Francisco de Paula Castañeda (1776-1832)

Francisco de Paula Castañeda

o breve tratado sobre la irreverencia*

Rosalía Baltar
Universidad Nacional de Mar del Plata


Morirán todos todos a mis brazos
Los infames filósofos del día,
O no me llame yo María Retazos;
ni tampoco me llame yo Doña María
si no les diese a todos carpetazos
Ya sea en media noche o en mediodía.




1. Introducción

Escribir sobre la producción del padre Francisco de Paula Castañeda me pone, otra vez, del lado de los que, como Pedro de Angelis, han conservado una imagen opaca para la historia de las letras argentinas y no han guardado para sí la prístina paz de los sepulcros bien blanqueados [1]. Ambos personajes resultan a la vez desconocidos y de renombre. Sin incorporarse a la historia de la literatura argentina, en su tiempo se destacaron y, de ser excluidos, “el escenario de su época resultaría incompleto y falto de animación” (Auza 2001: 9). Uno actuando en las primeras décadas del XIX y el otro en los años de don Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires, constituyen rarezas críticas en los sectores opuestos a los grupos que son considerados “progresistas”: contra Rivadavia el primero, contra los proscriptos el segundo. No son, sin embargo, sólo eso, sólo contrarios. Los dos poseen escrituras interesantes cuyos vínculos instauran con firmeza el paradigma de la ilustración en el Río de la Plata.

Si menciono a de Angelis en este contexto es, en primer lugar, porque leer sus producciones desde la literatura es proponer distinguir tanto a Castañeda como a él desde la idea de reputación. Olvidados, decía, o mal reputados, las imágenes que fueron forjadas a partir de sus figuras impiden, muchas veces, enfrentarse a sus escritos desde un lugar no marcado. Ambos, hoy, forman parte de lo que Borges ha dado en llamar, no sin cierta melancolía, la mera historia de la literatura. El juicio importa una clausura en la que quizás sea preciso irrumpir para, precisamente, dar cuenta de cómo se constituyeron esas reputaciones.

Es notable, además, que no ya los críticos o los historiadores de la literatura -que, a esta altura del acontecer se han desinteresado de la objetividad y es algo que no les preocupa- sino los historiadores, pese a las nuevas perspectivas con las que miran los objetos del pasado, connotan a estos personajes -“el siempre conflictivo padre Castañeda”, por ejemplo, adelanta Roberto Di Stefano en El púlpito y la plaza (2004: 111)-, de modo que aún hoy los juicios de valor muchas veces negativo actúan sobre la posible indagación de sus textos.

Los escritos del padre Castañeda, aparentemente de reacción frente a la imagen ilustrada de Rivadavia, la filosofía dieciochesca y las novedades decimonónicas, lo son en términos de la defensa de la religión ante las reformas impulsadas desde el gobierno de Buenos Aires, pero, en otros aspectos, sientan sus conceptos en presupuestos iluministas, como sucedía con los religiosos en general. Aquí, importa indagar en algunas ideas relativas a la imagen de quien produce y de la visión que se da a partir de allí de sus oyentes/lectores. Las instancias de la subjetividad, entonces, se configuran en la formación del honor civil, la fama y la honorabilidad no ya de un individuo sino del pueblo en sus acciones en tanto sociedad; en la formación civil de ciudadanos que lleven adelante ejecuciones patrióticas y, por último, en la conciencia de la prensa como entidad de creación de opinión pública a través de estrategias de identificación.

En muchos aspectos, los relatos adelantan, por una parte, debates e ideas que se sustancian acaso con mayor eficacia en los escritores románticos e, incluso, existe una batería de “ideales democráticos” que se vislumbra aquí con mayor intensidad que en algunos textos de Esteban Echeverría o de Juan Bautista Alberdi, como, por ejemplo, el entendimiento y las posibilidades de comprensión del “pueblo” y la existencia o no de una sociedad. Por otra parte, la conformación polifónica, estratégicamente plural y polémica, establece un plano de experimentación discursiva que abonará los discursos, debates y polémicas del Plata posteriores y será un marco preparatorio para la digestión de la violencia verbal de los textos del período rosista [2].



2. Reputación y popularidad

Reputación. Volver a saber, volver a conocer. Conocer dos veces. O, quizás, reconocer: identificar lo que se ve, con lo que ya se sabe previamente de eso que se ve. La reputación se basa, entonces, en un pre-juicio bien formado por los saberes que los demás conforman de un hecho o de un individuo. Necesariamente, una medida en el tiempo forjada con el mismo procedimiento de las etimologías, esto es, al decir de Roland Barthes, como fenómenos de palimsesto, donde por debajo de un mensaje se lee otro, y después otro y aún otro más.

La reputación es también sinónimo de nombre: tener un nombre, ser conocido, con antecedentes y prestigio adquiridos. En este sentido, toda reputación es un bien en tanto propiedad, posesión que distingue subjetividades. Y, a modo de clausura, toda reputación encierra un juicio: la historia no es lo que sucedió sino lo que juzgamos que sucedió -la sentencia es de Borges y mío el subrayado.

