Tacuara (I)

1965: Contacto en La Habana

Joe Baxter fundó el MNR Tacuara, cuyos miembros derivaron hacia la guerrilla peronista de FAP y Montoneros, pero él se integró al ERP y luego se escindió con la Fracción Roja. Estuvo en Cuba, China y Vietnam. Ruth Arrieta era hija de un general boliviano y fue a Cuba para alfabetizar. Allí se conocieron. Testimonio de una época de conmociones.

–No sé por dónde podríamos empezar –dice Ruth, mientras intenta saber cómo será esta charla–. Hoy no estoy muy brillante, hace unos dos días me caí. Tal vez podrías hacerme unas preguntas.

–Empecemos tal vez por el principio. Quizá sirva saber quién es Ruth Arrieta. Usted nació en Bolivia, es la hija de Felipe Arrieta, un general importante, ¿cómo era eso?

–Mi papá es ése que está en el cuadro. El del sombrero, ¿lo ve? Está en la trinchera de la guerra paraguaya. Mi papá, mi abuelo y toda la familia era de militares, estuvieron en todas las guerras. Con Chile, en Antofagasta, después en Argentina. Yo era muy chica cuando él se fue a la guerra con Paraguay y eso me impactó mucho. En ese momento, yo tenía cuatro años y me acuerdo que me gustaba muchísimo comer conejos, los conejitos eran mis platos favoritos. Nos gustaban a todos. En mi casa íbamos a preparar uno para mi papá porque se iba. Yo no tenía la menor dimensión de lo que significaba la guerra ni lo que significaba que se fuera: total, se iba todos los días. Pero después, cuando me di cuenta de que iba a pasar mucho rato antes de que lo viera de nuevo, nunca más volví a comer conejos.

–¿Cuándo pasó eso?

–Cuando recién se iba. Me acuerdo que mi mamá me dijo que era una desconsiderada porque pensaba solamente en mí. "¡No ves que se está yendo tu papá!", me decía. El estuvo toda la guerra del Chaco, volvió cuando la guerra se acabó, como dos años después. Volvió muy cansado, y como ausente, con mi mamá también. Por un momento pensé que iban a separarse. Era muy buena gente, posiblemente lo tocó mucho todo eso y le llevó mucho, pero volvió a ser el de siempre.

–De La Paz se fueron, pero volvieron después cuando nombraron prefecto a su padre. Esa disciplina militar marcó el corazón de la familia, sin embargo años más tarde usted aparece en Cuba entre los revolucionarios. ¿Eso era lo que esperaba su padre de usted?

–Normalmente lo que él se imaginaba de nosotros era con quién nos íbamos a casar. Si me iba a casar con otro militar, no quería ninguna otra cosa, pero yo tenía ganas de ir a la universidad en Cochabamba. De hecho, hubiese querido estudiar Medicina, pero no me dejaron entrar.

–¿Qué pasó?

–Mi madre no era de mucho conceder, las cosas tenían que hacerse de una forma y no de otra. Yo tenía 18 años, estábamos en el año ’47 más o menos, y eso forma parte de otra parte divertida de mi historia. Mi madre estaba muy molesta con mi decisión de estudiar Medicina, y no me hacía la vida fácil, pero yo era muy buena alumna, había ido a un colegio de monjas y tantas cosas no me podía decir. En la escuela, éramos tres compañeras las que queríamos ser médicas cuando todavía no era común que las mujeres quisieran ir a la universidad. De las tres, una sola pudo terminar con la carrera. Yo me pasé a Derecho porque entre las materias que podía elegir, la única que mi madre aceptaba era abogada. En tanto, yo no terminaba de entender por qué los hombres podían estudiar y las mujeres no.

–Usted llegó a Cuba para los primeros años de la Revolución. Su libro, ese que todavía no termina y que recomienza cada vez, empieza con los encuentros en la casa de Hilda Gadea.

–Ella hacía el papel de extranjera con los extranjeros. Porque no era cubana y al mismo tiempo lo era. Su casa era un lugar para juntar gente, ayudar a que la gente lo pasara bien. Durante las reuniones también ella iba sacando sus conclusiones sobre quién era quién, no vamos a ser inocentes. Después, recibía a Guevara o a alguien mandado por él y les daba el resumen de quién era tal persona o qué pensaba tal otra. Pero era muy justa. Nos queríamos mucho, y me decía: ¿Qué te pareció fulana o mengana? Y siempre coincidíamos.

–¿Cómo eran esas reuniones? Cuando habla de esas noches, usted recuerda con alegría que podían comer caviar, mariscos y hasta tenían jugos de fruta.

–Es que eso era un lujo. Parece mentira, pero en La Habana en ese momento no había ni siquiera jugo de naranjas porque hasta eso importaban de Estados Unidos. Ahora ya no, pero en ese principio de la Revolución tener aquellas cosas era un lujo tremendo: ahí, éramos todos favorecidos. Una vez sucedió una cosa muy patética, muy triste. Fue cuando llegó un peruano que venía a refugiarse con un hijito de 4 o 5 años, tal vez tenía más. Cuando el nene entró y vio toda esa gente reunida se puso lívido: "¡Papá, tenemos que irnos de acá!", dijo. Todo el mundo se quedó paralizado porque se veía que estaba acostumbrado a vivir escondido.

–¿Quiénes llegaban hasta ese lugar, qué hacían?

–Eran tertulias con gente de todo el mundo, de unas ocho o diez personas. Una vez, por ejemplo, estuvo un peruano que se suicidó después, y ahora no me acuerdo el nombre. Era una persona muy dolida con todo, no sé bien por qué. Había viajado mucho, tenía una familia y terminó suicidándose. Fuera de eso, había un grupito que iba todos los viernes a encontrarse para leer algo; unos tocaban guitarra, otros cantaban, otros contaban cosas, otros leían. Y se hablaba.

–¿De qué?

–¿De qué se puede hablar? De política, de conspiraciones eternas. Y cada cual daba una opinión de acuerdo a su país, porque llegaban de todos lados. Todo lo que pasaba en la casa lo sabían los del G2 porque, es cierto, nadie sabía muy bien quién podía ser quién en ese lugar.

–Hablemos un poco de eso. ¿Cómo estaba organizada la isla? ¿Qué era el G2?

–El G2 era parte de la policía cubana. Se ocupaba de saber quién venía a la isla, qué hacía, de qué vivía. Estabas totalmente catalogado. Ahí no había vuelta. ¿Cooke es el que murió, no? Porque él siempre contaba un cuento: una persona que había venido a La Habana se había muerto prácticamente de hambre, porque los del G-2 se lo habían olvidado y no podía salir de su casa. Es gracioso, pero la verdad es que podía suceder perfectamente.

–Usted cuenta que dividían a la gente en "aspirantes a revolucionarios" o "amigos de la revolución".

