Mario Roberto Santucho y el erp (III)

Mario Roberto Santucho y el erp (III)

Mi último día con Santucho

El 18 de julio de 1976 –un domingo que precedió a lo que sería el nefasto lunes 19– estábamos reunidos el resto del Buró Político del PRT, en el departamento del Gringo Mena, en un cuarto piso de la calle Venezuela, en Villa Martelli, frente al cruce del Acceso Norte con la Avenida General Paz: Mario Roberto Santucho, Domigo Mena, Benito Urteaga y yo.
Santucho se despedía.
Al día siguiente, después de la reunión de constitución de la OLA (Organización para la Liberación de Argentina, el muy original nombre que propuso Firmenich para la unidad entre PRT, Montoneros y Poder Obrero), saldría para La Habana. Ya le habían hecho algunos retoques para enmascarar su rostro, enrulado un tanto el pelo y con algún matizador que suavizaba su tono renegrido.
Pasajes y pasaportes, todo listo. Saldría más o menos a las cinco de la tarde junto con Liliana. Los esperaba un intrincado itinerario hasta llegar a Cuba.
Se instalaría en La Habana más o menos un par de años y cada dos meses viajaría uno de nosotros para mantener el vínculo directo con el Buró Político. Benito Urteaga sería el titular interino del organismo durante su ausencia.
Santucho no iría, precisamente, de descanso. En Cuba establecería un plan de actividades que abarcaba todo el globo terrestre, principalmente estrechando vínculos con el campo socialista y el tercer mundo. La misión fundamental era conseguir entrenamiento a nivel de oficiales para un centenar de cuadros del PRT-ERP
Aunque me resulte extraño ahora, al recordarlo, el ambiente en esa despedida era de gran optimismo. Creíamos que habíamos pasado lo peor, que habíamos aprendido mucho con los severos golpes recibidos. Entendíamos que la nueva política del PRT de repliegue hacia el movimiento de masas, para consolidarse y estar en condiciones de dirigir la próxima ofensiva del movimiento popular, implicaba una enorme maduración política.
Ese domingo transcurría entre reunión formal del organismo y charlas informales entre amigos. Una picada, algunos brindis, recomendaciones y más recomendaciones de Roby. Ante todo cuidar, la unidad del partido, el funcionamiento aceitado de sus organismos, la regularidad de la prensa, el incremento de la penetración en el movimiento obrero y la dosificación de las operaciones armadas –en hostigamiento permanente a la dictadura–, pero sin arriesgar grandes fuerzas hasta tanto no empezara el nuevo auge de masas calculado en un par de años.
………….

El crepúsculo está cayendo.
Desde la semipenunbra de este cuarto piso, vemos el tránsito de la Panamericana, mientras mantenemos la que será –y lo ignoramos– la última conversación de este grupo.
El Gringo Menna ha salido, como siempre, como un ventarrón. Benito prepara sus cosas canturreando tangos de la Rinaldi por lo bajo. Roby y yo quedamos hablando de su misión en La Habana, de Fidel, de Ochoa y de Piñeyro, de cómo tratar con cada uno de estos hombres claves en Cuba. Discutimos también la composición del Buró Político. Yo sostengo que el mejor cuadro para cubrir la vacante es Eduardo Merbilhá (quien funciona como adscrito, sin ser miembro pleno). Roby insiste con Julio Oropel, un obrero de Córdoba, para mantener "el peso de clase", que se ha debilitado mucho con las caídas.
…………….

Yo estaba participando –¡y lo ignoraba en ese momento!– de la última conversación con Roby, el Comandante, el hombre a quien apenas seis años atrás había escuchado, por primera vez y enmascarado, en un departamento del Barrio Norte.
"... Julio Oropel", "es importante el peso de clase, Luisito..."
Palabras más, palabras menos –hasta donde me es fiel la memoria–, me revisitan cada tanto, al trasluz de ese crepúsculo final de Villa Martelli.)

Por la noche Benito y yo nos retiramos, conviniendo en que nos encontraríamos al día siguiente, después del mediodía, cuando se suponía terminada la entrevista de Santucho con Firmenich. Un encuentro breve, tan sólo para informarnos del resultado de la reunión y darle a Roby el abrazo de despedida.
En el departamento quedaron Santucho, Liliana, Mena, su compañera Ani y el pequeño Ramiro, hijo de Mena. Un piso más abajo vivía Eduardo Merbilhá con su mujer y sus hijos.
En la casa no había guardia y no más armas que una pistola Browning de alza y mira especial, que los cubanos le habían regalado a Roby, las Browning comunes, que utilizábamos cada uno para autodefensa, y un pesado Magnum, orgullo del Gringo Mena, que manejaba a dos manos.
Al día siguiente, 19 de julio de 1976, Santucho no salió de la casa como estaba previsto porque la reunión con Firmenich abortó. Enrique Gelhter, secretario de Santucho, fue a la cita previa con el delegado de los Montoneros y no apareció nadie. Esas cosas solían suceder y no causó demasiada alarma.
A mediamañana, según parece, habría regresado Benito Urteaga con su pequeño hijo. Mientras tanto, los dueños de casa, el Gringo y Ani, continuaban con citas y otras actividades. En uno de esos encuentros habría sido detenido Mena, en la estación Lisandro de la Torre, muy cerca de allí.