Reconocimiento, nombre y juicio: Castañeda, personaje popularísimo en su tiempo, porta un nombre reconocido y enjuiciado; forma parte de una iglesia altamente politizada que aparentemente en su conjunto se desentendió de su misión pastoral para priorizar sus intervenciones políticas (Maeder 2000: 278) y que consideró un deber tomar partido respecto de la Revolución de Mayo en forma explícita; una iglesia, por otro lado, en la que se tensan dos tradiciones: la regalista ilustrada y la de aquellos que se oponían a dicha concepción. Castañeda, como Pedro Ignacio Castro Barros y Mariano Medrano, conforman la polémica desde la oposición. Lo curioso, sin embargo, es que ambos bandos se expresaron a través de los mismos procedimientos ilustrados: los libros, la educación, la prensa, los sermones [3].

Castañeda se destaca entre ese fervoroso clero por sus actividades públicas. Dos discursos fundamentales del franciscano y que se examinarán en esta ocasión así lo prefiguran: el sermón ofrecido en la Catedral de Buenos Aires en conmemoración de la gesta de Mayo, en 1815, y la “Alocución o arenga patriótica para la apertura de la nueva Academia de dibujo”, de agosto de ese mismo año. En ambas oratorias, nuestro sacerdote habla desde su visión independentista y ciudadana a un pueblo ciudadano al que se le reclama acción, ejecución. También se tendrá en cuenta considerar cómo la popularidad del sacerdote surge a partir de las estrategias tendientes a construir una identificación y proyección entre la voz enunciadora de sus periódicos y el pueblo.



3. Honor civil

Uno de los temas recurrentes en toda la producción de Castañeda será la Revolución de Mayo; nada tiene de particular, supuesto que quien escribe ha sido participante activo de ella, como muchos sacerdotes, por otra parte. Nuestra revolución de Mayo, signada por los símbolos jacobinos e ilustrados, esta revolución civil, fue también una manifestación del poder de la palabra religiosa de su tiempo. De hecho, en las celebraciones que recordaron 1810, siempre un “sacerdote subió al púlpito y evocó el momento histórico, lo justificó ante el derecho, lo aplaudió con la moral y lo bendijo en nombre de Dios” (Achával 1907: XXIII).

Es mayo, de 1815: quien sube al púlpito es el cura Castañeda. Es franciscano; es austero, algo grotesco, algo sencillote. En la vieja antología de El clero argentino de 1810 á 1830, de 1907, se suceden los discursos y oraciones a través de los cuales distintos sacerdotes han remembrado la gesta patriótica a lo largo de esos años, y la iconografía que acompaña los textos nos adelanta, a simple vista, diferencias entre Castañeda y otros religiosos. Si nos detenemos en esas imágenes por un momento, observaremos que aun cuando aquéllos sean también franciscanos -como Pantaleón García-, los sacerdotes son retratados con óleos reverentes: cubiertos con togas invernales, son serios y compuestos; algunos portan símbolos -un libro, una llave (como se ha pintado a los santos); otros miran al pintor, otros lo evitan; casi todos tienen cubierta la cabeza y sólo se ven desnudos el rostro y, a veces, las manos. La solemnidad y la pompa caracterizan las pinturas en las que importa menos el hombre que la pervivencia de los signos inmortales de la institución. Castañeda, en cambio, no tiene retrato al óleo sino una tinta que dibuja a un hombre de rasgos fuertes y grandes, una boca burlona, a medio reír, el traje se encuentra un poco abierto en el pecho, se ve el largo cuello, la nuez. El plano es inmediato, el retrato está ahí, viéndonos, sin ceremonias, sin boato, sin lejanías. Caricaturesco, resalta en el contraste con las otras figuras: se ve a un hombre vivo, en contacto con el mundo y su dibujo expresa un ahora del individuo, un al paso de la instancia del posar y no la atemporalidad con la que se pretende construir a los otros representantes de la fe.

Ignoro si se ha retratado a Castañeda en otras ocasiones, pero lo cierto es que en esta antología clásica la elección iconográfica destaca los contrastes entre la solemnidad de un estado sacerdotal y la cercanía que impone el dibujo casi humorístico del padre Castañeda, rasgo que va a distinguir su escritura, su voz conciliada con la popularidad. Aquí aparecen los rasgos que definen a Castañeda como cura tridentino: “grosero, pero carismático, original -tal vez un poco loco- y demasiado independiente” (Lemaitre 2003: 201-202. Citado en Ayrolo 2004: 147); no menos real y presente es, sin embargo, lo que nos devuelve su escritura dado que, como se verá, las estrategias señaladas revelan a Castañeda como un cura de perfil ilustrado.

En aquella ocasión, la de 1815 en la Iglesia metropolitana, el sermón es una protesta general relacionada con los años de quietud, diríamos, que han sobrevenido a Mayo. Castañeda se convierte en precursor de Echeverría o de Alberdi al salmodiar en contra de una tradición amodorrada, donde los ministros aletargados le han dicho a su gente: “ imitad a vuestros bisabuelos, nos decían, imitad a vuestros bisabuelos, que en la oscuridad de las revoluciones políticas no hacían más que vegetar con inocente sencillez” (1907: 145) [4]. Así, el enunciador propone una curiosa alianza con los representantes máximos de la monarquía española y el pueblo americano, para dejar fuera a los ministros y proferir, con ello, su enojo contra la propia España que había aceptado sin chistar el yugo napoleónico. Emprende una estrategia de argumentación precisa: hacerse en el discurso un aliado (que es su oponente real) para fortalecerlo y, consecuentemente, engrandecer sus propias acciones, estableciendo una alianza entre civilidad y religión: en la acción pública, aquellos que no defendieron al rey -españoles, ya que los americanos fueron leales a él, señala el argumento, cometieron “idolatría política” (1907: 152).

