Gracias amigos, ahora q soy NFU, les dejare mi regalo, 30 cuentos de terror.Ahora la Primera Parte:


1:

El agente Fuller había visto nacer muchas de estas historias, sabía a ciencia cierta qué cualquier indicio era de importancia para resolver un caso, pero con el tiempo también había aprendido a evitar los simples rumores que tan solo obstaculizaban su trabajo. Para un sheriff de pueblo pocos eran los sucesos que requerían una exhaustiva investigación, la mayoría de ellos trataban sobre hurtos, allanamientos, y algún que otro enfrentamiento. Aquel sosegado ritmo de vida había perdurado durante años, en los que tan solo se dedicó a patrullar las calles y a completar informes de denuncias. Pero una mañana, a las nueve tocadas, una imprevisible y brutal noticia acabó con su rutina diaria.
No tardó demasiado en llegar al lugar del incidente. Disponía de un jeep privado, aparcado en el garaje de comisaría, pero poco utilizado, ya que tan solo se montaba en él cuando el destino gozaba de un terreno complicado. A los pocos minutos de trayecto se percató de que su destreza al volante no era la misma en aquel todoterreno. Si bien disponía de un carné para todo automóvil, cada uno de ellos era diferente al resto y aquel enorme armatoste no tenía nada que ver con su modesto coche patrulla. A pesar de las dificultades logró entrar en el bosque y, en menos de media hora, ya se había reunido con sus compañeros.

-Después de tantos años ha vuelto a suceder.- Dijo uno de ellos girándose hacia el agente.- Eran de fuera, vendrían a pasar un fin de semana de relax. Qué irónico ¿verdad?.

Llevado por la curiosidad se asomó entre el gentío policial, introduciéndose en el circulo de personas que rodeaban el lugar, mientras el detective, con una instantánea en sus manos, se agachaba para tomar unas fotografías. El flash iluminó con un destello los cuerpos sin vida de aquellos jóvenes: Sus ropas estaban ensuciadas por el fango, prácticamente despedazadas y con heridas que asomaban en forma de círculos rojizos en el tejido. A pesar de no disponer de una hora aproximada sobre sus muertes, no les fue difícil deducir que habían permanecido allí toda la noche: Los cadáveres se encontraban repletos de picaduras de mosquito, algunas de ellas tan fastidiosas como la que se había formado en el párpado del chico rubio. Pero lo más aterrador del asunto no se encontraba en el asalto de los parásitos, ni siquiera en el insecto palo que asomaba de la boca de uno de los muertos. Lo brutal y sobrecogedor de aquel suceso residía en el hecho de que los cuerpos parecían estar desarticulados; todos los huesos se encontraban descoyuntados como el esqueleto de una marioneta.


-Trece horas atrás-


Había sido un largo viaje, un largo trayecto, de aquellos en que la radio es lo único que mantiene vivo el entretenimiento. Tras muchos kilómetros aparcaron el vehículo a las afueras del pequeño pueblo, uno de esos con el típico cartel situado a un lado de la carretera y que anuncia con letras enormes su nombre. A pesar de carecer de lugares de interés, aquella aldea se caracterizaba por estar envuelta por una cordillera, una serie de montañas que despertaba cierto atractivo en los turistas más aventureros.

Melvin, Scott y Carleen habían traído el material necesario para dormir bajo las estrellas; En el bolsillo lateral de la mochila de ella podía apreciarse el bulto que formaba la linterna, destinada exclusivamente para la noche, en la que juntos, investigarían los misterios del bosque. Pero su interés en la acampada no provenía de sí misma, ni siquiera de Scott, su verdadero aliciente era Melvin. Le conocía desde hacía relativamente poco, a través del otro chico que les acompañaba. Scott coincidió con ella en muchas de las clases que se impartían en la Universidad y con el paso del tiempo el roce acabó haciendo el cariño. Cuando los estudios requerían un trabajo en grupo él siempre era su primera opción, por esa misma razón tuvieron que quedar algunos fines de semana y rematar la faena empezada. Melvin era el mejor amigo de Scott, vivía en su mismo barrio y en ocasiones se pasaba a visitarle. En uno de esos fines de semana Carleen coincidió de nuevo con su visita, pero esta vez se conocieron un poco mejor. A partir de entonces cada vez que Scott nombraba a su amigo Carleen no podía evitar recordar aquel día, un domingo en el que sus miradas se conectaron de un modo distinto, un domingo que de ser posible hubiese repetido. Por esa misma razón decidió unirse a la excursión, con la ilusión de volverle a ver y con la esperanza de algo más.

