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Los "malos de la historia" (Sexta Parte)

MENTIROSO PATOLÓGICO

Pilar Rubio, 05/06/05

Los "malos de la historia" (Sexta Parte)

“El 16 de octubre del año 1869 me hallaba en Madrid, y en mi casa de la calle de la Cruz, recién llegado de la masacre de Valencia. A las diez de la mañana, Jacobo me trajo un telegrama que contenía las siguientes palabras: ‘Venga a París. Asunto importante’. Estaba firmado por James Gordon Bennett, hijo, el director del New York Herald”. El reportero Stanley afirma después que le bastó un par de horas en estar listo para el viaje. Era el comienzo de su gran aventura en busca del doctor Livingstone, aunque, en realidad, el telegrama no lo recibió el 16 de octubre, sino el 15 de septiembre. Ese día no se encontraba en Madrid, sino en Valencia, y no salió hacia París hasta el 27 de octubre. Por cierto, Jacobo era en realidad Jacinto, su casero. Demasiadas mentiras en tan pocas líneas.

Así era Henry Morton Stanley: un mentiroso patológico, un enmascarador de la realidad, un hombre insensible ante el dolor y la tragedia de los demás y un fabulador de sí mismo, pero la historia de este personaje atormentado y frágil que odiaba África, aunque llegó a ser uno de sus grandes exploradores, no se puede entender sin la dureza de sus orígenes. Si admitimos que la infancia traza el mapa de la vida adulta, la de John Rowlands, su verdadero nombre, dejó una cartografía laberíntica de la que apenas pudo escapar. Empecemos por su apellido, Rowlands, que fue comprado por unas pocas guineas a uno de los borrachos del pueblo galés de Denbigh, donde nació en 1841. Su madre, Elizabeth Parry, no se encontraba en condiciones de saber quién era en el pueblo el padre de su hijo, por lo que en su partida de nacimiento la inscripción quedó así: “John Rowlands. Bastardo”. Tampoco pudo hacerse cargo de él y fue adjudicado a un familiar que se desprendió del muchacho cuando tenía seis años internándole en el hospicio de Saint Asaph, donde vivió hasta los 15. “El niño Rowlands”, escribió un anciano Stanley en su mejor estilo, “llevaba grabada en la frente la marca satánica de Caín”. Cumplida la edad límite para permanecer en el hospicio pasó dando tumbos por varios hogares familiares, trabajando en sucesivos oficios, hasta que se enroló como grumete en el Windermere con destino a Nueva Orleans. Era 1858 y tenía sólo 17 años.

Estaba en América, la geografía de las promesas y las oportunidades. Era un emigrante más que al desprenderse de una familia que no le quiso y para la que sólo fue una carga, se sentía libre para construirse de nuevo a sí mismo. Después de varios empleos dio con el comerciante Henry Hope Stanley, para quien trabajó como empleado durante un tiempo. En este punto y como será constante en su vida, las versiones difieren según sea la propia en su Autobiografía, o la de los biógrafos que se han molestado en indagar en su vida real. En el primer caso, él mismo cuenta que este comerciante se portó como un verdadero padre, pues le dio su afecto, su apoyo y su apellido, adoptándole como hijo. La segunda versión es otro cantar; si bien prueba que el muchacho trabajó para su establecimiento, niega que actuara como su padre, pues las diferencias habían sido tantas que incluso después de su relación laboral había prohibido a su familia nombrarle. Tampoco le había adoptado. Ya tenía dos hijas en esa condición y no deseaba sumar un tercero.

Fue así, en un acto unilateral, como el joven galés John Rowlands pasó a ser Henry Stanley, americano de pura cepa. Este complejo proceso de conversión a una nueva identidad aún tardaría algunos años en afirmarse del todo, pues su apellido intermedio, Morton, como si delatase íntimas dudas sobre sí mismo, variaba a menudo y se transformaba en Morelake, Moreland o Morley. El sentimiento de rechazo y el desdoblamiento de identidad fue su verdugo de por vida. Henry Stanley era el esforzado superviviente de la desgraciada infancia de John Rowlands. Persona y personaje siempre marcharían unidos, muy a su pesar.

Con su nuevo apellido inició una vida trepidante que le llevó a ser granjero en el Sur y después voluntario en el ejército confederado, del que desertó nada más entrar en combate. El hombre que justificó su actividad en África como portavoz de una civilización superior que evitaría entre otros males la esclavitud, era en esos años tan sudista y tan racista como para afirmar lo siguiente: “Yo no alcanzaba a comprender cómo un ser hocicudo de tez de hollín, traído de un país lejano, podía crear tantas tensiones entre hermanos de raza blanca”. Tras alistarse en la marina, desertar de nuevo e intentar dar la vuelta al mundo, se fue, como tantos otros, a buscar fortuna al Oeste. Intuitivamente ya había comprendido de sí mismo un par de cosas: la primera, que le gustaban los espacios de acción, las armas, las situaciones que le hacían sentir la adrenalina de su poder. La segunda venía impuesta por su soledad y su desarraigo: puesto que no tenía a nadie que le escuchase en particular, había que buscar algo con lo que comunicarse, y eso podía ser el periodismo. Stanley, quién sabe por qué extraño mecanismo de compensación, desarrolló en esos años una escritura ligera y precisa, vibrante, llena de color. Su facilidad para la narración era innata. Por encima de cualquier otra cosa, Stanley siempre fue un escritor de primera.

Colaboraba para varios periódicos locales y se ganaba la vida como periodista describiendo escenas bélicas que tenían como protagonistas a los generales Grant y Sherman o al coronel Custer. Como él, y en esas mismas trincheras del salvaje Oeste, andaban desarrollando oficio personajes como Joseph Pulitzer o Mark Twain. Un buen día decidió que había que escalar más alto y se dirigió a las oficinas del New York Herald, el periódico fundado por James Gordon Bennett en 1835 que había ido ganando lectores a base de buscar siempre el ángulo apropiado, fuese el que fuese, para sorprender y enganchar a la audiencia. La depuración de ese estilo sensacionalista le había hecho líder indiscutible en ese momento a cuyo frente estaba su hijo de 26 años, la misma edad que Stanley, por cierto. Gordon Bennett ya se había fijado en él. Había leído complacido algunas de sus crónicas sobre los indios y le recibió personalmente el día que Stanley fue a pedirle trabajo.

Su primer cometido para el ‘Herald’ presagió una relación duradera. Fue enviado a Adén para escribir sobre una expedición británica de castigo al Negus de Abisinia. Sus colegas ingleses, que le pusieron más de una zancadilla por ser americano, se quedaron estupefactos cuando supieron que la crónica de Stanley había dado la exclusiva mundial sobre la resolución del conflicto. Como siempre que sentía el aguijón de la burla, desarrollaba una contundente capacidad de venganza. Sus compañeros se enteraron más tarde de que el reportero se había embarcado a toda prisa adelantándose a ellos, había sobornado al telegrafista, y el cable submarino se había roto, en un golpe de buena fortuna, poco después de transmitir su crónica, con lo cual nadie más pudo hacerlo. Sobre esto último se guardó mucho de decírselo a su jefe.

