Augusto César Sandino (III)

Sandino, héroe político y militar

ace cuarenta y un años, el 21 de febrero de 1934, Augusto César Sandino fue asesinado por mayordomos y peones nicaragüenses al servicio de los intereses imperiales de los Estados Unidos.

Sandino es uno de los héroes más limpios con que cuenta la historia de la lucha antiimperialista en la América Latina: es, y seguirá siendo, un ejemplo para los patriotas del continente que luchan por la verdadera y efectiva independencia de sus pueblos.

Sandino fue en la segunda década de nuestro siglo uno de los precursores de la guerra de guerrillas (de la guerra revolucionaria y de la guerra librada con éxito contra el invasor imperialista). En otras palabras, y en cierto sentido, se adelanta a los barbudos de la Sierra Maestra, a los esforzados guerrilleros de América Central y América del Sur y al heroico pueblo vietnamita.

En seguida, y en torno a esta faceta, ofrezco un colagge que lo muestra como un hábil estratega de este tipo de guerra en el continente americano.

En unas cuantas líneas, William Krehm traza una imagen correcta sobre la táctica de lucha y el sentido del movimiento sandinista:

"Durante casi siete años, prácticamente sin ayuda, luchando con rifles capturados al enemigo y granadas de mano hechas con latas de sardinas llenas de piedras, resistió a la aviación y al equipo moderno de la marina norteamericana y de la Guardia Nacional de Nicaragua. Sus enemigos más encarnizados han rendido tributo a su bien organizado espionaje, segura señal de que gozaba de las simpatías de la población.

A través de toda Latinoamérica Sandino se convirtió en un David legendario que aunque no tenía la menor esperanza de decapitar al grande y rubio Goliath, sí le suministró un buen tirón de orejas".



Gregorio Selser resume en unos cuantos párrafos de su Sandino, general de hombres libres los métodos de combate de que se sirve el nicaragüense para hostigar, debilitar y exasperar a los marines norteamericanos y a sus cómplices nativos:

"En un principio todas fueron derrotas. A la de San Fernando siguió el desastre de Las Flores, donde perdió sesenta hombres y un armamente vital. Poco podían hacer sus tropas frente a las tácticas de un ejército regular que contaba con la dirección de veteranos de la Primera Guerra Mundial. Como Sandino operaba según el sistema de trincheras, poco costaba a los invasores flanquearlo y, con ayuda de la aviación, desalojarlo.



La lección, a poco de reiterada, fue plenamente comprendida. Percibió que en tanto los invasores contaran con armamento superior, eligieran el terreno y el momento de los combates y se valieran de sus conocimientos militares académicos, poco podría hacer él si les correspondía con el mismo juego. A partir de ese momento decidió Sandino adoptar las tácticas de las guerrillas, aprovechando sus conocimientos del terreno donde operaba, para tratar de obtener el máximo rendimiento de los escasos hombres y armamento de que disponía. Decidió que el factor sorpresa era elemento primordial de ventaja en las luchas del tipo de la suya, que exigían el empleo de la emboscada y la retirada inmediata una vez logrados los objetivos propuestos.



El primer ensayo fue puesto en práctica diez días después del desastre de Las Flores, cuando Sandino, en tanto los invasores se internaban en Las Segovias en dirección al cerro del Chipote, se colocó a su retaguardia y atacó, el 19 de septiembre de 1927, la ciudad de Telnapeca. Por la noche la ciudad estaba en sus manos, con excepción del sistema defensivo de trincheras "con alambres de púas y la extensa red de zanjas comunicadas entre sí, como copiando el sistema de atrincheramiento usado durante la guerra europea..."

Para comprender este cambio en las concepciones militares de Sandino, casi todas instintivas, debe tenerse en cuenta que los cuatro departamentos segovianos forman una superficie de treinta mil kilómetros cuadrados, extendida desde el centro de Nicaragua, en dirección norte, hasta la frontera con Honduras, cuyos límites cubre completamente. Al oeste, desde el Pacífico, el terreno se eleva gradualmente desde los llanos de León y Chinandega hasta las alturas de Nueva Segovia, donde alcanzan su mayor desarrollo inmensos bosques inexplorados.Al este, la región del Atlántico, aunque baja, es igualmente boscosa, terminando en los inhabitables suampos o pantanos. El río Coco, que baja de las alturas de Nueva Segovia hasta el mar, recorre cientos de kilómetros irregularmente aptos para la navegación de poco calado, atravesando toda la zona departamental en lucha.

Los pueblos, naturalmente, estuvieron desde un principio en poder de los invasores. Sus bocacalles y su perímetro exterior estaban constantemente vigilados por puestos de ametralladoras.

Pero Sandino es el dueño de la selva, de la montaña y del río. Conoce cada palmo de terreno segoviano. Y quienes le acompañan no son menos duchos. Cada árbol, cada matorral, cada roca, es un virtual escondite de un tirador o de un espía patriota. Los invasores lo saben y sólo se atreven a internarse por caminos conocidos con el rifle o el revólver dispuestos a disparar en cualquier momento. Y aún así les domina la inquietud. Porque en cualquier instante, sin que nada previo lo haga anunciar, se escucha el seco estampido que da por tierra con un invasor, al que de inmediato sigue una furiosa descarga desde distintos puntos. Los tiradores han tenido tiempo y puntería suficientes como para caer en un inútil desperdicio de munición: cuando los norteamericanos reaccionan, dispuestos al contraataque, sólo encuentran la huella reciente de pisadas que se pierden en la espesura, donde es más peligrosa la acechanza de los sandinistas. Estos, una vez descargadas sus armas y cumplida la faena de diezmar a los "gringos", se retiran en orden tan silenciosamente como han llegado.

