Por Osvaldo Bayer

La solidaridad no se rinde (por Osvaldo Bayer)

A pesar de ese pasado del espanto, la vida no se rinde. Vimos cómo en estos días se recordó, por ejemplo, el “Cordobazo” con aquel Agustín Tosco, grito de piedra pero sensible como pocos a la palabra solidaridad; vimos cómo se recordó a esos adolescentes increíbles de “La Noche de los Lápices” (a pesar de la pequeñez más que mezquina de esa directora del colegio que quiso amonestar a los adolescentes que salieron del colegio a recordarlos la semana pasada). Pero sí, se los recordó, con todo el dolor y la vergüenza de que argentinos hayan cometido esos crímenes tan cobardes y de una perversidad que nunca podrá superarse en la historia de la iniquidad humana. Y podemos seguir: que por fin se discuta la ley de medios de la dictadura que ningún gobierno elegido se atrevió a tocar desde 1983. (Sí, increíble, pensando que cuando cayó el nazismo alemán, todos aquellos medios que lo habían apoyado fueron callados para siempre, mientras que aquí no se tocó para nada a todos aquellos que alabaron en la peor rufianería a los criminales de la desaparición de personas con el argumento que emplearon esos gobiernos posteriores de “hay que mirar para adelante” o todo fue por la “obediencia debida” y pongámosle el “punto final”.)

Pero no nos detengamos en ello. Hay otras fuerzas que van surgiendo cada vez más. La auténtica democracia, la que surge del llamado espontaneísmo de las bases. Me tocó ver en la escuela secundaria de la Villa 31, así, ahí, la de Retiro, cuando los alumnos pidieron saber algo más de las huelgas patagónicas del año ’21 y, luego del debate, un conjunto folklórico de pibes tocaron canciones criollas y resolvieron ponerle a su conjunto el nombre de “Facón Grande”, aquel gaucho entrerriano que en la Patagonia marchó al frente de las peonadas a pedir más justicia y dignidad y fue fusilado por el Ejército Argentino en el gobierno radical de Yrigoyen. O cuando, apenas hace unas horas, el Concejo Deliberante del partido de San Martín resolvió apoyar el proyecto del monumento a la mujer originaria, que se hará con las llaves de bronce en desuso que donen todas las manos generosas. O cuando el club socialista alemán Vorwärts llevó a cabo un acto en homenaje al escritor más popular de la época, nuestro tan querido Osvaldo Soriano, por su amor por el pueblo y el llevar al protagonismo siempre hombres sencillos salidos de los recovecos de una sociedad injusta. O cuando justamente el jueves pasado, en Corral de Bustos –busque el lector en el mapa para saber dónde queda–, se llevó a cabo un debate acerca de los derechos de los pueblos originarios para que se los respete y que se enseñe la historia del genocidio y la esclavitud venida de Europa y continuada por los descendientes occidentales y cristianos. O, por ejemplo, siguen los ecos por el triunfo de los cooperativistas de Zanon, con el logro de la expropiación de la misma por la provincia, que termina con la incongruencia irracional de que la fábrica siguiera perteneciendo a los capitalistas que la abandonaron a costa de sus trabajadores. O la organización “Central Popular de Lucha” que comenzará el lunes 28, al mediodía, con una huelga de hambre frente al Congreso, con el lema: “Para acabar con la pobreza y la desigualdad hay que empezar a terminar con los privilegios”.

No, no todo es lo superfluo de la televisión lo que domina, ni Maradona es el único tema de nuestras calles y nuestras inmensas llanuras. Por ejemplo, el caso Terrabusi debe pasar al primer plano del debate y no conformarnos con las opiniones de los burócratas situacionistas. El tema de las empresas que dejan cesantes a decenas de trabajadores debe pasar a ser el centro de la información. Debe pasar a debatirse en los medios, en las aulas universitarias, en las organizaciones barriales, sí, claro, y también en los templos, que para ese fin fundamental debieran existir: la paz, la solidaridad, la sonrisa eterna de la felicidad en el rostro de quienes promueven la producción y el bienestar con sus cuerpos y cerebros.