Entre las dos y la tres de la tarde de ese día, salía yo de una de las casas de recambio para el Buró Político ubicada en Martínez. Iba acompañado por Guillermo, con intención de dejarlo en la Panamericana y dirigirme a la casa.
Me detuve en una estación de servicio y llamé al departamento de Mena dando mi santo y seña, para activar la señal de peligro, es decir la medida de precaución que tomábamos siempre antes de ir a una casa. En este caso era el teléfono y la palabra "Flores".
–Hola, habla Flores.
Del otro lado de la línea, una voz desconocida y muy suelta de cuerpo me respondió más o menos así:
–¿Flores? ¿Qué dice, Flores, cómo anda? Lo estamos esperando.
Por una de esas jugarretas de la mente, pensé que los teléfonos se habían ligado. Insistí un minuto más y después colgué porque teníamos la información de que la Policía Federal podía llegar a cualquier teléfono en menos de diez minutos.
De inmediato instruí a Guillermo que suspendiera toda actividad y se concentrara a la espera de órdenes, y me dirigí a cambiar de central telefónica para volver a llamar.
Al acercarme a la Avda. General Paz por la Panamericana, miré hacia la ventana del cuarto piso y la vi totalmente abierta, con una luz encendida. No necesitaba más.
Pero, de todos modos, busqué otro teléfono en el barrio de Saavedra.
–Hola, habla Don Luis.
Y otra voz, también desconocida, me respondió. La catástrofe se confirmó.

Después supimos que una patrulla del Ejército, al mando del Capitán Leonetti, había asaltado el departamento y que en el tiroteo murieron el propio capitán y cayeron heridos de muerte Benito Urteaga y Mario Roberto Santucho. Liliana Delfino, Domigo Mena y Liliana Lanciloto, su compañera, integran la larga lista de detenidos-desaparecidos. En otro extremo de la región, por la tarde, era secuestrado Enrique Gelther, también destinado a la nefasta lista.

Se me ha preguntado muchas veces que sentí en ese momento. No me es posible responder. Mis sentimientos quedaron anulados, escondidos por la urgencia de la acción inmediata. Fue como si la artillería enemiga hubiera hecho blanco en el Estado Mayor y las trinchera hubieran cedido.
Asumí el mando, automáticamente, y me dediqué a cerrar las brechas.
Yo era un cerebro que pensaba y un cuerpo que actuaba.
La sensación de que el enemigo había llegado tarde es el único sentimiento que registro de aquellos días subsiguientes, reorganizando la dirección con Eduardo Merbilhá y otros compañeros. Así lo escribí, incluso, en el primer editorial de nuestro periódico El Combatiente referido a los hechos: "El enemigo llegó tarde con su golpe mortífero porque el Comandante Santucho había logrado formar un cuerpo colectivo que era su herencia …". (Cito de memoria)
Sé que hoy pueden sonar grandilocuentes o patéticas estas palabras, pero entonces eran la expresión de un legítimo sentimiento consciente.
Y, si nos salimos de la visión lineal de "victoria" o "derrota" –más aun, "éxito" o "fracaso", o de otros posibles desenlaces–, no me equivocaba. Todos los demás dirigentes, y yo mismo, seguíamos siendo –como he dicho en otra parte– hombres y mujeres con mayores o menores talentos. Santucho seguía siendo diferente. Desde luego, también como él, habíamos aprendido mucho y acumulado experiencia, y así la distancia con Roby se había ido diluyendo en un espíritu colectivo que lo excedía y que trascendió la época.
Se ha dicho más de una vez que la ascendencia de Roby estaba dada porque él era la síntesis de la conciencia colectiva del PRT por encima de la diversidad de sus componentes.
Sin embargo, creo que –aun siendo lo anteriormente dicho parte de la verdad– es al menos insuficiente hablar sólo de "conciencia".
Porque Mario Roberto Santucho –el sucesor del Che en Argentina–, más que la conciencia, era la encarnación del deseo, la pasión colectiva inconsciente que, por medio de una práctica peculiar –en este caso y por las circunstancias, la lucha armada– pugnaba por transformarse en pensamiento consciente, en forma de conciencia social que demanda a cada generación ser fiel a su época.


