La crucifixión

¿Y por qué se muere en seis horas

alguien clavado

a una cruz?


La crucifixión


Aquí el abajo firmante se educó aún en aquellos tiempos en que la clase de religión (católica, apostólica y romana, por supuesto) era tan consustancial a la enseñanza como la de matemáticas. Las recuerdo como unas clases extrañas, donde no parecía haber un temario claro o una línea argumental definida, sino que quedaban al albur y las preferencias de los curas –siempre eran curas– que impartían la asignatura. Que conste que, aunque no os lo creáis, las aprobaba siempre con sobre.

En aquella España aún un poquito convulsa, tuvimos de todo: desde curetas progres y enrollados que daban más bien ética, o protoeducación para la ciudadanía, hasta curones a la antigua usanza amenazando con los fuegos del infierno a todo aquel que no se supiera las preguntas del catecismo de carrerilla y repartiendo capones libérrimamente. Sobre todo hubo muchas personas normales con alzacuellos –la mayoría, como es de suponer–, alguna de las cuales sigue siendo amigo después de todos estos años (un saludo, Manolo). Y también algún que otro personaje extraño y un poquito inquetante, como aquél –cuyo nombre paso de recordar; de todas formas debe estar ya muerto o casi– al que le brillaban pelín demasiado los ojos cuando nos relataba con todo lujo de detalles sádicos las escalofriantes torturas sufridas por las vírgenes y mártires más jovencitas, como Santa Sofía y sus hijas (curiosa ética materna), Santa Eulalia de Barcelona o Mérida, Santa Fe de Agen o Santa Fausta; e incluso verdaderas niñas pequeñas al estilo de Santa Basilisa.

Sin embargo, hoy quiero acordarme de don Luis. Don Luis era un cura majo, muy carca pero majo, bajito e impetuoso; ignoro qué se habrá hecho de él. Había estado muchos años en misiones, y además de sacerdote era médico. Médico de cuerpos, quiero decir, con un título científico y tal, jesuita por lo menos (ignoro a qué orden pertenecía, pero me lo imagino jesuita por su teología racionalista). Don Luis nos obsequió en cierta ocasión con un preciso relato de la Pasión y Muerte de Cristo, abundando en detalles clínicos sobre las muchas maneras en que un crucificado está bien... fastidiado.

A mí, que he tenido de siempre este puntito científico que ya me conocéis, esta clase fue quizás la que más me impresionó de todas. Su relato –siguiendo el texto bíblico, eso sí, lo que ya de entrada no resulta muy científico– fue exacto y documentado desde el punto de vista médico hasta la saciedad. Llámame morboso o lo que te dé la gana, pero me encantó; diré en mi descargo que debía andar yo por la edad de las santitas mártires mencionadas arriba (aunque dudosamente vírgenes, después de pasar por las manos de los verdugos). Sin embargo, ya entonces el final me sonó raro. Esto es: la causa primaria de fallecimiento de Jesús el Nazareno en apenas seis horas, entre la hora tercia y la hora nona del mismo día si seguimos el Evangelio de Marcos.

Don Luis nos dio muy pulcramente la explicación científico-religiosa más popular en aquellos tiempos: que una persona crucificada sufre un enorme estrés respiratorio capaz de conducirle rápidamente a la muerte por asfixia. Pero a este pequeño cientista había algo que no le cuadraba. Después de todo este tiempo, sigue sin cuadrarme. Mucho menos que entonces.

La cuestión radicaba en que quizá don Luis y los demás adultos no se hubieran suspendido por los brazos desde muchos años atrás, y hubiesen olvidado ya qué se sentía. Pero nosotros lo hacíamos habitualmente, en plan machito a ver quién la tiene más larga y aguanta más. Yo no era de los que más aguantaban (aunque me reservo mi opinión sobre lo otro), pero aún así resistía varios minutos (bendita juventud). Algunos muchachotes duraban bastante más. Tanto ellos como yo adoptábamos una postura muy parecida a la de la crucifixión, colgándonos a peso (sin soporte en los pies) de cualquier palo horizontal disponible con los brazos en ángulos variables según testosteronas. Los brazos dolían una pasada, te pensabas que los hombros iban a reventar en cualquier momento, lo cual es bastante coherente con los relatos históricos sobre el dolor horrible causado por una crucifixión real... y sin embargo yo nunca sufrí estrés respiratorio de ninguna clase (más allá de la agitación por el cansancio), ni tampoco vi que lo sufrieran los demás. De hecho, una técnica de tortura medieval parecida pero físicamente aún mucho más traumática –la garrucha, utilizada hasta la actualidad– tampoco mataba a sus víctimas de manera directa inmediata, y desde luego no por asfixia: se usaba sobre todo en interrogatorios, durante largas horas o días, y nadie quiere que el interrogado se le quede pajarito a medias.