Claro está que no siempre se es tan afortunado. "Vencimos y nos vencieron -recordaría Sandino-, pero al enemigo le hacía falta conocer nuestra táctica. Además, nuestro espionaje siempre fue y sigue siendo superior al de los mercenarios. Así fuimos adquiriendo armas y parque norteamericanos, porque les capturábamos gente y botín. ¡Lástima que sean de tan grande estatura los piratas, porque sus uniformes no les sirven a nuestra gente!".

El temible ejército fantasma de Sandino es así imbatible. No precisa de grandes efectivos, que, por el contrario, entorpecerían sus acciones. Ni siquiera de costosos preparativos o concentraciones de armamentos y tropas. La pequeña partida es escurridiza, de difícil localización y se disgrega hacia distintos puntos preestablecidos, de difícil acceso.

Páginas adelante, el propio Selser enumera algunas de las estratagemas de que se valió Sandino para frenar la invasión de los marines y conseguir, a largo plazo, que las tropas invasoras abandonaran Nicaragüa:

"Los hombres son pocos y las armas son menos todavía. El ingenio debe reemplazar a la técnica, la táctica primitiva a la estrategia militar. La honda puede no matar, pero si vaciar un ojo, y una rama flexible es una honda gigante, capaz de causar estragos, perturbar la marcha de soldados o sembrar la necesaria confusión a cuyo amparo los ocultos tiradores puedan apuntar cuidadosamente. Un colchón de hojas puede perfectamente ocultar un pozo, de la misma manera en que mediante diques de troncos y rocas se pueden modificar los cursos de agua señalados en los mapas de la región y desviar a los soldados enemigos hacia donde las guerrillas esperan a su presa."

Las líneas que acabo de transcribir no sólo revelan los recursos empleados por Sandino sino que, asimismo, prefiguran los ardides de que se valdrían los vietnamitas para derrotar, primero, a los franceses y, después, a los norteamericanos.

Al Sandino guerrillero se le puede aplicar la anécdota que entre nosotros se atribuye a Pancho Villa, el combatiente ubicuo por excelencia:

Cuéntase que un día -escribe Nellie Campobello- un jefe que persigue a las tropas de Villa recibe de Venustriano Carranza un telegrama urgente redactado en estos términos: "Precise usted dónde se hallan Francisco Villa y los pocos hombres que lo acompañan".

La respuesta del jefe fue esta:

"Tengo el honor de informarle que según todos los datos que he recabado y creo verdaderos, Villa se encuentra en todas partes y en ninguna".

Aquí quiero intercalar una pequeña disgresión. Es probable que uno de los maestros de Sandino en el arte de la guerra de guerrillas haya sido Villa, con cuyas hazañas debió familiarizarse no sólo por la prensa sino a través del contacto personal, aquí en México, con personas y libros que debieron informarle cómo se movilizaba y actuaba el sorprendente guerrillero quien, como él, supo detener y derrotar a las tropas norteamericanas.

Poco se ha dicho acerca de las semejanzas que se observan entre la acción militar de Sandino (y sus puntos de vista teóricos diseminados en cartas, entrevistas y documentos) y la teoría y la praxis guerrillera de Mao Tse-Tung, el mayor teórico con que cuenta en nuestros días este tipo de guerra.

Entresaco de los escritos militares de Mao (influídos por los de Sun Tzu, estratega chino que vivió en el siglo VI antes de nuestra era) algunas muestras que considero significativas:

1.- Aunque la guerra móvil de la insurrección se asemeja a la de las fuerzas tradicionales, se apoya en la estrategia de la guerrilla y opera persiguiendo objetivos algo diferentes. Los insurgentes van desde las zonas rurales hacia los pueblos y ciudades. Ocupan las colinas y los bosques antes de tomar los caminos. En esto se conducen de manera diametralmente opuesta a los dictados de la estrategia militar occidental, en la cual los puntos fuertes -centros industriales, de comunicaciones, de población- se golpean primero y se dejan para lo último los empenachados montes de las zonas rurales. Lo que cuenta para que el enemigo no pueda defender sin verse envuelto en una contradicción, la de extender sus líneas y debilitar la efectividad de su poder destructor. En consecuencia, primero están las zonas rurales y después las ciudades.

2.- Esparcir nuestras fuerzas para despertar a las masas; concentrarlas para contener con el enemigo.

3.- Avanza el enemigo, nos retiramos; acampa el enemigo, lo hostigamos; se fatiga el enemigo, lo atacamos; se retira, lo perseguimos.

4.- Para ampliar zonas estables, emplear la táctica de avanzar en olas; cuando se es perseguido por un enemigo poderoso, emplear la táctica de girar y escabullirnos a su alrededor.

5.- Despertar el mayo número de personas en el tiempo más breve posible con los mejores métodos.

6.- Estas prácticas se asemejan en todo a la forma en que se maneja una red; debemos estar listos para lanzarla o recogerla. La tiramos abierta para ganar a las masas y la recogemos para luchar contra el enemigo.

La guerrilla -afirma Robert Taber- hace la guerra de la pulga. La pulga pica, brinca, y pica otra vez, esquiva rápidamente la fuerza que puede aplastarla. No trata de matar a su enemigo de un golpe, sino de extraerle sangre y alimentarse con ella, atormentándole y enloqueciéndolo; lo conserva para actuar en él y destruir sus nervios y su moral.Todo esto toma tiempo. Más tiempo se necesita todavía para que las pulgas se multipliquen. Lo que comenzó siendo una infección local llegará a ser una epidemia, a medida que se unan las zonas de ressitencia, del mismo modo como se extiende una mancha de tinta en un secante.

Paso, ahora, de China a Vietnam, país en el que la guerra anticolonial y, luego, la guerra contra el imperialismo yanqui guarda ciertas similitudes con la guerra de Sandino.

