Barras Bravas en Argentina


Barras Bravas en Argentina [la verdad]



Verdad



El término barra brava se emplea para designar a aquellos grupos organizados y con diferentes grados de profesionalización dentro de la hinchada de un club, una masa amorfa y cambiante, y que cumplen varias funciones institucionales, prefijadas y organizadas, como por ejemplo el control del trabajo de entrenamiento en los polideportivos, vidas privadas de los jugadores, aparte de tener como característica el ser generadores de diversos incidentes violentos, dentro y fuera del estadio, con empleo muy a menudo de armas de fuego y blancas, despliegue pirotécnico y cánticos (cantitos) empleados durante el desarrollo de los partidos.

Las barras bravas, también llamadas el núcleo de la hinchada, se identifican con la utilización banderas (denominadas trapos) con los colores del club, los cuales tienen el carácter sagrado que en los clanes tiene el tótem, y diversos instrumentos musicales, particularmente los bombos. Estas barras también se caracterizan por ubicarse en las tribunas populares, aquellas que frecuentemente carecen de asientos y donde los espectadores deben ver el partido de pie.

La violencia en el fútbol argentino ha estado presente prácticamente desde sus comienzos. Desde el primer asesinato registrado, ocurrido en Montevideo, en 1924, luego del último partido de la Copa América entre los locales y la selección argentina, hasta comienzos del siglo XXI, este fenómeno se ha cobrado una cifra estimativa de por lo menos un centenar y medio víctimas fatales y gran cantidad de heridos. Hasta el año 2000, sólo 16 casos terminaron en condena, involucrando a 33 personas. Si bien en Argentina todas las barras bravas son consideradas peligrosas, organismos de seguridad consideran las de River Plate, Boca Juniors, Rosario Central y Newell's Old Boys como las más peligrosas.



Origen y desarrollo

Se tienen noticias de la violencia en el fútbol desde principios del siglo XX, tanto en los partidos del fútbol argentino como en los partidos entre Argentina y Uruguay, tanto en Montevideo como en Buenos Aires. Pero el hecho que trascendió se produjo en el último partido del Campeonato Sudamericano de 1916, que definiría al campeón, disputado el 16 de julio de 1916 en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires. Debido a la sobreventa de entradas, 40 mil personas se acercaron a ver el partido en un estadio que sólo podía albergar a la mitad. El encuentro fue suspendido debido a los desmanes producidos en las tribunas, que terminaron incendiadas.

Curiosamente, el primer superclásico (partido entre Boca Juniors y River Plate), disputado en 1913, terminó con un enfrentamiento de las hinchadas. También el primero disputado en la era profesional, en 1931, finalizó con disturbios. Luego de que tres jugadores de River se negaron a retirarse del campo de juego tras ser expulsados, las hinchadas se enfurecieron y comenzaron una batalla campal.

El primer asesinato relacionado con el fútbol argentino se produjo en Montevideo, Uruguay, en 1924. El 2 de noviembre, tras disputarse el último partido del Campeonato Sudamericano que coronó a Uruguay, se produjeron incidentes frente al hotel donde se alojaba el seleccionado argentino, interviniendo en la pelea hinchas uruguayos e hinchas y jugadores argentinos. Durante los incidentes, el argentino José Lázaro Rodríguez disparó contra Pedro Demby, quien fallecería el día después. Rodríguez logró escapar y regresar a la Argentina, gracias a la ayuda de jugadores argentinos, en un buque que partió una hora antes de lo programado y no fue interceptado por la policía. La policía uruguaya logró identificarlo gracias a una fotografía publicada el 4 de noviembre en el diario argentino Crítica, en donde se lo veia cenando con jugadores argentinos. Fue detenido el 24 de ese mes, pero nunca fue deportado.

El 14 de mayo de 1939, en el estadio de Lanús, la violencia se cobró sus primeras víctimas fatales. En un partido por la cuarta división entre Boca y el local. Tras una falta cometido por un jugador de Lanús, los jugadores comenzaron a pelearse. Al ver esto los hinchas de Boca quisieron derrumbar el alambrado e invadir el campo de juego, lo que motivó que la policía realizara disparos para dispersarlos. Pero un policía, llamado Luis Estrella, disparó hacia la tribuna, alcanzando a dos espectadores: Luis López y Oscar Munitoli, un menor de 9 años.

Pero esta violencia no era sólo entre hinchas, sino también contra los árbitros. El 27 de octubre de 1946, durante un partido entre Newell's Old Boys y San Lorenzo en Rosario, intentaron ahorcar al árbitro Osvaldo Cossio. El partido iba igualado en dos goles cuando Cossio anuló un gol de los locales, empeorando la situación cuando en la jugada siguiente San Lorenzo convirtió el tercer gol. Promediando el minuto 89 del partido, varios hinchas ingresaron al campo de juego logrando golpear al árbitro e intentandolo ahorcar con su propio cinturón.

Pero este fenómeno sufrió una importante transformación a finales de la década de 1950. El periodista Amílcar Romero establece el año 1958 como el comienzo de las barras bravas actuales, con el asesinato de Alberto Mario Linker. Debido al asesinato de este hincha de River Plate, en octubre de 1958, la sociedad toma conocimiento de la existencia de grupos organizados. La llamada "industrialización del fútbol" fue el puntapié inicial para esa organización, ya que se necesitaba controlar todos los aspectos que intervenían en el juego. Antes del surgimiento de estos grupos, cuando un equipo jugaba de visitante era presionado por la hinchada rival. Esto motivó la organización de las barras bravas como respuesta a esa presión:

“En el fútbol argentino ya estaba institucionalizado que si uno jugaba de visitante era inexorablemente apretado. Aunque no se tratara de barras bravas tal como las conocemos hoy. Los locales te apretaban y la policía, si no miraba para otra parte, también te apretaba. Eso hubo que compensarlo con una teoría, que en la década siguiente fue moneda corriente: a todo grupo operativo con una mística y capacidad de producir violencia la única manera de contrarrestarlo es con otro grupo más minoritario, con tanto o más mística para producir violencia.”

