EE.UU. y los dictadores
Durante los últimos años, cuando se quejaba una y otra vez por los ataques estadounidenses en su país en los que mataban civiles en cantidades sorprendentes y con frecuencia extraordinaria, generalmente le llevaban la corriente y lo trataban como irrelevante o molesto. Ahora, ante el narcotráfico incontrolado, la corrupción, las “rabietas,” los arranques emocionales, las amenazas de unir a los talibanes, y su acercamiento a iraníes y chinos, es tratado por Washington como un cruce entre un gran bebé, un adulto inestable, un drogado superemotivo, y un peligro de primer orden para el proyecto estadounidense en Afganistán. Fue tratado con mucho cuidado, ternura y cariño por el anterior residente en la Casa Blanca, mientras era cuidadosamente ignorado o reprobado por el actual. Responsables estadounidenses lo han cubierto de elogios –y desprecio–. Han blandido el poder duro –y usado el poder suave– para amansarlo. Han probado regularmente “nuevas direcciones” en sus tratos con él, y luego han vuelto a hacerlo, una y otra vez. Hablo, claro está de Hamid Karzai, el presidente de Afganistán instalado por EE.UU., nuestro hombre en Kabul, como lo apoda con tanto acierto Alfred McCoy. Es nuestro muchacho, nuestro castigo, la definición de nuestro problema en Afganistán, nuestro peor error, y nuestra conciencia ausente, todo en uno.
McCoy, historiador de la Universidad de Wisconsin y experto en la Guerra de Vietnam, la CIA, y el narcotráfico, presenta un potente recordatorio de que ya hemos pasado por eso. Y no es el único que lo sabe. Después de todo, Richard Holbrooke, el representante especial del presidente para Afganistán y Pakistán, pasó sus primeros seis años al servicio del gobierno en, o dedicado a, Vietnam durante los años de la guerra. Y mientras el gobierno de Obama estaba fijando su política afgana en el otoño de 2009, una serie de figuras clave en la Casa Blanca, incluido el presidente, se tomaron el tiempo parea estudiar el libro de Gordon Goldstein, Lessons in Disaster: McGeorge Bundy and the Path to War in Vietnam, que cuenta, entre otras cosas, la sombría historia de Ngo Dinh Diem, el Hamid Karzai de la época, y del complot de la CIA que llevó a su derrocamiento y asesinato, así como a una guerra más amplia, más desastrosa, para EE.UU.
Como McCoy deja en claro, sin embargo, la lección histórica de todo esto va más lejos que Karzai y Diem, a pesar de los paralelos increíblemente espeluznantes entre ellos. Y como dice la vieja frase de separación de Seinfeld: No eres tú, soy yo. Y sean cuales sean los problemas de Karzai, no es, a fin de cuentas, él, somos nosotros. Es un problema que llega al desgarrado corazón del asunto. Tom

EE.UU. y los dictadores
La crisis fue repentina, casi sin advertencia. En el borde lejano del poder estadounidense en Asia, las cosas van de mal a mucho peor de lo que alguien podría haber imaginado. Los insurgentes se extienden rápidamente por el campo. La corrupción está fuera de control. Las fuerzas militares locales, receptoras de innumerables millones de dólares en ayuda de EE.UU., evitan el combate y son despreciadas por los aldeanos locales. Las bajas estadounidenses aumentan. Nuestros soldados parecen moverse en una niebla, por un terreno hostil y poco familiar, sin la menor idea de quién es amigo y quién es enemigo.
Después de años en los que se le prodigó generosamente ayuda, el dirigente de ese país, nuestro acérrimo aliado, se ha aislado dentro de su palacio presidencial, convirtiéndose en un socio inadecuado para un esfuerzo bélico que fracasa. Se dice que su hermano es un auténtico príncipe de las tinieblas, especializado en el narcotráfico, intrigas clandestinas, y manipulación electoral. La embajada de EE.UU. exige reforma, la exclusión de su hermano, el nombramiento de funcionarios locales honestos, algo, cualquier cosa que demuestre aunque sea una chispa de progreso.
Después de todo, nueve años antes enviados de EE.UU. se habían arriesgado enormemente al rescatar a este presidente del exilio y de la oscuridad política, instalarlo en el palacio, y excluir a un monarca legítimo cuya familia había gobernado el país durante siglos. Ahora, devuelve con creces esa deuda política vituperando a EE.UU. Insiste en una soberanía ilimitada y amenaza con aliarse con nuestros enemigos si seguimos exigiéndole reformas. Sin embargo, Washington está tan profundamente identificado con la campaña de contrainsurgencia en su país que irse ya no parece ser una opción.