En este discurso aparece una salvedad sobre el fin de su pronunciamiento: Castañeda afirma desear o no pedir la gracia de atraer respeto a sí mismo por el buen sonar de sus palabras sino para decir la verdad, más allá de la ofensa a reyes y poderosos. Es decir, que, en medio del sermón por Mayo, el padre pone en juego el concepto clave del honor como configuración de la imagen pública, afirmando que no lo hace por crearse fama -que sería lo de atraer respeto por la palabra, resonancia pública. Esta declaración resulta especial en su misma negación, porque, como lo atestigua la literatura renacentista y barroca en muchas oportunidades, la publicidad de la palabra está asociada con la reputación [5]. Es interesante observar que el Padre Castañeda considera un acto de honor el hecho de que el 25 de mayo del diez América no se haya levantado contra Fernando VII, porque hubiera sido abusarse de un débil -“sin ejército, sin marina, sin numerario, sin crédito, sin armas, sin recursos, sin relaciones, sin reyes, sin príncipes, sin jefes, sin magistrados, sin orden de república y anarquía tan desecha” (1907: 152). La lealtad al monarca se ve señalada como “acto heroico” en su “sustancia, intención, circunstancias y ejecución”. El honor, en esta coyuntura, responde a la lealtad, expresión totalizadora de una serie de valores morales sustentados en la palabra empeñada. Es por ello que, en cuanto a la ejecución, América prometió guardar la tierra para Fernando VII y lo hizo contra Napoleón pero también contra la España misma.

Defender la legitimidad de Fernando VII es una de las formas que encuentra Castañeda para engrandecer la gesta de Mayo; como consecuencia, no es posible juzgar la honorabilidad de los americanos, quienes “aspiraron a lograr el honor de que nadie tuviese parte en el desempeño de sus deberes”(1907: 152). Los americanos supieron, tal como se le aconsejaba a cierto Príncipe famoso, que deber favores es la primera instancia de la esclavitud:

Está, pues, demostrado, hasta la evidencia, que la América, en tan difíciles circunstancias, ha cumplido escrupulosamente con cuanto pudiera exigir de ella el honor, no digo ya de nobleza y grandeza española, sino también de la misma familia y casa real (1907: 153).

La defensa de la legitimidad real se justifica además por el debate en el que comienza a inscribirse el vínculo de los ciudadanos con las ideas ilustradas y la religión. Refrendar la pertenencia de origen con la península es naturalizar la continuidad en materia religiosa. Como en los románticos, también se advierte una España desdoblada: en el último caso, la España tradicional frente a la pequeña y exclusiva España liberal -Larra a la cabeza; en Castañeda, una España traidora -afrancesada- frente a la España tradicional, fiel al rey, de quien América es hija. Aunque la elección de estas tradiciones es de signo opuesto, se advierte en los registros discursivos la paradoja de que no siempre los conceptos son sustentados en la coherencia con su forma de expresión.

El americano, de factura honorable, es interpelado en un sermón en el que el público aparece siempre presente y es llamado a tranquilidad porque ha obrado como un sabio dijo de los americanos: “Que pueden vivir seguros de su fama, porque la historia hasta ahora no les acusa ninguno de aquellos crímenes que manchan los anales de todos los pueblos de la tierra” (1907: 153).

Con la estrategia de una teatralización que humaniza, acerca, y pone en escena inmediata lo que cada uno de los presentes podrá decir en su propia casa, Castañeda asume polifónicamente la voz de Fernando VII:

Diremos lo que el mismo Fernando VII a su augusto padre en la jornada de Aranjuez: “Papá, los pueblos no te quieren; papá, conviene al bien público que V:M: renuncie a favor mío la corona” (1907: 156. La cursiva es mía).

A partir de la teatralización y sumada al registro familiar y coloquial que se ficcionaliza [6], el sermón articula dos instancias en base a la noción de honor y su conceptualización concreta en los contextos políticos: no será una noción invariable, asociada con la nobleza aristocrática o de origen sino con el tipo de acción que se realice en cuanto el momento histórico así lo reclame. De modo que esta noción variable será también civil: una virtud que se exhibe en el reajuste a los tiempos.

Como vimos, el honor es fidelidad, cumplimiento de la palabra empeñada; esto garantiza la fama del pueblo americano donde se une su acción civil a su naturaleza, un “paraíso terrenal”, esto es, en clave contextual, una tierra sin falta, sin pecado. Pero también el honor es libertad (1907: 159). Al presente de 1815 le corresponde desplazar aquel honor leal al honor de ser independientes, libres, de no ser más esclavos. Un honor que se merece por haber sido leal y una honorabilidad que se tiene en tanto los americanos actúen y trabajen por ella: he aquí el objeto último, el carácter admonitorio del sermón, que apostrofa sin más desde un estrado religioso con la finalidad de disuadir para la acción. En estos años -señala amargamente el locutor- “ninguna cosa buena hemos hecho en seis años de revolución” (1907: 160). Esta dilación provocará una pérdida de la fama adquirida y una impaciencia por parte de Castañeda, cuyo discurso, fuertemente apelativo, intenta tocar y especialmente formar, con estos conceptos, el orgullo civil de sus oyentes.



