Historia de las carreras de caballo

La ruta del caballo

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En nuestra corta historia como seres humanos, la mayoría del tiempo hemos utilizado al caballo como alimento. Aunque su velocidad no permitía al hombre prehistórico abatirlo fácilmente, una vez aprendido el valor de la caza en grupo y a través de emboscadas, las enormes manadas de caballos comenzaron a ceder. Afortunadamente para ellos, la evolución llevó al hombre a dejar su estado nómade para asentarse en tierras como agricultor y pastor, y la historia cambió drásticamente.

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El caballo comenzó a utilizarse como elemento de trabajo y se convirtió en una pieza clave en el desarrollo de la civilización. Durante todo el período comprendido por la Edad Antigua (surgimiento y desarrollo de las primeras civilizaciones) el caballo fue utilizado para la guerra y cualquier ejército que se precie de serlo debía contar entre sus filas con una gran cantidad de jinetes armados. Aunque el salto que hizo la diferencia en este campo fue la invención del estribo (idea nacida en la India por el siglo II a. C. y concretada en China cerca del año 300 de nuestra era): ahora el guerrero a caballo podía afirmarse en su corcel y disparar sus flechas al galope o arremeter con su lanza en ristre.

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Es obvio que con la llegada de los jinetes llegó la competencia, pero las primeras no fueron del tipo caballo contra caballo sino carros contras carros. Se han hallado evidencias de esta actividad en cerámicas micénicas (siglo XIV a. C.), pero la primera referencia escrita al respecto la encontramos en La Ilíada, durante los juegos fúnebres de Patroclo (uno de los héroes griegos de la guerra de Troya). La carrera (que consistió en una vuelta alrededor del tocón de un árbol) fue ganada por Diomedes, que recibió una esclava y un caldero como premio. Y si un “ida y vuelta hasta aquel árbol muerto” nos parece poco importante, qué tal ésto: la carrera de carros fue el acontecimiento que fundó los Juegos Olímpicos.

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La leyenda cuenta que Enómao, rey de Olimpia, cargaba sobre sus espaldas un terrible presagio: un oráculo le había dicho que moriría en manos de su yerno. Para evitar tal destino, tuvo una inspiradora idea. Como su hija estaba soltera y él era un experto conductor de carros, desafiaría a cada pretendiente a una carrera por la mano de su hija Hipodamía. Si el desafiante triunfaba, se casaría con su hija, pero si perdía la carrera, también perdería su vida. Hipodamía debe haber sido una mujer hermosísima porque treinta guerreros murieron tratando de vencer a su padre. Por eso cuando un pretendiente llamado Pélope fue a pedir la mano de Hipodamía y se preparó para competir, el miedo a perder hizo que pensara en algún plan alternativo para vencer en la contienda.

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Así fue que se acercó a la orilla del mar e invocó a su antiguo amante, Poseidón, dios del mar, de los caballos y de los terremotos y recordándole su amor, le pidió ayuda
(no, no me equivoqué: Poseidón estaba enamorado de Pélope).

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Esos recuerdos deben haber sido muy buenos, porque Poseidón le obsequió un carro tirado por caballos alados. Como si la ayuda de una deidad no fuera suficiente, Pélope reemplazó las pezoneras (piezas de hierro que en los carruajes atraviesan la punta del eje para que no se salga la rueda) con unas falsas fabricadas con cera de abeja. La carrera se realizó, triunfó Pélope y el pobre Enómao fue arrastrado por sus propios corceles hasta morir. Para conmemorar esta victoria, se instauraron los Juegos Olímpicos.

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Estas carreras se convirtieron en uno de los deportes más populares de Roma y toda la Antigua Grecia y solían ser tan peligrosas para los aurigas (conductores, generalmente esclavos) como para los propios caballos. Cada carrera era promesa de lesiones y muertes. Y aunque no hay registros históricos precisos, parece ser que la primera carrera formal de caballos montados por jinetes tuvo lugar en Grecia.

