PROPUESTAS PARA FRENAR EL CAMBIO CLIMÁTICO
Hackear el planeta
Como diseñadores gráficos que manipulan píxeles, los científicos que apoyan la geoingeniería proponen meter mano en la maquinaria del planeta para alterar adrede las condiciones climáticas y frenar así el inevitable calentamiento global.

Estigmatizados, perseguidos y siempre señalados con el dedo índice, los hackers paradójicamente van a terminar salvando el planeta. En realidad, y para ser más precisos, no serán ellos sino los ingenieros, científicos y ecologistas extremos que por estos días comienzan a ver a estos curiosos y provocadores informáticos con otros ojos, aprenden de sus estrategias y buscan en la web aquel texto clásico conocido como El manifiesto hacker, escrito en 1986 por el programador Loyd Blankenship, alias “The Mentor”.

La razón se puede encontrar en el avance de una tendencia. Así como todos los climatólogos del mundo advierten que el cambio climático –y varios de ellos subrayan el papel del ser humano en la alteración de la máquina del clima–, también es cierto que de a poco y pidiendo permiso aparecen y se hacen ver científicos –físicos, químicos, biólogos– que no se contentan con quedarse con los brazos cruzados y ser testigos de cómo los actuales y no declarados imperios (Estados Unidos, China y Rusia) miran al costado cuando se trata de respetar el Protocolo de Kioto y reducir sus emisiones de dióxiodo de carbono.

Saben que si todas las fábricas del mundo detuvieran hoy al unísono su producción, el calentamiento global seguiría en pie durante varias décadas como protagonista –indeseable– del siglo XXI, presente en cada conversación de ascensor, ante cada cambio brusco de temperatura o aparición furtiva de una lluvia de granizo.

Por eso se decidieron a actuar, a meter mano, a hackear el planeta. Y lo hacen impulsando una neodisciplina: la “geoingeniería” o “ingeniería planetaria”, etiqueta que engloba los mil y un intentos que se piensan –y conducen– por estos días para modificar adrede las condiciones del medio ambiente y atenuar en lo posible los primeros síntomas del Apocalipsis climático: el deshielo de los glaciares y casquete polar, el avance de la lluvia ácida, inundaciones y sequías, la desertificación y demás males de los que cualquier chico de 8 años ya está al tanto (sobre todo después de ver películas de catástrofes como El día después de mañana).

PLAN B. La premisa sobre la que se mueven los nuevos ingenieros del clima es simple: si fue el ser humano el que desequelibró el complejo ciclo de la naturaleza, es el ser humano quien deberá arreglarlo todo. Nada de esperar y ver cómo la capa de ozono se expande, se achica y se vuelve a expandir.

Lo cierto es que muchas de las propuestas tienen cierto sabor a cómic o, al menos, a dibujo animado amarillo, como aquel capítulo de Los Simpson, “¿Quién disparó a Mr. Burns?”, en el que el avejentado ricachón de voz carrasposa diseña un gigante disco que bloquea el sol para asegurar la total dependencia de Springfield de la energía nuclear.

Por ahora no se llegó a tanto. Pero casi: hay delirantes ideas, como cambiar de órbita al planeta y construir sombrillas en órbita para enfriar la superficie de la Tierra; muchas son propuestas que rozan la locura, pero no por eso deben dejar de ser exploradas. “Deberíamos tratar estas ideas como cualquier otra investigación y tomarlas en serio”, apunta Ralph J. Cicerone, especialista en ciencias de la atmósfera y presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Muchos de estos proyectos ya se implementan regularmente. Por ejemplo, en China bombardean las nubes con yoduro de plata para hacer llover y limpiar la ciudad de Pekín de arena (la “lluvia artificial”, tan aludida antes y durante los Juegos Olímpicos de 2008).

