El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Vida Polular de San Francisco de Asís (2da. Parte)

San Francisco de Asís, el hermano de todos nos da el ejemplo de vida que hoy en día necesitamos para alcanzar la Paz entre nosotros y comenzar a vivir una vida nueva en Cristo Jesús. Para Francisco tampoco fue facil, tuvo sus luces y sombras hasta el final de sus días, pero acompañado y animado por la Fuerza del Espíritu caminó las huellas de Jesús que están firmemente trazadas en el Evangelio

Vida Polular de San Francisco de Asís (2da. Parte)Universal

Ese día se celebraba la festividad del apóstol San Matías. Durante el Evangelio, el sacerdote leyó en voz alta las palabras de Cristo dirigidas a los discípulos: Id por todo el mundo y predicad que el reino de Dios está cerca ... No llevéis con vosotros ni oro, ni plata, ni alforjas, ni zapatos, ni báculo . . .".

Francisco entendió como dirigidas a sí mismo esas Palabras, Entendió que el Señor lo quería restaurador de almas, misionero, pregonero del Evangelio en el mundo.

Sin dudar un instante, arrojó la alforja, en la cual conservaba unos mendrugos de pan. Se liberó del báculo. Se quitó las sandalias. Cubierto con un saco tosco y gris, ceñido a la cintura con una cuerda, comenzó a vagar por las campiñas, por los pueblos cercanos, en su misma ciudad, hablando a todos de la bondad del Señor. Se sentía plenamente feliz. No poseía nada. Y parecía tenerlo todo.

Ya nadie lo juzgaba loco o extravagante. Su voz tenía algo misterioso. Cuando hablaba, hasta los hombres más rudos se enternecían. A todos les parecía el gran enamorado de Dios.

Uno de los oyentes se acercó un día a Francisco y le pidió seguirle para compartir con él esa vida. Era Bernardo Quintavalle, joven rico y mercader, apreciado por todos, por su carácter franco y por su laboriosidad. Luego de Bernardo, se añadieron Gil, el buen campesino de Rivotorto, Pedro Cattáneo, famoso jurisa, y otros.

Al que deseaba asociarse a su vida, Francisco repetía las palabras del Evangelio: "Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y serás discípulo de Cristo".

Para distribuir a los pobres las abundantes riquezas de Bernardo Quintavalle se necesitaron varios días. En la plaza municipal largas hileras de pordioseros esperaban su turno. Habían llegado desde la montaña, del llano, de los pueblos vecinos. Para todos había una bolsita de monedas, una sonrisa, una palabra fraternal. Francisco ayudaba a Bernardo en la distribución de las limosnas.

Don Silvestre, un cura de Asís famoso por su tacañería, juzgó un despilfarro esa generosidad para con los pobres. Y con arrogancia dijo:

-Fray Francisco, veo que te has vuelto rico. ¿Por qué no me pagas las piedras que di para la refacción de San Damián?

-Toma, contestó el Santo, dándole un abundante puñado de monedas. ¿Te bastan?

-¡No, son pocas! -Aquí las tienes: toma cuantas quieras. El cura volvió a su casa para encerrar la plata en el cofre. Estaba satisfecho. Había aumentado sus riquezas sin fatiga. Sin embargo, esa alegría duró poco. Silvestre ya no podía dormir más.

Después de algún tiempo, también él distribuyó sus riquezas a los pobres, para hacerse discípulo de Francisco.

Las primeras florecillas

-Francisco y el pequeño grupo de compañeros pasaban los días en la oración y en el trabajo. Ayudaban a los campesinos en las faenas de los campos. Servían a los enfermos en los leprosarios. A todos hablaban de Cristo y de su amor por los hombres.

No tenían ninguna preocupación por el sustento. Vivían de lo que espontáneamente se les daba como compensación del trabajo o como limosna. En una cosa todos estaban de acuerdo y -decididos, en no aceptar plata por ningún motivo, o más bien, en no tocarlo en absoluto,

El pueblo los llamaba los Penitentes de Asís. A Francisco no le agradaba semejante denominación porque falseaba el ideal de su vida simple y gozosa.

-Nos llamaremos Hermanos Menores, dijo un día, después de haber pensado mucho.

¡Hermanos Menores! ¡Frailes Menores! El nombre expresaba bien el programa de vida que, Francisco quería para sí y sus compañeros: ser los menores, los últimos de la sociedad. Es decir, ser sencillos, pobres, al servicio de todos, sin pretensiones.

La población de Asís en ese tiempo, estaba dividida entre mayores y menores. Al primer grupo pertenecían los poderosos y los señores, encerrados en un

mundo vacío y sofisticado. El segundo grupo comprendía los artesanos, los campesinos, los pobres de toda especie.

Los discípulos de San Francisco debían compartir la condición de estos últimos para seguir el ejemplo de Cristo, quien vivió pobre y humilde.

En Rivotorto, localidad cercana a Santa María de los Ángeles, había un tugurio abandonado donde en el mal tiempo y en las noches de verano se refugiaban caminantes y mendigos. Los frailes menores lo eligieron como morada. Allí se juntaban todas las tardes, después del trabajo del día. Oraban juntos. Consumían en común la comida de los pobres. Se acostaban sobre el suelo desnudo.

El refugio era angosto, escuálido, desprovisto de todo. Francisco había escrito el nombre de los frailes sobre los travesaños del cielorraso, para indicar el espacio que cada uno debía ocupar para descansar. A cada uno le había tocado un lugarcito tan pequeño que ni un niño hubiera podido tenderse cómodamente.

Las estrecheces de Rivotorto eran extremos. Sin embargo, los penitentes de Asís se sentían tan a sus anchas como en un palacio real: el palacio real de la Dama Pobreza

Y si la escasez y penuria apretaban los cuerpos, en las almas abundaban la alegría, la paz y el amor.

Apenas el grupito de frailes menores alcanzó el número de doce, como los Apóstoles de Cristo, Francisco se puso con ellos en camino hacia Roma, para someter al Sumo Pontífice la regla que escribió para sus frailes.

El papa se llamaba Inocencio III, hombre de gran doctrina y piedad, de carácter enérgico y volitivo.

La Iglesia de Cristo atravesaba tiempos difíciles. Los musulmanes desde el oriente presionaban contra las naciones católicas. En Europa arreciaban los embates heréticos. Muchos, laicos y sacerdotes, tomaban la actitud de reformadores de costumbres, pero, bajo el disfraz de la piedad, escondían el veneno del error.

Cuando el Pontífice escuchó las peticiones de los frailes menores, quedó perplejo.

-¿No se trata acaso de uno de los muchos movimientos heréticos? La regla que se me propone para su aprobación, parece demasiado dura . . . Vivir sin poseer nada es una linda palabra ... Pero después ...

-Por ahora reciban mi bendición y váyanse, les dijo a Francisco y compañeros. He de reflexionar largamente sobre lo que ustedes me piden. ­Recen mucho para que pueda conocer la voluntad de Dios!

Llegado la noche, el papa fue a descansar. Pero su sueño no fue nada tranquilo. La Basílica de San Juan de Letrán parecía bambolearse todo ... agrietarse Y caer en ruinas. Mientras se sentía aterrorizado por la inquietante visión, vio acercarse a un hombre pobremente vestido, el cual con sus hombros parecía sostener la iglesia que se desmoronaba. Con ese gesto, como por milagro, todo quedó tranquilo.

Inocencio III reconoció a Francisco en el pobre. Comprendió entonces el significado del sueño. Dios se servía de los frailes menores para sostener y defender a la Iglesia de Cristo, combatida por los herejes y envilecida por las malas costumbres de los cristianos.

