esos carísimos que se entrenan como suerte de lazarillos) y hubo que prender la luz en el medio de la noche y pedirles a los pasajeros que ayudaran a ubicar al espécimen, que andaba excitado por todo el avión.

Antes de tirar la chancleta por el aire, de viajar todo el tiempo puesto y sentirse harto de todo, el avión fue una meta absoluta, de esas que él sólo puede equiparar con “ser actor” y que le sacan a Peña su faceta de buen alumno, el niño lleno de sueños, apenas espolvoreado por el carácter que llegó a su clímax mientras se hacía adulto. El avión es, como todos sabemos, en el mismo recinto donde Peña empezó a experimentar con sus criaturas hasta que un desesperado Lalo Mir inquirió a toda la tripulación para que lo llevara a conocer a esa cubana adorable que era Milagros López. Un sueño, cuando estaba al borde de la pesadilla, fue la antesala del otro sueño. ¿Y ahora? “Ahora ya no tengo esas avispitas en el alma, esas mariposas en el estómago. Tengo, sí, el próximo libro, la próxima obra... Pero me falta la zanahoria delante del burro.”

DIARIO EXTIMO
Entre las cosas que llevaron a que Fernando Peña sea quien es hay una juventud vivida en el candelero de Nueva York en los ’80. Pero él, cuenta entre risas, ni se dio cuenta de que estaba donde estaba: “Para mí era normal, no había policía, convivíamos todos los punks, drogadictos, no había 11 de septiembre, ¡no había HIV! Era fantástico, pero nunca lo valoré”. De allí datan algunas anécdotas que a Peña le salen como a borbotones y también la experiencia de haber tenido un hijo sin la curiosidad por conocerlo, ni el reclamo de hacerlo. Fue también en Nueva York donde ejerció un trabajo que fue perfeccionando y tallando casi artesanalmente: “Yo fui prostituto, pero porque me divertía. Y yo elegía a mis clientes. A mí me gustaba alguien y ese alguien gustaba de mí, entonces yo decía Yo cobro 100 dólares. No era que me mamaba a un viejo. La prostitución es la profesión más divina, más hermosa y más divertida del mundo. Yo cobraba porque me miraran, pero metía versos: No, no sé si soy puto. A ver, empezá mirándome a ver qué me pasa, pero necesito plata... Una vez me fui con uno a un piso 20, divino, un judío de treinta y pico. Yo tenía 18 o 19 años. Y estábamos ahí y de repente él me dice: ‘¿Le podés llenar un vaso de whisky a mi papá, que está al lado tuyo?’. No había nadie al lado mío. Ahí me di cuenta de que estaba pirucho. Me quise levantar y el tipo se levantó, cerró la puerta con llave y me dijo: ‘Vos no te vas a ningún lado’. Dos horas de psicología, yo tratando de salir de la situación hasta que en un momento me ahogué y directamente corrí a la puerta, la abrí, así como en las películas me agarró el brazo, pero yo lo saqué y bajé los 20 pisos por escalera. Cuando bajé estaba el hombre de seguridad y le dije: ‘Por favor, ábrame, ábrame, vengo del piso 20, por favor ábrame’. Y el tipo me miró y me dijo: ‘Otra vez el piso 20’”.

MIS OTROS YO
Que su programa de entrevistas, estrenado este año por Canal á, se llame El otro es una poética suspicacia. Que el espacio en que él, acostumbrado a ser un entrevistado locuaz, vehemente y sincericida le delegue cálidamente la voz a su invitado, guarde tanta relación con la esquizofrenia que hizo propia –Esquizopeña se llamó su primer unipersonal– y lo lanzó a la vidriera de consumo masivo, aun siendo un espacio de repliegue, tal vez hable de una progresión natural y una necesidad de explorarse en otras circunstancias. Porque él, que parece algo impulsivo e improvisado, reflexiona sobre sí con ahínco. Hizo terapia, estudió psicología tres años y tiene “un cuartito de herramientas perfectamente armado con respecto al tema de construir o desarmar el alma. Tengo cada herramienta: hay un tornillito que necesito para ver qué me pasa en el corazón pero del costadito izquierdo abajo; y tengo el tornillito, lo cual también es un poco desencantador, porque no me sorprendo mucho pero es práctico: ahorra tiempo y disgustos”. Debe ser con ese distanciamiento analista –aplicado más a asuntos del corazón– con el que también pudo evaluar que el nombre original del programa, La mosca y la araña, no le sentaba. Peña no quería ser la araña, y sabía que entre esas dos opciones no podía elegir otra cosa... “¿Pero quién iba a venir? Yo tengo ese marketing, yo soy un puto malo, no malvado, ni mala persona, pero soy un poco Cruela de Vil. El programa como es me gusta porque cedo el lugar. Yo soy muy yo, tengo esa cosa de Susana Giménez, soy muy acuariano, muy ocupador, porque además soy muy inseguro. Todo yo y a ver qué me dicen de mí y qué me digo yo de mí. Soy tremendo, soy insoportable. Entonces el programa, ya desde el título, me está diciendo: ‘Loca, acá te corrés, porque se llama El otro, ¿te quedó claro?’”.

