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Masacre de Trelew (I)

Masacre de Trelew (I)

El 15 de agosto de 1972, en la postrimería del gobierno dictatorial del General Alejandro Agustín Lanusse, veinticinco presos políticos pertenecientes al PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo); las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y Montoneros, se fugaron del penal de Rawson en la provincia de Chubut. Seis de ellos lograron llegar al Chile de Salvador Allende. Diecinueve no alcanzaron a subir al avión. Se entregaron luego de acordar públicamente garantías para su integridad física. El 22 de agosto los diecinueve prisioneros fueron fusilados a mansalva con ráfagas de ametralladoras en la base naval Almirante Zar. Como antes había sucedido en la masacre de José León Suárez, algunos sobrevivieron para contar la historia, para mantener viva la memoria, para no olvidar, ni perdonar.

Los héroes de Trelew

Carlos Alberto Astudillo (FAR). Nació en Santiago del Estero en el 17 de agosto de 1944 (28 años), estudiante de medicina en la Universidad de Córdoba. Detenido el 29 de diciembre de 1970 y brutalmente torturado.

Rubén Pedro Bonet (PRT-ERP). Nació en Buenos Aires el 1 de febrero de 1942 (30 años), casado y padre de dos chicos, Hernán y Mariana, de 4 y 5 años. Perteneciente a una familia muy modesta abandonó sus estudios para ingresar como obrero en Sudamtex y Nestlé. Detenido en febrero de 1971.

Eduardo Adolfo Capello (PRT-ERP). Nació en Buenos Aires el 3 de mayo de 1948 (24 años), estudiante de ciencias económicas y empleado. Detenido cuando intentaba expropiar un auto en febrero de 1971.

Mario Emilio Delfino (PRT-ERP). Nació en Rosario el 17 de septiembre de 1942 (29 años), casado. Estudió ingeniería en la Universidad de Santa Fe. Inició su militancia en Palabra Obrera, que confluiría en el PRT. Abandonó sus estudios universitarios para ingresar como obrero en el frigorífico Swift de Rosario, donde trabajó 5 años. Detenido el 14 de abril de 1970. El V congreso del PRT lo eligió miembro del Comité Central en ausencia.

Alberto Carlos del Rey (PRT-ERP). Nació en Rosario el 22 de febrero de 1949 (23 años), estudió ingeniería química en la Universidad de Rosario, donde se integró al PRT. Participó del congreso fundacional del ERP. Detenido el 27 de abril de 1971.

Alfredo Elías Kohon (FAR): Nació en Entre Ríos el 22 de marzo de 1945 (27 años), estudiaba ingeniería en la Universidad de Córdoba y trabajaba en una fábrica metalúrgica. Formó parte de los comandos Santiago Pampillón y fue fundador de las FAR local. Detenido el 29 de diciembre de 1970.

Clarisa Rosa Lea Place (PRT-ERP). Nació en Tucumán el 23 de diciembre de 1948 (23 años), estudió derecho en la Universidad de Tucumán, donde se integró al PRT. Participó del congreso fundacional del ERP. Detenida en diciembre de 1970 durante un control de rutina.

Susana Graciela Lesgart de Yofre (MONTONEROS). Nació en Córdoba el 13 de octubre de 1949 (22 años), maestra. Se radicó en Tucumán donde enseñaba y compartía la vida con los trabajadores cañeros. Fue una de las fundadoras de Montoneros en Córdoba. Detenida en diciembre de 1971.

José Ricardo Mena (PRT-ERP). Nació el 28 de marzo de 1951 en Tucumán (21 años), obrero azucarero. Integró los primeras grupos del PRT en Tucumán. Detenido tras la expropiación a un banco, en noviembre de 1970.

Miguel Ángel Polti (PRT-ERP). Nació en Córdoba el 11 de julio de 1951 (21 años), estudió ingeniería química en la Universidad de Córdoba, era hermano de José Polti, muerto en abril de 1971. Detenido en Córdoba, en julio de 1971.

Mariano Pujadas (MONTONEROS). Nació en Barcelona el 14 de junio de 1948 (24 años), fue fundador y dirigente de Montoneros en Córdoba. Participó en la toma de La Calera. Estaba a punto de terminar la carrera de ingeniero agrónomo cuando fue detenido en una redada, en junio de 1971.