El sueño revelador derrotó todos los recelos del papa el que, el 15 de abril de 1209, aprobó de viva voz el reglamento de vida propuesto por fray Francisco.

De a dos, los doce primeros frailes menores dejaron Roma, para volver a Asís, con el alma rebosante de alegría. El papa había escuchado sus deseos.

Rivotorto continuó siendo el dulce nido que los acogía todas las noches. Bajo ese cielorraso destartalado, a través del cual se veían parpadear la luna y las estrellas, Francisco conversaba con los jóvenes que pedían seguirle, aclaraba sus inquietudes y juntos buscaban en el Evangelio el rumbo que deberían seguir.

Encantadoras anécdotas y flores de bondad brotaron entre las paredes agrietadas de ese tugurio.

-¡Me muero! . . . ¡Me muero!, se oyó gritar en medio de una noche lóbrega.

-¿Quién es?, dijo Francisco que aún velaba en oración.

-Me muero de hambre, contestó una voz llorona desde el fondo del tugurio.

Un joven fraile, empujado por un ardor excesivo, había ayunado más allá de lo prudente. El santo despertó a otros frailes, se hizo servir pon y legumbres, los ordenó sobre una piedra y exhortó al joven a comer. Y para que el fraile no se avergonzara de tomar el alimento, solo, Francisco comenzó a comer primero.

Para los hermanos enfermos, el Pobrecillo tenía atenciones maternales. Para que pronto se curaran, personalmente limosnaba carne y remedios.

Fray Silvestre cayó enfermo del estómago. Francisco pensó:

-Si comiera unos racimos en ayunas, fray Silvestre se sentiría mejor. ¡Hasta se compondría!

Y de madrugada despertá al enfermo, lo llevó al viñedo cercano, arrancó dos hermosos racimos todavía frescos de rocío y, dándole uno, le dijo. -Toma y come. La uva te hará bien. Para alentarlo, el Santo comenzó en seguida a desprender y comer los granos de la uva que le colmaba las manos.

En Rivotorto, los frailes rivalizaban entre sí en la oración y en el trabajo, Francisco moderaba el entusiasmo indiscreto, pero animaba a los indolentes. Y era muy severo con los que no cumplían el pronto deber.

Había notado que un joven, recién entrado en el convento, era todo un holgazán. Ni oraba, ni trabajaba. Un día, cuando lo vio acercarse a la mesa antes que los demás, le dijo secamente:

-Sigue tu camino, fraile mosca. En la casa del Señor quien no trabaja, no tiene derecho a comer. Te asemejas al zángano, el cual rehuyendo la fatiga, come el fruto del trabajo de las abejas!

También un niño de 12 años solicitó la admisión a la Orden. Francisco lo aceptó con gusto, porque le pareció bueno y sincero. Mientras los demás frailes Iban a trabajar al campo, el pequeño quedaba en casa, ordenando las cosas y preparando la mesa. Muy pronto se hizo el predilecto de la comunidad. Era despierto, inteligente. . . Nunca se cansaba de mirar a Francisco y de hablar con él. Rogaba a los demás frailes que le relataran todo lo que conocían del hijo de Pedro Bernardone,

Entre las muchas cosas llegó a saber que el Santo se levantaba muy de noche para retirarse a un lugar, donde bajaban los ángeles para conversar con él. Le nació un vivo deseo de estar presente en esos coloquios. Y todas las noches iba a la cama con el firme propósito de no dormirse para poder seguir a escondidas los pasos de Francisco. Pero el sueño lo abrumaba y a la mañana siguiente el frailecito sufría su desencanto.
Una noche acudió a una pequeña astucia. Cuando le pareció que Francisco se había dormido, ató su cordón al suyo. Esta vez ciertamente se despertaría. Pero no fue así. El santo, que lo había notado todo, antes de levantarse, desató el nudo de los dos cordones. Luego se dirigió al monte a orar.
Poco después el frailecito se despertó sobresaltado, pero ya Francisco no estaba en su lugar.
Salió del tugurio y se adentró en el monte, buscándolo. De repente vio a Francisco de rodillas, envuelto en una fulgurante luz. El pequeño cayó a tierra, estremecido de terror. Cuando volvió en sí, se encontró entre los brazos del pobrecillo, el que acariciándolo le ordenó no relatar a nadie lo que había visto.


La paz de Rivotorto fue turbada por un banal incidente. Ya era noche. Un villano, pasando por ahí, pensó utilizar el refugio para si y para su asno.

-¡Arre! ... ¡Adentro! gritaba al borriquillo. Aquí estaremos al abrigo.

Los frailes se miraron unos a otros, asustados. -Por amor de Dios, intervino Francisco, no molestes nuestra oración.

- ¡Qué me importa a mí de rezos! ... Yo quiero quedarme aquí con el burro.

-Y bien, hermano, quédate nomás. Toma nuestro lugar, Nosotros nada poseemos sobre la tierra.

Y dirigiéndose a los suyos añadió: -El Señor no nos ha llamado a preparar el lugar para los burros, sino a predicar el Evangelio a los hombres. Vámonos de aquí. Nos buscaremos otro refugio.

De a dos, los frailes menores se encaminaron hacia Santa María de los Ángeles, cantando el Padre Nuestro.

Bien pronto se construyeron unas cabañitas para el burro alrededor de la querida capillita de la Virgen, que fue el centro de la Orden franciscana.

¡Era divino vivir y orar bajo lo dulce y maternal mirada de la Reina de los Ángeles! Sin embargo, Francisco y sus frailes jamás olvidaron el tugurio de Rivotorto, símbolo y expresión plástica de su ideal de pobreza evangélica.

Mensajero de Paz

El uniforme de los nuevos Juglares de Dios era inconfundible: un modesto sayal gris, una cuerda a la cintura, los pies descalzos. De a dos, partían de Santa María de los Ángeles para anunciar en todas las aldeas el mensaje de Paz y Bien, que les enseñó el Pobrecillo.

La fama de santidad del Maestro los precedía doquier. Su palabra hacía renacer la vida cristiana en las Poblaciones y la concordia volvía a reinar entre los ciudadanos.

También Francisco, con un compañero, dejaba a menudo Asís, para ir a predicar el Evangelio. No tenía una meta preestablecida. Se detenía don-de lo sorprendiera la noche, dormía al aire libre o en alguna Parva de forraje. Un trozo de pan con una fruta o un poco de queso, recibido de limosna, era suficiente para Satisfacer el estómago.

La dicha del corazón, el canto, el pensamiento de Dios aligeraban las penurias hasta hacerlas aceptables.

Sin duda, no todos se adoptaban fácilmente a un régimen de vida tan austero. Por eso el Santo con palabras simples y dulces procuraba educar a los nuevos reclutas en el amor y la pobreza. En el libro de las Florecillas se lee un episodio lleno de gracia.

Después de un largo camino, Francisco con el compañero de viaje fray Maseo, llegó a una población donde ninguno de los dos era conocido. Era ya la hora de la puesta del sol. Y sintieron hambre. Se adentraron, pues, en las callejuelas del pueblito, pidiendo acá y allá limosnas. Francisco era pequeño de estatura y flaco. Las buenas mujercitas lo juzgaron un hombre de poca monta y apenas te dieron algún que otro mendruguito de pan duro. Fray Maseo, por el contrario, era un joven alto, guapo y muy ocurrente. Conquistó en seguida la simpatía de la gente que lo colmó de grandes hogazas de pan fresco y crujiente.

Los dos limosnantes se hallaron más tarde junto a un arroyito y allí sobre una piedra colocaron cuanto habían recibido por caridad. El santo no cesaba de dar gracias a Dios, diciendo:

-¡Qué gran tesoro nos ha dado Dios! ¡No somos dignos de él!

