LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES ES UNA EXPRESIÓN DE LA RELACIÓN DE DESIGUALDAD ENTRE HOMBRES Y MUJERES


Es una violencia basada en la superioridad de un sexo sobre otro; de los hombres sobre las mujeres. Afecta a toda la organización de nuestra sociedad y, por tanto, los actos violentos debemos analizarlos dentro de un contexto social. A este tipo de violencia se la denomina: VIOLENCIA DE GÉNERO.

El proceso de socialización a través del cual las personas asumimos reglas y normas de comportamiento se produce, fundamentalmente en dos ámbitos: la familia y la escuela. En el proceso de socialización intervienen, además, las instituciones políticas, religiosas y administrativas, así como el medio laboral.
Con estos mecanismos la sociedad presiona para que las personas pensemos y actuemos de forma diferente según seamos mujeres u hombres. Es decir, se espera que ejerzamos nuestro rol sexual de manera "adecuada". No hacerlo, supone romper, enfrentarte, cambiar las normas. Pero los costes emocionales: culpa, miedo, inestabilidad... son muy altos y es importante el apoyo grupal para no sentirse sola.


HOMBRES Y MUJERES ANTE LA VIOLENCIA
Históricamente y en la actualidad, es fácil observar cómo entre las mujeres ha primado más la mediación de la palabra y de la relación que el uso de la fuerza; al mismo tiempo, si prestamos atención a las diferentes situaciones de violencia que se producen cada día a nuestro alrededor y en el mundo, vemos que, en la gran mayoría de los casos, son hombres, jóvenes y niños quienes la ejercen. Vemos también que, con gran frecuencia, esa violencia actúa contra mujeres, jóvenes y niñas.
Esto no es un hecho causal ni una simple anécdota, es producto de una larga tradición en la que lo que se valora en los hombres está unido a la fuerza y a la capacidad de dominar el mundo y, en particular, a las mujeres y, donde también, se considera que el papel de las mujeres es el de cuidar y mantener las bases en las que se asienta ese mundo de corte masculino. Esta tradición, aún hoy y con cierta frecuencia, se trasmite a niños y a niñas a través de los diversos ámbitos educativos.
Por lo tanto, con estas actuaciones algunos hombres pretenden reafirmar un orden social que entiende la relación de los sexos de un modo jerárquico, de forma que considera el sexo masculino superior y más significativo que el femenino y, por tanto, trata de excluir y someter la palabra y el cuerpo de las mujeres a través de la fuerza y la violencia.
Esto no significa que todos los hombres promuevan y ejerzan violencia y estén satisfechos con un orden de cosas que subordina a las mujeres, ni que todas ellas estén en su conjunto sometidas a esta forma de proceder. De hecho, coexisten diversas formas de relación y de ser hombre y mujer en nuestra sociedad que no están fundadas en la violencia.
La violencia está incorporada en la identidad masculina. Desde pequeños los niños aprenden a responder agresivamente y se entrenan en aspectos activos como ganar, luchar, competir, apoderarse, imponer, conquistar, atacar, vencer, etc.
Mientras que las niñas aprenden a ceder, pactar, cooperar, entregar, obedecer, cuidar... aspectos que no llevan al éxito ni al poder y que son considerados socialmente inferiores a los masculinos.
Los hombres han dominado el espacio público y han ejercido también su autoridad en el privado, sobre toda su familia. Este poder ha dado origen a un sistema de jerarquías que se conoce como patriarcado.
Hasta hace pocos años, no se consideraba como un delito la violencia física o psíquica ejercida dentro del ámbito familiar o de pareja, sino como "asuntos privados".
Mientras persista la violencia dentro de la familia se seguirá obligando a miles de mujeres a permanecer en este ambiente familiar de maltrato que puede causarles inseguridad, miedo y, en algunos casos la muerte.
La violencia contra las mujeres no se da únicamente dentro de la pareja. Las mujeres sufrimos violencia también por parte de otros hombres: parientes, jefes y compañeros, vecinos, extraños...
En los conflictos armados torturas, violaciones, persecuciones, encarcelamientos e incluso la muerte son prácticas usuales dirigidas a las mujeres.
Uno de los logros de la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres (Pekín 1995), fue considerar como crímenes de guerra a las violaciones que se producen en estos conflictos.
Hay que señalar el papel que juegan los medios de comunicación reforzando una imagen y un lenguaje marcadamente diferentes para cada uno de los sexos, haciendo aparecer a las niñas en papeles y situaciones de clara desigualdad y subordinación.
La pornografía tiene consecuencias ideológicas y políticas sobre las mujeres. Su forma de entender las relaciones entre los sexos, es profundamente violenta y humillante. El uso y la comercialización del cuerpo y la sexualidad de las mujeres como mercancía disponible en el mercado, utilizable y desechable según los deseos de su dueño, legitima una forma sexista y jerárquica de entender las relaciones entre las personas.
Queda mucho camino todavía para conseguir la igualdad de hecho y eliminar las pautas culturales que provocan por ejemplo, situaciones de violencia contra la mujer.


