La crisis que se esconde detrás de la euforia del rock argentino
Esta noche, dos grupos y un solista de rock tocarán en diferentes shows ante más de 120 mil personas. Semejante poder de convocatoria, sin embargo, no parece ser la punta del iceberg de un boom, sino todo lo contrario.

La crisis detras del rock argentino.


El 30 de mayo de 2009 amanece como un día atípico para el rock argentino. Tres de sus máximos exponentes se presentan esta noche en distintos estadios, y los tres parecen no tener problemas para llenar cada uno el suyo. Andrés Calamaro estará en el Luna Park, para celebrar la edición de su caja de cinco CD titulada Andrés: mezcla de grandes éxitos con una expedición a su propia arqueología. La Renga vuelve a convocar a los suyos al Estadio Único de La Plata para cerrar la gira de su álbum Truenotierra de 2006. Los Piojos, en cambio, dicen “hasta pronto” en River en lo que parece una despedida con boleto de ida y vuelta asegurada.

A primera vista, se podría pensar que el rock nacional se burla de la crisis económica mundial desplegando un músculo de convocatoria impresionante. Incluso se podrían sumar los recientes dos Luna Park de Fito Páez. Pero bajo tan radiante sol en venta de tickets, las cosas pueden verse con otro cristal. La industria discográfica padece el crac financiero que ataca a todo el globo y atraviesa una transición de formato: se venden menos CD, pero la venta de MP3 legales no ha aumentado en la misma proporción, y ni siquiera los ringtones y los fulltracks directos a tu celular amigo permiten que las cuentas cierren.

Por otro lado, en el orden local, el rock evidencia síntomas que entusiasmarían a un Dr. House, pero que no parecen encender alarma alguna en los radares de los entendidos, que se limitan a celebrar que hay estadios llenos. Quizá porque las crisis artísticas son como las enfermedades de somatización, más una ilusión que un padecimiento real, y la verdad está en la mente de quien escucha. Pero es innegable que, en los últimos años, después del terrible trauma por la tragedia en República Cromañón, diversas bandas han ido sucumbiendo una tras otra como mosquitos ante el frío. Turf, Memphis, Árbol, Attaque 77, Intoxicados y Los Pericos perdieron a sus cantantes de diversos modos. En algunos casos, el grupo sobrevivió (Attaque, Pericos, Árbol) en un proceso que dejó sus secuelas, pero en los otros la implosión se los llevó puestos.

Otra muestra de esta virtual desintegración del rock local es que, de la trilogía más convocante de los últimos años, Los Piojos entran en hibernación voluntaria a partir de hoy, y Bersuit está en pausa, transformada en auspiciante de los proyectos solistas de sus integrantes, con shows eventuales no especificados, en lo que parece una separación en la búsqueda de nuevas emociones en una relación grupal que acusa desgaste. Y La Renga vuelve a frenar para preparar sin apuro un nuevo trabajo discográfico, en un ciclo de silencio/presentaciones tan lento como el que tuvieron en algún momento Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, o como el que sostiene hoy el Indio Solari en plan solitario.

Hablando de solistas: Andrés Calamaro, Fito Páez y Gustavo Cerati (que retoma este año su propia carrera), sobreviven sin problemas. Pero Charly García y Luis Alberto Spinetta miran el partido desde afuera; el primero por razones de salud pública, y el segundo sin presentarse en Capital pese a tener un disco relativamente nuevo, como en un retiro autoimpuesto.

Del resto de los grandes nombres, Divididos ya lleva siete años sin componer material nuevo. Catupecu Machu hoy se pone en marcha en Flores, pero a Fernando Ruiz Díaz le costó resolver la continuidad del proyecto sin su hermano Gabriel, que aún no se repone del severísimo accidente.

¿Quiénes quedan en pie? Babasónicos, Los Auténticos Decadentes, Las Pastillas del Abuelo, Las Pelotas, Los Gardelitos, La 25, Ratones Paranoicos, El Bordo, Guasones, Pier y Kapanga. Poco más que eso. El underground, mientras, hierve con propuestas en internet, pero no logra trasladarse al mundo no virtual.

La pregunta que es necesario formular es si esto es o no una crisis. ¿Habrá llegado el rock, después de años de prosperidad, a una crisis de crecimiento, tal vez emulando a un país que súbitamente dejó de crecer? ¿Es esto un fin de ciclo como sucedió en otras oportunidades? ¿O simplemente es un período de transición que se atravesará como una lluvia de baja intensidad?

Charly Vázquez, director senior de música y talento de MTV, opina que el hecho de que se hayan separado o rearmado algunas bandas “es un proceso de desgaste provocado por el tiempo y porque algunos medios no quieren apostar a nuevos talentos, como hacemos nosotros. Es consecuencia lógica de un mercado cambiante que tuvo impactos en la parte discográfica, aunque en cuanto a shows se han dado récords de convocatoria en los últimos años”.

Eduardo Rocca, manager de Babasónicos y Las Pastillas del Abuelo, prefiere invertir la pregunta: “¿Por qué existen tantas bandas que duran tantos años en un mercado chico como el argentino? Puede que el desgaste interno comience a notarse cuando los objetivos se desvirtúan o cuando se vuelve monótono el accionar de una banda. Si la propuesta se restringe artísticamente, lo personal y la convivencia puede tomar más relevancia que el proyecto en común, y todo se torna más complicado si los músicos ya no disfrutan la compañía de quienes tienen a su lado”.