María Angélica Sabelli (FAR). Nació en Buenos Aires el 12 de enero de 1949 (23 años), conoció a Carlos Olmedo cuando estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires. Cursaba matemática en la facultad de ciencias exactas, trabajaba como empleada y como profesora de matemática y latín. Detenida en febrero de 1972 y salvajemente torturada.

Ana María Villareal de Santucho (PRT-ERP). Nació en 9 de octubre de 1935 (36 años), era compañera de Mario Roberto Santucho y madre de tres chicos. Licenciada en artes plásticas por la Universidad de Tucumán. Junto a Santucho empezó a militar en el FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano y Popular) que luego confluyó en el PRT. Detenida en un control de rutina en un colectivo.

Humberto Segundo Suarez (PRT-ERP). Nació en Tucumán el 1 de abril de 1947 (25 años), de origen rural, fue cañero, obrero de la construcción y oficial panadero. Detenido en marzo de 1971.


Humberto Adrián Toschi (PRT-ERP). Nació en 1 de abril de 1947 en Córdoba (25 años), trabajaba en una empresa familiar hasta que eligió ser obrero. Detenido, junto con Santucho y Gorriarán Merlo, en una redada el 30 de agosto de 1971.

Jorge Alejandro Ulla (PRT-ERP). Nació en Santa Fe el 23 de diciembre de 1944 (27 años), maestro; abandonó sus estudios para trabajar como obrero en una fábrica metalúrgica. Participó del congreso fundacional del ERP y en la primera operación armada. Detenido junto con Humberto Toschi en Córdoba, en agosto de 1971.


Los sobrevivientes:

Maria Antonia Berger (MONTONEROS). Licenciada en sociología, había sido detenida el 3 de noviembre de 1971. Herida por una ráfaga de metralla logró introducirse en su celda, donde recibió un tiro de pistola; fue la última en ser trasladada a la enfermería. En la fecha de la masacre tenía 30 años. Secuestrada a mediados de 1979.

Alberto Miguel Camps (FAR). Estudiante, había sido detenido el 29 de diciembre de 1970. Eludió la metralla arrojándose dentro de su propia celda, donde fue baleado. En la fecha de la masacre tenía 24 años. Su cuerpo, enterrado como NN en el cementerio de Lomas de Zamora, fue identificado en el año 2000.

Ricardo René Haidar (MONTONEROS). Ingeniero químico, había sido detenido el 22 de febrero de 1972. Evadió las ráfagas de ametralladoras introduciéndose en su celda, donde fue herido. En la fecha de la masacre tenía 28 años. Secuestrado el 18 de diciembre de 1982.

Salvaron sus vidas porque los fusiladores los creyeron muertos. Los tres están desaparecidos.

Seis presos lograron fugar el 15 de agosto, llegar a Chile y luego a Cuba:

Roberto Quieto. Secuestrado el 28 de diciembre de 1975. Desaparecido

Marcos Osatinsky. Detenido en Córdoba, en la Jefatura de Policía se le aplicó la "ley de fugas" y fue asesinado el 21 de agosto de 1975. Su cadáver fue dinamitado.

Domingo Mena, desaparecido el 19 de julio de 1976

Mario Roberto Santucho, desaparecido el 19 de julio de 1976

Enrique Gorriarán Merlo. Sobrevivió. Fue secuestrado en México en octubre de 1995 y trasladado a Argentina. Procesado y condenado por los hechos de La Tablada permaneció 8 años preso. Fue indultado por el presidente Duhalde en 2003. Falleció de un paro cardiorrespiratorio en Buenos Aires, el 22 de septiembre de 2006, a los 64 años.

Fernando Vaca Narvaja. Sobreviviente.

Los militantes que participaron en el secuestro del avión:


Carlos "Tomás" Goldemberg. Secuestrado en agosto de 1976. Desaparecido.

Anna Wiessen. Desaparecida en 1979

Víctor Fernández Palmeiro. Murió luego de participar en el operativo de ejecución del almirante Hermes Quijada, portavoz de la versión oficial de la dictadura de Lanusse sobre la masacre. La lápida que había en su tumba fue hallada recientemente en las excavaciones que se están realizando para sacar a la superficie las instalaciones del campo de concentración Club Atlético, que funcionó en Paseo Colón y Cochabamba, durante la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976.

Por otro lado Francisco "Paco" Urondo entrevistó a los tres sobrevivientes de la masacre en la cárcel de Devoto, donde los cuatro estaban detenidos, la noche del 24 de mayo de 1973. Franciso Urondo murió enfrentando a la dictadura militar en Mendoza, en julio de 1976.

