Imagenes.. se las debo, no encontre y mucho tiempo no tengo ahora
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Leonardo Da Vinci y la Musica


Por Carlos Velilla


Hace treinta años, el conservador del departamento de instrumentos musicales del Metropolitan of Art de Nueva York, Emanuel Winternitz, se quejaba de la poca atención que despertaba el estudio de Leonardo músico.

Tan sólo eran citadas las observaciones de Vasari en Las Vidas o los escritos del mismo Leonardo en su Tratado de la pintura.

Después de la fama que disfrutó en su época, Leonardo fue olvidado durante casi tres siglos.

Hasta la inauguración del Museo del Louvre en 1800 sólo se le recordaba por su Tratado de la pintura, libro que fue un gran éxito de ventas desde su publicación en 1651.

Velázquez, siempre atento a la cultura, tenía entre su gran biblioteca una primera edición
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En la actualidad se le conoce mejor, gracias a los nuevos descubrimientos: las actas notariales, los dibujos, las cartas, la reconstrucción de sus instrumentos musicales, y en especial al encuentro fortuito de los perdidos Códices Madrid I y II, descubiertos en 1965 en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Los primeros biógrafos de Leonardo ya nos hablan de él como músico: Paolo Giovio (Dialogi de viris et foeminis actate nostra florentibus), Gaddiano (Libro de la pintura), Giovanni Paolo Lomazzo (Gli sogni e raggionamenti) y Vasari (Las Vidas). Sin embargo, es el propio Leonardo, en sus escritos y dibujos, quien proporciona más información sobre su relación con la música. Los datos cronológicos nos ayudarán a ver la relación de la música con su vida artística y científica. Nacido en Vinci en 1452, fue hijo natural de ser Piero y de Caterina. Su padre, notario establecido en Florencia, hizo que estudiara leyes para seguir la tradición familiar, pero pronto lo encaminó hacia la carrera de comercio, con la que podría ejercer de agente de cambio en el extranjero para las poderosas familias florentinas. Para ello necesitaba de una buena preparación, y Leonardo comenzó a estudiar aritmética. Vasari dice: “se ponía a estudiar muchas cosas y, una vez que había empezado, las abandonaba. En los pocos meses que dedicó a tomar lecciones de ábaco hizo tantos progresos que, por medio de las continuas dudas y problemas que suscitaba en el maestro que le enseñaba, a menudo lo confundía. Estudió también música, enseguida aprendió a tocar la lira y, como alguien que ha recibido de la naturaleza un espíritu elevadísimo y lleno de elegancia, muy pronto fue capaz de improvisar cantos divinamente.” La aritmética y la música, junto a la geometría y la astronomía, eran las cuatro disciplinas de la educación del Renacimiento, fundamentadas en el Quadrivium.

La música en tiempos de Leonardo era un reflejo de la afirmación de la personalidad individual; por ello estaba más cercana a un ideario que apreciaba, antes que los artificios contrapuntísticos, la melodía sencilla y expresiva. Los músicos italianos cantaban o recitaban de memoria en su lengua materna, solos o acompañados de un instrumento, ya fuere el laúd, la lira de brazo, la viola da gamba, el órgano de mano, la bandola o un tamboril. Existen testimonios sobre muchos poetas cantores o de músicos cantores populares, como Leonardo Giustiniani, gran improvisador de versos que se acompañaba por el laúd y que también confiaba sus poemas a músicos de fama europea, como hizo con su ballata O rosa bella, a la que pusieron música Johannes Ciconia y John Dunstable. Benedetto Chariteo recitaba versos de Virgilio y se acompañaba al laúd. Serafino Aquilano, Panfilo Sass y Andrea Mazdue improvisaban versos en latín, lengua usada casi exclusivamente por los músicos flamencos que viajaban y vivían en Italia. En Florencia estaban Baccio Ugolini, embajador de Lorenzo el Magnífico y actor en el Orfeo de Poliziano, Antonio di Guido, Bartolomeo Tromboncino y el propio Leonardo. En los círculos culturales, pero también en la sociedad formada por comerciantes y artesanos, la música gozaba de un gran valor y era muy cultivada. Resultaba frecuente ver improvisar cantos sobre poemas propios o los de la mejor poesía lírica italiana.