En memoria de Mario Roberto Santucho

Las generaciones de precursores del movimiento revolucionario en América Latina presentan –para los historiadores- ciertos problemas. Era tal la presión por el cambio social y el ritmo que la situación política demandaba que los dirigentes y las ideas se renovaban unos y otras. Cambios que, en tiempos pacíficos, llevan generaciones enteras. La solución de problemas teóricos y prácticos, la respuesta a las tácticas del enemigo, el afinamiento de las respuestas nacionales a los problemas del cambio, están en la base de todas estas mutaciones. La teoría de que las revoluciones eran exportadas se demuestra completamente falsa. Si los partidos comunistas hubieran estado a la altura de las circunstancias y no en un seguidismo estéril y mecánico la historia hubiera sido bien otra. Que las revoluciones son las locomotoras de la historia se aplica perfectamente en el caso latinoamericano.
Mario Roberto Santucho es uno de esos precursores en la Argentina, pero su acción y su obra lo trasciende y tiene importancia y referencia para toda América Latina. Nació el 12 de agosto de 1936, murió, en combate, el 19 de julio de 1976. Tenía 40 años de edad. Hasta el día de hoy una parte inmensa de la documentación sobre su vida está oculta. De la misma manera sus restos físicos no tienen sepultura legal y sólo se sabe que los paladines de la democracia, los hombres del uniforme, los supuestos caballeros honorables, no se conformaron con la muerte de un adversario sino que se ensañaron con los restos físicos, como los cobardes sin honor que siempre han sido. Reclaman aún sus hijos los restos.
El silencio oficial –la terca voluntad de los oficiales superiores, todos con escuela de Estado Mayor- les responde.
¿Qué es lo que motiva estos odios, tanta irracionalidad, la absoluta incapacidad de los mandos superiores de actuar profesionalmente? –El odio de clase.
Los mismos militares que son capaces de rendirse como lo hicieron en las Malvinas o de tomar prisioneros con respeto a las normas de la guerra, son capaces de la caballerosidad con los extranjeros (que antes fueron amos), pero incapaces del más mínimo respeto con sus compatriotas que los enfrentan con las armas en la mano. La caballerosidad, en nuestras guerras civiles, siempre ha estado por el lado de los insurrectos, los otros, los hombres del entorchado, se han comportado siempre como bestias. Y como bestias que se olvidaron de los manuales y de las convenciones deberán ser juzgados cuando el momento llegue. Por criminales de guerra.

