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El violinista ignorado: Informe sobre sordos. Parte 1


Aunque hace rato ya que anda dando vueltas por aca el experimento en el subte con Joshua Bell, y hay muchos posts sobre esto, ninguno le hace honor al articulo sobre esta experiencia, que gano el premio Pulitzer en el 2008.
Abajo les dejo una adaptación al español del artículo en cuestión, realizada por Marcelo Dos Santos que aunque es largo, merece ser leído porque es sencillamente extraordinario. Yo lo habia leido aca en Taringa (lo habia publicado el usuario Iscariote, el crédito es suyo por haberlo encontrado la primera vez), y cuando lo quise volver a leer habia sido eliminado. Despues de mucho buscarlo, lo pude encontrar y acá lo pongo:





A las 7:51 de la fría mañana del 12 de enero de 2007, un hombre blanco, relativamente joven, vestido con pantalones vaqueros, una remera de manga larga y una gorra de béisbol de los Washington Nationals bajó de un automóvil de alquiler frente a la boca del metro de Washington DC, más precisamente la estación L´Enfant Plaza. Llevaba un estuche de violín.

Descendió por las escaleras mecánicas, pagó su pasaje, ingresó a las plataformas y se ubicó en uno de los andenes, detrás de un tacho de basura.

Sacó el violín de su estuche, colocó este abierto a sus pies, puso en su interior algunas monedas como "cebo", se posicionó de frente al público que pasaba apurado, afinó el instrumento y comenzó a tocar.


El violinista ignorado: Informe sobre sordos. Parte 1
El violinista en la estacion de subte


Ejecutó seis piezas en cuarenta y tres minutos, mientras mil noventa y siete personas transitaban frente a él, abstraídas en sus urgencias y preocupaciones. No olvidemos que se trataba de la hora pico (ya eran casi las 8 de la mañana) de un día de invierno, laborable, en el subterráneo de la gran capital norteamericana. L´Enfant Plaza se encuentra en pleno microcentro de Washington, donde están ubicados casi todos los edificios del gobierno federal, y, como es lógico, la inmensa mayoría de los pasajeros se dirigían a sus trabajos, mayormente empleos públicos. Burócratas de nivel medio, analistas financieros, especialistas en presupuesto, consultores informáticos, todos bajaban o subían de los trenes a escasos metros del esforzado violinista.

Que, mientras su "público" desfilaba incesantemente en un vértigo de carreras hacia ninguna parte, sudaba sobre su instrumento y se afanaba en hacer oír su primera pieza.



Johann Sebastian Bach, el padre del lenguaje musical moderno, tuvo veinte hijos de dos esposas diferentes. De estos veinte muchachos y chicas, como era usual en la época, sólo siete sobrevivieron a su padre, siendo los varones músicos y compositores célebres por derecho propio.

La primera esposa de Bach (que le dio siete hijos) fue su prima segunda, Maria Barbara Bach. El compositor fue contratado como Kappellmeister por el Príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen —Bach sentía que sus patronos anteriores no apreciaban su talento y, siendo Leopold músico y compositor él mismo, creyó que con él podría dar rienda suelta a su creatividad— y, por tanto, la numerosa familia debió mudarse de Weimar a la capital de Leopold, Cöthen. Johann Sebastian se alejó así de la ciudad que lo había visto ir preso por defender su modo de componer.

El gran compositor, que sabía que Leopold era calvinista (rama del cristianismo que prácticamente no utiliza música religiosa), dedicó, por tanto, los cinco años que pasó con el príncipe a componer música profana. Así nacieron los celebérrimos conciertos brandemburgueses, las suites orquestales, un concierto para dos violines, las seis suites para cello y las sonatas y partitas para violín, la mayoría de estas piezas compuesta alrededor de 1720.

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Bach y sus tres hijos


La partita es un género musical desarrollado por Bach como una evolución de la suite: en el caso que nos ocupa, el alemán construyó con minuciosidad de arquitecto tres, que deben ejecutarse alternadamente con tres sonatas (sonata, partita, sonata...), todas ellas para violín solo.