Cita estadística
[…]Explicó que hasta 2003, una de cada tres mujeres en la región (Latinoamérica) había sido agredida por su pareja, mientras que en México al menos 48% había sufrido algún tipo de violencia.[…]

Un Estudio de la OMS (Organización Mundial de la Salud) se centró, principalmente, en la violencia contra la mujer infligida por su pareja. Dicha violencia incluye la violencia física, sexual y psíquica y los comportamientos dominantes por parte de sus parejas actuales o anteriores, y comprende tanto la situación actual de las mujeres entrevistadas como sus experiencias anteriores. Este informe se centra, fundamentalmente, en las experiencias de violencia física y sexual notificadas por las mujeres, en particular a la hora de evaluar el vínculo de dicha violencia con las repercusiones para la salud, debido a la dificultad que supone cuantificar coherentemente el maltrato psíquico en las distintas culturas.
Los resultados indican que la violencia infligida por la pareja (también denominada “violencia doméstica”) se halla extendida en todos los países donde se realizó el Estudio. No obstante, se registraron numerosas variaciones entre países y entre entornos dentro de un mismo país. Si bien se observaron diferencias en función de la edad, el estado civil y el nivel de instrucción, estos factores sociodemográficos no explicaron las divergencias que se encontraron entre los distintos entornos.
El porcentaje de mujeres que habían tenido pareja alguna vez y que habían sufrido violencia física o sexual, o ambas, por parte de su pareja a lo largo de su vida oscilaba entre el 15% y el 71%, aunque en la mayoría de los entornos se registraron índices comprendidos entre el 24% y el 53%. Las mujeres japonesas eran las que habían experimentado menos violencia física o sexual, o ambas, inflingida por su pareja, mientras que el mayor número de experiencias violentas se registraba en entornos provinciales (fundamentalmente de población rural) en Bangladesh, Etiopía, Perú y la República Unida de Tanzanía. Sin embargo, incluso en Japón, cerca del 15% de las mujeres que habían tenido pareja alguna vez declaró haber sido objeto de violencia física o sexual, o ambas, en algún momento de su vida. En los últimos años, los porcentajes de mujeres que habían sido víctimas de violencia a manos de su pareja oscilaban entre un 4% en Japón y en Serbia y Montenegro y un 54% en Etiopía.

Micromachismos de crisis

Seudoapoyo.
Apoyos que se enuncian sin ir acompañados de acciones cooperativas, realizados con mujeres que acrecientan su ingreso al espacio público. Se evita con ello la oposición frontal, y no se ayuda a la mujer a repartir su carga doméstica y tener más tiempo.

Desconexión y distanciamiento.
Se utilizan diversas formas de resistencia pasiva: falta de apoyo o colaboración, conducta al acecho (no toma la iniciativa, espera y luego critica: "Yo lo hubiera hecho mejor",) amenazas de abandono o abandono real (refugiándose en el trabajo o en una mujer "más comprensiva".)

Hacer méritos.
Maniobras consistentes en hacer regalos, prometer ser un buen hombre, ponerse seductor y atento, hacer cambios superficiales, sobre todo frente a amenazas de separación. Se realizan modificaciones puntuales que implican ceder posiciones provisoriamente por conveniencia, sin cuestionarse la creencia errónea de la "naturalidad" de la tenencia de dicha posición.

Dar lástima.
Comportamientos autolesivos tales como accidentes, aumento de adicciones, enfermedades, amenazas de suicidio, que apelan a la predisposición femenina al cuidado y le inducen a pensar que sin ella él podría terminar muy mal. El varón exhibe aquí, manipulativamente, su invalidez para el auto cuidado. W. Shakespeare ilustra, espléndidamente, las estrategias de utilzación de muchas de estas maniobras en función de dominar a la mujer, restringiendo con hábiles artes su autonomía, en su obra La fierecilla domada. Su lectura alumbra con gran nitidez el efecto devastador de estas estrategias de dominio. La efectividad de todas estas maniobras, junto a la falta de autoafirmación de la mujer, forman una explosiva mezcla con negativos efectos relacionales: mujeres muchas veces enormemente deterioradas en su autonomía y varones con aislamiento emocional progresivo reciente desconfianza en la mujer, a quien nunca terminan de someter plenamente.
Si bien hemos tenido en mente para la anterior clasificación a la pareja conyugal, muchas de estas maniobras son igualmente realizadas en el ámbito familiar con las propias hijas y madres. Quizás esta larga clasificación haya provocado alivios y rechazos. Como en todo tema que se devela, suele ser más frecuente que sientan alivio aquellos a quienes la invisibilización los desfavorecía, y rechazo quienes se sentían favorecidos por dicha invisibilización.
Tolerar la invisibilización no es tarea fácil. No muchas mujeres, pese a entender maniobras en que se ven involucradas, soportan el reconocimiento de su propia subordinación (Dio Bleichmar, 1992).
Pocos varones, pese a reconocerse en este listado, están dispuestos a aceptar, a pesar de sus cambios, lo que en ellos aún permanece de la atávica dominancia masculina (Brittan, 1989). Pero la transformación se basa en esos dolorosos reconocimientos y aceptaciones. Sería un error que de esta clasificación se dedujera la "maldad" de los varones.
Sólo he intentado describir comportamientos de los que ellos sí son responsables, de los que las mujeres no son responsables y que sólo a ellos les cabe intentar modificar si desean relaciones igualitarias y cooperativas con las mujeres.

Fuente: Trabajo realizado con extractos de http://www.aragob.es/pre/iam/malostra/memohombre2.html