Este escenario es obviamente una descripción del desarrollo de las relaciones del gobierno de Obama con el presidente afgano Hamid Karzai en Kabul en abril de este año. También es un espeluznante resumen de las relaciones entre el gobierno de Kennedy y el presidente sudvietnamita Ngo Dinh Diem en Saigón casi medio siglo antes, en agosto de 1963. Si estas semejanzas son inquietantes, revelan la paradoja central del poder estadounidense durante el último medio siglo en sus tratos con autócratas asediados como Karzai y Diem en esa vasta y empobrecida parte del globo que solía ser conocida como Tercer Mundo.

Nuestro hombre en Kabul
Con su volátil mezcla de dependencia e independencia, Hamid Karzai parece ser el arquetipo de todos los autócratas que Washington ha respaldado en Asia, África y Latinoamérica desde que los imperios europeos comenzaron a desintegrarse después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la CIA movilizó a señores de la guerra afganos para derrocar a los talibanes en octubre de 2001, la capital del país, Kabul, quedó a nuestra disposición para tomarla –y entregarla. En medio de ese caos, Hamid Karzai, un exiliado poco conocido que vivía en Pakistán, reunió a un puñado de seguidores y se lanzó hacia Afganistán en una misión condenada al fracaso desde el principio pero apoyada por la CIA a fin de unir a las tribus para la revuelta. Resultó ser un esfuerzo quijotesco que necesitó su rescate por los SEAL [tropas especiales] de la Armada que lo devolvieron rápidamente a la seguridad paquistaní.
En su desesperación para encontrar un aliado de confianza después de la invasión, el gobierno de Bush se involucró en lo que un experto ha calificado de “sobornos, tratos secretos, y presiones” para instalar a Karzai en el poder. Ese proceso tuvo lugar, no mediante una elección democrática en Kabul, sino mediante el cabildeo de diplomáticos extranjeros en una conferencia de donantes en Bonn, Alemania, para nombrarlo presidente interino. Cuando el rey Zahir Shah, una personalidad respetada cuya familia había gobernado Afganistán durante más de 200 años, volvió para ofrecer sus servicios como jefe de Estado en funciones, el embajador de EE.UU. tuvo un “enfrentamiento” con el monarca, y lo obligó a volver al exilio. De esta manera, la “autoridad” de Karzai, que provenía directa y casi exclusivamente del gobierno de Bush, no enfrentó obstáculos. Durante sus primeros meses en el puesto, el presidente tuvo tan poca confianza en sus aliados afganos nominales que fue protegido por fuerzas de seguridad estadounidenses.
En los años siguientes, el régimen de Karzai cayó en un estado en permanente profundización de la corrupción y la incompetencia, mientras los aliados de la OTAN se apresuraban a llenar el vacío con su personal y su material, un apoyo de facto al pobre camino del presidente para llegar al poder. Mientras miles de millones de dólares en ayuda internacional para el desarrollo llegaban a Kabul, sólo un monto mínimo escapó a la burocracia sin fin de la capital para llegar a aldeas empobrecidas en el campo. En 2009,
Transparency International clasificó a Afganistán como la segunda nación más corrupta del mundo, sólo un poco menos que Somalia.
Mientras la producción de opio aumentaba de 185 toneladas en 2001 a 8.200 toneladas sólo seis años después –un extraordinario 53% de toda la economía del país– la corrupción causada por la droga se metastatizó, alcanzando a los gobernadores de las provincias, la policía, ministros del gabinete, y al propio hermano del presidente, también su consejero más cercano. Por cierto, como un alto funcionario antinarcóticos de EE.UU. asignado a Afganistán describió la situación en 2006: “La narcocorrupción llegó a la cúspide misma del gobierno afgano.” A principios de este año, la ONU calculó que los afganos de a pie gastan 2.500 millones de dólares por año, un cuarto del producto interno bruto del país, simplemente para sobornar a la policía y a funcionarios del gobierno.
