Argentina, Brasil y EEUU. relacion triangular

“RELACIÓN TRIANGULAR ARGENTINA, BRASIL Y ESTADOS UNIDOS. PASADO, PRESENTE Y FUTURO.”

Si en el pasado los países del Cono Sur han sido el centro de un triángulo con Europa y la potencia del norte del continente, no hay duda de que un triángulo igualmente importante se ha desarrollado entre los dos vecinos regionales y Estados Unidos, ya sea en el marco de una rivalidad estratégica, de una competencia económica o de un proceso de integración regional. El concepto esencial de la política: “amigo-enemigo” será aplicado a esta relación triangular.
Hay un enorme parecido entre el amigo y el enemigo; son hermanos, gemelos y, sin embargo, también subyace en ellos una esencia que los hace existencialmente distintos: “¿quién decide por quién?” Responder a esta pregunta es lo que los lleva al punto más extremo de su relación. ¿Existe alguien, fuera de ellos, que pueda intervenir en la decisión del conflicto? Sólo es posible intervenir en la medida que se toma partido por uno o por otro, cuando el tercero se convierte en amigo o enemigo. De ahí que el conflicto sólo pueda ser resuelto por los implicados, pues sólo a ellos les corresponde decidir si permiten su domesticación o viceversa como una forma de proteger su forma esencial de vida.
Desarrollo
El predominio de Inglaterra en la región, la intromisión de Estados Unidos, ya en el siglo XIX, favoreciendo a Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza y, en el siglo XX, instigando el ataque de Brasil a la Argentina, durante la Segunda Guerra Mundial fueron algunos de los conflictos en la Cuenca del Plata.
En la cultura de estos pueblos persisten las razones geopolíticas por las cuales Portugal y España se enfrentaron durante los tiempos de la colonización. Fue en la Cuenca del Plata, región con 3,1 millones de km2, que la historia de Brasil y la Argentina, así como la de Uruguay, Paraguay y, en cierto modo, Bolivia, se entroncaron y entrecruzaron desde sus orígenes.
La constatación y calificación de Brasil como parte del propio Estado portugués, que se segregó y se adaptó a las condiciones económicas y sociales de la colonia, pero, en la mudanza, no sufrió discontinuidad alguna, al conservar su contextura institucional, expresada en la monarquía, y el aparato militar y diplomático, con experiencia internacional, capaz de imponer interna y externamente la voluntad social de sus clases dirigentes. En realidad, Brasil es la América portuguesa que no se desintegró, que mantuvo su unidad económica, social y política, al contrario de la América española, fragmentada en más de diez Estados. Su separación de Portugal no tuvo como objetivo subvertir, sino conservar el status quo, que los liberales portugueses pretendieron derogar tras la revolución en Porto, en 1820. El sistema colonial fue abolido con la apertura de los puertos, cuando, en 1808, la Corte de Lisboa escapó de las tropas de Napoleón Bonaparte hacia la ciudad de Río de Janeiro, convirtiéndola en la capital del imperio portugués; Brasil ya era un Estado soberano, no sólo de facto sino también de iure, desde 1815, cuando el rey Juan VI lo elevó a la categoría de Reino Unido a Portugal, reconocido por las principales potencias de la época: Inglaterra, Francia, Austria, Prusia, Rusia, así como Suecia y Estados Unidos. Lo que ocurrió el 7 de septiembre de 1822 no fue precisamente la independencia de una colonia. Lo que se desligó de Europa fue el Estado portugués montado en América del Sur, el reino de Brasil. Y el hecho de que ese reino se apartara de Portugal como Estado organizado, disponiendo de un aparato burocrático-militar, con experiencia diplomática, trasladado a su territorio, le posibilitó tener una política exterior y ejercer durante el siglo XIX una primacía en la Cuenca del Plata, donde los Estados todavía no estaban consolidados, ni en la Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, ni en el resto de América del Sur.