4. Exhortar, instruir, educar

El 10 de agosto de 1815, el “ciudadano Francisco Paula Castañeda, individuo de la Sociedad Filantrópica de Buenos Aires”, pronuncia una “arenga patriótica” en la Apertura de la nueva Academia de dibujo. La alocución define la posición ilustrada de Castañeda y el perfil de lo que considera un futuro “ciudadano”, quien todavía no existe; de alguna manera, el discurso es también un plan de operaciones, como los programas de estudio: diseñará, entonces, qué quiere lograr, cuáles son los puntos a alcanzar o esperables de producirse entre los que allí asistan, qué contenidos se dictarán, cuáles son los necesarios para la conformación de la buena ciudadanía.

El ciudadano Castañeda habla, en esta oportunidad, de la educación. Ésta constituye el motor de una “virtud nacional”, definida como “la observancia puntual de todo cuanto se dirige y conspira al bien común y utilidad del Estado” (1998: 242).

A partir de aquí, el lenguaje de la religión y sus preceptos e, incluso, sus dogmas y hasta sus palabras sagradas son desplazadas para instituir una especie de religión civil: el sacerdote es un ciudadano que aspira a formar a través de la educación, otros ciudadanos; la “virtud nacional” es el patriotismo, visto en términos de bien común y utilidad del Estado. La religión es el instrumento discursivo por el cual Castañeda puede expresar sus ideales de preparación de la niñez y la juventud para la ciudadanía, dado que es, de todas maneras, un lenguaje compartido entre él y sus oyentes [7].

La conciencia ilustrada de Castañeda obliga a pensar a sus interlocutores como entidades en formación. Le habla a la juventud, la aconseja y la persuade de que se instruya para vencer en sí misma un pecado de herencia española, la ociosidad y que gane, mediante la instrucción, el trabajo: patriota es el que trabaja. Los jóvenes y los niños son los destinatarios de esa experiencia en una elección que homologa al enunciador con Jesús y a sus destinatarios con los niños a los que el Mesías se ha dirigido: “dejad que los pequeños se me acerquen porque de ellos es y en ellos está el verdadero patriotismo” (1998: 244), parafrasea asombrosamente Castañeda [8]. Incluye la frase bíblica en latín talium est enim regnum caelorum y al traducirla de la lengua muerta (e institucional de la iglesia) al castellano del Plata efectúa otra traducción: del texto sagrado al texto republicano. En este sentido, señala la co-rresponsabilidad de esta formación; no sólo depende de la institución educativa, sino de los ministros de Dios y de los padres de familia, que, en definitiva, son los que permitirán a sus hijos ingresar o no a la escuela de dibujo [9].

En el trabajo se concentra la idea de progreso; se percibe a España como modelo negativo, donde nada ha prosperado merced a aquella tendencia al ocio:

sí, señores, sólo en España veo yo envilecidas las artes y ennoblecida la ociosidad, pero también veo que por esta razón la España es la más atrasada de todas las naciones cultas (1998: 243).

El estudio disuelve las jerarquías, es altamente democrático porque no distingue excepciones: todos deben estudiar, incluso los ricos. Pero, además, el estudio -en este caso el dibujo- debe hacerse común para que la ciudadanía pueda formarse tanto en la ciudad como en los suburbios.[10]

Las materias clásicas de estudio -religión católica, primeras letras, primeros números- son insuficientes para la formación de los ciudadanos que la hora reclama. Es necesario incluir ciencias útiles -dibujo, geografía, historia, geometría, náutica, arquitectura civil, militar, naval, “los artefactos de todo género”- y, el arte de la sociabilidad: esgrima, danza, música, natación, equitación, “pronunciar correctamente el idioma nativo” [11]. Utilidad y urbanidad: principios de una sociedad ilustrada.

Se adivinan, por supuesto, aquellos viejos principios horacianos de la epístola a los Pisones: el dibujo es un arte agradable, cercano a los niños y, a su vez, es útil no sólo por lo que él mismo enseña sino porque forma el gusto y el deseo de otras artes ya que crea necesidades de conocer para cumplir adecuadamente con la tarea. La educación contribuirá a la consolidación del honor en su acepción clásica -el honor personal, particular, que es propio del locutor y de sus oyentes en tanto individuos (de allí el uso del “nosotros inclusivo”)- y en la acepción construida al calor de una conciencia revolucionaria, el honor de la patria:

Atendidos los progresos que han hecho en tan corto tiempo, es de esperar que algún día sean nuestro honor, nuestra corona, como también la felicidad y esplendor de nuestra patria (1998: 246. La cursiva me pertenece).



