La decadencia del choto: la achura uruguaya cotiza en baja
Si todavía no probaste un choto, mejor apurate y probalo pronto. Nos referimos, por supuesto, a la achura típica del Uruguay que según pudimos comprobar, ante su baja demanda, está en vías de extinción.


La decadencia del choto y los engorros de la cajeta



El chiste es obvio pero sigue funcionando con el paso del tiempo: hay que sentarse a la mesa de una parrilla en Uruguay y preguntar: “¿tiene choto?”. El mozo va a tomar el pedido como si nada y uno se va a sentir un pillo bárbaro sólo por decir el nombre de esta achura, que no es el pene del toro, ni tampoco sus testículos, sino el intestino del cordero. La escena se repite en distintos ámbitos, pero no siempre es graciosa. Por ejemplo, las elegantes señoras que acuden a la carnicería El Novillo Alegre a pedir chotos no se animan a gritar esa palabra a los cuatro vientos; más bien la pronuncian como un susurro y el chiste entre los empleados es hacer como que no escucharon bien para incomodar a las paquetas compradoras.

Sin embargo, pese al chascarrillo que siempre lo ensalza, el choto uruguayo no es lo que era. Preocupados por el tema, en el Planeta JOY nos propusimos ir a la raíz del problema y nos tomamos el Buquebus hasta Punta del Este porque nos dijeron que el mejor lugar donde se come este platillo es en un boliche de Maldonado llamado Lo de Ruben (que se pronuncia acentuando la “u” en vez de la “e” de Rubén, como de este lado del charco).

Previo llamado telefónico anunciando el motivo de nuestra visita, llegamos al restaurant, ubicado en Santa Teresa y Florida, no muy lejos de los prostíbulos El Hiroshima y Lo de Naná, en donde, dicen, debutó el Manteca Martínez, ex delantero de Boca, y Osvaldito Laport. Allí suelen iniciarse, en la primera quincena de enero, algunos niños ricos argentinos con tristeza, de entre 15 y 17 años, democratizados con la juventud yorugua por la fiebre hormonal del verano.

EL ENGAÑO DEL FALSO CHOTO
Al ingresar a esta parrilla tradicional, famosa en Maldonado por su lomito con panceta y batata glaceada (a 170 pesos uruguayos o 25 pesos argentinos), nos recibe el propio Rubén Pereira, dueño indiscutido por facha y oficio. Apostado en la caja, de donde no se despega ni un minuto, este hombre de flequillo pelirrojo a lo Carlitos Balá y sonrisa pícara va al grano cuando le preguntamos por sus chotos. “Antes colocábamos unos 60 chotos por noche; hoy día no son más de 12”, lamenta, y lanza una acusación visceral: “Todo ese asunto de la comida sana hace que la gente haya cambiado mucho sus hábitos alimenticios”.

Pero rebobinemos un poco para contarles que esta achura, que realmente se parece a un órgano sexual masculino –o quizá es uno el que piensa cualquier cosa-, es ni más ni menos que el intestino fino que envuelve al intestino grueso del cordero. Aún así, no hay que fiarse de cualquier choto porque, según Rubén, existe el “falso choto”. “Es cuando el intestino grueso del cordero se suplanta por el del ternero, y te das cuenta de que es trucho porque es un choto más duro”, explica.

Al parecer, el origen de esta achura tiene que ver con el aprovechamiento del cordero en su totalidad, en tiempos en que la comida no sobraba en el Uruguay. Hoy, el choto en lo de Ruben cuesta $ 40 uruguayos (unos $ 7 argentinos) y el perfil del consumidor “chotero” está muy bien definido. Uno podría pensar que es la gente mayor la que prefiere esta achura, quizá por cierto apego a la tradición parrillera local, pero ocurre lo contrario. “Por todo este asunto de la vida sana, los de más de 60 se cuidan en las comidas y casi no piden achuras; son los jóvenes los que más quieren chotos, sobre todo en enero, cuando vienen a ocupar los departamentos de sus padres”, analiza el patrón del restaurante.