Al final de la Guerra de la Triple Alianza, la Argentina, consolidada como Estado nacional, pasó a disputar con Brasil la hegemonía en la Cuenca del Plata, y la rivalidad entre ambos países, en gran medida, reflejó los vínculos de dependencia comercial que mantenían con terceras potencias diferentes y adversas, Gran Bretaña y Estados Unidos.
A partir de las últimas décadas del siglo XIX, la Argentina prosperó y pudo disputar la hegemonía en América del Sur, mientras que Brasil, dependientes de las exportaciones de café, pasó a girar en torno de Estados Unidos.
S
in embargo, Brasil contó con mejores condiciones sociales y políticas y dispuso de mayores recursos naturales, sobre todo el hierro, para impulsar el proceso de industrialización con la inauguración de la siderúrgica de Volta Redonda en 1946, lo que posibilitó el desarrollo del sector de bienes de capital, indispensable para la autotransformación y la autosustentación del capitalismo y la expansión de su masa económica, haciéndola una de las diez mayores del mundo y restaurando, en los años setenta del siglo XX, su posición como potencia regional en América del Sur.
No obstante, la tendencia para la integración de Brasil y la Argentina, que siempre impregnó la rivalidad entre ambos países, prevaleció y los impulsó a formar el Mercosur, frente a la creciente internacionalización de la economía, apuntando a la construcción de un Estado multinacional, como la Unión Europea, mediante la integración de todas las provincias de América del Sur, a partir del eje Río de Janeiro-San Pablo-Córdoba-Rosario-Buenos Aires, la región de mayor desarrollo del subcontinente y que se extiende por casi toda la Cuenca del Plata.
Para comprender mejor tales acontecimientos y evaluar con más claridad su evolución y sus consecuencias, es necesario, situarlos, por lo tanto, en una perspectiva histórica, a fin de indagar las tendencias que esencialmente ellas encierran. El método histórico es el mejor para el conocimiento de los fenómenos políticos, dado que hay un infinito entrecruzamiento de causas, y los fenómenos, cuando se manifiestan, son resultado de transformaciones cuantitativas y cualitativas de tendencias que se delinean y se desarrollan a lo largo del tiempo. Difícilmente puede comprenderse la política exterior y las relaciones internacionales de un país sin situarlas en su historicidad concreta, en sus conexiones mediatas, en sus condiciones esenciales y en su continua mutación. El pasado constituye la sustancia real del presente, que no es nada más que un permanente devenir.
Los Estados llamados nacionales son organismo vivos, surgieron y se formaron en determinadas condiciones históricas, y se comportan según la tradición y la herencia sedimentadas en la cultura de los pueblos respectivos, a los cuales ellos políticamente organizan y representan. Su contenido real, como lo definió Hegel, es el propio espíritu del pueblo, o sea, su cultura, y ese espíritu los anima en especiales oportunidades, como las guerras, por ejemplo. Los Estados son los que revelan sus acciones.