5. Doña María Retazos, un periódico sin pelos en la lengua

La figura de Castañeda es básicamente crítica y esto se pone de manifiesto, entre otras cosas, en los títulos de los muchos periódicos que editó, dirigió y escribió -veintisiete en total, hasta cinco en simultáneo. El juego de voces que narran sus textos -“Oriental choti-protector y puti-republicador”, “Teo-filantrópico”, “La Matrona Comentadora”, “Buenos Aires cautiva”, “Doña María Retazos”-, exhibe la ironía -y sus gradaciones (el sarcasmo, la burla, etc)- como mecanismo central para la construcción de una visión totalizadora en cada entrega, encarnada en el narrador, quien, curiosamente, no siempre asume su identidad en tanto proyección del autor. Por el contrario, en el periódico que examinaré someramente, la voz narradora halla su razón de ser en la correspondencia con un personaje, podríamos decir, “del pueblo”, la mismísima Doña María. Así, “Doña María Retazos” es el nombre del periódico y de la narradora principal. Pero, a su vez, Doña María, la narradora que se asume como la voz autoral, cede la palabra a otros, adopta distintos roles y formas de acuerdo con su lugar específico de enunciación, enmascarándose en un personaje y, a su vez, proyectando en él una visión o un aspecto del lector imaginado por el texto. Es por ello que las páginas de la publicación tienen, en su conjunto, una gran cantidad de “colaboraciones”, de cartas de lectores, de respuestas a cuestionamientos, etc: es un periódico armado desde una ficción de pluralidad, donde la focalización máxima está puesta en el lector-pueblo, sin ir más lejos la propia Doña María, hecha toda ella de “retazos”, es decir, lecturas. Esas voces, instituciones, mujeres, ciudades, siempre se identifican con el “pueblo”, interpretan sus necesidades, hablan por él, lo representan. En suma, gracias al prestigio ganado con sus “oraciones patrióticas” en la fiestas Mayas e incluso a raíz de la popularidad que lo ha llevado, entre otras cosas, a ser elegido diputado, pero, fundamentalmente, a la orientación o a la imagen de lector que esas voces construyen, el periódico se vende como pan caliente, agotándose las tiradas, hecho que no ocurre, desde luego, con El Argos, que es el portavoz rivadaviano ni con los periódicos posteriores de los proscriptos o de la “cúpula rosista”. Con ser fervoroso antifederal, el cura era caudillo en su ámbito de injerencia.

Un dato no menor, creo, es el cuerpo físico de Doña María Retazos. Los ataques al enemigo, las discusiones y polémicas son materializadas en una diagramación tipográfica, con una ortografía y presentación general impecables. No hay erratas, tipos ausentes, errores ortográficos, descuidos gramaticales; la variedad tipográfica resulta atractiva y asombrosa y contribuye a reforzar la construcción polifónica que dan las distintas voces y las variantes discursivas que se convocan -la epístola, el soneto, la fábula, hasta una obra de teatro. Sorprende el manejo del espacio en la hoja, su combinación con las letras y las formas que se adivinan estudiadas y que buscan atraer por medio del entretenimiento, impensable en la racionalidad de La Moda, de Alberdi, editado diez años después [12]. No menos sorprende la prolijidad, ajena a otros periódicos posteriores, El Zonda de Sarmiento, por ejemplo [13]. Es así que a la proyección del lector-pueblo con el personaje que narra (también lector-pueblo) se suma una situación en espejo respecto del atractivo visual: la lozanía de la matrona se corresponde con la frescura y prolijidad de las páginas. Y, además, lectores y narradora se entretienen leyendo por igual.

Por lo tanto, a la popularidad del autor y los procedimientos empleados -que buscan cooptar mediante el entretenimiento, la variedad y la risa, a un público construido desde el diario como avezado en formas y estilos literarios y problemas políticos y religiosos de época-, se le agrega la identificación del lector imaginado con la narradora y con otros personajes-pueblo, participantes en tanto lectores que escriben en el periódico. Voces populares que critican todo, incluso al propio padre Castañeda, quien, como un lector más, escribe al diario y, generalmente, sale perdiendo en sus propuestas frente al sentido común de Doña María. [14]

¿Cómo se construye este personaje-narrador? En primer lugar, es una matrona atípica: no es gorda, ni fea, ni mayor, sino joven, lozana y buena moza. En segundo lugar, está al tanto de toda la comidilla política del momento, lo que la muestra como una mujer informada y al día. Tanto es así que mantiene comunicación epistolar con el propio gobernador Ramírez, de Entre Ríos, y con otros personajes públicos; en sus debates recorren temas como la política agraria, los vínculos internos entre los caudillos, las relaciones exteriores -dice ella respecto de los ingleses “ la plata no es afrecho, máxime cuando los ingleses han cargado con ella por causa de nuestra filantropía, o bobería, o no sé como le diga” (2001: 107).

Por supuesto, una de las discusiones más fuerte es la relativa a la reforma eclesiástica emprendida en el año 21 por Bernardino Rivadavia y allí no interviene Doña María -ella no tiene porqué discutir esto temas: es otro de sus elementos a favor, ser católica practicante-, pero sí lo hace otra mujer y esto ya suena más escandaloso aún: se trata de una monja, Sor María de los Ángeles, quien pelea con Voltaire, “colaborador” asiduo del periódico y curiosamente sobrino de la monja:

No temas, mi amigo, que la especie humana se extinga [esto viene a cuento de que Voltaire quería abrir los claustros para no hubiera doncellas, no peligrara la especie...]: ella abunda demasiado, mayormente en poetas obscenos y en filósofos temerarios. ¿Se han visto jamás en algún siglo (gracias a tus sermones sobre el lujo) tantos comediantes, tantos bailarines, tantas operarias, tantos músicos, tantos perfumadores, tantos peluqueros, tantas modistas y tantas cortesanas como se ven al presente? No había en Egipto tantas langostas (2001: 96).