Un ejemplo de esta afición lo encontramos en Verrocchio, que improvisaba con la lira y enseñó música a Leonardo. Giorgione era un excelente tañedor de laúd, mientras que Bramante recitaba poemas acompañándose con la lira, como Marsilio Ficino y Girolamo Savonarola. Villari explica cómo se sentía Savonarola en el momento en que decidió irse al convento: “el 23 de abril de 1475; estaba sentado con su laúd, tocando una triste melodía; su madre, como movida por el instinto de la adivinación, se acercó de pronto a él y exclamó, con la voz ahogada de la pena: hijo mío, siento el presentimiento de que pronto vamos a separarnos. Girolamo se levantó también y siguió pulsando, pero ahora con mano temblorosa las cuerdas del laúd, sin atreverse a levantar los ojos del suelo”.



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Lira o viola en forma de animal insólito Manuscrito del Instituto de Francia Mss. Facss. 586 fol. C, París, Francia



La armonía del alma

La música popular se expresaba en la canción, el baile y la danza. La mayor difusión se centró en formas como la frottola o la barzeletta en la Toscana, que eran idóneas para cantarlas a tres o cuatro voces, de las que siempre destacaba la línea superior. Solían acompañarse al laúd por su consonancia vertical. En la corte de los Médicis se incorporó a sus fiestas este canto popular, que se transformó en canciones carnavalescas similares a la frottola. Precisamente fueron dichos cantos los que Leonardo oía desde su infancia por las calles de Florencia en los días de Carnaval y la fiesta de Calendimaggio. Cuando decidió dejar el taller de Verrocchio, su interés musical le llevó a recibir clases del ilustre Antonio Squarcialupi, organista de Santa María del Fiore y también profesor de Lorenzo el Magnífico.

Para entender mejor el panorama de entonces es necesario recordar un hecho: la expansión de la imprenta, lo cual resultó vital para la difusión de la música. La primera imprenta musical con caracteres móviles fue la ya legendaria de Ottaviano Petrucci en Venecia, quien imprimió su primer libro en 1501, Harmonicae Musices Odhecaton. En 1511 inauguró un taller en Fossombrone y difundió las obras de maestros como Josquin, Isaac, Obrecht... y la música de la frottola en once libros de los que se conservan diez. Así empezó a propagarse la música impresa, y con ello el crecimiento y aparición de nuevas imprentas fue extraordinario. Andrea Antico, rival de Petrucci, tenía un taller en Roma y otro en Venecia, con lo que también colaboró a una mayor circulación de los libros musicales.

Es conocida la llegada de músicos foráneos a Italia: Willaert, Dunstable, Ockenghem, Obrecht, Binchois, Compère, Dufay –que con su motete Nuper rosarum flores celebró la consagración de Santa María del Fiore en Florencia, una vez cerrada la cúpula de Brunelleschi en 1436–, y en especial Josquin Desprez, que estuvo en la capilla catedralicia de Milán y fue el músico más admirado. De él nos dice el también músico Martín Lutero : “Los otros maestros trabajan en función de lo que las notas quieren, mientras que Josquin es el dueño de las notas, que hacen lo que él quiere”.