–En toda la isla era así. A la casa de Hilda, por ejemplo, no llegaba cualquiera. El G2 mandaba tal vez a la gente que le era más difícil de valorar, de saber bien quién era porque podían ser revolucionarios pero también podían ser alguna otra cosa. Además, muchos venían de Buenos Aires o de otro lugar, pero supuestamente no tenían que estar ahí: estar ahí era muy delicado, algunos no volvían en años a sus lugares pero otros sí tenían que volver. Y por eso tenían que estar muy protegidos.

–¿Lo suicida era que se supiera que trabajaban para la revolución?

–Claro, ¿qué iban a hacer en La Habana? Algo tenían que hacer. Al principio todo era muy delicado, porque no se sabía qué iba a pasar con la revolución.

–Ese fue el caso de Baxter, que llegó a la isla clandestino. Ustedes se conocieron en las famosas noches de tertulias de la casa de Gadea, ¿cómo llegó él? Ese encuentro parece dar cuenta de la relación de Baxter con la madre del Che. Al parecer, ella lo despidió en Buenos Aires y le dio un recado para llevar a la isla.

–El recado era para su hijo. Parece que ella se lo dio porque sabía que él iba a ir a Cuba. Nunca supe qué mandó. Sé que era algo muy especial, pero no supe qué era porque yo no llegaba hasta ahí. En ese momento todo era difícil. No era como la idea que una tiene de una revolución: se supone que una revolución es para ser libre, para hacer lo que se quiere, pero te encontrabas con que todo era al revés. Sobre todo con los extranjeros, que nos veían con lupa: y tenían razón.

–¿Sentía contradicciones por eso?

–Al final me acostumbré. Me fabriqué como un mecanismo de autodefensa, aprendí a no confiar en cualquiera: vos confiabas en alguien sólo cuando ya lo conocías mucho y al final te acostumbras a pensar antes de hablar.

–Volvamos a Baxter. Usted describe el encuentro muy tiernamente: habla de "El Gordo", de su cuerpo inmenso y de él apoyado en un sillón muy chiquito.

–Es que siempre, todos los sillones, le quedaban chicos al lado del cuerpo. Cuando nos fuimos a vivir juntos conseguí un sillón grande después de buscarlo mucho. Tomándole el pelo a alguien del G2, un cubano muy simpático, que se llevaba muy bien conmigo, le dije: ‘Necesito conseguir un sillón ancho porque si no ¡qué hago con Baxter!’. Se la pasaba el día sentado en la puntita de una silla, y entonces me pusieron una especie de sofá que sacaron de alguna casa porque las cosas se conseguían así. Eran cosas que había dejado la gente. En la casa donde estábamos había una ventana inmensa. Uno entraba derecho, era todo de vidrio y daba afuera, a un patio interno. La gente que había vivido ahí ya no estaba, pero abajo habían quedado sus viejos empleados. El vidrio daba a ese patio. Y el sofá todo redondito daba a ese lugar. El Gordo se la pasaba el día pegado a la ventana porque con su cuerpo era difícil esconderlo en cualquier lado.

–Usted dice que Baxter la fascinó, pero no tenía idea de quién era él.

–A mí me pareció que tenía ganas de vivir, claro. Era más chico que yo, pero nadie lo hubiera dicho. De todas maneras, había vivido mucho desde muy chiquito y eso se notaba. Lo vi, me gustó; era como que necesitaba cariño. Lo veía muy solo, desamparado. Parece raro, pensé, un tipo tan grande que transmita esa sensación.

–¿El le dijo algo?

–No, que se sentía muy mal. Decía que no debía haber venido, pero que ahora ya no se podía ir. En la reunión, no dijo nada pero era muy perspicaz, e inmediatamente determinaba quién era quién.

–Volvamos al guión, a su historia de ese encuentro.

–Cuando salimos de la casa de Hilda Gadea anduvimos cuatro o cinco cuadras largas como si nos hubiésemos conocido siempre. Nos encontramos ahí y ya no nos separamos más. Los dos estábamos contentos. Fuimos a mi casa, y después él se fue a la suya que quedaba cerca de ahí. Le habían determinado varias casas para que pudiera estar.

–Usted cuenta algo interesante de ese encuentro. Que cuando se despidieron, como en un acto de confianza, él le dijo su verdadero nombre: "Yo no soy Salvador", le dijo con el nombre con el que se presentaba en la isla. "Soy Joe Baxter."

–Sí, y a mí podía haberme dicho que era Joe Mongo porque no sabía quién era Joe Baxter. Después empecé a saber un poco porque en el Granma las noticias del mundo capitalista no salían. Había que vivir con todo adentro. Y creo que estuvo bien, por ahí se necesitó mucha fuerza.

–En ese mundo, volvieron a verse después casi de casualidad. Iban a encontrarse en un hotel, ¿pero usted llegó tarde?

–Una hora más tarde. El estaba enojado. Es que yo no sabía si me iban a mandar a una escuela, y no tenía cómo avisarle.

–A propósito de esto, por qué no cuenta qué hacía usted en La Habana.

–Trabajaba 8 o 9 horas de maestra porque no habían quedado maestras en la isla. Por eso fui a parar a Cuba. Tenía una amiga uruguaya, que estaba casada con un paraguayo, los dos revolucionarios. Muy buena gente. Ella era maestra y para esa época también vivía en Uruguay. Siempre seguíamos las noticias de Cuba porque estaban muy relacionadas con todo eso y nos interesaba cada cosa. Siempre me acuerdo del día de la invasión a Bahía de los Cochinos, fue uno de los días más importantes para mí. La noticia estaba en todos los títulos de los diarios y nos pusimos locos: en ese momento entendí que tenía que ir a Cuba.

–De hecho, como le decía Baxter, usted se fue así: "Sin orga ni partido político".

–Necesitaban maestros. Casi todos se habían ido. No había médicos, ni maestros. Yo me dije: ‘Vamos a ver qué puedo hacer’. Mi amiga me alentó, me dijo que por mi carácter podía hacerlo. Yo había dado algo de clases en la universidad, pero no sabía qué iba a pasar ahí. Igual, menos mal que lo hice, era un gran despiole toda la isla porque no había maestros.

–¿Como fue la etapa del Plan de Alfabetización?

–Trabajábamos con unos cuadernitos de un argentino que estaban pensados como para tres etapas y estaban muy bien. La primera era de alfabetización, trabajábamos con la gente vieja y que pensaba que nunca iba a poder aprender a leer porque no era para ella, pero al final yo me sorprendí porque después de dos años ellos sabían leer. Ese era el trabajo, los del tercer nivel eran más adolescentes y les resultaba más fácil aprender. Cuando terminaban, ellos mismos se convertían en alfabetizadores. En ese primer momento, yo estaba sola con mis dos hijos y con mi hermano Mario; nos habían dado una casa grande en la bahía de Jibacoa, frente al mar. Los guajiros vivían en los alrededores de la casa, al borde de la bahía, pero nunca habían entrado al mar. Nunca, porque no los dejaban.