El ascenso a la montaña no resultó pesado, al fin y al cabo necesitaban estirar las piernas después de pasar todo el día en el coche. De todos modos lo que requirió más tiempo fue buscar el lugar en el que acamparían; muchos de esos lugares eran tan selváticos que resultaba imposible instalar las tiendas y a penas encontraron terreno nivelado. Sin embargo, a pocos kilómetros de la cima, finalmente lo hallaron.
En menos de una hora ya habían instalado las tiendas y en el doble de tiempo anochecería. Antes de que eso sucediera se dispusieron a dar un paseo, inspeccionar los alrededores y planificar que camino seguirían en el juego de noche. Fue en uno de esos caminos donde encontraron aquella rareza de la naturaleza, situada en la base del tronco de un árbol y apoyada en una de sus raíces. El peculiar hongo era de color rojizo, un rojo tan vivo que resaltaba entre la penumbra, tan intenso que era posible vislumbrarlo desde la lejanía. A medida que se acercaban descubrieron que no se trataba de una seta habitual, su morfología era atípica al resto de su especie y el pie que la mantenía unida al suelo era de un negro absoluto. La curiosidad de Carleen se desató con un par de preguntas, del mismo modo que, mientras las formulaba, se agachaba para observar el hallazgo más de cerca. La extraña seta atrajo la atención de todos, en especial de Scott, el cual inmediatamente sacó su videocámara digital para filmarlo. A pesar de la emoción el misterio perduró tan solo unos pocos segundos más, hasta que Melvin, con unos conocimientos básicos sobre lo que habían encontrado, decidió responder a sus dudas.

Según sus palabras, aquel hongo era llamado vulgarmente “cuesco de lobo”. Se diferenciaba del resto por su sombrero, que es la parte superior, en este caso con forma de pelota de golf. Al parecer, dentro de esa pelota contiene sus esporas, esenciales para su reproducción. Pero lo más curioso del asunto provenía de su mismo nombre; Melvin comentó que esa especie de “setas” cuando alcanzaban la madurez suficiente cualquier presión externa podía provocar la expulsión de las esporas. A partir de ese proceso se hizo una comparación gráfica con las flatulencias de un animal y con el tiempo adquirió tan burlesco apodo.
Después de su aclaración algunas risas surgieron. Sin embargo, Carleen decidió no excederse, simplemente mostró una sonrisa, necesaria para no parecer una insulsa y suficiente para no ofender a Melvin.

-No me estoy inventando nada, si tanta gracia os hace probadlo.

Inmediatamente Scott enfocó a Carleen con su cámara. Ella se negó a tocar “eso” con sus manos desnudas, pero Melvin le facilitó una rama que encontró en el suelo. Cuando todo estuvo preparado acercó el palo al sombrero de la seta, con la punta astillada presionó en el globo, hasta que finalmente… lo reventó. Fue entonces cuando se desató el horror. De su interior salió una ráfaga semejante al vapor, con la misma potencia que una olla a presión, pero de un color amarillento. La inesperada nube de esporas impactó contra el rostro de Carleen, introduciéndose en sus ojos como minúsculos trozos de cristal, extendiéndose a su alrededor y alcanzando al resto de sus compañeros. El escozor que sintió después fue inhumano, casi tan abrasivo como el ácido. Con un salto se incorporó, con sus manos se restregó sus párpados, con la inevitable intención de revertir el daño. Segundos después los abrió de nuevo.

