Es difícil precisar el origen de la doctrina liberal. Quizás, en rigor, no haya una fecha exacta que nos marque el origen. Pero los hombres pareciera como que siempre necesitáramos de criterios de ubicación en el tiempo y en el espacio. De otra manera nos desorientaríamos. De ahí la necesidad de buscar una partida bautismal. Personalmente considero que fue producto de un proceso muy complejo que encontró en las guerras de religión de los siglos CVI y CVII su precipitante, siendo la tolerancia y la libertad de conciencia sus principales efectos no buscados. Sin embargo, hay quienes exigen más precisión en la búsqueda, alguna fecha, algún hecho, algún libro, que sirva para delimitar con mayor claridad la etapa pre y postliberal. En esa exploración difícil, llegamos siempre al año 1689. Para los que piensan, y con razón, que el liberalismo es fundamentalmente un sistema coherente de principios y valores que fundamenten la libertad indivisible del hombre y de todos los derechos que le son inherentes, entonces ese sistema nace con un libro: Ensayos sobre el gobierno civil , cuya licencia de impresión se otorgó el 23 de agosto de 1869. Su autor, John Locke, fijó en esta obra los cimientos duraderos sobre los que hasta hoy se afianza todo el pensamiento liberal. Allí está preanunciado el estado mínimo , la división de poderes, la libertad integral de los hombres. Allí está en fin, el liberalismo.

No obstante, quienes piensan que esta doctrina, más que un producto del intelecto, es una forma de vida que implica la eterna lucha del hombre para ampliar el campo de sus libertades y disminuir las atribuciones que se arrogan los gobiernos ven en la Declaración de Derechos y Libertades (Bill of Rights) inglesa, ocurrida también en 1689, el punto de partida de esta ideología.

Ahora bien, como se sabe, el espíritu inglés siempre despertó recelos en el continente, especialmente en las naciones de raíz cultural latina. De ahí que haya sido relativizada o aún negada la influencia liberal sajona en el surgimiento del liberalismo. Quienes así piensan, ven más en el autor de El espíritu de las leyes (1748) el genuino inicio de la moderna idea liberal. Reconocida o no, la gravitación que el pensamiento de Locke tuvo sobre su autor, interpretan que la influencia universal de la obra del pensador inglés fue incuestionablemente menor que la del francés. Pero es el caso que éste, Carlos Luis de Secondant, Marqués de la Brede y de Montesquieu, nació cerca de Burdeos, curiosamente, en el año 1689. Por lo demás, si bien la doctrina nació en el siglo XVII, el término liberal como adjetivo, es posterior. Se empezó a usar en Francia a fines del siglo XVIII. Como sustantivo se utiliza por primera vez en España en 1812.

Más allá de las controversias sobre los orígenes, resulta claro que el ideario de la libertad del hombre se desarrolló fundamentalmente durante el siglo XVIII de una manera sólida y vertiginosa. Después de Locke vendrá la escuela escocesa, representada entre otros por David Hume, que en 1739 publicó un tratado sobre La naturaleza humana ; Adam Ferguson, quién en 1767 publicó Un ensayo sobre la historia de sociedad civil ; y en especial Adam Smith, que en 1759 escribe su Teoría de los sentimientos morales . De estos pensadores el liberalismo tomará su concepción sobre los móviles del comportamiento humano, explicado a través de agudas reflexiones psicológicas sobre los límites de la conducta egoísta e interesada del hombre, y sus efectos benéficos sobre la sociedad.

Estas ideas encontrarían su coronamiento grandioso en una obra del propio A. Smith, publicada en 1776, Investigación acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Para muchos, esta obra erudita y sistemática representa tanto el comienzo de la ciencia económica como el del liberalismo económico. En verdad, hay mucho de eso, pues es cierto que fue el primero en tratar de averiguar cuáles son las condiciones institucionales que posibilitan el crecimiento económico de las naciones. A través de la pluma de este autor se descubre toda la importancia de la libertad económica; el principio de la no ingerencia estatal, la competencia, la división del trabajo, las leyes naturales que regulan el orden económico, etcétera.

En rigor, las ventajas de la libertad económica habían sido también puestas de manifiesto por los fisiocrátas. Estos, menos liberales en lo político que en lo económico, creían que la naturaleza es la verdadera reguladora de la vida económica de los países y que la tierra era el único factor capaz de generar un producto neto. Los principales artífices y expositores fueron A. Quesnay, La tabla económica , 1775; Du Pont de Nemours La fisiocracia , 1767; Paul Mercier de la Riviere, El orden natural y esencial de las sociedades políticas, 1767; Jean Vincent de Gournay, a quién se le atribuye la expresión laissez faire, laissez passer , que por otra parte era el lema de la escuela; Víctor Riquetti, Marqués de Mirabeau, El amigo de los hombres , 1756; y, finalmente, su principal hombre de estado, A.R.J. Turgot Reflexión sobre la fundamentación y distribución de las riquezas, 1766.

Por otra parte, del otro lado del Atlántico, en los nacientes Estados Unidos, las ideas de Locke y del mismo Montesquieu, de cuyo Espiritu de las leyes se había publicado en 1772 una versión abreviada, habían madurado rápidamente.

Entre octubre de 1787 y mayo de 1788, bajo el seudónimo de Polibio, Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, escribieron 85 ensayos en apoyo a la Constitución recientemente aprobada, la cual necesitaba, para entrar en vigencia, la ratificación de los estados que comprendían la Unión. Los mencionados ensayos fueron publicados después como El federalista , y bajo ese nombre han pasado a la historia constituyendo uno de los principales alegatos en favor del gobierno representativo y federal, como así también del necesario equilibrio y armonía entre las instituciones políticas y económicas fundamentales. Desde cierto punto de vista, pueden bien ser considerados como un epítome de las doctrinas del Marqués de la Brede y John Locke. En Los papeles federalistas están los verdaderos cimientos institucionales de la primera República liberal que tuvo el mundo.

Volviendo al continente europeo, las ideas de Adam Smith encontraron rápìdo eco en España, país durante centurias agobiado por las ideas reglamentarias del mercantilismo. José Alonso Ortiz es el traductor, en 1794, de La riqueza de las naciones . A caballo entre el siglo XVIII y XIX lo continúa en la tarea de difundir el pensamiento smithiano, Alvaro Flores de Estrada.