LAS INADAPTADAS DE SIEMPRE
Es muy común, cuenta Ruben, que los grupos de mujeres solas hagan chistes a los mozos, con preguntas del estilo “¿Tiene choto? ¿Es muy grande el choto para uno? ¿Con un choto comemos todas?”, y muchas otras guarangadas imposibles de reproducir en estas líneas.

Ya que estamos, y en plan de desenmascarar a falsos chotos y demás impostores del asador uruguayo, queremos aprovechar para denunciar a la “falsa pamplona”. Para quienes no saben a qué nos referimos, la pamplona es otra especialidad local (o al menos eso dicen en Uruguay), compuesta por carne de ternera mechada con tocino, condimentada y envuelta en “tela”, que es el recubrimiento del estómago del cerdo. Toda esa bola se tira a la parrilla y es francamente deliciosa. “La falsa pamplona es cuando usan cualquier tipo de carne”, desenmascara otra vez Ruben.

En esta clase de disquisiciones no podía faltar una consulta telefónica al psicólogo estrella de Planeta JOY, el licenciado Néstor Calatroni, quien aseguró tener una abuela uruguaya que inventó la palabra choto. Sin embargo, fue lapidario al analizar la denominación. “Igualar penes e intestinos es como mezclar agua con aceite”, dijo, y sembró la duda: “Lo que nunca entendí es porqué a muchos ancianos se les dice ‘viejos chotos’; es como si la alusión peneana e intestinal sirviera para degradar a la tercera edad”. Como en general a Calatroni no se le entiende nada, preferimos no citar el resto de sus opiniones.

Debemos agregar, sin embargo, que en el lenguaje callejero se usa mucho la expresión “la chota”, femenino del choto que también designa al pene, y el verbo “chotear” que, obviamente, significa utilizar el miembro masculino a mansalva.
Por último, como siempre sucede cuando un restaurante tiene éxito, proliferan en la zona las aves de rapiña que quieren colgarse del choto ajeno. Entre estos especimenes nefastos figuran las chicas del prostíbulo El Hiroshima, que la semana pasada colgaron un cartel muy explícito con la leyenda: “Rubén tiene choto y nosotras almeja”. También a la vuelta de Lo de Ruben, sobre la calle Santa Teresa, suele aparecer hacia la medianoche un taxi boy que dice tener el mejor choto de Maldonado. Y, por supuesto, ya hay puestos de vendedores ambulantes que ofrecen, al igual que existe el morcipan o el choripan, un nuevo sándwich llamado el “chotopan”.

Pero, muy en el fondo, los uruguayos saben que su misteriosa achura, casi un símbolo de la emblandecida virilidad nacional, va camino a desaparecer con el mismo ímpetu que avanza el humo fétido de las chimeneas de Botnia en Fray Bentos. A esos sí que, literalmente, todo “les importa un choto”.

LOS ENGORROS DE LA CAJETA
Así como el choto uruguayo se presta a chistes pueriles doble sentido, hay otros alimentos que generan confusiones aún mayores y, en algunos casos, episodios de violencia física. El más famoso es el dulce de leche, que en Cuba se llama “cremita de leche”, “manjar blanco” en Panamá, Bolivia y Perú y “arequipe” en Colombia y Venezuela.
El problema mayor se genera para los mexicanos y turistas de varios países de Centroamérica, que al llegar a la Argentina se refieren al dulce de leche como “cajeta”.

Semejante denominación ha causado más de un problema en varios locales de Havanna en el Microcentro. Sin ir más lejos, en la última semana de diciembre se generó una trifulca a golpes de puño cuando un grupo de visitantes del país azteca pidió una caja de alfajores de cajeta y chocolate, para enojo de la vendedora de turno, que se sacó el delantal y le aplicó al turista un durísimo gancho de derecha. También se registró un incidente grave en una parrilla de mala muerte ubicada en J. B. Justo y Warnes, en donde un dominicano de impecable traje y sonrisa blanca pidió un flan “con mucha cajeta fresca” y terminó internado en el Hospital Fiorito con dos puñaladas en el abdomen.

Por José Totah