Hay una katana apoyada contra la pared, junto a mi mesa de noche. Es made in China y no tiene filo, pero su valor como arma penetrante y contundente suple satisfactoriamente su incapacidad como arma cortante. Bajo la cama, al alcance de mi brazo, descansa una vieja mochila de colegio, en cuyo interior languidece una caja de fósforos, una botella plástica de litro y medio llena de agua (que renuevo diligentemente cada semana), una navaja multiusos (abrelatas incluido), un obsoleto personal stereo a pilas, un catálogo Turistel, algo parecido a un botiquín de campamento y algunas otras cosas de restringida utilidad cotidiana.
Uno de mis peores temores es estar lejos de esa mochila el día en que llegue el holocausto zombie.
A veces se lo explico a la gente y veo en sus rostros expresiones de incredulidad, pero estoy relativamente seguro de que no estoy loco ni soy idiota. Sé, por ejemplo, que si despertara en medio de la noche respirando humo y escuchando las sirenas de los bomberos, dejaría la mochila y trataría en cambio de salvar mi laptop, mis cómics, mi billetera (dando por sentado que todo lo vivo ya se encuentre a salvo, desde luego). También sé que en caso de terremoto no tiene ningún sentido correr por los pasillos del edificio buscando un extintor, y que la forma de sobrevivir a un bombardeo atómico no es ocultarse bajo la mesa.
Cada emergencia es diferente, y me parece ridículo prepararse para unas y olvidarse de otras porque... bueno, son emergencias y llegan sin aviso (saber que el martillito rojo rompe el vidrio del autobús o cómo se inflan los salvavidas del avión no resulta muy útil cuando la lava se acerca por las laderas del volcán). Pero claro, tampoco estoy hablando de convertirse en un paranaico obsesivo compulsivo. Es evidente que hay peligros más inminentes que otros.
Chile es un país sísmico, amenazado con tsunamis por un lado y erupciones volcánicas por el otro, sequías en verano e inundaciones en invierno, asaltos e incendios a cualquier hora y en cualquier lugar. Como uno no tiene tiempo para todo, se entrena para enfrentarse a las más probables y dañinas de estas situaciones (terremotos, por ejemplo), y trata de acostumbrarse a todo lo demás.
Es comprensible: un incendio, a menos que se parezca al de Londres de 1666, no va a matar a la mitad de la población. El sistema funciona de manera más o menos automática, y una plaga de gusanos o el congelamiento de las cosechas, por muy devastador que sea, no va a destruir el país.
Además, incluso si uno no se prepara para nada en absoluto, tiene bastantes posibilidades de sobrevivir, si se puede confiar en la eficiencia de los bomberos, los carabineros, los militares, los paramédicos, la armada, etcétera (supongo que hasta cierto punto, se puede).
PERO.
¿Pero qué pasa con el holocausto zombie?
¿Dónde están las luces en el suelo indicando la mejor manera de escapar de las hordas de muertos vivientes?
¿Dónde están los carteles en las postas y los hospitales aconsejando decapitar e incinerar a los familiares infectados?
¿Dónde se llevan a cabo Operaciones Cooper (anteriormente Dayse) que enseñen a los niños a levantar barricadas y abandonar a su suerte a los más débiles?
La respuesta a todas estas preguntas es la misma: en ninguna parte. El gobierno y la gente que apoya o critica al gobierno nunca se ha tomado en serio la posibilidad de un holocausto zombie, y el resto de la población, que es mayoría y vive al margen del gobierno, vegeta en una ignorancia supina, seguros de que una cosa tan "de cine B" nunca tendrá lugar.
Pues bien, que retocen estúpidamente en su fe ciega: porque para el sobreviviente, lo único más peligroso que un zombie es otro sobreviviente.