La definición de la guerra de guerrillas que da el general Vo Ngu-yen Giap, el triunfador de Dien Bien Fu, coincide con la de Mao. El estilo, incluso, es parecido:

"La guerra de guerrillas es la forma en que pelean las masas de un país débil y mal equipado contra un ejército agresor con equipo y técnica mejores. Así es como se pelea en una revolución. Las guerrillas confían en su espíritu heroico para triunfar sobre las armas modernas, esquivando al enemigo cuando es más fuerte y atacándolo cuando es más débil. Dispersándose unas veces, reagrupándose otras, desgastando al enemigo en ocasiones, exterminándolo en otras, estando dispuestas a pelear dondequiera, para que en cualquier parte a donde vaya el enemigo se encuentre sumergido en un mar de gente armada que golpea sus espaldas, intranquilizando su espíritu y agotando sus fuerzas."

En otro momento de Guerra del pueblo, ejército del pueblo, el general Giap afirma:

"Además de dispersarse para desgastar al enemigo, es necesario reagrupar una gran fuerza armada en una situación favorable, para adquirir supremacía en el ataque en un punto y tiempo dados para aniquilar al enemigo. Los triunfos sumados de muchas batallas pequeñas desgastan progresivamente los efectivos humanos del enemigo al tiempo que incrementamos poco a poco nuestras fuerzas. El fin principal de la batalla debe ser la destrucción de los efectivos humanos del adversario. Nuestros propios efectivos no deben agotarse tratando de conservar u ocupar territorio.

En Argelia, a lo largo de los intensos siete años de lucha contra el poder colonial francés, los patriotas aplicaron en el campo, adaptándolas a sus propias condiciones objetivas, las mismas tácticas empleadas por Mao y por Giap.

En la Sierra Maestra, los revolucionarios de Fidel Castro, con enorme poder creador, pusieron en práctica, en líneas generales, un parecido cuerpo de ideas. Casi al azar tomo dos fragmentos del Che Guevara que se localizan en La guerra de guerrillas:

"1.- 'Muerde y huye' le llaman algunos despectivamente, y es exacto. Muerde y huye, espera, acecha, vuelve a morder y a huir, y así sucesivamente, sin dar descanso al enemigo. Hay en todo esto, al parecer, una actitud negativa, esa actitud de retirada, de no dar combates frontales, sin embargo, es consecuente con la estrategia general de la guerra de guerrillas, que es igual en su fin último a la de una guerra cualquiera: lograr el triunfo, aniquilar al enemigo.

2.- Hay tres condiciones de supervivencia de una guerrilla que comience su desarrollo; movilidad constante, vigilancia constante, desconfianza constante. Sin el uso adecuado de estos tres elementos de la táctica militar, la guerrilla dificilmente sobrevivirá."

Tras de asomarse a sus tácticas de lucha y repasar, por encima, las ideas de buena parte de los grandes teóricos de la guerra irregular, puedo decir que Sandino no es sólo un héroe político sino también un excelente militar cuyos puntos de vista acerca del arte de la guerra siguen teniendo cierta vigencia.

En 1975, cuarenta y un años después de su asesinato, Sandino está más vivo que los herederos de Anastasio Somoza. En tanto que Sandino al entender el presente ayudaba a sentar las bases de la Nicaragua del porvenir, los hijos de Somoza y sus cómplices al no poder comprender la Nicaragua de 1975, e incluso la Nicaragua de su padre, la que comienza en 1937, no están capacitados para diseñar el modelo político, económico y social que permita a este país, el más extenso y desgraciado de la América Central, asumir una vida en la cual ya no haya explotadores y explotados y en la que todos los nicaragüenses puedan emplear, al dirigirse unos a otros, la palabra que usaban en el campamento sandinista, un soldado cuando se dirigía a un compañero: hermano.

Somoza y sus herederos han creado un país en que la mitad de las tierras explotables no se cultivan, y de las que sí se trabajan el 30 por ciento pertenece a las finanzas de los Somoza; un país de seres mal alimentados cuya dieta cotidiana está compuesta de arroz, frijol y maíz; un país cuya balanza de pagos es deficitaria; un país incorrectamente poblado y diezmado, de la infancia a la senectud, por incontables enfermedades endémicas; un país con el 60 por ciento de analfabetos y una educación, en sus tres estadios, francamente ridícula; un país, en fin, endeudado con los Estados Unidos y propiedad privada de una familia y de sus empleados de confianza.

El porvenir de Nicaragua está en la lucha cotidiana, inteligente y valerosa del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Crónica Secreta: Augusto César Sandino ante sus verdugos

I. Héroe guerrillero, héroe de la paz con honor

Lindante con la inmolación

Una de las páginas más anubladas por la ausencia de un análisis exhaustivo de esta experiencia, es la que se refiere a las discusiones de paz que tienen lugar durante algunos meses entre Sandino y el gobierno de Sacasa-Somoza, y que culminan con el genocidio cuya primera víctima es el inmortal patriota. Los comentarios, más que análisis propiamente, en uno u otro lugar, en una u otra fecha, más adivinando que fundándose en documentos específicos, insisten en señalar "exceso de confianza", "ingenuidad", etcétera, departe del héroe, en la fase de las discusiones. Pareciera que a los autores de esos comentarios les bastara con estar persuadidos del gran mérito de Sandino como jefe guerrillero, y que consideran sobrante buscarle a héroe tan glorioso competencia política. De la observación atenta de documentos esenciales, resuta la conclusión inequívoca de que Sandino no confió para nada en la contraparte, con la que le correspondió discutir, en los meses inmediatos siguientes a la expulsión de los ocupantes armados norteamericanos. Es necesario grabarse bien las distintas expresiones de Sandino, respecto a los peligros que sabe perfectamente que corre, al discutir con elementos que en el pasado han sido cómplices de la intervención armada de los Estados Unidos. En el curso de los meses de las discusiones, en los que se ve obligado a viajar a Managua, Sandino declara una y otra vez: "Estoy conciente de los peligros que me rodearán (...) "Haremos la paz (...) Por ese ideal he venido, desafiando los riesgos y haciendo cara a los rencores y odios de la guardia." "Temo un atentado de ella contra nosotros". De estas expresiones da fe Salvador Calderón R. En cierta carta, Sandino expresa: "no desconozco los peligros que mi vida puede correr en mi travesía por el interior de la República". En la propia correspondencia del siniestro embajador norteamericano en Managua, Arthur Bliss Lane, se da el dato de que se sabe que Sandino expresó con anticipación lo 'innecesario' de realizar el viaje que concluye con su muerte."