Las elecciones presidenciales de agosto pasado fueron un índice adecuado del progreso del país. El equipo de campaña de Karzai, la así llamada lista de los señores de guerra, incluía a Abdul Dostum, un señor de la guerra uzbeko que masacró a innumerables prisioneros en 2001; al candidato a la vicepresidencia Muhammed Fahim, ex ministro de defensa vinculado a la droga y a abusos de los derechos humanos; a Sher Muhammed Akhundzada, ex gobernador de la provincia Helmand, que fue sorprendido con nueve toneladas de drogas en su complejo habitacional en 2005; y al hermano del presidente, Ahmed Wali Karzai, supuestamente el actual señor de la droga y patriarca de la familia en Kandahar. “La familia Karzai tiene opio y sangre sobre sus manos,” dijo un funcionario de los servicios de inteligencia occidentales al New York Times durante la campaña.
Desesperada por conseguir una mayoría directa de 50% en la primera vuelta de la elección, la coalición de señores de la guerra de Karzai hizo uso de una gama extraordinaria de trapacería electoral. Después de dos meses de recuento y comprobación, la Comisión de Quejas Electorales de la ONU anunció en octubre de 2009 que más de un millón de sus votos, un 28% de su total, eran fraudulentos, llevando el total del presidente a mucho menos que el margen necesario. Calificando la elección de “una catástrofe ferroviaria previsible,” el enviado adjunto de la ONU Peter Galbraith dijo: “El fraude ha otorgado a los talibanes su mayor victoria estratégica en ocho años de lucha contra EE.UU. y sus socios afganos.”
Galbraith, sin embargo, fue despedido y silenciado mientras la presión estadounidense extinguía las llamas de la protesta electoral. Su contrincante se retiró pronto de la elección que Washington había favorecido como un compromiso para salvar las apariencias después del fraude, y Karzai fue declarado vencedor directo por incomparecencia de su rival. Después de la grotesca elección, no sorprendió a nadie que Karzai tratara de amañar la Comisión de Quejas Electorales de cinco miembros, un organismo independiente que debía considerar las quejas electorales, mediante el reemplazo de los tres expertos extranjeros por sus propios candidatos afganos. Cuando el parlamento rechazó su propuesta, Karzai la emprendió con acusaciones extravagantes, acusando a la ONU de desear un “gobierno títere” y culpando por todo el fraude electoral a la “masiva interferencia de extranjeros.” En una reunión con miembros del parlamento, se informa que les dijo: “Si vosotros y la comunidad internacional me siguen presionando, juro que me uniré a los talibanes.”
En medio de esta tempestad en un vaso de agua, mientras refuerzos estadounidenses llegaban a Afganistán, la creciente presión de Washington por “reformas” sólo sirvió para enfurecer a Karzai. Mientras Air Force One [avión presidencial de EE.UU.] volaba hacia Kabul el 28 de marzo, el consejero de seguridad nacional James Jones dijo sin ambages a periodistas a bordo que, en su reunión con Karzai, el presidente Obama insistiría en que diera prioridad “a la lucha contra la corrupción, combatiendo a los narcotraficantes.” Había llegado la hora de que el nuevo gobierno en Washington, cada vez más comprometido con la escalada de su guerra de contrainsurgencia en Afganistán, metiera en vereda a nuestro hombre en Kabul.
Después hubo una semana repleta de estallidos incendiarios y furiosos de Karzai antes de que la Casa Blanca cambiara de táctica, después de concluir que no tenía alternativa a Karzai y comenzara a dar marcha atrás. Jones comenzó entonces a decir en tono conciliador a los periodistas que, durante su visita a Kabul, el presidente Obama había quedado “generalmente impresionado por la calidad de los ministros [afganos] y la seriedad con la que emprendían sus tareas.”
Todo esto podría haber parecido tan nuevo y sorprendente en la experiencia estadounidense, si en realidad no fuera algo tan antiguo.

Nuestro hombre en Saigón
La triste historia del régimen autocrático de Ngo Dinh Diem en Saigón (1954-1963) presenta un anterior mapa de ruta admonitorio que ayuda a explicar por qué Washington se ha visto tan a menudo en una posición tan imposiblemente contradictoria con sus aliados autoritarios.