Su segunda gran misión, tras cubrir enfrentamientos en Grecia, Turquía y Oriente Próximo, fue España. El país vivía un momento particularmente convulso tras el golpe de Estado del general Prim y el derrocamiento de la reina Isabel II. En total, Stanley vivió entre nosotros dos periodos que van desde 1868 hasta 1873, y el hecho de que no dejara ningún libro escrito sobre su experiencia no resta importancia a una vivencia que fue grata en lo personal y fundamental en lo profesional. Nada más llegar entrevistó a Prim, que le pareció “un remilgado mayordomo”; asistió a la redacción de la nueva Constitución y a los acerados conflictos entre monárquicos y republicanos federalistas; seguía con pasión las diatribas de Emilio Castelar sobre la libertad de culto, vivió los escenarios de los enfrentamientos carlistas y, en general, trataba de adaptarse a la extraña forma de vida de los españoles, que consistía “en el trasnoche, el café solo y las tertulias políticas”. “¿A qué hora se acostará la gente, si es que lo llegan a hacer?”, se preguntaba desconcertado.

Todavía no era un personaje, pero estaba a punto de serlo. Cuando acudió a la llamada de su jefe en París era sólo un periodista cumplidor y espabilado, con buenas dotes de observación, que tan sólo deseaba escalar un poco más en el mundo de la prensa con el objeto de ganar más dinero, casarse y ser relativamente popular entre sus lectores para mitigar esa enojosa necesidad de aceptación que le ataba, en sus obsesiones, con la misma fijación que el hambriento a la comida. Que su jefe le enviase de nuevo a África por segunda vez con el propósito de dar con el paradero de Livingstone y entrevistarle sólo era una oportunidad para alcanzar más rápidamente sus objetivos. Pero el encargo le dejó mudo: lo de Livingstone era sólo el final, porque antes debía dirigirse a la inauguración del canal de Suez, después debía remontar el Nilo, escribir una guía turística, recabar información de los Baker y elaborar un informe de sus exploraciones por la zona. A continuación debía dirigirse a Jerusalén y echar un vistazo a las excavaciones arqueológicas, llegarse después hasta Constantinopla para escribir sobre las tensiones entre el sultán y el jedive (virrey) de Egipto, dirigirse a Crimea para informar de la guerra ruso-turca y de paso cruzar el Cáucaso hasta el mar Caspio para hacer un reportaje de una expedición rusa, llegarse hasta Persia pasando por el valle del Éufrates; de ahí a India, desde donde podría tomar un barco a la costa oriental de África, encontrar a Livingstone y salir después para China en una última misión. La respuesta del aturdido reportero parece que fue un simple: “Haré todo lo que sea humanamente posible”.

Cumplió con creces su cometido, excepto lo de China. El revuelo mundial que se originó tras su encuentro con el personaje más mediático del momento, el explorador y misionero David Livingstone, lo impidió. Cuando llegó a Zanzíbar tras ese periplo extenuante, la perspectiva de tener que adentrarse en África le deprimió. A diferencia de otros exploradores, comerciantes o misioneros que habían elegido su destino, para Stanley era sólo una enojosa obligación de su trabajo como reportero: “Me sentía abatido. Con ganas habría renunciado a mi misión, si no hubiera sido por la orden formal que había recibido”. Desde la isla pensaba en el continente “como una inmensa ciénaga”. Stanley no amó nunca África, sólo se sirvió de ella. Cuando al final de su vida expresaba su nostalgia por el continente, sólo se refería a ese espacio idealizado sin normas y ataduras, donde nadie podía reprocharle nada y donde podría dar rienda suelta a sus instintos, fuesen de la naturaleza que fuesen.

Cuando el 21 de marzo de 1871 partió de Bagamoyo llevaba consigo 191 hombres y los pertrechos habituales de una expedición, que incluían una cama de campaña para él, una bañera, vajilla de plata, una alfombra persa y unas botellas de champán marca Sillony para brindar en su encuentro con Livingstone. Este explorador escocés sobrevivía a sus penalidades tratando de encontrar los últimos flecos del nacimiento del Nilo, que los exploradores Speke y Burton habían dejado sin cerrar. Era un hombre con un carácter dulcísimo que gozaba en Inglaterra de un sólido aprecio popular. Exactamente lo contrario que Stanley, para quien la aventura africana era sólo un reportaje que escribir. Libre de obligaciones morales, el periodista avanzaba por África dejando una estela de destrucción y muerte. Al lago Tanganica llegó en tan sólo 231 días, algo impensable para otros exploradores que tardaban años en cumplir sus objetivos, y la vuelta aún fue más veloz. Como sucedió en todos sus viajes, ninguno de sus acompañantes blancos sobrevivió a la dureza de sus métodos. Es fácil imaginar la desesperación de uno de ellos cuando, enloquecido por el sufrimiento y ya moribundo, disparó a la tienda de su jefe estando él dentro. Nunca quedó ni un solo testigo que pudiera dar una versión alternativa a los vibrantes relatos que Stanley publicaba tras sus viajes y que aún hoy despiertan en el lector emociones contrapuestas. Tras quedarse con Livingstone unos meses, volvió a Inglaterra sólo para darse cuenta de que, a pesar del precio pagado por su esfuerzo, los ingleses despreciaban su hazaña sólo porque era un vulgar periodista americano, ¿o se trataba tal vez de un bastardo galés sin fortuna emigrado a América? La comunidad científica se encargaba de lo primero proyectando su arrogancia, y la prensa amarilla, exactamente como ocurre ahora, se ocupaba de lo segundo, aireando lo más doloroso para una personalidad tan frágil: la humillación de sus orígenes, que con tanto esfuerzo trataba de ocultar.

La fama prendió como la dinamita. Entrevistas aquí y allá, titulares y más titulares. James Gordon Bennett estalló de envidia: “¡Cállese!”, le espetó en un telegrama desde Nueva York. Demasiado para una personalidad tan egocéntrica y mezquina como la del director del New York Herald, que asistía a la imparable fama de su reportero. Si Stanley era un desalmado, bien pudo inspirarse en su jefe: un auténtico cretino. Cuando el periodista cumplió la exhaustiva misión por medio mundo y llegó a Zanzíbar, se encontró con que Bennett no había enviado los fondos para pertrechar la expedición de búsqueda, y de ella tuvo que hacerse cargo el cónsul norteamericano en la isla; los reportajes y artículos que iba enviando Stanley al periódico no fueron firmados con su nombre, y sólo cuando tuvo éxito y encontró al escocés, Gordon dio orden de publicarlos firmados. Su mal estilo llegó al paroxismo cuando publicó una crítica brutal del libro de su empleado más brillante (En busca del doctor Livingstone) que tuvo como consecuencia la anulación de la gira de conferencias que iba a dar Stanley por Estados Unidos.

Incomprensiblemente, la relación laboral continuó su curso. Gordon Bennett le vuelve a enviar en una corta misión a la costa de Ghana, y Stanley, violando una norma sagrada del periodismo, no se contenta con escribir: dispara como uno más. Lo sabemos por el general Wolseley, responsable de la operación, que alabó sin rubor “la sangre fría y la buena puntería del reportero”. Pero su gran proeza fue, sin lugar a dudas, su tercer gran viaje a África, en el que acabó por definir los orígenes del Nilo demostrando, al circunvalar el lago Tanganica, que su comienzo no es único, sino múltiple. La expedición la habían sufragado a medias el Daily Telegraph de Londres junto con el New York Herald y en ella se dirigió después al cauce del río Lualaba para avanzar por el centro de África hasta topar con las aguas imponentes del majestuoso Congo, del que trazó su mapa. Había empleado 999 días en recorrer África desde la costa oriental a la occidental, como cuenta en su libro A través del continente negro, una loca carrera que le servía para avanzar con un ritmo aún más frenético, pues entre las toneladas de equipaje transportaba un auténtico arsenal destructor compuesto por rifles, fusiles de percusión, otros de cañón doble, además de pequeños revólveres. Sus hombres avanzaban en un tiempo récord, sí, porque lo hacían disparando a matar y dejando abandonados a los enfermos a merced de su suerte.