–¿Cómo lo notó?

–Porque se lo pregunté a uno de ellos. Las casas como la nuestra habían sido de las familias ricas que se fueron de la isla. La gente venía y se acercaba de a poco, primero los chicos. Mi hermano incluso les decía: "Vamos a la playa", y se los llevaba al mar. ¡Nunca habían entrado! ¿Te das cuenta? "¿Cómo vamos a ir?", nos decían. "Si están ustedes?"

–¿Cómo eran los lugares a los que iban llegando? Al comienzo, usted pasó un tiempo en el Hotel Habana y luego la mandaron para la bahía.

–Después de un tiempo largo, nos cambiaron de lugar porque la verdad es que yo estaba molesta. En el Hotel todavía vivían muchas de las familias antirrevolucionarias, digamos, que no se habían ido de la isla. En ese momento, me propusieron ir con la familia a pasar un tiempo a un lugar que había quedado abandonado. El lugar era un paraíso total, una zona de ensueño que había sido de un grupo de argentinos, que eran dueños y señores de todo. De pronto, vos venías por una avenida, te encontrabas con una carretera muy ancha y entrabas ahí adentro y te encontrabas con una escolta de soldados que cuidaban todo eso. Los soldados quedaron allí luego de la revolución. Nos quedábamos un montón de tiempo en la playa y nos cansábamos de decir que no habíamos venido a pasear, que realmente queríamos hacer algo. Algunas noches, en ese tiempo, todavía desembarcaban los cubanos que se habían ido.

–¿Los contrarevolucionarios?

–Eso mismo. Desembarcaban en distintos lugares, pero la zona donde estábamos nosotros era ideal porque Jibacoa era una sola bahía, con muy poca gente que estaba justo derecho de una punta de Estados Unidos, tal vez 160 kilómetros de mar. A la entrada, en el camino de ingreso, siempre estaban esos tres o cuatro pobres soldados que tenían teléfonos y qué se yo cuántas cosas más por si pasaba algo, porque siempre llegaban lanchas con hombres armados o barcos. Una de esas noches, nos avisaron que tuviéramos cuidado. Hacía días estábamos esperando que pasara algo. Siempre era lo mismo: cuando nos avisaban una cosa así, teníamos que poner las persianas de madera en la casa, tener todo cerrado, que pareciera que estaba abandonado, que no había nadie. Pasamos unos cuantos sustos porque desembarcaban tranquilamente. Esa noche, nos pidieron apagar todas las luces, todas las ventanas y rezar: no se podía hacer nada más.

–¿Y llegaron?

–Llegaron. Por lo menos, estaba con mi hermano Mario que era una especie de gigante de un metro ochenta que de todas maneras en ese momento no hubiera podido no hacer nada.

–Más tarde se mudó a La Habana, porque en un momento le pidieron que lo haga. Allí se fue a vivir a la casa del sillón redondeado de Baxter.

–Uh... El lugar era feo.

–¿Por qué?

–Tenía todo lo necesario, pero era feo. No había ni plata ni joyas ni esas cosas porque se las habían llevado, pero siempre era feo entrar a una de esas casas.

–¿Y exactamente qué era lo feo? ¿Los fantasmas?

–Por lo menos a mí me parecía todo tan innecesario, porque no era que yo necesitaba demasiado para vivir. Cuando entramos nos encontramos con zapatos, ropa, y cartas escritas en hebreo; nos dimos cuenta de que la familia que estaba no las había podido destruir y de que podían haber sido judíos religiosos porque en la casa había adornos y una lámpara de cristal de roca muy hermosa en el living. A la tarde, cuando el sol se ponía, los rayos se empezaban a poner de colores azules, rojos y amarillos. Los chicos se divertían como locos con esas luces. Habían dejado muchas cosas en la casa. Impresionaban porque en las cartas que nunca habían podido mandar avisan que se iban, diciendo que no podían vivir más en la isla. Esa casa tenía dos bloques.

–Para el final, volvamos a Baxter. ¿Cómo leyó el paso por Tacuara? ¿Cuál es su lectura, finalmente sobre él?

–Creo que era una persona que tenía muchas ganas de hacer algo, y en esa época era muy fácil encontrar ese algo: llámese Tacuara u otra cosa, lo que más se acercaba a lo que él quería hacer. Supongo que tenía ganas de hacer, tal vez como una revancha de las cosas malas que le habían pasado.

–A los 15 años murió su padre, el "Inglés", una persona muy rígida pero que parece haberle marcado la vida. Con esa muerte, perdió al padre, pero también el haras y una condición social. ¿Cree que eso fue una de sus marcas?

–De todas las pérdidas, creo que la del padre fue la peor. La que le dejó la impresión de que no le había dado cariño. De que al padre le había quedado la sensación de que él no lo quería.

¿POR QUE RUTH ARRIETA?

Ella es como una de esas personas sin edad. Hace años ya que no cuenta sus años. Sabe que nació en el ’29 del siglo pasado, y con eso le basta. A cierta edad, dice, ya no importa si es uno más o uno menos. Ruth es Ruth Arrieta, con sus arrugas suaves de abuela de cuentos, y los ojos movedizos de una niña. Nació en Cochabamba, entre las familias acomodadas de Bolivia. Su abuelo fue militar, combatió en la Guerra del Pacífico. Su padre, también militar, peleó en la del Chaco y luego fue intendente de La Paz y opositor de quienes, como su hija, se enrolaron más tarde en las revueltas del Movimiento Nacionalista Revolucionario que intentó llevar al gobierno a Víctor Paz Estenssoro. En esos años, Ruth se casó con un diplomático, hombre clave del MNR, poeta y secretario del gobierno de Paz Estenssoro años más tarde. Con él vivió en Buenos Aires y luego de divorciarse en Montevideo subió al avión del Che Guevara que la dejó en Cuba en 1961. Allí comenzó su segunda historia, la más intensa. Ella escribe parte de todo desde hace años en una especie de diario personal donde guarda sus memorias, escenas frescas de un eterno tiempo presente que no pasa. En Cuba, además de muchas aventuras, su encantadora imagen enamoró a Joe Baxter, el legendario guerrillero que pasó de la extrema derecha nacionalista en la Argentina a formar parte de las primeras organizaciones armadas de la izquierda en distintos lugares del mundo. Baxter murió a los 33 años, en un accidente aéreo de 1973 en Orly, Francia; Ruth tuvo una hija con El Gordo, como aún lo llama, y para el mundo ella empezó a aparecer como su viuda. De esa viuda, mujer política y amante es de quien habla ella en estas líneas.