¿Hemos reflexionado alguna vez sobre ese aparente comportamiento mecánico? Cómo era posible que los civiles en armas, que aprendieron sus rudimentos militares en los ejércitos, de su breve pasada por ellos, tomaran el espiritu de la caballerosidad y del respeto al enemigo vencido? ¿Cómo es posible que los militares de escuela, lo olvidaran? Hay algo que tiene que ver con la esencia humana, que perdura más entre los civiles y que es más fuerte que el odio hacia el enemigo. Que sabe distiguir entre adversario vencido y sus derechos humanos.
Todo militante, todo hombre o mujer honesto, dispuesto a impulsar un cambio social, por una sociedad más humana y más justa, deberá tener presente este antecedente que nos viene desde los mismos albores de nuestra historia. "No escatime sangre de gauchos –decía epistolarmente Sarmiento- es lo único que tienen de humano". Y aquellos pensamientos atroces, bestiales, fueron formulados como teoría a una práctica que viene desde antes de 1811. Son el acerbo de la denominada historiografía liberal argentina, lo que algunos denominan "El Eje, Mayo-Caseros". Practicaron -todos estos "civilizadores" los Pueyrredones, los Soler, los García, los Alvear, Lavalle, Mitre, el gacetillero Sarmiento y muchos otros que vinieron después- como método constante el asesinato de sus enemigos, la violación de sus mujeres, la violencia contra las familias (ni la madre de Quiroga se salvó de que la pasearan en cadenas, como una fiera). Y esa tradición se cultiva en las escuelas militares, en los cursos, en los Estados Mayores. Videla y toda la patota de atorrantes de uniforme han mamado en esa escuela. Los poquísimos oficiales que reconocen estas vergüenzas deben saber que son sus propios compañeros de promoción las bestias y que cualquier regeneración pasa por reconocer los hechos, condenar moralmente los excesos y someter los individuos a la justica por los previstos penales en los que han incurrido. Y debería ser agravante, la circunstancia, de que los delitos los practicaran con sus propios compatriotas.
Y en cambio, cuánta nobleza en los caudillos populares, los "bárbaros", empezando por el primero de todos ellos, nuestro oriental: Don José Gervasio Artigas!!! De ellos viene el "Clemencia para los vencidos" de lo que se olvidaron en la Banda Oriental, los denominados Tenientes de Artigas, esa liga miserable de masones, que la juega a distribuir analisis entre la izquierda, a ver si "cazan", cuando los cambios lleguen.
El revisionismo histórico, que en el Río de la Plata tiene a Luis Alberto de Herrera como precursor reconocido por todos, se ha encargado muy mucho de levantar a aquellos héroes que luchaban defendiendo las provincias, sus producciones, el trabajo humano que en ellas se generaba y la sociedad civil a la que la actividad económica daba lugar. Los liberales de entonces, eran los neo-liberales de ahora. La misma raza maldita del sometimiento y del vasallaje. Absolutamente los mismos cipayos al servicio entonces de Inglaterra, hoy de los Estados Unidos y mañana de cualquier extranjero.
Mario Roberto Santucho viene, en la Argentina, desde ese mismo interior. Donde entre el pueblo, al lado de la historia oficial que se enseña en los manuales escolares, vive en la memoria popular la otra historia, la que oficialmente no se reconoce nunca. La que es tabú, herejía y está proscripta. El indigenismo es parte de ese caudal y a él estuvo ligado Santucho en sus primeros años. Pero también el radicalismo. Cualquier análisis del origen político familiar de los principales jefes y responsables de lo que después será el PRT-ERP lo muestra.
¿Y lo moderno, lo que produce la sociedad industrial? –También está presente en el pensamiento socialista del cual el trotsquismo es una parte. Pero atención: el trotsquismo de la lucha y de la resistencia, no el trotsquismo del aparatismo, de la paja teórica y de los caudillejos y maniobreros con pretensiones de Gran Bonete. El del "vasco" Bengochea, el de Luis Pujal, el de Pedro Bonet, el de Lionel MacDonald, el de Clarisa Lea Place, el de Eduardo Raul Merbilhaá, porque en el Río de la Plata no somos tantos que no nos conozcamos bien. Ni las palabras de homenaje nos brotan de las circunstancias. Son más bien gritos que nos vienen del corazón (el "soronca" como decimos los orientales).
Santucho, por méritos propios, fue el artífice principal de aquella organización política. Y en los meses previos a su muerte, la figura más importante entre los jefes revolucionarios argentinos.
¿Como medir, la vocación revolucionaria que sembraba entre los militantes de su organización? -No la medirán nunca las palabras –ni las nuestras ni las de otros- las mide el enemigo. Para los militantes del PRT-ERP había solamente exterminio. El enemigo sabía perfectamente bien que eran completamente irrecuperables, que habían atado su vida completamente a la revolución socialista en la Argentina. Era el mayor compromiso de todos aquellos: los que murieron y los que -por azar- salvaron sus vidas.
Mucho más habría para decir de este precursor, de este combatiente, de este jefe destacado. Está el tema de la unidad con las otras corrientes del movimiento popular, la creación de la JCR, los militantes chilenos y uruguayos que cayeron en la Compañía del Monte, el tema del paralelo con Raul Sendic. Inclusive el tema de la desviación militarista final, que en más de un aspecto es paradójico y que exige un análisis.
Terminemos sin embargo estas notas recordatorias con las palabras de un adversario, del general Fausto González, publicadas en el libro de María Seoane "Todo o nada".
"Santucho era uno de los enemigos más notorios, más representativos, más tenaces. En cómo terminó esa historia se pueden ver otros elementos: los dirigentes montoneros en su mayoría escaparon del país. Los del ERP murieron combatiendo. Esto, marca dos filosofías diferentes: en cuanto Montoneros ve que ha fracasado su intento busca una salida hacia el exterior. Hay gente del ERP que también salió del país, pero Santucho muere acá, en su ley. Su obsesión no le permitía ver que todo estaba perdido. Eso sí, era un producto de esta sociedad. Virtuosos o equivocados, todos ellos fueron un producto de la Argentina, como Rosas, Urquiza, Sarmiento. A la larga, dentro de muchos años, Santucho será entendido como un producto del país como lo fue Alejandro Lanusse. A lo mejor, fue mucho más representativo de la sociedad argentina Santucho que el Che Guevara. Más aferrado a su tierra, aunque estaba equivocado, dados los problemas del país, y por la situación internacional, Santucho buscó la salida de la revolución. Entonces despreció la democracia (¡?) fue antisistema. Veo improbable –porque estaba menos contagiado por el poder económico que Firmenich- que Santucho hubiera aceptado un indulto. Era más militar en ese sentido, tenía que morir peleando. Era como un héroe de la tragedia griega. Curioso, porque a pesar de estar el ERP en contra de los fascistas, su acción también derivó en un viva la muerte. Y a partir de 1974 comenzó una lucha a muerte de ambos lados. La salida política estuvo ausente y triunfó la lógica de la violencia y perdió la Nación porque desangra a una generación y a las FF.AA. La muerte de Santucho fue sólo un acontecimiento porque existía el convencimiento de que él era sólo la cabeza de un núcleo que iba a seguir accionando Y justamente uno de los errores de las FF.AA. en esta guerra, que fue fundamentalmente política, por el poder, fue quedarse con la derrota militar de un sector y no establecer un pacto político con las otras fuerzas de la sociedad. Por eso las consecuencias posteriores. Y el momento de sentarse con todas las fuerzas políticas para discutir qué hacer con la Nación fue 1974, pero no se hizo. En 1976 ya fue tarde"
Son palabras del enemigo –con todo lo que esto conlleva- pero también Mitre escribió sobre su contemporáneo Artigas, su particular enemigo, palabras que –palabra más, concepto menos- han soportado la prueba del tiempo.
El resto, lo que falta, el verdadero homenaje, lo escribirá la gente trabajadora argentina, cuando derrote definitivamente a los parásitos que la explotan.