Fray Maseo miró y remiró esos trozos de pan, depositados sobre la piedra ... Y casi fastidiado exclamó:

-Pero, y ¿dónde está este gran tesoro? Aquí no

hay nada. Nada con que acompañar el pan. Ni un vasito de vino. No tenemos mantel para cubrir la vasta piedra . No hay cuchillos, ni tazas . . .

-Por eso mismo es un gran tesoro, contestó, Francisco. Lo que aquí tenemos no es obra de los hombres, sino sólo de Dios. ¡Mira qué piedra amplia y robusta! ... ¡Mira qué límpidas son las aguas del arroyo! . . . ¡Escucha cómo su agradable murmullo llena los aires! ... ¡Eleva al cielo la mirada! ... ¡Ya se asoman las primeras estrellas! ¿Ves bien? La Providencia todo lo ha preparado para nosotros.

A menudo, donde llegaba Francisco, florecían maravillas y milagros. Parecía que Jesús hubiera vuelto a la tierra.

De Arezzo, el Santo se dirigió un día hacia Siena. Ya a pocos kilómetros de la ciudad, llegaron a sus oídos sones de trompa, quejidos y gritos de dolor. Apurando el paso, llegó jadeando a la plaza de la comuna. El espectáculo era escalofriante. Grupos de ciudadanos, empuñando las armas, chocaban entre sí, en sangriento lucha fratricida.

Al principio, el Santo no supo qué hacer. Luego, iluminado desde arriba, se arrojó en medio de la refriega, alargó los brazos como Cristo en la cruz y con todo el aliento que tenía en su pecho gritó repetidamente: "¡Paz, hermanos! ... ¡Paz en nombre de Dios!-

¡Fue un milagro! De repente cesaron las blasfemias Y el siniestro estrépito de guerra. En el frágil frailecito que gritaba en nombre de Dios la paz fraternal, los Senenses habían reconocido a Francisco de Asís, el santo del que todo el mundo hablaba.

Sus palabras sosegaron el furor de esos espíritus ,enfurecidos. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres se dieron la mano, en señal de paz y perdón recíproco.

Bavagna no dista mucho de- Asís. Más de una vez Francisco había acudido para predicar. El pueblo era bueno y le escuchaba con devoción.

Una vez, pasando por allí, quiso visitar a una devota madre de familia, para agradecerle el haber permitido que un hijo abrazara la Orden de los frailes menores.

La piadosa mujer, al ver que e­ Pobrecillo estaba por salvar el umbral de su casa, se postró a tierra con una criatura en brazos, suplicando:

-­Fray Francisco, siervo de Dios, mira! ... ¡Mira esta niña! ... ¡Nació ciega! ... ¡Dale la vista!

Apenas el Santo tocó las pupilas apagadas de la niña, la madre dio un grito de júbilo. Los ojos de la Pequeña se habían abierto a la luz y, sonrientes, miraban a la madre.

Desde luego, cuando pasaba Francisco por algún lugar, no todo terminaba en alegría. Una vez, de vuelta a Asís desde Toscana, quiso detenerse en Perusa. Los perusinos lo recibieron con grandes fiestas y le suplicaron les dirigiera unas palabras de exhortación. El sermón se realizó en la plaza, porque los fieles eran tan numerosos que no podían entrar todos en la catedral.

Cuando el Santo estaba por concluir su exhortación, irrumpieron en la plaza unos muchachotes, que pertenecían a la nobleza local. Sin reserva alguna, comenzaron en seguida a jugar a la ronda entre risas, bromas y gran baraúnda.

La multitud, airada, hubiera linchado al instante a esos muchachotes, si no hubiese intervenido fray Francisco. Apenas se restableció un poco el orden, dirigiéndose o esos desgraciados, les dijo:

-Os habla Francisco. Soy de Asís. Pero lo que voy a deciros viene de Dios. Vosotros sois jóvenes y poderosos. Pero tenéis que aprovechar los dones del Señor. Prestad atención. Dios premia el bien y castiga el mal. No os encerréis en vuestro orgullo. Respetad y amad a todos: ricos y pobres, amigos y enemigos. Si no cambiáis de vida, la mano de Dios bajará sobre vosotros y será bien severa.

A estas palabras volvió a repetirse esa gritería infernal. Y el Santo tuvo que suspender las palabras.

Semanas después, una sangrienta rebeldía contra los nobles sacudió a Perusa. El pueblo casi en seguida prevaleció sobre ellos. Gran parte de los palacios de los ricos fueron destruidos. Muchos nobles fueron matados sin piedad, junto a sus hijos y esposas. Fueron días terribles de odios y venganza. Sufrieron el desastre todos aquellos que habían bajado a la plaza a molestar el sermón de fray Francisco.

Después del destierro de los feudatarios, en Asís había florecido por un tiempo la paz. Sin embargo, bien pronto el orgullo, la codicia, el egoísmo, provocaron nuevos desórdenes y rivalidades.

Entre mayores y menores, es decir, entre el partido de los ricos y el de los pobres, se encendió una lucha furibunda que llevaba a menudo a incendiar las cosechas, a desmantelar las casas y a suprimir a los adversarios en ruines emboscadas.

De Santa María de los Ángeles, fray Francisco subía a menudo a la ciudad, para invitar a todos a la concordia y la paz.

-Haya paz en vuestras almas y en vuestras casas, decía a nobles y plebeyos. El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros. Su gracia esté siempre con vosotros, No habrá más discordias en Asís cuando dominemos el odio, que nos hace esclavos de nosotros mismos,

El 9 de noviembre de 1210 las campanas de Asís tocaron a fiesta. El cónsul anunció que finalmente se había establecido la paz entre las opuestas facciones de la comuna.

El ejemplo y las palabras del Santo habían lentamente transformado el ánimo de los asisanos.

Hermana Clara

También la noble doncella asisana, Clara de Favarone, a menudo había oído al antiguo rey de las fiestas hablar de Dios. Había quedado hondamente impresionada. En el silencio de su habitación, interrumpiendo el bordado, se preguntaba en ansiosa búsqueda:
-Francisco habla siempre del amor de Dios… ¿No es acaso ese infinito amor el único ideal que podría colmar todos mis deseos? Y en el fondo ¿qué es la riqueza, la belleza, el linaje, la fama, sino ruidosas bagatelas?
Mucho tiempo pasó Clara en esos pensamientos. Una noche no pudo dormir. La lamparita quedó encendida hasta la madrugada. El vacilar de la llamita proyectaba juegos de sombras contra las paredes. La rubia doncella, con los ojos enrojecidos por la larga vela, veía entre las sombras la imagen de Francisco, volvía a escuchar sus palabras abrasadas de amor a Dios.
Con las primeras luces del alba, bajó de la cama decidida a encontrarse con el Pobrecillo, a revelarle la inquietud que agitaba su espíritu. Con la fiel compañera Bona Guelfi descendió al llano, hacia Santa María de los Ángeles. Francisco debía hallarse allí abajo.

Caminaban en silencio. Se oía el ruido de sus pasos, el crujido de los vestidos, hasta ... el afanoso latir del pecho.

Un canto llegó a sus oídos al compás arrullador del agua de una fuente: ---Loado seas, mi Señor, por la hermana Agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta---.

Las dos amigas se adentraron en un bosquecillo de álamos. Junto a una fuente, Francisco de rodillas contaba.

-¡Buenos días, hermano!, dijeron al mismo tiempo las doncellas, como para alentarse mutuamente.

