LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO PARTE 2

XXII

Pasó todo el verano sin que se me ocurriera nada.
En marzo tendría la respuesta.
Nosotros volvimos del campo una semana antes de las clases, lo primero que hice al llegar fue llamar a Mariano. Quería que me contara cómo le había ido en sus vacaciones y con María Eugenia. Llamé varias veces a su casa y nunca pude dar con él, tampoco contestó a mis llamados. Eso me extrañó muchísimo. Habitualmente, después del colegio, nos hablábamos por teléfono, rara vez no lo hacíamos. Y esa vez que hacía tres meses que no nos veíamos, no me contestaba.
No encontraba explicación, pero esa semana mi madre me pidió que la ayudara con la casa, y con el jardín, su obsesión, que después de tanta ausencia suya estaba bastante deteriorado, y creí que a Mariano podía sucederle algo similar.
Esperaba el primer día de clases con ansia, eran tantas las cosas que tenía para contarle.
Llegué muy temprano al colegio y me quedé en la puerta esperándolo. Lo vi llegar, desde lejos, de la mano de María Eugenia, y me alegré por él. Cuando llegó a mi lado me saludó con un "hola" frío e impersonal. Pasó caminando casi sin mirarme y fue a buscar un lugar al lado de María Eugenia.
Todos mis compañeros estaban extrañados, nos habíamos sentados juntos todos los años anteriores y ahora yo me sentaba solo, a tres bancos de distancia. Me evitó en todos los recreos. Yo no salía de mi asombro. Hasta que me di cuenta de que me estaba haciendo pagar "mi culpa".
Yo era el hermano del sidoso.

* * *

Al volver a mi casa me encerré en mi cuarto a llorar toda la tarde. Esa iba a ser la primera de las muchas muestras de intolerancia que recibiría durante lo que le quedaba de vida a Ezequiel.
No podía entender la actitud de Mariano, y no tenía el valor de ir a pedirle explicaciones. En los entrenamientos y en educación física, evitaba tocarme. El hecho de pensar que lo vería ignorarme durante todo el año escolar, los entrenamientos de rugby y el colegio secundario (en el colegio que habían estudiado nuestras familias desde el jardín de infantes hasta el secundario, nuestros padres formaban parte de la asociación de ex-alumnos) me partía el alma.
Mariano había sido mi único amigo desde que tenía memoria, había sido mi confidente y yo el suyo. Que ahora me diera la espalda era algo que no podía comprender. Me sentía solo.
Definitivamente solo.
Las primeras semanas de clase se me hicieron eternas, el hecho de pensar en estar sentado solo, y pasar los recreos sin Mariano me angustiaba profundamente. En mi casa me preguntaban qué pasaba con Mariano que ya no venía como antes, y yo lo explicaba gracias a su relación con María Eugenia.
A principios de abril logré sobreponerme a la situación y armarme una coraza para que pareciera que no me importara. Los demás chicos de la clase nos habían preguntado que había pasado entre nosotros, y los dos, cada uno por su lado contestamos lo mismo, que nos habíamos peleado. Debo reconocer que en ese momento, a pesar de que sabía cómo había impactado en él la enfermedad de Ezequiel, a tal punto de terminar nuestra relación, valoré ese pequeño gesto, que entendí como un homenaje a lo que había sido nuestra amistad, no revelar los verdaderos motivos de la distancia.
Con el tiempo comprendí que no me hacía ningún favor, que no debía agradecerle nada, que la enfermedad de Ezequiel no era algo vergonzante. Pero a esa edad y con el sentimiento de soledad que experimentaba, no lo hubiese resistido.

* * *

Gracias a eso tomé la mejor decisión, la más adulta que he tomado en mi vida. Cambiarme de colegio.
Decidí ir al Nacional Buenos Aires, el único colegio lo suficientemente prestigioso, además del que iba, que mi familia toleraría.
Convencer a mi padre me costó mucho, pero su padre había egresado de allí, con medalla de oro, y parte del prestigio familiar había pasado por sus aulas. Después de semanas de súplicas y argumentaciones, logré convencerlo; y nos pusimos a buscar el mejor instituto para preparar mi examen de ingreso.
Mi padre me advirtió que el ingreso era serio, que era mucho lo que había en juego, mucho lo que estudiar, que tendría que dejar rugby (que era una de las cosas que yo quería, un lugar donde evitar a Mariano) y que no toleraría "bajo ningún concepto" mi fracaso.
Encontramos el instituto, el mejor, el más caro, (para mi padre esos dos conceptos son sinónimos), y me inscribí.
El instituto quedaba a cinco minutos de viaje de la casa de Ezequiel.