A su vuelta a Londres, las críticas arreciaron. Las asociaciones de derechos humanos clamaban contra este hombre denunciando que su eficacia se asentaba en métodos inhumanos e intolerables para la dignidad de los nativos. También le llovían los recelos de siempre sobre su condición de periodista por parte de la comunidad científica, y la sabrosa basura sobre su verdadera identidad inundaba como tinta fétida las páginas de la prensa. La fama era un remolino que agitaba en su interior sentimientos de amargura, humillación y desprecio. ¿Cómo reaccionó su imprevisible jefe? Después de sacar buen provecho de la publicidad que recaía sobre el periódico, le propuso el más difícil todavía. Algo definitivo. Algo que significaría un bombazo aún mayor ante sus lectores o el más heroico de los sacrificios. ¡Le pidió una expedición-reportaje al Polo Norte! Stanley no aguardó un día más y se despidió cabreado, abandonando su empleo. Nunca más volvió a vivir en Estados Unidos.

La desaparición de Gordon Bennett en su vida dio paso a la aparición de uno de los mayores villanos que ha padecido la humanidad: el rey de Bélgica Leopoldo II, quien convirtió la enorme región del Congo “en uno de los mayores campos de muerte de la edad contemporánea”, en palabras de Adam Hochschild, autor de El fantasma del rey Leopoldo. El rey contrató a Stanley para que estableciese las bases comerciales que le permitirían apropiarse de este enorme territorio y explotarlo comercialmente en régimen de esclavitud para su beneficio personal. Bajo un hábil disfraz de intereses humanistas, Leopoldo engañó a la comunidad de científicos y exploradores europeos y durante 21 años (entre 1885 y 1906) perpetró lo que Vargas Llosa califica de genocidio comparable “a los horrores del Holocausto y el Gulag”. Mark Twain, que formaba parte del movimiento internacional contra el esclavismo en esa zona de África, habló de una cifra horripilante: entre cinco y ocho millones de vidas. Stanley estableció las bases comerciales, cobró su sueldo generoso de las arcas belgas y miró para otro lado. Pero esta vez sí había un testigo blanco que viviría para contar esa pétrea insensibilidad con que Stanley trataba a la población africana. Este hombre era Pierre Savorgnan de Brazza, un italiano nacionalizado francés, culto, sensible y de maneras tan refinadas que se abría paso en los territorios occidentales de la cuenca, que hoy llevan su nombre, más con fuegos artificiales y pirotecnia propios de un negociador paciente que con auténticas armas de fuego. “Esfuércense”, arengaba a sus hombres, “por comprender la mentalidad de los negros. Mézclense con ellos. Nada de armas ni de escoltas. No olviden que ustedes son los intrusos”. A Brazza le repugnaban los métodos de Stanley, por eso lo dejó bien claro ante la prensa con estas palabras: “Viajo por la región como un amigo, no como un matón”.

Después de esta experiencia aún realizó una última expedición a África en busca de Emin Pachá, un judío alemán llamado Eduard Schnitzer que trabajaba como médico en el ejército egipcio. Dicen sus biógrafos que esta expedición fue la más violenta, cruel y sanguinaria de todas, aunque en el curso de la cual reconoció el macizo del Ruwenzori en las famosas Montañas de la Luna. Aceptó este trabajo simplemente porque su tercera novia, Dolly Tennant, le había rechazado cuando le propuso matrimonio, aunque acabó aceptándole a su vuelta. Se casaron el 12 de julio de 1890. Stanley tenía casi 50 años y era la primera vez que tenía una experiencia íntima con una mujer. Sus dos primeras novias, Katie y Alice Pike, no sólo le habían abandonado mientras él les escribía fogosas cartas de amor desde África, sino que a su regreso se las había encontrado casadas sucesivamente. Murió 15 años después de su boda, dejando interrumpida su Autobiografía, por lo que no sabemos si consiguió por fin algún pedazo de eso que llamamos paz de espíritu. ¿Le dejaron en paz sus fantasmas?

Algunos, decididamente, no. Su antiguo jefe James Gordon Bennett envió un reportero del New York Herald a su puerta con el cometido de averiguar, después de casados, si había algo de verdad en el rumor de que su antiguo y más famoso reportero no sólo dormía en camas separadas con su mujer, sino que además la trataba violentamente. Dolly negó los rumores, el reportero partió a cubrir su próximo cometido, y respecto a Gordon Bennett, acabó sus días como esos villanos a los que la vida castiga con el abandono, el olvido y la soledad.





EUCARISTÍA DE SANGRE

Susana Fortes, 02/10/05

sangre

Contar con el retrato robot del asesino es un asunto prioritario para cualquier investigación policial, pero si el crimen se cometió hace cinco siglos, la cosa se complica.

La historia del Renacimiento italiano y acaso la de toda Europa estuvo a punto de dar un vuelco el 26 de abril de 1478. Esa mañana de domingo, la catedral de Florencia acogía a la nobleza local encabezada por el indiscutible hombre fuerte de la República, Lorenzo de Médicis, llamado el Magnífico. En el momento culminante de la misa, cuando el sacerdote se disponía a elevar el cáliz en el altar mayor de Santa Maria del Fiore, un grupo de conjurados sacó los puñales escondidos bajo sus jubones de terciopelo y se abalanzó sobre la familia del mecenas, tiñendo de sangre aquella eucaristía. Lorenzo consiguió escapar y más tarde algunos de los implicados fueron ahorcados mientras un joven llamado Leonardo da Vinci tomaba apuntes de la ejecución a carboncillo. Sin embargo, el verdadero instigador de la conjura permaneció impune y libre de toda sospecha hasta hace sólo unos meses.

Florencia contaba por aquel entonces con una población de más de cuarenta mil almas y era la ciudad más vibrante de Europa. Estaba partida en dos por el río Arno, pero todo el perímetro urbano se hallaba rodeado de inmensas murallas custodiadas por doce puertas. Cuentan que por la noche, en la vílla Bruscoli, Lorenzo el Magnífico se reunía con Poliziano, con su amigo Pico de la Mirándola y con el joven Miguel Ángel. Se sentaban junto a un busto de Platón y pasaban toda la noche disertando. Con una mano sostenían el viejo mundo y con la otra inventaban el nuevo. En la Biblioteca había libros de Cicerón, Aristóteles, Ovidio… y viejos mapas, como los que trazó Toscanelli basándose en su correspondencia con los mercaderes. Todavía hoy el viajero que visita Florencia lo primero que nota al pasear por las calles de esta ciudad es un aura que la corona como una atmósfera muy vívida. En todos los lugares donde ha habitado gente tocada por la pasión, algo queda alterado para siempre. Por esas mismas calles anduvo Maquiavelo, que el día de los hechos no era más que un niño con dientes de leche al que todavía no se le habían retorcido los colmillos, y Poliziano, que fue otro de los protegidos de los Médicis, un hombre brillante y terrible que escribió un gran poema sobre Simoneta Vespuci, titulado Le stanze per la giostra. Después, Botticelli se inspiró en esa obra para pintar el rostro bellísimo de esa muchacha que murió de tuberculosis a los veintitrés años. Hoy se pueden encontrar retratos de ella por toda Florencia. Para saber cómo era aquella generación hay que preguntar a las ninfas y diosas de Botticcelli. Cuando alguien contempla El nacimiento de Venus no puede dejar de pensar que nueve décimas partes de lo que vivimos ya ha sido vivido por otros antes que nosotros, durante siglos. Sucedieron muchas cosas en esa ciudad. Más tarde apareció Savonarola, encendió su hoguera y acabó con todo: el libre albedrío, la aspiración a la elegancia, el derecho a venerar a los filósofos. “Arrepentíos, que se acerca el diluvio”, gritaba corriendo por la plaza de San Giovanni, mientras las llamas devoraban libros, mapas y tablas científicas. Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos al crimen que nos ocupa.