Hasta aquí tenemos varios aspectos sorprendentes: un cura editor que deposita sus juicios en la máscara de una mujer, joven, informada y filósofa -defiende y argumenta en varios números el derecho a la libertad de costumbres y de territorio de los indios pampas, por ejemplo. Y por si esto fuera poco, la voz del periódico se vuelve entretenidísima por dos causas fundamentales; una, los diversos cambios en el registro de este personaje -en una página habla como una erudita, en la siguiente compone un verso de este tenor (lo hay peores):

CRÍTICA DEL USO DEL MONÓCULO, ENTRE LOS PERIODISTAS RIVADAVIANOS QUE SON AFRANCESADOS Y NO VEN NADA...

Uno en la mano
otro en el culo
cuatro en la cara
bueno ninguno. (2001: 99)


Firma esta sutil copla, coplita fregona, diría Fierro, “Doña mejor veo con mis dos ojos que con ciento”(2001: 99). El cambio de registro va de la mano de un desplazamiento en el género, cambio por lo que supongo, el periódico resultaba entretenido y con tanto interés público. La variedad de géneros introduce, además, una variación visual: se sale del dominio de la prosa para incurrir en el acróstico, el epigrama, la cuarteta, el verso libre, el soneto, la fábula (básicamente neoclásica, en verso, al estilo de Félix María de Samaniego), la comedia y, muy importante, la traducción que merece un capítulo aparte porque, entre otras cosas, posibilita el espacio de la corrección.

Había mencionado que se preocupa por escribir sin faltas ortográficas y esto lo dice explícitamente. Entre los recursos que Doña María utiliza para denostar a su contrincante, se encuentra la corrección, que no está destinada a agredir a personajes apócrifos en su diario, sino que establece una relación propiamente intertextual porque incluye la voz y la cita de las palabras de los rivadavianos en periódicos, documentos y manuscritos oficiales a los que nuestra matrona está acostumbrada a leer y en base a la cita corrige aquí y allá, una y otra vez. La traducción se utiliza como corrección y como arma política: se presentan versiones de un texto original y cómo cada versión acarrea agua para su molino, olvidando contexto, intención, etc.

De modo que, con la construcción de este personaje, el cura ejerce una política editorial que intenta representar y captar público, política cuyo supuesto es el fin utilitario de la ilustración; las técnicas polifónicas empleadas, son, sin embargo, de raigambre barroca, por lo que el texto muestra la hibridación entre la tradición española del siglo XVII y ciertos elementos ya decididamente ilustrados, como la visión del lector aquí presente entrevista en la configuración del narrador, alguien del pueblo.

Un último elemento -que tiene que ver con la violencia del discurso en las polémicas posteriores- es el manejo de la ironía, la burla, el sarcasmo, la denigración física y espiritual del otro. Un otro que es una idea, un partido, un decreto que se personaliza en un sujeto, Agrelo, Sarratea, los editores del Argos, que “representan” el poder: Doña María, joven, lozana y buena moza, defensora de los intereses de los débiles (las mujeres, sin ir más lejos) dibuja la figura del monstruo marino [15] que tiene enfrente.

El diario será clausurado tres veces y tres veces vuelto a abrir. Doña María pasará, con el tiempo, de redactora a editora -y ahí el cura no será ya colaborador sino el director del periódico designado por ella y lo que no cambiará es la mirada criticona de esta señora deslenguada y lenguaraz.

Doña María, la matrona, lleva la voz cantante en el marco de una ficción estilística de autonomía, en contraste con la figura de una voz femenina acallada, solitaria y posiblemente iletrada en el período en el que se da a conocer el periódico. Doña María puede discutir de todo y con todos, desde todas las modalidades y a partir de innumerables movimientos de género. Sin embargo, la elección adoptada más frecuente será la de la epístola porque sea quien sea escriba una carta, es siempre, fundamentalmente un lector -ya sea que espere una respuesta que leerá o que conteste acerca de lo que ya leyó. Pluralidad de géneros y cartas de lectores hacen causa común al configurar la amplitud de expectativas que cubre el texto y a las posibilidades de participación que brinda.



6. El pueblo, lector de un yo

El examen de las palabras de Castañeda en un recorrido por tres de sus textos más representativos nos permite, apenas, una aproximación a una escritura muy compleja y que porta, además, un universo político e institucional no menos dificultoso. Es interesante notar cómo desde diferentes lugares de enunciación y a través de distintos géneros discursivos, el cura Castañeda va forjando su imagen en tanto hombre popular, imagen que lo conducirá a ser escuchado. Para ello, apela a construir a su lector, quien -ya sea ciudadano, niño a formarse, una mujer del pueblo- es, en toda ocasión, el destinatario de una exigencia: la de aprender a luchar por la independencia, a ilustrarse como ciudadano, a reconocer errores o bien defender la fe de los mayores; a ser útil a la patria y, por fin, aprender a exponer y cuidar la honorabilidad -que no se construye de una vez y para siempre; que es necesario sostener desde la acción y que, por último se encuentra ligada a la configuración de los sucesos (es histórica, no abstracta)- como elemento constitutivo de una ciudadanía en ciernes.