XXIII

Cuando murió Ezequiel descubrí que la tristeza me quedaba bien. Que tal vez era mi estado natural.
Comencé a usar ropa negra, a leer poetas malditos. Todos los días me recitaba un poema de Rimbaud que dice: "Hay, en fin cuando uno tiene hambre y sed, alguien que os expulsa".
Mis compañeros de curso también tenían, por momentos, un aire triste o melancólico. Quizás la adolescencia sea en sí una etapa triste. El dolor de dejar atrás la niñez para convertirse en algo que ya somos (hombres, mujeres) sólo virtualmente. Realmente, no lo sé.
Lo que sé es que la tristeza de ellos iba y venía; la mía parecía estar cosida a mis pies. Como una carga de siglos sobre mi espalda.
En las reuniones ellos reían y se divertían, yo en cambio me quedaba parado en un rincón, con un aire perdido, como si no supiera divertirme. Como si no supiera cómo pasarla bien.
La tristeza.

XXIV

En mayo comenzó la preparación en el instituto. Asistía lunes, miércoles y viernes por la tarde; dejé definitivamente rugby, y empecé a viajar solo y a disponer de más tiempo para mí.
Mis padres, en especial mi padre, se deshicieron en recomendaciones. Si bien ya soñaban con mi egreso triunfal del Nacional Buenos Aires, y yo aún no había ingresado, por otro lado no les gustaba nada esa libertad que tendría, ni la posibilidad de que anduviera por la calle. Al principio querían ir a buscarme a la salida, pero mi madre estaba haciendo uno de sus innumerables cursos, aquel era de pintura sobre madera, y para mi padre representaba perder alrededor de dos horas (sagradas) de su trabajo. Cuando se dieron cuenta que no había otro remedio, accedieron a dejarme viajar solo.
Lo que yo quería era alejarme lo más posible de San Isidro, evitar la posibilidad de cruzarme con Mariano y que éste me ignorara.
Para mí el instituto fue un enorme descubrimiento, el primero de todos los que vendrían después. El hecho de encontrarme con tantos chicos de mi edad de distintos sectores sociales, que vivían en distintos barrios, esa cosa en definitiva tan insignificante para cualquier otro chico, me maravillaba. No teníamos mucho tiempo para charlar, las clases eran bastante exigentes, aunque a mí, ya fue dicho, me gustaba estudiar y no tuve mayores problemas, no me sobraba el tiempo para relacionarme con los demás. Igual, disfrutaba mucho sabiendo que estaba rodeado de desconocidos.
Pensándolo ahora, veo que era más mi temor al desengaño, luego de lo que había pasado con Mariano, que otra cosa. Si no trabé amistad con ninguno de los demás no fue por falta de tiempo, sino por miedo.

* * *

El veintiuno de julio, al comienzo del invierno, Ezequiel tuvo la primera crisis, de todas las que tuvo durante su enfermedad.
Enfermó de neumonía, estuvo bastante delicado, diez días de internación de los que salió con la prescripción médica de tomar AZT y sin trabajo.
Ezequiel trabajaba en un estudio de diseño gráfico desde hacía dos años. En el momento de la internación, en su trabajo se enteraron de su enfermedad y lo echaron. Argumentaron razones presupuestarias, Ezequiel no les creyó; después de la experiencia con Mariano yo tampoco.
Unos días después de la salida de la clínica de Ezequiel, vino la abuela a casa a charlar con mi padre. La abuela quería que papá se llevara a Ezequiel a trabajar a su oficina. Mi padre sostenía que no era necesario que Ezequiel trabajara, que podría venir a vivir a casa como antes y sin rencores; y por otra parte sostenía que era lógico que se quedara sin trabajo, que él como empleador tampoco tomaría riesgos si un empleado suyo tuviera SIDA, hay que pensar en los demás, decía.