-¡El Señor esté con vosotros!, contestó el hijo de doña Pica.

Siguió un silencio profundo, sólo turbado por el gorjeo de una alondra que se remontaba hacia el cielo extasiándose de sol.

Clara tentó iniciar el discurso: Fray Francisco ... Pero sus mejillas se cubrieron de rubor y la conmoción le apretó la garganta. La compañera intervino en su ayuda. Bastaron pocas palabras para entenderse. Y los tres se dedicaron largo rato a hablar de Dios y de la vida evangélica.

El ideal de Francisco fue el ideal de Clara. Pero ¿cómo encerrarse en un convento si todo el clan de Favarone se oponía? La rubia doncella buscaba una aliada en su madre. Muchas veces le había hablado de ello.

-Cuando Dios llama y empuja los movimientos del corazón, no se lo puede rechazar.

Madre Hortolona escuchaba un instante ... Luego se alejaba llorando.

Con la fiel amiga Bona, Clara estudió un plan de fuga -del castillo paterno. El cariño hacia el padre y la madre no debía impedirle el seguir lo que sentía arder en su pecho. ¡Cuántas jovencitas, antes que ella, habían renunciado a todo para seguir a Cristo! ... ¿Y Francisco?

Era noche. El silencio reinaba en el castillo de Favarone. Clara atravesó con paso aterciopelado las habitaciones. Bajó las escaleras hasta la puerta de ingreso, donde la esperaba su amiga, Juntas se esforzaban por girar la gruesa llave en la cerradura, reteniendo el aliento, Agarraron luego el enorme cerrojo ... pero :ah! débiles eran sus fuerzas, demasiado delicadas sus manos. Una vez más tentaron hacerlo correr, temblorosas ... Finalmente el cerrojo comenzó a rechinar en sus goznes. Y el chirrido resonó en todo el atrio.

-¿Lo habrá oído alguien?, se preguntaron espantadas las niñas.

Echaron un vistazo en derredor, abrieron el portón y huyeron.

En el cielo sereno, las estrellas parpadeaban sonrientes. Corrían las dos amigas jadeando. En la falda de la colina se detuvieron un instante, miraron atrás para ver si alguien las perseguía. Luego retomaron la carrera hasta la capilla de Santa María de los Ángeles.

Francisco y sus frailes les salieron al encuentro con hachones encendidos. En la capillita de la Virgen, Francisco cortó los rubios rizos de Clara, la revistió con una tosca túnica de buriel y cambió por una gruesa cuerda su Precioso cinturón.

El Pobrecillo de Asís asociaba a su ideal a la noble doncella Clara Favarone, que sería la pobre dama de Cristo. Así comenzaba la Segunda Orden Franciscano: las Clarisas o Pobres Damas. Pobres, porque renunciaban a todo para vivir en la más extremada pobreza. Damas, porque nobles y generosas de espíritu, listas a todo sacrificio para glorificar a Dios.

Clara hubiese deseado seguir a Francisco y a sus compañeros en las peregrinaciones apostólicas, para asistirlos como lo hicieran las piadosas mujeres con Jesús y los apóstoles. Pero Francisco pensaba de otro modo.

Según una delicada leyenda, Clara alcanzó un día a fray Francisco para ayudarle a curar enfermos en los alrededores de Asís. Después juntos se dirigieron hacia casa, cansados y hambrientos. Era invierno y la nieve cubría el valle. En un cruce, Francisco le dijo a Clara:

-Aquí hemos de separarnos. ¡Camina por tu camino, hermana Clara!

-¿Cuándo nos volveremos a ver?, preguntó triste la doncella.

-Cuando florezcan las rosas, contestó Francisco. Clara, llena de tristeza, siguió con la mirada a Francisco que se alejaba a pasos lentos. ¡La primavera estaba tan lejos! Estaba por llorar cuando notó que cerca de ella un rosal silvestre, entre la blancura de la nieve, mostraba ramilletes de pequeñas rosas rojas. No se engañaba. De veras acababan de florecer pequeñas rosas. Juntó un manojo y corriendo alcanzó a Francisco y se las entregó . . . Juntos, en el silencio de la naturaleza, levantaron al cielo un canto de alegría.

Después de diversos acontecimientos, San Damián pasó a ser hogar hospitalario de hermana Clara y de las primeras compañeras que se le juntaron. En pos de su ejemplo fueron atraídas al servicio de Cristo: Beatriz e Inés, sus hermanas; Hortolana, su madre, y decenas de otras jóvenes de Asís, arrebatadas por un mismo ideal de amor y servicio.

El tiempo transcurría para ellas alegre y sereno: solícitas en cantar las alabanzas del Señor, en macerar con la penitencia el frágil cuerpo, en confeccionar ornamentos sagrado-s para las iglesias pobres.

Francisco las visitaba de vez en cuando y las exhortaba a la penitencia por la salvación del mundo. Las monjas recogían como órdenes las palabras del Maestro.

Los frailes se quejaban a menudo con él: -Clara y las hermanas son jóvenes y débiles. Las excesivas mortificaciones, las oraciones prolongadas podrían perjudicar su frágil salud.

Francisco jamás había dado importancia a esos discursos. Un día, fray León volvió a tocar el argumento, mientras se dirigían juntos hacia Siena. Quizás porque estaba cansado o lejos de Asís, el Santo comenzó a pensar que, por sus sugerencias, Clara pudiera de veras exagerar en ayunos y penitencias más allá de las fuerzas. En este caso él sería responsable delante del Señor.

¡Cómo hubiera querido hallarse en Asís en ese momento!

En seguida hubiera reunido a las monjas para inducirlas a mitigar las penitencias. Y así fantaseando, llegaron cerca de un pozo.

La noche ya había llegado y la luna resplandecía pálida en el cielo, con un pequeño cortejo de estrellas. El Pobrecillo se apoyó en el brocal de un pozo, hurgando con la mirada el fondo. A unos pocos metros de profundidad, en el pequeño círculo de agua le pareció ver oscilar una imagen. Al comienzo, le pareció que era la luna, pero observando mejor, notó que era el rostro de hermana Clara.

-Fray León, corre a ver, gritó de prisa. El rostro de Clara se reflejo en el agua del pozo, Es hermoso y resplandece de luz.

A Francisco se le disipó toda duda. Hermana Clara se hallaba bien, pese a las austeras mortificaciones del cuerpo, y gozaba de la dicha del Señor.

Federico II hacía rato que peleaba contra el papa Gregorio III. Huérfano a tierna edad, la madre lo colocó bajo la protección del papa Inocencio III, quien lo educó y le salvó el imperio de los usurpadores.

Cuando Federico fue emperador, lejos de manifestar su gratitud al papado, lo combatió sin pausa. Para crear molestias a los territorios pontificios, esparció por todo Italia grupos de musulmanes marroquíes, los que llegaban de sorpresa a las aldeas y pueblos, saqueando, sembrando la muerte, incendiándolo todo.

En un triste día del verano de 1241, las campanas de Asís tocaron a rebato. ¡La ciudad estaba en peligro! Las hordas sarracenas de Federico II estaban a punto de asaltar el convento de San Damián, situado fuera de las murallas de la ciudad. Las monjas, aterrorizados, acudieron a Clara que yacía enferma en un camastro de hojas, La Santa, asistida por sus hermanas, llegó hasta la capilla donde se conservaba la Eucaristía. Tomó el copón en sus manos. Y asomándose a la ventana, contra la cual el ímpetu de los enemigos era más vigoroso, rogó en voz alta:

-Señor, no entregues a tus siervas en manos de los enemigos.

-Siempre os he protegido, entendió Clara, y continuaré protegiéndoos siempre.