¿Qué hacer ANTES?
En seguida detallaremos algunos de los pasos a seguir una vez que los muertos recorran las calles, pero por el momento dediquemos unas líneas al menospreciado arte de la previsión.
Ciertamente, el holocausto zombie puede pillarnos en cualquier parte. En el baño de un pub. En un vagón del metro. En medio de la cordillera. En cualquier parte. Lo mejor que podemos hacer al respecto es conocer nuestro entorno, las entradas y salidas, las rutas aledañas a los lugares que más frecuentamos, la presencia o ausencia de farmacias, ferreterías, talleres mecánicos, supermercados, comisarías, etc. Esto ayudará a que, en el momento de la huida inicial, lleguemos lo antes posible a nuestro refugio predilecto (o a un refugio, al menos). A la vez, puesto que una ciudad infestada de cadáveres cerebrófagos no es fácil de explorar, podremos economizar cualquier salida "a la superficie" conociendo de antemano nuestro destino a saquear.
El otro punto a tener en cuenta es la mochila de emergencias.
Es virtualmente imposible tener siempre a mano aquello que más nos convendría. No podemos ir a todos lados con una mochila llena de bártulos de campamento como si esto fuera Baghdad, pero no estaría mal tener preparada una bolsa con elementos de supervivencia a la que podamos acceder con relativa facilidad. Claro que hay que tener dos cosas en cuenta: primero, no conviene poner todos los huevos en una canasta, así que si en lugar de una mochila preparamos dos o tres "bananos" o estuches de emergencia, y los guardamos en distintos lugares (uno en la casa, otro en el trabajo, etcétera) aumentarán nuestras probabilidades de éxito. Segundo, la mochila debe ser accesible, y no retrasar nuestra -ojalá innecesaria- huida, pero no debe estar demasiado a la vista o corremos el riesgo de perderla a manos de alguien más (no sólo un superviviente avispado, sino tal vez un simple y odioso ladrón pre-holocausto).
En cuanto al contenido de la bolsa de emergencia, éstos son algunos de los elementos fundamentales:
- Botella plástica de agua, de entre medio litro y dos litros (es importante renovar el agua periódicamente);
- Fósforos (dos o tres cajas cuando menos) o encendedores (idealmente con recarga);
- Navaja multiusos (o cuando menos, cuchillo, abrelatas y destornillador);
- Una pequeña cantidad de alimentos no perecibles (por ejemplo, una lata de atún y un paquete de galletas de salvado); y
- Un botiquín (lo esencial es un desinfectante, algunas vendas, unas hebras de catgut o incluso hilo de coser y agujas).
Una buena mochila para el holocausto zombie, que también puede llegar a servir en caso de invasión extraterrestre, puede incluir algunas cosas más: unos mililitros de cloro para potabilizar agua, una radio con pilas, un mapa rutero, etcétera. Sin embargo, hay que evitar que el bolso termine siendo demasiado pesado o voluminoso, convirtiéndose en un impedimento a la hora de correr o escabullirse de las putrefactas garras de los zombies.
Finalmente, es importante que recordemos que todo esto es sólo una precaución, y no el imprescindible bastión que nos protegerá de la zombificación. Del mismo modo que resulta estúpido aferrarse a la esperanza de encontrar a familiares perdidos, sería una locura obsesionarse con la mochila. Si estamos demasiado lejos de cualquiera de los bolsos ocultos, debermos olvidarnos de ellos y seguir adelante. Una de los aspectos básicos del plan de supervivencia, como veremos más adelante, es éste: nunca regresar en busca de algo o alguien.
Por último, antes de pasar al holocausto en sí, dos consejos generales, útiles incluso si llegas a morirte antes de que el infierno esté demasiado lleno para seguir aceptando almas:
1) Disfruta la vida al máximo. Puede parecer una cursilería new-age, pero un sobreviviente lleno de fantasmas del pasado no va a durar mucho. Los recuerdos de un tiempo mejor están bien; la culpa y los remordimientos, no.
2) Sácate provecho. Si no sabes conducir, aprende ya. Si no sabes nadar, inscríbete en alguna piscina o pídele ayuda a un amigo. Si tienes la oportunidad de ver cómo se arregla un motor o cómo se construye una radio casera, aprovéchala. Cualquiera de estas cosas puede salvarte la vida cuando llegue el holocausto (sea zombie, nuclear, meteorítico o alienígena).