XXV

Cuando empezó a tomar AZT, Ezequiel se vio obligado a llevar una dieta sana y a realizar ejercicios, para contrarrestar los efectos de la droga.
Todos los días salía con Sacha a realizar largas caminatas, y esas caminatas lo llevaban lunes, miércoles y viernes, a la puerta del instituto donde yo estudiaba.
La primera vez que lo vi parado en la puerta esperándome, me temblaron las rodillas, a mí no se me había permitido ir a verle a la clínica, es más, hacía más de tres meses que no nos veíamos, si bien yo estaba enterado de todo lo que pasaba, había desarrollado un sexto sentido para escuchar a mis padres cuando hablaban de él, y además la abuela, siempre la abuela, me contaba. Me sentía en falta por no haberlo visitado.
—No me dejaron ir a verte —le dije sin saludarlo siquiera.
Ezequiel sonrió, tenía una sonrisa apagada, todo él estaba apagado, no era ya la persona luminosa de antes. Estaba asustado, algo de lo que no me di cuenta hasta que fue tarde.
—Ya sé, no importa. La abuela siempre me manda saludos tuyos. ¿No te molesta que te venga a buscar?
Le contesté que no, por supuesto. Esa primera vez y las siguientes nos limitamos a caminar en silencio hasta la parada del colectivo, con Sacha correteando entre ambos.
A la segunda semana, Sacha ya saltaba para recibirme apenas ponía un pie fuera del instituto. Lo cual me hizo ganar la simpatía de muchos de mis compañeros.
Sacha nos daba tema de conversación. Yo no me animaba a preguntarle de su enfermedad, ni de su dieta, entonces le preguntaba sobre la dieta de Sacha. Ezequiel me contaba qué le daba de comer y cómo la cuidaba, de los libros que había leído para cuidarla bien. Se lo tomaba todo con absoluta seriedad, sabía muchísimas cosas de los perros del ártico, su historia, sus costumbres, y sus diferencias con los perros de origen europeo.
Hablando de ella fue que un día me dijo:
—Uno de los motivos porque quiero tanto a este perro es por sus ojos. Desde que estoy enfermo la gente me mira de distintas maneras. En los ojos de algunos veo temor, en los de otros intolerancia. En los de la abuela veo lástima. En los de papá enojo y vergüenza. En los de mamá miedo y reproche. En tus ojos curiosidad y misterio, a menos que creas que mi enfermedad no tiene nada que ver con que estemos juntos en este momento. Los únicos ojos que me miran igual, en los únicos ojos que me veo como soy, no importa si estoy sano o enfermo, es en los ojos de mi perro. En los ojos de Sacha.

XXVI

Ezequiel me pidió que yo cuidara a Sacha antes de su última internación, la definitiva. Lo llevé a casa, traté de cuidarlo tan bien como él, de llevarlo a caminar todos los días. Pero en mi casa en esos días todos estábamos muy nerviosos, Sacha también. Rompió varias de las plantas de hierbas de mamá y terminó en el campo de la abuela. Yo rogué, lloré e imploré, fue inútil. Ezequiel todavía no había muerto y a mí se me negaba cumplir con una de sus últimas voluntades.
Nos pusimos de acuerdo en que nadie se lo diría, Ezequiel nos preguntaba por Sacha cada vez que nos veía, nosotros le contestábamos que estaba bien. A pesar de tranquilizarlo a él, nadie pudo tranquilizar el daño que produjo en mi conciencia el tener que mentirle a mi hermano moribundo.

XXVII

Los paseos al salir del instituto se hacían cada día más largos, aunque yo me demorara cada vez más, en casa a nadie parecía importarle.
Después de mi viaje de fin de curso, algunas de nuestras caminatas terminaban en su casa. Yo no visitaba su departamento desde que fui a pedirle explicaciones, y esa vez no tuve demasiado tiempo para prestar atención a nada.
La primera vez que llegué allí acompañado por él, descubrí su biblioteca. Tenía libros de diseño gráfico, fotografía y de literatura. Le gustaba especialmente la ciencia ficción y el fantasy. Me prestó El señor de los anillos y puso a mi disposición cualquiera de sus libros.
Me contó, al preguntarle por la cantidad de libros de fotografía que tenía, que le gustaba mucho sacar fotos.
Siguiendo con mi inspección al lado de su cama encontré un chelo.
—¿Desde cuando tocas el chelo? —le pregunté sin salir de mi asombro.
—Lo compré hace cuatro años. Estudié un año y dejé. El año pasado volví a estudiar.
¿El año pasado? Me parecía extraño, el año anterior se había enterado que tenía SIDA, y se había puesto a estudiar chelo...
Me miró y sonrió.
—Mira, lo único cierto que sabemos todos de la vida es que nos vamos a morir. Y lo único incierto es el momento. Digamos que al enterarme que lo incierto avanza sobre lo cierto, me propuse no morirme hasta no poder tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach.
Y se rió.