Aquel domingo era el último de abril y el aura religiosa de la Pascua de Resurrección todavía flotaba en el ambiente. Hacía una mañana esplendida y la cúpula de la catedral de Santa Maria del Fiore resplandecia bajo el sol con una majestad imponente. Un peregrino de paso en la ciudad hubiera detectado enseguida una docena de recientes palacios privados, todos ellos con un elegante despliegue de cantería. Pero aguzando la curiosidad, tal vez acabaría fijándose especialmente en la mansión de los Pazzi por su sorprendente armonía geométrica. Su propietario, Andrea de Guglielmo de Pazzi, era uno de los banqueros más ricos del siglo XV y un enemigo declarado del creciente poder de los Médicis. El papel que esta familia desempeñó en la conspiración hizo que la Historia la bautizara con el nombre de “la conjura de los Pazzi”. Sin embargo, no fueron ellos los instigadores del complot.

¿Quién fue entonces el verdadero artífice del plan? Siempre se había pensado en Sixto IV, un papa terrible, que alcanzó la dignidad papal recurriendo al soborno y que nunca mostró el menor reparo en llevarse por delante a cuantos cristianos hiciera falta para lograr sus ambiciones. En aquel momento la rivalidad entre Florencia, que fue la cuna del Renacimiento, y Roma, que lo sería del barroco, era un pulso a muerte. Para dominar la Romaña, Sixto IV contó con el apoyo del rey católico, Fernando de Aragón y Nápoles, que también estuvo implicado en la conjura. El Papa no dudó en recurrir a quien hiciese falta para afirmar su poder. Durante su pontificado, Roma rebosaba de asesinos por todas las esquinas. Pero tampoco fue este Papa el auténtico cerebro de la conjura, sino sólo una pieza más.

Para trazar el retrato robot del asesino hay que tener en cuenta que en Florencia el crimen, más que un pasatiempo o una pasión privada, era una pieza esencial de la vida como cualquiera puede deducir leyendo El Príncipe. La ciudad desarrolló en grado máximo esa fuerza capaz de convertir una urbe en estado. La capital de la Toscana no sólo fue la patria de doctrinas y de teorías políticas, sino que en ella la pasión por el poder llegó a alcanzar el cenit del refinamiento. No me refiero a la crueldad como patología de la personalidad, ligada a estados graves de ensañamiento o demencia, sino a una clase de maldad que tiene que ver con la inteligencia y la moral, es decir, el mal racional en estado puro, unido indisolublemente a la idea de poder, que es el germen del crimen de estado.

A esta categoría superior de asesinos es a la que pertenece nuestro hombre. El autor de la conspiración, quien la alentó durante largo tiempo y la llevó a efecto con ardides y usurpación y engaño, resultó ser un hombre fuera de toda sospecha. Nadie se explica cómo el asesino pudo pasar inadvertido tantos años. Pero lo cierto es que se las ingenió para no dejar rastro de su actuación ni huellas escritas, y, misteriosamente, tampoco nadie lo delató, de modo que hasta el último momento contó con la confianza de los Médicis y durante 527 años su memoria permaneció impoluta.

El detective que desentrañó el misterio se llama Marcello Simonetta, y trabaja como profesor de Historia y Literatura del Renacimiento en la Universidad de Connecticut. Este investigador descubrió en un archivo privado de Urbino unas misivas escritas con tinta invisible que desvelan sin lugar a dudas el nombre de la persona que diseñó la operación y se encargó de organizar todos los detalles de la matanza al más puro estilo florentino.

El mejor retrato que se conserva del asesino está en la galería de los Uffizi. El pasado mes de diciembre fui a Florencia para contemplar expresamente, entre tantas obras de arte, este retrato pintado hace más de cinco siglos. El cuadro, encargado a Piero della Francesca, representa a Federico de Montefeltro, duque de Urbino, de perfil y ataviado con capa carmesí y bonete plano. Sus ojos entornados no miran a ninguna parte, reflejan una mirada triste, pero de una tristeza que nada tiene que ver con la melancolía sino con un control absoluto de la amargura. El cuello es ancho y vigoroso, pero la tez ofrece un color cetrino como si el personaje padeciera alguna dolencia del hígado. Sin embargo, el rasgo más definitorio del retrato se encuentra en la parte superior, y es el puente de esa nariz en gancho que tanto desagradaba a las mujeres de la época. En cualquier caso hay en todo el rostro algo profundamente flemático y su semblante transmite la misma sensación de frialdad y desdén de todos aquellos que han hecho un pacto con el diablo. Los músculos de la mándibula han comenzado ya a aflojarse bajo la barbilla, a pesar de que el retratado da la impresión de estar aguantando la tensión con los dientes apretados. El ablandamiento de los tejidos se nota también en la comisura de los labios muy finos, casi inexistentes. Es precisamente ahí donde acaso radica el enigma psicológico del personaje: su indiferencia sexual. Las personas que nacen con esta característica poseen un don supremo que los sitúa por encima del resto de los mortales porque los alivia al instante de cualquier debilidad humana, y nadie es capaz de imaginar, sin un escalofrío de pavor, la mueca terrible que puede llegar a ser el esbozo de una sonrisa en un rostro sin labios.

El duque de Urbino tenía fama de hombre devoto y sin vicios. No se le conocían apetitos carnales de ninguna clase. Solía comer frugalmente en una sala de su corte, mientras le leían pasajes de Tito Livio o de vidas de santos si era cuaresma. La visión que sus contemporáneos tenían de él era la de un benefactor que levantó edificios y estimuló el cultivo de la tierra y de la industria. Fue patrón de pintores como Berruguete y Piero della Francesca. En su corte sostenía a más de quinientas personas y en ella la graduación jerárquica era tan estricta como en los séquitos de los más grandes monarcas. Además poseía una de las bibliotecas más completas de su tiempo. Tanto era así que los artistas y los hombres de espíritu le llamaban “la luz de Italia”. Por las tardes acostumbraba a acudir al convento de las clarisas para dialogar con la superiora, a traves de la reja del locutorio, acerca de temas religiosos. No era extraño, pues, que a su paso la gente del pueblo se arrodillara en la calle y exclamara: “Dio ti mantenga, signore”. Este hombre que durante quinientos años fue considerado modelo de estadista y cuya corte era una de las más cultas de Italia, fue en realidad un asesino y su crimen estuvo a punto de truncar la historia del Renacimiento.

A primeras horas de aquella mañana, en una Florencia que no se esperaba nada similar, decenas de hombres secretamente armados se preparaban para derrocar el Consejo dominado por los Médicis, la institución principal del Gobierno republicano. Pero para ello debían matar primero a Lorenzo, un político dotado de un talento excepcional, y también a su hermano menor, el apuesto Giuliano.