La cuarta de estas piezas es la partita n° 2 en Re menor, y fue compuesta en 1720, poco tiempo después de la trágica muerte de la esposa de Bach, con lo cual este quedaba solo en el mundo para cuidar de sus siete hijos.

La historia misma de la partitura es tremenda: muchos años después, alguien decidió comprar algo de carne. ¡El carnicero envolvía los trozos vendidos en las partituras de las seis sonatas y partitas autógrafas de Bach! Debemos a este anónimo carnívoro haber salvado estas piezas de la destrucción.

La partita n° 2 (BWV 1004) es la más difícil de las seis sonatas y partitas, que a su vez son consideradas las más difíciles piezas para violín jamás compuestas. Esto se debe a que, en sus años en Cöthen, Bach conoció y se hizo amigo de J.P. von Westhoff, que en aquellos tiempos era el violinista más virtuoso del mundo. Conociendo muy bien la obra de Bach, von Westhoff lo estimuló a que escribiera algunas piezas de extremada complejidad técnica a fin de lucirse en su ejecución. Bach, como es fácil imaginar, no se hizo rogar y, en efecto, le entregó las seis piezas. Es obligatorio decir que cualquier violinista capaz de tocarlas decentemente en verdad se lucirá ante cualquier público.

Tocar esta partita exige dominar todos y cada uno de los aspectos de la interpretación del violín, o al menos todos los conocidos en tiempos de Bach. Para que se entienda: nadie que domine algunas técnicas violinísticas y no otras puede tener éxito en la empresa. Se debe manejar perfectamente a todas, lo cual significa que es una obra compuesta exclusivamente para virtuosos. Muy pocos violinistas actuales se atreven a incluirla en su repertorio, porque conocen muy bien el gran escollo que acabamos de explicar.


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Inicio de la ciaccona de la partita Nº2

La partita está dividida en cinco movimientos: Allemanda, Corrente, Sarabanda, Giga y Ciaccona, la última de las cuales dura catorce minutos (un tiempo extremadamente largo y un esfuerzo agotador para cualquier violinista), superando con mucho la duración de los demás movimientos sumados. Bach parece haberla compuesto poco después de la muerte de Maria, por lo que, a pesar de su formato de danza, la ciaccona tiene un carácter fúnebre fuertemente perturbador. Es tan especial, tan difícil, tan poderosa, tan diferente de todas las otras piezas para violín nunca compuestas, que normalmente se la ejecuta sola, sin siquiera la compañía de las otras cuatro partes de la partita.

En ella, Bach inventa la improvisación jazzística libre tres siglos antes de la aparición del jazz. Es la única ciaccona que compuso, y, además y para colmo de los colmos, la pieza es en realidad una sonata completa en sí misma, una sonata autocontenida dentro de una danza. Hay distintos movimientos en esta "sonata sub-ciaccónica", que alternan tiempos rápidos y lentos, todos escritos a diferentes ritmos y en diferentes tempos. Los especialistas aseguran que esta pieza contiene toda la sabiduría armónica, tonal y rítmica de su creador, comprimida en sus más de catorce minutos de duración.

Se comprende, entonces, el temor que los violinistas le demuestran: la pieza más difícil que existe para el violín, compuesta por el más grande compositor de la historia de la Humanidad. No es poco.


El violinista del subte describe así a la pieza: "No sólo es una de las más grandes piezas de música jamás escritas, sino uno de los más grandes logros del ser humano. Es una pieza espiritualmente poderosa, emocionalmente profunda, estructuralmente perfecta. Además, está compuesta para violín solo".

Si el lector piensa que es solamente la opinión de un pobre músico callejero, permítaseme transcribir lo que dijo Johannes Brahms sobre la misma obra, en una carta dirigida a Clara Schumann: "(Bach) escribe sobre un pentagrama un mundo completo, poblado de los pensamientos más profundos y de los sentimientos más poderosos. Si yo pensara que pudiera haberla compuesto yo, incluso haberla concebido, estoy completamente convencido de que el exceso de excitación, esa experiencia que hace sentir que la tierra tiembla, me hubiera vuelto loco en un instante".