-Dios mío.-Dijo totalmente consternada.-No puedo, no puedo ver nada.

Sucedió de un modo tan repentino que por un instante creyó que había anochecido, que de algún modo la luz del sol se había consumido y que aquella negrura tan absoluta no se debía a su vista. Pero no fue así, por alguna razón sus ojos se habían quedado ciegos y no era capaz de encontrar a sus compañeros.
Extendió sus manos para dar con ellos, gritó sus nombres en un par de ocasiones, pero no obtuvo una respuesta que la satisficiera. Lo volvió a intentar, esta vez con mayor desesperación, alzando su entonación entre toda aquella vegetación.

-¿Que haces Melvin? ¿Por qué mueves así la boca?-Pudo escuchar a Scott con una pregunta fuera de lugar.

Tan solo oír su voz Carleen insistió de nuevo con su problema y además añadió que necesitaba acudir a un hospital. Sin embargo, Scott no parecía estar atento a sus palabras, seguía obcecado con el extraño comportamiento de Melvin. Aquel desconcierto insufrible perduró unos segundos más hasta que finalmente se descubrió lo que estaba ocurriendo. Al parecer Melvin no podía hablar, sus palabras se trababan en su garganta como si sus cuerdas vocales hubiesen sido seccionadas. A causa de esto Scott no le podía escuchar. Necesitó un poco de paciencia para poder entenderle, al menos hasta que logró leer sus labios.

“Me he quedado mudo. “


No pudo tomarse aquello en serio, comprendió que se trataba de una broma absurda, sin gracia alguna, así que inmediatamente se giró hacia Carleen y le comentó lo muy idiota que en ocasiones era su amigo. Lo delirante de la situación llegó cuando la chica respondió del mismo modo que Melvin, vocalizando con su boca en un absoluto silencio. En ese mismo instante Scott observó a su alrededor, inclinó su cabeza hacia un lado y descubrió la verdadera razón. Se tomó unos segundos para asimilarlo, pero necesitó bastante tiempo para aceptarlo

-Dios mío, no sois… no sois vosotros.-Balbuceó.-joder, no lo entiendo, no puedo… no puedo escuchar nada.

El corazón de Carleen dio un salto cuando dijo esas palabras. Pudo oír como las repetía una y otra vez, cada vez con más agonía, estrechando el límite que daba paso al llanto. A causa de la situación apenas podía controlar su pulso, ni siquiera sus piernas se mantenían quietas, en realidad todo su cuerpo temblaba. Necesitaba pensar con rapidez, no ofuscarse, dar con una solución cuanto antes.
Sin perder el tiempo gritó el nombre del chico que le gustaba, estiró los brazos buscándole y Melvin respondió agarrándole de la mano. Él podía escucharla. Una vez a su lado le propuso volver, regresar al pueblo dónde habían aparcado el coche y una vez allí buscar ayuda. A causa de su enmudecimiento Melvin no pudo responderle, sin embargo se las ingenió para hacérselo entender a Scott. Carleen se aferró a su cuerpo como si su vida dependiera de ello; podía sentir su respiración, como su corazón palpitaba con velocidad, de algún modo se sentía menos asustada a su lado.
Estuvieron unos minutos en silencio, mientras Melvin intentaba explicarse mediante gestos, pero fracasó. Como último recurso se agachó y se dispuso a escribirlo en el suelo.

-Tenemos… que…volver a… -Dijo Scott leyendo-¡Sí, tenemos que volver al pueblo! ¡Quizás allí sepan lo que nos ocurre, quizás tengan un remedio para esto!

Por un momento Carleen recordó la posibilidad de llamar por móvil, pero desistieron cuando la cobertura resultó ser nula. Con Scott de guía los tres Universitarios regresaron sobre sus propios pasos. No se habían distanciado demasiado de las tiendas así que no les sería complicado encontrar el camino de vuelta.

-Tenemos que darnos prisa, está empezando a oscurecer-Añadió Scott.