El amante de Ava Garner, Joe Baxter

Pasaron cuarenta años. José María Guido hacía lo que podía intentando gobernar el país, bajo la vigencia del tristemente célebre Decreto 4161. En las elecciones presidenciales de julio de 1963, con el peronismo proscrito, triunfaba Arturo Illia con el veinticinco por ciento de los votos. El 17 de agosto, Día del Libertador, un grupo de la Juventud Peronista se apoderaba del sable corvo del general San Martín.

Poco después, el jueves 29 de agosto de 1963, un comando armado toma por asalto el Policlínico Bancario, frente a la plaza Irlanda, cerca del centro geográfico de la Capital Federal. Es el primer caso de una operación de guerrilla urbana en el país. También la primer expropiación de dinero –o si se prefiere robo- de un grupo extremista. Pero todo esto tardaría varios meses en saberse.

Una ambulancia con la sirena encendida llegó a media mañana de ese jueves al estacionamiento del nosocomio. El conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un enfermo. El vigilante observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les permitió entrar.

Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de Servicios Sociales Bancarios con catorce millones de pesos de la época (alrededor de 100.000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la Policía Federal. Dentro del sanatorio de la obra social, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes con el dinero.

-¡Quietos! ¡Esto es un asalto!- se escuchó de pronto.

Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Sorprendidos, asustados y momentáneamente paralizados, no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.

Ante un movimiento en falso del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio. Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.

A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).

En la Sección Identificación, un comisario –dibujante y experto en retratos hablados- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves, la certeza era casi total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa trayectoria al margen de la ley, Félix Arcángel Miloro, El pibe de la ametralladora, ex integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, y Salustiano Franco, alias Salunga, eran los responsables del robo.

La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo que en la jerga del periodismo policial se designa con el cínico eufemismo de "intensos interrogatorios".

No era para menos: según Clarín, el asalto al Policlínico Bancario, "al constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra Capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y funcionarios". Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de Córdoba.

El 10 de septiembre, alrededor de cien agentes federales se dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban Miloro y otra pareja. Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron: en realidad, fueron literalmente masacrados; el cuerpo de Félix parecía un colador.

El expediente del asalto fue cerrado y archivado.

Seis meses después trascendió que El pibe de la ametralladora había sido acribillado a balazos por error, y que no había tenido ninguna vinculación con el asalto al Policlínico.

En verdad, el joven rubio que empuñaba la PAM se llamaba José Luis Nell, descendía de irlandeses y era estudiante de derecho. Uno de sus mejores amigos y compañero de facultad era Cacho, un ex-cadete del Liceo Militar de ascendencia sirio-libanesa llamado Envar El Kadri. Otro de sus amigos, era José Joe Baxter, de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran, junto a otra docena de participantes del operativo, militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).

El botín estaba destinado inicialmente a financiar una invasión por mar a las Malvinas.

Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las paredes, arrojar alquitrán contra alguna sinagoga y enfrentarse a otros grupos estudiantiles que en asaltar bancos u organizar operaciones comando. Como máximo, cachiporras, trompadas o pedradas. Lo nuevo, ahora, era el agregado de Revolucionario a la denominación Movimiento Nacionalista. Lo cierto es que la investigación policial terminó dando un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.

Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base de la Fuerza Aérea en Río Gallegos, Santa Cruz. Al principio de su conscripción era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al comprobarse que usaba automóviles del Ejército para asuntos particulares (sus jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos asuntos). La investigación lo alcanzó. Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el 26 de marzo del 64. En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.

El 4 de abril la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado cuarenta y tres hechos terroristas. Y ya no eran agresiones a la comunidad judía. Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque Jorge Newbery, con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.

Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.

Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos. Algunos de ellos no habían participado del operativo comando del 29 de agosto pero eran buscados por otros hechos. Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.

A fines de noviembre de 1955 se había creado el Grupo Tacuara de la Juventud Nacionalista en el local que la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES) poseía en Matheu 185, en el barrio de Once. Más tarde, la Unión Cívica Nacionalista (UCN) les presta un destartalado local de tres habitaciones en un viejo edificio de Tucumán 415. En 1958, el nombre de Tacuara quedará asociado a las enormes manifestaciones con violentos enfrentamientos estudiantiles entre la laica y la libre, en torno a la discusión sobre la educación religiosa.

El jefe político de Tacuara es Alberto Ezcurra Uriburu, nació en 1937 y es el séptimo hijo de un modesto profesor de historia. Es un austero, inteligente, astuto, estudioso y casto joven de 21 años que abandonó sus estudios de seminarista y se gana la vida como pintor de motos. A los 13 años, había ingresado a la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES).

Usó toda su vida lentes de gruesos cristales y marco negro bajo unas cejas espesísimas, poseía una sólida formación histórica y era un orgulloso descendiente de Juan Manuel de Rosas y del general José Félix Uriburu. Su padre, Alberto Ezcurra Medrano, nacido en 1909, era conferencista, articulista en una docena de publicaciones nacionalistas y autor de alrededor de veinte libros.

Se le considera entre los precursores del revisionismo histórico y uno de sus seguidores lo definió como antiliberal, católico, rosista e hispánico. Con los años, Alberto Ezcurra hijo terminará finalmente volviendo al seminario, ordenándose como sacerdote y cumpliendo una larga y brillante carrera al servicio de la Iglesia.

El subjefe es José Baxter, alias Joe o El Gordo, un ex afiliado a la Unión Cívica Radical que ingresó a Tacuara en 1957 y que pronto se transformó en su vocero. Nacido en 1940 e hijo de un capataz de estancia descendiente de irlandeses, el robusto Baxter estudia derecho y trabaja como telefonista.

La edad de los jefes oscila entre los 21 y los 24 años, y entre ellos se tratan de usted. Predican un estilo austero. La revista Ofensiva, órgano de la Secretaría de Formación de Tacuara, lleva en su portada un escudo con un águila feudal germana. La bandera del Movimiento Nacionalista Tacuara posee tres franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior son de color negro y simbolizan la revolución nacional; la central es roja y representa la revolución social. Sobre esta franja hay una Cruz de Malta celeste y blanca. Varios militantes exhiben en sus solapas también una cruz de Malta celeste y blanca o la estrella federal de ocho puntas, color rojo punzó, o un crucifijo que cuelga del llavero.

El escritor izquierdista uruguayo Eduardo Galeano comenta: -Vienen en busca del mito del poder, los atrae la emoción de los campamentos, en los que las maniobras militares suelen hacerse con verdadera munición de guerra y con verdaderos heridos, la magia de los juramentos en las galerías subterráneas del cementerio, el estampido de los primeros balazos, el culto del peligro elaborado en torno a las fogatas, lejos de la familia y el hogar -y de la blanda vida burguesa de la que pretenden liberarse- reivindicándolos a sangre y fuego, como ‘un pelotón de soldados que salva a la civilización’, que dijera Oswald Spengler.