Los conspiradores se habían alojado esa noche tanto en la ciudad como en los alrededores con miembros de dos familias florentinas, los Pazzi y los Salviatti, haciéndose pasar por ayudantes de cámara. Es de suponer que el duque de Urbino eligiese un lugar privilegiado para la ocasión y no había otro mejor que el propio palacio Médicis, puesto que su relación con la familia le daba derecho de comparecer sin necesidad de invitación o preámbulos. Los demás participantes en el complot se alojaron a solas en posadas florentinas como la Posada de la Campana y el Hotel de la Corona, situados en la cercanía de los burdeles a pocos minutos de los dos edificios que les interesaban para sus planes: la catedral y el palacio de gobierno. Además, un mercenario al servicio del Papa, el conde de Montesecco, había llegado también a la ciudad esa mañana, a la cabeza de treinta ballesteros a caballo y cincuenta infantes vistosamente ataviados con la excusa de acompañar al cardenal de San Giorgo, sobrino del Papa, en su regreso a Roma. Si alguien en Florencia llegó a atisbar algún indicio sospechoso aquella mañana, lo cierto es que nunca lo manifestó.

Lorenzo se hallaba descansando en su residencia de Fiesole, en la pequeña colina al norte de Florencia, cuando los conjurados le enviaron un mensajero para informarle que el cardenal de San Giorgo ansiaba visitar el palacio de los Médicis en la ciudad para ver la colección de arte familiar. Lorenzo se apresuró entonces con su proverbial cortesía a invitarlos a todos a almorzar al domingo siguiente por mediación del duque de Urbino, en quien confiaba para limar asperezas por su fama de hombre justo. No sólo debió hacerlo por el orgullo de mostrar su colección privada de arte, sino porque sus relaciones con el papa Sixto IV atravesaban un momento especialmente tenso y en Florencia la hospitalidad era el principal baluarte de la diplomacia. Las partes acordaron encontrarse en la catedral, justo antes de la misa solemne, tras la cual acudirían en grupo al banquete ofrecido por los Médicis y una vez allí llevarían a cabo el atentado.

Hacia el mediodía, en la Via de Martelli empezó a congregarse la gente para la entrada a misa. El conde de Montesecco y varios miembros de las familias Pazzi y Salviatti se encontraban ya en el lugar flanqueados por criados y otros acompañantes. Pero entonces surgió un imprevisto: el duque de Urbino descubrió que el hermano menor de Lorenzo, Giuliano, no pensaba almorzar con ellos y esto alteraba fatalmente sus planes, porque si uno de los hermanos sobrevivía al asalto, los leales a los Médicis cerrarían filas en torno a él y dispondrían del poder necesario para frustar la intentona golpista. La única salida era el doble asesinato. Así que los conspiradores se vieron obligados a cambiar las previsiones sobre la marcha. No les quedaba más remedio que actuar en la propia catedral.

Contra lo que pudiera parecer en un mundo tan dado a la observancia religiosa, los asesinatos en las iglesias no eran algo inusual. En aquella época resultaba casi imposible tener a la víctima al alcance de la mano, si no era en el templo con ocasión de alguna solemnidad religiosa, y también era allí donde se podía encontrar reunida a toda la familia. Los fabrianenses acabaron en 1435 con toda la dinastía de los Chiavelli durante la misa mayor a las palabras del credo “et incarnatus est”, que era la consigna convenida. En Milán, el duque Giovan Maria Visconti fue asesinado en 1412 a la entrada de la iglesia de San Gotardo, y en 1476 el duque Galeazzo Maria Sforza fue rematado en la iglesia de San Stefano. También este hubiera sido el destino de Ludovico el Moro si no hubiese conseguido escapar al puñal de los partidarios de la duquesa viuda Bona en 1484 gracias a haber penetrado en la iglesia de San Ambrosio por una puerta distinta de la que ellos esperaban. No había impiedad en todo esto. De hecho los asesinos de Galeazzo rezaron al santo tutelar de la misma iglesia y aun oyeron la primera misa antes de cometer el crimen. Si hemos de atenernos a la historia, la fe nunca constituyó impedimento para emprender las mayores atrocidades, más bien todo lo contrario. Sin embargo, en la conspiración de los Pazzi contra Giuliano y Lorenzo de Médicis, la decisión de perpetrar el asesinato en la catedral fue una de las causas del fracaso parcial de la conjura, ya que el principal autor material elegido para la acción, el conde de Montesecco, que era un mercenario bregado en mil desafueros, estaba dispuesto a cometer el crimen durante el banquete, pero manifestó reparos para derramar sangre en territorio sagrado. Por este motivo el mismo duque de Urbino sugirió recurrir a dos sacerdotes, menos escrupulosos que el asesino, para que lo reemplazaran en su labor de sicarios, según puede leerse en los documentos de la época: “Se le sustituyó por religiosos a quienes, habituados al lugar santo, ya no les infundía tanto respeto”. Así como en palacio los crímenes los cometen los mayordomos, en la iglesia los ejecutan los sacristanes o curas avezados en el puñal, y eso lo sabía el conde de Urbino.

La señal para pasar a la acción fue la celebración de la Eucaristía, exactamente el momento en que el sacerdote elevaba el cáliz. Según los testigos, el primer atacante fue Bernardo Bandini, miembro de una familia de banqueros aliados con los Pazzi, que descargó furiosamente su daga sobre Giuliano de Médicis. El muchacho, desarmado, retrocedió tambaleándose con el pecho atravesado mientras un segundo atacante, Francesco de Pazzi, clavaba varias veces su daga en el abdomen del más joven de los Médicis hasta que éste cayó sin vida sobre el suelo frío de la nave lateral, no lejos de la puerta que daba a la Via de’Servi. Su cuerpo, completamente masacrado por diecinueve puñaladas, estaba fuera del ángulo de visión de su hermano Lorenzo, que se hallaba alejado unos veinte metros, en el ala sur de la catedral. Allí, uno de los sacerdotes se abalanzó por la espalda contra él y lo aferró del hombro, causándole una herida en el cuello, justo bajo el oído derecho, pero Lorenzo cobró impulso hacia delante y manteó su capa sobre su brazo y su hombro izquierdo, antes de volverse hacia el agresor empuñando su espada. A pesar de la puñalada logró rechazar todavía dos acometidas de los religiosos, antes de que sus amigos le cubrieran la retirada. Conseguió pasar al coro, saltando la barandilla de madera, pero al cruzar frente al altar mayor, los asesinos de Giuliano le salieron también al encuentro, incluido el banquero Pazzi y otro de los sacerdotes armado de espada y yelmo protector. En la refriega, el amigo de Lorenzo, Francesco Nori, resultó alcanzado mortalmente en el estómago, y un joven de la familia Cavalcanti, aliada de los Médicis, recibió una embestida tan brutal que le arrancó el brazo de cuajo.

Para entonces toda la catedral era ya un infierno. Se oyeron gritos y una atropellada confusión de carreras en desbandada comenzó a conmover los cimientos del templo. Todos huían, políticos, canónigos catedralicios, embajadores, feligreses, hombres, mujeres y niños dominados por el pánico. Fue tanta la confusión que algunos testigos temieron que la cúpula de Brunelleschi fuera a desplomarse sobre sus cabezas. Hay que imaginarse a Federico de Montefeltro contemplando la matanza, impasible, a través de la celosía de un confesionario. Los asesinos, aprovechándose del alboroto, consiguieron escabullirse del lugar y huir por las calles de Florencia hacia la mansión de los Pazzi que estaba sólo a unos minutos de la catedral, dejando un reguero de sangre a su paso.

Las horas fueron largas. Lorenzo permaneció en la sacristía con un grupo de leales. Allí la confusión era completa porque nadie sabía lo que estaba sucediendo afuera. La incertidumbre aumentaba la tensión y Lorenzo no hacía más que preguntar una y otra vez por su hermano pequeño, pero nadie tuvo corazón para contarle la verdad. Al cabo de unas horas, florentinos de todas las edades y condiciones comenzaron a golpear el bronce de las puertas para ofrecer su ayuda a Lorenzo. Lo mismo haría también el duque de Urbino, abandonando el confesionario desde donde había observado hasta entonces el devenir de los acontecimientos. Federico de Montefeltro tuvo la sangre fría de presentarse ante la víctima con la máscara de la inocencia y brindarle su apoyo aviesamente como si fuese el más ferviente y leal de sus seguidores. Pero todavía no había perdido la esperanza de ver consumados sus planes.