La tendencia al mesianismo nacional, acentuada en el pueblo estadounidense por la creencia de ser el elegido de Dios, generó la idea de que el destino manifiesto de Estados Unidos consistía en expandir por todo el hemisferio no sólo sus fronteras territoriales, sino también las económicas. Y esa idea, condensó y condujo toda su historia. La propuesta de formar el área de libre comercio, planteada en 1990 por el presidente George Bush y retomada en 1994 por el presidente Bill Clinton, reavivó un antiguo proyecto de Estados Unidos de implementar la Doctrina Monroe en su dimensión económica, dado que la política ya había prácticamente excluido a América Latina de la jurisdicción inmediata de la ONU. En 1887, el presidente Grover Cleveland le había ofrecido a Brasil formar con Estados Unidos una unión aduanera con intercambio de productos libres de derechos, de modo que sus rentas se sumaran y fuesen después divididas, según criterios de captación. Esa idea no prosperó, dada la oposición del ministro de Hacienda del Imperio de Brasil, Francisco Belisario. Pero seguidamente, bajo el gobierno del presidente Benjamin Harrison, Estados Unidos desencadenó el movimiento panamericano, con la pretensión de crear una comunidad comercial con los Estados latinoamericanos, reuniéndolos bajo su égida, en una especie de federación informal, como una manera de apartar del continente la influencia de Gran Bretaña y de otras potencias industriales de Europa. La Doctrina Monroe, sintetizada en el lema “América para los americanos”, funcionó como justificativo ideológico, y el hecho de que Estados Unidos se convirtiera en la primera potencia industrial del mundo le dio mayor densidad económica y más amplia dimensión política. No obstante, la idea de encerrar el continente en una unión aduanera, inspirada en el Zollverein que desmanteló las barreras comerciales entre los diversos Estados alemanes y permitió la unificación económica y política del país, no encontró mayor receptividad y no se concretó debido, sobre todo, a la oposición de Argentina y de Chile durante la Primera Reunión Panamericana realizada en Washington (1889-1890). Ante el fracaso, Estados Unidos intentó negociar con los Estados latinoamericanos, separadamente, tratados de comercio con concesiones tarifarias recíprocas. Brasil, proclamado república (1889), aceptó la oferta, con la esperanza de obtener un virtual monopolio de las ventas de azúcar en el mercado estadounidense, contrariando la orientación establecida por el gobierno imperial desde 1842. Ese acuerdo, firmado el 31 de enero de 1891, perjudicó a la incipiente industria brasileña y sufrió una severa oposición interna, que recrudeció cuando Estados Unidos, en conformidad con la McKinlay Act, celebró un convenio similar con España, favoreciendo a sus colonias en el Caribe, también productoras de azúcar. Brasil así perdió todas las ventajas, aunque se abstuvo de denunciar el acuerdo, pues dependía del mercado estadounidense para sus exportaciones de café y temía las represalias que insinuó el presidente Harrison. Le cupo al gobierno de Grover Cleveland, la iniciativa unilateral de denunciarlo, al constatar que los productos estadounidenses no conseguían competir con los ingleses en el mercado brasileño, a pesar de las concesiones tarifarias.
Debido a las diferencias intrínsecas en la evolución y condiciones económicas, sociales y políticas en que Argentina y Brasil se encontraban, el golpe militar de 1930 en la Argentina presentó resultados distintos y en sentido inverso de la revolución que ocurrió en Brasil, y de ahí las discrepancias manifestadas en sus políticas exteriores. En la Argentina, el golpe militar devolvió el poder a los conservadores y restauró el predominio de los intereses agroexportadores contras las aspiraciones de las clases medias urbanas y del proletariado, a la vez que revigorizó su dependencia de Gran Bretaña, con la firma del Tratado Roca-Runciman (1933). En cambio, la revolución en Brasil apartó del poder a los conservadores, abatió y quebró la hegemonía de los intereses agroexportadores de los hacendados del café, y permitió que los anhelos de las masas urbanas se impusiesen y conformasen un nuevo pacto político que alió al estamento militar, las clases medias y el proletariado a los pecuaristas de Río Grande do Sul y de Minas Gerais, productores de carne y leche para el mercado interno. Brasil, al contrario de la Argentina, ahondó sus vínculos de dependencia con Estados Unidos. Getulio Vargas firmó el Tratado de Comercio y Reciprocidad con Estados Unidos (1934).
A diferencia de Brasil, durante la Segunda Guerra Mundial, la Argentina se obstinó en la posición de no cortar relaciones con las potencias del Eje y mantenerse neutral frente a la conflagración mundial.
En la Argentina, la sustitución de importaciones de bienes de consumo se intensificó a partir de 1930 con el crecimiento del volumen físico de la producción a una tasa del 3,7% anual, y la fase de expansión de los ramos alimenticios y textiles, como prolongación de las actividades agropecuarias, se agotó prácticamente alrededor de 1943.
