Fairchild F-227 accidente en los Andes



El 13 de octubre de 1972 un avión uruguayo con 45 personas a bordo se estrelló en la cordillera de los Andes, a más de 4 mil metros de altura. Treinta y tres personas sobrevivieron al impacto, pero poco más de la mitad moriría en los días siguientes. Algunos a causa de las heridas provocadas por la colisión y otros sepultados por un alud de nieve que ocurrió después.

No tenían provisiones ni abrigos. Pese a ello, 16 hombres se sobre pusieron a todas las adversidades.

En 1970, el Old Christian Club, que era integrado en su mayoría por exalumnos del colegio Stella Maris, obtuvo por segunda ocasión el primer lugar en el campeonato nacional de Uruguay.

Para entonces el Rugby, se había colocado como un deporte popular. Fue así que en 1971 decidieron enfrentarse a equipos de Chile.




Como ellos debieron costear los viáticos, optaron por contratar un avión de la Fuerza Aérea uruguaya, que resultaba más barato que alquilar un charter comercial.

Una vez en Santiago de Chile jugaron dos partidos: uno ganado y otro perdido, pero fue tal el éxito que apenas regresaron a Uruguay comenzaron a organizar el del año siguiente.

Había algunos pequeños obstáculos. Uno de ellos era la renta del avión. El viaje estuvo a punto de cancelarse, pero finalmente lograron colocar el resto de las plazas “entre familiares, amigos y simpatizantes del equipo”.

Despegan

A las 8:05 de la mañana del jueves 12 de octubre de 1972 el Fairchild F-227 despegó del aeropuerto de Carrasco en dirección de Santiago de Chile.




En el avión viajaban cinco tripulantes y 40 pasajeros. La mayoría eran estudiantes alrededor de los 20 años, integrantes del Old Christian.

Como parte del viaje, había que atravesar la cordillera de los Andes, cuyas montañas oscilan entre los dos mil y siete mil metros. Pero la mayor altura que podía alcanzar el Fairchild era de seis mil ochocientos metros. Por lo que debían de atravesar la cordillera por algún paso donde las alturas fueran menores.




Al llegar a los Andes las condiciones climatológicas no eran apropiadas, por lo que debieron de aterrizar en Mendoza, provincia de Argentina.

Allí pasaron la noche y al día siguiente retomaron su viaje rumbo a Santiago.

Fatal descenso

Durante el trayecto el avión se mantuvo, en promedio, a unos 6 mil metros de altura. En determinado punto y previniendo que faltaba ya poco para llegar a el aeropuerto de Chile, comenzaron a descender.

Tras dar su ubicación, el Fairchild obtuvo aprobación de la torre de control para descender a 3 mil quinientos metros. En el descenso, penetro en una nube y de pronto el avión quedó envuelto en bolsas de aire que sacudieron el avión haciéndole perder altura.

Cuando salieron de la nube tenían frente a ellos una inmensa montaña nevada. El piloto trato de obtener altura y el F-227 se elevo un poco, pero el ala derecha tocó la ladera y se desprendió del fuselaje. Al pasar por encima de este, arranco la cola del avión.




Cinco personas salieron por el hoyo que quedó. Segundos después el ala izquierda se partió y una de las aspas de la hélice rasgo el fuselaje. Otras dos personas habían salido despedidas del avión.

Debido a la velocidad que llevaba, la aeronave siguió unos segundos más sin alas ni cola hasta detenerse en un gran valle.

Quedaron entre los picos nevados que separan Argentina de Chile, a mas de 3 mil 500 metros sobre el nivel del mar.

Los que resultaron ilesos trataron de curar a los heridos y retiraron el escombro del interior de lo que quedó del avión, acondicionándolo como refugio. Al llegar la noche se acomodaban unos al lado de otros para dormir.

En total, doce personas murieron en la caída y otros fueron falleciendo por heridas del accidente.




Pasarían dos meses en lo alto de la montaña con nada más que su ingenio, las pocas pertenencias y las ganas de vivir.

A su alrededor todo era nieve y por la altura, las temperaturas eran bastante bajas. Ellos en cambio, no llevaban ni abrigos ni guantes. Y tenían apenas un poco de comida: una botella de vino, mermelada y unas tablillas de chocolate.