El lector lo ha adivinado: el joven violinista del subte de Washington abrió su pequeño recital, precisamente, con una perfecta ejecución de la ciaccona de la partita n° 2 en Re menor. Si alguno de los pasajeros del andén hubiera sabido algo de música para violín, de inmediato habría comprendido que el joven de la gorrita era un virtuoso sin discusión posible.

Pero hay otro detalle insólito en esta historia: la evolución tecnológica de los violines modernos los ha hecho diferentes de aquellos que se construían en tiempos de Bach, motivo por el cual hay pasajes de la ciaccona que no se pueden ejecutar correctamente en un violín moderno. Y acabamos de decir que la ejecución del muchacho fue perfecta. No hace falta más que sumar dos y dos para entender lo que ocurría.


Antonio Stradivari, el más grande constructor de violines de la historia, nació en Cremona en un día no determinado del año 1644. Cuando tenía 14 años comenzó a trabajar como aprendiz en el taller del notable Nicolò Amati, lo cual le permitió dominar todas las técnicas de la luthiería y los secretos constructivos de los violines que Amati vendía.

El año de 1680 encontró a Stradivari ya instalado en un taller propio de la Piazza San Domenico de Cremona, donde las mejoras que el joven introdujo a los diseños de Amati de inmediato le granjearon una enorme fama de luthier.

Algunas de estas mejoras nos son desconocidas, pero las que hemos descubierto consisten, por ejemplo, en un radical cambio de la forma del arco. Sus violines presentan distintos espesores de la madera —calculados matemáticamente— y una fórmula secreta del barniz, más oscuro que el de Amati, que genera un sonido incomparablemente superior. Finalmente, Stradivari experimentó con distintas proporciones entre el ancho y el largo de sus instrumentos, y nunca se dio por totalmente satisfecho con los resultados, ya que siguió cambiando las formas hasta bien entrado el siglo XVIII.

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Stradivari en su taller


Como la calidad de los instrumentos depende fundamentalmente del talento de su constructor, pero también influye en gran medida la calidad de la madera, los mejores Stradivarius (forma latina del apellido de su diseñador) son los de 1715, año en que la cosecha de madera fue de calidad excepcional. Con todo, los violines de 1685 a 1725 son de calidad soberbia, aunque no tan buenos como los del año 15.

Los Stradivarius auténticos se reconocen por la firma latina del constructor: Antonius Stradivarius Cremonensis Faciebat Anno (''Antonio Stradivari de Cremona estuvo haciendo este instrumento en el año'') mientras que los manufacturados por sus hijos dicen Sotto la Desciplina d'Antonio Stradivari F. in Cremona y la fecha (''Bajo el método de Antonio Stradivari, hecho en Cremona en el año '') Todos los violines que llevan esta última son posteriores a 1730. De más está decir que muchas falsificaciones de calidad también incluyen estas leyendas.

Stradivari construyó, aparte de violines, guitarras, violas, cellos e incluso un arpa. Llegó a completar en vida —murió en 1737— al menos mil ciento un instrumentos de perfecta factura, de los cuales sólo seiscientos cincuenta han llegado hasta nosotros.

El famoso cellista Yo-Yo Ma toca el cello llamado "Stradivarius Davidov". Mstislav Rostropovich interpretó con su cello "Stradivarius Duport" hasta su muerte en 2007. La sección de violines de la Filarmónica de Viena ejecuta los Stradivarius "Ex-Arnold Rose", "Ex-Hämmerle" (1709), "Ex-Smith-Quersin" (1714), "Ex-Viotti" (1718), "Ciaccona" (1725) y "Ex-Halphen" (1727), además de un cello. Itzhak Perlman se presenta con su "Stradivarius Soil", construido en 1714. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos posee cinco Stradivarius: tres violines, una viola y un cello. El Museo de Música del Palacio Real de Madrid es propietario de los Stradivarius "Spagna I", "Spagna II" y el cello y la viola "Corte de España". La Orquesta Sinfónica de Nueva Jersey tiene en su sección de cuerdas el mayor número de Stradivarius efectivamente utilizados para ejecutar en público. El coleccionista Rodman Wanamaker poseía el "Stradivarius Cisne", último instrumento confeccionado por Antonius antes de morir. La Universidad de South Dakota alberga una de las dos guitarras Stradivarius conocidas, una de las once violas da gamba (convertida más tarde en cello), una de las dos mandolinas y uno de los únicos seis violines Stradivarius que conservan el diapasón original. El Museo Ashmoleano de la Universidad de Oxford guarda el "Stradivarius Mesías", que —por motivos de conservación— nunca ha sido tocado en tiempos modernos.