De esta forma, cada club comenzó a tener su barra brava, las cuales eran financiadas por los dirigentes de la institución. A estos grupos les eran entregadas entradas y se les pagaba los viajes a los estadios, sumándose luego otras formas de financiación. Pero el acceso a estos "beneficios" por parte del barra brava dependía de la jerarquía que tenía dentro de la barra. Para obtener ese prestigio se debía ser violento, por lo que comenzó a aumentar la cantidad de muertos: desde 1924 a 1957 sólo se habían producido 12 muertes relacionadas con el fútbol, de las 237 que se produjeron hasta 2003.

A partir de la muerte de Linker, en el fútbol argentino, comienza una etapa marcada por el "acostumbramiento" a la violencia de las barras bravas, y por un incremento en el número de muertes. De acuerdo a Amílcar Romero, entre 1958 y 1985 se producen en Argentina 103 muertes relacionadas con violencia en el fútbol, es decir, en promedio una cada 3 meses. Sin embargo, aclara también que el origen de estas muertes no siempre es el enfrentamiento en el estadio y van desde el choque premeditado entre barras bravas fuera de los recintos deportivos, la represión policial ante desórdenes o "hechos fortuitos", cuyo análisis tiende a demostrar alguna clase de negligencia o violación de las normas de seguridad.

Una de las características de las barras bravas a partir de esa fecha es la agudización del nivel de violencia, llegando muchas veces a la muerte de alguno de los involucrados. Esta violencia no es exclusiva de los clubes con mayor poder económico, sino que es posible encontrarla en la mayor parte de los mismos. Como por ejemplo, lo ocurrido el 8 de abril de 1962 cuando tras un partido entre Quilmes y Atlanta se produce un enfrentamiento callejero entre las barras. En la pelea, Miguel Ferreyra recibe un disparo en el cuello calibre 45, proveniente de arma oficial de la Prefectura, institución donde el tirador estaba haciendo la conscripción. Es el primer barra brava activo que resulta víctima fatal.

A partir de la década de 1990, la violencia y la cantidad de víctimas creció aceleradamente. El 9 de agosto de 2007, fue asesinado Martín Gonzalo Acro, barra brava de River Plate, como parte de un enfrentamiento entre dos sectores de Los borrachos del tablón. Por la muerte de Acro, vinculado con el sector que dirige Adrián Rousseau, fueron detenidos varios barra bravas, entre los que se encontraba Alan Schlenker, líder de la otra fracción que disputa el liderazgo.



La identificación y el aguante

Diferentes especialistas, coinciden en que cada hinchada se percibe a sí misma como custodio de la identidad del club. Éste era antiguamente un lugar compartido con los "jugadores símbolo" y los dirigentes comprometidos con la institución. Sin embargo, la rápida venta de jugadores, desde los denominados equipos chicos a los denominados equipos grandes o desde cualquier equipo hacia uno extranjero (especialmente europeos y mexicanos), causaron que la identificación con algún jugador sea poco probable debido a la poca continuidad que tienen en el club. Pero, a diferencia del resto de los actores, las hinchadas sólo pueden proponer la defensa de los símbolos, los colores y el estadio, en oposición a la hinchada del equipo contrario.

“Las hinchadas desarrollan, en consecuencia, una autopercepción desmesurada, que agiganta sus obligaciones militantes: la asistencia al estadio no es únicamente el cumplimiento de un rito semanal, sino un doble juego, pragmático y simbólico. Por un lado, por la persistencia del mandato mítico: la asistencia al estadio implica una participación mágica que incide en el resultado. Por el otro: la continuidad de una identidad depende, exclusivamente, de ese incesante concurrir al templo donde se renueva el contrato simbólico. Como señalamos, esas obligaciones se extienden hacia una práctica real: la defensa del territorio propio frente a la invasión de la hinchada ajena.”

Este proceso crea una profundización en la fragmentación, no sólo en oposición de un "otro" radicalmente negativizado (fragmentación externa), sino también dentro de la misma hinchada (fragmentación interna). La fragmentación externa puede producirse, a diferencia del fenómeno registrado en Europa, de cuatro formas: entre regiones, entre ciudades, entre barrios y entre instituciones del mismo barrio. La fragmentación interna fue un fenómeno novedoso, y se produjo por el surgimiento de agrupaciones con nombres propios dentro de hinchada. Generalmente el "poder", el acceso a los medios de finanaciación, se encuentra centralizado en un grupo o en la fusión de varios, como es el caso de Los diablos rojos o La 12, pero otras veces existen peleas para adquirir todo o parte de ese "poder". Este es el caso, por ejemplo, de la barra brava de Racing, La Guardia Imperial, y la de River Plate, Los borrachos del tablón.

La violencia es vista por algunos autores, como Patrick Mignon, como una forma de visibilidad por parte de los individuos excluidos, siendo esta exclusión no sólo económica. Pero según otra visión esta forma de visibilidad puede ser un medio, además, para obtener jerarquías en un ranking imaginario: el ranking del aguante. Este ranking del aguante define supuestas jerarquías sobre quien defiende mejor los símbolos de la institución más allá del dolor y la desilusión, más allá de la victoria o la derrota. El aguante se ha convertido, en este marco, en una categoría ética. En términos prácticos, el aguante se demuestra con la defensa de un espacio, no sólo mediante la pelea cuerpo a cuerpo sino también mediante métodos de intimidación. La señal televisiva TyC Sports transmitía un programa llamado El Aguante, en el cual hinchas de diferentes clubes que concurren a los estadios expresan lo que sienten por su club y por el rival.