Represalias sufridas por los familiares de algunos de los asesinados en la Base Almirante Zar:

Los padres y dos hermanos de Mariano Pujadas fueron secuestrados y asesinados el 14 de agosto de 1975 en Córdoba, por el Comando Libertadores de América, integrado por militares del Tercer Cuerpo de Ejército.

El 25 de abril de 1976 fueron secuestrados Rogelio y María Amelia Lesgart (hermanos de Susana Lesgart). El padre de ambos, Rogelio, también fue secuestrado y liberado pocos días después.

Arturo Lea Place, padre de clarisa, y su hermano Luis, fueron asesinados el 22/08/76.

Hugo Vaca Narvaja, padre de Fernando Vaca Narvaja, fue decapitado y su cabeza apareció en una bolsa de nylon. Miguel Hugo Vaca Narvaja (h) fue asesinado en un fraguado intento de fuga de la Unidad Penitenciaria Nº 1, el 12 de agosto de 1976.

Destino de algunos de los abogados de los presos políticos del penal de Rawson que llevaron adelante las acciones judiciales luego de la masacre:

Rodolfo Ortega Peña, asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) el 31 de julio de 1974.

Mario Amaya, asesinado por la dictadura.

Roberto Sinigaglia y Mario Hernández, desaparecidos.

En 2006 fue colocada una placa en el lugar de los hechos, que junto a los nombres de los 16 caídos dice: "Nunca más terrorismo de Estado. En este lugar el 22 de agosto de 1972 fueron asesinados 16 presos políticos y otros 3 heridos de gravedad. Por siempre respeto a la Constitución Nacional, verdad y justicia".

Tonada de abrazos, estrellas y pañuelos

Casi primavera en la Patagonia. Sol radiante, fresco, los arbolitos recién plantados se agitan en el viento suave, que apenas molesta, que se desplaza casi ignorado por los más de 500 compañeros de casi todo el país.

Las madres y las abuelas, como siempre: con sus pañuelos, con sus ojos húmedos y afectuosos, con su sonrisa, hoy, casi triunfante.

Me abrazo con Alicia Bonet, mientras ella ríe y llora y ambos susurramos: "¡Qué día!" y nos miramos cómplices, subversivamente implicados en otro pedacito de utopía. La busco a la mamá de Capelo y la encuentro. Me mira desde su pequeña altura, desde su alma inmensa, y su mirada sabia y dolorida de décadas sigue consolándome, hoy mucho más que otras veces. Hoy, ella también se ha despojado de un cacho de duelo, hoy ha plantado por su hijo un nuevo árbol, que en esta oportunidad no será robado.

Elisa, eléctrica, va de un lado a otro, preguntando, confirmando, dando indicaciones de lo que viene después. Desde su subsecretaría de Derechos Humanos provincial, este es en gran medida su logro. Pero desde su recuerdo, los 35 años de lucha no se cumplieron hoy, sino el día que asumió como obligación personal ser la "apoderada" de Mariano Pujadas. Elisa Martínez, a la que no le importó no ser peronista, ni estar en desacuerdo con la lucha armada. Los compañeros estaban presos. Los ciudadanos de Trelew y de Rawson tenían que ser solidarios. Así de simple. Así de claro.

Los abrazos se han multiplicado en la mañana que se acaba. Incontables, estrechos, furiosos de nostalgia, recuperando años de soledad, de desencuentros, ecos de discusiones lejanas que se subsumen en una bandera con las dos estrellas. Nadie cuenta las puntas. ¿Para qué? Como en ese 15 de agosto, hoy da lo mismo.

Ya ha pasado la "hora formal". Los discursos, concretos pero breves, dieron el marco necesario para institucionalizar el acto. Sin embargo, sospecho que fueron algunas palabras de ellos, algunas pequeñas frases, las que calaron más adentro en todos: "nunca será tarde para hacer justicia" dijo Das Neves. "Eran cinco bellos corazones" memorió Duhalde cuando surgieron a su frente los fantasmas vivos de las cinco compañeras.