Al aterrizar en Saigón a mediados de 1954 después de años de exilio en EE.UU. y Europa, Diem no poseía una verdadera base política. Podía, sin embargo, contar con poderosos protectores en Washington, sobre todo los senadores demócratas Mike Mansfield y John F. Kennedy. Uno de los pocos que saludaron a Diem ese día en el aeropuerto fue el legendario agente de la CIA Edward Lansdale, el maestro de manipulación política de Washington en el Sudeste Asiático. En medio del caos que acompañó a la derrota de Francia en su larga y sangrienta Guerra de Indochina, Lansdale maniobró de manera brillante para asegurar el tenue control del poder de Diem en la parte sur de Vietnam. Mientras tanto, diplomáticos de EE.UU. mandaron a París a su rival, el emperador Bao Dai. Dentro de meses, gracias al respaldo, Diem consiguió un resultado absurdo de 98,2% en una elección manipulada a la presidencia y promulgó rápidamente una nueva constitución que terminó la monarquía vietnamita después de un milenio.
Mediante el envío de todos los pagos de ayuda a través de Diem, Washington logró destruir los últimos vestigios de apoyo colonial francés para algunos de sus rivales potenciales en el sur, mientras conseguía una estrecha base política para el presidente dentro del ejército, entre los funcionarios públicos, y en la minoritaria comunidad católica. Respaldado por una aparente abundancia de apoyo estadounidense, Diem procedió a encarar con mucha dureza a las sectas budistas de Vietnam del Sur, acosó a los veteranos del Viet Minh de la guerra contra los franceses, y se opuso a la implementación de reformas rurales que podrían haberle conferido un mayor apoyo de la población campesina del país.
Cuando la embajada de EE.UU. presionó a favor de reformas, simplemente respondió con evasivas, convencido de que Washington, después de haber invertido una parte tan grande de su prestigio en su régimen, no podría retirarle su apoyo. Como Karzai en Kabul, el arma máxima de Diem fue su debilidad –la amenaza de que su gobierno, tambaleante como era, podría simplemente colapsar si se le presionaba demasiado.
Finalmente, los estadounidenses invariablemente dieron marcha atrás, sacrificando toda esperanza de un cambio real a fin de mantener su continuo esfuerzo bélico contra los rebeldes locales del Viet Cong y sus patrocinadores norvietnamitas. A medida que la rebelión y el disenso aumentaban en el sur, Washington aumentó su ayuda militar para combatir a los comunistas, dando inadvertidamente más armas a Diem para utilizarlas contra su propio pueblo, comunistas y no comunistas por igual.
Trabajando a través de su hermano Ngo Dinh Nhu –y esto debiera tener una espeluznante resonancia en la actualidad– los Diem tomaron el control del tráfico de drogas de Saigón, embolsando grandes utilidades mientras creaban un nexo de policía secreta, prisiones y campos de concentración para encarar a presuntos disidentes. Cuando cayó Diem en 1963, había unos 50.000 prisioneros en su gulag.
A pesar de todo, desde 1960 a 1963, el régimen sólo se debilitó a medida que la resistencia provocaba la represión y la represión redoblaba la resistencia. Pronto Vietnam del Sur fue sacudido por disturbios budistas en las ciudades y una creciente revolución comunista en el campo. En la oscuridad, guerrillas Viet Cong comenzaron lentamente a cercar Saigón, asesinando por miles a los impopulares jefes de aldeas de Diem.
En este período de tres años, la misión militar de EE.UU. en Saigón trató todas las estrategias de contrainsurgencia concebibles. Llevaron helicópteros y vehículos blindados para mejorar la movilidad convencional, desplegaron a los Boinas Verdes para el combate no convencional, reforzaron milicias regionales para la seguridad localizada, construyeron “aldeas estratégicas” a fin de aislar a ocho millones de campesinos dentro de complejos fortificados supuestamente seguros, aumentaron los asesinatos por la CIA de presuntos dirigentes del Viet Cong. Nada dio resultado. Incluso la mejor estrategia militar no podía solucionar el problema político subyacente. Al llegar 1963, el Viet Cong había crecido de un puñado de combatientes a un ejército de guerrilla que controlaba más de la mitad del campo.
Cuando el monje budista Quang Duc adoptó en su protesta la posición del loto en una calle de Saigón en junio de 1963 y la mantuvo mientras sus seguidores prendían fuego a sus vestiduras impregnadas de gasolina, de las que salieron llamas fatales, el gobierno de Kennedy no pudo seguir ignorando la crisis. Mientras los garrotes de Diem quebraban las cabezas de manifestantes budistas y la esposa de Nhu aplaudía lo que ella llamaba “barbacoas de monjes,” Washington comenzó a protestar oficialmente contra la implacable represión. En lugar de reaccionar, Diem (recuerdo de Karzai) comenzó a trabajar a través de su hermano Nhu para abrir negociaciones con los comunistas en Hanoi, lo que indicó a Washington que estaba perfectamente dispuesto a traicionar al esfuerzo de guerra de EE.UU. y posiblemente formar una coalición con Vietnam del Norte.