Una vez demostrado que lo de "confianza" e "ingenuidad" de Sandino es sólo producto de improvisados comentarios, y que, por el contrario, él sabía a plenitud los peligros que corría al bajar de la montaña, cabe preguntarse ¿por qué razón baja Sandino a Managua cuando sabe que este lugar está tan preñado de peligros? El paso de Sandino es imposible justificarlo si no se tiene en cuenta eso que llaman condiciones objetivas y subjetivas, tanto nacionales como internacionales en el propio tiempo de las discusiones . A lo menos debe quedar claro que en el país, si bien las masas poseen en ese momento una viva tradición antiyanqui, todavía no ha sido extirpada la influencia de las facciones liberal y conservadora, controladas sus dirigencias por elementos reaccionarios. En ese marco, la reacción antipopular propala, principalmente a través de la prensa, una ola de calumnias y murmuraciones en el sentido de que Sandino nunca ha sido patriota, que la intervención qrmada norteamericana fue solo pretexto para que él cometiera todo tipo de delitos, y que no es más que un partidario de la guerra por la guerra misma. Incluso en todo el curso de las discuciones, los elementos más reaccionarios se oponen a su realización, pretendiendo no restringir para nada la persecución antisandinista. De modo que, hasta cierto punto, las discusiones fueron una conquista del reclamo popular. Al viajar Sandino a Managua, apelaba a un recurso peligrosísimo, pero esa era la única manera de desenmascarar los infundios que pretendían dibujar un grotesco fantasma belicista, sordo a los sufrimientos ocasionados por la secular violencia local, acentuados con la recrudecida intervención imperialista. Anónimo escuchó decir a Sandino: "Yo de un momento a otro muero. No cumplieron los compromisos del arreglo de paz. Nos están asesinando a nuestros hermanos en todas partes. Voy para Managua: o arreglo esta situación, o muero; pero esto no es de quedarse con los brazos cruzados". Tanto Salvatierra como Calderón R. cuentan que el jefe patriótico rechazó enérgicamente sus propuestas para abandonar el país. Está visto, pues, que cuando Sandino fue a Managua, adoptó una actitud lindante con la inmolación, dura exigencia del momento preciso (1933-34) a la que no dio la espalda, fiel a su costumbre de cumplir con el deber.

El gesto del héroe nicaragüense no se comprende si además no se precisa la situación en el exterior. Insistimos en especificar 1933-34. En proceso de recuperación de las consecuencias de la crisis capitalista de 1929, la potencia norteamericana -que durante varios lustros ha enfrentado la insurgencia de los pueblos del Caribe, con Nicaragua a la vanguardia- pasa a retocar su rostro ante la América Latina con un colorete que denomina Política del Buen Vecino. El retoque tiene su culminación en la reunión panamericana de Montevideo en diciembre de 1933.

Lo que importa recalcar es que la política exterior norteamericana que estrena la administración Franklin D. Roosevelt, coloca a los Estados Unidos como un peligro secundario, mientras en la realidad se acentúa aceleradamente la conversión de la Alemania nazi y el Japón militarista en los centros mayores de la reacción mundial. Este cuadro no facilita en modo alguno que la atención de las fuerzas populares del exterior ponga sus ojos en la remota Nicaragua, ya desocupada militarmente por interventores. Antes hemos aludido a las dudas expresadas por Lombardo Toledano y precisamente ello tiene lugar en el curso del año 1933. Que lo que decimos nada tiene de conjetura lo confirma precisamente la reacción instantánea en el exterior al conocerse el asesinato de Sandino. La imaginación lleva después, hoy, a pensar que al momento todo fue en la América Latina condena del crimen. Es cierto que no faltan actitudes de protesta, según reza algún cintillo de prensa de la época. "Enérgico telegrama envían los estudiantes mexicanos a Sacasa". Al mismo tiempo, no son excepción posiciones como la de alguna "liga antiimperialista", mera caricatura ultrasecreta, que ante el asesinato de Sandino se le ocurre condenarlo por supuesta "traición de 1930".

¿Cómo no descubrir en la línea que prevalece en la América Latina ante la resistencia de Sandino en su última fase un antecedente de ese engendro conciliador del vocero de la aristocracia obrera norteamericana llamado Earl Browder? Derrotada la reacción fascista en la Segunda Guerra Mundial, ello impulsará a un nuevo auge en la lucha antiimperialista y pasará la potencia yanqui a ser justamente blanco de la lucha popular por los cuatro puntos cardinales del globo. Y el Sandino que, ya asesinado, se mantuvo por un periodo en el recuerdo de los dignos campesinos nicaragüenses que lo acompañaron de victoria en victoria, pasa a convertirse en símbolo del secular combate latinoamericano antiyanqui.

Paz con honor

Ante la inminente retirada de la marinería norteamericana, el líder guerrillero no está dispuesto a esperar los acontecimientos durmiendo sobre los laureles. Ya quedó apuntado lo imposible que se volvió establecer en el territorio liberado por los patriotas un gobierno provisional. Sandino adopta una actitud realista, y recoge el clamor popular que exige paz y negociaciones con el ejército guerrillero. Como ha quedado explicado, los altibajos de las relaciones con las fuerzas populares del exterior de Nicaragua nunca mermaron el espíritu internacionalista del invicto nicaragüense. Habiendo llegado incluso a cesar toda comunicación con elementos de otros países, a la hora de entablar discusiones no estará absorbido por un incoloro localismo. Y entre las primeras condiciones que formula está la de que el gobierno del país adhiere a una política de "no intervención en los negocios internos de ninguna de las repúblicas indohispánicas". La lucha nacional de toda latitud fue motivo de su atención y puede darse el ejemplo de su respeto por el combate del pueblo de Polonia; precisamente, el crimen del 21 de febrero de 1934 impidió la celebración de una entrevista amistosa pendiente entre Sandino y un representante de Polonia a solicitud de éste último.