El día de los muertos
Y entonces, un día cualquiera, mientras cenas con tu familia en Navidad o mientras te duchas antes de ir al trabajo un miércoles o mientras duermes en un hotel en Estambul o vas a la playa en bicicleta, llega el holocausto zombie. Las posibilidades son infinitas, y cada situación conlleva ventajas y desventajas (casi siempre esto último), pero no es la intención de este artículo hilar tan fino. Al final del texto se encuentra una breve lista de lecturas y películas recomendadas, cada una de las cuales aporta diferentes ideas e ilustra situaciones específicas y algunas formas de enfrentarlas.
En estas líneas, sin embargo, vamos a enfocarnos en las generalidades.

1. Cuando el holocausto llegue, llegará de improviso. No será un meteorito que llevamos meses observando con nuestros telescopios, ni un tsunami en una ciudad costera en el borde de una placa tectónica. No sólo eso: será rápido. Desde la aparición del primer zombie al colapso completo a nivel global no pasarán más de 36 horas, por lo que es esencial reaccionar con rapidez. De hecho, si nos ponemos en el peor de los casos y el brote se produce en nuestra propia localidad, tendremos sólo unas cuantas horas para poner en marcha nuestro plan de supervivencia.
Es fundamental mantener la calma y no dejarse llevar por el desconcierto.
No hay forma de saber en qué forma se presentará la catástrofe. Puede disfrazarse de revuelta social, accidentes aislados, confusos especiales de prensa... De cada cual depende saber a qué detalles prestar atención y cuándo tomar la decisión de huir, pero algo es seguro: si empieza a llegar mucha gente a los hospitales y nadie sabe por qué, es buen momento para ser suspicaz.
En el reducido tiempo con que contamos debemos enfocarnos en llegar a nuestra guarida. Si el lugar en cuestión se encuentra a más de una o dos horas de distancia, puede que sea mejor improvisar un escondite temporal (y ojalá llevar allí una de las mochilas de emergencia). En ningún caso debe perderse un solo segundo intentando encontrarse con alguien más, ni saqueando antes de tiempo ni revisando si el computador está apagado. Por supuesto, sí que se puede llamar por celular (nunca por teléfono fijo a menos que haya uno en nuestro refugio) a los seres queridos para ponerlos sobre aviso y, por si acaso, despedirse de ellos. Si conocemos a otra gente preparada para el holocausto, éste es también el momento de comunicarnos con ellos y hacer un repaso veloz del plan, además de recabar y compartir información útil al respecto.
Desde luego, la invasión de los muertos puede desatarse durante la noche, y entonces habrá que atender a las señales que lleguen desde el exterior en la mañana: calles demasiado silenciosas o calles llenas de ambulancias y vehículos policiales (o militares), cortes de luz, estática radial o televisiva, etc. Los domingos y los días festivos son especialmente traicioneros en ese sentido, y es aconsejable ser más cuidadoso de lo normal al salir de casa.
Alternativamente, si estamos en las afueras de una ciudad o en una localidad pequeña, es mejor olvidar la guarida urbana y tratar de refugiarse en la menos poblada campiña. Si es por ponerse a soñar, un barco o una guarida flotante es casi tan bueno como un búnker antinuclear.

