Ya les conté la historia del sargento japonés Soichi Yokoi que permaneció escondido y en guerra, internado en la selva de la Isla de Guam durante 28 años, hasta 1972 en que lo encontraron por casualidad.
Pues él no fue el único soldado japonés que se ocultó de los aliados. También hubo otros soldados sobrevivientes que estuvieron escondidos durante años sin saber que la Segunda Guerra Mundial terminó y esperando el victorioso rescate del ejército japonés.
Otro legendario militar de éstos, es el Teniente Hiroo Onoda que “se mantuvo en guerra” y aislado del mundo durante casi 30 años.

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Onoda nació el 19 de marzo de 1922. Fue entrenado como oficial de inteligencia y el 17 de septiembre de 1944 fue enviado a la Isla Lubang en Filipinas. Las órdenes de Onoda eran realizar una guerra de guerrillas contra los estadounidenses, que estaban listos para invadir la isla, especialmente atacando las pistas de aterrizaje y los muelles del puerto para evitar que fueran usados por el enemigo.
Antes de empezar la misión, el Mayor Yoshima Tanigushi, les dijo claramente a sus soldados:

"Está terminantemente prohibido suicidarse. Puede tomar tres años, puede que sean cinco, pero pase lo que pase, regresaremos para buscarlos. Hasta entonces, mientras uno de ustedes permanezca vivo, esta guarnición seguirá bajo su mando. Se puede sobrevivir comiendo cocos, y si eso fuera necesario, vivirán comiendo cocos. Pero, bajo ninguna circunstancia se rendirán o se quitarán la vida voluntariamente"


Las fuerzas aliadas fueron superiores militarmente y tomaron el control de la isla en pocos días. La mayor parte de los soldados japoneses murieron o fueron hechos prisioneros. Onoda y tres compañeros más (Yuichi Akatsu, Siochi Shimada y Kinshichi Kozuka) lograron huir y se internaron en la selva de aquella isla, prácticamente se aislaron del mundo. Esto ocurrió casi al final de la guerra, pero Onoda y sus compañeros no lo sabían; para ellos la guerra continuaba y su vida de guerrilleros se prolongó durante años, donde nunca se enteraron de la Orden Imperial de deponer las armas.
Los cuatro hombres sobrevivieron alimentándose con frutas y cazando animales salvajes o robando de los rebaños de los campesinos, tratando siempre de no llamar la atención ni desperdiciar municiones.

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Un día encontraron cerca a la costa un panfleto que decía: "La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas!"
Onoda y sus hombres analizaron el panfleto y pensaron que era una trampa para capturarlos. Decidieron internarse aún más en la jungla. Durante años encontraron otros panfletos, cartas, periódicos, fotografías e indicios para que depongan las armas, pero siempre pensaron que se trataban de trucos yankees para obligarlos a salir y hacerlos prisioneros.
Los cuatro hombres vivieron así durante años, atacando y saqueando comunidades rurales y a soldados filipinos que encontraban en “su territorio”. Durante esos años mataron un considerable número de personas en sus ataques clandestinos.
Si bien estaban entrenados para sobrevivir en la selva, nada fue más aleccionador que pasar tanto tiempo ahí arreglándoselas como podían. Remendaban sus uniformes haciendo hilos con lana silvestre y utilizando alambres en lugar de agujas. Los árboles de palmas les eran muy útiles ya que con la fibra de su tronco se cepillaban los dientes, y extraían el aceite para engrasar sus armas.
Básicamente su dieta era a base de plátanos, cocos, larvas y una que otra ave o roedor que atrapaban. Por este motivo, cuando lograban robar una vaca y comer carne de res, les caía pesada y les daba fiebre, la que sabían contrarrestarla bebiendo leche de cocos verdes. De ésta forma, se mantuvieron sino saludables, al menos satisfechos.


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Cuatro años más tarde, en 1949, el soldado Akatsu ya no aguantó el aislamiento y decidió regresar a casa. Un día, sin previo aviso, decidió abandonar a sus tres compañeros. Al poco tiempo, Onoda y sus hombres encontraron una nota de Akatsu en la que les decía: que había sido encontrado por tropas filipinas amigas, que lo habían acogido cuando abandonó la jungla. Ellos creyeron que Akatsu había sido forzado a escribir esa nota y por tanto continuaron sus patrullajes y ataques guerrilleros con mayor precaución.
Cinco años después, a mediados de 1954, Onoda y sus hombres se encontraron en la playa con una patrulla de soldados que justamente los buscaban para rescatarlos, pero la psicosis de los fugitivos pudo más y empezaron a dispararles. En este cruce de balas cayó abatido el cabo Shoichi Shimada. Después de este incidente, Onoda y Kozuka volvieron a internarse en la selva, ahora solo quedaban ellos dos.
Para mayo de 1959, quince años después de que se escondieron en la jungla, llegó a la isla otro grupo de búsqueda liderado por los hermanos de ambos soldados. Permanecieron durante seis meses tratando de encontrarlos. No tuvieron éxito. En esa oportunidad el hermano de Onoda comenzó a cantar usando un megáfono con la esperanza que su hermano reconociera su voz. Hiroo Onoda pensó que alguien trataba de suplantar a su hermano Toshio.
Después de esta infructuosa búsqueda, las autoridades japonesas los declararon como desaparecidos.
Pasaban los años, y el Subteniente Onoda junto al soldado Kozuka continuaban en su guerra solitaria, convencidos de que algún día regresarían las fuerzas japonesas a recuperar la isla.
El 19 de octubre de 1972, Onoda y Kozuka intentaron incendiar la cosecha de arroz que los campesino habían cosechado, "para sabotear las líneas de abastecimientos del enemigo". Una patrulla de la policía filipina descubrió a los dos hombres y les disparó. El soldado Kozuka -que ya tenía 51 años- murió en el combate, finalizando así 27 años de lucha clandestina. Onoda logró escapar internándose en la jungla.
La noticia de la muerte del soldado Kozuka llegó a conocerse en Japón y reavivó el mito. Supusieron que Onoda debía estar vivo, aunque había sido declarado oficialmente muerto 13 años atrás y ascendido a Teniente como homenaje póstumo. La policía filipina desplegó una intensa búsqueda rastreando a Onoda pero nunca lo localizaron.
Ese mismo año, en 1972, salió desde Japón un nuevo grupo de búsqueda hacia la isla, al que también se unieron sus hermanos Chie y Tadao Onoda. Tampoco pudieron encontrarlo.
Hiroo Onoda se mantuvo oculto en la jungla durante otro año y medio, y hasta su padre formó parte de un grupo de búsqueda que también fracasó en su misión.