Santucho y la Determinación

Argentina.- Uno de los rasgos políticos más originales de Mario Roberto Santucho fue su persistencia en la necesidad del Partido obrero como instrumento indispensable para una política de poder revolucionario inscrita en la certeza de vivir la época del tránsito del capitalismo hacia el socialismo.
Lo notable de Santucho, en este aspecto, consistía en que, siendo impulsor de las líneas más radicalizadas de las concepciones político-militares de los años sesenta, el más auténtico seguidor y recreador de Guevara, discrepara sustancialmente con los elementos que distinguían el llamado «foquismo». Estos eran, en trazos gruesos: Poner la fuerza militar como rectora del proceso; la formación de «columnas» guerrilleras, surgidas de la inspiración de la experiencia cubana; el mando único en base al «Comandante» y los «cuerpos de comandantes» a quienes se subordinaba el «movimiento político» ; la búsqueda de apoyo social fundamental en el campesinado o, en el caso de las regiones urbanas, el los sectores más excluidos , los cuales por lo general consistían en éxodo campesino hacia la ciudad no incorporado al proceso industrial y la baja clase media pauperizada.
Para Santucho, en cambio, el Partido de la clase obrera, como órgano colectivo dirigente de la revolución, debía ser el mando supremo de la fuerza militar. Y esto tenía una profundidad y consecuencias mayores que las sospechadas a simple vista, pues el objetivo de Santucho no era el partido en sí, sino éste como medio de formación del sujeto. Es decir, para el jefe del PRT-ERP, el problema del sujeto era el problema fundamental de la revolución.
Esto tenía que ver, además, con la interpretación de Santucho acerca de los «desgeneramientos» de los procesos revolucionarios que conformaron el llamado socialismo real y la frustración de los movimientos «nacionales y populares» cuyos objetivos fueron a la postre «traicionados». En el primer caso la burocratización que desnaturalizaba el socialismo y en el segundo caso la subordinación a la burguesía.
Frente a estos hechos, recorría Latinoamérica una tendencia bastante extendida que intentaba poner como «antídoto» la base campesina, la cual por provenir «de la tierra» no estaría corrompida por la ciudad como la clase obrera. A su vez, el ejercicio de la lucha armada actuaria, no solo como «engendrador de conciencia», sino hasta como «purificador» de la corrupción política. Era muy fuerte la ingenua idea que la lucha armada impedía la burocratización.
Sin embargo, para Santucho - o quizas hoy podríamos decir la apuesta de Santucho - consistía que la clase obrera por expresar la contradicción antagónica con el capitalismo, por no tener «nada que perder, salvo sus cadenas», por su papel en la producción, por su destino histórico, por su capacidad de organización y disciplina; era la única garantía objetiva contra esas desviaciones. Pero la "objetividad" de dicha garantía contenía al mismo tiempo una tendencia hacia la consolidación del sistema capitalista (pacto social) en tanto y cuanto no adquiriera el carácter de sujeto autónomo.
Hasta aquí solo se trataba del abc del marxismo de los cursos de Politzer, que nos deja un seco determinismo «objetivista», el llamado «determinismo histórico», muy cerca de las posiciones de los partidos comunistas de pos guerra y no tan lejos del ala izquierda de las socialdemocracia.
Por eso es que Santucho avanza en Lenin, lo profundiza y trata de zafar del determinismo para encontrar en el jefe bolchevique aquello que, tanto él como muchos de nosotros sosteníamos, fue su rasgo más original, con el cual se identifica el Che a pesar de las evidentes diferencias de tiempos, espacios y estilo.
Se trata de la determinación, así como sustantivo, llamado a veces «‘determinismo subjetivo» o «determinismo de la voluntad», el cual, dicho sea de paso, fue reflotado por el «guevarismo tardío» de la década del ochenta bajo la expresión «factor subjetivo», pero sin lograr aprehenderlo porque para ello se necesitaban dos cosas: erradicar el determinismo histórico y asumir la determinación de Santucho como paradigma de la radicalización política de la generación del setenta. (De ahí el fracaso del 16 Congreso del PCA y otros intentos de recomponer la izquierda revolucionaria en los años del alfonsinismo: falto determinación.)
El determinismo histórico originado en el iluminismo de la burguesía del siglo XIX, junto con el mito del progreso y la absolutización del saber científico, fue un lastre que arrastro el marxismo prácticamente hasta la década del ochenta. Suponía que la historia de la humanidad era un camino de espiral ascendente desde alfa a beta y en donde siempre el futuro seria mejor que el pasado.