Hacer radio todas las mañanas también le da la posibilidad de preguntar y repreguntar –a él y los suyos– a los tejedores de la política, el espectáculo, el deporte, y allí despliega una irreverencia cortante que muchas veces logra su cometido. Con esas maneras puede decirle a un Alberto Fernández que no le está contestando y que es algo así como una especie de mago de la palabra elusiva, y a Mauricio Macri que no le cae bien pero que cree que va a hacer un buen gobierno por el solo hecho de vivir con la enorme pija de su padre encima y de poder decirle en un futuro: “¿Viste, papá? Hice un buen gobierno”. “Si con eso no rompo el hielo... Yo trato de sacarlos de su lugar. Al principio, hace muchos años, cuando empecé el programa, si tenía que entrevistar a alguien así... ¡Me agarraba una batata! ¡Un miedo! Ay ay ay... Me ponía loco, me sudaban las manos... ¿Ahora sabés lo que digo? Respirá: ¡es solamente una persona! Fue un niño como yo y debe estar aterrado como yo”.

También, Peña reconoce que interrumpir a un músico que está recitando la agenda de dónde toca mañana y pasado para preguntarle cuántas veces por día se masturba o, sin ser tan agresivo, cuál es la paliza más fuerte que recuerda de manos de su mamá, es un modo de shockear: “¡Obvio! Te voy a despertar. Yo pienso en una persona que se está afeitando o se está lavando el orto en un bidet, o está atascado en un embotellamiento, o está arrastrando las chinelas haciéndose tostadas con una gripe en su casa: ¡lo tengo que despertar! ¿Qué voy a hacer? ¿El informativo de Magdalena? Voy a hacer algo que sea lindo, sea inteligente, sea caótico, sea inesperado, sea amoroso, sea esperanzador, que te muerda, que te suelte. Y si yo me paso, entra Sabino y me hago un escándalo. Si la línea está pareja, no sirve. Yo cargo con el odio de la gente, eso no me interesa, pero el producto va a funcionar”.

PEDACITOS Y CACHITOS DE MI


homenaje

Fernando Peña y los quehaceres y compañías como comisario de abordo. De allí extrajo el material para su libro Gracias por volar conmigo.

¿Qué le interesa entonces a Fernando Peña? Varias cosas. En principio puede detenerse con todo su ser –con todos ellos– a explicitar vida y obra de sus criaturas, o de algunas de ellas, extrayendo de un par una tipología desdeñable que él quiere eliminar. Martín Reboira Lynch, el concheto de Zona Norte, le despierta odio. Al igual que Elisa Rufino, la mujer de clase media que trata al Papa como si fuera su tío y que dice frases del tipo “cómo te vas a meter en un cine con esssste día”. Play:

LA TEORIA DE LA Y

En la obra de teatro Sit Down Tragedy, que tuvo algunas fechas hasta hace pocas semanas, aparecía en escena el personaje Hugo, un inválido confeccionado con genialidad que había quedado con varias discapacidades después de un accidente y contaba en su monólogo todo lo que ya no podía hacer, entre otras cosas. Las risas primero asomaban tímidas y después se convertían casi en norma. “Hugo a la gente le duele cuando se empiezan a reír y se preguntan qué hago riéndome de esto. Esa es mi intención: es el cuchillo atravesado que sólo te duele cuando te reís”. Peña puede identificar los tipos de risa de la gente. De hecho, no recuerda con mucho cariño la época en la que trabajaba en la Rock & Pop, porque el público de esa radio era demasiado canchero, demasiado de vuelta. “El oyente de la Rock & Pop o la juventud totalmente epidérmica que tenemos se queda en la risa, y dice: ‘Mirá el mogólico, mirá el mogólico’. Los míos, los parquimetreros, se ríen y hacen, se ríen y saben que se están riendo bien y que sienten pena. En cambio al otro no le cabe la Y. O se ríen o ayudan. No puedo reírme porque soy un falso. ¡No! ¡Sos humano! Y ahí viene la hipocresía. Porque uno es un ser humano y está bien que sienta bronca y amor. Vos podés burlarte y ayudar a esa persona. Somos una mezcla rara.”