Jamás concibe que la sola desocupación militar por los Estados Unidos garantice la plena independencia, e invariablemente, desde el primero hasta el último día de las discusiones, se propone completar la vistoria militar, procediendo a "restaurar también nuestra independencia política y económica". El propósito es alcanzar una paz con honor: "las bases de paz propuestas (...) compatibles con nuestro Honor Nacional"; una paz con dignidad: "la paz que dignifica y no la del esclavo". El factor local que más evidencia la negativa de los elementos dominantes en el gobierno a fortalecer la independencia del país, se remite a la conservación de la estructura que la intervención norteamericana ha impuesto al ejército gubernamental Guardia Nacional. Así lo denuncia Sandino. Por ello fue que hasta el último instante se negó a acceder a desarmarse total de las filas guerrilleras que exigían los elementos más reaccionarios.

Mientras pululan en Nicaragua, en las facciones conservadoras y liberal, los caciques políticos que cargan con la mancha de haberse sumado a la intervención, Augusto César Sandino, fraternizando con las masas populares al viajar a Managua, y permaneciendo fiel a sus principios de siempre, contrarresta el cúmulo de calumnias que le lanzan, hasta que se convierte prácticamente en el centro de atención de la abrumadora mayoría de la nación. Pero la dialéctica histórica había resuelto que su misión fuera demostrar la capacidad de lucha de cada porción de la América Latina, y para ejemplo el diminuto paraje nicaragüense. Vencer en la guerra y por primera vez, más allá de la guerra: en la conquista y defensa del poder popular, en la construcción de una nueva sociedad, será posible después de una vuelta histórica en Cuba, una isla cercana a Nicaragua.

La embajada norteamericana y el 21 de Febrero

Al tramar el asesinato de Sandino, la embajada norteamericana, con Mathew B. Hanna primero, y Arthur Bliss Lanne después, se propuso cometer un crimen perfecto, y evitar dejar la marca de toda huella. Ahora estamos en tiempos de la Política del Buen Vecino, y hace falta no repetir lo de Lane con Madero y Pino Suárez, o lo de Wise con Charlemgane Peralte, en el pasado tiempo del big stick. Sin embargo, sabido es que no hay crimen perfecto: allí están indelebles las huellas de mano yanqui.

Antes de emprender el retorno ignominioso, la embajada impone la estructura que le dicta su capricho colonizador al ejército que los intervencionistas han creado: la Guardia Nacional. De ante mano saben ellos hacia dónde será empujada una fuerza armada en la que, si bien son muchos los que esperan la primera oportunidad para pasarse a la trinchera patriótica, quienes predominan en su dirección son elementos depravados que tienen su paradigma en Anastasio Somoza García, devenido jefe director de dicho ejército por el beneplácito de Mr. y Mrs. Hanna.

Los obvios cálculos de la embajada resultan fundados; los peores elementos de la Guardia Nacional en el curso de las discusiones violan el armisticio, lo mismo que los compromisos contraídos por el gobierno, cometiendo distintos atropellos que, gradualmente, convertirán a la fuerza armada oficial, y más concretamente a su jefe director, en la dueña del poder, encima del veleidoso Juan B. Sacasa, jefe nominal del gobierno. Cada embajador mantendrá un vínculo estrecho con Somoza García, lo que no significa otra cosa que el visto bueno a las fechorías que comete.

Al observarse la correspondencia del embajador, se ve el trazo de mensajes secretos con Washington en los días inmediatos anteriores al 21 de febrero de 1934; 16 de enero, 5 y 16 de febrero, son días en los que explícitamente se admite en la recopilación: "no impreso", es decir, que Arthur Bliss Lane se comunicó secretamente con su Departamento de Estado. Por lo que se refiere al propio 21 de febrero, incluyendo el comienzo de la noche, el norteamericano se mantendrá en contacto directo con Somoza García. En la taimada corespondencia diplomática de Bliss Lane, éste confiesa que en algún momento le expresó a Somoza que en cuanto a Sandino "no se precipitase", lo que es una confesión paladina de la orden del crimen transmitida a Somoza, al que, además, se le exige, según el tono de las palabras citadas, ser oportuno.

La gratitud yanqui ante el sicario, por supuesto, no se hace esperar, y después del 21 de febrero la embajada renuncia a todo disimulo, para irse del lado de Somoza con motivo de la acentuación de las rivalidades entre el último y el tornadizo jefe nominal de gobierno, Juan B. Sacasa. Hechos como la "gratitud" que el real almirante George J. Meyers, comandante del Escuadrón de Servicio Español, expresa a Somoza García en agosto de 1936, se convertirán en una rutina en las relaciones entre el Imperio y el lacayo, incluso hasta que Rigoberto López Pérez, un "sandinista" (esto último según la expresión del vástago A. Somoza Debayle), ajusticia al sicario. En efecto, a raíz de la acción de López Pérez el 21 de septiembre de 1956, Dwight Eisenhower expresa: "La nación y yo personalmente lamentamos la muerte del presidente Somoza, ocurrida como resultado del cobarde ataque de un asesino"; por su lado, John Foster Dulles, como secretario de Estado norteamericano, agrega: "su amistad (la de Somoza) constantemente demostrada para los Estados Unidos, nunca será olvidada".