2. El refugio, se encuentre donde se encuentre, debe cumplir varias condiciones:
a) Debe ser robusto y sencillo, fácil de mantener y defender por una sola persona. Es aconsejable tapiar las Ventanas y construir barricadas en cada posible entrada. Los refugios en altura son especialmente deseables, siempre que exista alguna manera de descender al nivel de la calle si es necesario (cuerda, escaleras de incendios, techos de edificios vecinos, etc).
b) Debe contar con al menos dos vías de escape rápidas. Rara vez permaneceremos en una guarida más de unos cuantos días, a menos que esté en un lugar apartado de la civilización, y es importante que no se convierta en una trampa mortal y resultemos vencidos por el hambre o la sed (o la falta de aire) en vez de por los zombies.
c) Debe pasar desapercibido, tanto para los muertos como para otros humanos. Mantén las luces apagadas y no hagas ruido. Al menos durante los primeros días, debemos resistir la tentación de buscar la ayuda del gobierno o la compañía de otros sobrevivientes. Existen excepciones, por supuesto, y depende de cada individio juzgar la utilidad o peligrosidad de otros no infectados, pero no hay mucho más que decir a este respecto: al igual que en una sociedad no atacada por zombies, a veces un buen amigo puede traicionarte, a veces un completo extraño puede salvarte la vida, y a veces no puedes confiar ni en ti mismo.
d) Debe estar bien aprovisionado. Éste es uno de los aspectos más complicados. El contenido de nuestra mochila de emergencia, si la tenemos, será suficiente para un día como máximo, así que necesitamos asegurarnos de tener comida y agua para al menos una semana. Tras este tiempo, el caos inicial habrá dado paso a un horror más uniforme y rutinario, y el 99% de la población habrá pasado a engrosar las filas de los muertos vivientes, que son enemigos mucho más predecibles que los saqueadores, los militares y las multitudes asustadas.
Durante las primeras horas del holocausto, antes de que todos los servicios públicos dejen de funcionar, debemos llenar tantos recipientes de agua como nos sea posible. No sólo botellas y ollas, sino lavamanos y bañeras y tanques de excusado. Si no nos hallamos en el refugio deseado, es hora de inventariar las provisiones, pero incluso si son escasas o nulas no hay que desesperarse e intentar saquear alguna casa o local cercano. Mejor pasar hambre unos cuantos días antes de aventurarse a salir.
Lo óptimo, evidentemente, es contar con alimentos no perecibles, pero en caso contrario todavía podemos aprovechar para cocinar todo aquello que pueda pudrirse (los refrigeradores dejarán de funcionar pronto). Lo más fácil es arrojar lo que haya a una cacerola con agua hirviendo y cocerlo.
Por supuesto, todo esto única y exclusivamente una vez que estemos seguros de cumplir con los requisitos a) y b), cuando menos.