* * *

Guardé El señor de los anillos en mi mochila, le pedí que hiciera ruido, para que en mi casa creyeran que hablaba desde un teléfono público, y llamé para decir que me había demorado en la casa de un compañero, para ponerme al día con lo que habían visto mientras estaba de viaje de fin de curso. Ezequiel se rió mucho ruando corté y apostó a que no me iban a creer, y que aunque me creyeran mis excusas no servirían de nada. Tuvo razón.
En la parada del colectivo le comenté que estaba sorprendido de que sacara fotos y tocara el chelo y yo no lo supiera.
—Uno nunca termina de conocer del todo a las personas —me dijo—, ni aún a las más cercanas, padre, madre, hermanos, hermanas, marido, mujer. Siempre hay una zona de cada uno que permanece a oscuras, alejada por completo de los demás. Una zona de pensamientos, de sentimientos, de actividades, de cualquier cosa. Pero siempre hay un lugar de nosotros en el que no dejamos que entre nadie más. Yo creo que eso es lo que hace a las relaciones con los demás tan interesantes, esa certeza que, aunque nos lo propongamos, nunca los vamos a conocer del todo.

XXVIII

Cuando llegué a casa, me recibieron con un sermón de órdago. Que quién me creía yo para ir a la casa de desconocidos sin permiso, que en qué cabeza cabe, y otras expresiones de las que caben en cualquier repertorio paternal.
Era la primera vez que me retaban y no me importaba mayormente, tal vez estaba creciendo, tal vez me estaba haciendo inmune a los retos, no sé. Lo único seguro es que estaba disfrutando a mi hermano y esta vez no pensaba dejar que me quitaran ese placer.
Estaba dispuesto a mentir, a planificar mis actividades, para verlo contra viento y marea.
Creo que esa fue la única, auténtica rebeldía que me permití en mi vida.

* * *

Me sumergí en la lectura de El señor de los anillos, que a pesar de tener alrededor de 500 páginas, leí en una semana. Era el primer libro largo que leía, después me prestó el tomo II y el III. Los leí con igual voracidad.
Ezequiel era un gran lector, y me recomendaba libros con gran tino.
—No importa si los entendés, o no; si te gustan déjate llevar por las palabras, que sean como música en tus oídos —me decía.
En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros son las huellas del otro, del que me los alcanza.
Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba un nuevo significado a nuestra relación.

* * *

Un sábado a la tarde estaba en mi cuarto leyendo Un mago de Terramar, uno de los tantos libros que me prestaba Ezequiel. Lo recuerdo porque estaba anotando una frase, en ese época tomé la costumbre de anotar las frases de los libros que me gustan en una libreta, una frase que decía: "Para oír, hay que callar". No sé por qué me gustó tanto. Aún hoy, que conservo la libreta, puedo leerla con mi letra temblorosa de entonces.
A pesar de que tenía la puerta cerrada mi padre entró en la habitación.
—Últimamente estás muy lector, y hace mucho que no jugamos al ajedrez —no había ningún reproche en su voz, era su forma de invitarme, yo lo sabía, él no podía de otra manera.
Bajamos la escalera hasta su estudio. Cuando estaba sacando el tablero le pregunté:
—¿Tenés la Suite No. 1 de chelo, de Bach?
Me miró de arriba abajo sorprendido.
—Yo sabía que iba a lograr que te guste la buena música —y remarcó la palabra buena. Me explicó orgulloso que tenía varias versiones, que podía elegir cuál quería escuchar y que si yo tenía ganas podía explicar, mientras las escuchábamos las diferencias entre ellas. Me propuso un montón de cosas más. Rezumaba erudición.
—Elegí la que más te guste a vos, y no digas nada —le dije. —Para oír, hay que callar.