Aquella última frase la habría desesperado si se hubiese encontrado en otras condiciones. De pequeña, cuando sus primos la encerraban en el cuarto de baño y ella no alcanzaba al interruptor de la luz siempre acababa llorando. Las cosas no habían cambiado con el tiempo, seguía temiendo a la oscuridad y por eso estaba aterrorizada. Porque en realidad, para Carleen, ya había anochecido.

Lo que podrían haber sido unos cinco minutos de trayecto se convirtió en más de un cuarto de hora, la falta de comunicación entre ellos fue el principal problema. Melvin guiaba a Carleen sosteniéndola con sus brazos, evitando que tropezase, mientras Scott les abría el paso entre la maleza. Ya se encontraban cerca de las tiendas cuando de pronto Scott se detuvo, al instante Melvin también lo hizo y Carleen, algo confusa, preguntó por qué no continuaban avanzando. A causa de la falta de oído Scott no respondió a sus preguntas, tan solo habló cuando creyó necesario hacerlo.

-Dios mío, decidme que lo habéis visto.-Dijo finalmente.

Melvin era consciente de que su amiga no podía ver nada, que él no podía decir palabra y que su compañero se había quedado sordo, así que se limitó a asentir con la cabeza. Carleen se inquietó mucho más cuando pudo notar la mano de su estimado temblar; algo escalofriante estaba ocurriendo pero ella era incapaz de verlo.

- ¿Por qué nos hemos parado? ¿Qué habéis visto?
-Carleen, por favor dime que tú también lo ves -Insistió.
-¡Joder Scott, estoy ciega, no puedo ver una mierda! ¡Me estás poniendo nerviosa! ¿¡Qué coño está pasando!?

Melvin se comunicó con su amigo, Carleen supuso que le estaba recordando su problema con la visión.

-Por favor no hables, puede escucharnos.-Susurró.-Hay una mujer… o quizás es un hombre, no sé lo que es, lleva el pelo largo. Ha sacado nuestras mochilas fuera, las está removiendo y parece estar buscando algo.
-¿Un ladrón? ¿Y por qué no le echáis fuera?
-Ahora se ha vuelto a meter dentro de la tienda-Siguió explicando.
-Melvin, escúchame ¿por qué no la ahuyentáis? Pregúntaselo, por favor.
-Lleva algo en las manos, es una… ¡es una hoz! está abriendo las mochilas con eso.
-¿Una hoz?
-Dios mío, Melvin ¿has visto su cara? Es horrible, tiene el rostro deforme.
-Por favor, quiero irme de aquí.-Se acobardó Carleen al imaginarlo.
-Joder, su mandíbula está totalmente desencajada ¿Cómo puede sobrevivir alguien con la cara tan desfigurada?
-Por favor vámonos, tenemos que marcharnos de este maldito sitio.
-Mierda-Dijo de pronto.
-¿¡Qué!? ¿¡Qué pasa!?

Carleen estaba tan angustiada que también había olvidado el estado en el que se encontraban, seguía esperando una respuesta de alguien que ni siquiera había podido escuchar su pregunta. Cuando perdió la paciencia se dispuso a gritarles pero Melvin lo impidió tapándole la boca con la mano. No necesitó palabras para saber lo que estaba ocurriendo, aquel simple gesto lo aclaró todo. Aquella mujer que Scott describía podría haberles divisado en la lejanía, quizás ahora se encontraba mirando hacia allí, vigilándoles con su rostro decrépito, mientras se llevaba el arma a sus manos. Fuese cual fuese la realidad el resultado fue igual de espantoso cuando Scott se giró hacia ellos y gritó:

-¡Viene hacia aquí, viene hacia aquí!