Financiación

Cada barra brava tiene sus medios de financiación particulares. Sin embargo, la generalidad obtiene ingresos por el dinero que le dan dirigentes, políticos y jugadores, la venta de drogas y la reventa de entradas. Estos delitos, según algunas denuncias, se realizan muchas veces con la complicidad de las fuerzas de seguridad:

“En Vélez descubrimos que varios de la barra vendían drogas en la confitería del club. Fuimos a la policía y pusieron dos agentes a seguirlos y cuidar la zona. A los dos meses esos policías eran socios de los hinchas.” — Raúl Gámez, ex presidente del Club Atlético Vélez Sársfield.

Desde un principio los dirigentes contribuyeron con entradas, ya sea para que entren gratis o para la reventa. Pero actualmente las barras bravas no son utilizadas sólo para las funciones originales, sino también para presionar a jugadores para la firma o recisión de los contratos. Muchos dirigentes contratan barra bravas en sus empresas o para resguardar la seguridad en los espectáculos realizados en el estadio del club, intentando ocultar la entrega de dinero. También les pagan para ayudarlos en la política del club, presionando a los rivales que se presentan en las elecciones.

Pero muchas veces son presionados para contribuir, amenazando con realizar disturbios durante los partidos y causar la suspensión de los mismos. Éste es el caso, por ejemplo, del incidentre producido el 12 de agosto de 2006, cuando barras del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba se enfrentaron con la policía al querer entrar gratuitamente, luego de que la dirigencia les entregó 200 de las 400 entradas que pretendían. Estas presiones también alcanzan a los jugadores, que deben aportar parte de su sueldo.

La relación entre la política y las barras es muy importante. Varios políticos las utilizan como grupos de choque para sus campañas electorales. Un ejemplo de esto es la utilización de la barra del Club Deportivo Morón por parte de Juan Carlos Rousselot. Rousselot, en ese momento Intendente de Morón, la utilizó para suspender una sesión del Concejo Deliverante en la que se cuestionaba un plan de obras públicas propulsado por él. En enero de 1993 el entonces presidente Carlos Menem le conmutó la pena a Emilio Narváez Chávez, condenado por asesinar a Saturnino Cabrera el 14 de diciembre de 1990 en La Bombonera.

Pero la relación más paradigmática de los últimos años fue la de Luis Barrionuevo, dirigente sindical y político peronista, y la barra brava de Chacarita Juniors. La barra brava de este club, presidido durante varios años por Barrionuevo, tuvo incidencia en diferentes situaciones políticas de la Argentina. En 1988 integraron el brazo civil del tercer alzamiento carapintada, encabezado por el coronel Mohamed Alí Seineldín contra el presidente radical Raúl Alfonsín. Pero el hecho más significativo se produjo en marzo de 2003, cuando debían realizarse en la Provincia de Catamarca las elecciones para gobernador. La candidatura de Barrionuevo había sufrido una impugnación, ya que no alcanzaba la residencia mínima que exige la legislación. Debido a esto, el día de la elección se produjeron incidentes en la provincia que obligaron a la suspensión de la misma. Entre los detenidos por los disturbios se encontraban integrantes de la barra brava.

También existe una relación muy estrecha entre Los diablos rojos (barra del Club Atlético Independiente) y el líder de la CGT Hugo Moyano. El jefe de un sector de esa barra, apodado El Polaco, es guardaespaldas del dirigente sindical. Además, un integrante de esa barra, Emilio "Madonna" Quiroz, se hizo conocido el 17 de octubre de 2006 durante los incidentes producidos durante el traslado de los restos de Juan Domingo Perón a una quinta ubicada en San Vicente. Allí, Quiroz disparó contra un grupo de sindicalistas de la UOCRA, durante un enfrentamiento entre éstos y el Sindicato de Camioneros. Entre los miembros del otro gremio también se encontraban barra bravas de Estudiantes de La Plata y Club Defensores de Cambaceres.



Clarín, Domingo 14 de Mayo de 2000

INFORME ESPECIAL: VIOLENCIA EN EL FUTBOL

Los hilos secretos de la violencia. Con una profunda investigación, Clarín aborda desde distintos aspectos un tema que sacude al país.

La nada pasional estadística no para de actualizar datos escalofriantes. Que el fútbol argentino y su entorno ya se cobraron 138 muertos (hoy, justamente, se cumplen 61 años de las dos primeras víctimas fatales, en un Lanús-Boca de 1939). Que, ante tamaña cantidad de crímenes, la Justicia apenas en 16 casos llegó a condenas, que recayeron sobre 33 personas. Que la gran mayoría de las canchas de la AFA son inseguras y propensas a incidentes. Que, en lo que va del 2000, al menos cuatro protagonistas —Luis Artime (ex Tigre), Julio Zamora (ex Platense), Adrián Barrionuevo (Comunicaciones) y Jorge López (ex DT de San Martín de Tucumán)— debieron cambiar de club o anunciar el retiro definitivo por amenazas o agresiones. Y que la perfecta ligazón de la trama barras bravas-políticos-dirigentes de clubes salta rápidamente a la vista y cada vez con mayor fuerza.

Los números, que no son otra cosa que las consecuencias de esta cada vez más trágica violencia, son irrefutables. El verdadero problema radica en profundizar en las estructuras para descubrir las causas que desencadenaron la locura actual del fútbol, donde la pelota está eximida de culpa y cargo.

Un juez, un fiscal o cualquier otro personaje "extraño" que quiera investigar el mundo y los submundos del fútbol va a chocar con el mismo problema que halló Clarín para realizar esta investigación especial: un círculo prácticamente inaccesible y lleno de "códigos" que se respetan a ultranza.

Así como la gente del fútbol sufre en carne propia el drama de la violencia, casi nadie se anima a hablar a micrófono abierto de las barras bravas, de los dirigentes que las mantienen, de ciertos políticos y gremialistas que las usan como fuerza de choque y de autoridades que no hacen nada de nada. Algunas veces no hablan por temor a que la ira de un poder violento recaiga sobre ellos. En otros casos, el silencio es aún más obligado: no tienen autoridad moral para tirar la primera piedra.

