El alma del hardware



El larguísimo título de este ensayo, La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la cultura del recuerdo. Breve historia del olvido (Siruela, 2008) de Manfred Osten, no se justifica del todo. Su autor, especialista en Alexander Von Humboldt y Goethe ofrece, en cambio, una síntesis equilibrada de las tres o cuatro discusiones esenciales en el tránsito que estamos viviendo, aparatosa y velozmente, entre el viejo mundo del libro y su polimórfica sucesión electrónica. Parte Osten desde el principio, como debe de ser y relee el canto IX de la Odisea, aquel en que los mensajeros de Ulises son sometidos a la hospitalaria amnesia que les brindan los lotófagos y a duras penas, gracias a la voluntad del héroe, son arreados de regreso a la nave. Se trata de preguntarse, una vez más, de qué tanto olvido y de qué tanta memoria estamos hechos.

Más allá de la Odisea, Osten nos previene contra la idea frecuente y muy propia de la vanagloria olvidadiza que presenta, como del todo nuevos, a los problemas planteados por el fin o la agonía del linaje de Gutenberg. Para el ensayista no es así y encuentra, en un ejercicio de memoria a propósito redundante, que Goethe, Nietzsche y Freud profetizaron los riesgos de la vida veloz, de la infatuación por el devenir y sobre todo, del odio al pasado propio de la modernidad. Odio cobardón, lleno de arrepentimientos e inconsecuencias, deduce el lector ante La memoria robada, pues a la Revolución francesa la corrige un Napoleón, reinstalando el calendario cristiano abolido y el espíritu moderno suele venir acompañado de añoranzas sentimentales y hasta genocidas por la perdida edad de oro. El moderno, también, es el inventor del tradicionalismo. El verdadero tradicionalista –lo leí en Ernest Gellner hace tiempo– no sabe que lo es. O no lo sabía antes de ser moderno.

Respaldado en Goethe (y en ese tratado también publicado en español por Siruela, hace una década, el de Harald Weinrich, Leteo. Arte y crítica del olvido), Osten va al aspecto más discutido del problema. No sólo se asume que el libro en papel y las bibliotecas que lo resguardan (o lo resguardaban) serán substituidos, a mediano plazo, por el almacenamiento electrónico, sino se discute si los bancos digitales son seguros y durables. Nuestra querella de los antiguos y modernos, si a La memoria robada nos atenemos, la disputan, ante la red, los evangelistas y los apocalípticos. Unos nos ofrecen –los más radicales– la progresiva y bienaventurada deshumanización del saber, destinado a reproducirse infinitamente en la galaxia digital, a disposición de un posthumano cibernético para el cual toda la información del pasado y la del devenir le será casi infusa, no ya dándole instrucciones verbales o manuales a una computadora, sino activándola a placer desde el cerebro.

Contra ese universo sin contingencia, los apocalípticos insisten: miles y miles de libros son destruidos al año para ser capturados, las bibliotecas se vacían para nutrir un espejismo que nos hundirá del todo en la barbarie y se perderán continentes inmensos de la memoria cultural, como se han vuelto ilegibles los disquetes, intraducibles los sistemas operativos de ayer, como se oxidaron antier las películas súper ocho que a los cuarentones y a los cincuentones nos sacaron nuestros padres, de niños. Un video Beta o VHS se ha vuelto, en el lapso de media generación, un enigma de desciframiento como lo fue la Piedra Rosetta o la escritura maya. El horror digital –trasunto del accidente atómico que formaba parte de la oferta cotidiana de la Guerra Fría– está a la vuelta de la esquina, dicen los apocalípticos. Ese hardware universal es limitado, carísimo, está lleno de agujeros y remiendos, tiene la memoria corta, cortísima, es un pozo sin fondo. Tiene, además, mala voluntad.

Osten trata de calmar los ánimos citando a gente sensata, como Hans Magnus Enzensberger. Previene contra el optimismo salvaje del Progreso (como lo hacen, en una reciente entrega de Letras Libres, Robert Darnton y Roger Chartier) y aduce que sí, que la imposibilidad actual de asegurarle un largo plazo a la memoria digital es un hecho comprobado y ofrece ejemplos ya conocidos del público: proyectos informáticos de mediados de los años ochenta del siglo pasado condenados a la obsolescencia y rescatados in extremis, como los otros bancos. Pero nos advierte contra las supersticiones misoneístas: el libro impreso, como los papiros, los manuscritos medievales y los códices ha sido frágil y la suya es una historia de sufrimiento: la biblioteca de Alejandría se quema una y otra vez y para impedirlo y reconstruirla está la civilización. El siglo que pasó no sólo es el de Auschwitz y el Gulag, es también el siglo del deber de memoria.

De La memoria robada se desprenden –el autor no las dice así– otras advertencias contra la nostalgia fabricada a través de muy humanas (y muy falsas) suposiciones. Se dice –los apocalípticos lo hacen– que la memoria cultural está en riesgo justo una época en que está más reguardada, mediante soportes (el nuevo uso se impone) más seguros y más difundidos que nunca. Se olvida que en 1500 se sabía poquísimo de la Antigüedad, no existía la arqueología y museos como los nuestros eran inimaginables. Más aún: los eruditos de aquella habían leído poquísimas versiones originales del griego y hasta del latín clásicos, muchos menos, en cualquier caso, de los que hoy conoce un estudiante promedio de filología greco-latina. Que Montaigne era muchísimo más sabio que ése o aquél profesor de Oxford o de Lovaina, quién sabe. Depende desde qué lugar del tiempo se les observe, diría un relativista.

El hardware mejorará (¿infinitamente?) y no existe, asegura Osten dándole la razón en eso a los evangelistas, el botón que borra todas las memorias de todos los sistemas. Todo se compone, volviendo a la Odisea y resumiendo este librito ambiguo, de memoria y olvido. Decía Goethe, en el último acto del Fausto, oportunamente citado por Osten: “Si alguna vez me poseo/ El sol ni se hunde ni se levanta./ Sea placer, sea lamento/ Él pospone para el otro día./ Sólo el futuro es presente/ Y así nunca se acaba.”


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