Abelardo y Eloisa

Abelardo y Eloisa


Abelardo fue un alumno de la Universidad de París allá por el siglo XII, que logró destacar como una de los mentes brillantes de la época, tanto así, que pronto empezó a dar clases en la misma. Su fama era tal, que hoy es reconocido por la crítica moderna como uno de los más grandes genios de la Lógica y la Dialéctica. Pero aquí, el asunto que nos ocupa es su tortuosa relación sentimental, quizá una de las más tristes que conozco.
Eloísa era una joven estudiante de filosofía que vivía en el claustro de la Catedral de París bajo la tutela de su tío Fulberto, canónigo de dicho templo. Aunque era una muchacha muy hermosa, más bien era conocida en la Universidad por ser una brillante alumna.
Seguramente ambos se cruzaron muchas veces por los pasillos universitarios o en el ambiente académico que por esos años vivía la ciudad. Muy probablemente coincidieron, pero no se llamaron la atención porque Abelardo estaba ocupado en sus estudios y vida universitaria, mientras Eloísa salía muy poco de la catedral, debido a su entrega a la filosofía y literatura.

Fulberto, el tío sacerdote, era conocido por el esmero con el que cuidaba a su sobrina, y consciente de su capacidad académica, siempre trataba de darle la mejor educación. Es así que cierto día que llegó Abelardo con el deseo de alquilar una habitación en la catedral, el sacerdote le ofreció una a un precio muy conveniente, con la condición de que se convierta en instructor de su sobrina. Es que tan buena era la reputación de Abelardo, y no sólo como brillante profesor, sino como una persona digna de entera confianza.


Abelardo y Eloisa

Abelardo y Eloísa por Edmund Leighton, 1882


La personalidad de Abelardo, su inteligencia y carisma resultaron irresistibles para la joven Eloísa, que a sus 20 años llegó a ver la presencia de ese hombre en su vida, como una orden de Dios o del destino. Así, las buenas intenciones del joven maestro, enseguida sucumbieron ante la belleza de Eloísa, y obviamente el aprendizaje pasó a segundo plano. Las clases de filosofía y dialéctica se transformaron en largas sesiones de amor, donde se dieron cuenta que eran el uno para el otro.

El rumor de este amor clandestino empezó a recorrer todo París, y el único que parecía no darse cuenta de nada era el tío de Eloísa. Más que nada porque él nunca se imaginó que algo así pudiera estar ocurriendo bajo su propio techo, debido a la confianza que tenía depositada en su sobrina y en aquel intachable profesor que admiraba. La ingenuidad del sacerdote fue sacudida cierto día que encontró a Eloísa en brazos de su maestro. En ese mismo instante Fulberto tomó la decisión de separarlos y de sacar a Abelardo con todas sus pertenencias de la catedral.
No mucho después de aquella separación, Abelardo recibió un mensaje de Eloísa que lo hizo muy feliz: estaba embarazada. Dadas así las circunstancias, él le propone huir lejos de su tío y ella acepta, por lo que la lleva lejos de París, a la población de Bretagne, a casa de su hermana, donde Eloísa dio a luz un varón.


amor

Abelardo ed Eloísa, óleo de Jean Vignaud, 1819


Abelardo regresó a dar clases en París, pero debido al miedo o timidez, evitó el contacto con el cura Fulberto durante algunos meses. El cura que se encontraba con el orgullo herido, llegó por fin aceptar lo inevitable y pidió a Abelardo que se casará con su sobrina, para así restaurar su honor ante la sociedad.
La solución a simple vista era simple, y hubiese sido fácil para cualquier pareja casarse, pero el problema radicaba que en aquella época un profesor universitario con esposa e hijos, no tenía futuro ya que la Universidad prefería contratar profesores solteros.
De todas formas a Abelardo no le importaba sacrificar su carrera académica y aceptó casarse, pero inexplicablemente Eloísa se opuso radicalmente a la boda. No quería ser la causante del fin de la carrera de su amado.
Al fin ambos lograron convencerla para que acceda a casarse, pero ella sólo aceptó con la condición de que la boda se mantuviera en estricto secreto para que no afectara de ninguna forma al padre de su hijo.
Y así fue, se casaron en secreto en París, y el cura Fulberto para restaurar "su honor mancillado" comenzó a divulgar a los cuatro vientos el matrimonio de su sobrina. Tanto irritó esto a Eloísa, que llegó a realizar ante un juez, un juramento formal de que jamás se había casado. (Todo con el fin de proteger la carrera de su amado).
Esta situación encolerizo a su tío sacerdote, y la convivencia en la catedral se tornó un martirio debido a los insultos y los malos tratos de los que Eloísa llegó a ser víctima. La situación llegó a tal extremo que Abelardo se vio obligado a buscar refugio para su esposa en un convento de Argenteuil, cerca de París.
El cura Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en seguida ideó la manera de hacerlo. Sobornó a un criado de Abelardo para que les permitiese pasar a sus aposentos, y una noche, entró con un cirujano y otros hombres con quienes lo hizo castrar a la fuerza, luego de lo cual huyeron.