Ciertamente todos compartíamos este mito teórico aparentemente confirmado por los rotundos éxitos de la revolución en el mundo, sin percatarnos que el hecho de que esas revoluciones se produjeran sistemáticamente en los países «atrasados» (atrasados desde el punto de vista de la teoría del progreso) no era solo que «la cadena se rompía por el eslabón más débil» sino que estaba cuestionando precisamente ese determinismo.
Sin embargo, la paradoja de este siglo fue que la praxis de los revolucionarios se llevo a cabo a pesar de la aceptación teórica del determinismo histórico y la teoría del progreso. Dicho de otra manera, los hechos demostraron que entre condiciones objetivas y condiciones subjetivas, las revoluciones o los actos revolucionarios, triunfantes o no, se produjeron fundamentalmente por las condiciones subjetivas y que las revoluciones,tanto en su estallido como consecuencias, sorprendieron a los revolucionarios.
Desde luego, no los «sorprendieron», tomando café en los locales partidarios, sino precisamente dedicados a la revolución. Fueron sorprendidos por su propia obra.
Se puede observar, y sobre todo hoy día después de tantas experiencias, que estas concepciones se deslizan por muy delicados equilibrios,ya que fácilmente se cae en el idealismo filosófico y el tan condenado voluntarismo. Sin embargo, la declinación actual del determinismo histórico como pretensión de prever el futuro, ha dejado claro que el papel de los hombres y mujeres en la historia no consiste en accionar con el conocimiento de un camino hacia un destino existente objetivamente y por tanto previsibles por el análisis lógico racional (determinismo) sino por la actitud teórica y practica de actuar con convicción ante las aporias e incertidumbres sobre medios y fines a crear.
Prosiguiendo con Santucho podemos observar, más en su conducta que en su discurso , que ese cuerpo de ideas «deterministas objetivas» que conformaban la teoría y ese «determinismo subjetivo», se materializaban en un instrumento colectivo llamado Partido cuya finalidad principal no consistía tanto en ser el «estado mayor» de la clase obrera, como la transformación de esta de objeto en sujeto. Insisto: el objetivo de Santucho no era el partido como fin, sino el instrumento de la expresión de la determinación subjetiva de la clase obrera.
Siempre en esta lógica, los intelectuales aportarían efectivamente la «teoría», la cual consiste en saberes (saber no es sinónimo de pensar) de la praxis histórica elaborando categorías conceptuales como «guía para la acción», pero los obreros aportarían, además de la consabida «practica objetiva» (permítaseme esta irónica redundancia) fundamentalmente la subjetividad en forma de nueva praxis política. La confluencia de estos dos elementos conformarían el militante, el cual, dentro del partido «pierde» su identidad como obrero o intelectual para una mutua elevación y nueva identidad como sujetos revolucionarios: El «hombre nuevo» en autoformación colectiva. Esta «perdida» es a la vez condición indispensable para el paso a hombres libres, pues la primera condición de libertad es la eliminación del divorcio entre el trabajo intelectual y el manual. Solo de esta reconciliación puede salir el pensamiento,la accionó, la vida integral. Es verdad que esto ultimo no solo no fue entendido y explicado así, ni siquiera por el propio Santucho, y por el contrario, frecuentemente aparecía como un ingenuo obrerismo o un irritante y estrecho antiintelectualismo que despilfarraba enormes recursos mandando a escritores o artistas a repartir volantes o pintar paredes. Sin embargo, contradictoriamente, se desprende en forma elocuente de la persistencia de Santucho en la formación del militante multilateral (todos estábamos obligados a pensar en toda la problemática de la revolución aun cumpliendo tareas más o menos especializadas) sus enojos cuando alguien pretendiera lavarse las manos porque tal asunto «no era su mesa» y su insistencia en «llenar de obreros» los órganos dirigentes del partido, para que impregnaran a los mismos con los «puntos de vista de clase». Asimismo en su negación a que los intelectuales elaboraran desde gabinetes estancos donde se reproduce el saber pero se burocratiza el pensamiento.
Sin embargo en esta necesaria «perdida» puede estar una de las pistas esenciales para la recreación del pensamiento emancipador. Porque de algún modo el militante pasaba a ser un hombre libre en la medida que dejara de ser obrero (independientemente si continuaba trabajando en la fabrica o no) pero la clase no se emancipaba porque la supuesta praxis política pasaba por otro lado. En rigor, en tanto clase asalariada, en tanto vigencia de la ley del valor, la praxis política pasaba por el mejoramiento máximo de sus condiciones dentro de la sociedad capitalista o del «capitalismo de estado» de aquel llamado socialismo real. Esta distancia, es decir, este espacio de libertad entre el obrero-intelectual militante y los demás, explica en parte porque que el PRT poseía una notable capacidad para «extraer» obreros de las fabricas y una enorme impotencia para «llevar» el Partido a las mismas.