Herederos los vástagos de la purulencia del progenitor, serán, por consiguiente, legatarios del favor norteamericano, y en 1972, en Filadelfia, le dirán en inglés a Anastasio Somoza Debayle: "soldado de honor, un diplomático de renombre universal, un estadista sin paralelo, un campeón de la superación humana".

Crimen en la mesa de discusiones

En la extendida versión del crimen, aparece a menudo la frase, "engaño a Sandino". Viéndolo bien, tal enfoque, aunque sea involuntariamente, sólo contribuye a disminuir - no nos cansamos de repetirlo- la infamia del crimen; vileza inconmensurablemente mayor que el "engaño" fue la que se cometió contra Sandino: los devotos del dio dollar siempre se propusieron en el curso de las discusiones, la bárbara traición, aunque Sandino lúcidamente nunca se ilusionó en un desenlace distinto, según lo hemos dejado demostrado.

Véanse algunas de las muestras que dan idea de los especímenes que incubó la colonización yanqui en Nicaragua, especímenes que por cierto ya traían la pasta del coloniaje europeo desaparecido en el siglo XIX.

La traición del antisandinismo, sobra reiterarlo, contrasta con el cumplimiento de la palabra empeñada, y hay que decirlo así de Sandino y de los guerrilleros sandinistas. En la primera fase de las discusiones, los delegados del gobierno, previas garantías otorgadas por Sandino, arriban a la montaña siendo escrupulosamente respetados.

De la recta conducta de los guerrilleros en los meses de las discusiones deja nota el veraz Calderón Ramírez. Resulta, pues, que en este capítulo la auténtica civilización relumbró en la selva, mientras la más abyecta barbarie oscureció el 21 de febrero la ciudad de Managua. Hablando diáfanamente: el 21 de febrero se traduce en crimen en la mesa de discusiones.

Apuntemos dispersos momentos de A. Somoza G. en el curso de las discusiones. El 31 de marzo de 1933 finge interés por la paz ante Sofonías Salvatierra, y por la paz incluso brinda. Otra vez posa ante las cámaras abrazando a Sandino. En vísperas de la Guardia Nacional, dirigida por Somoza G., publica un texto en que habla de "protección segura" a Sandino, agregando: "Nuestro honor de militares lo garantiza". Cuando está por realizarse el viaje, se sabe que Somoza G. se ha ofrecido ir "con gusto" a Jinotega, y desde ahi, "hacerle compañía a Sandino, y ahcer patente las garantías en el arribo a Managua. ¿Harán falta comentarios?.

Todavía se precisa distinguir la índole definitivamente clasista del crimen de Managua. Por lo general sólo se ve el asesinato del patriota que es el guerrillero Sandino, pero no se ve el asesinato del representante de los explotados y humillados que es también el obrero Sandino.

El nicaragüense que alguna vez ha visto de cerca, en función, la fatua arrogancia del oligarca leonés-granadino, debe imaginarse la rabia que embargaría a los dueños de Tiscapa por obra y gracia de Washington, trajeados de etiqueta, teniendo que vérselas en las discusiones con el mestizo Sandino vistiendo su indumentaria de guerrillero rural y convertido en el símbolo viviente de la dignidad nacional.

Merece transcribirse cierta imagen que da idea fija de una y otra clase social contendiente en las aludidas discusiones. Por un lado, al saberse la aproximación de los delegados del gobierno al campamento patriótico en la montaña, los espera de pie, en la misma puerta, con sencillez, el digno Augusto César Sandino, jefe supremo del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. Por su parte, al viajar el patriota a Managua, al llegar a la Casa Presidencial, Juan B. Sacasa, presidente por su connivencia con los Estados Unidos, se hace esperar, petulante, por diez minutos, para recibir al guerrillero. El plebeyo y el oligarca dan, el cada caso, su medida.

De los últimos instantes de Sandino, se dispone de fuentes harto limitadas. Las personas vinculadas al guerrillero dan cuenta sólo hasta el momento de producirse el asalto en que Sandino y los suyos son capturados. Aunque no haría falta, Salvatierra y Calderón dan prueba de la dignidad del héroe en ese instante: "¿por qué semejante atropello? Hecha la paz, todos somos hermanos, mi único afán propende al resurgimiento de Nicaragua por medio del trabajo , y en los años pasados he luchado por la libertad de nuestra patria".

Entre el asalto y la consumación final del crimen transcurre aproximadamente una hora, lapso del que únicamente han dejado relatos incompletísimos individuos que por orden de Somoza G. estuvieron vinculados al crimen. Poco conocido es el que hizo en los días del crimen Camilo González, sempiterno asociado a Somoza G. y que expresa "Sandino se portó como todo un hombre en el momento de la prueba". Más conocido es el relato de Abelardo Cuadra, primero miembro de la Guardia Nacional, y después rebelado contra Somoza G. . Un punto que debe destacarse es la participación de sólo dieciséis miembros de la Guardia Nacional en la reunión que precedió al crimen, y que fue convocada por Somoza; Cuadra, uno de los participantes, confirma por sí mismo que no todos los dieciséis convocados respaldaban la infame traición. Esto refleja que tan grave responsabilidad histórica pesa esencialmente sobre una perversa moriría.

Cómplices

Si conocida es la culpa de Somoza, totalmente oculta ha permanecido la buena dosis que les corresponde a elementos relevantes de las facciones liberal y conservadora. No se trata aquí solamente de cómo se mantuvieron en el bando antisandinista, sino, además, de cómo primero acomodaron la situación que facilitó perpetrar el crimen y permitió después el encubrimiento, con amnistía y todo, del verdugo y su gavilla, a partir de lo cual Somoza asalta el poder y se perpetúa en éste. El liberal Juan B. Sacasa le tolera a Somoza, formalmente subalterno, altanerías que tienen que desembocar en la noche de febrero. Lo que pasa esa noche, según se ve, no cuenta con la intervención directa de J. B. Sacasa, pero ocurridos los hechos, éste mantiene a Somoza en el Ejército, y adopta con él, durante más de dos años, medidas que moverían a hilaridad, si no siguiera a ello una catástrofe que ya acumula cuarenta años. Con anticipación al 21, a su vez, el conservador Emiliano Chamorro quedará convertido en íntimo de Somoza G. , siendo los votos de su facción decisivos para la sacrosanta amnistía que deja en la impunidad a los verdugos; a escasos treinta días de la matanza, todavía goteando sangre de Sandino, las manos de Arthur Bills Lane son estrechadas por Emiliano Chamorro.