Como fulgurados por un rayo, los asaltantes cayeron de bruces por tierra. Luego echaron a correr en precipitada fuga. ¡San Damián y Asís quedaron salvos!

Para Clara se acercaba su última hora. Estaba enferma desde mucho tiempo atrás.

La noche de Navidad de 1252, sentada en un duro jergón, meditaba devotamente acerca del misterio de Belén. Se sentía desolada. Las hermanas estaban en la capilla cantando los salmos, mientras ella estaba obligada a quedar sola en la celda. De repente, a Clara le pareció que las paredes se abrían y, como sí estuviera presente, vio y oyó lo que sucedía en la Basílica de San Francisco, situada a unos cuantos kilómetros de San Damián. A sus oídos llegaban nítidas las salmodias de los frailes, los alegres cantos del coro y las devotas armonías del órgano.

Cuando las hermanas fueron a presentarles los augurios navideños, encontraron a la Santa en éxtasis y embargada por la dicha, por haber disfrutado de un singular don del Cielo. "La plantita de fray Francisco" (así gustaba ella llamarse), como cándida paloma, voló al cielo el 11 de agosto de 1253.

Peregrino de Dios

Fray Francisco sentía fuertes atractivos por la soledad y la vida ermitaña. "El cuerpo es una celda -Solía decir a sus frailes- y el alma es el solitario que la habita. Dichoso es aquel que sabe esconder los secretos de Dios en su propio corazón".

De vez en cuando se preguntaba si era mejor dedicarse a la vida contemplativa, entregado de lleno a la oración y a la meditación, o continuar en la vida activa, que ya había producido frutos de numerosas conversiones. La duda lo angustiaba. Para superarla, decidió pedir consejo a fray Silvestre y a otros. Las respuestas fueron unánimes: el Señor lo había destinado a sacudir la indiferencia religiosa de los hombres con la predicación y el apostolado activo.

Aclarado definitivamente su vocación, el Pobrecillo volvió a girar por ciudades y pueblos, evangelizando sin Pausas.

Un día, en las cercanías de Perusa, Francisco encontró a un hombre, que caminaba cabizbajo, cansado y echando rabiosamente pestes contra todos. El Santo lo miró fijo y lo reconoció: era un amigo de su juventud. -¿Cómo estás, hermano.. . . . ¿Me recuerdas? ... -No, no me acuerdo de nada. Sólo puedo decirte que estoy muy mal.

-¿Por qué estás tan inquieto y apesadumbrado? ¿Te andan mal los negocios?

-¡Mal, mal del todo! ... El patrón me ha despedido y no quiere darme lo que me debe. Lo odiaré hasta la muerte. Si lo encuentro por el camino ... solo ...

-Hermano, tranquilízate . . . Piensa en lo que dices ... El Señor nos ordeno perdonar a los que nos hacen mal. Si no perdonas por amor de Dios, perderás el salario y, lo que es peor, perderás el alma. Toma mi capa, véndela y cómprate algo para comer.

En aquellos tiempos, los empleadores eran a menudo injustos. Los pobres no hallaban ninguna protección en las autoridades. El único reproche a las prepotencias de los ricos partía de los sermones de los sacerdotes en las iglesias.

-Este hombre ha de ser un verdadero siervo de Dios, pensó para su coleto el pobre hombre. Después le dijo a Francisco:

-Sí, hermano. ¡Por amor de Cristo y por gratitud hacia ti perdono a mi patrón!

Cannara es un pueblito agrícola a unos 10 kilómetros de Asís. Fray Francisco pasaba por allí a menudo, para predicar en la vecindad.

En una oportunidad el ardor de sus palabras entusiasmó tanto a esos buenos campesinos, que en gran número quisieron abrazar la vida religiosa. Los hombres solicitaron la admisión entre los frailes menores; las mujeres entre las pobres damas, como Clara.

El siervo de Dios quedó asombrado frente a tanta generosidad. Procuró moderar el entusiasmo de la gente, diciendo:

-No tengáis apuro. Por ahora volved a vuestras casas y a las actividades de costumbre. Os pido un poco, de tiempo para pensar y decidir lo que sea mejor para vuestro bien.

La idea anduvo madurando en su espíritu y cuajó en Poggibonsi, cerca de Siena.

Cuando en 1221 se dirigió a Poggibonsi para predicar, entre sus oyentes se destacaron Luquesio y Bona, su esposa. Él, mercader, avaro, codicioso de ganancias; ella, al contrario, mujer piadosa y generosa.

Como de costumbre, el Pobrecillo exhortó al pueblo a la generosidad de corazón, fustigando la codicia de las riquezas y la sed de placeres. Y decía con fuerza:

-Para conquistar la tierra, se necesita dinero. Para conquistar el Paraíso, es necesario desprenderse de los bienes terrenos y sentirse todos hermanos.

Francisco habló con tanto entusiasmo que Luquesio se sintió hondamente impactado por esas palabras. Hasta ahora había apegado su corazón a las cosas de la tierra. Ahora entendía que sólo tienen valor las acciones que hacen ganar el reino de los cielos. Vendió gran parte de sus bienes y distribuyó lo recaudado a los pobres.

Los dos esposos se volvieron fervorosos creyentes. Ansiosos de una vida más perfecta, rogaron a Francisco les sugiriera unas cuantas normas.

-Amad a Dios, contestó el Santo. Vestid modestamente. No empuñéis armas contra nadie. Defended a la Iglesia. Socorred a los pobres y enfermos. Perdonad las ofensas. Guardaos de las facciones y contiendas. Llevad doquier la paz, el amor, la caridad de Cristo Les impuso un hábito gris y les ciñó con un cordón, como había hecho con sus compañeros y con la hermana Clara.

De esa manera nacía la tercera orden franciscana, o Tercera Orden de la Penitencia.

Los terciarios son cristianos que se comprometen a vivir la sencillez evangélica, que Francisco quería para los fieles y las monjas, pero sin recogerse en comunidad y sin abandonar la propia casa, y la propia profesión. Viven en familia, como los religiosos en convento. Y trabajan y rezan para dar testimonio de fe en Dios y de caridad hacia todos.

Al término de cada misión apostólica, Francisco volvía a la Porciúncula para dedicarse solamente a la meditación de las cosas celestiales.

En una noche de 1216, mientras rezaba en la capillita de Santa María de los Ángeles, se le apareció Jesús con la Santísima Virgen.

-Pídeme lo que quieras, le dijo Jesús. -¿Qué he de pedirte, Señor, sino la salvación de los hombres? Te ruego concedas la remisión de las culpas a todos los que, confesados y comulgados, visitaren esta capilla,

Jesús accedió a la petición, pero le ordenó solicitara el consenso del Papa, su Vicario en la tierra. El 2 de agosto de 1216, delante de una gran multitud de fieles, Francisco anunció, en nombre del Sumo Pontífice Honorio III, el privilegio que Cristo le concediera.

En 1212, al grito de Dios lo quiere, miles de cristianos dejaron sus pueblos y, bajo la insignia de la cruz se dirigieron hacia Jerusalén, para liberar el Santo Sepulcro de Cristo.

Las cruzadas siempre habían hechizado el ánimo de Francisco. Y en octubre de ese año, también él con otro fraile, zarpó del puerto de Ancona rumbo a la tierra de Cristo.

Después de un día de navegación, el mar se embraveció. Se levantó una rabiosa tempestad. Y el barco fue a chocar contra los acantilados de la Dalmacia. Los náufragos buscaron refugio y ayuda en un puerto de la República de Venecia, en ese entonces, señora del Adriático.