Ya no hubo más tiempo para conjeturas, ni más tiempo de silencio, Melvin la agarró fuertemente de la mano y estirándola del brazo comenzaron a correr. Su adrenalina se disparó al sentir sus pasos acelerarse en la oscuridad, sin posibilidad alguna de prevenir los obstáculos que la podrían hacer tropezar, con la ciega y total confianza depositada en la persona que le gustaba. Pudo sentir el viento golpear su cara, como se filtraba en su cuerpo congelando sus pulmones, como silbaba en sus oídos mientras descendían por la montaña. Las frondosas zarzas arañaron sus delicadas piernas, los árboles más bajos estiraron con sus ramas de su cabello y el persistente barro se encargó del resto.

-¡Melvin!

Sucedió de repente, su pie se introdujo en una zanja en el terreno, con torpeza perdió el equilibrio, soltó la mano de su amigo, y consecuentemente salió despedida hacia el vacío. Su cuerpo rodó pendiente abajo, en su transcurso perdió un zapato y se golpeó la cabeza contra el suelo. A los pocos metros finalmente se detuvo, ya sin fuerzas y con un dolor agudo en su cráneo. Mientras intentaba incorporarse gritó su nombre de nuevo, pero nadie respondió, tan solo el canto de una lechuza lejana podía escucharse en aquel solemne bosque. Con ambas manos se agarró al tronco de un árbol cercano y con un esfuerzo sobrehumano logró ponerse en pie. Abrazada a él finalmente rompió a llorar, necesitó hacerlo para así calmar sus nervios.

- Melvin, no quiero perderte.-Dijo entre lágrimas.-no me dejes, Melvin por favor, te quiero.

Que él la encontrara era la razón por la que no continuaba huyendo, del mismo modo que fue su aliciente para asistir a la acampada. Lamentablemente, y por mucho que preguntara, su estado no le permitía ver quien se estaba acercando, le era imposible adivinar a quien pertenecían aquellos pasos.


***

El agente Fuller se sirvió un café en la máquina que tenían instalada en la oficina, con cuidado vigiló que no rebosase del vaso, mientras con la otra mano, abrió la puerta de su despacho.
Una vez dentro se dirigió hacia la mesa de trabajo y cogió asiento frente a ella. La chica en cuestión fue localizada deambulando por las calles del pueblo aquella misma madrugada. Se encontraba en estado de shock, totalmente desorientada y con un ataque por la hipotermia. Cuando le preguntaron de dónde provenía ella respondió –Del bosque- y añadió que sus amigos aún seguían allí, que estaban en grave peligro. Así fue como hallaron los cadáveres de los dos jóvenes y así fue cómo, después de cincuenta años, habían encontrado una pista para resolver los asesinatos similares que acontecieron en el pasado.

-La encontramos cerca del cuerpo. Te advierto que las imágenes que vas a ver pueden ser muy desagradables.-Dijo el agente acercándole la videocámara digital de Scott.-Pero necesitamos que hagas un esfuerzo.

Carleen la cogió con sus temblorosas manos, desplegó la pantalla LCD y con temor presionó el botón “Play”. El video inició su reproducción. Mientras lo veía su expresión pasó del miedo al desconcierto, hasta que su rostro se desencajó totalmente.

-Dios mío.-Balbuceó.

En la pantalla pudo ver desde una perspectiva distinta como aquella nube de esporas golpeaba su cara, dejándola ciega y asustada. Pero en la desquiciante grabación también descubrió que sus amigos asumían un papel muy distinto al que ella recordaba: ambos se hacían señas mientras fingían estar en problemas.

-Ellos sabían lo que te iba a suceder.-Añadió Fuller.-Sabían que esas setas provocan una ceguera temporal y te habían llevado expresamente para gastarte un broma pesada.

Carleen no pudo soportar ni un segundo más la crudeza de aquellas imágenes. Su corazón dio un salto cuando descubrió que Scott falseaba con su sordera, sus ojos se humedecieron cuando permitieron que callera por el precipicio y sus lágrimas se manifestaron cuando pudo ver a Melvin, riéndose cruelmente, mientras ella lloraba y gritaba “Te quiero”. No necesitó acabar la cinta para deducir que todo había sido una gran mentira.