XXIX

En noviembre Ezequiel vino a buscarme por última vez. Ya terminaba el curso del instituto, lo que significaba el fin de nuestras caminatas.
Caminábamos hablando de libros y de autores, me sentía definitivamente importante, teniendo un tema en común con él.
Clara, la librera, me había recomendado un par de libros para Ezequiel y logré sorprenderlo (una cosa más para incluir en mi lista de agradecimientos para ella).
Ezequiel me recomendó que mirara Blade Runner, yo me ufanaba de haberle regalado libros de autores que él no había leído, Sacha corría alrededor nuestro. De repente se levantó una tormenta. Era una con todas las de la ley, corrimos para guarecernos. No podíamos entrar a un bar a esperar que pasara, no nos dejarían con el perro, y nos costó bastante trabajo encontrar un techo que nos protegiera.
Cuando lo encontramos estábamos empapados.
—Me parece que ya no tiene sentido protegernos —dijo Ezequiel.
Yo estaba asombrado por lo violento de la tormenta, lo rápido que se había desatado y porque en calles que antes estaban llenas de gente, en ese momento no se veía un alma. Las ventanas de las casas estaban cerradas. Se lo comenté.
El se quedó serio un rato y luego dijo:
—El SIDA es como una tormenta, nadie quiere sacar la cabeza para ver qué hay afuera.

XXX

Ese fin de año lo pasamos en casa. Mamá había preparado el menú, desde principios de mes. Una semana antes ya estaba cocinando (evitó el pollo con hierbas). Uno de los motivos de celebración era mi ingreso al Nacional Buenos Aires.
Cuando llegó el 31 de diciembre todo parecía estar en orden, mi madre no había dejado ningún detalle librado al azar. Todo estaba planificado.
Al llegar Ezequiel, sólo con verlo, me di cuenta de que hay cosas que no se pueden prever. Había adelgazado mucho desde la última vez que estuvimos juntos, poco más que un mes atrás, su mirada no tenía brillo, se lo veía débil. Y él lo sabía.
Mis padres, como siempre, se empeñaron en hacer de cuenta que nada sucedía. Pero la verdad era tan evidente, que por primera vez les agradecí sus esfuerzos vanos.
Comimos en silencio. Cada vez que alguien intentaba entablar una conversación, se interrumpía a sí mismo, aún dejando la frase por la mitad.
Esta vez no era yo solo el que veía la sombra del ave de rapiña volando en círculos sobre la mesa familiar.
Terminamos de comer pasadas las once. El tiempo que pasó hasta el momento del brindis fue eterno.
Fue la segunda vez que tomé champagne. En el momento de las doce campanadas, toda la familia levantó sus copas. Pero, ¿cómo desearle feliz año a alguien que probablemente no lo termine?
Me acerqué a Ezequiel y le dije un "te quiero" apenas susurrado. El me abrazó y me dijo: "Yo también".
Era todo lo que necesitaba oír.

XXXI

Pasó el verano, no nos fuimos de vacaciones, sólo unos días al campo de la abuela, unos pocos días debería decir, no llegaron a ser diez. Y no vi a Ezequiel hasta marzo. Hablábamos por teléfono casi a diario, ya no ocultaba mi interés por él. Mis padres lo tomaron con resignación, pero tampoco estaban dispuestos a dejarme ir a verlo.
En marzo, con el comienzo de clases, volvía a gozar de una pequeña libertad. En el colegio me anoté en varias actividades extra curriculares, que me permitían estar más tiempo en la Capital. Mi idea era que cuanto más tiempo estuviera alejado de San Isidro, más posibilidades tendría de ver a Ezequiel.
A mediados de marzo volví a su casa. Llegué sin avisar. Ezequiel estaba trabajando. Desde que lo habían echado del estudio hacía pequeños trabajos como freelance, y sospecho que la abuela lo ayudaba económicamente. Jamás se lo pregunté a ninguno de los dos, ni ellos tampoco me lo comentaron.
Se alegró mucho de verme, lo sé. Estaba más delgado que la última vez. Su salud estaba muy deteriorada, cualquier germen que estaba por el aire él se lo agarraba. Tomaba vitaminas y, me contó, había días que no tenía fuerzas para hacer sus caminatas.
—Sabía que cuando empezaran las clases ibas a volver. Lo sabía —me dijo—. Te tengo un regalo.
Y me regaló una foto. La foto era en blanco y negro. Estaba toda oscura, en el centro había una vela iluminando parte de un pentagrama. El pentagrama estaba en clave de Fa (la clave con la que se toca el chelo).
Esa vez no necesité preguntarle nada.