La ruta del caballo

Cuando los musulmanes conquistaron la península Ibérica en el siglo VIII, montaban caballos fuertes y veloces de un tipo de cría desconocido hasta entonces en Europa; también usaban estos caballos para tirar de vehículos y la fama de los corceles árabes se extendió en siglos posteriores por toda Europa.

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Al regresar los caballeros ingleses de las nefastas Cruzadas, algunos de ellos –los más afortunados- trajeron como souvenirs caballos árabes pura sangre. Estos sementales fueron apareados más adelante con caballos ingleses (que eran fuertes pero lentos) para criar caballos veloces y útiles para la guerra. Por más de cuatrocientos años, infinidad de sementales árabes fueron importados para la reproducción de caballos pura sangre de gran velocidad y resistencia. La competencia privada de dos caballos se convirtió en una diversión específicamente de la realeza.

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Precisamente las carreras de caballos se convirtieron en un deporte profesional durante el reinado de la Reina Ana I de Estuardo (la última soberana británica de la casa de los Estuardo, 1702-1714) y durante este período las competencias involucraban a varios caballos y los espectadores podían apostar a su favorito. En poco tiempo Inglaterra comenzó a abrir sus puertas a muchas pistas de caballos, donde se ofrecían premios más atractivos para atraer a los dueños de los mejores caballos. Esta práctica hizo que la crianza de caballos se convirtiera en un negocio de muchas ganancias. Con la rápida expansión del deporte nació la necesidad de crear una autoridad gubernamental que supervisara la actividad y en 1790 la sociedad que manejaba las competencias de caballos se reunió en Newmarket para fundar el Jockey Club, el cual hasta el día de hoy ejerce completo control sobre las carreras de caballos en Inglaterra.

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Y fueron los colonos ingleses quienes contribuyeron a la expansión de la crianza de caballos y carreras de caballos en el nuevo mundo. Una prueba de esto es el asentamiento de la primera pista de carreras en Long Island en los años de 1665. A pesar que las competencias de caballos como deporte se hizo popular como pasatiempo local, el desarrollo de competencias organizadas no llegó hasta después de la Guerra Civil, aproximadamente a principios de 1870.

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Con el crecimiento de una economía industrial, las carreras de caballos incrementaron explosivamente y para 1890, algo más de trescientas pistas estaban operando alrededor del país. En 1894 los dueños más prominentes de establos y pistas de carreras se reúnen en Nueva York para formalizar la creación del Club de Jockey Americano, el cual estaba basado en el estilo inglés que muy pronto regularía las competencias de caballos con mano dura y eliminaría (parte) de la corrupción.

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Al finalizar la Primera Guerra Mundial, la prosperidad reinante sumada a una buena publicidad basada en la difusión de hermosos caballos como el multicampeón “Man o’ War” llevaron a muchos espectadores a las pistas de carreras (y sabemos que es difícil que un espectador se quede en sólo eso). El deporte floreció hasta principios de la Segunda Guerra Mundial, pero luego la actividad como tal tuvo un declive en popularidad entre los años 1950 y 1960, seguido por un pico en los años de 1970 impulsado por un gran popularidad de excelentes caballos tales como: Secretaritat, Seattle Slew, y Affirmed, cada uno ganador de las tres carreras americanas más importantes conocidas como el Triple Crown.

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Hoy en día las carreras de caballos dominan también el ciberespacio, pero puede que esto sólo sea del agrado de los jugadores extremos. Los amantes de las carreras de caballos aseguran que nada puede reemplazar el espectáculo de los caballos y jinetes en vivo. Hay lugares en internet desde los que se pueden ver las carreras en directo o también la posibilidad de jugar con carreras de caballos virtuales, donde prometen más azar que los reales. Puede ser. Pero la adrenalina de presenciar un Carlos Pellegrini o un Derby de Kentucky difícilmente pueda ser emulada con un pobre devenir de unos y ceros, porque me parece que las carreras de caballos no se medirán nunca por sus apuestas, ya que para el amante de lo ecuestre, todo pasa por la sangre.