Pasadas unas semanas, un heraldo dio una vuelta por la zona, anunciando en voz alta:

-¡Mañana zarpará un barco para Italia! Bullicioso regocijo entre los náufragos y gran carrera hacia la nave para asegurarse un lugarcito. También los dos frailes menores procuraron no llegar con atraso.

-Si no se paga, no se sube al barco, dijo el capitán al ver a Francisco y al compañero.

-Nosotros somos frailes pobres, contestó tímidamente el Santo. No tenemos ni una moneda en el bolsillo.

-También el barco es pobre ... Para viajar se necesita plata ... plata, plata ...

Los dos frailecitos no se desanimaron. Dieron una vuelta por las casas y plazas, pidiendo limosna. En breve llenaron las alforjas de víveres, ya que la gente era muy generosa. Después aprovecharon un momento de confusión, subieron a bordo del barco sin ser vistos y se escondieron entre los depósitos de mercaderías.

Al alba levantaron las velas. Todo proseguía bien. La (alegría reinaba en los corazones. El comandante, más contento que todos, pensaba en las buenos sumas de dinero recaudados. Pero en alta mar, de repente el cielo se encapotó. Las nubes se hicieron bajas y amenazadoras. Se desencadenó una furiosa tempestad que levantó olas espantosas. Los marineros apenas si podían empuñar el timón. La situación se volvía más dramática de momento a momento, cuando una ráfaga de viento descuajó y arrastró el palo maestro.

El mal tiempo no parecía terminar y los víveres comenzaban a escasear. También los marineros más expertos desesperaban de llegar sanos y salvos a puerto.

-Nos tocará morir de hambre o acabar en la boca de los peces, pensaba para sí el capitán. Dios me está castigando por haber dejado en tierra a los frailes.

Las provisiones de esos dos pasajeros clandestinos, que salieron del escondrijo en el momento más crucial, fueron una verdadera providencia para todos. Ese día cada uno recibió una porción de alimento más generosa.

Cuando tornó la bonanza, el barco enfiló al puerto de Ancona donde, antes de separarse, todos quisieron besar las manos de Francisco, para expresarle su gratitud.

Desde Ancona, fray Francisco se dirigió a Asís, deteniéndose de pueblo en pueblo para exhortar a la paz. En las cercanías de Osimo encontró a un campesino que arrastraba a un cordero atado a una cuerda,, para llevarlo al mercado. El animalito balaba hasta enternecer el corazón. Parecía invocar a la madre. Francisco tuvo compasión y le dijo al campesino:

-¿No oyes cómo llora el corderito? Dámelo, te lo ruego, Te daré mi capa en cambio.

El campesino echó un vistazo a la capa del Santo. Hizo unos cuantos someros cálculos y aceptó la propuesta.

Francisco, una vez llegado a San Severino, confió, el cordero a las monjas benedictinas del lugar, encomendándoles unos atentos cuidados.

Cuando los habitantes supieron que Francisco estaba en ese monasterio, se juntaron en gran número en, la iglesia. Querían verle y oírle.

Entre la multitud estaba también el poeta Guillermo Divini, a quien todos apellidaban "el rey de los versos". El propio emperador Federico II lo había coronado poeta, en Roma, en el Capitolio. Era hombre de mundo. Frecuentaba las cortes imperiales, Componía versos para alegrar los banquetes de los príncipes.

La palabra del Santo, despojada de toda superficialidad y encendida de amor, trastornó al poeta. Entendió en seguida que la verdadera gloria debía buscarse en el Señor y en la sencillez.

-Fray Francisco, ¡quiero seguirte! ¡Ayúdame a sentir el amor de Dios!, exclamaba entre lágrimas de emoción.

El Pobrecillo lo abrazó y, si bien receloso de recibir a doctos en su orden, lo aceptó como fraile.

En la imposición del hábito religioso del hombre nuevo, añadió sonriente:

-¡Tu nombre será fray Pacífico! Así tendrás siempre la paz de Cristo en tu corazón.

Malogrado el viaje a Oriente, Marruecos se tornó la tierra de los sueños misioneros de Francisco, quería ir a esos lugares para convertir a los mahometanos, o, como se decía entonces, a los sarracenos.

Más aún, en su corazón ocultaba vehementes ansias de morir mártir para testimoniar su propia fe en Cristo.

-¡No ... esta vez no afrontaré el mar! dijo a los frailes. El agua de las fuentes y de los ríos es humilde, clara, cantarina ... En cambio, el agua del mar es a menudo amenazadora, Esta vez iré por tierra. ¿Quién quiere acompañarme?

Se adelantó Fray Bernardo Quintavalle, con quien, en el invierno de 1214, se puso en camino hacia Marruecos que quería alcanzar a través de España.

Los dos frailes menores arribaron pronto a Susa, donde fueron huéspedes de la noble castellana Beatriz de Saboya, piadosa mujer que consideró como un celestial favor poder acoger a Francisco.

Beatriz se entretuvo con él en espirituales conversaciones y le suplicó dejarle una pequeña prenda, en recuerdo. El Santo no tenía nada. Para contentarla se cortó media manga de la túnica que llevaba y se la entregó como señal de gratitud por la hospitalidad.

Los dos volvieron a tomar el camino a pie. El deseo del martirio llenaba el corazón de Francisco de alegría y le daba alas a los pies.

Para llegar pronto a Marruecos, a veces se ponía a correr, dejando a distancia al compañero que lo seguía fatigosamente.

Cruzaron los Alpes. Atravesaron Francia. Y luego de semanas y semanas llegaron cansados y agotados a España.

­Marruecos estaba cerca! Mientras esperaba el embarque, Francisco se enfermó de gravedad y pasó mucho tiempo, antes de poder curarse.

Las fuerzas estaban reducidas al mínimo, insuficientes para enfrentar las duras penalidades de una misión entre los sarracenos.

Decidió, pues, volver a Italia por mar, encomendándose a Dios para que- el tiempo fuera bueno.

Cruzado de Cristo

Por cinco largos años, fray Francisco no pensó más en las misiones en tierras extranjeras. En Italia la orden se hacía cada vez más numerosa. Era necesario dedicarse plenamente a la formación espiritual de los nuevos reclutas.

Sin una adecuada preparación moral y cultural no se enfrenta con fruto el apostolado. Sobre todo, los frailes doctos insistían sobre este argumento y repetían con amplios comentarios unos dolorosos episodios acaecidos en ese período.

Dos frailes menores italianos habían sido enviados misioneros a Alemania desconociendo el idioma. Sólo sabían decir "ja", con que contestaban a toda pregunta.

-Hermanos, les preguntó un grupo de campesinos, ¿tenéis hambre?

-¡Ja!, contestaron tranquilamente. -¿Sois herejes? -¡Ja! -¿Entonces, sois enemigos de la fe? -¡Ja! El diálogo terminó con una paliza sobre los hombros de los frailes, cansados de cientos de leguas de viaje.

Algo semejante les pasó a los religiosos enviados a Hungría. Tenían el rostro demacrado y estaban cubiertos de harapos. Unos pastores de rebaños, al verlos en semejantes trazas y no recibiendo ninguna respuesta a sus preguntas, pensaron fueran unos evadidos de las cárceles. Entre risas y sarcasmos les soltaron los perros. Los pobres frailes, acorralados, pensando que esos paisanos querían robarles las túnicas, se las quitaron espontáneamente y se las ofrecieron. Los pastores contestaron duplicando la paliza.

-Tal vez quieran también las camisas, se dijeron en rápidas señas los afligidos.

Comenzaron a desnudarse. Pero los pastores intervinieron, habiendo comprendido que estaban no frente a astutos malhechores, sino frente a unos hombres un poco tocados de la cabeza.