Lo que el hombre de a pie mejor conoce de los Stradivarius es que son caros.

Y lo son en verdad: el 16 de mayo de 2006 un comprador anónimo pagó 3.544.000 dólares por el "Stradivarius Martillo". El "Stradivarius Lady Tennant" costó 3.032.000 dólares, y en 2007 se vendió otro por más de 2.700.000. El "Stradivarius Salomón Ex-Lambert", construido en 1729, le salió a su propietario la friolera de 2.728.000 dólares. Y conste que no estamos hablando de Stradivarius de la mejor cosecha, 1715.


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Stradivarius Lady Tennant


Si algún transeúnte se hubiese detenido a mirar con atención al violinista que tocaba la ciaccona de Bach en la estación de subte, hubiera podido observar que el frente de su violín estaba perfectamente intacto, con su barniz rojo oscuro, rico y de buen grano. Sin embargo, si hubiera alcanzado a observar el fondo, lo hubiera encontrado hecho un desastre, lleno de rayones y desconchones, tantos que le hubieran dado pena.

¿Por qué un violinista tan competente dejaría a su violín en tal estado?

Porque es un violín que no se puede barnizar. Como hemos dicho, uno de los secretos constructivos de Stradivari era la fórmula secreta de la composición del barniz utilizado en la terminación de sus violines, secreto que murió con él, ya que ni siquiera sus hijos pudieron reproducir el mismo barniz exacto.

Y el violinista del subte estaba ejecutando a Bach nada menos que en el "Stradivarius Gibson Ex-Huberman", construido en 1713. Entre 1713 y 1715 Stradivari compró tres extraordinarias cosechas de arce, abeto y sauce. El "Gibson", pues, no va a ser rebarnizado jamás, porque es posiblemente uno de los diez mejores Stradivarius que existen.


El Stradivarius del subte, luego de un largo periplo desde su construcción en 1713 hasta el siglo XIX, quedó en manos de una familia francesa de rancio abolengo. En 1890 y tantos, el instrumento fue comprado por la empresa británica W.E. Hill and Sons, que a su vez se lo vendió al célebre violinista inglés Alfred Gibson, que ya poseía una viola Stradivarius. El violín fue vuelto a comprar por Hill en 1911, y vendido nuevamente al muy joven y virtuoso violinista polaco Bronislaw Huberman. En 1919 le fue sustraído de su habitación de hotel en Viena, pero la policía lo recuperó en pocas semanas. El viernes 28 de febrero de 1936 se lo volvieron a robar, esta vez de su camarín del Carnegie Hall. Huberman estaba en esos momentos en escena, tocando frente al público en su otro violín, un Guarnerius. Sabiendo que el instrumento estaba asegurado, Huberman notificó inmediatamente a la policía. Siguió una larga y penosa investigación que no arrojó resultados, y, finalmente, la compañía de seguros Lloyds de Londres abonó a Huberman la suma total del valor del violín en aquellos tiempos: 30.000 dólares. De este modo, la aseguradora se convertiría en propietaria legal del Stradivarius si este llegaba a aparecer.

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Huberman tocando el Stradivarius del subte


En esta oportunidad, lamentablemente, nadie pudo encontrarlo hasta cincuenta y un años más tarde.

Al día siguiente del robo, un pequeño de doce años de edad llamado Edward Wick se encontraba ayudando a su padre en su negocio, situado a pocas cuadras del Carnegie Hall. Era miembro de una familia de músicos: su padre tocaba el corno francés y su madre el piano. El pequeño Ed estaba estudiando este último instrumento y también tomaba clases de mandolina. Y, ese día, un titular del New York Times le llamó la atención: "Roban el violín de Huberman en el Carnegie".