3. No importa si los zombies son el producto de un experimento secreto fallido (o exitoso), tienen un origen místico o provienen de otra dimensión, ni si son rápidos y pseudo-inteligentes o torpes y estúpidos, una cosa es segura: son contagiosos. Lo más aconsejable por tanto es mantenerse lejos de ellos. Tratar de capturar un especimen para su estudio, o con la esperanza de sanar la enfermedad, o por pura y morbosa diversión, es una soberana estupidez. La única razón válida para acercarse a un zombie, no hablemos ya de enfrentarse a él, es la necesidad de buscar comida o encontrar un refugio, o, en última instancia, la huida.
Si este es el caso, es crucial protegerse adecuadamente. Se aconseja vestir varias capas de ropa, vendas o trapos alrededor de las muñecas, el cuello y cualquier sección de piel descubierta, guantes, casco, gafas y mascarilla, tratando siempre de encontrar el equilibrio entre blindaje y rapidez. Enfundarte en una armadura medieval puede mantener a raya las uñas y colmillos, pero no te llevará muy lejos antes de que quedes inmovilizado bajo el peso de decenas de cadáveres babeantes.
En el caso de una plaga provocada por una nube tóxica o un virus aéreo, debe considerarse también el uso de una máscara antigases, aunque aquí lo conveniente es mantenerse lejos no sólo de las manadas de no-muertos, sino de cualquier sitio con aspecto civilizado, desde capitales nacionales a faros aislados y carreteras perdidas. La mayoría de las veces la maldición afecta solamente a la especie humana*, así que convertirse en montaraz y pasar una temporada en la montaña no es una mala idea, mientras más alto, mejor (es razonable hipotetizar que las bajas temperaturas enlentecerán a los zombies, y los gases venenosos son más efectivos cuanto más densos, por lo que tienden a bajar, no a subir).
Como ya se ha dicho, los enfrentamientos son absurdos y contraproducentes, y aunque un arma en el equipaje siempre puede resultar útil, sobretodo contra otros sobrevivientes, no es tan importante como en otros tipos de catástrofes o escenarios apocalípticos. En primer lugar, los zombies ya están muertos, y acuchillarlos o acribillarlos no sirve de nada. Ni siquiera está del todo claro que la decapitación acabe con ellos, aunque existe cierto consenso al respecto. De todos modos, si uno tiene el raro privilegio de poder escoger un arma, lo óptimo es un fusil de asalto o arma de alto calibre similar. A menudo se mencionan las escopetas como el arma definitiva anti-zombies, pero aunque tienen un poder de dispersión envidiable y definitivamente útil (la precisión es lo de menos en estos casos), su alcance no es muy bueno. Lo ideal es un arma automática con la que puedas disparar ráfagas a 200 o más metros de distancia. Por último, hay que recordar que un arma sólo debe emplearse en un momento de extrema necesidad, no sólo porque la munición es difícil de encontrar, sino porque el ruido puede atraer a más zombies (o cosas peores).
Las armas cuerpo a cuerpo en tanto, deben considerarse simplemente como herramientas, porque sería un suicidio combatir con ellas a los muertos vivientes.
Finalmente, mencionemos una de las formas destructivas más eficaces y antiguas conocidas por el hombre: el fuego. Antes de ponerse a rociar zombies con gasolina y lanzarles cigarrillos encendidos, hay que pensar en el entorno. Los zombies no sienten dolor, y no van a tirarse al suelo a rodar o a buscar agua, sino que seguirán deambulando o atacando normalmente hasta que se hayan consumido del todo. Pero eso puede tomar bastante tiempo, suficiente para que el fuego pase de un zombie al siguiente y llegue a las construcciones aledañas, con el resultado probable de uno o varios incendios de grandes proporciones. No es nada de lo que preocuparse si se pretende abandonar el sector, pero puede ser problemático si uno termina rodeado por las llamas.
Como en todos los aspectos de la vida, la mejor arma es el cerebro (figuradamente hablando, claro; arrojar cerebros a los zombies sólo los hará más fuertes). En un holocausto zombie, la impulsividad y la perdición van de la mano.