Brasil se enfrentó también con una serie de obstáculos, que amenazaban con entorpecerle el territorio de la industrialización.
El crecimiento industrial de Brasil, impulsado por los capitales extranjeros, particularmente europeos, y las inversiones del Estado, alcanzó una tasa del 10-11%.
A partir de la primera mitad de los años sesenta, la Argentina y Brasil, así como Ecuador, Perú Y Bolivia, sufrieron golpes de estado. En la Argentina, las fuerzas armadas que derribaron a Frondizi en 1962, asumieron directamente el gobierno en 1966. En Brasil, los militares, después de derrocar al presidente Joao Goulart (1961-1964), mantuvieron el encuadre constitucional, dentro del cual instituyeron el régimen autoritario, y el gobierno del mariscal Humberto Castelo Branco aplicó un programa de estabilización monetaria que profundizó la recesión económica, pero se enfrentó con la resistencia nacionalista de los sectores industriales y de las propias fuerzas armadas, y no estuvo en condiciones de suspender la protección aduanera para las industrias brasileñas de bienes de consumo durables y no durables, ni de emprender la desestatización de la economía. Por el contrario, debió hacer inversiones públicas para sacar a Brasil de la recesión y, sofocada la fuerza política de los sindicatos, abandonó los lineamientos recesivos del programa de estabilización. A partir de 1967, bajo los gobiernos del mariscal Arthur Da Costa e Silva y Emilio Garatazu Medici, el PBI de Brasil volvió a crecer con tasas entre el 9 y el 11% anuales durante varios años. Dentro de esa coyuntura de expansión económica, Brasil celebró con Paraguay el Tratado de Itaipú el 26 de abril de 1973, atándolo irreversiblemente a su órbita, y prosiguió expandiendo su influencia por América del Sur.
Durante la primera mitad de los setenta, la amplia maniobra estratégica de Brasil, aisló a la Argentina en el Cono Sur. Brasil abrió corredores de exportaciones con la mejora y construcción de nuevas autopistas y ferrocarriles, uniendo el hinterland de la Cuenca del Plata con el litoral del Atlántico e induciendo la producción de Bolivia y Paraguay, así como la de Uruguay y la de la propia Argentina, a fluir hacia los puertos de Santos, Paranaguá y Río Grande. Ese hecho redujo la importancia comercial y geopolítica del puerto de Buenos Aires, al liberar a Paraguay y Bolivia de su dependencia y control. Y al desaparecer la paridad estratégica con la Argentina, el equilibrio de poder en América del Sur se quebró, irreversiblemente, y Brasil obtuvo, por medios económicos y diplomáticos, los resultados de una guerra victoriosa, sin necesidad de combatirla, restableciendo un siglo después, la hegemonía que ejerciera en la Cuenca del Plata hasta por lo menos 1876, cuando retiró las tropas de Asunción, una vez consolidada la victoria de la Triple Alianza.

La junta militar que en 1976 asumió el gobierno en Buenos Aires profundizó todavía más el desequilibrio económico y político en la Cuenca del Plata, al abrir el mercado argentino a las importaciones, con base en la doctrina de las ventajas comparativas, lo que devastó a las industrias nacionales y aumentó la deuda externa. Los militares y la oligarquía criolla, habían llegado a la conclusión de que la mejor y más eficiente forma de debilitar a la CGT y al peronismo, como fuerza política, era reducir a la clase obrera, mediante el desmantelamiento del parque industrial, permitiendo que la Argentina exportase más carne, trigo y otros cereales y, con las recaudaciones impositivas, adquiriese los bienes y manufacturas que necesitaba. Así, la Argentina fue el único país que anduvo en el sentido inverso de la historia de la humanidad: se desindustrializó.
Tanto en la Argentina como en Brasil, los regímenes militares se agotaron, en medio de una profunda crisis económica y financiera. Con la restauración de la democracia, los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney decidieron integrar a los dos países en un mercado común, abierto a otras naciones de la región, según lo acordado en 1986.
