Anoche de madrugada te llegó la hora, y yo hoy, deshecho por dentro y con lágrimas templadas corriendo por mis mejillas, te escribo la carta que nunca quise tener que escribirte. No hace falta que te diga que siempre te quise como a un hermano, porque tú lo supiste desde el día que llegaste a casa, recién nacido y enfermo, y te puse sobre mi pecho para que durmieras sintiendo mis latidos. Desde entonces conmigo siempre dormías tranquilo, en paz, sabiendo que estabas con tu mejor amigo; yo velaba tu sueño y tú velabas el mío, y al menor de mis movimientos levantabas una oreja y me mirabas fijamente con tus ojos amables, hasta que me oías decir “estoy bien, no pasa nada”, y entonces suspirabas, echabas la cabeza sobre mis piernas y te volvías a dormir. Siempre me hiciste sentir tan orgulloso y afortunado que a veces me preguntaba si todo el cariño del mundo no sería menos de lo que merecías. Recuerdo una tarde de otoño en la escuela de adiestramiento: estábamos en un descampado practicando ejercicios, y el profesor te llevó lejos junto a otros perros. Teníais que aprender a esperar quietos la orden de vuestro dueño. Tú te quedaste sentado en tu sitio, mirándome desde la distancia. En esto empezó a llover, y varios pastores alemanes que entrenaban para competición echaron a correr hacia sus dueños con el rabo entre las piernas. Tú seguiste ahí solo, inmóvil, posando altanero mientras tu largo pelo negro se empapaba, y me dirigiste una única mirada de súplica que me hizo un nudo en la garganta. El profesor me dijo “le ponemos un sobresaliente, venga, ve a por él”, yo me acerqué a ti, te hice una señal y viniste corriendo a lamerme las manos. Eres el mejor, te dije, y me entretuve un rato jugando contigo antes de volver porque no quería que los demás viesen mis lágrimas saltadas. Cuántas veces llegué a casa abatido después de que todo me fallase, y tú no me fallabas nunca. Siempre pude contar con tu cariño y tu lealtad; siempre tenías ganas de juego, siempre querías estar conmigo. Allí donde yo estuviera tú te sentías seguro, y saber que depositabas en mí toda tu confianza me hacía sentir fuerte, valioso, responsable.
Hoy te digo adiós, compañero, después de doce largos años de amistad inquebrantable, y solo quiero que sepas que tus cenizas descansan en mi casa junto a las fotos de mis padres y mi hermana, que tú seguirás siempre vivo en mis entrañas, que seguiré sintiéndote a los pies de mi cama velando mi sueño, que siempre que pasee por la playa tú estarás ahí conmigo, jugando feliz junto al mar. Hoy mi casa vacía se inunda de un espeso silencio; me asomo a la ventana, hace un día frío y gris y te llora hasta el aire. Se me pierde la vista en la lluvia y vuelvo a verte, fuerte y sano, en tu pose altanera, mirándome con tus ojos dulces, esperando mi llamada. Te miro lleno de orgullo y vuelvo a decirte emocionado que eres el mejor. El mejor compañero, el mejor amigo. Y así te recordaré siempre.

Gracias por todo. Descansa en paz.