¿28 días, semanas o meses después?
¿Cuánto dura un holocausto zombie?
¿Cuánto tiempo pasa antes de que los cadáveres animados alcancen tal grado de putrefacción que resulten virtualmente inofensivos, incapaces de caminar, rasgar y morder? ¿Cuánto tiempo para que el agente infeccioso desaparezca de la atmósfera o se descomponga en la sangre coagulada de los muertos vivientes?
¿Desaparecerá la amenaza una vez muerto (o re-muerto) el último zombie? ¿O acaso una vez muerto el último hombre, ya sea por mordedura necrófaga, enfermedad o vejez, se habrá librado el planeta por fin de la molesta raza humana?
¿Se propagará la plaga/maldición a lo largo de incontables generaciones, oculta en cuerpos momificados o portadores ignorantes, vectores animales o vegetales, tubos de ensayo perdidos...?
No lo sabemos. Pero ya que el optimismo es uno de los peores peligros a los que se enfrenta el sobreviviente de un holocausto zombie, es bueno considerar el peor escenario posible.
O sea, que la humanidad no va a recuperarse y la civilización no va a resurgir. Lo que el meteorito mágico les hizo a los dinosaurios los zombies se lo harán al hombre. Fin.
Si uno ha sobrevivido hasta este punto, sería una idiotez terminar suicidándose por la depresión causada por la soledad, pero en última instancia, no hay muchas opciones. Tras unos primeros días vertiginosos y viscerales, la concentración de adrenalina en la sangre comenzará a disminuir, y a medida que nos alejemos del peligro zombificador en el tiempo y el espacio, las preguntas silenciadas durante el escape regresarán con fuerza renovada. ¿Vale la pena vivir así?
Tal vez.
Tal vez no estás solo. Hasta el cínico más nihilista sabe que hay personas en las que se puede confiar (muy pocas, pero las hay). Por otra parte, hay quienes no sólo soportan sino que prefieren la soledad, ermitaños de corazón cuya única compañía es el silencio. Pero todo esto es cuestión de cada uno.
La idea de este texto es dar pistas para sobrevivir, no consejos sobre cómo vivir. Cada uno encontrará razones para continuar luchando o rendirse una vez que la amenaza zombie haya quedado atrás.
Pero me sabe mal terminar un artículo sobre supervivencia de una manera tan oscura, así que voy a ponerme por un instante en el otro lado de la calle: después de un tiempo relativamente corto (digamos, unos dos años, a lo sumo), los zombies han sido derrotados, ya sea por las bacterias y los gusanos, la falta de cerebros y el hambre concomitante, las fuerzas armadas (humanas o divinas) o una mezcla de estos y otros factores.
Sea cual sea el caso, el peligro sólo acaba de aumentar.
Los seres humanos "normales" son muy a menudo peores que los zombies (i.e. lo único peor que un muerto viviente es un vivo viviente). Conviene mantenerse alejado de ellos durante un buen tiempo, observando de lejos si es posible el proceso de reconstrucción social, si lo hay. Dependiendo del grado de devastación provocado por el holocausto, no sería rara una regresión de la humanidad a una cultura tribal, el surgimiento de tiranías militares, la proliferación de movimientos del tipo "caza de brujas", leyes marciales, esclavitud, canibalismo y cosas peores. Pero si los muertos efectivamente han vuelto a sus tumbas, tarde o temprano (más tarde que temprano) la civilización se irá poniendo en pie, y llegará el día en que las leyes, la corrupción, la rutina y el arte difuminen el recuerdo de una época terrible y sanguinaria. El hombre es un animal de costumbres y olvida pronto, y si la humanidad se ha recuperado tan rápidamente de cosas como la Peste Negra o Segunda Guerra Mundial, no hay razones para creer que no podrá recuperarse del Holocausto Zombie.
Eso sí, aun cuando los campos vuelvan a sembrarse y la gente vuelva a bajar cómics de la internet, es mejor alargar el aislamiento unas semanas más, hasta estar completamente seguros de que no habrá un rebrote zombie (recuerden el viejo adagio radial: el hombre que no es informado, terminará convertido en pulpa). Entonces, y sólo entonces, podremos aventurarnos a volver a la normalidad.
Asegurándonos, claro, de preparar unas cuantas mochilas de emergencia.

La práctica hace al maestro
Haber experimentado diez, veinte o treinta temblores de tierra, de alrededor de grado 4 en la escala de Richter, no es preparación suficiente cuando llega el terremoto grado 9. Una persona precavida cuando menos buscará información en internet sobre lo que debe hacerse o dejar de hacerse en caso de sismo, y una persona muy precavida tratará de llevar a cabo simulacros y elaborar un plan de acción apropiado.
Del mismo modo, leer unos cuantos párrafos en un especial sobre zombies no basta. No basta tampoco haber visto unas cuantas películas graciosas o de serie B, ni saber usar una motosierra, ni haber jugado un par de Resident Evils. Eso sirve, claro, pero no es suficiente.
A continuación se presenta una lista (resumida y antológica) de libros, películas, cómics y websites no sólo buenos y entretenidos, sino increíblemente útiles. No todos tratan sobre holocaustos zombies, pero sirven igualmente a la hora de alimentar el acervo cultural del superviviente. No se incluyen videojuegos porque por muy divertidos que sean, los videojuegos están hechos para estimular la curiosidad y el enfrentamiento, cosas que generalmente conducen directamente a un Game Over, y en el mundo real no hay Continues**. Como mucho, vale la pena entrenar la puntería y la velocidad de reacción con el House of the Dead y otros FPS.
Por supuesto, hay muchos otros títulos sobre muertos vivientes, pero se han escogido los que tratan el tema con cierto grado de seriedad y realismo, y que muestran formas de sobrevivir al holocausto zombie. Por mucho que Lionel Cosgrove sea un ídolo de multitudes (¡salve, Lionel!), no es aconsejable lanzarse contra una horda de no-muertos blandiendo una cortadora de césped.