Diez años después del operativo comando en el sanatorio de los bancarios, el 11 de julio de 1973, un Boeing 707 de la compañía Varig que debía volar a Bruselas se estrelló en el aeropuerto parisino de Orly a los cinco minutos de despegar. Murieron 123 de sus 134 pasajeros.

Fue muy difícil para los familiares de uno de ellos retirar el cadáver calcinado, porque viajaba con un pasaporte falso. Era argentino, tenía 33 años y había vivido en la cuerda floja durante la última década de su vida. Se trataba de Joe Baxter y hoy está sepultado en el cementerio británico de Buenos Aires.

Su historia posterior al asalto al Policlínico terminó por convertirse en una leyenda fenomenal, paradigmática de una época. Ni siquiera sus viejos camaradas de distintas organizaciones quieren tocar el tema, como no sea en muchos casos para tratarlo de chanta. Y es que Baxter fue un controvertido personaje con una trayectoria política igualmente controvertida y en una época histórica absolutamente controvertida.

Poco después de la acción que hoy evocamos, Baxter habló en la Facultad de Filosofía y Letras ante estudiantes de izquierda presentando al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia del grupo dirigido por Alberto Ezcurra.

Dijo: -No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también nacionalismo cipayo. Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la cancillería de Berlín en 1945.

Después del asalto al Policlínico, fugitivo y bajo el nombre de Salvador Ballesteros, vivió durante casi tres años en el barrio de Pocitos de Montevideo. Se relacionó con el dirigente agrario Raúl Sendic y participó en la creación del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.

También fue oficial del ejército cubano, viajando en incontables oportunidades a la isla.

Para 1968 residía en París y fue testigo del Mayo francés, un masivo movimiento universitario que levantaba consignas como La imaginación al poder o Seamos realistas: pidamos lo imposible. Fue allí donde se vinculó al contador santiagueño Roberto Mario Santucho. Se integró entonces, con el nombre de Rafael, al Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP).

Después se unió a un desprendimiento trotskista: la Fracción Roja, perteneciente a la Cuarta Internacional, que entonces dirigía el economista belga Ernst Mandel (cuando murió en el mencionado accidente aéreo precisamente volaba para reunirse con él en Bruselas).

También viajó a Madrid, El Cairo y Argel, donde se entrevistó sucesivamente con el ex presidente Juan Domingo Perón, el mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser y el estadista argelino Ben Bella. En esa oportunidad, en España, tuvo un amorío pasajero con la actriz Ava Gardner. Después vuelve al Uruguay, porque debe encontrarse en Punta Carretas con el ex presidente del Brasil, Joao Goulart, exiliado en Montevideo.

Junto con un grupo de ex-tacuaras de izquierda y militantes de la Juventud Peronista recibió entrenamiento militar en China. Después pasó a Vietnam y se unió al Vietcong. Su leyenda personal sostiene que, gracias a su aspecto físico -alto, corpulento, pelirrojo y con pecas- entró vestido de militar canadiense al Club de Oficiales del ejército de Estados Unidos en Saigón, dejando un explosivo. Se dice que también, durante la famosa contraofensiva del Thet, participó de aquella decisiva operación de guerra. Se dice incluso que el líder vietnamita Ho Chi Minh lo condecoró por su valor en combate.

Obvio, además estuvo en el Chile de Salvador Allende y el MIR.

Un personaje aventurero y legendario –aunque denostado sin piedad por la mayoría de los que lo conocieron- que pretendió vivir peligrosamente, un poco a la manera de un Lawrence de Arabia, de un André Malraux, o de un Che Guevara.

El caso Nell, clave para el proceso político argentino

En estos días ha de expedirse la justicia del Uruguay con respecto a la extradición de José Luis Nell, requerido por las autoridades argentinas como presunto integrante del comando del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara que asaltó el Policlinico Bancario de Buenos Aires en agosto de 1963. A los efectos de ese pronunciamiento, es irrelevante el que Nell haya o no cometido los hechos que se le imputan: lo que se discute es si fueron perpetrados con fines políticos, puesto que las leyes excluyen expresamente la extradición por delitos políticos o por delitos comunes conexos con lo político ya sea que formen parte de la ejecución del acto político o ejecutados en forma aislada pero con objetivos políticos. Es un principio intangible y universal que tutela los derechos humanos del asilado, y que los despotismos buscan burlar fraguando procesos comunes a sus enemigos expatriados (caso reciente de los tiranuelos brasileños, calificando de "delincuente común" a Lionel Brizola) o negando que los hechos que le incriminan tengan alcances políticos, que, es la técnica empleada contra Nell.

La requisitoria de la dictadura argentina es tan cristalinamente improcedente que presupone magistrados uruguayos carentes del más elemental buen sentido o susceptibles de ser inducidos a violentar los preceptos legales y la tradición jurídica de su país.

No pretendo leer en la brumosa interioridad de las mentes gorilas: cabe también la hipótesis de que esa demostración de menosprecio no refleje una convicción real sino que sea una astucia primitiva con la finalidad de prolongar la detención de Nell y someterlo a los perjuicios de una tramitación semejante. Aparte de que estamos seguros de que esa tentativa correrá la suerte que se merece, para nada podemos gravitar en un litigio que se dirime en el ámbito forense. Pero precisamente porque es un problema político, nos interesa exponer sus datos esenciales, que contribuirán a la comprensión de la realidad argentina, velada aún por tenaces equívocos y malentendidos.

¿QUE CLASE DE "TACUARA"?

Así mientras basta la existencia de un móvil político para que la extradición sea ilegal, independientemente de cual sea la concepción ideológica sustentada esto es lo más importante para nosotros. La trayectoria de Nell ejemplifica la de muchos jóvenes que iniciaban su vida política hace más o menos una década, en medio de las frustraciones de una Argentina manejada por una minoría rapaz que abdicaba nuestra autodeterminación política y económica, mientras el pueblo, superexplotado y proscripto, no lograba traducir su protesta en una lucha efectiva por la toma de poder. Debo omitir referirme al complejo de circunstancias que llevó a un sector de la juventud a ver en las organizaciones nacionalistas de extrema derecha el camino para terminar, por medio de la acción directa, con este estado de cosas. Pero, en la medida que los impulsaba un auténtico fervor popular y patriótico, fueron percibiendo la naturaleza de ese nacionalismo violento, reaccionario y folklórico, que tras el fuego de su retórica no ofrecía un programa revolucionario sino saldos y retazos ideológicos trasplantados a los fascismos europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser dispositivos de combate revolucionario, eran engranajes del "Establishment", que fustigaban al imperialismo pero lo servían con una práctica inspirada en las consignas del "occidentalismo" y orientada por energúmenos de sacristía, rezagados del milenio corporativo, nostálgicos medioevales y agentes de los Servicios de Información.