XXXII

Una mañana de domingo, por esa época, había ido hasta el shopping a comprar un libro y me encontré con unos amigos de papá.
—Nos enteramos de lo de Ezequiel —dijeron después de preguntarme por el colegio, la familia y esas cosas. Bastante incómodo es para un niño encontrarse con amigos de su padre en un lugar tan impersonal como un shopping, como para también tener que hablar de cosas tan delicadas como la enfermedad de su hermano. Me quedé callado.
—Es una enfermedad terrible... —insistieron.
—Si...—balbuceé.
—...la leucemia...
—¿La...leucemia..?
—Sí claro. Leucemia. La enfermedad de Ezequiel. Pobrecito.
No recuerdo si les contesté, sé que me fui indignado. Mis padres, al no poder evitar la evidencia de que Ezequiel se iba a morir, tuvieron que inventarle una enfermedad. Como si fuera más digno morirse de leucemia que de SIDA. Como si fuera indigno ser sidoso. Como si en la muerte hubiera alguna dignidad.

XXXIII

Todos los muertos están solos. Todos.
Ezequiel en el cajón parecía más solo todavía.
Tenía la soledad de los muertos, de todos los muertos, pero también, la soledad de la muerte joven. La soledad de una muerte negada por su familia.
Alguien dijo una vez, no sé quién, que el SIDA es como la guerra, son los padres los que despiden a sus hijos.
Ezequiel no tuvo esa suerte. La abuela y yo solamente lo acompañamos hasta el final.
Cuando Ezequiel murió, papá estaba de viaje de negocios.

XXXIV

Una de las tantas tardes que pasé en su casa ese último año, le hablé de Natalia. Era una compañera del taller de periodismo del colegio. A mí me fascinaba. No sólo era bella, bella es la palabra justa, no entraba en los cánones de la hermosura convencional, era inteligente e irreverente. Tan distinta a todas las chicas que había conocido hasta entonces.
—Sacha, me parece que nuestro joven invitado se nos ha enamorado —dijo aplaudiendo.
Esa actitud me fastidió.
—No me jodas, Ezequiel. Yo te cuento de una chica que me gusta. Que no sé qué hacer.
Que tengo miedo a que me rechace y vos me tomás el pelo.
—Miedo al rechazo...Hermanito, voy a decirte algo, tal vez lo único que aprendí en mi corta vida. Si la cuerda no fuera delgada, no tendría gracia caminar por ella.

XXXV

Una semana antes de cumplir los trece, Ezequiel me pidió que un día antes de mi cumpleaños fuera a su casa, que faltara al colegio si era necesario, pero que tenía que estar ahí. Le pregunté por qué, ese día me tocaba taller de periodismo y eso significaba ver a Natalia, se lo expliqué, insistí.
—Sorpresa, sorpresa —dijo, y no dijo nada más.
Obviamente estuve allí.
Me sirvió té con masas. Charlamos de vaguedades, yo estaba muy ansioso, quería saber cuál sería el motivo de tanto misterio. De repente se levantó y trajo el chelo. Se sentó. Y sin decir palabra se puso a tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach.
Yo ya la sabía de memoria, la escuchaba a diario en diferentes versiones: la de Pablo Casals, la de Lynn Harrell (mi preferida), la de Rostropovich.
Ahora la escuchaba en la versión de Ezequiel.
Es una pieza tan difícil de tocar bien, que sólo los grandes chelistas se animan a ejecutarla en público.
Indudablemente la versión de Ezequiel no tenía la calidad de las versiones que yo conocía, estaba más cerca de ser un ejercicio de digitación que otra cosa, pero tenía tanto amor en cada nota, tanto sentimiento. Una Suite de tal complejidad sólo se puede ejecutar bien después de años de esfuerzo y con mucho talento.
La versión de Ezequiel era puro sentimiento.
Yo no paraba de llorar.
Cuando finalizó nos abrazamos y lloramos juntos.
La semana siguiente lo internaron por última vez.