Bibliografía

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Shumway, Nicolás (2000), La invención de la Argentina. Historia de una idea. Buenos Aires: Emecé.




Notas:

* Este trabajo es una primera aproximación en el proyecto que estoy llevando a cabo acerca de las figuras del letrado ilustrado y el romántico. De allí que en muchas referencias a la producción de Castañeda se esbocen comparaciones o relaciones con los escritores que actuaron bajo la mirada del rosismo en la República Argentina y que no serán ampliadas en esta ocasión.

** Letras. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Mar del Plata.


[1] Francisco de Paula Castañeda. Padre franciscano cuya pluma estuvo al servicio de la ortodoxia y de los derechos de la iglesia (Bruno 1972: 516). Nació en Buenos Aires en 1776 y se ordenó sacerdote en 1800 (Córdoba). Es famoso por los discursos y las oratorias relativos a la Revolución de Mayo de 1810, de quien fue un fervoroso participante. En los años 20 comenzó su carrera periodística, que se destaca por la originalidad, el caudal de saberes en torno a la religión, la filosofía y la vida cotidiana, la profusión -en pocos años llegó a publicar más de 17 periódicos y miles de páginas- y también porque reviste una capacidad de trabajo extraordinaria ya que él mismo se ocupaba de editar, redactar, buscar la información, corregir y demás tareas en uno o varios periódicos en forma simultánea a veces, todos de su autoría. Estuvo desterrado a causa de sus ideas y murió en Paraná en 1832.

[2] Nicolás Lucero señala que Luis Pérez, el escritor gauchi-político por excelencia, fue, como muchos otros, voraz lector de Castañeda y que de él es tomada una serie de procedimientos elementales para la formación del gacetero anti-pro rosista (2003: 19-21).

[3] Para este trabajo se consultó, entre otros textos, el tomo V de la Nueva Historia Argentina (Planeta: 2000) y es de notar que no sólo en los artículos referidos a la iglesia sino a la justicia y a la política se hace mención de los curas por alguna causa, lo que revela justamente esta doble formación cultural del período: que la extensión del “Estado” era también la Iglesia (es decir, muy pocos vivían como dos experiencias ser americano y católico) y la participación del clero en la vida civil. Roberto di Stefano puntualiza:“La sociedad colonial en el seno de la cual la revolución estalló se hallaba bien lejos de diferenciar las esferas de la religión y de la política, por lo que la politización revolucionaria (o contrarrevolucionaria) del clero es, en principio, parte de ese fenómeno más general que envuelve a la sociedad en su conjunto, o por lo menos a muy amplios sectores de ella. (Di Stefano 2004: 93).

[4] Las palabras de Castañeda resuenan como adelantos de quienes escriben en contra de la tradición española o los unitarios en la generación del ´37. Por ejemplo, Alberdi, en La Moda, habla en ocasiones de las costumbres perimidas de sus mayores en contraste con la juventud activa que procura transformar la moral del pueblo: “En los rincones de muchas casas de Buenos Aires, deben existir arrumbadas aquellas pesadas sillas en que se sentaban nuestros pacíficos abuelos” (1938: 78. La cursiva es mía) y Echeverría, en las Cartas a don Pedro, “en país alguno es más cierto que en el nuestro aquel refrán de nuestros beatos abuelos, hazte fama y échate a dormir” (1972: 200. Cursiva en el original).

[5] Leemos en un clásico, El Lazarillo de Tormes: “Porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: “La honra cría las artes”” (2002: 17-8). Lázaro incluye entre los que actúan para percibir este tipo de remuneración simbólica a los escritores, soldados y, con su anticlericalismo habitual, a los curas. En la misma negación, Castañeda perfila una de las bases en las que centrar su popularidad y buen nombre: la palabra.

[6] Aunque la influencia del teatro en la literatura barroca es enorme, aquí se percibe una estrategia básica del discurso ilustrado, porque une teatralización con ejemplificación o, lo que es lo mismo, la puesta en escena con un fin utilitario -didáctico-pedagógico y argumentativo- de enseñanza como lo es la ejemplificación.

[7] Roberto Di Stefano analiza el sustrato mayormente veterotestamental en el discurso clerical; el intertexto religioso proveerá respaldo -nos dice el historiador-, al nuevo orden establecido por la revolución: “Los oradores buscan en la Biblia, y en particular en el Antiguo Testamento, claves para interpretar los acontecimientos y otorgar sanción religiosa a la causa americana” (2004:116)

[8] Resulta ineludible establecer una línea genealógica en la que el discurso político se ha apropiado o ha hecho uso del universo religioso, en un derrotero que, como se ve, incluye a Castañeda, a Echeverría y hasta a Carlos Menem en su famoso discurso de asunción, en 1989, cuya clausura fue un parafraseo del Nuevo Testamento: “Argentina, levántate y anda” (Baltar 1998: 67).

[9] En otros discursos de apertura de cursos o de establecimientos educativos destinados a los niños puede observarse esa tendencia a construir, desde el enunciador, al destinatario real -los niños o las niñas- en objeto y dirigirse así al beneficiario real de esa instrucción que se promete: la sociedad, los padres de familia, la iglesia. Un ejemplo lo constituye el Discurso de Apertura del Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, en San Juan, que Sarmiento leyera en ocasión de la fundación de dicho establecimiento (1939: nº 1, 2-3).