Nell, ligado directamente a la lucha de masa trabajadora y capaz de asimilar críticamente los datos de la realidad contemporánea, fue uno de los primeros en tomar conciencia de que, en nuestras naciones dependientes, no hay nacionalismo de derecha posible, y, que con ese punto de partida, concluir, que a esta altura ni siquiera es posible un nacionalismo burgués. Esa evolución determinó que un grupo se separase de Tacuara -que en 1963 era la más poderosa organización derechista- para formar el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (pronto conocido como "la Tacuara de izquierda" del cual Nell fue figura destacada y miembro de la delegación que viajó a China y otros países revolucionarios; rápidamente se completa el tránsito hacia los planteos más radicales: el carácter global de la lucha liberadora del Tercer Mundo, la Revolución Social y la liberación nacional como aspectos indisociables de un proceso único, el papel de la Revolución Cubana, etc.

Teniendo presente esta ubicación ideológica, el "caso Nell" entra en su verdadera perspectiva, desde la praxis insurreccional hasta el ensañamiento represivo y este pedido de extradición en base a fundamentos que por el contrario, demuestran su improcedencia.

LOS BARULLOS DEL SURREALISMO JURÍDICO

El juez argentino que condenó al grupo del MNRT sostiene que no son delincuentes políticos sino "seres inadaptados que con el pretexto de móviles sociales o patrióticos dan rienda suelta a pasiones criminales realizando acciones que algunos tratan de per-suadirse a sí mismos como de carácter epopéyico o justiciero...".

Ese buceo en la psiquis de los procesados está reñido con las normas de imparcial administración de justicia y constituye una fuga hacia la arbitrariedad de las afirmaciones infundadas. Por lo pronto, son los propios protagonistas quienes deben estar "persuadidos del carácter epopéyico o justiciero..." de sus acciones, eso es lo que distingue a los activistas revolucionarios, y no la prueba de que son personalidades aberrantes. El ideal perseguido puede parecer horroroso a los que pertenecen al sistema de valores atacado, pero el rebelde tampoco concibe como "normal" el acondicionamiento espiritual en el seno de una estructura socio-política injusta y deformante, ni que esas almas frígidas sean la pauta, para medir los "desajustes". No pretendemos que nuestros salomones aborígenes compartan ese punto de vista de los marginales, pero aun dentro de la juridicidad del status quo, el inconformismo integral no puede reducirse a fenómeno de patología psicológica; y una infracción a la ley es política o no de acuerdo con criterios elaborados por la ciencia penal, y no de acuerdo con requisitos que un magistrado fije por su cuenta para que una concepción merezca la calidad de lo político.

Para sustentar ese frívolo diagnóstico, ¿qué elementos de juicio objetivos permiten afirmar que los móviles invocados son simples "pretextos", "una cobertura supuesta-mente ideológica?" Cabría suponer que se apoya en la constancia de que los MNRT invirtieron el producto del atraco para fines personales, o en bienes suntuarios, timbas, orgías, perfume francés, mulatas incandescentes y otras delicias de la opulencia. Pues, no: el mismo juez se encarga de informarnos, en otro pasaje de su fallo, que "se trata de una verdadera sociedad criminosa que ora con propósitos de índole insurreccional, ora con el propósito de allegar fondos, armas, municiones, y otros elementos para la consecución de objetivos declarados por sus integrantes, proyectó y llevó a cabo hechos de carácter delictivo...". Como señala el letrado defensor de Nell, es imposible hacer una descripción más exacta de lo que la doctrina penal considera delitos políticos conexos. La raíz, de las contradicciones e incongruencias es política, y está explícita en otro parágrafo del dictamen judicial. Esta especie de organización delictiva es más peligrosa y amenaza tomar un incremento mucho mayor por los recursos de que se vale y los medios que emplea, que las simples bandas criminales que actúan sin esa cobertura supuestamente ideológica, razón por la cual debe combatírsela más severamente porque hace peligrar los cimientos de nuestra sociedad".

Primero eran delincuentes comunes; luego resultó que eran comunes pero no tanto, y hubo que fijarles un limbo clasificatorio que los separaba del hampa pero sin entreverarlos con los políticos; por fin, estamos en que son peores que los criminales. Igualmente errátil es la lógica que descalifica como simulaciones los fines subversivos proclamados; para luego señalar que su práctica pone en peligro el orden constituido. Lo que equivale a decir que los MNRT lograban como revolucionarios los fines que simulaban como pseudo revolucionarios. Bravo. Finalmente, los tribunales argentinos pueden confinar a quienes atenían contra los cimientos de la sociedad al octavo círculo del infierno carcelario; lo que no pueden es hacer de eso una causal de extradición, pues si en algo coinciden los juristas de, todo el mundo es en que ese tipo de infracciones son políticas por excelencia.

VIOLENCIA SAGRADA Y VIOLENCIA DESFACHATADA

Veamos que régimen inefable de convivencia estuvieron por corroerlas modestas hazañas de estos reos. Cuando delinquieron, en la Argentina estaban cerradas las vías legales de expresión popular, y la acción directa era la única política que quedaba. Fue ese carácter falseado de la representatividad democrática la que invocaron las Fuerzas Armadas para dar el golpe de junio de 1966. Al fin y al cabo, lo mismo que se planteaban Nell y los suyos, con la diferencia de que, no disponiendo del instrumental bélico del estado, tuvieron que recurrir al asalto para armarse. Pero desde el punto de vista técnico, eso tampoco rompe la similitud de ambas situaciones jurídicas: el dinero del Policlínico Bancario pertenecía a los tacuaras tanto como pertenecen a los militares las armas que paga el pueblo para defender su soberanía y que ellos utilizan para despojarlo de esa soberanía y hacer con el país lo que se les da la gana.

Las FF.AA. responsables de la deformación representativa durante once años, no vacilaron en hacer mérito de esa anomalía para justificar el alzamiento contra el gobierno civil (elegidos en comicios presididos por los militares y con proscripción de los candidatos mayoritarios). Lo sorprendente es que el golpe triunfante, en lugar de redimir esos vicios de la práctica política, arrasó con todo el dispositivo de participación ciudadana en la elección de los mandatarios del estado, disolvió los partidos y convirtió en delito toda actividad política, aún pacífica y tradicional. Como caso de "simulación", éste alcanza proporciones de maravilla. Detrás de este atropello está la crisis permanente del sistema capitalista argentino, que ya no permite disimular la violencia clasista tras la legalidad -siquiera formal- del gobierno democrático representativo; los órganos encargados de aplicar la coerción resolvieron asumir el poder, del cual eran sostén exclusivo y visible, liquidar el dispositivo ya inoperante de la política clásica e integrar directamente a los grupos económicos predominantes designando para las altas funciones administrativas del estado a los directivos y apoderados de los grandes consorcios locales y extranjeros.