Aunque los biógrafos no se ponen de acuerdo, parece ser que Leonardo se trasladó de Vinci a Florencia hacia el año 1460 o 1464 (y no en 1470) y comenzó a vivir en el hervidero cultural florentino, en el momento en que era una de las tres o cuatro ciudades más importantes de la época. Allí su padre lo llevó, como se ha dicho, al taller de Andrea di Cione, llamado el Verrocchio, que, según Vasari, “fue escultor, tallista, pintor y un músico perfecto”. Por entonces se consideraba el taller de mayor prestigio de Italia, con discípulos como Lorenzo de Credi, Perugino o Francesco de Simone, y, además, lo frecuentaban personalidades como Sandro Botticelli, Antonio y Piero Pollaiolo. Era un centro de ideas humanísticas, donde Leonardo construyó un saber tanto conceptual como técnico, en los ámbitos pictórico, musical, científico y humano. Ahí conoció a los que serían futuros clientes, los Médicis y Ludovico el Moro. En dicho taller se elaboraban los más diversos elementos y acometían toda suerte de disciplinas creativas: pintura, escultura, estandartes para procesiones, cualquier tipo de material para fiestas y también, cosa significativa, instrumentos musicales. Verrocchio, que tomó en mucha estima a Leonardo, procuró enseñarle muy de cerca los oficios de artista y de músico. Fue por aquella época cuando inició estudios de canto, a tocar varios instrumentos y, muy probablemente, a construir instrumentos musicales. No se conserva ninguna partitura de Leonardo, apenas dos frases. Lo que sí ha dejado es su conocimiento de la música en los dibujos de instrumentos musicales, en sus jeroglíficos y en sus escritos.




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Mecanismo para extraer el agua Códice Atlántico, fol. 7 Biblioteca Ambrosiaza, Milán, Italia


Hay que subrayar que desde 1480 Leonardo fue asiduo a las tertulias de Lorenzo el Magnífico en el jardín de San Marcos y en Accademiola, la residencia de Marsilio Ficino en Careggi, a las afueras de Florencia, un regalo hecho por su anterior protector Cosme en 1462. Se reunía junto a los más grandes humanistas: Luigi Pulci, Angelo Poliziano, Giuliano da Sangallo, Filippo Lippi, Cristoforo Landino, Giovanni Pico della Mirandola, Leo Battista Alberti y, por supuesto, Ficino. La influencia de las obras de todos ellos es esencial para entender el Renacimiento, y la de Ficino en particular para el desarrollo del platonismo en Italia. Su profundo estudio del griego le permitió traducir la obra de Platón al latín, y fundó una especie de Academia Platónica que resultó de gran trascendencia para las nuevas ideas. Igual que en los talleres, en estas tertulias también se tocaba la lira de brazo, el laúd... cualquier motivo era bueno para cantar. La “lira de Orfeo” es el acceso a las instituciones felices, es la curación de los males del alma, la curación de la melancolía. También para los músicos, las actividades humanas debían tender a la plenitud de la belleza, al valor metafísico; para conseguirlo las artes se ordenaban en la armonía superior, “la música”, que tiene varios grados: la razón, la imaginación, el discurso, el canto, el dominio de los instrumentos y la danza rítmica. Todo ello debía concluir en un grado superior: conseguir la armonía universal. La música en aquel momento era el arte más moderno, por todo lo que tiene de libertad y de capacidad de abstracción formal, y también porque con él era posible definir con mucha aproximación las emociones. Con razón los italianos decían que la “música é il lamento dell’amore o la preghiera a gli dei”.

Leonardo dice en su Tratado: “Pero la pintura, servidora de los ojos, el más noble de los sentidos, encuentra una proporción armónica lo mismo que cuando se reúnen muchas voces y cantan a la vez, resultando una proporción armónica, deleitable de tal modo que los auditores permanecen como extasiados en viva admiración.” Y más adelante señala: “¿No sabes que el alma nuestra está hecha de armonía y que la armonía no se engendra sino por la simultaneidad o por la proporción de los objetos que se hacen ver y oír?”

Las diferencias conceptuales entre Leonardo y los que formaban el grupo cercano a Lorenzo el Magnífico eran cada vez mayores. Leonardo era un científico, un matemático, mientras que ellos seguían las teorías platónicas y estaban fuertemente influidos por ciertas escuelas tendentes al misticismo, algo a lo que no era ajena la figura de Savonarola, cuya doctrina Leonardo no compartía. Puede decirse que Milán se perfilaba más en el conocimiento enciclopédico, un aristotelismo refrendado por los matemáticos, científicos e ingenieros que estaban en la corte de Ludovico, y con los que Leonardo pudo desarrollar sus investigaciones. Desde este lugar de conocimiento construyó todas su actividades, tanto artísticas como científicas.