Sergio Rotman, de Los Fabulosos Cadillacs, piensa que parte del problema es cierta institucionalización que ha llegado al rock. “Hace 20 años, una banda con mucha suerte llegaba al tercer disco. Antes las bandas duraban y producían lo que podían. Hoy pasan por períodos que van desde los inicios, el éxito, las peleas, la terminación del proyecto, el fracaso y la feliz reunión. Hoy es ‘normal’ tener una banda y, por ende, los procesos en su interior son iguales a los de una oficina. Antes, eras como un subversivo. Hoy, el rock está aceptado socialmente”. Coincide con Vázquez y Rocca en la bondad de los números por los niveles de convocatoria, pero “en cuanto a compromiso musical, comparado con los 90, esto parece El Club del Clan”, remarca.

En lo que respecta a la salud del rock, la importancia de la industria discográfica parece ser relativa. En los últimos años, hubo una explosión de productos latinos, románticos o reguetón, con respecto a décadas anteriores y en detrimento del rock, pero para los consultados esto parece tener poca relevancia como factor de la crisis. Vázquez asegura que “esa apreciación no es del todo real; en MTV tenemos espacio para todo tipo de estilo musical”. Rocca cree que “las compañías buscan generar artistas regionales que les amorticen más rápidamente sus costos y les den ganancia. Aquí ‘imponen’ esos géneros porque a nivel regional el pop y lo latino es más popular que el rock. Pero el rock argentino se ganó un lugar particular”. Y Rotman piensa que nada ha cambiado: “El rock tiene el mismo espacio que cuando comenzó Manal. La industria apuesta siempre a lo mismo. Antes era Palito, hoy es Wisin & Yandel”.

Será el tiempo, entonces, el único que podrá dictaminar con claridad qué es lo que está pasando en el rock nacional, que hoy agota localidades en estadios y a la vez observa cómo colapsan casi en efecto dominó un montón de propuestas ya clásicas. De acuerdo con Charly Vázquez, el futuro luce bien: “Es esperanzador que haya muchas bandas nuevas con una convocatoria interesante, como No Te Va Gustar, Infierno 18 y Cuentos Borgeanos. Y seguirán en pie quienes demuestren que se actualizan constantemente”. Eduardo Rocca es un poco más escéptico: “El recambio es difícil porque los medios son muy conservadores. La industria no invierte en desarrollar nuevos artistas porque no le alcanzan las ventas locales para amortizarlos; tradicionalmente, Argentina necesita que el artista tenga varios discos para afianzarse y ser reconocido. Es un país muy grande y poco federal, donde se torna cada vez más difícil hacer una gira por los costos, y eso le complica a una banda nueva mostrarse en vivo”.

El saxofonista de los Cadillacs coincide que “siempre hay recambio y bandas nuevas; lo que no hay es propuesta nueva, salvo de la mano de la generación pospunk, o sea los que tocábamos en Cemento entre 1989 y 1995. Hoy toca Pez, y abre Fútbol. Tocan Los Fabulosos Cadillacs y abren Los Kahunas. Toca Babasónicos y algún grupete bizarro está ahí. Los que innovan son los mismos que innovaron en un principio”. Y va más lejos: “No sé qué pasará, pero deseo un alejamiento del chauvinismo y un acercamiento a la poesía de Paoletti, Iorio o Palo Pandolfo”.

Próximo a terminar una década atípica, el rock argentino muestra su capacidad de convocar multitudes a sus shows y de funcionar como un negocio muy rentable. Pese a este brillo, hay una cantidad de artistas cuyo futuro permanece en signos de interrogación y habrá que ver si esto abre las puertas a una renovación; si el underground tiene la capacidad de ofrecer nuevos y buenos talentos, y si el público está dispuesto a aceptarlos. O si, por el contrario, se prorrogará el mandato de los que ya están. Cualquier parecido con el panorama político del país es pura coincidencia.

La constante del cambio de década

El rock nacional ha conocido toda clase de crisis; las que fueron artísticas y las que estuvieron atadas a la coyuntura del país, pero todas parecen coincidir en el cambio de década. Tras un brioso nacimiento entre 1966 y 1967, arribó a 1970 con la separación de sus tres bandas fundamentales: Los Gatos, Manal y Almendra.

Combinada con los letales efectos de la dictadura, otra crisis surgió entre 1977 y 1979, con proyectos grupales que sucumbieron en masa: Invisible, Alas, Polifemo, Espíritu, La Máquina de Hacer Pájaros y Crucis, a lo que había que sumar los exilios de gente como Moris y Miguel Cantilo.

La hiperinflación de 1989 atenazó al rock por la falta del material necesario (vinilo) para fabricar los LP, y obligó a una forzada actualización al nuevo formato: el CD. Muy pocos discos se editaron durante ese tiempo, y florecieron los sellos independientes.

La crisis de 2001 paralizó al rock durante casi un año; fueron los shows de Babasónicos en el Luna Park los que parecieron nuevos brotes de una primavera que habría de extenderse hasta hoy. ¿Estaremos asistiendo al cierre de un ciclo en la vida del rock nacional? ¿Está atado a la coyuntura del país y a la evolución de la economía mundial? ¿O sucederá el vaticinio de Almendra, cuando tras la separación del grupo sus integrantes afirmaron que no se dividían sino que se multiplicaban?



fuente: http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=25167