La usurpación no es novedad sino lo habitual a través de 80 de los 104 años de vigencia de nuestra constitución. Pero por primera vez la práctica de la violencia no se recubre con los siete velos de la legalidad republicana: la actual dictadura militar no pidió, como las anteriores, reconocimiento como gobierno "de facto", justificado como necesidad transitoria con el fin de restablecer el normal funcionamiento de las institucio-nes, sino que se título emanada de una legalidad propia que cancela la preexistente. Los comandantes en jefe de las tres armas declararon que asumían el "poder constituyente" y fijaron los imprecisos objetivos de la "revolución", que tienen preeminencia por sobre los textos constitucionales; designaron presidente a Onganía, otorgándole también facultades legislativas y sin término a su mandato, y reemplazaron a los miembros de la Suprema Corte. Por consiguiente el gobierno no prestó juramento ante el alto tribunal sino que los integrantes de éste juraron acatamiento a la nueva juridi-cidad.

Ese gobierno omnímodo, legitimado por su propia fuerza, es el que tramita la entrega de Nell. A instancias de esa justicia, que también tiene las espadas como fuente última de su existencia. Los hijos de la prepotencia claman venganza contra Nell, por el posi-ble crimen de haber participado en la empresa patética y desesperada de un grupo de rebeldes. La sociedad burguesa presumía ser fruto del consenso general, pero en ella puede suprimirse de hecho y de derecho la voluntad colectiva en las determinaciones de las cosas públicas sin que por eso tiemblen los "cimientos" de la convivencia organizada. Oficialmente se confirma que la democracia representativa era una superestruc-tura de la que se prescinde para apuntalar lo que es básico e intocable: el sistema de relaciones de fuerzas entre clases dominantes y clases dominadas. He aquí por que nuestros guerreros se coronan de laureles por estas epopeyas que tal vez la historia ignorará, pero que están registradas en las estadísticas sobre desempleo, ausentismo escolar, desnutrición, mortalidad infantil, nivel de vida, mientras los tacuaras de izquierda pasan miseria en las cárceles o se organizan contra ellos la caza del hombre disfrazada de tramitación jurídica internacional.

En un país donde los aviones navales han bombardeado a una multitud obrera indefensa en Plaza de Mayo -y mañana lanzarán rocíos de napalm con idéntico ánimo alegre-, donde se movilizan los tanques contra la protesta obrera, donde cada prócer castrense moviliza "su" guarnición o "su" barco en las confrontaciones internas por el poder, la única violencia que causa escándalo es la de Nell, mala plusvalía.

Desde la Argentina, una regencia de bayonetas que tutela los privilegios de dentro y de fuera exige la remisión de un prisionero de guerra que escapó a sus guardias de hierro. Las saturnales revanchistas son catarsis para estas ciudadelas del Occidente imperial, acechadas por hordas oscuras cuya irrupción presagian signos intranquilizadores.

Además, Nell es un militante revolucionario, es decir, un subversivo que pretende esconder que el poder económico y el poder de fuego son monopolios sagrados en ese mundo de pequeños déspotas sin cabeza, de arcángeles blindados que vigilan la insu-misión de las masas hambreadas, de adoradores de fetiches, de payasos solemnes, de respetuosos de la respetabilidad, de púrpuras y togas tendidas para que no se vean las verdades peligrosas.

La saga de Baxter

Fue uno de los fundadores de Tacuara, un adolescente gordo que le escribía poemas a Primo de Rivera. Pero en una trayectoria tal vez posible sólo en su época, se corrió al peronismo y terminó entrenando en Argelia y China, y funcionando como una suerte de combatiente internacional entre el ERP, Tupamaros, MRT y Cuba.

Al Grupo Nacionalista Revolucionario Tacuara la Policía lo tenía fichado como Grupo Baxter. Con armas guardadas hasta en las bóvedas de los cementerios, la nueva agrupación se lanzó a buscar financiamiento para sus operaciones. ¿Y dónde estaba el dinero?, le gustaba preguntar a Baxter. En los bancos, respondían los integrantes de la nueva fracción. Entonces, argumentaban, ahí había que ir a buscarlo. En los primeros meses de 1963, los tacuaristas se dedicaron a buscar objetivos para robar o para "apropiarse", como preferían decir para diferenciarse de los delincuentes comunes. Pero el borde entre lo delictivo y lo revolucionario era muy difícil de mantener. El dato para la operación más importante que iban a emprender ese año lo trajo un día Ricardo Vieira, el estudiante de Medicina que realizaba sus prácticas en el Hospital Neuropsiquiátrico Borda. En una de sus salas del barrio de Barracas se planeó la primera operación de guerrilla urbana de la historia argentina.
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Perón, como todas las mañanas de invierno, se había levantado a las cinco. Lo habían despertado los gallos. Después de unos mates amargos dio su habitual largo paseo por las calles del barrio. De vuelta había tomado varios mates más. El ritual matinal indicaba que estaba listo para recibir a la larga lista de invitados diarios. Los esperaba en su escritorio atiborrado de libros y cartas para responder. Aquel 7 de enero, a Baxter lo acompañó un empleado hasta la habitación que ocupaba la planta baja.

(....) Villalón abrió la puerta del despacho de Perón y se encargó de hacer las presentaciones. Perón había pasado los últimos diez años recibiendo visitas de distintos sectores de la política argentina y, a esa altura, era un experto anfitrión.

Como parte de su bienvenida, y para hacer sentir bien a su invitado, Perón le comentó a Baxter que conocía perfectamente la trayectoria del grupo al que representaba. Incluso recordó que le había enviado una carta con su fotografía firmada cuando dos de sus miembros habían caído presos. El 17 de octubre de 1962, José Luis Nell y Rubén Rodríguez habían sido detenidos por el robo de varios autos. Perón se había solidarizado con ellos en su condición de luchadores contra el régimen militar.

En su monólogo de recibimiento, Perón se explayó sobre los escritos de la agrupación Tacuara que había leído. Se extendió también en un largo elogio sobre uno en especial, que alababa al Estado fascista italiano de Benito Mussolini. Le comentó a Baxter que en la época del Duce había visitado Italia y que él también había quedado impresionado por la organización del Estado italiano y por los escritos de Mussolini. Baxter no respondió al comentario y la conversación se desvió hacia la política argentina. Cuentan que fue Campos quien, después de la primera visita de Baxter, le dijo a Perón:

Disculpe, General, pero estos muchachos leen más a Mao que al Duce.