XXXVI

Los últimos tiempos de Ezequiel, los de su deterioro físico, son demasiado dolorosos para recordarlos en este momento.

XXXVII

El día del entierro comprendí por qué en las películas los funerales se filman siempre con lluvia. En el cementerio donde lo enterraron los pájaros cantaban, había flores, el césped brillaba. Comprendí que la luz del sol es despiadada, son las sombras las que nos protegen.
Ningún gesto se escapa de la vista de los demás. Ningún rictus de dolor. Con tanta luz, tanta claridad, era más dramática aún la idea de la muerte.

XXXVIII

Los últimos días antes de morir, Ezequiel tenía momentos de lucidez y momentos de delirio. Podía estar hablando normalmente y de repente perder el hilo de la conversación.
Estaba durmiendo cuando llegué a la habitación, la abuela aprovechó mi arribo para ir a tomar un café.
Me senté al lado de la cama y le tomé la mano, mientras se la acariciaba se despertó.
—¿Sabés? Yo te enseñé a caminar.
—Sí, lo sé.
—Vaya paradoja, yo te acompaño en tus primeros pasos, y vos me acompañás en los últimos...
—No digas boludeces, Ezequiel.
Sonrió. Cerró los ojos un rato, cuando los volvió a abrir me dijo:
—He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion...
Está delirando otra vez, pensé. Volvió a sonreír, me apretó la mano. Cerró los ojos y se quedó dormido.
Nunca más los volvió a abrir.

XXXIX

Después que murió Ezequiel nos convertimos durante un tiempo en una familia de fantasmas. Pasábamos por la casa sin vernos. Sin hablarnos.
Poco a poco todo fue volviendo a la normalidad. Mi madre a sus plantas. Mi padre a sus negocios. Y yo, bueno, yo tenía muchas cuentas que cobrarme con mis padres por su trato a Ezequiel.
Pero no tuve el valor.
Seguí dedicándome al colegio, al estudio y a los libros.
Ahora, que terminé el colegio (no logré medalla de oro), me voy a estudiar a una universidad de los Estados Unidos.
No tengo otra forma de irme de aquí.
No sé si voy a volver. Siento que cada vez son menos las cosas que me atan a este lugar.

XL

Hay una cosa que admiré de Ezequiel. A pesar de todo nunca perdió el entusiasmo, ni la alegría. Nunca se entregó.
—Ninguna enfermedad te enseña a morir. Te enseñan a vivir. A amar la vida con toda la fuerza que tengas. A mí el SIDA no me quita, me da ganas de vivir.

XLI

Al mes del entierro de Ezequiel, la abuela vino a verme.
—Antes de la internación, Ezequiel me pidió que te diera esto. Y me dio un video casete. Era Blade Runner.
—He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion.
Rayos "C” brillando en la oscuridad cerca de Tannhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
—No sé por qué me salvó la vida. Quizás en los últimos momentos amó la vida más que nunca. No sólo la suya, la de cualquiera... la mía. Buscaba las mismas respuestas que buscamos todos. ¿De dónde vengo? ¿Adonde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Y sólo pude verlo morir.

XLII

Ya amaneció, pasé toda la noche en vela.
Acaba de venir mi madre para avisarme que ya están listos para ir al aeropuerto.
Recién terminé de afinar el chelo por última vez, nunca aprendí a tocarlo, ni lo intenté. Pero, tanto en tanto, lo saco de su estuche, lo limpio y lo afino.
Mi padre me grita que vamos a perder el vuelo. No importa, hay tiempo. El es de los que llegan, por las dudas, dos horas antes del embarque al aeropuerto.
Natalia va a estar en Ezeiza para despedirme. Irá a verme en dos meses. Nada me gustaría más.

XLIII

Ayer volví, después de tantos años, al río.
El agua, las piedras, los árboles, el viento, son los mismos.
Yo ya no soy el mismo.
Ya no me pregunto cómo será mi destino.
Le debo a Ezequiel el haberme enseñado que la vida no es más que eso: Asomar la cabeza, para ver qué pasa afuera, aunque haya tormenta. Y una Suite de Bach.

parte 1:http://www.taringa.net/posts/info/3723842/Los-Ojos-Del-Perro-Siberiano_Muy-buena-novela.html