En Alemania y con Emanuel Kant (1724-1804) el liberalismo encontró sus fundamentaciones filosóficas más puras sobre todo en sus Fundamentos de la metafísica de la moral , 1785. Las categorías y conceptos por él construídos sirvieron en general para darle más coherencia al desarrollo posterior de la filosofía de la libertad, aunque no se puede dejar de recordar que algunas de sus tesis, por ejemplo aquella de que la mortalidad tiene primacía sobre la felicidad, entraban en conflicto con ideas desarrolladas por otras interpretaciones del liberalismo.

No obstante todo lo dicho, es necesario volver nuevamente nuestra mirada a Francia, pues es allí donde estas ideas han entrado en ebullición, y no solo en los círculos intelectuales o cortesanos. Han penetrado en lo más hondo del estado llano. Y es Sieyes, quizás poco abate, como se dirá con razón, pero portentoso pensador, el que le legará a Francia y a la humanidad el concepto moderno de Constitución y quién redactará parcialmente nada menos que la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los principios por él sustentados se manifiestan aún hoy en la Constitución Francesa.

El movimiento de la Enciclopedia contribuyó al liberalismo en una medida jamás imaginada por Diderot, principal inspirador de ese proyecto editorial. Después de los dos primeros tomos, y con posterioridad a la crisis que tuvo la empresa en 1752, se incorporaron a la obra Montesquieu, Voltaire, D´Olbach, Helvetius y también los fisiócratas. Este conjunto de pensadores nucleados en dicha empresa intelectual colectiva, legaron a la cultura liberal y occidental la convicciòn de que la razón crítica es indispensable para una mejor explicación y solución de los problemas del hombre. Los enciclopedistas iluminaron al mundo al definir y establecer con firmeza la libertad de opinión y de conciencia, dejando atrás prejuicios y falsas concepciones, y permitiendo de este modo el rápido desarrollo de las ciencias y de las disciplinas humanistas.

A esta altura se me podrá observar que me estoy olvidando nada menos que de J. J. Rousseau. En rigor, no es así. Se trata de una exclusión deliberada y escasamente arbitraria por lo demás. En realidad, Rousseau no representa las genuinas bases del liberalismo moderno. Este tiende a preservar antes que nada las libertades individuales, mientras que el ginebrino , en contraste, propone “la alineación total de cada asociado con todos sus derechos en favor de la comunidad y quienquiera que rehúse obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo social”. Como se advierte, Rousseau evoca no al liberalismo sino más bien a las democracias populares, que se instalaron en Europa Oriental después de la II Guerra Mundial y que hoy han girado rápidamente hacia la democracia liberal y la economía de mercado. En lo inmediato, el pensamiento de este autor puede ser encontrado en las efímeras constituciones de la época del terror de la Revolución Francesa, que en aquellas más duraderas que a partir de Napoleón se sancionaron en Francia y en la mayoría de las naciones del mundo libre.Mención especial, que justificaría incluso una profunda investigación es el paradójico rol de España en su contribucion a las ideas liberales. Nombres como los de F. de Vitoria (1485-1546), D. de Soto, discípulo del anterior,quien fue proto-liberal en lo político más no en el plano económico, M. de Azpilicueta (1493-1586), también discípulo de Vitoria, fue muy probablente el primer pensador económico que afirmó de un modo enfático que la fijación de precios por el gobierno era algo negativo para la economía. La primera etapa de la llamada escuela de Salamanca la cierra J. de Medina (1490-1546), quién también profundizó los cimientos del pensamiento economico proto-liberal.

La segunda etapa de la mencionada escuela estuvo enbezada por D. de Covarrubias (1512-1577), Saravia y F. García quién fue el último de la generación intermedia de Salamanca. Esta corriente de pensamiento identificado con la célebre universidad culmina con D. Bañez de Mondragon (1527-1604) y L. de Molina (1535-1601), quiénes hicieron aportes en el campo de las ideas jurídicas, políticas y económicas. En esta escueta mención de españoles relevantes no puede faltar,desde luego, Francisco Suárez (1548-!617) quién brilló por sus sólidas argumentaciones juridicas y políticas.

Por su parte, Juan de Mariana(1536-1624) , aunque no salamantino, llevó al pensamiento político proto- liberal a un nivel que aún hoy causa asombro. Es que este jesuíta, puede ser tomado como ejemplo de lo que quiero poner de relieve que es, que un pensamiento tan elaborado, no contribuyó a constituir en España una sólida corriente liberal. Escribieron y mucho en el siglo XV y XVI, pero con posterioridad a esos siglos no encontramos rastros de esa importantísima línea de pensamiento. Incluso en España se puede afirmar que lo que pudo convertirse en germen de un vigoroso movimiento liberal, se diluyó rápidamente para dar paso a una corriente de signo contrario. Lo mismo no ocurrió en los países europeos donde el liberalismo nació, se difundió y consolidó. Los escolásticos españoles es como si no hubieran existido.

Es más, si se analiza con atención el desenvolvimiento de la idea liberal, se podrá observar que hasta bien entrado el siglo XX España careció de pensadores influyentes. Antonio Cánovas del Castillo en la última mitad del siglo XIX y J0sé Ortega y Gasset en el XX, con sus más y con sus menos, podrían ser una excepción. Recién en 1950 , en un trascendente libro de J. Schumpeter, se comenzó a descubrir el valor del pensamiento escolástico español e italiano (estos últimos representados por San Bernardino de Siena (1380-1444) y su discípulo, San Antonino de Florencia, (1389-1459). De haber influído en otros países, bien se los podría considerar los fundadores de las modernas teorías económicas liberales. Lamentablente, eso no ocurrió. La pregunta clave sería cuáles fueron las razones por las que se produjo este extraño fenómeno. De haber espacio se podría a modo de respuesta elaborar algunas conjeturas.Pero no sería pertinente pues lo que estamos describiendo es el modo y las causas por las que el liberalismo nació, creció y se difundió y alumbró la moderna civilización democrática y liberal.



1789, la difusión universal de las ideas

Mil años de feudalismo y de privilegios se derrumbaron en pocos años. Otros dirán, exageradamente, que en pocos meses. Como quiera que fuese, lo cierto es que el 14 de julio de 1789 comienza uno de los procesos de transformación de las ideas y de las instituciones más vertiginosas de que tenga recuerdo la humanidad. Y ello ocurrió al calor de las ideas anteriormente expuestas. De esa experiencia terrible y sorprendente por momentos surgirán consolidados el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, además del concepto trascendental de que todos los hombres tienen iguales derechos y son por ello iguales ante la ley.