Al otro día, Baxter se encontró en el escritorio de Perón algo diferente. Entre las carpetas y papeles había un nuevo retrato: el del líder chino. Baxter no dijo nada sobre el retrato de Mao. Pero cuando volvió a Buenos Aires se cansó de contar la anécdota y casi siempre la terminaba de la misma manera, con una gran carcajada y repitiendo:

Hay que seguir a este hombre, ¡este hombre sabe! Baxter se despidió de Perón y su séquito en el jardín de la quinta. Mientras caminaba hacia el portón, Perón lo miró de lejos y le dijo a Villalón una de esas frases que parecía decir sólo para que quedaran en la historia: "Un muchacho fantástico. Parece capaz de hacer él solo la revolución". Baxter tenía 23 años y, si bien no estaba dispuesto a hacer solo la revolución, sí quería aprender las técnicas de los movimientos revolucionarios. Al otro día del segundo encuentro, viajó a la RAU y después a Argelia.
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Desde las ventanas del Hotel de las Nacionalidades, los argentinos quedaron extasiados ante la panorámica de la plaza de Tiananmen. Durante el primer mes de su estadía en China ése sería su lugar de residencia. La primera noche eligieron comer en el restaurante oriental y dejaron de lado el que ofrecía comida occidental. Querían aprender todo del país que había logrado la revolución tan soñada. Desde la ventana de su habitación Baxter se quedó en silencio. Había algo que no podía explicar sobre lo lejano, conmovedor y tétrico del paisaje urbano. Las luces de los autos iban y venían por la avenida. El silencio que desprendía el país más poblado del mundo era abrumador. Se lo comentó a Rodríguez y juntos se dieron cuenta de que la falta de carteles de publicidad era lo que provocaba esa extraña visión. Baxter y sus compañeros estaban rodeados de millones de personas y no escuchaban nada.
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La rutina en la academia era dura. El día comenzaba a las cinco y media de la mañana. El grupo estaba fuera de forma y en los primeros días les costaba seguir el entrenamiento. Al principio, el instructor los hacía correr poco: unos dos kilómetros por día. Pero sobre el final llegaron a trotar en buen ritmo casi doce kilómetros diarios. En cada salida al exterior quedaban sorprendidos de la cantidad de pequeñas brigadas extranjeras con las que se cruzaban.

Una mañana, el instructor les hizo una seña para que se corrieran hacia la derecha para dejar pasar a una brigada. Los argentinos no podían creer que quienes les estaban ganando en la carrera eran parte de una compañía femenina china. Subían una montaña corriendo y cargadas con todo el arsenal para un ataque: desde armas de guerra hasta mochilas, fusiles y morteros. Más allá del entrenamiento físico, de aquella experiencia Baxter se llevó uno de los conceptos claves para su vida política: el de guerra revolucionaria que, a la manera china, significaba la lucha popular y prolongada contra el régimen. Después de sus días en China, Baxter se transformó en uno de los personajes que se dedicaron a expandir esta técnica en América latina.
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Los conoció sin verles la cara. Cubierto por una capucha, atravesó el pasillo y enfiló para el fondo de una casa que les habían prestado en pleno Barrio Norte. Otros ocho enmascarados esperaban adentro, todos sentados detrás de un biombo. Entró con Mario Roberto Santucho, aunque nadie lo reconoció porque también estaba cubierto con un pasamontañas. Del plenario clandestino participaba un grupo muy reducido de delegados del PRT. Habían llegado de toda la provincia de Buenos Aires para preparar un documento clave para el V Congreso del Partido que iba a realizarse veinte días más adelante, entre el 28 y 30 de julio de 1970.

Baxter no pronunció palabra. Al presentarlo, Santucho lo describió como un integrante del Comité Central y lo llamó por su nombre de guerra, Rafael Barletta. ¿Quién era?, se preguntaron en la sala.

Aunque los participantes de la reunión lo consideraron como un gesto exagerado, Baxter había sugerido el uso de las capuchas como medida de seguridad. Con el mismo objetivo preparó un sistema para controlar la entrada y salida de la puerta de calle. Le pidió a Luis Pujals que permaneciese ahí y le dio una serie de instrucciones. Pujals se quedó parado, de espaldas, a la espera de los que iban llegando. Cuando entraban les pedía un santo y seña. Si era correcto, les daba una capucha y sin mirarlos a la cara decía:

Pasillo al fondo, a la derecha.

La reunión se hacía en casa de los Gelter, dos hermanos polacos (desaparecidos después de 1976). Desde la entrada salía un largo pasillo que desembocaba en el living donde se llevaba a cabo la reunión. Los que llegaban podían caminar por el pasillo a cara descubierta, pero antes de entrar a la sala donde detrás del biombo estaban los encapuchados tenían que cubrirse obligatoriamente.

Cuando la reunión terminó, un delegado de Zárate caminó, completamente intrigado, hasta donde estaba el encargado de la regional Buenos Aires para preguntarle quién era ese inmenso sabelotodo que parecía muy seguro de lo que decía. Acosado por las preguntas, el de Buenos Aires finalmente habló:

–¿Qué quién es? –le dijo–. ¿Te acordás del asalto al Policlínico Bancario?

La fama de Baxter había crecido repleta de fábulas, leyendas pero también con fragmentos de sus historias verdaderas. En el PRT habían escuchado de su estadía entre los revolucionarios de Vietnam, de la condecoración de Ho Chi Ming y de su entrenamiento en China. Santucho lo recibió como un revolucionario de fuste especialmente porque, como decían entonces, llegaba con las "chapas de Vietnam". En esas condiciones lo sumó como un cuadro político mayor, con el grado de comandante revolucionario que había alcanzado en La Habana. Siempre dijo que los cubanos se lo habían presentado y entregado para trabajar en el Partido.
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El 31, los diarios publicaron la noticia del asesinato de Hermes Quijada. La policía señaló a Víctor José Fernández Palmeiro como responsable del asesinato. La televisión trasmitió durante varias horas partes informativos. Los flashes aparecían a mitad de una novela que contaba cómo una chica de doble apellido se enamoraba de un taxista llamado Rolando Rivas. Fernández Palmeiro no había actuado solo, decían los presentadores de noticias. Pero nadie tenía información del resto. Frente a las cámaras, un militar explicó luego algunos detalles del operativo. Se supo, y se dijo, que los autores habían contado con un coche de apoyo, pero que huyeron en motocicletas.

¡Zas!

Dijo Oscar Falchi, el chico de los cines club de la Acción Católica, un ex militante de Tacuara sentado ante el televisor de su casa, casado y frente a su mujer.

¡Zas!

Y dudó en seguir hablando. No podía contarle de cuando era chico, ni de las veces, tantas veces, en las que mirando Lawrence de Arabia u otras películas de acción con sus amigos habían planeado un asesinato de esa misma forma. Un atentado igualito. Como nunca antes se había hecho en la Argentina.

¡Zas!

Y mirando a su mujer dijo:

¡Zas! ¡Volvió el Gordo Baxter!

FUENTE:
nazi
tacuara
argentino