Uno de los defensores de estas medidas proactivas es el “padre del cambio climático”, el investigador estadounidense Wallace S. Broecker, aquel que predijo en un artículo publicado en la revista Science en 1975 la existencia de un calentamiento climático debido a la acción humana. Broecker promueve con bastante fuerza la extracción de grandes cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera para luego enterrarlo. “Sustituir las bombillas tradicionales puede ayudar pero está lejos de resolver el problema”, bromeó la semana pasada en Madrid. “El cambio climático no es reversible a corto plazo y no creo que se dejen de utilizar pronto los combustibles fósiles. Tenemos que diseñar métodos para sacar el dióxido de carbono de la atmósfera y almacenarlo de forma segura”.

BAJAR EL TERMOSTATO. En 2006, la ex senadora de Texas, Estados Unidos, Kay Bailey Hutchinson elevó una propuesta de ley al congreso estadounidense de crear un consejo nacional para la operación e investigación de modificación climatológica. Nadie le hizo caso y hasta la tildaron de loca.

Pero ahora que en la Casa Blanca hay un nuevo inquilino parece que las cosas están cambiando, como el cambio climático en sí mismo. John Holdren, el asesor científico de Barack Obama, ya dejó en claro que se deberían, al menos, considerar todas las medidas –drásticas y de las otras– para frenar el calentamiento. Y al hacerlo, sacó de la arena del oscurantismo a la geoingeniería, quitándole la etiqueta de herejía científica.

Porque lo que más les llueven a los ingenieros planetarios son críticas. “La complejidad de los sistemas recién sometidos a la ingeniería, aunada a su impacto potencial sobre la vida y el ambiente, plantean un conjunto de problemas éticos en los que los ingenieros no han pensado mucho”, recuerda William A. Wulf, hasta el año pasado presidente de la Academia Nacional de Ingeniería norteamericana.

No es un tema sencillo: alterar las condiciones climáticas en una región del planeta podría alterar las condiciones climáticas en otras zonas. ¿Quién decide? ¿Quién frena? ¿Quién dice que sí y que no? ¿Y si el remedio fuera peor que la enfermedad?

Buena razón para que estos temas sean debatidos, divulgados e investigados, antes de que las modificaciones disparen conflictos diplomáticos internacionales. Ahí reside el miedo mayor de esta nueva disciplina: el grado especulativo de los experimentos de geoingeniería, el hecho de estar sumidos en un proceso de “prueba y error”, ante lo cual se pide mucha cautela.

“Hay personas que están promoviendo experimentos a gran escala en la atmósfera sin ningún tipo de modelado”, alerta el estadounidense Alan Robock, de la Universidad de Rutgers. “¿Qué ocurriría si Rusia fuese un país más cálido e India más frío?”.

A lo que su colega Ken Caldeira le retruca: “Un mundo alterado por la ingeniería es mejor que el mundo natural donde vivimos. Podríamos poner partículas de polvo en la estratosfera. Sabemos que esto funciona, ya que las erupciones de los volcanes enfrían la Tierra. Necesitamos llevar a cabo investigaciones para saber qué se puede hacer y qué no”.

Mientras tanto, se recomiendan incentivar los impulsos ecologistas y plantar y plantar (y plantear nuevamente) bosques enteros para bajar la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera. Donde sea, cuando sea.

Y también, mejorar la dieta y calidad intestinal de las vacas, responsables de la emisión de 80 millones de toneladas de metano por medio de sus flatulencias: científicos ingleses promueven incluir ajo en sus dietas para matar las bacterias estomacales que producen estos gases.

Otro tema es el asunto tecnológico: la inexistencia de aparataje, técnicas y estructuras capaces de lograr las alteraciones climáticas deseadas. Esa carencia la sufre a diario el meteorólogo Ross N. Hoffman, quien desde hace unos años apuesta con domar huracanes y desplazarlos de las zonas de influencia de las grandes ciudades. Lo intentó y lo consiguió pero sólo en simulaciones por computadora aumentando dos grados en la temperatura de las corrientes ascendentes en el centro del huracán. Hoffman, sin embargo, por ahora no baja los brazos. Sólo pide que si a alguien se le ocurre una idea de cómo conseguirlo en la vida fuera de las pantallas le escriba a su mail: ross.n.hoffman@aer.com. Él responderá muy agradecido.