Asimismo, en esos cuatro años que derrumbaron un milenio, se comenzaron a manifestar tendencias e ideologías que aún hoy dividen al mundo.

Detrás de Robespierre, Saint Just o Marat, estaban sin lugar a dudas las ideas igualitarias mas no liberales, como se ha dicho, de J. J. Rousseau. Habrá que esperar al 9 Termidor, y sobre todo al 18 Brumario (más allá del autoritarismo de Napoleón) para que la verdadera esencia del pensamiento liberal pueda comenzar a irradiarse en el mundo.

Como era de esperar, tanto crimen y horror habían conmovido el espíritu y la sensibilidad de los más lúcidos pensadores europeos. Entre ellos, ninguno fue más afectado por los sucesos de Francia que el político de origen irlandés Edmund Burke. Hombre de ideas liberales, fue uno de los primeros en condenar los excesos y las desviaciones de los episodios que siguieron a la Toma de la Bastilla. Su opinión sobre ese proceso se refleja en Reflexiones sobre la revolución en Francia (1790). En esta obra Burke, no obstante su origen liberal, estableció los fundamentos del conservadurismo moderno, concepción política ésta con la que el liberalismo mantendría, durante un siglo y medio, ásperas y profundas controversias. Sin embargo, el impulso que posteriormente tomaron las ideologías de extrema izquierda y derecha ocasionó que ambos cuerpos de pensamiento se fueran acercando, llegando incluso como ocurre hoy, a fusionarse.

En Francia, el liberalismo doctrinario se continuó a través de agudos escritores, la mayoría filósofos políticos, economistas los menos. Juan Bautista Say (1767-1832) tuvo vital importancia en la difusión de las teorías económicas de A. Smith y no solo en las regiones francoparlantes. A través de la traducción de sus libros al castellano fue conocido este autor en España y América del Sur. Así nuestro conocido Alberdi llegó a Smith de la mano de Say. Conste que no es solo la difusión del pensamiento de Smith lo que justifica la inclusión de Say en la historia del liberalismo.También cuenta por sus aportes teóricos, en especial, su célebre Ley de las salidas o mercados contra la cual, mucho tiempo después, Keynes arremetería en su pretensión de demostrar que dentro de una economía libre puede haber desequilibrios permanentes. Y debo acotar aquí que, si Say fue un economista sistemático, Federico Bastiat (1801-1850) fue un panfletario genial. Su único libro Las armonías económicas (1850) no llegaron ni con mucho a alcanzar el vuelo de sus irónicas y mordaces sátiras en contra del proteccionismo. La brillantez de los pequeños panfletos , en especial La petición de los vendedores de vela contra la competencia del sol, y Los sofismas económicos no han sido superados en su estilo. Muchas carencias de los economistas liberales franceses fueron compensadas por el vuelo de su genio e imaginación.

El primero de los grandes políticos-liberales doctrinarios post-revolucionarios fue Benjamin Constant (1767-1830) . A través de su vida política, y más allá de sus inconstancias como político de acción, su reflexión fue siempre la de un liberal impenitente. “Se vendía, más nunca se entregaba”, decían sus amigos tratando de elogiarlo. Sus ideas fuerza eran rectilíneas y transparentemente liberales. Esto se evidencia en todas sus obras, en especial su monumental “Curso de política constitucional” (1839). De dicha obra se ha afirmado que es la que mayor número de barreras colocó entre el hombre y el Estado. Llega a criticar no solo (y desde luego) a Rousseau, sino al mismísimo Montesquieu, a quién le reprochó nada menos que su concepto de libertad, pues “puede llegar a justificar el establecimiento de los peores despotismos”. Aunque Constant ocupa aun hoy un lugar de privilegio en la doctrina liberal por su luminosa disertacion de 1819 en el ateneo de Paris “La Libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”. Esta célebre distinción inspiró nada menos que a Isaiah Berlin, (1909-1997) famoso filósofo político al elaborar la estratégica diferencia entre la libertad positiva (caracteristica de los antiguos en la terminología de Constant) y libertad negativa, propia de los modernos, la que el propio Berlin definirá como ausencia de coacción. Es entonces que a través de su aguda conceptualización de las dos libertades que a Constant bien se lo puede considerar un liberal moderno.

Después de Constant encontramos a Francisco Gizot (1787-1874). Historiador, constitucionalista y político, es el teórico de lo que hoy podríamos denominar el liberalismo de centro o del término medio. Conciliador por convicción más no por temperamento. Emile Faguet llegó a decir de él que fue un verdadero dictador de la moderación. Esto se refleja en sus innumerables obras, especialmente su Historia del Gobierno representativo (1822). Apologista de la clase media como sostén de la tolerancia en política y religión; no obstante, no pudo evitar ser pesimista sobre el futuro de la democracia. Revertir, con reservas, ese pensamiento fue el último de los grandes pensadores políticos franceses del siglo XIX: Alexis Clerel de Tocqueville (1805-1859).

Si desde Montesquieu a Gizot fue proverbial del liberalismo francés buscar en Inglaterra el modelo del que aprender, Tocqueville, rompiendo una tradición secular, miró hacia los EE.UU. y en ese país encontró que la democracia y la libertad eran posibles y conciliables , no obstante el riesgo que para ambas implica, como se verá, el problema de la igualdad social.

En La democracia en América , cuya primera parte se publicó en 1835 y la segunda en 1840, independientemente de su valor inigualable como obra de sociología política (en rigor, la primera jamás escrita en su género), fue en último análisis un esfuerzo por saber cómo funcionaba y cuál sería el futuro de la única democracia imperante de la época. A Tocqueville le gustaba bucear en el futuro y formular predicciones.

Algunas de ellas fueron realmente sorprendentes (así, en 1840 anticipó que en el siglo XX dos naciones protagonizarían la escena política mundial: EE.UU. y Rusia. La primera siguiendo el camino de la libertad y la segunda el de la servidumbre).

Pero por sobre todas las cosas, fue un analista agudo de su época, y a través de su escalpelo intelectual puso de relieve los peligros de la centralización e intervencionismo.

Propició también la solidaridad porque pensaba “que tanto el deber como el interés de los hombres está en hacerse útiles a sus semejantes”. Enfatizó además la crucial función de las comunas y las asociaciones voluntarias en las democracias.