Para encontrarse con todos sus frailes y discutir con ellos los más urgentes problemas de la vida religiosa, fray Francisco estableció que todos se reunieran dos veces por año en Santa María de los Ángeles: para Pentecostés y para San Miguel. Los más importantes encuentros se realizaron en Pentecostés en 1217 y 1219. Los encuentros tenían el nombre de "Capítulos Generales".

En el Capítulo de 1217, la Orden fue subdividida en provincias, presididos por un superior con el nombre de ministro provincia­. También se organizaron las misiones en tierras extranjeras, adonde fueron enviados frailes celosos y piadosos. Para Tierra Santa, dominada entonces por los musulmanes, partió un pequeño grupito de valientes, guiados por fray Elías de Asís, el futuro sucesor de S. Francisco en el gobierno de la Orden.

Para el Capítulo de Pentecostés de 1219 llegaron a la Porciúncula más de cinco mil frailes. Nadie había visto una participación tan numerosa. A las apuradas se levantaron unos cobertizos para ancianos y enfermos. La mayor parte debió protegerse de los rayos del sol bajo la sombra de los árboles y dormir al claro de hermana luna.

Todos se sentían felices, porque podían ver al Fundador querido y escuchar sus exhortaciones. En el Capítulo intervino también Antonio de Lisboa (el futuro S. Antonio de Padua), a salvo de un pavoroso naufragio, mientras desde Portugal se dirigía como misionero hacia los sarracenos de Marruecos.

A este encuentro que los historiadores llaman Capítulo de las esteras (por lo precario de sus tugurios), el papa Honorio III envió a un propio representante en la persona del Card. Hugolino, amigo y consejero de Francisco.

Al ver a tantos frailes, el cardenal exclamó: "¡de veras éste es el ejército de los caballeros de Dios!”.

Cuando el Capítulo terminó sus trabajos, los cinco mil frailes volvieron a sus residencias en las campiñas o en las ciudades, llevando en su corazón las últimas Palabras del Santo: -Hermanos, grandes cosas hemos prometido a Dios. Pero mayores nos son prometidas. Aspiremos a éstas, y guardemos aquéllas. El gozo del mundo es breve. Pero el castigo es eterno. Las penas de la vida son cortas, La gloria celestial es infinita. Mientras tengamos tiempo ¡hagamos el bien!

Las misiones y el deseo del martirio jamás habían cesado de inflamar el corazón de Francisco. La Orden comenzaba a caminar bien, gracias también a la nueva organización. No faltaba la vigilante protección del cardenal Hugolino.

El Pobrecillo, pues, podía dejar tranquilo Italia para ir de misionero entre los infieles'.

Honorio III, desde hacía poco, había proclamado la quinta cruzada. De todas partes de Europa partían fieles, salmodiando y blandiendo la espada, para llegar en carros, en barcos o a pie a la tierra de Cristo y liberarla del dominio turco,

En junio de 1219, con un grupito de frailes, Francisco se embarcó en Ancona y hacia fines del mes siguiente, llegó a San Juan de Acre, a pocos kilómetros de la actual Jaifa. Él no había ido allá lejos para medirse en sangrientas batallas, sino para anunciar a los musulmanes la salvación que Cristo nos ha traído y para conciliar la paz entre ejércitos enemigos. Con gran amargura comprobó que los príncipes y los soldados cristianos no eran menos voraces que los musulmanes. Ya que todo llamamiento a la moderación y a la caridad fue vano, decidió enfrentar solo al sultán Malek-el-Kamel, que residía en Egipto. Y desde Acre se hizo a la vela, a lo largo de la costa mediterránea hasta el Delta del Nilo, donde una guarnición cruzada sitiaba Damietta, Allí todos le desaconsejaban una visita al sultán,

-Ciertamente te va a matar, le dijeron. No puedes imaginarte cuánto nos odia a nosotros, los cristianos.

Francisco contestaba con una sonrisa, ¿Por qué tener miedo, si iba en nombre de Dios? Por otra parte, cuando era joven, él se había aventurado en empresas audaces,

Con fray Iluminado penetró en el campo sarraceno, repitiendo en voz alta: "Sultán… Sultán…". Obviamente fueron considerados como espías y por eso duramente azotados. Cuando el sultán supo que habían sido capturados dos cruzados, ordenó que fuesen llevados a su presencia.

La modestia y la sencillez del Pobrecillo conquistaron en seguida sus simpatías. Escuchó atento las invitaciones de Francisco a la paz. Sin embargo, no era fácil seguirlos ... -Quedaos conmigo, les dijo a los frailes. Aquí tendréis honores y riquezas.

-Si te conviertes a Jesucristo junto a tu pueblo quedaremos gustosos en esta tierra, contestó humildemente Francisco. Créeme: la religión cristiana es la única verdadera. ¿Quieres una prueba? . . . Manda que se encienda aquí un gran fuego. Los ministros de tu religión y yo pasaremos sobre las llamas. Quien quede ileso predica la verdad.

El sultán aceptó el desafío. Pero ninguno de sus súbditos quiso someterse a una prueba tan riesgosa.

Unos capitanes musulmanes insistieron en que le fuera cercenada la cabeza a Francisco, Pero no lo lograron. El sultán se había vuelto admirador de Francisco y lo dejó ir a su pesar. En el momento de la despedida, en recuerdo del encuentro, le ofreció unos característicos dones, entre los cuales un cornetín de marfil, que aún se guarda entre las preciadas reliquias de la Basílica de Asís.

Fray Francisco dejó Egipto desconsolado. Su misión había fracasado. Volvió a Acre, donde lo esperaba fray Elías de Asís. Con él visitó devotamente los santos lugares de la Palestina. Luego se embarcó sobre una nave de la república de San Marcos con rumbo a Venecia, donde llegó en la primavera de 1220.

Estaba físicamente agotado y los ojos, afectados por una conjuntivitis, le ardían dolorosamente. Pero no podía descansar. - Era urgente llegar a Asís. Durante su ausencia, la Orden había sido turbada por frailes descontentos y reformadores. Unos querían aumentar las penitencias; otros, disminuirlas. Los jóvenes no soportaban la autoridad de los ancianos... Los doctos presionaban para que los religiosos se dedicaran con mayor tesón al estudio.

El 29 de setiembre de 1220 se realizó en Santa María de los Ángeles, el Capítulo General. El Pobrecillo acogió con maternales delicadezas a todos los participantes y a todos los exhortó a la práctica del Evangelio. Como la salud no le permitía seguir al frente de la Orden, renunció en favor de Pedro Cattáneo, delante del cual se arrodilló en señal de respetuosa obediencia.

Fray Pedro murió a los pocos meses. En el Capítulo de Pentecostés del año siguiente fue elegido ministro general fray Elías de Asís, hombre enérgico, y docto.

Francisco quedaba siempre como el guía espiritual de los religiosos, con el ejemplo de su vida y la fuerza de sus palabras.

Con un grupito de los más íntimos, el Santo se retiró a la pequeña ermita de Fontecolombo, escondida entre el verde oscuro de árboles añosos, a pocos kilómetros de Rieti. Aquí, entre la oración y la penitencia quería componer una nueva Regla para los frailes, Ya que la primitiva se había mostrado insuficiente para ordenar la vida de la Orden en pujante dinamismo de miembros y de actividades.

Las enfermedades habían debilitado notablemente el frágil cuerpo de Francisco. La linda voz de un tiempo se había vuelto un tenue suspiro.

Fray León, al que llamaba fray Ovejuela de Dios, por el candor de su corazón, era el secretario y el confesor del Santo. Fue también el encargado de recoger las palabras del Santo y grabarlos en el pergamino.