RECETAS CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

1) SEMBRAR EL OCÉANO. Cualquier biólogo marino (y amante del mar) sabe que, como cualquier planta, el plancton –diminutas algas unicelulares y base de la alimentación de la vida marina– consigue su carbono del CO2 del aire en la fotosíntesis. Así que, ¿por qué no potenciar esta copiosa capacidad de absorción? Con ese objetivo un equipo internacional de 48 científicos, sobre todo indios, abordó el buque oceanográfico Polarstern y se dirigió al suroeste del océano Atlántico para fertilizar las aguas con seis toneladas sulfato de hierro en polvo en un área de 300 km cuadrados y comprobar si más fitoplancton (diminutas algas unicelulares) será capaz de chupar de la atmósfera dióxido de carbono. El experimento se llama Lohafex (loha es hierro en hindi, Lohafex.com) y se desconocen sus posibles efectos colaterales.

2) VOLCANES ARTIFICIALES. Es una idea loca pero sigue siendo una idea. Paul J. Crutzen, químico holandés ganador del premio Nobel de química en 1995 y descubridor del agujero de la capa de ozono, aboga por una macrocontaminación deliberada: inyectar periódicamente millones de toneladas de partículas de dióxido de azufre mediante globos en la estratósfera, imitando lo que hacen los volcanes que lanzan millones de partículas que evitan que la energía del Sol llegue a la Tierra y, por ende, desciende levemente la temperatura. El método Crutzen costaría 50 mil millones de dólares anuales y sus declaraciones no son políticamente correctas. “Si limpiamos el aire, la Tierra se calentaría –dice–. Yo voy más allá: hay que lanzar azufre a la estratosfera.”.

3) SALAR LAS NUBES. John Latham del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Estados Unidos propone echarle sal a las nubes para aumentar su capacidad de reflexión y así lograr que los rayos del sol reboten y vuelvan al espacio. Para eso propone equipar barcos con chimeneas por donde se expulse vapor de agua salado. Al salar las nubes localizadas a una altura de un km sobre la superficie se volverían más blancas y densas. Sus seguidores calculan que se necesitaría una armada de entre 5 mil y 30 mil barcos para lograr el objetivo. El efecto inmediato sería la reducción de la temperatura superficial del océano y sería adecuado para las regiones con arrecifes de coral y regiones polares.

4) ESPEJOS ESPACIALES. Los geoingenieros más extremos liderados por el físico estadounidense Lowell Wood apuestan por construir un espejo ajustable de dos mil kilómetros de diámetro entre el Sol y la Tierra para reflejar la radiación solar antes de que alcance nuestro planeta. Otros apuestan por una tarea no menos titánica: ubicar en órbita 55 mil espejos, cada uno de cien metros cuadrados. Al reflejar la luz del Sol ahorrarían al planeta la mitad del calor que atrapa el dióxido de carbono. El astrónomo Roger Angel piensa en la misma sintonía y afirma que sería más factible poner en órbita miles de millones de lentes refractantes de un metro cuadrada cada una.

5) TECHOS VERDES. No es una propuesta tan ingenieril e invasiva como las anteriores pero ya se volvió una moda ecológica: cubrir las azoteas de los edificios con alfombras de pasto verde (con plantas incluidas) y así mejorar el aire además de aislar térmicamente el interior de las casas y edificios. “Si robamos terreno para un edificio debemos devolverlo a la naturaleza en el techo”, propone Wolfgang Ansel, director de la Asociación Internacional de Techos Verdes. En realidad no es una novedad: Alemania, Francia, Canadá y la ciudad estadounidense de Chicago, por ejemplo, son algunos de los sitios donde el verde abunda arquitectónicamente.
Fuente: Diario Crítica de la Argentina 25/06/09 http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=26511