Atribuyó al Poder Judicial más importancia aún que la que le asignaba el propio Montesquieu. Pero fundamentalmente, Tocqueville formuló la siguiente advertencia: si no se tomaban los recaudos necesarios, la democracia puede devenir en un despotismo en donde reine la igualdad, pero de ninguna manera la libertad y el orden.

Mientras tanto del otro lado del Canal de la Mancha, el liberalismo siguió afianzando y consolidando su edificio intelectual durante el siglo XIX. David Ricardo (1772-1823), principal continuador de Smith, perfeccionó muchas de las ideas y teorías de su maestro, pero también importante es reconocerlo, agravó muchos de sus errores. Así la errónea teoría del valor trabajo tal como la formulara Ricardo fue luego utilizada nada menos que por Karl Marx, como principal herramienta intelectual para elaborar su tristemente célebre y falsa teoría de la explotación de las clases proletarias.

Ahora bien, esa y otras consecuencias de sus errores no empalidecen los grandes logros de Ricardo. Con él, el ideario económico liberal y la ciencia económica por añadidura, alcanzaron niveles de desarrollo notables. En su más importante libro , Principios de Economía Política y Tributación (1817), amén de formular las denominadas Tres grandes leyes de la economía (ninguna de las cuales es aceptada por la teoría económica actual), desarrolló el principio de la libertad económica y su aplicación al campo del comercio internacional en términos tan convincentes, que desde entonces muy poco de sustancial es lo que se ha agregado al tema. El libre cambio fue sin duda su gran bandera y el progreso que el mismo trajo al mundo constituye su obra más imperecedera. No obstante, no debe olvidarse a los dos grandes apóstoles de esta cruzada: Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889) , fundadores de la tan famosa y mal interpretada Escuela de Manchester. Igualmente inteligentes y sagaces divulgadores de la ideología del laissez-faire durante el siglo pasado fueron en Inglaterra Harriet Martinau y Jane Marvet. Además, en la tarea de difusión del nuevo ideario durante este crucial período colaboraron diarios y revistas que cumplieron una función trascendente, en especial. The economist, entre los años 1843-1845, bajo la dirección de James Wilson y Leeds Mercury , a cargo de Edward Blain. Unos y otros no solo defendieron el liberalismo, sino que se mostraron enérgicos críticos de la doctrina socialista ya en ascenso para esa época.

Esta doctrina no sólo estaba apareciendo en forma clara y tajante a través de las ideas de socialistas al estilo de Fourrier o Proudhon o, como se sabe, en la mucho más influyente modalidad de Karl Marx, sino que además, al mismo tiempo la idea estatista comenzaba a subyacer escondida dentro de los pliegues de las ideas políticas y económicas propuestas por algunos que en muchos casos aún hoy son presentados como arquetipos de liberales. Es el caso de J. Bentham y J. Stuart Mill, cuyas doctrinas y teorías, excepto en alguna que otra de sus obras (por ejemplo, Sobre la libertad, de Mill publicado en 1859), envolvían elementos conceptuales a partir de los cuales fue desarrollándose la idea colectivista.

Dentro de esa corriente de autores, dudamos en incluir a Herbert Spencer (1820-1903). Pese a incurrir en heterodoxias inaceptables, (su idea de la nacionalización de la tierra constituyó una excepción dentro de un macizo y sólido planteo individualista), sin lugar a dudas fue uno de los más eruditos y prolíficos de los liberales de todos los tiempos.

Psicólogo, sociólogo, economista y filósofo social y político a través de todas sus obras, amén de realizar sustanciales aportes al desarroillo de las actuales ciencias sociales, se erigió en uno de los más inclaudicables defensores de la libertad individual frente a lo que él consideraba y con razón, un avance legítimo del estado El más nítido reflejo de su sistema de pensamiento está en El hombre contra el Estado (1834).

Como se ha dicho, la corriente liberal inglesa, pese a sus indudables méritos, estaba basada en algunos principios y presupuestos doctrinarios y teóricos que muchas veces la llevaron por carriles equivocados. Correspondió a los economistas de la escuela austríaca o de Viena corregir gran parte de los errores de la corriente clásica inglesa. A sus economistas les corresponde el mérito de haber reducido a polvo la falacia de que el valor de las mercancías está en directa relación a su costo de producción, y en especial a la cantidad de trabajo humano incorporado a ella. Ellos descubrieron que los bienes no valen porque cuestan sino que cuestan porque valen, y que en último análisis los determinantes del valor son la utilidad y escasez. De este descubrimiento fundamental al desmoronamiento de todo un sistema de análisis no hubo más que unos pocos pasos, que fueron dando progresivamente los pensadores de la primera generación de la escuela liberal con sede en Viena. Sólo Marx y sus epígonos han quedado anclados en el error, y de ahí que no solamente la teoría colectivista no se haya desarrollado sino que los mismos órdenes económico sociales fundados en sus supuestos están hoy en la más absoluta crisis.

Para decirlo brevemente, la revolución que a partir de 1870 se produjo en el campo de las ideas económicas estuvo a cargo en primer lugar de Karl Menger (1840-1920). Su concepción la fue plasmando sucesivamente en Los fundamentos de teoría económica (1871), Investigación sobre el método de las ciencias sociales y especialmente de la economía política (1883) y en Los errores del historicismo (1884). Su portentosa tarea fue continuada por Eugen Von Boehm-Bawerk (1851-1914), quien además de importantes trabajos con los que revolucionó la teoría del interés, publicó en 1898 El cierre del sistema marxista, que constituye por sí mismo una de las más demoledoras críticas que jamás se hayan formulado contra la teoría económica de Karl Marx.