Pasaron los años, y Edward decidió dedicarse a una actividad muy relacionada con la música: se convirtió en luthier, y se especializó en la reparación de instrumentos de arco.

En 1946, Edward conoció a John Burnett, director de la Sinfónica de Danbury. Burnett era un excelente violinista, un conocido profesor y un influyente director de orquesta.

Conociendo la capacidad pedagógica de Burnett, Ed y su esposa Ann (cantante lírica) decidieron enviar a su pequeña hija Joan a aprender violín con él. Sin embargo, el gran artista se interesó más en el padre que en la hija: convenció a Ed de comenzar a estudiar cello, le encontró talento, y a los seis meses lo contrató para tocar en la Sinfónica. Pronto, además de ejecutar, Ed era el luthier oficial que reparaba todos los instrumentos de cuerda de la orquesta.

Cierto día, Wicks recibió autorización para examinar el violín de Burnett: se trataba de un Amati, pero no de los construidos por Nicolò, sino por el padre de este, Girolamo. Este era un instrumento tan excelso que su propietario anterior —y mediocre violinista— había sido el mismísimo Duce fascista Benito Mussolini.

En 1983, Ed puso un aviso en las páginas amarillas, publicitándose como reparador de instrumentos y luthier. Esta publicidad llamó la atención de un hombre llamado Julian Altman, que lo contactó explicándole que era violinista profesional y que necesitaba alguien que le arreglara un problema en su violín.


Nacido en Nueva York, Altman había tocado en la Sinfónica Nacional entre 1940 y 1944, pero luego había encontrado una mayor fuente de ingresos tocando en bares y restaurantes, en actos y en eventos políticos.

Wicks recuerda la oportunidad en que Altman le llevó el violín: "Estaba nervioso. Tanto, que en un momento encendió y fumaba dos cigarrillos a la vez". Altman sacó el violín de su estuche y dijo que necesitaba un nuevo diapasón, y que uno de los lados de la caja de resonancia se estaba abriendo. Además, deseaba que le colocara nuevas crines a sus dos arcos.

El luthier observó que ambas superficies del violín evidenciaban un uso muy intenso. Al tomarlo en sus manos, comprendió que se trataba de un instrumento de calidad inusitada. De inmediato encontró la firma, y exclamó: "¡Dios mío, es un Stradivarius!". "No, no, sólo es una copia que me regalaron cuando joven", repuso Altman.

Wicks no quiso ponerse a discutir con el cliente, a pesar de que, según su larga experiencia, estaba convencido de que el Stradivarius era auténtico. Por lo tanto, le dijo que haría las reparaciones solicitadas, y le pidió que regresase tres días más tarde.

Esto provocó una nueva reacción de nerviosismo en Altman: no estaba preparado para separarse de su violín por tanto tiempo, lo que convenció a Wicks aún más de que la pieza era auténtica. Pero el luthier consiguió tranquilizar al instrumentista, que comenzó a contarle detalles de su vida y su carrera. Le explicó que había sido músico en la radio, haciendo dúo con su hermana, también violinista. Y así siguió la conversación, hasta que Alman se sintió lo suficientemente cómodo como para dejar el violín.

Durante los dos días que siguieron, Wicks adaptó el mango nuevo, reparó la rotura cerca del diapasón y colocó las crines nuevas en los arcos.

Cuando su propietario regresó, de inmediato tomó el arco y se puso a tocar algunas melodías para probarlo. Su técnica demostró a Wicks que se trataba de un verdadero violinista de calidad. Seguro de que se trataba de un Stradivarius, el luthier esperaba con el corazón en la boca el veredicto acerca de las reparaciones efectuadas. Y la víscera cardíaca se le detuvo de golpe cuando el instrumentista se detuvo en medio de una frase y exclamó: "¡Por Dios santo! ¿Qué ha hecho usted?". Pero enseguida agregó: "Nunca ha tenido un sonido tan hermoso..." y se dedicó a girar por la habitación tocando, absolutamente fascinado con la nueva encarnación de su instrumento. Lo que ambos ignoraban es que la mujer de Ed, Ann, estaba arriba, asomada al hueco de la escalera, sorprendida por los extraordinarios sonidos que venían del taller.