En medio de esta crisis, un nuevo embajador estadounidense, Henry Cabot Lodge, llegó a Saigón y dentro de días aprobó un plan para un golpe respaldado por la CIA a fin de derrocar a Diem. Durante los próximos meses, el sustituto de Lansdale en la CIA, Lucien Conein, se reunió regularmente con generales de Saigón para elaborar un detallado plan que fue desencadenado con un efecto devastador el 1 de noviembre de 1963.
Mientras tropas rebeldes atacaban el palacio, Diem y su hermano Nhu huyeron a un piso franco en el sector chino de Saigón. Diem salió de su escondite gracias a promesas de un salvoconducto hacia el exilio y subió a un convoy militar para lo que pensaba era un viaje al aeropuerto. Pero el agente de la CIA Conein había vetado los planes de vuelo. Un asesino militar interceptó el convoy, acribillóó a balazos el cuerpo de Diem y apuñaló su cuerpo sangrante como golpe de gracia.
Aunque el embajador Lodge organizó una celebración en la embajada para los oficiales rebeldes y envió un cable al presidente Kennedy de que la muerte de Diem significaría una “guerra más corta,” el país pronto cayó en una serie de golpes y contragolpes militares que paralizaron las operaciones del ejército. Durante los 32 meses siguientes, Saigón tuvo nueve nuevos gobiernos y un cambio de gabinete cada 15 semanas – todos incompetentes, corruptos, e ineficientes.
Después de pasar un decenio fortaleciendo el régimen de Diem y un día destruyéndolo, al parecer EE.UU. había ligado irrevocablemente su propio poder y prestigio al gobierno de Saigón –cualquier gobierno. Los “mejores y más brillantes” en Washington estaban convencidos de que no podían retirarse simplemente de Vietnam del Sur sin asestar un golpe devastador a la “credibilidad” de EE.UU. Mientras Vietnam del Sur se deslizaba hacia la derrota en los dos años después de la muerte de Diem, comenzaron a llegar los primeros de 540.000 soldados de combate estadounidenses, asegurando que Vietnam pasaría de ser una guerra respaldada por EE.UU. a ser una guerra estadounidense.
En las circunstancias, Washington buscó desesperadamente a cualquiera que pudiera suministrar suficiente estabilidad para continuar la guerra contra los comunistas y finalmente, con un alivio palpable, apoyó una junta militar dirigida por el general
Nguyen Van Thieu. Instalado y mantenido en el poder por la ayuda estadounidense, Thieu no tenía apoyo popular y gobernó mediante la represión militar, repitiendo los mismos errores que condujeron a la caída de Diem. Pero escarmentada por su experiencia después del asesinato de Diem, la embajada de EE.UU. decidió ignorar la impopularidad de Thieu y seguir reforzando su ejército. Cuando Washington comenzó a reducir su ayuda después de 1973, Thieu comprendió que sus tropas simplemente no lucharían para defender su gobierno impopular. En abril de 1975, llevó un montón de oro robado al exilio mientras su ejército se derrumbaba con una velocidad sorprendente, sufriendo uno de los colapsos más devastadores en la historia militar.
Para continuar su campaña en la Guerra de Vietnam, Washington necesitaba un gobierno en Saigón que respondiera a sus demandas, fuera popular con su propio campesinado, suficientemente fuerte para librar una guerra en las aldeas, pero sensible a las necesidades de los pobres aldeanos del país. Eran requisitos políticos perdidamente contradictorios. Al percatarse de que los regímenes civiles emprendían intrigas imposibles de calcular, EE.UU. finalmente se decidió por un régimen militar autoritario que, aunque era aceptable para Washington, fue desdeñado por el campesinado vietnamita.

¿Muerte o exilio?
De modo que ¿está el presidente Karzai, como Diem, condenado a morir en las calles de Kabul o se verá, como Thieu, a bordo de un vuelo de medianoche hacia el exilio?