No hay primicia al decir que los barrabravas no son los únicos malos de la película: de ninguna manera ellos están solos contra el mundo. Al contrario, se codean con cada uno de los sectores que —paradójicamente— le dan vida al fútbol.

El jugador conoce al barrabrava, aunque jamás lo señala con el dedo. Sin sentirse cómplices, varios futbolistas confesaron darles plata a los barras. Ultimamente, lo reconocieron públicamente Roberto Trotta (River), Leonardo Mas (Estudiantes) y Walter Cáceres (Racing).

El dirigente, quizá porque allá por los años 60 empezó a cobijar al violento y después ya no supo bien qué hacer con él, tampoco lo acusa. Y como Judas a Jesús, es hasta capaz de negarlo tres veces. Entre otros presidentes, Mauricio Macri (Boca), Fernando Miele (San Lorenzo) y Camilo Scorpanitti (Excursionistas) repitieron: "En mi club no existen los barrabravas". Cabría preguntarse, entonces, quiénes agredieron a hinchas de Chacarita en un amistoso en la Bombonera, quiénes mataron al hincha de Huracán Ulises Fernández y quiénes ingresaron a la cancha de Excursionistas hace veinte días para atacar a los jugadores de Comunicaciones.

La Policía suele mirar para otro lado cuando los barras pasan cerca. La Justicia se ampara en que no tiene los elementos necesarios —llámense leyes o pruebas— para evitar la violencia en el fútbol.

"Basta, es hora de hacer algo" reza el discurso político cada vez que el tema se reinstala en la tapa de los diarios. En los últimos tiempos hubo algunas medidas, pero es evidente que resultaron insuficientes. En 1985, tras la muerte del chico Adrián Scaserra (hincha de Boca), se dictó la ley De la Rúa. En 1992, ante otro pico de violencia, se la endureció con la reforma de Ricardo Levene (h). En 1998, el juez Víctor Perrotta paró los torneos en reclamo de seguridad. Pero el fútbol y la violencia siguieron andando, cambiaron los gobiernos y todo continuó a medio hacer.

Hoy por hoy, es raro que un partido de cualquier divisional no aporte heridos o detenidos al largo listado de incidentes. ¿Quiénes, cómo y por qué provocan los disturbios? Para investigar en serio, muchas veces no queda más remedio que apagar el grabador y jurar reserva eterna de identidad. Recién ahí se empieza a penetrar en el hermético círculo del fútbol. Y empiezan a ser notorias cosas increíbles.

Clarín repasará en estos próximos días el origen de la violencia en el fútbol y contará cuándo y cómo los dirigentes de los clubes fueron construyendo y adoptando a estos grupos salvajes. Se intentará además revelar cuestiones inéditas sobre cómo es el funcionamiento de estas barras violentas que no sólo actúan en una cancha: a menudo —como se verá— son contratados por algunos políticos como mano de obra "pesada" para asegurar triunfos en elecciones gremiales, municipales o provinciales.

Esta tarde, en la Bombonera, once jugadores de Boca y once jugadores de River disputarán tres puntos más en el torneo Clausura. En las tribunas, la mayoría de los hinchas que pagaron su entrada alentará a su equipo. Pero otros, los violentos, también se darán cita. Se los conoce como "La 12" y "Los Borrachos del Tablón", acostumbran a actuar en conjunto y están muy bien entrenados. Sólo que el fútbol, como deporte en sí, ya no les importa demasiado. Y ante la pasividad y la complicidad generalizada, probablemente sigan dándoles de comer a las estadísticas.



Clarín, Lunes 15 de mayo de 2000

VIOLENCIA EN EL FUTBOL: SEGUNDA ENTREGA


El fantasma de la impunidad: sólo 33 condenados. La historia de la violencia en el fútbol argentino ya suma 138 muertes. Pero, en la mayoría de los casos, la Justicia no alcanzó a dictar sentencia condenatoria.

Investigación y textos: Miguel Angel Bertolotto, Néstor Straimel (editores), Miguel Bossio, Pablo Abiad, Andrés Burgo, Carlos Prieto y Gustavo Flores.

No es sólo el horror que provoca cada muerte. El otro drama es la impunidad: a las 138 víctimas del fútbol argentino, la Justicia respondió con condenas -recayeron en 33 personas- en apenas 16 casos. Los otros expedientes se cerraron como accidentes, terminaron con sobreseimientos o fracasaron a poco de abrirse.

Adrián Scaserra recibió un tiro mortal en la cancha de Independiente, en 1985, pero nunca nadie terminó de identificar al policía que le disparó. El único acusado por el crimen de Wally Rodríguez, doce años después, fue absuelto porque -entre otras razones- se tuvieron que anular parte de las pruebas. En la causa por la muerte de Ulises Fernández, el hincha de Huracán que se convirtió en la última víctima del siglo, hubo 101 imputados e idéntica cantidad de sobreseídos.

Un funcionario judicial a cargo de una de las investigaciones por muertes en las canchas ofreció una posible explicación. "Nos encontramos con una barrera de silencio. La gente que realmente vio lo que pasó, los compañeros de los hinchas involucrados, los dirigentes que conocen a los sospechosos... Nadie quiere aportar datos ciertos", confió a Clarín.

La Justicia empezó a hablar de barras bravas a fines de los años 60, al condenar por homicidio a los asesinos de un hincha de Racing llamado Héctor Souto. El juez porteño Jorge Moras Mom describió entonces con pelos y señales el funcionamiento aceitado del grupo.

Pasaron 25 años para que ese accionar se encuadrara en una figura más grave: la asociación ilícita, que no es otra cosa que un conjunto de personas que se dedica a cometer delitos. Eso dijeron de la barra de Boca las camaristas Isabel Poerio, Silvia Arauz y Elsa Moral. Y metieron presos a José Barritta -El Abuelo- y compañía, en el juicio por el homicidio de Walter Vallejos y Angel Delgado (de River).