-¿Has visto algo extraño en la grabación? ¿Tienes idea de donde pudieron ir después de que regresaras hacia el pueblo? Antes de que todo esto sucediera ¿recueras haber visto algo sospechoso? Por favor, contéstame a esta última pregunta y ya habremos terminado.

Pero Carleen volvió a responder con un frustrante y rotundo -No-.

El agente Fuller se dejó caer en el respaldo del asiento, dio un sorbo a la taza de café y desvió su mirada hacia la ventana. A través del cristal divisó las montañas y se estremeció. De algún modo supo que aquellos bosques guardaban la respuesta, ocultaban con sus ramas el secreto, del mismo modo que una leyenda no desea ser descubierta para así alimentarse del misterio.


2:

No sé cuanto tiempo exactamente llevo escondido en este edificio, observando la quietud de las desoladas calles. No había una sola persona afuera, tampoco animal alguno, todos estaban escondidos...al menos los que lograron sobrevivir al Apocalipsis. Ahora es como un recuerdo lejano, como si hubiese ocurrido hace siglos, pero no es así, fue tan solo hace un par de meses.
Todo comenzó como un simple brote de gripe, o al menos eso decían los médicos, que al poco tiempo se expandió como la fiebre amarilla o la muerte roja. Al principio no era cosa de nada, fiebre, algo de palidez en la piel, nada anormal, a las dos semanas el brote creció significativamente con más del país contaminado, al mes, el continente. Poco a poco cada una de las potencias mundiales fueron sucumbiendo ante la poderosa y extraña enfermedad, desde entonces solo unos pocos quedamos, nosotros somos la resistencia, lo único que queda de la destruida humanidad. El resto de las personas fueron infectadas y mutaron en horrendos seres con grotescas malformaciones en todo el cuerpo y con una enorme sed de carne, sed que querían saciar con nosotros. En el todo el tiempo que llevo observando a las horrendas criaturas he descubierto unas cuantas cosas, parecen estar desprovistas de rasocinio o capacidad alguna de pensar, solo poseen el instinto de alimentarse. Otra cosa que pude darme cuenta es su hambre desmedida, por más que se alimente una y otra vez de miles de cadáveres, su apetito no se sacia, jamás.
El reloj ya marca las tres de la madrugada y veo sombras por las calles, ellos se acercan. Mis compañeros y yo estamos aterrados, ya no nos quedan fuerzas para reparar las barricadas que ELLOS destruyen cada noche, solo nos resignamos a mirarnos entre nosotros y esperar, esperar lo peor. De pronto se oye el crujir de los vidrios del cristal de la entrada del primer piso y los pasos retumban en la escalera. Los golpes en la puerta comienzan a aturdirme y el precinto comienza a ceder, en el hueco de la madera logro divisar una mano completamente putrefacta y casi carente de dedos y piel. Poco después la puerta cede por completo y un hediondo y nauseabundo olor invade el cuarto. Desesperado corro hacia el comedor y cierro la puerta, pero ya era tarde, un horrendo rostro desfigurado completamente carente de carne muerde mi brazo y caigo inconsciente al suelo.
Desperté, ya es de día y salgo en busca de mis compañeros, pero solo consigo encontrar restos de lo que alguna vez fueron personas. No estàn mis amigos, ni tampoco ELLOS, solo estaba yo. Miro mi rostro en el espejo una vez más no puedo creerlo, mi piel comienza a caer y mi aliento a apestar, ya había sido infectado. Con mi último aliento y pedazo de consciencia escribo estos párrafos y le doy una última mirada a la desolada ciudad, deseando poder soportar una noche más.


3:

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.

La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.

Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.

Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.

"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.

El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.

"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.

Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.

El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.

Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.

Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.

Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.

Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.

"¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!" - bramaron los altavoces.

Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.

Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.

La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.

Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.

Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!

Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.

Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!"

Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...

Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.

"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era.

Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien."

Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.


4:

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:

Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso kilómetros y kilómetros de rostro de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.

Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.

Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia, había una cantidad limitada de ambos.

Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.