Por supuesto que el aire olía a muerte en aquellos días de agosto del 72. Treinta y cinco años demoraron nuestras ropas –las de todos- para sacudir un poco de ese hedor maligno que nos acompañaba. Hedor que se fue disipando a medida que la tarde comenzaba, derrotado por el aroma de las rosas rojas, oscuras, q familiares, los amigos, los desconocidos, iban dejando caer, como al descuido, frente a las fotografías. Me abrazo con el hijo del Turco Haidar, con José. El Vasco se ríe a carcajadas y le dice: "si tu viejo te viera, te mata". Porque José es un chico de hoy. Se viste y se comporta como un chico de hoy. Y charlamos, Y descubrimos que piensa como nosotros. Y que también es un chico de ayer, y de mañana.

Entramos juntos, con Fernando y Celedonio. Ayer el Cele, sin darle importancia, nos refregó por la cara su estrellita federal. Una de aquellas. Ayer por la noche revolví placares y hoy por la mañana, solamente para joderlo al Cele, le di al Vasco una y me prendí otra para mi. (Pero debe ser cierto que dios castiga la malicia, porque la perdí ni bien llegamos).

El aeropuerto ya no es viejo. Pero es el mismo. Algunos preguntan: ¿las pintadas reproducen las que se fueron haciendo durante estos años? Les decimos que son las que se hicieron en estos años. Que no las hemos tocado. Por algún lado se oye un emocionado y suavecito: ¡mieerda!

"La memoria se construye cada día, luchando en el presente", y es por eso, también por esa pintada, que insistimos tanto en estos años. "Tiene que ser un Centro Cultural, no queremos un Museo". Ellos también insistieron. Pero el gobierno provincial decidió: Centro Cultural. Aquí estamos. "Ahora viene el desafío, Enrique, nosotros cumplimos" me dice Norberto. Es cierto. Ahora hay que hacerlo funcionar. Ahora hay que lograr que sus puertas abiertas las atraviese gente. La que no es compañera "de antes". La que no sabe, la que nació después, la que todavía tiene en su cabeza dos demonios, y no sólo uno. Los que continuarán en un camino que no empezamos nosotros, y que no podremos terminar. Hace muchos años, leyendo a Omar Khayyam, una de sus frases me golpeó: "eres una hebra en el tapiz del mundo".

¿Tan sólo una hebra? Si, pero ¡qué tapiz!

Hoy, aunque con parches, con muchas, demasiadas hebras faltantes, el tapiz de nuestra generación pudo visualizarse por algunos minutos, extendiéndose a través de kilómetros desde las barricadas del mayo francés y de las tonadas cordobesas, los montes cerrados de la Sierra Maestra, atravesando el "sertao" brasilero, compartiendo la gloria del compañero Salvador, y descansando suavemente sus flecos aquí, en el fin del mundo, en medio de la árida planicie patagónica. El milagro de un diseño inconcluso, pero inteligible, remendado pacientemente durante décadas por esos pañuelos blancos, por los viajes, las protestas, las manifestaciones, las lágrimas.

El predio va quedando vacío. El Vasco me ha pedido que esperemos, cuando la gente se vaya, cuando se apague la melodía de las voces, "para mirar". Quiere pararse, supongo, solo frente a la pista. Aquella en la que el "Gallego" Fernández Palmeiro le colocó un fierro en la cabeza porque creyó que era un militar que quería subir al avión tomado. "me salvó el Roby –cuenta Fernando- que venía atrás mío y tuvo tiempo de gritarle: `pará, Gallego, que es Vaca Narvaja´". Quiere llorar tranquilo, me imagino, aunque todos simularemos que los montoneros no lloramos. Mi turno llegará a la noche, cuando todos se hayan ido. Cuando mi encuentro con el hijo del querido "Negro" Quieto sea un recuerdo más, y una deuda menos. Será entonces, cuando queden sólo un par de amigos de aquí o de allí, y las últimas casi agotadas copas de vino. Salud. Hasta la victoria.

Una herida clavada en mi costado

En agosto de 1972, con mi socio profesional Rodolfo Ortega Peña, teníamos cerca de trescientas defensas jurídicas de presos políticos. No fue de extrañar entonces que lo de los 19 prisioneros que se entregaron a las autoridades en el aeropuerto de Trelew -tras haber fugado de la cárcel y no poder abordar el avión en que se alejaron sus restantes seis compañeros- fueran defendidos nuestros, en algunos casos, en patrocinio compartido con otros abogados.