En los 16 casos que la Justicia llegó a condenas también estuvieron comprendidos otros delitos. A los hinchas de Boca que lanzaron la bengala que atravesó la garganta de Roberto Basile (de Racing) los encontraron responsables del delito de homicidio culposo. Es decir que, para la Justicia, no tuvieron intención de matar.

El total de personas condenadas en esos 16 casos, como quedó dicho, es de 33. La sentencia que incluyó a más gente, además de la de Barritta, fue una de 1997 contra otros seis hinchas de Boca que habían matado a patadas a Osvaldo Bértolo, de Independiente. La Sala II de la Cámara del Crimen de Lomas de Zamora les impuso 8 años de cárcel por homicidio en riña.

El promedio de edad de todas las víctimas es de 25 años. Son 137 hombres y una mujer: Margarita Gaude, rosarina, de 66 años. En setiembre de 1991 viajaba en un colectivo de la línea 107, a metros de la cancha de Central, justo en medio de una pelea. Recibió una pedrada letal.

Las armas más usadas por los asesinos del fútbol son las de fuego. Sin contar a los muertos de la Puerta 12, el 46 por ciento murió a tiros. Esto incluye a las víctimas de la represión policial.

De esa manera se produjeron las dos primeras muertes, hace seis décadas, en la tribuna que la hinchada de Boca ocupaba en la cancha de Lanús. El último caso fatal de represión fue el de Sergio Filipello, un chico de Brown de Adrogué que recibió un balazo dentro de un tren. En el juicio oral por su muerte, el principal acusado es un guardia de una empresa de seguridad.



Clarín, Martes 16 de Mayo de 2000

VIOLENCIA EN EL FUTBOL: TERCERA ENTREGA


Barras: la oscura mano de obra de muchos políticos. Es una relación que se aceita cada vez más. Para los violentos, ser contratados por políticos o sindicalistas es prácticamente una nueva y rentable profesión.

Si no te dan una mano estos muchachos de las barras, es difícil que puedas ganar una elección". El que habla —bajo estricto pedido de reserva de identidad— no es un dirigente de fútbol: es un dirigente político. Y esa mano que menciona no es ni la vieja y querida "gauchada" ni tampoco la que se arregla con un chori y una Coca: es mano de obra violenta que los candidatos políticos contratan y pagan en épocas de elecciones.

Sí, los barrabravas modernos han convertido lo que alguna vez fue pasión por un club en una verdadera profesión. Que no requiere títulos oficiales, que tiene un alto grado de riesgo y que —en muchos casos— está bien remunerada. Entonces, los que el sábado o domingo son barrabravas futboleros, en la semana pasan a ser mercenarios que se venden al candidato que más pague. Poco les importa, en verdad, las cuestiones ideológicas: los muchachos hasta aprenden a cantar, aunque desentonada, la marchita del partido que los mande a llamar.

El hombre que está frente a Clarín tiene treinta y pico años, mucha cara de bueno y está dando sus primeros pasos en política. En 1999 fue precandidato a intendente de un importante municipio del Gran Buenos Aires y da a entender que, en la interna de su partido, aceptó la ayuda "interesada" de hinchas de un club de Ascenso de la zona. Pero su rival fue más lejos aún: alquiló el servicio de "Los Borrachos del Tablón", la barra de River. Este último, finalmente, ganó la interna.

Dicen que, por entonces, la pesada banda de River copó el distrito a cambio de unos 25 mil dólares: pintó paredes, pegó afiches, hizo flamear banderas y garantizó el orden en los actos del precandidato. Y, por sus contactos en las villas, el grupo de acción "arrimó" a las urnas miles de votos.

Según algunos punteros barriales, el profesionalismo con el que actuaron "Los Borrachos" asombró. Con una organización y una estrategia "militar" impecables, recuerdan que por las noches llegaban a trabajar en un colectivo y que siempre contaban con dos autos de apoyo. Una noche chocaron ambos sectores en una pintada: hubo un herido de arma blanca y un militante resultó baleado.

El hecho, según los entendidos, no es algo atípico: forma parte de las reglas de juego de la política contemporánea. Pasa en las elecciones de clubes y en las gremiales, municipales, provinciales o nacionales. Así no debe sorprender que, pegaditos a un candidato con pinta de santo, aparezcan barrabravas o ex barrabravas. El Gitano, un conocido "hincha" de Independiente, supo aparecer en las publicidades de TV que el ex gobernador Eduardo Duhalde hizo para su campaña presidencial.

¿Cómo se hace el contacto con las barras? A través de punteros zonales o de dirigentes políticos que están en los clubes: casi todos los equipos tienen algún dirigente que fue, es o quiere ser político. El gremialista y ex diputado Roberto Digón es vicepresidente de Boca. Al "metalúrgico" intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto, se lo vincula con Estudiantes (BA). Los últimos presidentes de Racing —Juan De Stéfano, Osvaldo Otero y Daniel Lalín— ocuparon puestos en distintos gobiernos.

"Los dirigentes y los políticos se valen de las barras y las usan", afirma Miguel Angel Pierri, abogado de algunos integrantes de La 12. Lo cierto es que la angostísima calle que separaba la vereda del fútbol de la vereda política ya no existe: cada vez hay más lazos entre los sonrientes candidatos, los clubes y los violentos.

Por eso ningún rumor sorprende. Se dice que barras de Chicago y de River trabajaron juntos para el ex ministro Carlos Corach. Que un barra de Boca le cuidó la oficina a un radical mientras éste ayudaba al entonces accidentado ex presidente Raúl Alfonsín. Que Muchinga, un ex barra y ex bufetero de Chacarita, es ahora custodio de Armando Capriotti, vicepresidente del club y concejal de San Martín. Que, por exhibir la bandera "Scioli en el deporte", la barra de Boca recibió 2.000 pesos.