La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación —de un kilómetro y medio de diámetro que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.

Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.

Se habían llevado una botella y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.

Es asombroso, cuando uno lo piensa dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.

Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.

No para siempre dijo.

Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.

Entonces no es para siempre.

Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?

Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.

Veinte mil millones de años no es «para siempre».

Bien, pero superará nuestra época, ¿verdad?

También la superarán el carbón y el uranio.

De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.

No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.

Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros dijo Adell, malhumorado. Se portó muy bien.

¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años pero, ¿y luego? Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro. Y no me digas que nos conectaremos con otro sol.

Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.

De pronto Lupov abrió los ojos.

Piensas que nos conectaremos con otro sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?

No estoy pensando nada.

Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.

Entiendo dijo Adell, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.

Por supuesto murmuró Lupov. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, las gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.

Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía dijo Adell, tocado en su amor propio.

¡Qué vas a saber!

Sé tanto como tú.

Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.

Muy bien. ¿Quién dice que no?

Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste «para siempre».

Esa vez le tocó a Adell oponerse.

Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.

Nunca.

¿Por qué no? Algún día.

Nunca.

Pregúntale a Multivac.

Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es posible.

Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su juventud aún después que haya muerto de viejo?

O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del Universo?

Multivac enmudeció. Los lentos resplandores oscuros cesaron, los clicks distantes de los transmisores terminaron.

Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente. Aparecieron seis palabras impresas:

«DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

No hay apuesta murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.

A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían olvidado el incidente.

Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en la pantalla mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.

Es X-23 dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos.

Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre, gritando:

Hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos llegado a X-23... hemos llegado...

Tranquilas, niñas dijo rápidamente Jerrodine. ¿Estás seguro, Jerrodd?

¿Qué puedo estar sino seguro? preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la nave.

Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos hiperespaciales.

Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave.

Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el «ac» al final de «Microvac» quería decir «computadora análoga» en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso.

Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró la pantalla.

No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.

¿Por qué, caramba? preguntó Jerrodd. No teníamos nada allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. Luego agregó, después de una pausa reflexiva: Te aseguro que es una suerte que las computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al que aumenta la raza.

Lo sé, lo sé respondió Jerrodine con tristeza.

Jerrodette I dijo de inmediato:

Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.

Eso creo yo también repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.

Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias.

Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.

Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como la AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas.

Tantas estrellas, tantos planetas suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos. Supongo que las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.

No siempre respondió Jerrodd, con una sonrisa. Todo esto terminará algún día, pero no antes que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.

¿Qué es la entropía, papá? preguntó Jerrodette II con voz aguda.

Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del Universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walkie-talkie, ¿recuerdas?

¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?

Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.

Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.

No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.

Mira lo que has hecho susurró Jerrodine, exasperada.

¿Cómo podía saber que iba a asustarla? respondió Jerrodd también en un susurro.

Pregúntale a la Microvac gimió Jerrodette I. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas.

Vamos dijo Jerrodine. Con eso se tranquilizarán. (Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también).

Jerrodd se encogió de hombros.

Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dirá.

Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:

Imprimir la respuesta.

Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente:

Miren, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.

Jerrodine dijo:

Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar. Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:

«DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

Se encogió de hombros y miró la pantalla. El X-23 estaba cerca.

VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:

¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión?

MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.

Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo de expansión.

Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de formas perfectas.

Sin embargo dijo VJ-23X, me resisto a presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico.

Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.

VJ-23X suspiró.

El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.

Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años...

VJ-23X lo interrumpió.

Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad.

Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La AC Galáctica nos ha solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte, anuló todas las otras cuestiones.

Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.

En absoluto saltó MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato—. No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?

Doscientos veintitrés. ¿Y tú?

Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el Universo conocido. Y entonces, ¿qué?

VJ-23X dijo:

Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.

Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía solar por año.

La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, sólo nuestra propia galaxia gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.

De acuerdo, pero aún con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy buena observación.

Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.

¿O con calor disipado? preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.

Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a la AC Galáctica.

VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su interfaz AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.