Mientras tanto en Inglaterra, el liberalismo político, no obstante el embate que sufría por parte de las diferentes corrientes estatistas, llegó a alcanzar niveles de gran profundidad aunque no con la sistematicidad y el alcance que le dieron sus fundadores. Un ejemplo de ello fue el filosófo político, John A. E. Dalberg-Acton (1834-1902). Curiosamente no dejó ningún libro. Su proyectada obra, que de haberse escrito hubiera sido al decir de un contemporáneo, “la más importante jamás escrita en la historia del pensamiento humano”, y cuyo título iba a ser Historia de la libertad del hombre, no pasó de ser más que una colección de agudos y penetrantes ensayos reunidos y publicados en 1927. Liberal y moralista, quizás su ideario se condense en su célebre apotegma “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Todo el conjunto de ideas que en forma progresiva fueron elaborando estos pensadores alcanzaron realizaciones prácticas no sólo en los países mencionados, sino también en los EE.UU., en donde los valores de la libertad e igualdad, aunque siempre en tensión, comenzaron a alcanzar una vigencia sin precedentes en la historia del mundo. Sin embargo, existía en ese país una cuestión que le impedía realmente insertarse en una plena democracia liberal: la esclavitud. La acción decidida de A. Lincoln hizo más en favor de los derechos del hombre que muchos tratados, mientras que en su discurso en Gettysburgh, en el que definió y resaltó la democracia como el mejor de los gobiernos, tuvo difusión universal.Desde el fin de la guerra de secesión en adelante, el progreso de las libertades individuales, con sus altibajos, ha corrido casi parejo con el portentoso crecimiento económico y social de EE.UU., aunque es importante advertir que ese proceso fue menos obra de filósofos e ideólogos que de estadistas y hombres de gobierno. Durante el siglo XIX no existieron en la tradición liberal de los EE.UU. figuras realmente descollantes, pero en su conjunto los sectores pensantes y las clases gobernantes, usando de una extraordinaria sensatez y sentido práctico de la vida, consiguieron forjar una verdadera avanzada de civilización y libertad. Creo que una de las claves de este logro fue considerar que la verdadera riqueza de las naciones no la constituyen los gobiernos, sino sus pueblos.

El concepto antes expresado, sencillo en su contenido pero formidable en sus consecuencias, fue el que de un modo continuo y a lo largo de toda su vida sostuvo el único liberal sistemático y doctrinario de relieve que produjo nuestro país durante el siglo pasado: Juan Bautista Alberdi. Nacido con la patria en 1810, un año antes que se sancionara la Constitución de 1853 publicó sus famosas Bases y muy poco tiempo después su Sistema económico y rentístico. Con estas obras integraba un verdadero modelo de organización nacional. Sin lugar a dudas, Alberdi fue el gran arquitecto de la Argentina moderna. A sus ideas, fuertemente influídas por los autores que hemos citado, tal cual él mismo lo reconocía, les agregó la impronta de las peculiaridades y características propias de nuestra sociedad. Pero preciso es reconocer que si Alberdi fue el arquitecto de la Argentina liberal y progresista, sus ejecutores fueron los hombres de la generación del 80, quienes, al igual que los de EE.UU. , evidenciaron más capacidad de acción, organización y administración que de reflexión intelectual. En el mejor de los casos, fueron, como diría Paul Groussac, prosistas fragmentarios. No dejaron libros, pero entre 1880 y 1916 forjaron los cimientos sociales, educativos, económicos y políticos de la Argentina moderna.


1929, El eclipse

El cúmulo de ideas elaboradas durante los siglos XVIII y XIX conformaron, como se ha explicado, el sistema de pensamiento denominado hoy liberalismo. Sus efectos se comenzaron a observar, ni bien fueron proclamados los principios de la tolerancia y la libertad, no sólo en el plano de las instituciones sino también en la calidad material de vida. El liberalismo hizo que el mundo saliera de un milenario letargo. Como lo reconocieron hasta sus más enconados críticos, Karl Marx y F. Engels, en el Manifiesto comunista de 1848, “El capitalismo durante su dominación de apenas un siglo, ha liberado más fuerzas productivas y más colosales que las que han producido jamás todas las generaciones pasadas”.

En realidad, desde sus orígenes la humanidad evolucionó muy lentamente, siendo los cambios casi imperceptibles. Sólo a partir del siglo XV se comenzó a observa un crecimiento comparativamente significativo. Pero es recién desde mediados del siglo XVIII que el mundo, y sobre todo Europa Occidental, comienza a transformarse a ritmo de vértigo. Entre 1776 y 1914 se produjeron cambios verdaderamente espectaculares.

Durante esa etapa fueron declarados los derechos del hombre y del ciudadano. Surgieron las Constituciones y el Estado de Derecho. Se afianzó el concepto de una justicia independiente. Se difundieron los gobiernos representativos y democráticos. Se institucionalizó el sufragio universal. Aparecieron los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales. Las universidades y colegios se multiplicaron.La ciencia y la investigación se desarrollaron aceleradamente. Cayeron los porcentajes de analfabetismo. Las condiciones de vida material mejoraron notablemente. Desaparecieron las grandes hambrunas y las pestes arrasadoras. El hombre comenzó a controlar las enfermedades, la población aumentó, como así también las expectativas medias de vida, al tiempo que descendió la mortalidad infantil. La producción de bienes y servicios aumentó geométricamente. Se produjo una revolución en el agro, la industria, la minería, los transportes, el comercio y la banca.

Es una época de grandes innovaciones tecnológicas: la máquina de vapor, el ferrocarril, los barcos de hierro, los canales, los grandes caminos y el telégrafo. Después el automóvil y el aeroplano, la electricidad, la turbina de vapor, el motor de gasolina, el motor de combustión interna y las grandes usinas. Se desarrolla y difunde el crédito, lo cual permite el acceso de los distintos sectores sociales al consumo masivo de toda clase de mercancías. El comercio internacional crece en forma extraordinaria. El nivel de vida, en fin, aumenta espectacularmente. Este proceso solo pudo desenvolverse gracias a una doctrina y a un marco institucional que lo posibilitaron. El capitalismo liberal es el verdadero creador del mundo moderno.

No obstante sus éxitos inobjetables, el sistema que lo produjo comenzó a perder credibilidad. La confianza que la opinión pública de occidente le tenía al régimen liberal en vigencia, se debilitó rápidamente. Esto comenzó a insinuarse en la segunda década del presente siglo, pero se acentuó a partir de 1930. Hay distintas razones que explican este proceso, pero creo que son dos las causas fundamentales. En primer lugar, el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929 y la subsiguiente depresión de los años treinta, que se caracterizó por una desocupación en escala no conocida hasta entonces y que afectó a millones de personas. En segundo término, el surgimiento en la Rusia soviética, a partir de 1928, de una nueva manera de organizar la producción de bienes y servicios: la economía centralmente planificada, anunciada y puesta en ejecución por el dictador totalitario J. Stalin.