Lo declarado por Julio Grondona a la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados no suena ilógico: "¿Cuántos empleados hay en esta casa (por el Congreso) que pertenecen a las barras bravas?", se preguntó hace unos días el titular de la AFA. Tal vez se refería a barras de Defensores de Belgrano, Racing, Quilmes y Argentinos, entre otros equipos, que figurarían como empleados de la biblioteca o de la imprenta del Congreso, un edificio histórico al que sólo van los días 29...





Clarín, Miércoles 17 de Mayo de 2000

VIOLENCIA EN EL FUTBOL: CUARTA ENTREGA



La complicidad sale a la cancha. Hay jugadores y entrenadores que conocen a los barrabravas y que colaboran con ellos. Hay dirigentes que "adoptan" a los violentos. Los códigos peligrosos.

Hay mil y una anécdotas que demuestran la convivencia de jugadores, entrenadores, dirigentes y barrabravas en los clubes...

Ramón Díaz tenía una relación bárbara con "Los Borrachos del Tablón". Dirigentes antirramonistas lo acusaron de "comer asados con los barras y darles 20.000 pesos por cada mes". ¿Y el plantel de River? Para no hacerlo en el estadio Monumental, en octubre del 99 se reunió con la barra en el club Hípico. Los barras les agradecieron a los futbolistas que los hubiesen acompañado a llevar juguetes a un hospital y, ya que estaban, los jugadores les presentaron a los refuerzos.

En Boca, cuando la banda de El Abuelo (José Barritta) cayó presa, varios jugadores visitaron la cárcel más de una vez. Navarro Montoya, Walter Pico y compañía abrieron una canchita en General Paz y Beiró: el de Seguridad era El Gordo Cadena, un barra de Deportivo Morón, ahora detenido por robo. Hace unos días, José Hora cio Basualdo —¿acompañado por otro jugador?— fue a llevarle camisetas al juez Mariano González Palazzo: en la reunión hubo también un barrabrava, Rafael Di Zeo. Muchas veces, los jugadores y los técnicos conocen perfectamente a los barras.

El 30 de marzo, dos días antes de que Racing viajara para jugar contra Rosario Central, Diente, Rulo y otros cinco barrabravas pasaron por el estadio. "Vinieron a juntar plata para ir a Rosario", dijeron allegados. El DT Gustavo Costas salió del vestuario con una bolsa color naranja y se la entregó a una persona de seguridad. El custodio caminó hasta la calle Corbatta y les dio la bolsita a los hinchas. No se supo el contenido, pero... Muchas veces, los planteles se ven obligados a colaborar con la causa barrabrava.

El 27 de agosto del 95, el economista Miguel Angel Broda y el hombre-orquesta Moisés Ikonicoff hicieron gestiones en una comisaría tucumana para liberar a dos barrabravas de Atlanta detenidos antes del partido frente a Atlético. Broda reconoció: "Lo hice porque se les iba el avión". Pero no aclaró que esos barras —uno era el capo, Darío Collova, ahora detenido por estafas— se volvieron en colectivo. En el chárter de vuelta, los directivos contaron que debieron dejar en la comisaría gorritos y bufandas de Atlanta. Muchas veces, los dirigentes y/o políticos los sacan de apuro.

Vestido con una vieja camiseta de Central, el actor Federico Luppi debía orinar un paredón de la cancha de Newell''s. La escena de la película "Rosarigazinos" se filmaba en el Parque Independencia de Rosario. No pudo terminarse: cayó la barra brava de Newell''s, impidió la toma y "tomó prestados" los equipos de sonido. Muchas veces, los barras tienen impunidad para manejarse dentro y fuera de los clubes.

¿Quién se hacía cargo de la parrilla cuando el entonces presidente de Racing Daniel Lalín homenajeaba con asados en Canning a gente del ambiente del fútbol? El Tano, un miembro de la barra que anda de musculosa en cualquier época del año. Muchas veces, los dirigentes "adoptan" a los barras.

Hace unos años, Alvarado de Mar del Plata luchaba para entrar al Nacional B. Un día, en la Villa Marista, los jugadores estaban por almorzar. Pero llegaron diez barrabravas y, como venían de perder dos partidos seguidos, les sacaron los platos recién servidos y los dejaron sin comer. O sea, los barras deciden en los clubes qué está bien y qué está mal.

Una chica de 18 años se cansó de vivir con el barrabrava de Central Sergio Enriotti y lo mató. Corría el año 96 y, cuando la Policía hizo las investigaciones, encontró un cheque del club por 500 pesos. Estaba firmado por el presidente Víctor Vesco, el vicepresidente y el tesorero del club. Los dirigentes reconocieron que eran extorsionados y que la plata era para que los barras viajaran a Uruguay para un partido de Conmebol. Muchas veces, por amenazas o por lo que fuere, los dirigentes financian los viajes de las barras.

Antes era común darles a los violentos la concesión del buffet del club. Ahora se les encontró una nueva ocupación... Tocan Los Piojos en All Boys: los barras se encargan de la seguridad del recital. Los Redonditos de Ricota van a Racing y a River: las respectivas barras trabajan de custodios. Barrabravas de otros equipos destrozan la cancha de Atlanta mientras actúa La Renga: al otro día, la barra local —que no pudo evitar los desmanes— se encarga de las reparaciones. Festival de música heavy en Excursionistas: los patovicas del club reciben una paliza al querer propasarse con las chicas de los metaleros. Muchas veces, los dirigentes les dan trabajo a los barras. Y la protección de las instalaciones queda en manos de gente que no se lleva del todo bien con el orden y la paz.



Clarín, Viernes 19 de Mayo de 2000

VIOLENCIA EN EL FUTBOL: SEXTA ENTREGA


La seguridad es un negocio. Los efectivos policiales disfrutan de un extra: los clubes les pagan a la Federal y a la Bonaerense cerca de 7 millones de pesos anuales para que los "cuiden".