Ahora, incluso, está sintiendo una especie de crisis con sus oyentes, porque nota que quiere hacer un programa en serio (serio y de humor) y que no quiere que lo mezclen con los personajes. Tal vez sea esa misma incompresión que él señala sobre su persona y que pone en la bolsa de la constante reflexión, ésa que en este caso lo llevará, incluso, a una conclusión realmente insospechada: “Tienen que entender que hay un Peña detrás de todo el show y que soy un tipo serio, no soy una criatura, ni un personaje de caricatura. Y a veces me pasa que quiero hablar de cosas simples y honestas y serias y sencillas y comunes y silvestres, y ahí es donde noto una falta de convocatoria total que me está destruyendo. Para mí sería muy fácil hacer nada más que los personajes y te hago el programa que más mide de la Argentina. Pero yo no estaría feliz. Yo quiero un programa con contenido, que se hable de algo. ¡En el fondo tengo una Luisa Delfino!”.

personajes

Con papá Pepe Peña, de chiquito, y como azafata, de grandecito


Tres fragmentos del libro

Concha en el aire
“Otra de las cosas que he hecho como Carlos Morales, quien tenía una voz muy grave y aterciopelada, durante la noche, cuando todo el mundo terminaba de comer y comenzaba esa parte del vuelo larga y aburrida en la cual se escuchan solamente las turbinas y no hay nada para hacer salvo dormir o tratar de dormir, era tomar el micrófono y decir: “Concha”. A los treinta segundos, repetía en otro tono: “Concha”. Y a los treinta segundos, más inquieto: “Concha, por favor”. Para rematar a los pocos segundos, diciendo: “Concha, por favor, atiende el teléfono de atrás”.

Los Milagros de Lalo
“Conocí a Lalo en el año ‘93, yo ya venía pasando por una época de fobia al vuelo. Para poder aguantar y soportar el trabajo me hacía el payasito (...) Así fue como empecé a inventar varios personajes en el micrófono. Uno de ellos era Milagros López, esa cubana que volaba en Panam llena de anillos y pulseras, las uñas pintadas, rodete alto, pelo recogido y una personalidad muy graciosa y excéntrica. Esa que una vez al subir a un avión me respondió, al yo preguntarle por qué tenía tantos anillos: ‘Muchacho, cada argolla fue una noche inolvidable de amor’. (...) A Lalo le divertía mucho eso, él estaba haciendo un programa en Chile en esa época y volaba por nuestra aerolínea bastante seguido. Luego de meses de insistir en querer conocerla y encontrarse con la negativa de parte de toda la tripulación, decidí un día confesarle que era yo y Lalo me decía que no y yo le decía que sí y Lalo me decía que no y yo le respondí con la voz de Milagros....Y Lalo enmudeció.”

Fragil
“Una vez sucedió algo muy triste. Bajé al lobby del Hotel Marriott en Miami y había un grupo de tripulantes llorando en unos sillones. Cuando me acerqué a preguntar qué había pasado me dijeron que habían matado a Nora C., una tripulante chilena que volaba para la base de Buenos Aires. (...) A las pocas semanas nos enteramos de que su cuerpo había aparecido envuelto en cintas de embalaje de esas amarillas que tienen el nombre de la aerolínea y dicen ‘frágil’. Había sido acuchillada. (...) La teoría de un crimen por contrabando se hizo más firme ya que la policía pensó que la envoltura con la cinta de embalar era un signo de parte de el o los asesinos. Tiempo más tarde me enteré por gente que la conocía de que ella contrabandeaba alhajas.”


Las fotos son algunas de las incluidas en Gracias por volar conmigo (Sudamericana), el libro sobre sus años como comisario de abordo, cuando empezó a inventar sus personajes por los altoparlantes del avión



Fuente

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4 comentarios - Sin Peñas

@xicaron +1
muy bueno que grande fernando se te extraña bastante +5
@pastodelico +1
che un psot de puta madre y un comentario nomas, te dejo 10
fernando un actor de verdad
@paulo_porth +1
COMO SE EXTRAÑA AL PUTO LINDO!!!! ( LO ESTOY ESCUCHANDO POR YOUTUBE 02/03/2014 03:40 A.M)
@paulo_porth +2
sigo escuchando a Peña 06/10/2014. como se te extraña puto lindo!!!!!!!!!!!