Aquella madrugada en que nos anoticiamos por llamadas periodísticas de lo ocurrido en el atardecer y la noche anterior entre la Cárcel de Rawson y el aeropuerto, los primeros nombres conocidos nos indicaban que se trataba de varias de las personas cuyas defensas técnicas teníamos a nuestro cargo. No vacilamos en tratar de viajar a la cárcel de Rawson: fue imposible hacerlo en avión. El gobierno militar había bloqueado todas las plazas para el vuelo de ese día. Fue así como, a media mañana, iniciamos con Ortega Peña junto a otros abogados (Rodolfo Mattarollo, Carlos González Gartland, Miguel Radrizzani Goñi, Pedro Galín) un tenso viaje en dos automóviles, que de Bahía Blanca para abajo fue objeto de trabas en sucesivos controles policiales, tendientes a impedir o demorar nuestro arribo a destino.

Al llegar, comenzó una de las situaciones más dramáticas que me tocó vivir en mi larga e intensa vida profesional. Muy pocas veces sentí tanta impotencia y pude comprobar en tal grado el desamparo que trae aparejado la ausencia de respeto a ley y a las garantías individuales con que someten los gobiernos militares a los ciudadanos.

Desde la mañana del 17 de agosto, Rawson parecía, por un lado, una ciudad ocupada, las patrullas militares la controlaban, incluyendo hasta el comedor del Hotel Provincial. Pero, por otro, era un páramo sólo recorrido por los fuertes vientos invernales: los habitantes -sensatamente- sólo se dejaban ver lo indispensable. Una indescriptible sensación de muerte nos embargaba, era una crónica anunciada. íbamos de la cercanía de la cárcel a la zona próxima a la base Almirante Zar, donde tenían a los prisioneros, sin que en ningún lado nos permitieran acercarnos. Constantemente pedíamos entrevistar al juez de la Cámara Federal Jorge V. Quiroga, que había viajado desde Buenos Aires y que instruía el sumario, sin que accediera a recibirnos: hasta llegamos a presentarle escritos pasándolos por debajo de la puerta de su habitación del hotel, reclamándole seguridad para nuestros defendidos.

Todo era vano. Salíamos a la calle y éramos vigilados, mientras los despachos militares y judiciales continuaban herméticamente cerrados para nosotros. El clima era cada vez más lúgubre: advertíamos que estábamos jugando tiempo de descuento: a vida de los prisioneros corría cada hora más peligro y se nos escurría entre las manos. Ortega Peña, Mattarollo, González Gartland y yo fuimos detenidos junto al abogado de Trelew, Mario Amaya, asesinado luego por el golpe del 76, que no le perdonó su participación en la defensa de aquellos prisioneros. Se nos amenazó con fusilarnos, y tras un recurso de hábeas corpus presentado en Buenos Aires, fuimos liberados. Amaya continuó detenido. Intentamos entonces hacer una conferencia de prensa en el estudio de Romero, otro abogado de dicha ciudad. Un explosivo en su puerta, impidió hacerla.

Comprendimos que nada podíamos hacer allá. Nos embargaba el dolor, la impotencia, el sentirnos absolutamente inútiles frente a la negación de todo derecho. Lo único posible era volver de inmediato a la ciudad de Buenos Aires, a denunciar que el crimen avanzaba a pasos agigantados.

En la tarde del 22 de agosto, en la sede de la Asociación Gremial de Abogados, en nombre de los profesionales intervinientes, Rodolfo Ortega Peña, en conferencia de prensa, hizo pública denuncia de la situación y reclamó por la vida de los 19 prisioneros. Esa noche un artefacto explosivo estalló en dicho organismo.

Concomitante con aquella denuncia, en la base Almirante Zar la pedagogía criminal del terrorismo de Estado producía la masacre de Trelew. Una danza de horror, en el pasillo y las celdas, dejaba 16 cuerpos inertes y tres heridos graves. La sangre en las paredes, los restos de masa encefálica, las marcas de los centenares de balas disparadas contra las víctimas indefensas, mostraba en plenitud la furia homicida y ejemplificadora.

Masacraban a estos jóvenes militantes, pero apuntaban más que a sus corazones, a matar las utopías que anidaban en ellos, sus sueños transformadores y su pasión argentina: no se condenaba su metodología violenta; por lo contrario, aquel hacer de los marinos a cargo del capitán Sosa era un himno a la violencia más extrema (sólo la perversión hipócrita asesina sin piedad en nombre del derecho a la vida).