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Años después, en gimnasios y lugares por el estilo, he visto hacer a otras personas cosas similares, e incluso aún más cañeras. Y me han contado que algunas gentes aficionadas al sadomasoquismo han realizado ocasionalmente crucifixiones simuladas (con correas y tal). En todos estos casos, ninguna persona resultó muerta y ni siquera lesionada de consideración (más allá de la típica contractura). Estudios más sistemáticos, por ejemplo del médico forense F. Zugibe, confirman que una persona colgada de los brazos abiertos en un ángulo de 60º o 70º no sufre estrés respiratorio severo. Aparentemente, un reo así crucificado puede llegar a pasarlas muy canutas en cuanto a molestias y dolores, pero no hay absolutamente nada que lo mate de forma directa.

Lo cual, claro, nos conduce a otra pregunta más peliaguda: ¿es cierto, o al menos exacto, el relato de la crucifixión? Si la descripción evangélica es correcta, ¿por qué un hombre aparentemente joven y sano se murió tan deprisa? Para empezar, ¿por qué se morían los crucificados?


La crucifixión


La crucifixión, una variante del empalamiento, es una técnica de tortura y ejecución muy antigua. Ha sido utilizada por numerosos pueblos: persas, cartagineses, griegos, macedonios, romanos, japoneses (a la derecha, en el Japón de los Meiji) y puede que hasta los egipcios. Y desde siempre, por encima de ninguna otra cosa, fue un castigo de humillación pública. Lo que se pretende sobre todo con una crucifixión es exponer al reo de una forma muy dolorosa y degradante a la vista de todo el mundo, similar al cepo o la jaula (y frecuentemente sin el piadoso taparrabos de la iconografía habitual). Se consideraba tan degradante que, en Roma, por norma estaba prohibido aplicarlo a ciudadanos libres: era una muerte para esclavos y bárbaros.

En principio, la causa primaria de muerte para una persona así expuesta debería ser la sed. La cuestión es que una persona previamente sana tarda entre dos y seis días en morirse por deshidratación, no seis horas. Y además, los verdugos acostumbraban a dar agua u otros líquidos a los crucificados para prolongar su sufrimiento.

Sin embargo, la crucifixión rara vez se aplicaba en seco. Iba acompañada de toda clase de perrerías antes y después. Como mínimo, la costumbre romana incluía una flagelación previa con un látigo bastante horrible llamado flagrum, y a veces con el escorpión. Estos eran unos azotes de varias colas aderezados con bolas, dados u otros objetos contundentes y cortantes en metal o hueso; y el escorpión, además, iba provisto de unos ganchos al final. El resultado era, literalmente, sacar la piel a tiras a la víctima. Esto empieza a parecerse a la clase de cosa que puede matar a alguien, aunque tampoco de manera inmediata a menos que se ensañen de mala manera. Según el relato bíblico, el Nazareno sufrió una de estas flagelaciones; sin embargo, después fue capaz de caminar una respetable distancia por sus propios medios, cargando el patibulum –el pesado palo horizontal de la cruz– durante al menos parte del recorrido. Una persona rigurosamente tratada con un flagrum y no digamos con un escorpión difícilmente podría hacer tal cosa, al menos en unos cuantos días, si es que no le costaba la vida allí mismo; tuvo que ser, pues, un repaso moderado (según los criterios de un romano, claro, que no eran exactamente los actuales). Lo mismo cabe decir de la corona de pinchos, sin duda una trastada de marca mayor, pero cuyos efectos materiales son fundamentalmente cutáneos.


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Esta combinación de faenas ha dado lugar a versiones más depuradas del análisis clínico-teológico que nos obsequió don Luis. Según estas, un crucificado moriría debido al efecto sinérgico de varias agresiones: una combinación de shock hipovolémico por hemorragias múltiples, sepsis debida a la infección, deshidratación, agotamiento y otros factores relacionados con los tormentos adicionales que sufriera.

Y sin embargo, seis horas siguen siendo muy poco tiempo. Especialmente, si recordamos que la crucifixión es un método de ejecución específicamente concebido para garantizar al usuario una experiencia vergonzante de prolongada agonía entre grandes dolores. Todas las fuentes de la Antigüedad (y del presente, que también ha habido unas cuantas atrocidades de estas) hablan de días, a menos que el reo fuera rematado de forma más o menos cruenta. Cuando Craso hizo crucificar a seis mil de los esclavos (y esclavas) sublevados de Espartaco a lo largo de la Vía Apia, la cosa duró semanas (y no es muy probable que estos esclavos rebeldes, que habían derrotado a varias legiones y amenazado Roma, fueran mejor tratados que el Cristo de aquella oscura ejecución provincial incómoda hasta para el procurador Pilatos, quien se lavó las manos).


clavos


El soporte para los pies

Además, para hacer más largo el tema, los romanos solían proveer al ejecutado con un soporte para los pies clavado al palo vertical (stipes). Otras veces no eran tan considerados, y le clavaban o ataban los pies a ambos lados del stipes (e incluso detrás, pero más raramente delante como se presenta en la mayor parte de la iconografía). Cuando querían rematarlo, le rompían las piernas a porrazos, supuestamente para que no pudiera apoyarse más.