En el Tratado de la pintura afirma: “La música no debe ser llamada sino hermana de la pintura, subordinada al oído, sentido que sigue a la vista. Compone sus armonías por la conjunción de sus partes proporcionales simultáneamente, destinadas a nacer y morir en uno o varios espacios armónicos. Estos tiempos rodean la proporción de los miembros, pues esta armonía se compone como si se trazara una circunferencia, a semejanza del contorno de los miembros que engendra la belleza humana. La pintura supera la música y la rige, porque una vez concluida su creación no cesa, como ocurre con la música, y permanece, por tanto, en su esencia. En la pintura ves un hecho vivo por una de sus caras.”

Había leído en Alberti una referencia a la música muy similar, en el Tratado de la arquitectura. Ya hemos dicho que su saber musical era sólido, conformado a través del diálogo con sus amigos de la Academia, de las audiciones en fiestas y representaciones teatrales, de la música de Heinrich Isaac y Josquin Desprez, de las charlas con Franchino Gaffurio y del conocimiento de la técnica para construir instrumentos musicales aprendida con Verrocchio, con Lorenzo Gurnasco y con la prestigiosa familia de constructores Dieufoprugar. Es destacable su relación con Gaffurio, maestro de la capilla de la catedral milanesa desde 1484, que publicó capitales tratados de teoría musical, entre ellos Theorica musicae (1492), Practica musicae (1496) y De harmonia musicorum instrumentorum opus (1500), obras cuyo contenido Leonardo debió conocer. Quizá en la tela pintada por él hacia 1485 o 1487, titulada Retrato de músico, pueda identificarse a Gaffurio, ya que al restaurar la obra se descubrió la partitura que el músico sostiene en su mano derecha, con las letras CANT ANG, que se puede transcribir como CANT(OR) ANG(ELICUM), en alusión al “Angelicum ac divinum opus musicae” de Gaffurio. Sin embargo, diversos autores apuntan que el retratado pudiera ser Josquin Desprez que también estaba en la catedral, o incluso Atalante Migliorotti.



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Matraca circular con rodillo Códice Arundel, fol. 136r. Museo Británico, Londres, Reino Unido



Tocar una lira de plata


Tras casi nueve años de aprendizaje en el taller de Verrocchio, Leonardo se independizó y abrió el suyo propio. Más tarde en 1482, marchó a Milán. Sospecho que Leonardo decidió irse cansado de no recibir ningún encargo importante en Florencia; de hecho, sólo había realizado trabajos de taller con Verrocchio y las pinturas de San Jerónimo y la Madonna de Benois. Además, había estado implicado cinco años antes en un juicio por sodomía. Tampoco estaba entre los elegidos por el Papa Sixto IV para trabajar en Roma junto a los grandes pintores, conocidos suyos. No se sabe por qué razón dejó inacabada la maravillosa Adoración de los Magos. Tal vez esta obra dejara de interesarle, como le sucedía a menudo con sus trabajos, porque su preocupación siempre estaba por encima de la labor a realizar. La suya era una mente en continua creación. La hipótesis oficial acerca de su marcha está fundamentada en los datos que nos proporciona Vasari: “Con gran reputación, fue conducido Leonardo a Milán ante el duque, al que le gustaba mucho el sonido de la lira, para que tocase; y Leonardo llevó consigo el instrumento que él mismo había fabricado en gran parte en plata para que la armonía tuviese mayor timbre y una voz más sonora. Y con esto superó a los demás músicos que concursaban en recitales; además fue el mejor recitador de rimas improvisadas de su tiempo.” Coinciden con Vasari, Gaddiano y Lomazzo en hablar de las excelencias de Leonardo como Gaddiano insiste en que Lorenzo el Magnífico fue quien envió a Leonardo a Milán para entregar a Ludovico Sforza una lira de plata, en compañía del joven de dieciséis años Atalante Migliorotti, alumno de Leonardo “en el arte de tañer la lira”, y de Tommaso Masini da Peretola, gran artesano, llamado Zoroastro por sus aficiones a la magia y a los enigmáticos fenómenos de la naturaleza. En realidad, se trataba de una especie de lira de brazo, construida por el propio Leonardo en forma de cráneo de caballo. Hay un dibujo de Leonardo que recuerda esta lira: un cráneo de animal con cuernos en cuyo interior tensan unas cuerdas sobre un diapasón con trastes. El 23 de febrero de 1482, coincidiendo con las fiestas de carnaval, se celebró el parangón de música y poesía, en el que vencieron Leonardo y Atalante. Ludovico habló extensamente, durante y después de la fiesta, con Leonardo sobre música y poesía, pero el sabio tenía otras intenciones alejadas, en esos momentos, de tales intereses: días después le envió una carta con diez propuestas de trabajo entre las que se ofrecía como ingeniero militar y arquitecto.