En consecuencia, y como se vio claramente en 1973, el PRT no tuvo «política» para aquel giro de los acontecimientos nacionales. Y en el fondo no podía tenerla. No podía tener otra política que no fuera la que tenía. Esta era: el cambio radical de la sociedad. Otra política, cualquiera fuera y por «justa» que fuere significaba un retroceso en el carácter de sujeto autónomo de la clase obrera.(Sin dudas aun que dentro de esa política hubo errores muy serios, pero es otro tema)
Esta es la gran contradicción que Santucho y el PRT no pudimos resolver (y que nadie pudo resolver ) y en la que se encuadra toda la problemática del marxismo revolucionario desde la Comuna de París hasta nuestros días.
Sin embargo, la experiencia del PRT de Santucho, no solo es insoslayable, sino que, en su pequeñez y corto tiempo, se concentro uno de los nudos esenciales a desatar para recomponer un pensamiento transformador. Pero no en el terreno de la estrategias y métodos de lucha, las cuales son circunstanciales, sino en el ámbito perenne del sujeto autónomo. Santucho no invento el Partido, ni la teoría del poder, ni la estrategia de lucha armada. Santucho impulso un estilo (la determinación) en la prosecución de esos objetivos que implicaron un enriquecimiento en relación con el sujeto. Y este es el problema de hoy cuando se habla de «una nueva forma de hacer política».
En efecto, Santucho usaba el vocablo «determinación» no solo en su segunda acepción semántica (osadía, audacia) sino principalmente en su versión filosófica sartriana del acto de voluntad. La determinación, para Santucho era el acto de tomar partido: la decisión. No recuerdo que este concepto haya sido desarrollado en forma explícita en los materiales del PRT_ERP, pero fue muy discutido en la sesiones del Buro Político en las coyunturas decisivas (a juicio del PRT_ERP) entre 1973 y 1976.
El concepto es bien conocido en el arte militar. Todo buen general, sabe que, una vez desarrollada la estrategia y la táctica, el destino de la batalla lo define la determinación, formidable energía de la subjetividad, multiplicadora de los recursos materiales.
Por eso para Santucho lo esencial del partido no era su organización en el sentido «administrativo» del termino, sino su capacidad de determinación que debía expresar la determinación atribuida a la clase obrera en los momentos decisivos.
Pero lo notable y lo vigente, es que este concepto en Santucho no era una simple idea, sino que él era la determinación en persona o la personalización de la determinación. La determinación = deliberación - determinación - ejecución lo atravesaba como una pasión. Por eso, convencido que en la Argentina estaba planteada la cuestión del poder, construyó un partido desde el «tronco carcomido de Palabra Obrera», seleccionando no a los de más «labia» o los más sabedores ni a los más capaces de trazar estrategias, balancear correlaciones de fuerzas, condiciones objetivas y subjetivas y todo tipo de categorizaciones de la teoría, incluso de la experiencia, sino a aquellos en los cuales veía marcada la determinación. Y desde luego, no existe un «determinómetro» para medir este rasgo subjetivo, por lo tanto el margen de error es grande como grande es la apuesta a la revolución.
He tratado de sintetizar en pocas líneas lo que, como puede percibirse, no eran simples acciones, actos de heroísmo, geniales visiones, pueriles ultradas o mezquinos sectarismos, sino estructuras lógicas sólidas que apuntaban a problemas muy profundos del devenir social. Hoy aquellas estrategias de poder y sus instrumentos, los cuales se habían deducido de la visión determinista de la historia y de la seguridad de un progreso garantizado por la supuesta: ley objetiva y evidente producto paradigmático de la civilización industrial, pueden cuestionarse,deben cuestionarse, y enfrentar el desafío del presente pos - industrial con sus aporias e incertidumbres.Pero hacerlo desde la base del rescate de la profunda determinación subversiva frente a la excusa de los «fatalismos», sean estos históricos o geográficos. Porque las estrategias, las tácticas, y los métodos cambian con los cambios de la realidad, pero la accionó subjetiva, el sujeto, ese gran «descubrimiento» supuestamente «objetivo» de la Modernidad, había existido con Espartaco, hubo existido con los Macabeos, existía con Cuauthemoc, existió con el Che, ha existido con Santucho y los setentistas, existe, existirá y habrá de existir en la rebeldía, no como «ley objetiva», como clase predeterminada por la historia, sino como determinación.

