Si el fenómeno Ricardo Fort en sí mismo resulta de una vulgaridad malsonante, ver su programa de televisión -que las parcas, que tejen y destejen el destino, malignas y vengativas, me llevaron a contemplar- constituye una experiencia extrema.

El que tuve la indisposición de ver -tumbado por una especie de fascinación masoquista- arrancó con una visita del millonario a chicos internados en un hospital. ¿Qué les llevaba de regalo la estrella mediática? Chocolates de su producción. Por supuesto, los médicos, a cámara, aclararon que gran parte de los nenes, por las patologías que padecen no pueden comer justamente chocolates. El papelón, por cierto, no hizo mella en ni un músculo del musculoso.

Todo el programa -que presume reflejar la vida de Fort- resulta de un amateurismo que recuerda a los videos caseros de casamientos o cumpleaños de quince.

Encima, lo que refleja de su vida es de una intrascendencia inaudita: desde un guardaespaldas hablando de lo bien que le paga su patrón hasta la novia de Fort besándolo con insistencia casi canina pasando por él, siempre él en primerísimo plano, hablando loas de sí mismo.

Sólo por momentos da la impresión de que se filtra cierta verdad en la impaciencia que demuestra este personaje de cómic ante errores ajenos, impaciencia que se acerca a una explosiva intolerancia.

La cumbre del programa fue un viaje en una avioneta privada de pocos asientos, acompañado por su corte. De pronto, varios se taparon la nariz ante un olor que debió ser agresivamente poderoso: el millonario había soltado una flatulencia, acción que festejó copiosamente. Es que en ese perpetuo canto a sí mismo que ofrece como espectáculo, hasta sus producciones intestinales le parecen dignas exhibir.

Muchos relacionan al personaje con resabios o nostalgia del menemismo por la ostentación obscena de muchos ricos de entonces. No se entiende, sin embargo, bien por qué: el mismísimo INDEC difundió por estos días que la brecha entre ricos y pobres en el país se amplió a 28,2, veces, cuando en el mismo período del 2008 era de 23.

Nos guste o no, Fort es un rostro desagradablemente ordinario de la Argentina de hoy.


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