Al acelerarse el proceso de globalización, a partir de 1989-1990, los presidentes Carlos Menem y Fernando Collor de Melo, decidieron abandonar el concepto de integración flexible y gradual y precipitaron la conformación de la unión aduanera para el 31 de diciembre de 1994.
Y el proceso de integración asumió el carácter de librecambista, de apertura general, sin protección sectorial y sin comercio administrado, aunque con excepciones, y abarcó a Uruguay y Paraguay, que junto con la Argentina y Brasil celebraron el Tratado de Asunción el 26 de marzo de 1991, determinando la Constitución del Mercado Común del Sur (Mercosur) el 31 de diciembre de 1994.

Conclusiones

Sólo hay política allí donde hay un enemigo real o virtual. En otros términos, mientras haya política, dividirá las colectividades en amigas y enemigas.
La amistad política o alianza es el contrario dialéctico de la enemistad. Según Aristóteles, existen tres posibles bases de la amistad: la enemistad, el placer y la utilidad. Sólo la primera conviene a la amistad y le da seguridad de duración.
No hay alianza sin un interés, por el hecho de que consiste en un contrato, es decir, es un compromiso recíproco con miras a una determinada meta como el Mercosur, sea que los país más débiles busquen la amistad protectora Brasil, sea que uno o varios países vean en su amistad el medio de equilibrar las fuerzas de Estados Unidos, sea que Brasil encuentre en la multitud de sus alianzas ocasión para manifestar su potencia. Pero todo esto no significa que la amistad sea siempre armoniosa en el Mercosur.
Es una verdad confirmada por la experiencia y raras veces desmentida, que la debilidad de las coaliciones proviene de su incoherencia; también en una alianza, la solidaridad nunca es completa.
El Mercosur implica una limitación de la soberanía, por el hecho de que es un contrato que engendra obligaciones recíprocas: el contrato es tan sólo el sustitutivo más moderno del juramento.
Firmado por interés, el Mercosur también puede romperse por el interés: el interés es inseparable de la noción de enemigo. Mientras que exista una pluralidad de Estados soberanos, la política de alianza subsistirá y las relaciones internacionales estarán sometidas a la ley de la potencia y no al derecho.
Cualquier divergencia de intereses, sean de naturaleza religiosa, económica u otra, puede en todo momento convertirse en rivalidad o conflicto, y este conflicto, en cuanto toma el aspecto de una competencia de fuerzas entre los grupos que representan esos intereses, es decir, en cuanto se afirma como una lucha de potencia, se vuelve político.
Una política sin enemigo es contraria al concepto de lo político. La gran debilidad de las doctrinas de la política sin enemigo es que no son más que afirmaciones gratuitas, indiferentes a sus propios presupuestos y consecuencias.

La enemistad está relacionada con la simple coexistencia de los Estados o grupos políticos; quiere decirse que éstos son espontáneamente rivales, aunque sean democráticos.
Políticamente, el enemigo es una colectividad que discute la existencia de otra colectividad.
Hay que evitar la equivocación de ver al enemigo tan sólo bajo su aspecto militar. Se comprenderá sin dificultad que, corresponde al hombre político y no al soldado designar el enemigo.
La enemistad da el significado político a una colectividad, a un pueblo o a una nación, pues existir políticamente es ser independiente. La unidad política de una colectividad tiene, en efecto, como base la supresión de enemigos interiores y la oposición atenta hacia los enemigos exteriores.
La enemistad arrastra un cierto número de consecuencias, como la violencia y el miedo, que da a lo político su fisonomía particular. La política es lucha. La lucha constituye en política un fenómeno permanente.
Puesto que Estados Unidos tiene como base la fuerza, es natural que Brasil procure, por su lado, reunir la mayor fuerza posible, agrupar amigos que, o bien tengan todo que temer del mismo enemigo, o sea Estados Unidos, o bien esperen con esta alianza acrecentar su propia potencia.