Si todos los hinchas fuesen buenitos; si cada uno alentara a su equipo sin provocar ni agredir a los demás; si llegaran y se fueran de las canchas ordenados y en paz; si nadie se metiera en problemas ni en disturbios... Si todo esto pasara —cosa que jamás va a ocurrir— muchos actores secundarios del fútbol perderían millones de pesos. La violencia en el fútbol les da de comer, entre otros, a policías, empresas de seguridad privada y fabricantes de alambrados, vallas de contención, techos de acrílico o mangas inflables. La seguridad, entonces, es un gran negocio para muchos.

Más allá de tener que reparar baños destrozados o reponer butacas que fueron arrojadas, a los clubes se les va muchísimo dinero en pagar operativos policiales. Para un partido de cualquier categoría de AFA, aproximadamente un 30 % de los efectivos los pone la Policía, o sea, el Estado: el restante 70 % lo debe pagar el club local.

¿Cuánto dinero mueve la seguridad del fútbol? La Policía Federal recibe 4.000.000 de pesos por año. La de la provincia de Buenos Aires recolecta casi 3.000.000. "Después de cuidar los bancos, el fútbol es el mejor negocio para la Policía", opina el ex presidente de Racing Daniel Lalín.

¿Cuánto "cuesta" cada policía? Depende de las horas que dure el operativo, pero habitualmente un agente de la Federal recibe 50 pesos por partido. Y uno de la Policía de la provincia, 25.

Para el policía de la esquina, ¿es negocio ir a trabajar a la cancha? Depende. Si el operativo dura muchas horas, si él es de la Bonaerense y encima trabaja lejos de la jurisdicción de la cancha, cobrar 25 pesos no le hace gracia. Para uno de la Federal, en cambio, es más negocio. "El fútbol es una bolsa de trabajo", confió un agente de Capital, aunque aclaró que "sólo me conviene yendo a la cancha como adicional, no como recargo de servicio. Me pagan —por cajero automático— si voy en calidad de adicional: si no, tengo que ir igual sin cobrar nada".

¿La Policía conoce a los hinchas violentos? Sí. Muchinga y otros barras de Chacarita metieron su auto —vidrios polarizados y sirena policial en el techo— entre los patrulleros y los micros de la hinchada y así, "en caravana de amigos", fueron hasta la Boca. Otro caso: apenas asumió, un comisario de la 24 fue "visitado" por los barras de Boca.

¿Están capacitados los policías para los espectáculos deportivos? La mayoría, no. Algunos van sin ganas, vienen de una guardia nocturna o están sin dormir. A veces no conocen ni la cancha. Ejemplo: uno de Azul que deba custodiar en Lanús.

¿Se dejan "zonas liberadas"? A veces se arreglan con la barra. Otras veces, esas zonas "sin policías" se dan cuando, llegada la hora, algunos agentes se desentienden del operativo y abandonan el lugar.

¿Los clubes están conformes con el servicio? No. Y se quejan de que a veces van menos policías de los que figuran por planilla. Mientras la Policía recalca que los operativos son baratos y que "extras" como los helicópteros no se facturan, Fernando Miele (San Lorenzo) es uno de los presidentes que sostiene que "son caros e ineficaces". Hay partidos, incluso, que recaudan menos de lo que se lleva la Policía. Vélez recaudó 14.290 pesos ante Unión y pagó 17.000. Ante Tristán Suárez, Alem pagó 1.860 pesos el operativo y vendió en boleterías apenas 249 (en estos casos, la AFA les tira un salvavidas a los clubes).

¿Qué "trampas" puede hacer un club para achicar gastos? No habilitar todas las tribunas e intentar en la semana reducir la cantidad de efectivos. ¿Cómo? La Policía indica que hacen falta 400 hombres y el club dice que sólo puede pagar 300. ¿Y los otros 100? Tienen que ir igual, aunque no cobran adicional. "O sea, se rajan apenas pueden", confió un dirigente. Otro recurso es disminuir las horas del operativo, como Deportivo Español, que más de una vez suspendió los partidos de Reserva.

¿Se usan más policías acá que en Europa? Quizá por la violencia de las barras argentinas, mientras un Barcelona-Real tiene 300 policías y un Inter-Milan, 600, acá un River-Boca "necesita" 1.000. Allá, los gastos son absorbidos por el Estado.

¿Cómo hace la Policía para tornarse "imprescindible"? A veces, permitiendo que cada tanto choquen las hinchadas y así se produzcan disturbios.

¿Qué dicen ante las críticas? Juan Carlos Azcuy, jefe de Eventos Públicos de la Federal, asegura que "nuestro gran escollo para combatir la violencia es la legislación. No tenemos elementos para detener a un hincha borracho o drogado. Es un problema cultural: nunca escuché a un dirigente que se proponga educar a sus hinchas".

¿Se oyen otras "excusas"? Una fuente policial deslizó: "A pesar de nuestros pedidos y recomendaciones, siempre se termina jugando a la hora y en la cancha que quiere Julio Grondona".

¿Existe algún interés en mejorar? Cuando en el 93 España ofreció becar con un curso sobre violencia en el fútbol a cien policías argentinos, la respuesta de las entonces autoridades fue: "¿Qué nos pueden enseñar esos gallegos a nosotros?".





Clarín, Domingo 21 de Mayo de 2000

VIOLENCIA EN EL FUTBOL: OCTAVA ENTREGA


Un barra revela todo con nombres y apellidos. Daniel Gitano Ocampo, un jefe de la barra brava de Independiente, detalla por primera vez la complicidad de los violentos con dirigentes y jugadores.