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En el Japón este soldado llegó a convertirse primero en celebridad y luego en un mito urbano. Su historia recorría colegios y universidades donde se pensaba que sólo era una leyenda.
Un estudiante universitario y soñador llamado Norio Suzuki -que era fanático de estos mitos y leyendas- recopiló en archivos del ejército y con la familia Onoda, toda la información posible del fugitivo soldado. De hecho bromeaba con sus compañeros de aula, que alguna vez encontraría un Oso panda, al Hombre de las Nieves y al Teniente Onoda.
Este joven aventurero, con la poca información que pudo obtener, tomó un día su cámara de fotos, unos apuntes y la mochila. Partió a Filipinas a buscar a su héroe.

Una mañana, mientras hacía su búsqueda habitual de cocos, Onoda divisó un toldo en forma de carpa cerca de la playa. Cerca al toldo pudo ver a un joven sentado que leía unos apuntes. Se escondió y decidió vigilarlo de cerca. Estaba en un dilema porque al encontrarse solo no podía tomar prisioneros, pero después de una difícil comunicación inicial, Onoda confió en el muchacho y se hicieron amigos. Suzuki trató de convencerlo de que la guerra había terminado hacía mucho tiempo, pero Onoda estaba determinado a no rendirse a menos que se lo ordenara su superior, el Mayor Tanigushi. Suzuki tomó fotografías de ambos y convenció a Onoda para reunirse en ese mismo lugar dos semanas después.

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El 7 de marzo de 1974, Onoda fue al lugar del encuentro, donde Suzuki le mostró las fotografías reveladas. Después de 29 años, Onoda veía su rostro por primera vez y se asombró por el parecido que se encontró con las caras de sus tíos. Suzuki le dijo que su ex comandante, el Mayor Tanigushi lo esperaría en ese lugar dos días después.
El 9 de marzo, Onoda se presentó con mucha cautela y con su fusil rastrillado, en caso de que fuera una emboscada. Vestido con su uniforme, su espada y el fusil Arisaka y varias granadas de mano se dispuso a presentarse a su superior. Aún esperaba recibir nuevas órdenes para continuar la lucha contra los estadounidenses.
El Mayor Tanigushi, que hacía mucho tiempo era un civil, llevó consigo la carta del Emperador donde se le ordenaba deponer las armas y cesar las acciones de combate. Se la leyó en voz alta. Después de unos instantes de profundo silencio y tensión, Onoda abrió el cerrojo de su fusil, descargó el arma y puso todo el equipo en el suelo. Luego se sentó a llorar.


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Hiroo Onoda luego de recibir la orden de rendirse


Onoda pasó 29 años combatiendo en la jungla hasta que el 10 de marzo de 1974, se rindió formalmente en la Base de Radares de Lubang, ante el Presidente filipino Ferdinand Marcos. Onoda le presentó su espada en señal de rendición y Marcos se la devolvió en señal de respeto. También lo indultó de los cargos que pesaban contra él, ya que en todo ese tiempo, Onoda y sus hombres habían matado a unos 30 campesinos y herido a un centenar más.


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Onoda entregando su sable al presidente Ferdinand Marcos


Hiroo Onoda regresó a Japón y fue recibido como un héroe, pero se sintió muy incómodo al no poder adaptarse a la moderna vida japonesa totalmente occidentalizada. Recibió el pago por los años de servicios acumulados, pero la cantidad no era significativa para los años 70. Escribió sus memorias en el libro "No Surrender: My Thirty-Year War" y se mudó a vivir al Brasil.



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Hiroo Onoda en la actualidad


Un dato sorprendente fue que había llevado cuenta de los días, meses y años, calculándolos por las fases lunares y sólo estuvo desfasado con seis días.
Respecto a Norio Suzuki no he investigado a fondo si por fin pudo encontrar a su Yeti, pero en cuanto tenga información, yo les aviso