La lucha política es inevitablemente un fenómeno de potencia, por eso el mundo político se basa en relaciones de fuerzas. A cada instante los antagonismos pueden transformarse en lucha, de manera que la paz misma, que sin embargo es la meta de la lucha, no está exenta de conflictos o de combates. La lucha es, pues, inherente a la política, aunque sea pacífica.
La propuesta expresada por Estados Unidos durante la Primera Conferencia Panamericana de 1889-1890, ahora se reprodujo con el nombre de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La historia se repite. Pero parece que Brasil resiste, en tanto que Chile (y la Argentina, casi) negoció bilateralmente un área de libre comercio con Estados Unidos, cuya tradición consiste en cumplir los tratados mientras le interesan y romperlos, por iniciativa unilateral, cuando dejan de convenirle.
Aunque alejado de la vocación imperialista de otras épocas, Brasil hoy está más decidido que nunca a ejercer un liderazgo paternalista en América Latina y a actuar como el contrapeso de los Estados Unidos en la región.

Brasil es el país más poderoso de la región y uno de los más extensos del mundo. Es la séptima economía del planeta. En la última década, Brasil se esforzó por consolidar un liderazgo casi paternalista entre los países del Sur, involucrándose con discreción en los conflictos que amenazaron la estabilidad de la región y pregonando con insistencia la necesidad de unificar la voz de América Latina frente a las crecientes presiones comerciales y políticas de Estados Unidos y Europa.
Después de la Guerra Fría, Brasil empezó a jugar en dos planos: en un plano regional, busca afirmar su preponderancia en la región en asociación con el Mercosur y particularmente con la Argentina, mientras que en otro, simultáneamente, quiere ser un actor internacional.
Un rasgo distingue a la política exterior brasileña de los demás países del Cono Sur y es su coherencia.
La diplomacia de Itamaraty defiende desde hace décadas los mismos principios básicos: el pragmatismo basado en una visión realista del mundo, las soluciones pacíficas para las controversias y la no injerencia en asuntos internos, sobre todo de países ajenos a la región.
El actual presidente Lula intenta afianzar el liderazgo de Brasil en la unión de América del Sur para evitar que los Estados Unidos articulen negociaciones bilaterales con los países de la región individualmente. Y también porque políticamente cree que América Latina tiene que estar unida para lograr un reconocimiento.
Lula trabaja arduamente para consolidar el liderazgo continental de su país, ya sin la sombra de rivalidad argentina que se interpuso en el pasado con intermitencia. La Argentina está abocada a su propia reconstrucción antes que a una política exterior de liderazgos.
Brasil está buscando el espacio del más relevante, el de aquel que debe ser llamado primero y buscado primero en las relaciones internacionales.
La estrategia por un espacio en el mundo comienza en la región, pero tiene la mirada puesta en otros continentes.
Brasil trata de liderar el proceso de apertura de mercados emergentes nuevos. Los objetivos de Brasil son económicos, no sólo políticos, tanto en los vínculos con países de otros continentes en el comercio internacional como en el caso del Mercosur, que lo fortalece frente al ALCA.
Brasil tiene una postura crítica frente a la política de los Estados Unidos en el continente, y se opone a condenar a Cuba por violaciones a los derechos humanos en la Comisión de Naciones Unidas, un voto por el que presiona el Departamento de Estado inexorablemente. Se opuso públicamente a la guerra que decidió la Casa Blanca contra Irak, y demostró que es capaz de devolverle a Washington con la misma moneda ciertas acciones que considera ofensivas.
Brasil juega a ser un actor global y está forjando vínculos entre los que considera sus pares, como Rusia, China, India, Sudáfrica. Al incrementar su visión internacional, esto genera más atención de Washington.
A pesar de sus limitaciones, Brasil piensa, planea su futuro estratégico como nación. De hecho, en 2010 será la única nación del Atlántico Sur que posea un submarino nuclear.