Mientras tanto, Wicks contó a Altman que él tocaba en la Sinfónica, dirigida por Burnett, y lo invitó a presentarse para dar una prueba. Altman aseguró que le interesaba y que lo haría el día del próximo ensayo de la orquesta.

Cuando Altman se retiró, ella bajó y le preguntó qué era ese instrumento tan especial, que producía un sonido tan glorioso. "Bueno", dijo su marido, "yo creo que lo que acabas de oír es ni más ni menos que un Stradivarius".

Y así fue: Altman llegó al siguiente ensayo, se sentó junto a James Humphreville, el director que dirigía en ese momento, y comenzó a colaborar, a ayudar, a sugerir técnicas, estilos de ejecución y otras cosas.

Luego de eso, comenzó una amistad de Altman con Ed y Ann, los tres ligados por sus intereses musicales. Comenzaron a salir a cenar y a ir a conciertos, junto con la amante de Altman, Marcelle Hall. Era una amistad que todos deseaban que durara para siempre, pero el destino se confabuló para que eso no ocurriera. Apenas dos años después de haberse conocido, estaban los cuatro comiendo en un restaurant chino, cuando Altman comenzó a quejarse de un fuerte dolor de estómago. Sin embargo, ese malestar quedó relegado cuando Hall lo denunció por violación de una de sus nietas. Altman fue arrestado, juzgado y recibió fecha de sentencia, la cual esperó en libertad.

El 20 de marzo de 1985, Altman tocó el timbre de la casa de Wicks, no con el estuche de la primera vez, sino con un estuche especial para dos violines: el que había reparado Wicks y otro distinto. Altman explicó lo de su juicio y dijo que en seis días recibiría sentencia y temía ser condenado y acabar en prisión.

Entregó a Wicks los dos violines y una caja cerrada, y le rogó que tuviera en su poder y le guardara esos objetos hasta que él regresara, sin hacerlos ver ni entregárselos a nadie. Le hizo firmar un recibo que decía textualmente: "Recibo de Julian Altman en custodia: dos violines, cuatro arcos, un estuche doble para violines y una caja de cartón conteniendo joyas de hombre, gemelos, monedas, piedras preciosas, anillos, un reloj y otros artículos de joyería". Wicks aceptó hacer ese favor a su amigo y firmó el recibo, quedándose con los objetos.

En un giro increíble de los acontecimientos, Marcelle Hall, la misma mujer que acababa de denunciar a Altman por abusar sexualmente de su nieta menor de edad, voló con él a Las Vegas para casarse. El 26 de marzo de 1985, Altman se declaró culpable de "poner en riesgo la salud de una menor" y evitó de esta forma el juicio por estupro. Fue sentenciado a un año de cárcel y encerrado en la prisión de Bridgeport.

La flamante esposa, que no sabía manejar, pidió a Wicks que la llevara en su auto hasta la prisión para efectuar su primera visita a Julian. Wicks accedió. Visitaron a un Altman con aspecto de muy enfermo, y en el viaje de vuelta, la mujer se lamentaba incesantemente: "¡Cómo es Julian...! Si yo supiera dónde tiene escondido ese violín...". Como es de esperarse, Ed no abrió la boca.

Poco tiempo después, el prisionero fue diagnosticado como portador de un cáncer de estómago en etapa terminal. Antes de morir, se quejó ante Wicks de la manera "despiadada" en que Marcelle le preguntaba por el paradero del instrumento. Pocos días más tarde, finalmente reconoció ante su mujer que el violín era realmente un Stradivarius y que se hallaba en poder del luthier.

En menos de lo que se tarda en contarlo, la mujer se apersonó en el taller de Wicks y le exigió la devolución de los objetos. Wicks no estaba seguro de si debía entregárselos, así que llamó a la prisión y solicitó la autorización del moribundo. El violinista le dijo que estaba bien.

Wicks le entregó la caja y los violines, y Marcelle, revisando el forro del estuche, encontró recortes de diarios de 1936 que daban cuenta de los grandes recitales de Huberman, con lo cual se convenció de que el Stradivarius era el que le había sido sustraído al gran virtuoso polaco tantos años atrás.