Estas dos razones explican la creación de un nuevo clima ideológico en Occidente que perduraría por cinco décadas. Sus características más salientes serían el recelo a la libre empresa, una fe supersticiosa en las posibilidades del Estado y la confianza desmedida en la planificación social. Se comienza a suponer que el Estado puede sustituir al mercado. Nace así el Estado de bienestar, que tenía por fin tutelar al individuo desde la cuna hasta la tumba. Con él se inician también la inflación sistemática, los déficits presupuestarios y el crecimiento del sector público. En realidad, los orígenes inmediatos del Estado protector hay que buscarlos en la Alemania autoritaria de Bismark a fines del siglo pasado, que se continuó en Austria (1888) y Hungría (1891). En estos experimentos de nacionalismo estatizante hay que buscar también las causas del expansionismo germano, que produjo la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, durante todo el período en el que el liberalismo estuvo a la defensiva, hubo un puñado de filósofos, sociólogos y economistas que trataron de preservar la doctrina de los ataques de que era objeto. Con ese objetivo fue creada en 1947 la Mont Pelerin Society, que hasta hoy nuclea a lo más granado del liberalismo mundial. Algunos de sus fundadores sobresalieron por la energía y claridad con que defendieron y difundieron sus principios. De entre ellos, Ludwig Von Mises (1883-1973) aparece como el principal portaestandarte. Su vasta producción no le impidió mantener centrada su penetrante inteligencia y formación en lo que él consideró que eran los más graves peligros para la humanidad : la planificación económica, el estatismo y la inflación. Fue el primero en plantear la imposibilidad del cálculo económico en una economía totalmente socializada. Su explicación acerca de las causas de las crisis económicas tienen hasta hoy irrefutable vigencia. Sus demostraciones de las falacias keynesianas iniciaron el debilitamiento progresivo de ese pernicioso cuerpo de teorias y politicas que se encuentran hoy en repliegue en occidente. Toda su obra, en fin, se encuentra compendiada en La acción humana (1949), monumental tratado de economía política que bien puede ser considerado como el más formidable alegato en favor de la libre empresa del siglo XX.

En el campo de las ideas politicas y sociales, dos franceses brillaron con luces propias durante este periodo. Raymond Aron (1905-1982), sociólogo y periodista lúcido y sagaz, de cuya producción, si tuviera que elegir un libro como el más expresivo del liberalismo a la defensiva y pesimista respecto al futruo de la libertad, no dudaria en señalar a El observador comprometido (1981). Por otra parte y también en la tradición de Montesquieu y de A. de Tocqueville , el tratadista politico Bertrand de Jouvenel (1903-1987), las complejas relaciones entre la libertad y la autoridad.

En Francia, la reconstituciòn del orden en libertad se debió también a la persevetante lucha del economista J. Rueff, quien en El orden social (1964) precisaba que las ilusiones de los falsos derechos solo podian llevar a la inflación y al socialismo o a la anarquía social. Se distinguió también por sus críticas al sistema de patrón de cambio oro y al FMI, pues consideraba que ese organismo alentaba a la inflación mundial. Para evitar este flagelo propuso específicamente el restablecimiento del patrón oro que implica una relación entre el dinero en circulación y la reservas de oro disponibles.

Por su parte, a las bases ideológicas de la reconstrucciòn italiana hay que buscarlas en Los principios de hacienda pública ( 1940), la obra fundamental del político y economista Luigi Einaudi.

El mal llamado milagro alemán fue una tarea de cuya arquitectura doctrinaria es responsable W. Röpke (1899-1965), autor entre otros libros de la Crisis social de nuestro tiempo (1942) y Civitas humana (1944) y su breve y profético La crisis del colectivismo. Sobre los principios liberales humanistas que éste sostuvo; Alfred Muller-Amack, que acuñó la célebre expresión economía social de mercado , pudo construir los diferentes instrumentos de política económica que luego pondría en ejecución con éxito asombroso L. Ehardt. Este brillante economista relató después su magnífica experiencia en el célebre libro Bienestar para todos (1951), en donde no obstante su orientación claramente liberal se ponen de relieve algunas secuelas de la mentalidad estatizante prevalente en la época.

La Escuela de Chicago, relacionada con prestigiosos propulsores del liberalismo, pero vulgarmente identificada con Milton Friedman (1912- ) quien se constituyó por muchos años en su principal portavoz. Si bien éste adoptó una posición fuertemente crítica de las políticas propiciadas por J. M. Keynes aplicadas durante la pre y post II Guerra Mundial, desde posiciones liberales más ortodoxas se le objetaron, no obstante, a sus propuestas algunas tonalidades keynesianas. Su más importante obra de este período es Capìtalismo y libertad (1962).

Pero en los últimos años, y desde la conservadora Hoover Institute, propone una organización del mercado libre, más próximo a la que postulan las líneas más ortodoxas: Libertad de elegir (1981). Pero de todas maneras estará distante siempre de la corriene libertaria o anarco-liberal en que se encuentra revistando su hijo, David Friedman, y que orienta Murray Rothbard, que desde tesis inicialmente austríacas se ha deslizado a propuestas que incluyen la privatizaciòn del propio Estado, incluída la administración de justicia, seguridad interior y defensa exterior. Estas polémicas ideas están expuestas sobre todo en Por una nueva libertad (1973) y en Individualismo y filosofía de la ciencia social (1979).

Por su parte, la denominada escuela económica de la oferta encabezada por A. Laffer, G. Gilder y P. Craig-Roberts, inspiró a las políticas económicas aplicadas durante la gestión gubernamental de Ronald Reagan. Como quiera que haya sido durante los años 80 y 90 del siglo XX el liberalismo recobro la influencia que tuvo en su años se auge .

La batalla tanto en el plano de las ideas como en el de las realizaciones, la ha ganado de un modo concluyente. El estatismo y todas las formas de intervencionismo se baten en retirada. El liberalismo moderno no solamente estuvo durante esos años a la ofensiva, sino que, además está también se autotransformo de una manera muy dinámica. Cansados de tanta regulación y uniformidad producida por el Estado, los hombres y mujeres de Occidente comenzaron a buscar el realce de su propia personalidad y a afirmar sus derechos individuales. Se comenzo ha confiar en los efectos sociales de la tecnología, y ven en las computadoras sus más firmes aliadas. Estas les permiten una participación más activa en la toma de decisiones públicas. Los referéndums y plesbicitos están en auge. Se abomina de la sociedad de masas. La descentralización y el federalismo despertaron después de un secular letargo. . Se propició la privatización de la educación, la salud y la previsión social.

Aquí en Latinoamérica se consolidó la democracia como régimen de gobierno, mientras que en Asia y Africa sólo los países que persisitieron en las fracasadas fórmulas socialistas pasan hambre y miseria.

Por otra parte en los países de Europa del Este y en la U.R.S.S. se observó un acelerado proceso de democratización y liberalización.