Y aquí no podemos dejar de señalar a los defensores de la naturaleza a ultranza. He leído hace poco el informe “Proyecto Verde 2009”, justo para el Día del Arbol, redactado por la Sociedad Alihuen, de Santa Rosa, La Pampa. Alihuen es una palabra mapuche que significa “Arbol en pie”. El nombre lo dice todo y habla ya, desde el título, de una tradición de los pueblos originarios que hay que defender: el cuidado de la naturaleza y uno de sus principales soportes, el árbol. Recuerdo que, siendo niño, presencié en Tucumán una ceremonia donde, justo, la gente originaria de esas latitudes realizaba una ceremonia en la cual acariciaban a los árboles, a sus hojas y sus troncos. Y luego recordaban el despojo de sus tierras que sufrieron los indios quilmes, desalojados por los conquistadores españoles y trasladados a lo que hoy es el Quilmes bonaerense. Me impresionó el texto del “Proyecto Verde 2009”, que partió con una encuesta de barrio por barrio en la capital pampeana con preguntas a todos los habitantes acerca de los espacios verdes, para que se interesen sobre los árboles de sus veredas, de sus rutas, como un problema sustancial de vida. Enseñar ese deber ciudadano. Y proponer soluciones para luego llevarlas a cabo, empujar a sus representantes a mirar lo verde para que no se vuelva todo amarillo. Que el ciudadano protagonice la defensa de la naturaleza y no que todo quede en manos de quienes, desde el dinero, permiten una explotación minera perniciosa y fatal para el futuro. Eso es sentirse protagonista, es ser verdaderamente democrático y no conformarse sólo con poner un papelito con nombres en una urna cuando lo convocan a votar candidatos. Y hermoso el nombre de Alihuen, justo un concepto usado por los pueblos nativos. Por eso también me pareció un paso adelante lo que ha llevado a cabo la Universidad Nacional de Rosario: la creación de una cátedra llamada “Pueblos originarios”, para aprender de su cultura, profundizarla, revisar la historia y sus principios de “progreso”. El debate. La inclusión de todo lo bueno que pueda significar verdadero progreso. Que no puede significar otra cosa que defensa de la vida.

Por eso me gustó el coraje civil de los miembros del Concejo Deliberante de Salto, que resolvieron terminar con el nombre de una calle dedicada al genocida coronel Rauch, contratado por Rivadavia para exterminar a los ranqueles, habitantes de las pampas bonaerenses que –según Mansilla– “eran más buenos con sus mujeres que nosotros, los de origen europeo”. Rauch, el europeo mercenario, ganó dinero por matar. Aquí en la Capital, la diagonal entre Corrientes y Riobamba que llevaba ese nombre pasó a tener el digno y popular nombre de Discépolo, el poeta del pueblo. Pero muy pronto, los correveidiles del poder de turno le pusieron el nombre del asesino Rauch a una calle allí nomás, entre Salguero y Medrano. Pero ciudadanos conscientes me han comunicado que siguen la lucha, a pesar de Macri.

También en el arte vemos que la gente generosa no se rinde: hemos podido ver que en el Bauen, ese antiguo hotel de lujo convertido en un lugar del pueblo por los trabajadores del mismo, se exhibe en su sala teatral una versión ejemplar del Sacco y Vanzetti. Con actores y actrices platenses que enaltecen con su capacidad esa tragedia de los trabajadores italianos condenados a la silla eléctrica por el poder omnímodo del sistema de Washington, sólo por ser luchadores del pueblo. Cuarenta años después de ese asesinato “legal”, la Justicia norteamericana pedía disculpas al mundo por haberse “equivocado”. El cinismo a veces no tiene límites. Sí, y todo en nombre de la “democracia”. O por ejemplo, otra obra teatral, las Memorias del agua, de Jorge Gómez, donde justamente se trata con soberana ironía el sistema que destruye la vida al convertir los torrentes de agua del mundo natural en gotitas tratadas con instrumentos y la lucha del hombre para detener la destrucción de la naturaleza que ese sistema realiza sin escrúpulos. Una obra penetrante, terrible, que refleja el sistema egoísta que nos está destruyendo. Y desde allí, al teatro Cervantes, donde esa increíble Cecilia Rosetto nos pasea por la canción, el amor, el canto a los sentimientos de la hermosa humildad de los paisajes latinoamericanos y nos devuelve a la infancia con el color de las melodías de aquellos barrios porteños. El arte que defiende los verdaderos valores que un sistema y la cobardía del poder que domina al mundo trata de quitarnos allí donde la palabra “ganancia” y “réditos” atropella diariamente lo que tiene que ser la esencia del ser humano: la paz, la mano abierta, la sonrisa eterna de nuestros niños. Por eso, lo repetiremos por enésima vez: no hay verdadera democracia donde hay niños con hambre, no hay verdadera democracia donde hay villas miseria, no hay verdadera democracia donde hay desocupados.

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