Julian Altman murió el 12 de agosto de 1985 y sus restos fueron cremados. Las cenizas fueron depositadas en su tumba junto con su violín, pero Wicks, que estaba presente en el funeral, se dio cuenta enseguida de que no era el Stradivarius sino el otro instrumento.

Marcelle contrató una firma de abogados para que procedieran a hacer certificar la autenticidad de su violín. Cuando los expertos dictaminaron que se trataba del ejemplar "Gibson Ex-Huberman", la viuda pasó más de un año negociando con la aseguradora que le había pagado a Huberman por el robo, intentando obtener una recompensa por haber recuperado el tesoro. El arreglo fue que, vendido el instrumento en subasta, Lloyds entregaría a Hall nada menos que un cuarto del valor obtenido. Luego, lo enviaron a restaurar nuevamente.

El 8 de mayo del 87, Hall celebró una enorme fiesta que duró dos días, haciendo honores al retorno del "Stradivarius Gibson Ex-Huberman" a la escena musical mundial. El festejo salió en todos los diarios y fue transmitido por televisión. En el verano del mismo año se cumplían los dos siglos y medio de la muerte de Stradivari, y la ciudad de Cremona celebró el aniversario con una gran exposición pública de 48 Stradivarius. Junto al "Stradivarius Soil" de Perlman se encontraba el "Gibson" de Altman y la viola que había pertenecido a Alfred Gibson.

De regreso a Londres, el violín fue vendido por Lloyds al violinista inglés Norbert Brainin, director del prestigioso Cuarteto Amadeus. El precio fue de 1.053.903 dólares, y, por consiguiente, Marcelle Hall terminó cambiando la virginidad de su pequeña nieta por la nada despreciable suma de u$s 263.475,75. Pero, justicia poética mediante, la suerte le sería adversa: la hija del primer matrimonio de Altman le entabló una disputa legal, argumentando que en la sucesión de su padre no había sido incluida la recompensa, y el juez le hizo lugar. Por consiguiente, Hall tuvo que entregar el dinero a la sucesión, además de un 10% (más de 26.000 dólares) por cada año que poseyó la recompensa en su poder. Así que la mujer tuvo que depositar los 263.475,75 de la recompensa y un interés de 105.390,28, lo que totaliza una cifra final de 368.866,03 dólares. Al fin, la honestidad de su nieta demostró, como veremos, ser muy, muy cara.

Entre los puntos de la resolución del juez, se encontraba el hecho de que Altman nunca había presentado prueba alguna del modo en que el "Gibson" había llegado a su poder. Marcelle tuvo que presentarse al juzgado para decir lo que sabía: Altman le había dicho que había comprado el Stradivarius a un amigo por la suma de 100 dólares al día siguiente de que el mismo fuera robado del concierto de Huberman. Pero poco antes de morir confesó habérselo robado por orden de su madre, que decía que era el instrumento adecuado para que su talento fuera reconocido. Vivía cerca del Carnegie Hall y tocaba en un restaurante ruso ubicado en la misma manzana. Se había hecho amigo de los guardias de seguridad del auditorio, y les regalaba cigarrillos y cigarros, diciéndoles que él cuidaría las puertas por ellos mientras salían a fumar. En uno de esos momentos, en un intermedio de su interpretación en el restaurante, entró al teatro, corrió escaleras arriba, tomó el violín de Huberman y lo escondió bajo su grueso abrigo ruso. Marcelle Hall confesó que había dicho a Lloyds la primera historia (la del amigo y los 100 dólares) pero no esta, la que estimaba verdadera.

El tribunal sentenció a Hall a pagar lo que se ha explicado y dejarlo dentro de la sucesión y ella apeló, llegando hasta la Suprema Corte de Connecticut, que en fallo dividido (4 a 1) dio la razón al magistrado inferior y le quitó el dinero que a esas alturas (1996) ya ascendía a más de medio millón de dólares debido a los intereses. El 18 de marzo de 1998 la mujer se declaró en quiebra. Murió en 2001 en la más negra miseria, malviviendo de su cheque de la Seguridad Social.