Cuando después de meses y meses de meditación la Regla fue terminada, Francisco tomó el camino de Roma para someterla a la aprobación del Papa. Los expertos de la Curia Romana la examinaron largamente y a menudo pidieron al Santo más detalladas explicaciones.

Finalmente, el 29 de noviembre de 1223, Honorio III en la Basílica de S. Juan de Letrán puso su firma al pie del documento y la Regla comenzó a obligar a todos los frailes menores.

Durante la permanencia en Roma, Francisco fue huésped de doña Jacoba de Settesoli, mujer piadosa y generosa de Transtíber.

El Santo no desdeñaba hospedarse en esa casa, ya que, desde cuando ella había abrazado la regla de la Tercera Orden, su palacio se había vuelto la casa de los pobres. Francisco la apreciaba mucho y la llamaba "fray" Jacoba.

Un día el Santo recibió el regalo de un corderito, y en seguida lo llevó a Jacoba para que lo criara. La piadosa señora lo guardó siempre en su casa. El animalito se acomodaba, de noche, delante de la puerta del dormitorio. De mañana se despertaba antes que los demás y a todos festejaba con dulces balidos y graciosos saltos.

Fray Jacoba esquilaba personalmente el corderito. Y con esa lana confeccionó una túnica que envió al Pobrecillo. Quizá fue el único hábito nuevo que vistiera desde el día lejano en que se despojó de sus vestiduras ante el obispo Guido.

Todos hermanos

Francisco es el Santo de la fraternidad universal. A todas las cosas se dirigía con el nombre de "hermano o hermana", porque en todas las criaturas veía un: reflejo de la sabiduría y de la bondad de Dios.

Él sufría intensamente al ver talar árboles o cortar flores. Y cuando era necesario, encarecía a los frailes cortaran de tal modo las plantas que pudieran volver a germinar en la primavera. Era su vivo deseo que: un rincón de la huerta quedase en barbecho, para que crecieran libremente flores y hierbas silvestres.

Reservaba delicadas atenciones a los animales. Se lo vio inclinarse a tierra, recoger los gusanillos de en medio del camino y colocarlos donde no corrían peligro de ser pisoteados. Para que las abejas, en invierno, no murieran de hambre, ponía vino y miel junto a las colmenas.

En las cercanías de Santa María de los Ángeles, a su llamado, una cigarra voló para posarse en las manos.

-Canta, hermana cigarra, le dijo. Canta y alaba al Señor.

Y ella cantó jubilosamente y sólo cesó cuando se la invitó a volver al monte.

Entre los animales tenía predilección por los corderitos. Los acariciaba tiernamente, pensando en la mansedumbre de Jesús, el que, como cordero, fue sacrificado por nuestra salvación.

En un camino de la campiña, Francisco encontró un día a un muchacho que llevaba al mercado dos tórtolas. Las pobres temblaban de espanto. Parecían implorar ayuda. El Santo sintió compasión y las pidió como don. El joven quedó perplejo: le molestaba perder unos dineritos. Luego, las dio sin ninguna compensación. El Pobrecillo las apretó dulcemente contra su corazón y cantando las llevó a Santa María de los Ángeles, donde anidaron por muchos años.

Las avecillas amaban a Francisco y le obedecían como niños buenos. A veces las invitaba a unirse a él para alabar al Señor. Otras, las invitaba a callar, porque su canto turbaba su oración o no permitía que los fieles escucharan la palabra de Dios,

Cuando pasaba por los senderos de los bosques, los pájaros lo festejaban con interminables gorjeos. Francisco era su mejor amigo.

Un día, cerca de Bevagna, le salieron al encuentro bandadas tan tupidas y rumorosas que parecía que todos los pájaros de la región se hubieran congregado en ese lugar.

Unos cuantos le volaban alrededor de los pies o se detenían por el sendero, impidiéndole caminar. Otros se posaban sobre los hombros o en las manos. Algunos, más curiosos, bajaban sobre la capucha como si fuera un nido. Muchos otros giraban vertiginosamente por los aires, como haciéndole una corona de brisas y alegria. El Santo sonreía amorosamente. Levantaba los brazos, como si él también quisiera volar con ellos. A un, gesto todos callaron.

-Hermanas aves, les dijo, ¡cuán agradecidas habéis de estar al Señor! ¡Él os viste con tanta elegancia y os alimenta con tanta generosidad, sin que os fatiguéis en los campos! . . . Miraos encima: ­qué lindas son vuestras plumas! ... ¿qué pintor puede hacer otro tanto? ... ­Ea! volad por el cielo . . . cantad sin cansaros . . . ¡El canto y el vuelo serán el himno de vuestra gratitud a Dios!

Los pájaros parecían comprender cuanto Francisco les decía. Mientras hablaba, ellos sacudían las alas y la cola, inclinaban las cabezas, abrían o cerraban los graciosos piquitos, como si aprobaran esas santas palabras.

A veces, el Santo se detenía en medio del monte o en los caminos solitarios, para escuchar el sugestivo concierto de las aves. Desde niño, él sabía distinguirlas Por el color de las plumas y por el canto.

Un día, sentado en una pradera junto a fray León, oyó un ruiseñor gorjear suavemente. Su corazón trepidó de alegría. En su primer momento se sintió impulsado de unir su voz a la de la avecilla. Luego, le dijo al compañero:

-Ovejuela de Dios, ¿por qué no cantas también tú? -Tú sabes que no sé cantar, contestó el fraile. ¡Oh! canta tú que tienes una hermosa voz.

Apenas Francisco comenzó su canto, el ruiseñor calló. Entre Francisco y el ruiseñor, como alternándose, comenzó un desafío que sólo terminó cuando el Santo ya no tuvo más voz.

-Ovejuela de Dios, le dijo a fray León, ­fray ruiseñor me venció en la alabanza a Dios!

En Gubio, un lobo feroz esparcía terror en la ciudad. De día y de noche destrozaba ovejas, asaltaba pastores y transeúntes. Ni los cazadores más hábiles habían podido matarle o rechazarle hacia las montañas.

Cuando Francisco llegó a Gubio, los habitantes con lágrimas le suplicaron que les librara de esa calamidad. Se puso en búsqueda del lobo de los montes, entre las, gargantas de las montañas, en los despeñaderos. De lejos, lo vio finalmente en un viñedo.

-Ven, ven a mí, hermano lobo. Tú no eres malo… lo sé. Es el hambre que te ha empujado a molestar a los habitantes de esta ciudad. ¡No tengas miedo, ven!

El lobo miró en derredor, husmeó el aire con amplio movimiento de su hocico. Luego lentamente se dirigió hacia el Santo y se agazapó a sus pies.

Francisco se inclinó, le acarició la cabeza y comenzó a hablarle:

-Hermano lobo, no debes hacer llorar más a los niños, a las madres, a los pastores de Gubio. Si acabas con tus estragos, todos los días se te dará de comer y beber. Te lo prometo en nombre de todos los habitantes. Es un pacto que todos celebramos contigo. ¿Lo aceptas, hermano lobo?

La bestia feroz, terror de la región, cerró los ojos, bajó el hocico ... luego lo levantó de repente y tendió la pata a Francisco. ¡Era el "sí" de su alianza!

Desde entonces, el lobo vivió dentro de los muros de la ciudad. Las familias, por turno, le daban de comer en el umbral de la casa. El feroz animal se hacía querer por todos. Hasta los niños le acariciaban el lomo, como si fuera un amigo.

CONTINUA

0 comentarios - Vida Polular de San Francisco de Asís (2da. Parte)