[10] “Para el cura ilustrado la potencialidad de la región -nos dice Ayrolo refiriéndose a la zona de La Rioja-, “encuentra un freno a su desarrollo en la calidad de su población. Para él, es imprescindible convertir a los “borrachos, libertinos y ociosos” indios en seres “civilizados” por medio de la “doctrina y la policía” ya que solo así “vendrían a ser útiles à la religión y al estado”. Estas afirmaciones ponen de manifiesto el ideario ilustrado para el mundo rural” (2004: 149-150).

[11] Las apetencias de Castañeda en cuanto al programa de estudio revelan una distancia entre el ideal y la real disposición y posibilidades de los niños y de las mismas instituciones en el temprano siglo XIX para sustanciar en forma concreta esa educación ilustrada. De hecho, la Academia que inaugura con este discurso sólo puso a los niños a copiar pobremente algunos bustos. El contraste es señalado por José Bustamante en su tesis sobre las escuelas de primeras letras en la campaña bonaerense al referirse a los reglamentos o libros de texto y a la situación real de los niños a instruir. En ellos se recomendaban cosas tales como doblar la capa al entrar al aula o llevar los zapatos lustrados, cuando, en verdad, los niños tenían los pies llenos de barro y acaso no conocieran dicha prenda... (Bustamante Vismara 2004: 89-90).

[12] Es, sin embargo, uno de los planteos explícitos de Alberdi en La Moda que no logra sustanciarse por la rigidez y descontento con que el enunciador trata a sus lectores.

[13] El Zonda, de 1839, presenta, como muchos otras publicaciones de la época, faltas tipográficas y ortográficas que hacen que una lectura corrida roce la ininteligibilidad. No se trata solamente de la visión conocida de Sarmiento respecto de la ortografía sino concretamente de la producción material o el estado de la imprenta de San Juan por aquellos años (Baltar 2001: 13).

[14] Este juego de voces que liman las diferencias entre los espacios de ficción y de realidad y, específicamente, el hecho de que Castañeda se vuelva personaje de ficción al ser interpelado por su propia creación, es un procedimiento barroco por excelencia y que nuestro autor debió asumir como cotidiano a partir de sus asiduas lecturas de los clásicos españoles y en especial Cervantes, al menos por lo que sugiere el propio texto. También se nota esto en el género, puesto que aparecen las métricas y versificaciones clásicas con mucha frecuencia, manejadas muy eficazmente.

[15] En un verso muy popular, el padre Castañeda llama así a Rivadavia en alusión a rasgos de su fisonomía: “De la trompa marina - libera nos Domine./ Del sapo del diluvio - libera nos Domine. / Del ombú empapado de aguardiente -libera nos Domine. / Del armado de la lengua - libera nos Domine. / Del anglo -gálico - libera nos Domine. / Del barrenador de la tierra - libera nos Domine. / Del que manda de frente contra el Papa - libera nos Domine. / De Rivadavia - libera nos Domine. / De Bernardino Rivadavia - libera nos Domine. / Kyrie eleison - Padre Nuestro. Oración como arriba. (Citado en Shumway 2000: 122).



© Rosalía Baltar 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/fpcastan.html



ilustracion
Francisco de Paula Castañeda

“grosero, pero carismático, original -tal vez un poco loco- y demasiado independiente”

Nació en Buenos Aires en 1776. Fue sacerdote franciscano, hombre público y periodista notable. Se ordenó en 1798. Ocupó la cátedra de Teología Moral en el convento de la Observancia de La Recoleta por tres años. Actuó como capellán durante las Invasiones Inglesas. Participó activamente de la agitada vida pública en las primeras décadas del siglo XIX. De personalidad pintoresca, rompió con los modelos religiosos de su época, cuestionó la reforma religiosa, predicó la revolución y defendió la educación popular. Fue un periodista solitario que arremetió contra federales y unitarios, contra gauchos y doctores, lo que le valió numerosos destierros: en Kaquel Huincul, en Fortín Areco, en Pilar y en Catamarca, desde donde huyó a Montevideo, y luego a Santa Fe. Entre sus casi veinticuatro periódicos, escritos entre 1818 y 1829, se pueden citar: Desengañador Gauchi-Político-Federi-Montonero-Chacuaco. Oriental Choti-protector y Puti-republicador de todos los hombres de bien que viven y mueren descuidados en el siglo diez y nueve de nuestra era cristiana (1820-1822); Despertador Teo-Filantrópico, Místico-Político (1820-1822); La matrona comentadora de los cuatro periodistas (1821-1822); Vete portugués que aquí no es (1825) y Doña María Retazos (1821-1823). Murió en Paraná en 1832.



francisco

Fuentes
Francisco de Paula Castañeda o breve tratado sobre la irreverencia* publicado en Revista Espéculo #24
La Academia de Dibujo fundada por el Padre Catañeda (1815-1922)
Hemeroteca digital Fray Francisco de Paula Castañeda
Convento de Santa Úrsula


Los ricos, y pobres en pacto social

Dispongan el cambio de vivos, y muertos,

E igualados todos en derechos tuertos.

Bendigan la nueva rutina legal.


Artigas, Ramírez, Blasitos, Zapatas

Venid a ser grandes supremas cabezas

Porque los talones ahora son altezas

Y de abajo arriba se han vuelto las patas.



Paula