LIBROS
- The Zombie Survival Guide (2003), por Max Brooks. Esencial por donde se mire. Este tipo aprovechó el boom necrofílico de principios de siglo para escribir un manual muy pero que muy bueno. Aunque su explicación del fenómeno zombie tiene un carácter pseudocientífico bastante iconoclasta, los zombies son zombies aquí y en China, y sus consejos para sobrevivir no tienen precio. Imprescindible. Tiene una continuación llamada World War Z (2006).
- The Day of the Triffids (1951), por John Wyndham. No hay zombies, pero a diferencia de lo que pasaba en muchas películas de la época, el protagonista es un tipo a imitar. Aparte de su suerte inicial, se las arregla fenomenalmente.
- Lucifer's Hammer (1977), por Larry Niven y Jerry Pournelle. Tampoco va de zombies, sino de meteoritos, pero en caso de que los zombies sean derrotados, da una buena idea de qué hacer después de eso.
- The Road (2006), por Cormac McCarthy. No es la novela más esperanzadora del conjunto, pero seguramente sí la más realista.

PELÍCULAS
- Dawn of the Dead (1978), de George Romero y de nuevo Dawn of the Dead (2004), por Zack Snyder. No hay mucho que decir al respecto. Si no has visto estas dos películas, ya estás muerto. Lo mismo puede decirse de Zombie 2 (1979), de Lucio Fulci.
- 28 Days Later (2002), por Danny Boyle y 28 Weeks Later (2007), por Juan Carlos Fresnadillo. En éstas la condición de zombie es causada por un virus, pero ninguna de las dos películas, ambas fabulosas, se estanca en el aspecto científico de la plaga. Cada film es no sólo una obra de arte visual y sonora, sino un compendio de cosas que pueden salvarte la vida y una lista de cosas que te harán acabar en el estómago de un zombie. Además, si hay niños muertos, sabes que la cosa va en serio.
- Allein (2005), de F.W. Murnau, reseñada en este mismo blog hace un tiempo.

CÓMICS
- The Walking Dead (2003-presente), por Robert Kirkman y Tony Moore/Charlie Adlard. Un cómic excelente de un excelente creador. Adulto, realista, tal vez un poco demasiado yanki, pero en cuanto a concepto y utilidad, es al noveno arte lo que el remake de Dawn of the Dead es al séptimo.
- Blackgas (2006), por Warren Ellis et al. Warren Ellis escribiendo sobre zombies, ¿necesitas algo más? Un cómic violento y desagradable, para desterrar de una vez por todas cualquier esperanza que tengas en la naturaleza humana (viva o muerta).

WEBSITES
- Zombie Preparedness Initiative. Página completísima con un montón de artículos y secciones. Especialmente aconsejable la sección Staying Alive.
- Zombie Squad. Además de dar conferencias y seminarios y realizar convenciones y simulacros de vez en cuando, los chicos del Zombie Squad tienen una excelente lista de componentes útiles para la mochila de emergencia (Bug-Out Bag, BOB) en su sección de descargas.
- Captain Dave's Survival Guide. Una plétora de consejos para sobrevivir a todo tipo de catástrofes. No incluye específicamente a los zombies, así que hay que complementar la información con otras fuentes, pero sin lugar a dudas es un manual que hay que leer.
- Exit Mundi. Una fuente inagotable de conocimiento y paranoia. El holocausto zombie está incluido en la sección Religión.
- Zombie Infection Simulation. Si aún necesitas convencerte sobre lo difícil que es sobrevivir al holocausto zombie, revisa esta simulación. Y piensa que son zombies "de los viejos", no como los de ahora que corren y saltan y suben escaleras. Requiere Java.

Y eso es todo (ni de lejos; hay mucho más esperando en Google y Wikipedia).
Espero fervientemente que lo aquí expuesto ayude a alguno de los lectores a aumenar sus posibilidades de sobrevivir al inminente holocausto zombie, porque desde luego cuando éste llegue no voy a estirar mi mano para arrancar a nadie de las mandíbulas de un muerto.




link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=zzkJbWl45kU