Al filo de la media tarde, Lorenzo decidió que era el momento de abandonar la catedral para intentar buscar refugio en su palacio, y fue entonces, al trepar hasta la nave del órgano por la escalera de caracol para preparar la salida, cuando Poliziano se encontró con la visión que tanto lo perturbaría después del cuerpo destrozado de Giuliano, su amigo del alma y discípulo, el más querido de los jóvenes. Su impresión fue tan intensa que ni siquiera tuvo arrestos para cubrir sus despojos y lo único que acertó a hacer fue encauzar la salida del templo por otra puerta para hurtarle a Lorenzo la visión del cadáver.

La ciudad se hallaba sumida en ese silencio de susurros que precede a los grandes estallidos colectivos y de pronto cundió el tumulto. Grupos de hombres armados aparecieron por todas las esquinas. La gente del común recurrió a los utensilios de cocina, labranza y todo cuanto pudiese cortar o herir. Sonaron las alarmas y se cerraron todas las puertas de la ciudad. Parte de los conjurados habían caído en su propia trampa al quedarse dentro del palacio de gobierno, en la cámara de la Cancillería. Se les impidió salir con trancas y cerrojos, mientras numerosos ciudadanos marchaban hacia la galería fortificada de la torre más alta para defender el gobierno de Florencia. De repente una ciudad pacífica se había levantado en armas. Todas las campanas de la sede de gobierno tocaron a rebato. La noticia de que habían intentado asesinar a los Médicis se extendió por toda Florencia.

No resulta difícil imaginar los pensamientos del duque de Urbino mientras veía que el apoyo a Lorenzo iba creciendo. Probablemente sus cavilaciones iban encaminadas al modo de ocultar su naturaleza, cómo hacer para que nadie le adivinase en el rostro la maquinación de la trama, ni captara su acecho ni su decepción y la impaciencia que había tenido que contener durante tantos años hasta la consumación del crimen que ahora había fracasado. Para un hombre como él, forjado en la mentalidad de los condottieri, tuvo que ser duro afrontar la derrota. Tal vez fue entonces cuando se le ensombreció la mirada y su tez adquirió ese tono hepático. Lo que es seguro es que varias veces a lo largo de aquella noche tuvo que morderse la lengua hasta hacerse sangre y debió de tragar abundante saliva con sabor a ceniza, que, según dicen, es el sabor amargo de la traición. El deseo de elevar a Urbino al nivel de los grandes poderes peninsulares no era en ningún caso suficiente para explicar una ambición que le llevó a correr riesgos mortales y a arrastrar a la muerte a hombres que ni siquiera conocía y a enviar a la horca a otros que habían creído en él. No. Sin duda había algo más, una razón de índole personal tal vez, algo tan inconfensable que ni siquiera el paso del tiempo podía atemperar.

Esa impresión era exactamente la que me transmitió su retrato cuando lo contemplé en la galería de los Uffizi, e inmediatamente me vino a la cabeza una novela que acababa de leer con fascinación y bajo cuyo influjo todavía me encontraba. Hablaba el libro sobre las dotes de percepción que poseen algunas personas para indagar en los rostros de la gente y adivinar su comportamiento futuro, una facultad que permitiría pronosticar una traición aún no fraguada. Hay individuos que poseen una perspicacia especial para saber cuándo algo se tuerce y se echa a perder; cuándo, por ejemplo, un amigo descubre su propia envidia, y empieza a mirarnos de otro modo, con ojos turbios, como si estuviera dispuesto a pasar por encima de nuestro cadáver.

Pero quizá debamos dejar este asunto para otro relato. Baste con saber que nada de lo que hubo se borra jamás del todo, ni siquiera la mancha de sangre frotada y limpiada como apunta Javier Marías en Tu rostro mañana, porque “siempre hay un analista que espera al acecho con su lupa y su microscopio (y por eso el olvido siempre es tuerto)”.

Para alguien como yo, que creció entre las copas de champaña envenenadas y las rubias asesinas que ilustraban las portadas de las novelas policiacas de la colección El Búho, Florencia representa la cumbre del misterio, porque ningún enigma del género negro ha tardado tanto tiempo en desvelarse: 527 años, exactamente. De niños a todos nos fascinan los acertijos. Recuerdo que cuando tenía once o doce años, llegué a adquirir cierta destreza con una modalidad de tinta invisible hecha a base de zumo de naranja que descubrí en un manual inglés de detectives. Para hacer legibles nuestros mensajes, mis hermanos y yo teníamos que pasar la vieja plancha Philips por encima del papel.

Pues bien, un sistema parecido fue el empleado por el profesor Marcello Simonetta, de la Universidad de Connecticut. Todo empezó con el descubrimiento de un pequeño compendio editado en el siglo XV que enseñaba a los diplomáticos a interpretar algunos códigos utilizados por las cancillerías en los mensajes internacionales secretos. Con estas claves consiguió descifrar una carta encontrada en el archivo privado Ubaldini. La misiva era un mensaje enviado por el duque de Urbino a sus embajadores en Roma dos meses antes de la conjura. A nadie se le había ocurrido antes pensar en este refinado estadista, y sin el hallazgo del profesor Simonetta jamás hubiéramos sabido que Federico de Montefeltro fue quien decidió acabar con los Médicis y que fue él quien atrajo hacia la conjura al papa Sixto IV y al rey Fernando de Aragón.

La alarma de Florencia se extendió de campanario en campanario por toda la campiña. Al cabo de las horas toda la Toscana se encontraba en estado de alerta. Para entonces los defensores de los Médicis empezaron a pedir venganza y el encabalgamiento de los acontecimientos pasó rápidamente a otra fase mientras el terror se adueñaba de las calles recorridas por mercenarios a caballo.

La venganza empezó a últimas horas de la noche; muchos conjurados fueron defenestrados desde las ventanas de la cancillería, estrellándose contra el enlosado de la gran plaza y sus cuerpos fueron desmembrados por la multitud. Otros fueron ahorcados en las ventanas de la loggia de Lanzi, como el arzobispo de Pisa cuyo cadáver fue sometido a una brutal ceremonia de degradación. El corazón de la ciudad se convirtió en lugar oficial de ejecución además de las horcas construidas para este fin en las afueras, junto a la puerta de Justicia. Algunos cuerpos fueron desgarrados a dentelladas por la turba, que llegó a pasear cabezas y miembros amputados en los extremos de las picas sin que los Médicis consiguieran detener los desmanes, porque la guerra encierra en sí misma la semilla de la violencia futura y una vez desencadenada ya es imparable. Entonces fue el furor y el estruendo, la turbamulta y el caos. Hubo carreras y batir de acero en el laberinto de los callejones, pero los gritos de pánico se vivían sobre todo en la plaza de gobierno y en los lugares adyacentes.

A la mañana siguiente, Florencia amaneció con cuerpos empalados en los parteluces de las ventanas notariales del palacio de la Podestá. Muchos miembros de la familia Pazzi fueron decapitados y arrojados al Arno, y la misma suerte corrió el bandido Montesecco. Los dos sacerdotes que accedieron a asesinar a Lorenzo, encontraron cobijo entre los monjes benedictinos, pero fueron descubiertos y llevados al palacio de gobierno. En el camino fueron golpeados y mutilados, de modo que cuando los entregaron a la justicia para ser ahorcados ya les habían arrancado la nariz y las orejas.