Ni el tremendo sopapo que ligó de su padre lo hizo deponer la actitud. De chiquito, Daniel Alberto Ocampo —el Gitano— no tuvo mejor idea que gritar un gol de Independiente en medio de una familia boquense. Ahí, bajo la mesa adonde fue a parar por el impacto, encontró la causa para hacerse rebelde y la razón para andar por la vida hecho un diablo. El Gitano no sólo decidió ser de Independiente: su ¿pasión? sin límites lo llevó incluso a liderar la barra.

"Sí, soy barrabrava. Me siento un barrabrava y estoy muy orgulloso de serlo. Soy barrabrava en todos los aspectos y así me sentiré toda la vida", dice ante Clarín. Es apenas el principio. Está dispuesto a hablar de todo: en la hora y pico de charla, el Gitano no dejará títere con cabeza. Por más que el apellido en cuestión infunda mucho respeto, como el de Grondona.

YO, EL GITANO

Antes de empezar, Daniel Ocampo —correntino, 51 años, fana de los Rolling Stones— pide aclarar tres cosas.

1) Que nadie lo confunda con el otro Gitano de la barra, un hincha canoso que suele sentarse en la platea. "Yo soy el Gitano: el otro es medio Figuretti. Bah, un salame".

2) Que por Independiente es capaz de todo, menos matar: "Siempre laburé: ahora soy tachero. No soy un delincuente, aunque sí violento. Viví en la calle, mi viejo me golpeaba y por eso soy picante: si pinta un combate, combato. Pero estoy en contra de la falopa y me duele ver morir hinchas".

3) Y que ya no es más jefe de la barra: "Estuve diez años. Me abrí de la jefatura cuando me cansé de tanta violencia. Nunca tuve un arma, pero vi disparar incluso a gente de mi grupo. Yo andaba siempre con una sevillana, pero sólo por las dudas: nunca la usé. Ahora sigo perteneciendo, voy a la popular y a veces viajo con ellos: aún me siento barrabrava".

APRETADAS

"Apreté una sola vez a un jugador: a Clausen. Fui a pelearlo porque había hecho un gesto feo a la tribuna. Me rayé, pero después me hice amigo. Y terminó poniendo plata para los muchachos, como Villaverde, Enrique, Trossero, Killer.

—¿Y si un jugador no ponía plata?

—Mirá, ellos son peores que las minas: se sacan los ojos por el mejor auto o la mejor cadenita. Como hay muchos celos, eran ellos mismos los que nos decían quiénes no habían aportado. Nosotros tratábamos de persuadirlos: Villaverde se negó al principio, pero un día fui, le hablé y pum, sacó y me dio.

—Se sintió apretado.

—Seguro que se sintió apretado. El estaba solo y, atrás mío, había veinte monos.

—¿Apretar a los jugadores está bien?

—Yo nunca fui de apretar mal. Cuando un dirigente no me quería atender, al otro día iba con 30 barrabravas y aflojaba. No amenazábamos, pero metíamos miedo.

ALIENTO COMPRADO

Según el Gitano Ocampo, hay jugadores que "compran" el aliento de la tribuna: "Una vez se lastimó Fossatti y Goyén atajó una barbaridad. En la semana me dio zapatillas y una campera y me pidió que el domingo cantara Goyén, Goyén. Empecé yo, me siguieron los 30 que estaban cerca y terminó toda la cancha". Y cuenta que hay técnicos que hacen lo mismo: "Iba a la casa de Pastoriza a pedirle guita. Pato mirá, pim, pim, estamos muertos: y nos daba. Hacíamos un asado y nos íbamos escabiados a la cancha".

EL LAZO CON LOS DIRIGENTES

Palabra de barrabrava: "Los dirigentes nos daban las entradas y, a veces, plata. Además de los pibes de la hinchada, los que me hicieron sentir capo fueron ellos. Yo contrataba los micros y al club le pasaba el doble. Así, me hice una casa. Son terribles mentirosos los dirigentes".

—¿Usted se sentía apañado por ellos?

—¿Cómo? Guardábamos las banderas en el club. Es más: un dirigente le consiguió a un par de muchachos un trabajito como personal civil de la Fuerza Aérea.

EL LIDERAZGO

Mientras fue el líder, asegura que a los pibes "nunca les faltó comida ni chupi. Pero jamás les compraba droga: eso era problema de ellos. Estuve en tiroteos, pero yo estaba en contra de las armas. Por eso le dejé la posta al Galleguito Pompei.

—¿Cómo era como jefe?

—Trataba de evitar los quilombos y de que nadie choreara. En toda barra hay diez tipos que secundan al jefe. Después está toda la banda. Para ser jefe, hay que ir al frente y pelear. Tuve muchas contravenciones, pero nunca caí en cana por afanar.

LOS POLITICOS Y LAS BARRAS

—¿Le consta que algún político haya estado ligado a las barras?

—Que me acuerde ahora, Alberto Pierri, Luis Barrionuevo, Herminio Iglesias...

—En Independiente hay una bandera: "Camioneros: Moyano Conducción".

—Moyano tiene gente pesada en la popular. Esa bandera que está ahí me la dio Topper y ahora los pibes la luquearon, pero no me tiraron una moneda. ¿Luquear? Pedir plata, venderla: gratis jamás.

MI FAMILIA

Ocampo se casó dos veces y se separó otras tantas. Tiene una hija fanática: "Si tuviera un varón no me jodería que fuese barra; sí que anduviese en la falopa.

¿UN VIOLENTO ANTIVIOLENCIA?

De pronto, sorprende: "Soy violento, pero estoy en contra de la violencia. Pero los dirigentes y los políticos son tan hipócritas que jamás la van a parar. Yo quise armar la Casa del hincha y no me dieron bola".

BERIZZO SE SALVO RASPANDO

La última frase del Gitano deja más tranquilo a Eduardo Berizzo, de River: "Si le hacía caso a mi viejo en hacerme bostero y veía cómo Berizzo puteó a la platea de Boca, me meto y lo cago a trompadas".