Reportaje a Arnold Kramer

REPORTAJE A UN EX DIRIGENTE DEL PRT-ERP. El diario Clarin publico el domingo 7 un reportaje a Arnold Kremer, ex dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores y comandante de su brazo militar, el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP). Kremer (tambien conocido como Luis Mattini), un obrero metalurgico nacido en Zarate en 1941, es el unico sobreviviente del buró politico del PRT-ERP.

En 1976, luego de las muertes de Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga y del secuestro de Domingo Menna, asume la conduccion del PRT-ERP hasta que se distancia del ala militarista dirigida por Enrique Gorriaran Merlo y en 1979 disuelve al ERP. En 1980 se exilio en Suecia y renuncio al PRT.

Reproducimos en su totalidad el reportaje realizado por la periodista Maria Seoane a Arnold Kremer:

Clarin: ¿Cual es hoy su autocritíca?

Kremer: A la luz de la historia, creo que el uso de la violencia como método de acción política fue una tragedia. No hay nada que repare el dolor de las victimas de aquellos enfrentamientos. Y hablo tanto de los civiles armados, desarmados y de los militares. Solo la justicia y el conocimiento de la verdad pueden traer paz.

C: ¿Por que sucedió la violencia?

K: Al ERP lo integró una generacion que nació en un pais que, a partir del golpe del 55 contra Juan Peron, militarizó la politica en todos sus niveles.
Fuimos hijos de la violencia del Estado contra la Constitucion y contra los partidos politicos.

C: ¿Todos los argentinos fuimos de alguna manera culpables?

K: No. La guerrilla tuvo una responsabilidad en los atentados, que pagó con la derrota y el asesinato de sus miembros. Pero el Estado terrorista inaugurado en 1976 tiene la mayor responsabilidad,porque el Estado que protege a la sociedad de las cavernas, nos llevo a la caverna.

C: ¿Por que el ERP continuó combatiendo contra los gobiernos constitucionales como los de Hector Campora e Isabel Peron?

K: Cierto. La mayoría de la gente que luchaba contra las dictaduras de Onganía y Lanusse siguió en las fábricas y universidades un camino de oposición pacífica, con distintos grados de violencia. Pero cuando los trabajadores avanzaban en sus conquistas, intervenían los militares para garantizar los intereses de las grandes empresas. Entonces la emprendimos contra las Fuerzas Armadas y fuimos militaristas. Y sobre todo cometimos el error fatal que nos llevó a la derrota politica: no dejar las armas en gobiernos constitucionales.

C: Kremer, ¿usted mató?

K: Sí, en combate. Le aclaro que no nos gustaba matar. La violencia para nosotros, los civiles armados, era una fatalidad, algo inevitable pero indeseado.

C: ¿Y esas muertes no eran asesinatos?

K: Sin las razones políticas de esos años cualquier muerte es sin duda un asesinato.

C: ¿Qué le parecio la autocrítica del general Balza?

K: Es positiva. Ocurrió porque se rompió el pacto de silencio de los militares. El general Balza tomò el toro por las astas e hizo un acto de alta política, y decidió abrir el debate: pero también con la intención de cerrarlo.

C: ¿Qué le pareció la autocrítica de Mario Firmenich?

K: Comparto lo que dijo en líneas generales. No me parece bien, por razones electorales, que el debate se restrinja a los ex guerrilleros y a los militares. Es la dirigencia politica la que deberia tomarlo en sus manos, porque afecto el pasado y afecta el presente y el futuro de los argentinos saber por que en este pais la violencia politica fue un flagelo.

C: ¿De qué querría pedir perdón? ¿De qué siente verguenza?

K: Luego que en un intento de copamiento de un regimiento en Catamarca, en 1974, el Ejercito fusiló a 17 de los guerrilleros del ERP detenidos. En un impulso del mas puro terrorismo, decidimos matar indiscriminadamente, en represalia, a oficiales militares. Entonces ocurrió una tragedia: cuando un comando del ERP atentó contra el capitán Humberto Viola, en Tucumán, y mató a su pequeña hija. En ese momento pensamos que no nos alcanzaría toda la vida politica para reparar esa muerte. Suspendimos las represalias, pero aun hoy siento vergüenza y dolor.

C: ¿Usted volvería a empuñar las armas para combatir por sus ideas?

K: No.

FUENTE:
Santucho
Guerrilla
erp

3 comentarios - Mario Roberto Santucho y el erp (III)

@tata_martino +1
es mentira eso que dicen que "Santucho murió en su ley acá", si le encontraron el pasaje a Cuba, se iba como el resto de las ratas terroristas que asolaron este país por esos años.
@TUPAPAUS +1
HOY ESTAN LOS PICHONES DE ESTE HIJO DE PUTA ,QUE TENDRAN EL MISMO DESTINO¡¡¡¡¡