Como vemos, su versatilidad le llevó a abordar proyectos de toda naturaleza, y muchas veces a conseguir su finalidad. Parece que Ludovico le implicó finalmente en la construcción de la fortaleza de Casalmaggiore. No tenemos más documentación que aclare este asunto y, con matices, las opiniones de los estudiosos son muy parecidas. Kenneth Clark en su estudio Leonardo da Vinci apunta: “No podemos ya escuchar la música que Leonardo arrancaba de su lira, pero nos inclinamos a creer que sería ciertamente inferior a sus dibujos y pinturas, aunque sus contemporáneos creyesen lo contrario. Un músico joven y virtuoso puede encontrar una acogida social más entusiasta que un pintor bien dotado; por ello es fácil comprender que Ludovico el Moro recibiese a Leonardo más como músico que como pintor. Tampoco nos extraña que Lorenzo el Magnífico le permitiese abandonar Florencia, ya que, si bien era un mecenas entendido en literatura, se interesaba poco por el arte: ninguna de las grandes composiciones pictóricas de su tiempo se debe a un encargo suyo.”


Dotado de un asombroso ímpetu, mientras trabajaba en La Virgen de las rocas escribía y dibujaba, realizaba sus primeros estudios anatómicos y viajaba a Pavía para visitar la biblioteca Visconti-Sforza. Siguiendo, pues, con sus actividades, en 1490 preparó la Fiesta del Paraíso en el castillo de los Sforza en honor de Gean Galeazzo Sforza e Isabel de Aragón. El poeta Bellincioni escribió el libreto y los poemas, mientras Leonardo se encargó de la escenografía, tanto de la parte mecánica como de la estética, del vestuario, y con gran probabilidad, de la música. En particular, de la música que se oye detrás del escenario durante el famoso giro de los siete planetas, dentro de una gran bóveda celeste, que en 1496 volvió a utilizar en la Danae de Baldassarre Taccone. Para el estruendo final, entre los efectos especiales de fuego y truenos, Leonardo utilizó algunos de sus instrumentos musicales, como los timbales, matracas y campanas. Fue una fiesta que documentó Iacopo Totti, embajador de la familia d’Este: “Una pieza instrumental con pífanos, los instrumentos altos del Duque, las bajas danzas, la más refinada y la más elegante de las danzas del corazón, los cantos a la española en honor de la familia Aragón, y para terminar la pavana saltarello piva para las danzas teatrales llamadas mascaradas”. Nuevas músicas y escenografías serían concebidas para otras fiestas, en las que a menudo participaban amigos suyos, caso de Atalante Migliorotti, que tocó la lira de brazo en Orfeo ante el duque de Mantua en 1490. Interesado por lo nuevo, enemigo de la repetición, lo expresó en el Códice Atlántico: “La música tiene dos enfermedades, una de ellas mortal y la otra está relacionada con lo decrépito; la mortal va unida siempre al instante que sigue a su nacimiento; la decrépita la hace odiosa y vil en su repetición.”



Músicos en los talleres de arte

Solicitado en las fiestas por la inteligencia y el ingenio, y no menos por su música, era aplaudido por la habilidad en los acertijos y jeroglíficos. En la Biblioteca Windsor hay una veintena de jeroglíficos suyos relacionados con la música. En uno de ellos dibuja una viola y después escribe la palabra ta. La solución: Violata. Otros son más enrevesados, como en el que dibuja un anzuelo seguido de un pentagrama con las notas, Re, Mi, Fa, Sol, La, y después la sílaba Zar. La solución: L’amore mi fa sollazar. La primera L por la forma del anzuelo, que en italiano es amo. Siempre buscaba la originalidad, era necesario sorprender para divertir.