Mientras una noche de muerte caía sobre la ciudad, el principal causante de tanta destrucción se limitaba tal vez a apacentar sus remordimientos. Nadie puede saber en qué pensaba entonces Federico de Montefeltro. En el retrato que le hizo Piero della Francesca se ve al fondo un río de plata que parece envuelto en un silencio brumoso, como si el secreto del duque de Urbino se deslizara también por las aguas de la historia, corriente abajo hasta convertirse apenas en un hilo y su rumor se fuera volviendo lánguido y amortiguado, pero inacallable, como todas las cuentas que quedan pendientes entre los vivos y los muertos.





EL SULTÁN CRUEL

Juan Carlos Losada, 06/11/05

mentiroso

El sultán turco Mehmet II, o Mahomet, séptimo sultán de los otomanos, nació en 1432. En ese año los otomanos ya habían penetrado profundamente en Europa y devorado casi todo el Imperio Bizantino, al que habían reducido a poco más que a la ciudad de Constantinopla. Sus padres eran Murat II y una de sus siete esposas, Huma Atún, una bella esclava albanesa. Mehmet fue el tercer hijo varón del sultán, lo que significaba que tenía pocas posibilidades de ascender al trono si antes no les pasaba algo a sus hermanos mayores. Por este motivo, y según cuentan las crónicas, su infancia fue triste, solitaria, y no exenta de peligros. Una niñez en la que abundaron los castigos y los maltratos debido al recelo con que sus madrastras y parte de la corte contemplaban su existencia, pues sin duda era un rival potencial en la lucha por el poder. Además, con el trono reservado para sus hijos mayores, Murat II casi abandonó a su suerte a Mehmet sin, por supuesto, darle jamás ninguna muestra de cariño, mientras que su madre, esclava hasta que fue madre dado el inferior rango social que tenía respecto al resto de esposas, apenas podía protegerle.

Así fue creciendo el joven príncipe, sabiéndose marginado por su padre y con la sospecha de que en los palacios reales cualquiera podía ser un enemigo que esperase el momento oportuno para matarle. De esta manera, en medio del acoso y abandono, luchando por la supervivencia y por no verse apartado de las esferas del poder, se fue forjando un carácter cruel, astuto, receloso, ambicioso y taciturno que le llevó a no fiarse nunca de nadie y, por tanto, a no tener jamás ningún amigo. Su desconfianza llegó a ser tan conocida que, años después, hizo legendaria una frase; tras referirse a sus planes secretos dijo: “Pero si un pelo de mi barba los supiera, me lo arrancaría al instante y lo quemaría”.

Las cosas dieron un giro inesperado al morir su hermanastro mayor, cuando él contaba sólo siete años de edad. Poco después lo hizo el segundo, un muchacho de 13 años. Este último apareció estrangulado en sus habitaciones y siempre se sospechó que el joven Mehmet, de tan sólo 10 años, había estado involucrado en el crimen. Nunca se supo la verdad, pero, de ser cierto, eran acontecimientos nada extraños en una corte cuyos príncipes estaban en permanente lucha por conseguir el poder. En el fondo no habría hecho más que continuar la tradición instaurada por su abuelo Mehmet I consistente en que, cuando subía al trono, hacía estrangular con cordones de seda a sus pequeños hermanastros para que éstos no pudiesen un día participar en una conspiración posterior para arrebatarle el trono, sólo que en esta ocasión habría decidido adelantarse y ser él quien eliminase al rival que le antecedía en la línea sucesoria. Obviamente, estas acciones fratricidas eran alentadas por las respectivas madres y sus camarillas, pues sabían que el destino les reservaba un dorado futuro si su hijo acababa siendo el sultán, pero en caso contrario era el olvido, e incluso la muerte, lo que les esperaba.

Participase o no en el crimen, lo cierto es que cuando Mehmet quedó en primer lugar en la línea sucesoria, su padre no tuvo más remedio que fijarse en él. Encargó que le impartiesen una cuidada educación que, entre otros conocimientos, le permitió dominar, aparte del turco, el griego, el latín, el persa, el hebreo y el árabe, y al cabo de dos años, cuando contaba sólo 12, su padre abdicó en él pensando que ya estaba preparado para el gobierno. Craso error; rápidamente, él y sus tutores entraron en conflicto con el visir Jalil Bajá, y, para colmo, una invasión húngara descendió desde el norte amenazando todos los territorios balcánicos ocupados por los otomanos, lo que generó a su vez una matanza de cristianos ortodoxos que amenazó con despertar una sublevación entre éstos. El sultán Murat tuvo que abandonar en 1444 su retiro, vencer a los húngaros y poner orden en su reino, y tras recriminar a su hijo su impulsividad y su imprudencia, le volvió a ceder el poder dándole así una segunda oportunidad, pero advirtiendole que siguiese siempre los consejos del visir.

Pero el joven Mehmet no había aprendido la lección. Otra vez libre de la tutela de su padre, volvió a aflorar en él su carácter desconfiado y cruel. No aceptaba consejos de nadie y quien osaba cuestionar sus órdenes era ejecutado inmediatamente. El visir volvió a quejarse y esta vez Murat volvió a tomar el poder de un modo definitivo, mientras enviaba a su hijo y a sus tutores al interior de Anatolia, con el fin de que se ejercitase en las tareas de gobierno y en el dominio de su carácter impulsivo. Por fin, en 1451, tras la muerte de su padre, ascendió definitivamente al sultanato. Tenía sólo 19 años. Finalmente se había cumplido su sueño y pronto se vengaría de todos los que le habían querido apartar del trono.

Pero la experiencia que le daba el, posiblemente, haber alcanzado el poder mediante el asesinato de su hermanastro, le hizo temer que pudieran hacer lo mismo con él. En ese momento aún tenía un hermano, un niño de pocos años, por lo que siguiendo la tradición familiar, y mientras recibía la felicitación de la madre, el joven sultán ordenó ahogarle en las perfumadas aguas de la bañera; ya no tenía rivales. Para borrar el rastro ordenó, a continuación, eliminar al asesino de su joven pariente y, seguidamente, casó a la madre con un esclavo. Después de esto, y coherentemente con su comportamiento fratricida, promulgó una norma que elevaba a ley lo que había sido criminal tradición. En la nueva legislación se dictaba que todo sultán al ascender al trono tenía que matar a sus hermanos varones con el noble fin de evitar insurrecciones y guerras civiles. Para sortear la prohibición religiosa del asesinato, dejó claro que el sultán no podía participar directamente en la ejecución. La costumbre pervivió durante casi toda la historia del Imperio, incluso hasta muchos siglos después, aunque muchos descendientes dulcificaron la norma sustituyendo la ejecución por el destierro o la prisión.

Al heredar la corona decidió que Constantinopla tenía que ser, como prometía el Corán, arrebatada por fin a los infieles. Por aquellos días Mehmet ya había endurecido su aspecto dejándose crecer unos largos bigotes que al colgar escondían sus gruesos y rojizos labios, dándole, junto a una nariz aguileña, un aspecto de lo más siniestro.