1979, El resurgimiento

Todo este vertiginoso cambio se comenzó a manifestar en el plano electoral con el impactante triunfo en Inglaterra de M. Thatcher en 1979 y el de R. Reagan en Estados Unidos en 1980. Tanto aquella como éste se declararon acérrimos partidarios de las nuevas ideas liberales que en esos momentos se estaban elaborando en los think tanks de los E.E.U.U. y distintos centros universitarios de Europa.

La doctrina liberal de nuestros días es rica en matices y contenidos. Sus escuelas son diversas y la heterogeneidad de enfoques esconde por momentos el común denominador de todos ellos: la defensa irrestricta de la libertad del hombre. En una rápida y apretada reseña podemos señalar sólo a las más importantes e influyentes doctrinas escritas.

Antes que nada la corriente del liberalismo es moral y ético. Esta surge a partir de la observación de que, no obstante los éxitos incontestables del liberalismo, éste no lograba imponerse en amplios círculos sociales, religiosos e intelectuales. Se creyó advertir, y con razón, que quizás el problema consistía en el escaso interés que los filosófos y pensadores liberales habían puesto en los fundamentos morales y éticos del sistema y especialmente en demostrar que era el más justo de los sistemas conocidos. Después de algunos trabajos pioneros tales como La etica de la sociedad competitiva (1935) de F. H. Knight; Los fundamentos de la moral (1961) de H. Hazlitt y La economía del mercado ante el pensamiento católico (1954) de Daniel Villey; es sobre todo la prolífera e inteligente obra de Michael Novak la que terminó de mostrar en forma concluyente la inmensa superioridad moral del liberalismo frente a cualquiera de los sistemas hasta ahora conocidos. A esto lo pone de relieve fundamentalmente en su libro más notorio: El espiritu del capitalismo democrático (1982). Además en libros posteriores como Será libertadora (1986) formuló una apabullante demostración de la falsedad de la denominada teología de la liberación. También la filosofía política liberal recibió un vigoroso impulso de un pensador que, curiosa y paradojalmente, pretendió al comenzar su más importante obra, Anarquía, Estado y Utopía (1974) darle al estado moderno una fundamentación socialista. En vez de ello, elaboró una de las más luminosas utopías del liberalismo político de las últimas décadas. En efecto, Robert Nozick probablemente el más profundo filósofo político liberal contemporáneo, quien fue profesor de la Universidad de Columbia y Harvard, tanto en la mencionada obra como en su última publicada Explicaciones filosóficas (1981), se revela como el verdadero sepulturero de la sociedad de masas y profeta de una sociedad en la que los individuos no buscarán ser iguales entre sí, sino por el contrario, al disponer cada uno de ellos de una franja de libertad mucho mayor de la que se posee actualmente, realizarse vitalmente en tanto se distinguen y diferencian de los demás. El marco institucional que permitirá esto es el del estado mínimo, el cual sólo tendrá la función primaria de asegurar justicia y seguridad para sus habitantes. A partir de ahí Nozick considera a toda otra función que asoma el Estado como fundamentalmente legítima. De más está decir que, la consecución de las metas que propone el filósofo de Harvard suponen una modificación drástica de las relaciones establecidas entre el Estado y los individuos para asegurar así un lugar donde las personas están en libertad de unirse voluntariamente para seguir e intentar su propia versión de la vida buena en la comunidad ideal.

A diferencia de Nozick, filósofo solitario y de inspiración lockeana, James Buchanan de raíz hobbesiana, es el principal portavoz de una escuela, la de Virginia o de la elección pública (Public choice) cuyos integrantes Gordon Tullock. Los motivos del voto (1976), N. A. Niskanen , La burocracia (1976) y otros, no sólo son responsables de las más importantes renovaciones operadas en el pensamiento liberal, sino que, con sus trabajos han permitido una mejor y más racional comprensión de los problemas y funcionamiento de las sociedades modernas. Sus aportes, basados en la aplicación sistemática de los instrumentos analíticos económicos, no reconocen barrera disciplinaria alguna. Van desde la ciencia económica (Buchanan mismo es Premio Nobel en esa especialidad) hasta la ciencia política y el derecho constitucional. Lo fundamental del pensamiento político de esta corriente está condensado en el libro de Buchanan Los límites de la libertad – entre la anarquía y el leviatan (1974). En dicha obra, el autor distingue entre el Estado protector (equivalente al estado mínimo de Nozick), cuya función sería preservar los derechos declarados en el contrato constitucional, y el Estado productor, que tendrá la función de elaborar bienes públicos indispensables para el desarrollo armónico de las sociedades, cuales son en primer lugar la ley y luego todo otro servicio valorado socialmente y que no sería ofrecido en ausencia de la institución estatal. Para lograr un sistema como el que se sugiere, serán imprescindibles entre otras cosas, cambios estructurales básicos o una revolución constitucional , de modo que se permita una redefinición clara y un fortalecimiento de los derechos individuales y se reduzca el campo de la actividad coactiva determinada estatalmente. Es necesario, pues, establecer con precisión los límites entre el Estado y la libertad integral de los individuos. En fin, Buchanan coincide con Nozick en que es necesario un nuevo contrato social si es que se pretende seguir ampliando la esfera de la libertad y detener el avance del Estado.

Importante es la escuela objetivista de Ayn Rand (1905-1982), pensadora rusa radicada en los EE.UU., cuyas ideas agudas y provocativas han influído mucho en amplios círculos intelectuales de países de cultura predominantemente sajona. En algunos de ellos, como Dinamarca y Noruega, sus partidos liberales declaran su cercanía doctrinaria con esta línea de pensamiento. Sin llegar a caer en posiciones anarquistas, esa doctrina propicia la elaboración de un códigoo moral que les diferencia a los hombres los valores e intereses correctos de los que no lo son, para que aquellos le sirvan de suprema guía, pues el fin esencial en la vida es la preocupación por el propio interés que se equipara con una digna existencia moral. Pareciera que sus propuestas muchas veces entran en colisión con criterios y principios aceptados convenientemente por la cultura tradicional de occidente. De entre las principales obras traducidas al castellano podemos citar El manantial (1943) y La virtud del egoísmo (1964).,y La rebelion de Atlas.Su influencia en los ultimos años del sigloXXI ha sido notoria,especialmente en sectores empresariales y universitarios jovenes.