Sin embargo, el signo de los tiempos iba a cambiar al morir en 1492 Lorenzo el Magnífico. Tras dos años de gobierno de su hijo Pietro, los Médicis fueron expulsados y se creó el Gran Consejo dirigido por Savonarola, quien impuso una brutal reforma moral y religiosa. Con respecto a la música, prohibió los cantos carnavalescos y cuanto no tuviera relación con la religión cristiana. No debe olvidarse la quema, tras petición “voluntaria” al pueblo, de todos los objetos con aire pagano u obsceno que hubiera en sus casas, villas o palacios. Al fuego fueron a parar las obras de Botticelli, Lorenzo di Credi, fra Bartolommeo, libros de poesía clásica, manuscritos de Boccaccio, dados, naipes, cantos bacanales e instrumentos de música. En 1498 el Papa, cansado de esta conducta, condenó a Savonarola, que murió ahorcado y cuyo cuerpo fue quemado en la hoguera colocada en el centro de la plaza de la Signoria de Florencia.

Tras no pocas vicisitudes, Leonardo abandonó Milán junto a su amigo Luca Pacioli, que le ayudó en el conocimiento de las matemáticas y la proporción. Inquieto, y siempre insatisfecho a la hora de culminar una obra, sus coetáneos cuentan de él que “desde que entró en el mundo de la matemática” le molestaba pintar. Mientras residía en Roma, cuando Rafael y Miguel Ángel creaban sus obras mas importantes, él se dedicaba a escuchar música y a pelearse con un fabricante de espejos, que debía utilizar para uno de sus artificios... Leonardo escribe en su Tratado: “La gracia de las proporciones armónicas está encerrada en tiempos armónicos... Si me dices que la música está hecha de proporción, yo te diré que en eso imita a la pintura y sigue el ejemplo de ella. Aunque los objetos que aparecen ante nuestros ojos estén unos al lado de los otros, sin embargo, mi regla de XX en XX brazas permanece y aplica una ley como el músico a las voces, que, aunque unidas y aplicadas en conjunto, guardan también el orden y la debida gradación de una voz a la otra.”


Estamos en otra etapa, cuando comienza en 1504 el retrato de Mona Lisa del Giocondo, La Gioconda. Escribe Vasari: “Mona Lisa era muy hermosa; mientras la retrataba, tenía gente cantando y tocando, y bufones que la hacían estar alegre, para rehuir esa melancolía que se suele dar en las pinturas de retratos. Tenía un gesto tan agradable que resultaba, al verlo, algo más divino que humano, y se consideraba una obra maravillosa por no ser distinta la realidad.” Leonardo en el Tratado también relata como algo normal la existencia de músicos en los talleres, en este caso en el de un pintor que “se atavía con las ropas que le place; su habitación está limpia y llena de hermosas pinturas, y a veces se deleita en la compañía de músicos o de lectores de variadas y bellas obras, que son con gran placer oídas sin el estorbo estrepitoso de materiales u otros rumores.” Para entonces comienza sus trabajos sobre el vuelo de las aves y sigue practicando disecciones en Santa Maria Nuova. En 1506, de nuevo en Milán, entra a formar parte de su taller Francesco Melzi, hijo de familia noble y buen pintor. Éste le ayudará en sus últimas pinturas –Santa Ana y San Juan Bautista–, ordenará sus papeles y sus dibujos, y le acompañará hasta el fin de sus días
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La consonancia del agua