La historia, o por lo menos nuestra conciencia de sus lecciones, cambia las cosas, pero de maneras complejas, imprevisibles. Hoy en día, los enviados de EE.UU. tienen la historia admonitoria de Diem codificada en su ADN diplomático, lo que indudablemente obvia cualquier repetición literal de su suerte. Después de avalar el asesinato de Diem, Washington vio con consternación como Vietnam del Sur caía en el caos. La embajada de EE.UU. quedó tan escarmentada por ese resultado funesto que respaldó en extremo al ulterior régimen militar.
Una década después, el Comité Church del Senado reveló otros intentos estadounidenses de asesinatos junto con cambios de régimen en el Congo, Chile, Cuba, y la República Dominicana lo que estigmatizó aún más esta opción. En efecto, anticuerpos del desastroso golpe de la CIA contra Diem, que siguen estando en el torrente sanguíneo político de Washington, reducen la posibilidad de una acción similar contra Karzai en la actualidad.
Irónicamente, los que tratan de evitar el pasado pueden estar condenados a repetirlo. Al aceptar el masivo fraude electoral de Karzai y al negarse a considerar alternativas en agosto pasado, Washington ha puesto su sello de aprobación, quiéralo o no, sobre su creciente corrupción y la inestabilidad política que la acompaña. De esta manera, el gobierno de Obama abrió la puerta en sus primeros días a un triste desenlace de su aventura afgana, potencialmente similar a Vietnam después de la muerte de Diem. Los representantes de EE.UU. en Kabul van de nuevo a toda velocidad por la autopista de la historia, con los ojos fijos en el retrovisor, no en el precipicio que se aproxima.
En las experiencias de Ngo Dinh Diem y Hamid Karzai acecha un patrón contraproducente común a las alianzas de Washington con dictadores en todo el Tercer Mundo, entonces y ahora. Seleccionados y a menudo instalados en el poder por Washington, o por lo menos respaldados por una masiva ayuda militar estadounidense, esos personajes clientes llegan a una dependencia desesperada, incluso cuando no implementan el tipo de reformas que podrían capacitarlos para edificar una base política independiente. Desgarrados entre complacer a sus patrones extranjeros o a su propio pueblo, terminan por no satisfacer ni a los unos ni a los otros. A medida que crece la oposición a su régimen, una espiral descendiente de represión y corrupción termina a menudo en el colapso; mientras, a pesar de todo su poder Washington desciende hacia la frustración y la desesperación, incapaz de obligar a sus aliados a adoptar reformas que podrían asegurar su supervivencia. Un colapso semejante es una crisis mayor para la Casa Blanca, pero a menudo –el caso de Diem es obviamente una excepción– para el autócrata o dictador local sólo significa poco más que un viaje en avión hacia el exilio.
Hubo –y existe– una falla estructural fundamental en toda alianza estadounidense con esos autócratas. Hay una dinámica peculiar inherente a esas alianzas desiguales, que hace que el eventual colapso de tales dirigentes ungidos por EE.UU. sea casi inevitable. Al principio, Washington selecciona a un cliente que parece suficientemente dócil para cumplir con sus deseos. Ese cliente, por su parte, opta por el apoyo de Washington no porque sea fuerte, sino precisamente porque necesita el patrocinio extranjero para obtener y conservar su puesto.
Una vez instalado, el cliente, no importa cuán renuente, tiene pocas alternativas fuera de convertir las demandas de Washington en su máxima prioridad, e invertir sus magros recursos políticos en el apaciguamiento de enviados extranjeros. Al responder a un programa político estadounidense sobre asuntos civiles y militares, esos autócratas a menudo no dedican suficiente energía, atención, y recursos al desarrollo de sus seguidores; Diem se vio aislado en su palacio de Saigón, mientras Karzai se ha convertido en un “presidente” justamente, aunque despectivamente, apodado “el alcalde de Kabul”. Atrapado entre las demandas de un poderoso patrón extranjero y necesidades y deseos locales contrapuestos, ambos dirigentes dejaron que las guerrillas capturaran el campo, mientras se esforzaban incómoda, y al final colérica, así como rencorosamente, en el apretón extranjero.