En 1453, 80.000 hombres fanatizados por santones derviches cercaron la ciudad. La capital de Bizancio contaba con menos de 9.000 defensores, y su población total no llegaba a 50.000 almas, pero sus magníficas murallas seguían siendo un problema, y en dos ocasiones precedentes las fuerzas otomanas ya habían fracasado con ellas. Aunque ahora una nueva arma iba a entrar en acción: la artillería. Renegados húngaros y alemanes fabricaron enormes piezas de gran calibre, y para solucionar el problema de su transporte, debido a su gran peso, se armaron al pie de las murallas, en el mismo lugar desde donde habían de disparar las enormes balas de piedra de más de 400 kilos de peso y que habían de resquebrajar las murallas. Simultáneamente, Mehmet logró hacer pasar 70 barcos de guerra por tierra, deslizándolos sobre planchas impregnadas de grasa de buey, hasta el fondo del entrante de mar, el llamado Cuerno de Oro que limitaba el norte de la ciudad, estrechando aún más el cerco y atacando así la ciudad desde todas partes.

Mientras tanto, haciendo honor a la desconfianza que presidía su carácter, Mehmet solía disfrazarse y mezclarse entre sus soldados para escuchar sus conversaciones; ¡pobre de aquel a quien sorprendiese en una crítica hacia su persona o a sus órdenes! Esta intolerancia también la aplicó con sus generales. En una ocasión responsabilizó a uno de sus almirantes de la huida de un barco bizantino, por lo que ordenó empalarle, pero como el resto de sus generales le rogaron con vehemencia que reconsiderase su orden, optó por azotarle personalmente hasta casi dejarlo muerto, mientras cuatro esclavos sujetaban el ensangrentado cuerpo desnudo.

Por fin, tras cincuenta y tres días de asedio, se abrió brecha en la puerta de San Romano de Constantinopla, debido posiblemente a que cincuenta combatientes otomanos que se habían infiltrado en las murallas mal defendidas contribuyeron a allanar el camino a los sitiadores. De nada sirvió la resistencia heroica del último emperador, Constantino XI, y de sus hombres. Durante el saqueo de la ciudad, que duró varios días, fueron asesinados alrededor de 5.000 ciudadanos de todas las condiciones, y el resto de la población, casi 50.000 personas, fueron reducidas a la esclavitud. Mehmet, para divertirse, compró a sus hombres los nobles bizantinos que no habían podido escapar y les mandó ejecutar en su presencia, para a continuación reunir sus cabezas sobre una mesa expuesta al escarnio público. Constantinopla se había convertido en Estambul, y el sultán, a partir de entonces, fue llamado Hunkar, lo que quiere decir “bebedor de sangre”.

Pronto hizo honor al nuevo apelativo y dejó claro que iba a mandar como un auténtico autócrata. Primero ordenando matar al visir que tanto le había importunado al actuar de correveidile con su padre. Pero no hacían falta grandes cuestiones para provocar la ira asesina de Mehmet. Cualquier nimiedad podía desatarla. Al sultán, entre otras aficiones, le gustaba cultivar melones en su huerto, pero un día uno de sus sirvientes le robó cuatro de sus frutos. Indignado, preguntó quién había sido, y, como el terror hizo enmudecer al culpable, Mehmet ordenó que se abriese en canal uno a uno a todos sus pajes hasta que apareciesen en el estómago del desgraciado responsable los restos del melón; al final los encontraron en el sirviente que hacía el número catorce, para respiro de los que venían a continuación en el salvaje proceso de disección.

A pesar de todo, su crueldad no le impidió un cultivado refinamiento. Una de sus aficiones era la jardinería, dedicándose con especial pasión a las rosas –siempre llevaba una prendida en sus ropas–. También era un enamorado de la poesía, la arquitectura, la teología y, como hábil político, sabía ser tolerante con los cristianos y judíos, pero, eso sí, siempre que se le sometiesen sin rechistar. Era también amante de los buenos vinos y de los gatos. Era famosa su gata blanca de angora, llamada Zita. Esta gata era la única hembra que tenía el privilegio de dormir cada noche en su cama, pues Mehmet en el tema sexual era absolutamente promiscuo y no dudaba en hacer desfilar por su lecho a numerosos jóvenes de ambos sexos.

La gloria por haber tomado Constantinopla se le subió a la cabeza y comenzó a pensar en sí mismo como el mayor conquistador de todos los tiempos. Conforme a esta idea, decidió proseguir su expansión, tanto en Asia Menor como por los Balcanes. En ambos continentes desarrolló 25 campañas militares, casi todas victoriosas, que le dieron el control absoluto de Oriente. En su avance hacia el norte se enfrentó al monarca húngaro Juan Hunyadi, que aún resistía en Belgrado. En 1459 ahogó la última insurrección serbia; en 1463 conquistó Bosnia, matando a su rey, y en 1468 aplastó la rebelión de Jorge Kastriotis, conocido como Skandersberg, el legendario héroe albanés.

Una de sus luchas más duras la emprendió, curiosamente, en 1461 contra otro de los seres más crueles de la historia, el rey Vlad de Valaquia, llamado por los turcos el Empalador y conocido por sus súbditos como Drakul (diablo) y que ha pasado a la historia en la leyenda de Drácula. Cuentan que, antes de vencerle y destronarle, a Mehmet le hizo mucha gracia que su enemigo clavara los turbantes a las cabezas de unos enviados suyos que se habían negado a descubrirse ante el monarca de Valaquia. Poco más tarde, cuando volvió a desafiarle empalando a miles de prisioneros turcos, Mehmet lanzó elogios admirativos hacia ese acto asesino del Empalador, afirmando que un ser capaz de tales acciones sería difícil de vencer. Aunque, obviamente, esta admiración por las crueldades de Vlad no impidió que le diese muerte cuando cayó en sus manos mientras sometía toda Valaquia al Imperio Otomano.

Tras sus victoriosas campañas balcánicas, Mehmet ocupó la costa adriática expulsando a los venecianos de allí, sometió a Crimea y envió a su jefe tártaro como gobernador a Albania; expulsó también a los genoveses del mar Negro. Por el norte, sólo la angustiada Hungría del rey Matías Corvino, y Transilvania se le resistieron momentáneamente. En el mar, la suerte también sonreía a los turcos. Buena parte de las islas del Egeo cayeron en sus manos, y para que Venecia pudiese conservar algunos enclaves estratégicos y sus privilegios comerciales tuvo que pagar un impuesto a Mehmet de 10.000 ducados de oro anuales. Sólo la isla de Rodas, en manos de los caballeros hospitalarios de San Juan, resistió el asalto. Su expansión parecía no tener límites. En 1480, los turcos tomaron la ciudad de Otranto, en el tacón de Italia, exterminando a todos sus habitantes y sumiendo a toda la cristiandad en un ataque de pánico.

Sin duda todas estas conquistas fueron posibles, aparte de por la hábil dirección militar de Mehmet, por la calidad de las tropas otomanas. Entre ellas figuraba en lugar destacado el cuerpo de los jenízaros, sin duda la infantería más eficaz y combativa del mundo en aquellos años y que también nutría de servidores a la guardia personal del sultán. El cuerpo de jenízaros estaba formado por niños cristianos de entre siete y doce años que se habían destacado por su inteligencia y fortaleza. Eran reclutados a la fuerza en los territorios sometidos a los turcos y convertidos al islamismo por los santones derviches. Se les desarraigaba totalmente de su mundo afectivo y eran entrenados duramente en un ambiente de férrea disciplina e importantes privaciones. Tenían prohibido el matrimonio, tener dinero, disfrutar de cualquier lujo y estaban obligados a vivir en comunidad, por lo que pasaban a ser una especie de monjes guerreros que, al retirarse por la edad, recibían una pensión.

Pero por fin, para suerte de sus enemigos, Mehmet II moría en 1481, no se sabe si a causa de un ataque de gota o envenenado. Había

2 comentarios - Los "malos de la historia" (Sexta Parte)

@elianamar40
que bueno me encantan estos post, son muy interesantes!!!