Ocho días antes de su muerte, ocurrida el 2 de mayo de 1519, había dictado testamento, y precisamente a Melzi legó toda su obra escrita, libros, dibujos, retratos e instrumentos, que Francesco guardó devotamente. Su sobrino Orazio vendió finalmente la herencia, y el material se dispersó por todo el mundo. Una gran parte ha desaparecido. Leonardo cita un Tratado de música, pero no sabemos nada de él. En lo que nos queda se puede comprobar la excelencia de su trabajo. Destacan estudios sobre el sonido de la naturaleza: agua, viento, cosmos (La música de las esferas) y ruidos de todo tipo. En un viaje que hizo a Rímini, tras ver la Fuente de la Piña, escribe: “Con la caída del agua de una fuente formarás una armonía como la de un instrumento con muchas concordancias y voces”. Leonardo quería construir un jardín paradisíaco con una noria gigante a modo de órgano, de la que al girar saldría “una música constante, mezclada con el perfume de los limoneros.” Sobre el sonido trabajó sobre referencias diversas: el choque de los cuerpos, el eco, la distancia del sonido entre el oído y su fuente, la propagación de las ondas sonoras, o la perspectiva del sonido, concepto deudor de lo aprendido con Luca Pacioli. En el curso de las investigaciones anatómicas analizó la voz y sus “utensilios”, en este caso la laringe, boca, manos, cara, lengua... y descubre que son esenciales para entender el cuerpo como un instrumento musical. Así por ejemplo relaciona la laringe y la tráquea con una doble flauta. Winternitz corrobora la relación entre la abertura superior de la laringe y la del flautín o fístula. Son también muy interesantes los estudios sobre las vibraciones: “Si la mesa se golpea a lo largo de diversas líneas, el polvo sobre ella se concentra en varias formas de montes y pequeñas montañas”, experiencia que se aproxima a lo que en 1800 el físico Ernst Chladni experimentó con las vibraciones que producía el arco de un violín al pasarlo por el borde de una plancha metálica sobre la que hay un poco de arena fina; con las vibraciones se formaban figuras geométricas, “figuras acústicas”, a las que les localizó sus nudos y vientres.


Sabemos que efectuó mejoras en más de treinta instrumentos populares, para automatizarlos, conseguir una mayor velocidad de interpretación, simplificar su técnica de ejecución y crear nuevos efectos sonoros. Inventó tambores en los que, como en los timbales, pudieran tocarse líneas melódicas. Estudió la altura del sonido con vasijas de diferentes tamaños y con aberturas de diversas medidas. Reunió tres tambores en un solo instrumento, así como una campana de borde grueso que se tocaba con dos martillos, uno a cada lado. Diseñó mejoras en la flauta, bien poniéndole una especie de llaves, bien perforándolas longitudinalmente para crear el efecto glissando en un instrumento de viento. Asimismo creó un tambor con orificios laterales, de forma que al golpearlo modificara el sonido. Pensó una gaita de fuelle para evitar el esfuerzo de soplar; un timbal con sistema mecánico para crear redobles; una campana golpeada por cuatro apagadores movidos por teclas, que anulan los armónicos cambiando así el timbre y así conseguir matices; una especie de lira con un arco continuo, mecanizado a través de ruedas para tocar una extensión de varias octavas de cuerdas a la vez y lograr interpretar música polifónica. Akio Obuchi ha conseguido construirla gracias a un modelo que Juan Truchado construyó en 1629. La mayoría de estos instrumentos se han reconstruido y exhibido en la Biblioteca Nacional de Madrid el año 2003.

Tal vez, el instrumento de Leonardo más interesante sea el “Órgano de papel”, como lo ha llamado Joaquín Saura, quien lo ha reconstruido tras minuciosa investigación a través de los crípticos dibujos del Códice Madrid II, y de sus conocimientos como constructor de instrumentos musicales y de gran especialista, como deja constancia en su Diccionario técnico histórico del órgano español. Leonardo no innovó en la colocación de los tubos de papel, pues ya se conocían entonces, pero sí que lo hizo al colocar el teclado en vertical, para su fácil manejo; situó los tubos en diagonal para que el músico pudiera tener mejor visión. A ello hay que unir la incorporación del fuelle continuo para una emisión fluida. Saura ha dejado constancia del sonido de este instrumento en un excelente disco.

Cada vez es mayor el interés en la relación de Leonardo con la música. Al estudiarla, se eliminan falsos misterios que no hacen sino entorpecer el encuentro con un trabajo serio y minucioso como fue el de este maestro del Renacimiento.



Fuente:

http://www.goldbergweb.com/es/magazine/essays/2005/02/30639.php