Crisanto Sacasa, como delegado de la facción liberal, se había comprometido, con su firma ante Sandino, a velar por la independencia de Nicaragua; próximo el golpe de junio de 1936, con el que desaparecerá del gobierno todo rival de Somoza, Crisanto Sacasa abandona a Juan B. Sacasa, con quien estuvo vinculado primero, para apoyar al jefe director, y para mucho tiempo.

II.- Del 21 de febrero a la reanudación de la resistencia organizada.


Imposición y prolongación de la tiranía

Reflexiónese y se entenderá lo infantil de la extendida divagación sobre medidas que debió tomar Sandino para sobrevivir a las patrañas del gobierno Sacasa-Somoza. La reflexión llevará a comprender que el jefe guerrillero, como ser humano, estaba expuesto a pasar por esa ley que impone la naturaleza: la muerte. Es evidente que también pudo haber muerto en otras circunstancias. Reducida así a su lógica posibilidad la desaparición de Sandino, legando una prestigiosa causa, se llega a problema pertinente: ¿por qué resulta aniquilada en la fase que sigue al 21 de febrero la fuerza armada popular organizada?, ¿saldrían a flote condiciones generales, cualitativamente distintas en la etapa precedente, que al mismo Sandino, en caso de haber sobrevivido, le hubieren hecho muy difícil o imposible emprender de inmediato una lucha ascendente? No hay que pasar por alto que en esta dificilísima fase surte efecto negativo la dirección unipersonal que, pese a sus inclinaciones naturales, debió asumir el jefe guerrillero, dado el predominio de la actividad de contenido bélico; de modo que no pudo progresar el esfuerzo de constituir en el curso de la contienda un organismo colectivo de dirección que llegó a denominar Junta Suprema.

Es fundamental señalar la desventaja que ofrecía la atrasadísima economía del país, apoyada principalmente en una tradicional ganadería extensiva y un cultivo paralizante como el café, independientemente de las circunstancias vinculadas a este grano que desempeñaron en cierta fase el papel que ya dejamos señalado; los rublos mencionados ofrecían una desventaja clave a un fatigado movimiento que había pasado por siete años consecutivos de ardua guerra: no ofrecían voluminosas concentraciones de asalariados permanentes e incluso de asalariados temporales. Pasemos a lo que se refiere a la concentración de los trabajadores mineros y agrícolas en las explotaciones norteamericanas de la selva atlántica. La lucha que debía continuarse, con el precedente bélico conocido, indiscutiblemente requería, para su desarrollo, de la utilización de formas políticas y reivindicativas, implicando ello la disposición de militantes, que el proceso específico no estuvo en condiciones de formar. Ese tipo de militante, en lo que se refiere al litoral del Pacífico y algunos puntos del centro del país, después del 21 de febrero, apenas se formó en una cantidad de ínfima significación, teniendo consecuencia la extrema incipiencia del proletariado en esta región. De modo que la mínima difusión de las ideas revolucionarias en algún núcleo popular del Pacífico, en el que el analfabetismo no es total, no condujo tampoco, en su caso, a preparar el militante y activista necesario a la masa del Atlántico, con la característica social ya apuntada, pero sumida en un espeso analfabetismo. En conclusión, se operó un retroceso en la integración nacional de la lucha popular.

El balance hostil de las condiciones a la vida, después del 21 de febrero, se ve agravado con el bestial terror desatado en el país, y particularmente en la zona norte y atlántica de Nicaragua. Acto seguido a la matanza de Managua, se perpetró un verdadero genocidio, con el agregado de que por largos años permanecería el total misterio; será más de diez años después que aparecerá en el conocido libro del ex redactor de la revista Time, William Krem, que después de la noche del 21, sólo en la localidad de Güigüilí, se asesinaron trescientos "hombres, mujeres y niños". Anónimo añade: "Despedazados por la metralla de los traidores, y comidos de zopilotes y perros".En un escrito testimonial, un veterano militante nicaragüense se refiere a matanzas hechas por las fuerzas represivas en Matagalpa, uno solo de los dieciséis departamente del país, y señala treintanueve hechos, varios de ellos represiones colectivas.

Aunque la resistencia nicaragüense jamás cesó, y año tras año, sin excepción, a lo largo de la prolongada tiranía, se suceden valerosas acciones, en la fase inmediata al 21 de febrero no se logra restablecer, ni de lejos, el nivel organizativo de los años de la última rebelión antiimperialista. Tal balance eleva todavía más el mérito de quienes prologan su reto en la montaña. Pasan varios años después de la noche del 21, y en "el terrible desamparo de las bananas" se enfrentan y caen bajo fuego enemigo destacados veteranos del ejército guerrillero. Durante una prolongada fase, no se recupera la fuerza popular organizada, sí, pero Augusto César Sandino permanece como héroe nacional clandestino, no por más secreto menos hondo en el corazón del nicaragüense oprimido.

Hacia el restablecimiento del destacamente popular organizado

Como se deduce de lo dicho, durante una larga etapa (1934-56) las acciones de la resistencia carecen de cohesión y de carácter organizado, después (1956-74) las acciones vienen a intensificarse, con vistas a restablecer el destacamento orgánico capaz de darle su lugar a cada oprimido, a cada explotado, a cada patriota, en el combate liberador.