Tampoco fue el exceso de una guardia ebria. Esta había sido la mera ejecutora de una orden secreta y directa del presidente Lanusse y de los comandantes en jefe. Trataban de restablecer la autoridad de los militares, golpeada en su orgullo envanecido, ahogando en sangre a los que habían osado desafiarla.

Pero la vida de la Nación, que es mucho más rica que los lineales propósitos dictatoriales, hizo que Trelew fuera para el régimen de Lanusse lo que Malvinas para el gobierno de Galtieri. Un gran espasmo, un enorme escalofrío e indignación recorrió el cuerpo social. Un creciente sentimiento colectivo de repudio y espanto embargó al pueblo argentino. Ocho meses después, el 25 de mayo de 1973, esos militares debieron entregar el gobierno, aunque tres años más tarde volverían a asaltar el poder para producir el vasto genocidio.

En mi modesta historia personal, percibí en Trelew, tan palpable como nunca antes, la diferencia entre un estado de derecho y la barbarie autoritaria. En esa comunión con la tragedia sentí la reafirmación del compromiso con los derechos humanos y con la vida, que en medio de tanta impotencia y fracaso recibía como un mandato irrenunciable.

Palabras de un padre

A un año de la matanza, Manfredo Sabelli, padre de María Angélica, revivió su último encuentro con su hija en el texto emocionado que se transcríbe a continuación.

Llegué a Rawson el domingo 13, preocupado por las noticias de una epidemia de gripe en la cárcel, pero mi hija me tranquilizó apenas la vi. Ella también había caído enferma, y a pesar de que se la notaba débil y pálida, tenía un aspecto animoso. Sus compañeros médicos la habían tratado con vitaminas y antibióticos (me contó ella) y lo único que echaba de menos eran los mimos de esos días. Hablamos de nuestras cosas y nos divertimos en grande. Siempre sonreía, María Angélica, con la mirada despierta y la cara llena de luz.

No nos importó separarnos ese domingo, sentíamos que aún nos quedaban muchas horas juntos y esperábamos disfrutarlas sin pensar en la soledad de mañana. Desde algún tiempo atrás, el régimen de visitas al Penal primero se había extendido a cinco días por semana y luego reducido a cuatro, de 9 a 11.30 y de 14.30 a 16. Las horas pasaban volando y yo me preguntaba si habría una red para cazar las horas que se iban, como si fueran mariposas.

Siempre era lo mismo en Rawson: yo me alojaba en casa de unos parientes de buena voluntad y llenaba mis ratos vacíos hablando de María Angélica. El martes llegué al Penal a las 9 en punto. Al rato apareció ella en la capilla. Sonreía, me acuerdo.

Volvimos a hablar de su madre y de Chela, de mis máquinas de escribir y calcular. Yo le repetí las historias que ya le había contado.

Al despedirnos me dijo: -No vengas esta tarde, papá. Tengo una conferencia con las chicas delegadas. Amagué una protesta. ¿Te molestaría no venir, papá?, insistió ella. Yo le mentí que de ningún modo, que me daba lo mismo. Al fin de cuentas, nos quedaba todo el miércoles para vernos y todos los días del año para escribirnos cartas.

Me acuerdo bien de aquel 15 de agosto: hacía frío, con un poco de viento y el cielo estaba nublado. De lo que no me acuerdo es de si besé a María Angélica por última vez en la frente o en la mejilla.

FUENTE:
masacre
trelew

7 comentarios - Masacre de Trelew (I)

adddee
0 imagenes pero buena info
tomasito12
alexrex dijo:sos un cara rota, hablas de masacre y tenes una foto del che guevara? me das lastima y asco a la vez pedazo de mierda

cuanto resentimiento
SrMersault
Compa, borra todos estos comentarios. Aunque la masacre se dio el 22
Gloria a los mártires
Gontattoo
alexrex dijo:sos un cara rota, hablas de masacre y tenes una foto del che guevara? me das lastima y asco a la vez pedazo de mierda

es el che o el chaqueño palavecino???
Queremosunpaisenserio
augustosandino dijo:
SrMersault dijo:Compa, borra todos estos comentarios. Aunque la masacre se dio el 22
Gloria a los mártires

GLORIA A LOS MARTIRES DE TRELEW VIVA LA LUCHA ARMADA VIVA EL CHE VIVA SANTUCHO

¡VIVA! Para mañana ya tengo redactado mi post sobre los mártires.
Santucho vive!