Un joven de 36 años (el violinista subterráneo de nuestra historia) pronto se sintió atraído por el "Stradivarius Gibson". Él poseía el "Stradivarius Tom Taylor", construido en 1732 por Stradivari (a pesar de que en ese tiempo había dejado la mayor parte del trabajo de su taller en manos de sus hijos), pero sabía que este otro "sonaba de modo incomparablemente superior".

El "Stradivarius Tom Taylor" del violinista del subte tiene también una larga y rica historia, pero, como es usual, conocemos sólo la última parte de ella. Estuvo en manos del eximio organista John Camidge aproximadamente desde 1819. En 1837 se lo vendió al Reverendo William Flower, que ya poseía numerosos instrumentos de Stradivari. Flower utilizó el "Tom Taylor" en el Festival Musical de Norwich en 1839. A la muerte del religioso, el violín fue heredado por su nieto Tom Taylor, quien dio su nombre al instrumento. Este murió a su vez, pasando el Stradivarius a manos de su esposa, la famosa cantante, compositora, pianista y violinista Laura Wilson Barker. Ella lo utilizó durante toda su carrera, tocándolo, entre otros, junto a Paganini y Spohr. Laura murió en 1905, y su hija vendió el violín a un alemán, que a su vez se lo entregó al comerciante de instrumentos antiguos Hammig. Lo compró Erich Lachmann en 1927, fue exportado a Estados Unidos en 1928 y llegó a la Colección Wurlitzer. Wurlitzer lo vendió a Albert F. Metz, que se lo prestó a la joven artista Patricia Travers para que lo ejecutara en sus giras. Luego pasó a poder de Jacques Gordon, director de la Orquesta Sinfónica de Chicago, que, además, había comprado en 1944 uno de los "Stradivarius de Rougemont", construido en 1703.

Luego fue adquirido por el violinista del subte de Washington.

El joven conoció en un concierto al nuevo propietario del "Stradivarius Gibson", y Norbert Brainin le permitió tocarlo brevemente, algo comprensiblemente muy raro entre los poseedores de estos sublimes instrumentos. El muchacho dijo: "Es el más impresionante sonido de cualquier violín que yo haya escuchado". Brainin, viendo el negocio que se hacía posible bajo sus ojos, rápidamente replicó: "A lo mejor un día sea suyo. El día en que me venga a ver provisto de cuatro millones de dólares".

En agosto de 2001, el violinista del subte se enteró de que Brainin estaba a punto de vender el "Gibson" a un coleccionista, un industrial alemán que ni siquiera sabía tocar el violín. "Yo lloraba de pena y rabia", dijo. Decidido a evitar tamaño despropósito, de inmediato vendió su "Tom Taylor" en algo más de dos millones, y consiguió que alguien le prestara el resto. Brainin, al ver su determinación y su entusiasmo, le hizo un "pequeño" descuento: se lo dejó en 3,5 millones de dólares. Las negociaciones entre Brainin y el joven violinista duraron sólo dos días, un récord mundial de velocidad para las ventas de este tipo de violines, que usualmente consisten en duras argumentaciones que suelen durar meses.

Así que he aquí el cuadro completo: en el subte de la ciudad de Washington tenemos a un violinista sumamente competente, un verdadero virtuoso, tocando una pieza del mayor compositor de todos los tiempos, para más datos la más difícil pieza para violín jamás escrita, en un violín Stradivarius de excelencia, valuado en más de 3,5 millones de dólares... para un público de transeúntes apurados que casi ni se percatan de su presencia.

¿De qué se trata todo esto?




LINK A LA SEGUNDA PARTE: http://www.taringa.net/posts/info/5917963/El-violinista-ignorado:-Informe-sobre-sordos_-Parte-2.html



FUENTE: http://axxon.com.ar/zap/315/c-Zapping0315.htm

4 comentarios - El violinista ignorado: Informe sobre sordos. Parte 1

@ered_numenor
aunque bell abuso de las dimensiones paganinescas
@ViQuiconQ
Yo también estaba buscando los posts de Isca sobre esto. Gracias por postearlo.