No me faltan ganas dijo. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar algún día.

Miró sombríamente su pequeña interfaz AC. Era un objeto de apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran AC Galáctica que servía a toda la humanidad y, a su vez, era parte integral suya.

MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría a ver la AC Galáctica. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la AC Galáctica tenía mil diez metros de ancho.

Repentinamente, MQ-17J preguntó a su interfaz AC:

¿Es posible revertir la entropía?

VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:

Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.

¿Por qué no?

Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.

¿Hay árboles en tu mundo? preguntó MQ-17J.

El sonido de la AC Galáctica los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en la interfaz AC en el escritorio. Dijo:

«DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

VJ-23X dijo:

¡Ves!

Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.

La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes. ¿Alguna vez las vería todas?

Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad... una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.

¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero, ¿qué importaba? Había poco lugar en el Universo para nuevos individuos.

Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente.

Soy Zee Prime. ¿Y tú?

Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?

Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?

Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?

Porque todas las galaxias son iguales.

No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza humana. Eso la hace diferente.

Zee Prime dijo:

¿En cuál?

No sabría decirte. La AC Universal debe estar enterada.

¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.

Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.

Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:

¡AC Universal! ¿En qué galaxia se originó el hombre?

La AC Universal oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la AC Universal se mantenía independiente. Zee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a distancia sensible de la AC Universal, y sólo informó sobre un globo brillante, de sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.

¿Pero cómo puede ser eso toda la AC Universal? había preguntado Zee Prime.

La mayor parte fue la respuesta está en el hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.

Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día y eso Zee Prime lo sabía en que algún hombre tuvo parte en construir la AC Universal. Cada AC Universal diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.

La AC Universal interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas.

Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.

«ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE.»

Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de desilusión.

Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:

¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre?

La AC Universal respondió:

«LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA ENANA BLANCA.»

¿Los hombres que la habitaban murieron? preguntó Zee Prime, sobresaltado y sin pensar.

La AC Universal respondió:

«COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.»

Sí, por supuesto dijo Zee Prime, pero aún así lo invadió una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a verla.

Dee Sub Wun dijo:

¿Qué sucede?

Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.

Todas deben morir. ¿Por qué no?

Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.

Llevará billones de años.

No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡AC Universal! ¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?

Dee Sub Wun dijo, divertido:

Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía.

Y la AC Universal respondió:

«TODAVÍA HAY DATOS INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.

Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.

El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.

El Hombre dijo:

El Universo está muriendo.

El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.

Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando. Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin.

El Hombre dijo:

Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la AC Cósmica, la energía que todavía queda en todo el Universo, puede durar billones de años. Pero aún así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.

El Hombre dijo:

¿Es posible invertir la tendencia de la entropía? Preguntémosle a la AC Cósmica.

La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía sentido comprensible para el Hombre.

AC Cósmica dijo el Hombre, ¿cómo puede revertirse la entropía?

La AC Cósmica dijo:

«LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

El Hombre ordenó:

Recoge datos adicionales.

La AC Cósmica dijo:

«LO HARÉ. HACE CIENTOS DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.»

¿Llegará el momento preguntó el Hombre en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?

La AC Cósmica respondió:

«NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS CONCEBIBLES.»

El Hombre preguntó:

¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta?

La AC Cósmica respondió:

«LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

¿Seguirás trabajando en eso? preguntó el Hombre.

La AC Cósmica respondió:

«SÍ.»

El Hombre dijo:

Esperaremos.

Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.

Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.

La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un espacio que sólo incluía los vestigios de la última estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.

El Hombre dijo:

—AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al Universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?

AC respondió:

«LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.»

La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.

La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.

Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.

Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.

Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.

Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.

Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.

Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar una respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta por demostración se ocuparía de eso también.

Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.

Cuidadosamente, AC organizó el programa.

La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un Universo y pensó en lo que en ese momento era el caos.

Paso a paso, había que hacerlo.

Y AC dijo:

«¡HÁGASE LA LUZ!»

Y la luz se hizo...