Aunque en general estaban preocupados por la situación, los animaba la idea de que pronto irían en su rescate. Así que durante los días siguientes básicamente se dedicaron a racionar las pocas provisiones y a esperar.



“Durante los primeros días a cada uno le correspondió la medida de una tapa de desodorante cargada con vino, una cucharada de mermelada y una tableta de chocolate” relataría luego Carlos Páez, uno de los sobrevivientes.

Sin embargo, pasada poco más de una semana se enteraron por la radio que se había abandonado la búsqueda. Entonces entendieron que si querían salir de ahí debían de hacerlo por sus propios medios.




Creatividad e ingenio


En tales condiciones trataron de aprovechar al máximo cada uno de los objetos y materiales que tenían a su alcance.

Una de las primeras necesidades era obtener agua. Buscando dieron con unas láminas que tenían los respaldos de los asientos. Lo que hicieron fue doblar las orillas y esperar que las calentara el sol para luego poner nieve encima, la cual se derretía.

Durante el día, el reflejo del sol en la nieve era tan fuerte que encandilaba. A uno de ellos se le ocurrió improvisar unos lentes de sol usando partes del avión.


Así, ante cada dificultad, trataron de crear una solución.

Comiendo a sus compañeros


Quizá una de las decisiones mas difíciles que debieron tomar fue la de alimentarse con los cuerpos de sus compañeros.

Los días pasaban y comenzaron a quedarse sin alimentos, por lo que entre ellos surgió una voz que sugirió comer la carne de los cuerpos de sus compañeros.

Ellos se habían encargado de enterrar los cuerpos de sus compañeros en la nieve, por lo que prácticamente se habían conservado como en un congelador.

Como es de imaginarse, hubo opiniones divididas, pero al final se convencieron de que era la única alternativa.

Con un vidrio se encargaban de hacer pequeños cortes en los cuerpos congelados para alimentarse.

Enterrados por avalancha



Llevaban 16 días en la montaña cuando el grupo recibió un nuevo golpe. En medio de la noche, un alud de nieve cubrió gran parte del interior de la estructura donde se guarecían, sepultando a todos, excepto a uno, que se levantó al oír el estruendo.

Con sus manos comenzó a buscar a sus compañeros entre la nieve. Los que iba rescatando ayudaban a su vez a otros.

Desafortunadamente, no todos pudieron ser salvados. Ocho más perdieron la vida en ese incidente.

Expedición



Mientras el tiempo transcurría, trataban de ver que alternativas tenían para salir de ahí. Tras intentar comunicarse por la radio del avión solo quedaba una alternativa, emprender un viaje en busca de ayuda.

Inicialmente pensaron en que tres hicieran el viaje, pero previendo que no habría suficientes provisiones y que necesitaban energía para poder caminar, sólo dos realizaron la travesía.

Con planos en mano, una botella de ron, algo de carne, la brújula del avión y una bolsa de dormir que ellos mismos confeccionaron, emprendieron el viaje.

Luego de nueve días y de haber caminado mas de 70 kilómetros en la nieve y “superando un pico de 5 mil 100 metros de altitud”, sintieron que habían vuelto a vivir. Algo de musgo y un río les hizo saber que podía haber vida cerca.

Ambos vieron a un arriero del otro lado del río. A través de un papel atado en una piedra les pregunto que quienes eran y que necesitaban. Cuando le dijeron, el hombre fue en busca de ayuda, no sin antes dejarles unos panes que llevaba.

En los días siguientes el resto de los sobrevivientes fueron sacados de la montaña. Pocos podían creer lo que pasaba. Descender tantos metros, en medio de la nieve y sin equipo especial, había sido toda una hazaña. En total fueron 16 los sobrevivientes.



Recuerdos, remembranzas, homenajes

En agosto del año siguiente un grupo de madres, cuyos hijos fallecieron en el accidente de los Andes, fundaron la biblioteca Nuestros Hijos “para mantener vivo el recuerdo de los que no volvieron del accidente ocurrido el 13 de octubre de 1972”.



Esta historia ha sido relatada en tres películas, varios libros y algunos documentales. Quizá el largometraje mas conocido sea el de ¡Viven! (Alive), estrenada en 1993.

En todos ellos se relatan los testimonios y las hazañas de aquellos que lucharon por sobrevivir en medio de un lugar sin vida, pese a que todos los factores que había estaban en su contra.





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