Pero las proyecciones no están garantizadas en un país como Brasil, tan poderoso como frágil en cuestiones clave como la situación financiera y los índices de pobreza que no disminuyen. De los 184 millones de brasileños, más de 54 millones son pobres, 83 millones no tienen acceso al sistema sanitario elemental y 45 millones carecen de red de agua corriente.
Brasil tiene la ambición de un “liderazgo regional”, que una acepción de diccionario podría definir como: capacidad de un país para obtener el alineamiento automático de los otros en torno a sus decisiones estratégicas.
Descartada la conquista del liderazgo mediante la fuerza o mediante un alineamiento geopolítico religioso o ideológico, la conquista del liderazgo ocurre por la vía económica y comercial.
Brasil, es el que más puede perder con el ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas), ya que es el poseedor del último gran bastión industrial de América del Sur, es el que necesita llegar a la mesa de negociaciones con los Estados Unidos abrazando a varios "amigos” regionales.
El liderazgo regional se resume actualmente en poder hacer una demostración de fuerza que derive en un acuerdo más o menos ventajoso para Brasil.
C
omo potencia industrial emergente, el objetivo de Brasil consiste en unficar un espacio económico mediante la integración con la Argentina, y ampliarlo, favorecido por la contigüidad geográfica, a lo largo de la plataforma continental, cuyo eje Río de Janeiro-San Pablo-Córdoba-Rosario-Buenos Aires constituye la región de mayor desarrollo de América del Sur. El Mercosur no es una simple área de libre comercio; representa el núcleo de un futuro mercado común, base de un Estado supranacional, como la Unión Europea. Por lo tanto, en 1994, Estados Unidos, que trata de ignorar al Mercosur, propuso la formación del ALCA. Su objetivo es consolidar las medidas ultraliberales, forzar la apertura unilateral de las economías latinoamericanas, de manera de obtener más ventajas comerciales, mayores reducciones de barreras a sus exportaciones y a sus capitales, es decir, obtener concesiones GATT-plus y compensar el déficit comercial con otras regiones. El principio subyacente de la política comercial de Estados Unidos es sustentar la prosperidad norteamericana, los empleos y la riqueza estadounidense. No se trata de propiciar saldos positivos para Brasil ni para la Argentina ni para los demás países de América del Sur. Y el Mercosur representa la mayor traba para esa integración hemisférica subordinada a Estados Unidos, debido, sobre todo, a la resistencia de Brasil, que no podía permitir, como hizo la Argentina, el desmantelamiento o trituración del parque industrial, mediante una nueva y devastadora reducción de tarifas y la carga de crecientes saldos negativos en su balanza comercial.

Por su parte, las actuales relaciones argentino-norteamericanas no transitan ni por el alineamiento irrestricto ni por un choque ideologizado. La actual política exterior parece tener fundamento en dos premisas fundamentales. En primer lugar, la aceptación por parte del gobierno de Kirchner de la realidad del poder, el reconocimiento de la Argentina como país pequeño y poco significante. Esta aceptación, sin embargo, no necesariamente conlleva aceptar todas las implicancias que acarrea el ejercicio del poder. En segundo lugar, la aceptación de que las realidades del poder no necesariamente constituyen un sinónimo de pasividad, sino que exigen a la vez obtener beneficios para Argentina en lo elemental y en lo posible, sin por ello caer en el alineamiento automático. Es decir, Argentina debe aceptar su lugar en el mundo, a través de la recuperación de la identidad que le permita ganar autonomía y flexibilidad. Por supuesto, este camino no está libre de tensiones. De hecho, es un camino excesivamente estrecho, y exige identificar cuáles son los intereses contradictorios y cuáles son los intereses comunes con Brasil y Estados Unidos. Esta es, de hecho, la constante de cualquier relación. Siempre hay que saber que nos une, que nos separa, y como transitar las diferencias de intereses.