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A la mañana siguiente todo París se había enterado de lo que le habían hecho a Abelardo. La justicia tomó cartas en el asunto y logró dar con dos de las personas que habían participado en la castración. El castigo que se les impuso fue el mismo, fueron castrados y además se les arrancó los ojos. Al cura Fulberto se lo desterró de París y se le confiscaron todas sus propiedades. Pero el daño ya estaba hecho, ningún castigo sobre los criminales podía restaurar el daño que le hicieron a Abelardo.


“Era el año del Señor de 1118, mis heridas corporales sanaron, pero mi vida entera cambió. Hube de renunciar a Eloísa, que profesó de monja en el convento de Argenteuil, no volviendo a vernos en el resto de nuestras vidas; según las leyes canónicas estoy incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos viéndome obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio.”



A pesar de nunca haber pensado convertirse en monje, Abelardo decidió ingresar un claustro dominico. Una vida de aislamiento era lo único que su orgullo le permitía. Antes de ingresar al monasterio, también convenció a Eloísa de tomar los hábitos.
Los amigos y conocidos de Eloísa le suplicaron que recapacitara, que no diera fin de esa manera a su vida. Que era joven y bella como para encerrarse en un convento, que saliera al mundo exterior y tratara de conseguir una anulación de su matrimonio. Pero Eloísa les respondía que ella ya lo había decidido, que se haría monja, y no por amor a Dios, sino por amor a Abelardo. Antes de ingresar, Eloísa entregó su hijo a una de sus hermanas para que lo criara.
Eloísa llegó a ser abadesa, y a pesar de las escasas cartas que pudieron intercambiar, Abelardo nunca salió de sus pensamientos. Ella pensaba que su vida había comenzado el día en que lo conoció, y que se había marchitado el momento que se separaron. Sus pasionales cartas lo reflejan con lucidez:


"Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños"


Las cartas fueron el único vínculo entre ellos, al que por más de veinte años permanecieron aferrados:


"Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!"


Abelardo falleció a los 63 años, y cuando Eloísa se enteró de su muerte, logró llevar los restos de su amado hasta su convento, donde les dio sepultura. Veintidós años después, en 1164 moría Eloísa. Agonizante dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de Abelardo, y que luego fuera sembrado un rosal sobre la tierra que los cubriría a ambos.
Siete siglos después, en 1817 sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Père Lachaise, en París, donde hoy reposan en un mausoleo en el cual reciben el tributo de amantes anónimos que con frecuencia depositan flores sobre su lápida.


historia


antigüedad


La historia de Abelardo y Eloísa se hubiese perdido con el tiempo de no ser por las cartas que dejaron como testimonio. El desarrollo de todo su romance fue descrito en una carta de Abelardo conocida como "Historia Calamitatum", que fue muy difundida y copiada en aquella época. Básicamente esta carta fue escrita para consolar a un amigo, como queriéndole decir: "¿Crees que tienes problemas? Escucha esto…"

Eloísa prefirió renunciar a su juventud y a su vida, aún a su maternidad, sólo para ser solidaria con su amado. No creo que en la historia contemporánea vuelva a repetirse un acto de igual sacrificio y desprendimiento.


"Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar con ellas ardores criminales: entonces me veras, para fortificar tu piedad; y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..."


Fuente

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