Con Gary Becker, La inversión en capital humano (1º964), y especialmente T. Schultz Inviertiendo en la gente (1981) , la escuela del capital humano logra éxito en refutar la hipótesis de los economistas clásicos de que el progreso económico está determinado por la dotación de recursos naturales de un país, o para decirlo en términos inversos, que la limitación o insuficiencia de los mismos es una barrera para el desarrollo. La tesis central de esta corriente, radica por el contrario, en que la verdadera clave del crecimiento de un pais esta relacionada con la cuantia y calidad de la inversion en la educacion y salud de sus habitantes. Al respecto, considero que hay actualmente en el mundo moderno suficientes ejemplos de países que actúan como ilustración y demostración de estas tesis.

En el campo de la historia social y económica el liberalismo se vió rejuvenecido y fortalecido con la contribución que han hecho los especialistas que se inscriben en la escuela de los derechos de la propiedad. Constituyen una legión los que usan este enfoque en las disciplinas sociales, pero es pertinente resaltar aquí las investigaciones de Douglas North, sobre todo la que surge de su Nacimiento del mundo occidental (1973) . En ella refuta de un modo definitivo y aplastante las teorías de K. Marx acerca del surgimiento y fortalecimiento del sistema capitalista. Las influyentes teorías de Douglas North, en síntesis, explican lo siguiente: el capitalismo nació en los Países Bajos durante el siglo XVII porque fueron los primeros en dotarse de un marco de instituciones y de derecho de propiedad que sirvieron para crear suficientes motivaciones en las gentes de la epoca, para canalizar sus dineros hacia las actividades que suponian mas utiles. Con posterioridad, solo las naciones que supieron dotarse de derechos de propiedad precisos y claros se inscribieron en el camino del progreso. Para North, a diferencia de Marx, que privilegiaba el modo de producción, es el derecho, definido como una tecnología de la organización de las relaciones humanas, económicas y sociales, la clave del éxito de los países.

Las falsas tesis elaboradas por R. Prebisch que paralizaron el progreso de los paises subdesarrollados por dos décadas, fueron refutadas por J. Viner, G. Haberler y más modernamente por Peter T. Bauer en "La crítica de la teoría del desarrollo". Por su parte, desde la filosofía de la ciencia, Karl Popper, acertadamente llamado el Kant del siglo XX , tanto en La sociedad abierta y sus enemigos (1945) , como en su producción posterior, que llega hasta hoy, fue marcando la falsía que hay detras de todas las ideologias historicistas y profeticas, especialmente el marxismo. Para terminar, corresponde hacer referencia a lo que yo denomino la Vanguardia liberal representada hoy por el más viejo y lozano de los liberales modernos, Friedrich Von Hayek, nacido en Austria en 1899, quien vivió el auge, la declinación y el renacer del liberalismo. En 1944 escribió un libro que lo haría famoso: El camino de la servidumbre donde advertía que la planificación llevaría irremediablemente al comunismo. Después, al observar la crisis del socialismo, se dedicó a reformular y renovar al liberalismo. En Los fundamentos de la libertad (1959) fue más allá de la economía para buscar una mejor redefinción del orden jurídico y social de la libertad. Una de sus tesis es que los liberales deben permanentemente ir ampliando el campo de las libertades. Para ello tienen que ensanchar el horizonte de las utopías que proponen, a decir verdad, en esto fue consecuente. Premio Nobel de Economía en 1974, produjo muy recientemente una verdadera revoluciòn en la teoría económica liberal al desarrollar propuestas que implican la rectificación de anteriores opiniones. Comenzó declarando la inutilidad de la sacrosanta teoría cuantitativa de la moneda. Explicó después la irracionalidad que supone el prejuicio de que el Estado debe mantener el monopolio de la emisión de moneda.

Sugiere con entusiasmo llevar la libertad y la competencia al campo de la moneda para que se pueda formar un verdadero mercado de monedas en concurrencia. Otro aspecto muy original de su concepción es que no solamente descarta por completo la existencia de un Banco Central, sino que se aleja de su anterior actitud en favor del patrón oro. Esta impactante propuesa desarrollada en La desnacionalización de la moneda (1976) quizás no se quede atrás en audacia respecto a su última utopía : la demarquía como sistema político que perfecciona y deberá sustituir en el futuro a la democracia.

A esta teoría nos la explica Guy Sorman, el más notable difusor de la revolución liberal contemporánea, en su libro Los verdaderos pensadores del siglo XX, (1989). Con todo, y por lejos, Von Hayek ha sido quien más ha hecho durante el presente siglo, no solamente por fortalecer el edificio intelectual del liberalismo, sino también por debilitar los cimientos del socialismo.

Y es nuevamente a Guy Sorman a quien debemos acudir para explicar la verdadera situación de crisis que vive el mundo socialista. A todo esto el economista francés nos lo explica magistralmente en su obra Salir del socialismo (1991).

En síntesis, durante la década de los ochenta, el mundo restableció el liberalismo y tras el derrumbe del muro de Berlín, colapso toda alternativa de instaurar con éxito cualquier forma socialista de organización social.

La reciente crisis del capitalismo,sufrida ente los años 2008-2009 dió lugar a que aparecieran de nuevo los eternos agoreros que desde las primeras profecías apocalípticas de Marx,esperan de un momento a otro el fin del sistema. Como en tantas oportunidades anteriores ,esto por supuesto no ocurrió y lo que si se manifestó , también como en otras crisis, es una inmensa capacidad de adaptarse y autocorregirse. El capitalismo liberal una vez más se ha demostrado como el único hasta la fecha que ha logrado algo que ningun otro pudo, esto es, conciliar una vigorosa vigencia de la libertad con crecientes nivelos de progreso economico, un sostenido desarrollo de la ciencia y la tecnología, consolidación de la democracia, sostenida tendencia a la igualdad y vigencia plena de los derechos humanos y del estado de derecho. Lo que incuestionablemente falta es una teoría que explique las reales causas que originaron y profundizaron la crisis. La falta de una aguda explicación, probablente se deba a lo reciente de la crisis y a que algunos de sus efectos todavia se están exteriorizando. Obviamente toda la “inflación” de interpretaciones que aparecieron, no pasaron del nivel periodístico.Una vez que pasen las tormentas, y se tenga la adecuada perspectiva y claridad, sin lugar a la menor duda que las ciencias sociales podrán dar una más seria explicación de las verdaderas razones de la crisis. Mientras tanto, el capitalismo liberal se mantiene como en los últimos tres siglos en la vanguardia del progreso de la humanidad.


Por Sofanor Novillo Corvalán