Esto ha reforzado la idea de que la causa primaria de la muerte por crucifixión era la asfixia. Pero, de nuevo, no hay nada que parezca indicar que una persona colgada por los brazos se ahogue rápidamente. Así que este soporte podría tomarse como una consideración, para permitir al condenado aliviarse un poco el dolor de los brazos y hombros apoyéndose en él. Y el hecho de romper las piernas para rematar al reo sería independiente: se trata, simplemente, de una brutal paliza en la parte del cuerpo más accesible a los que están debajo que precipita la muerte por embolismo graso y hemorragia interna (o externa, si causan fracturas abiertas, cosa que tampoco sería rara).

De hecho, muchas personas crucificadas sufrieron peores perrerías que las aplicadas al que los cristianos consideran su salvador. Es fácil comprender que esa postura indefensa favorece la aplicación posterior de numerosos tormentos o vejaciones adicionales, desde hierros al rojo o flagelaciones adicionales hasta la prostitución a bajo coste para beneficio de los guardianes. Los antiguos no eran gente que se cortara ni un pelo con esas cosas. A fin de cuentas, un crucificado (o crucificada) era un nadie, por debajo incluso de los esclavos, sin derecho o protección algunos. En realidad, la primera fase de la crucifixión no era la flagelación ni nada de todo eso, sino la condena en sí, que representaba la muerte civil instantánea: la persona quedaba totalmente deshumanizada a los ojos de todos, reducida a un trozo de madera más. Un trozo de madera especialmente odioso para la comunidad.


Supervivientes de la crucifixión

Aparentemente, algunas personas sobrevivieron a la crucifixión por ser descolgadas a tiempo y tener la suerte –en aquellos tiempos– de no morir debido a las infecciones. Esto podía suceder si se revertía la condena, o si ésta consistía sólo en un buen repaso y humillación públicos. El historiador Flavio Josefo, por ejemplo, suplicó la misericordia del emperador Tito para tres amigos suyos que habían sido crucificados. Tito accedió y los descolgaron para curarlos: dos perecieron, el tercero sobrevivió. Es de suponer que entre idas y venidas y que el emperador tuviera un momento y accediese, se pasaron un buen rato en el palo.

cruz

Hay al menos un movimiento religioso, de corte más o menos sufí, que cree que Jesús sobrevivió a su ejecución y murió anciano en la India. Uno de sus argumentos es, efectivamente, el corto plazo entre la crucifixión y el fallecimiento según los evangelios. Se puede no estar de acuerdo, naturalmente, pero no es una idea absurda. Con frecuencia, una persona que muere lentamente cae incosciente o entra en coma mucho antes de perecer realmente, con lanzada o sin ella (hay por ahí numerosos casos de gente mal fusilada que se despertó entre los muertos y caminó hasta lugar seguro, algunos con un buen número de agujeros). Los métodos para verificar la muerte en tiempos de los romanos no eran exactamente lo más.

En la opinión de este grupo, Jesús simplemente habría quedado en un estado comatoso más o menos profundo; descolgado demasiado pronto para estar verdaderamente muerto según la pauta de crucifixión habitual, volvió en sí después de meterlo en su tumba: una verdadera resurrección al tercer día. Hasta hace muy poco tiempo, no era raro que algunas personas fueran enterradas vivas por carecer de medios precisos para certificar la defunción; y de las tumbas judías se podía escapar.

La gente cristiana, por supuesto, suele rechazar esta idea sin ni siquiera evaluarla; pues el cristianismo, en el caso de que su fundador no muriera realmente en la cruz para salvar a sus seguidores, se queda muy chuchurrío. Yo lo entiendo, pero eso no nos impide hablar sobre ello. Otros quizá nos alegraríamos si este ser humano, de ser su historia parecida a como la cuentan, hubiera sobrevivido a semejante crueldad para vivir una larga vida.

La verdad es que todo lo que rodea la vida del fundador del cristianismo es confuso y está muy mal documentado más allá de los evangelios (que son, naturalmente, un documento parcial; no hay demérito alguno en ello, es simplemente que se trata de cristianos hablando sobre Cristo, y por tanto potencialmente parciales). La razón exacta de que un hombre joven y aparentemente sano pereciera en la cruz tras sólo seis horas se me sigue escapando, y no coincide con la mayoría de relatos históricos sobre otras crucifixiones; la única explicación que se me ocurre es que estuviera delicado de salud, y el estrés de la ejecución lo matara, por ejemplo a través de un ataque cardíaco. En todo caso, sea por morbo insano, trauma infantil o curiosidad científica, el viejo relato de don Luis sigue despertando mi interés. Si a alguien se le ocurre algo –sensato– o tiene alguna fuente –mínimamente racional–, soy todo ojos.


Dios


Recreación de muchachas crucificadas durante el genocidio armenio (1915-1917).
Instituto-Museo del Genocidio, Academia Nacional de Ciencias de la República de Armenia.


FUENTE

la crucifixión
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4 comentarios - La crucifixión

@joelluna2
si supieras como eran los azotes y los flagelos y que te estaquen en una cruz coratndote los nervios no dirias tantas ganzadas