Esas similitudes tampoco se limitan al Afganistán actual o al Vietnam de hace casi medio siglo. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, muchas de las crisis más aguadas en la política exterior de EE.UU. han surgido precisamente de tales relaciones problemáticas con regímenes autoritarios clientes. Para comenzar, la estrecha relación similar con el general Fulgencio Batista de Cuba en los años cincuenta inspiró la revolución cubana. Eso culminó, por cierto, en la captura por los rebeldes de Fidel Castro de la capital cubana, la Habana, en 1959, que por su parte condujo al gobierno de Kennedy a la catastrófica invasión de Playa Girón y luego a la crisis de los misiles cubanos.
Durante todo un cuarto de siglo, EE.UU. hizo de patrono internacional del shah de Irán, al intervenir para salvar a su régimen de la amenaza de democracia a principios de los años cincuenta y después al armar masivamente a su policía y sus fuerzas armadas mientras lo convertía en el poder representante de Washington en el Golfo Pérsico. Su caída en la revolución islámica de 1979 no sólo eliminó la piedra angular del poder estadounidense en esa región estratégica, sino condujo a Washington a una sucesión de confrontaciones de política exterior con Irán que aún no han terminado.
Después de medio siglo como cliente similarmente leal en Centroamérica, el régimen de Anastasio Somoza en Nicaragua cayó en la revolución sandinista de 1979, creando un problema de política exterior marcado por la operación ‘contra’ de la CIA contra el nuevo gobierno sandinista y el sórdido escándalo Irán-Contra que agrió el segundo período del presidente Reagan.
Sólo la semana pasada, el autócrata ungido por Washington en Kirguistán, Kurmanbek Bakiyev, huyó del palacio presidencial, cuando su policía antidisturbios, a pesar de disparar con munición de guerra y de matar a más de 80 de sus ciudadanos, no pudo impedir que manifestantes de la oposición tomaran el control de la capital, Bishkek. Aunque su régimen fue brutal y corrupto, el gobierno de Obama cortejó diligente y exitosamente a Bakiyev para preservar el uso por EE.UU. de la antigua base aérea soviética en Manas, indispensable para vuelos de aprovisionamiento hacia Afganistán. Incluso mientras la policía antidisturbios golpeaba a la oposición para que se sometiera a fin de preparar la “victoria arrolladora” de Bakiyev en las elecciones de julio pasado, el presidente Obama le envió una carta personal elogiando su apoyo para la guerra afgana. Con el imprimátur de Washington, no hubo nada que detuviera la caída política de Bakiyev hacia una represión asesina y su caída final del poder.
¿Por qué se han derrumbado de manera tan espectacular muchas alianzas estadounidenses con dictadores del Tercer Mundo, provocando recriminaciones divisivas dentro del país y desastres políticos en el extranjero?
Durante el siglo de dominación británica, sus sirvientes del imperio seguros de sí mismos, de virreyes con sombreros emplumados a funcionarios de distrito en shorts color caqui, gobernaron gran parte de África y de Asia mediante un sistema imperial de protectorados, gobierno indirecto, y gobierno colonial directo. En el siguiente “medio siglo” de hegemonía de EE.UU., Washington soportó el peso del poder global sin un sistema colonial global, sustituyendo los virreyes imperiales por sus consejeros militares.
En este nuevo paisaje de Estados soberanos que emergió después de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha tenido que implementar una política contradictoria al encarar a los dirigentes de naciones nominalmente independientes que también dependían profundamente de su ayuda extranjera económica y militar. Después de identificar su propio prestigio con esos regímenes frágiles, Washington trata usualmente de instar, amonestar, o amenazar a sus aliados para que implementen lo que considera como reformas necesarias. Incluso cuando esta presión falla y la prudencia podría dictar el inicio de una retirada por etapas, como en Saigón en 1963 y en Kabul actualmente, los enviados estadounidenses simplemente no pueden abandonar a sus aliados impenitentes y resentidos, mientras la larga caída hacia el desastre gana impulso.
Con pocas alternativas entre sutilezas diplomáticas y un golpe desestabilizador, Washington termina invariablemente por incumplir una política exterior inflexible al borde de la parálisis que a menudo termina en el colapso de nuestros aliados autoritarios, sea Diem en Saigón, el sha en Teherán, o en algún día sombrío que aún no llega, Hamid Karzai en Kabul. Para evitar esa debacle inminente, nuestra única opción realista en Afganistán en la actualidad puede ser la que quisiéramos haber elegido en Saigón en agosto de 1963 –una retirada por etapas de las fuerzas de EE.UU.

FUENTE:
EEUU
chinos