El auge inmediato que origina en la lucha del mundo oprimido la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, no logra, en la América Latina, sacudir el dominio imperialista, aunque en Centro América se dio la mayor esperanza, que resultó efímera al ser aplastada la Guatemala de 1954, que levantó la mano contra la United Fruit Company. Los monopolios logran multiplicar sus inversiones en la América Latina, y prolongar el saqueo de nuestros pueblos. Nicaragua no podía escapar a ese fenómeno, convirtiéndose, en un grado mayor que antes, en proveedor de productos agropecuarios: café, algodón, carne, banano, azúcar, tabaco, sin que cese la extracción de minerales. Aparece una industria que no tiene en su control ni la apariencia mixta que muestra en otras regiones, sino que se da una virtual exclusividad en su explotación por el capital norteamericano. Aumenta la depauperización en Nicaragua, acarreada por el reforzamiento del control de la producción por el gran capital, lo que implica la multiplicación de la masa de trabajadores asalariados que crecientemente desempeñarán el ya sabido papel histórico de sepultureros del régimen de explotación.

Fuera de la América Latina en la década que sigue al final de la guerra mundial, el imperialismo sufre golpes contundentes en la Europa Oriental, en Asia , en Africa. Pasada esa primera década, en la América Latina tiene su gestación el nuevo combate por la libertad que logrará desenmascarar la demagogia, seudodemocrática. Se generan los nuevos destacamentos que deciden su primera victoria definitiva: Cuba. La América Latina entra a formar parte activa del movimiento mundial antiimperialista, en el que poco antes han descollado Argelia y Vietnam. El ejemplo de las luchas lejanas se vuelve inocultable, y no es una casualidad que Rigoberto López, el héroe nicaragüense de 1956, dedicara versos fraternos al Chipre rebelde contra el colonialismo.

Nicaragua se cuenta entre los primeros lugares que, en la nueva batalla, oponen el arma popular al régimen reaccionario. El heroísmo de abril de 1954, expresado en los ejemplos señeros de Optaciano Morazán, Luis Morales Palacios, Adolfo Báez Bone y Luis Gabuardi, entre otros, todavía no intenta romper la hegemonía política de las facciones reaccionarias tradicionales; pero en 1956, con Rigoberto López, se reanuda el camino hacia el restablecimiento de un genuino destacamente popular. Desde entonces, como ya se indicó, no habrá año en que cese de emerger el arma nicaragüense resuelta a conquistar la libertad. La victoria final no se produce de inmediato; el enemigo no es la camarilla reaccionaria local, la que pudo ser derrotada mil veces con las sucesivas acciones emprendidas. Se trata de enfrentar al enemigo de más de un siglo: el imperio del dólar. En noviembre de 1960, desde Mayport, puerto norteamericano de Florida, es movilizado el portaviones Shangri-la que conduce setenta aviones y cinco cazas submarinos contra Nicaragua. En diciembre de 1972, a raíz del terremoto de Managua y con el pretexto de socorro, desembarcan contingentes de marines que determinan la continuación de la camarilla reaccionaria en el poder. En 1973, la prensa de Nicaragua publica como información rutinaria los escándalos callejeros provocados por marines norteamericanos. Ya se ha dado cuenta de las intrigas yanquis contra otros pueblos ejercidas desde Nicaragua. Un hecho es ostensible: al pueblo nicaragüense le corresponde luchar contra un régimen colonial especial, cuyo origen se encuentra en cada una de las intervenciones perpetradas durante más de ciento cincuenta años, desde la promulgación misma de la llamada Doctrina Monroe. El régimen colonial que pesa sobre Nicaragua es más siniestro todavía que el definido por leyes internacionales, porque se trata de una situación colonial de facto, aunque hay algún acuerdo con la parte norteamericana cuya vigencia se prolonga hasta hoy. Este régimen colonial especial no le concede menos atribuciones al imperio de las que disfruta, por ejemplo, en la zona del Canal de Panamá o en Puerto Rico.

Silenciosamente, modestamente, los revolucionarios nicaragüenses, las nuevas generaciones sandinistas, vienen corriendo, de año en año el camino insurreccional. Los revolucionarios, en muchos casos cayendo en combate en la ciudad o la montaña, no se interesaron en dejar el recuerdo de una fotografía portando el arma guerrillera, pero dejaron em más auténtico testimonio: el ejemplo de su cesión.

A lo largo del Continente se extiende el combate y, sin excepción, en cada país ha rescatado el arma popular. La victoria definitiva no es fácil, y como ayer Augusto César Sandino, caen hoy el Che, Camilo Torres, Allende, Turcios Lima, Caamaño; en esa ruta cae una pléyade de guerrilleros nicaragüenses, desde Rigoberto López hasta Ricardo Morales y Oscar Turcios. La tarea es factible, pero dura: forjar los nuevos combatientes, fortalecer las filas, acumular experiencias, enfrentar las aviesas maniobras enemigas; labor colosal por la que es preciso ofrendar un alto precio.

En Nicaragua llega la hora en que se multiplica la acción de los obreros, los campesinos, los pobre todos. Los nicaragüenses, honestos, sin faltar sacerdotes, intelectuales y de otras procedencias, integran las filas resueltas a colocar a Nicaragua al lado de los pueblos que han conquistado la libertad, resueltos, como lo expresan las nuevas generaciones nicaragüenses, a llevar a culminación la revolución popular sandinista.

Aunque es poco lo que queda por hacerse, se siente como nunca en la historia el crujir de los cimientos del dominio imperialista en América Latina, en Africa, en el mundo entero. Es la "explosión proletaria" con que soñó Augusto César Sandino.

Mientras Cuba, con su clase obrera en la vanguardia, aparece como el bastión inexpugnable, en otros puntos del Continente surgen experiencias que se enmarcan en el camino hacia la extirpación de toda forma de explotación, hacia un mundo en que "cada hombre sea hermano y no lobo".

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