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Y ya que hablando de sangre, digamos que en lo que respecta al azar de este tipo de apuestas (y descartando el doping) nada se puede hacer para incentivar a un caballo. A lo sumo prometerle que esa será la última vez que un humano lo utilice para tratar de ganar algún dinero extra.


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Apostilla

Emile Honoré Daireaux (1843 – 1916) escritor, abogado, periodista franco-argentino y además activo propagandista e impulsor de la radicación de capitales franceses en la Argentina, escribió en 1886:

“Las carreras de caballos constituyen la pasión favorita del gaucho; pero para demostrar por completo que tales ejercicios no son para ellos más que una diversión, que es a la vez un medio de evidenciar el valor de los caballos, no presentan en las carreras más que caballos castrados, incapaces, por consecuencia, de transmitir sus cualidades, en el caso de que la selección y los inteligentes cuidados les hubieran hecho adquirir algunas.

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Los cuidados que el gaucho consagra a su caballo de carrera contrastan con el abandono absoluto en que deja a los restantes que no han merecido la misma calificación y que, por tanto, no se emplean más que en el servicio rutinario, que por otra parte no deja de ser interesante. Estos últimos, abandonados a sí mismos, se los saca del corral en el caso de que sea necesario utilizarlos durante el día, se les embrida y se les pone la silla desde por la mañana hasta la noche, y así expuestos al sol, a la lluvia o a la helada, sin recibir ningún alimento, esperan pacientemente que su dueño les exija tantas carreras y tan largas como le parezcan convenientes, sin consultar sus recursos ni sus fuerzas. Llegada la noche y el consiguiente regreso, volverán al mismo abandono, dejándoles que vayan a incorporarse a la tropilla a que pertenezcan y que busquen con qué matar el hambre y apagar la sed, en una pradera casi siempre escasa o en alguna corriente de agua o charco formado por las aguas detenidas.

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“En cuanto al caballo de carrera, el parejero, la cosa es diferente. Éste no come más que sus piensos a horas fijas, de alimento escogido y medido. Atado largo, se pasea todo el día alrededor de su estaca teniendo en la boca una especie de bozal que le impide pacer a su antojo, tiene su ración de maíz y de alfalfa seca, comprada especialmente para él, nunca recolectada por su dueño. El aficionado a parejeros es siempre un gaucho elegante, sin rentas, pero que vive holgadamente; da su panado a cuidar, según los casos lo vende para hacer sus apuestas o pagar sus pérdidas, lo que le da tono y aumenta su dignidad; como el trabajar no es cosa fina, no trabaja, ni siembra, ni recoge. Todo el día lo emplea en prodigar cuidados a su parejero. Él mismo le da de comer, y él mismo lo monta para que haga el conveniente ejercicio y esté bien preparado.

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El campo de carreras es aquel en que se reúnen algunos aficionados a apostar. El pulpero de la vecindad se encarga de trazarlo y de señalar el día de las carreras, atrayendo así la gente alrededor de su habitación; el negocio es para él. En el día señalado y en ese país desierto donde pueden contarse las casas que hay en toda la extensión del horizonte, en aquella inmensidad es donde se reúne numerosa concurrencia. En diez leguas a la redonda se abandonan los rebaños al cuidado de los chicos, y hombres y mujeres, todos a caballo, acuden allí, forman la valla y arriesgan, no sus economías porque esta palabra es allí desconocida, pero sí sus ganancias futuras en las apuestas, que siempre exceden a la fortuna de los que se aventuran a comprometerlas.

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Nunca hay más de dos caballos en línea, montados en pelo, por sus mismos dueños, la frente ceñida por una tela de colores; la longitud de la carrera pocas veces excede de mil metros, pero aun siendo tan corta, apasiona a los jugadores, siempre en proporción al interés particular que corresponde a su bolsillo.”


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Ahora si, se acabó.



Fuentes:
Goas Díaz, Ana (2006), Galopes.
Kidd, Jane. (2002) Guía completa para el cuidado del caballo
Konstam, Angus (2003). Historical Atlas of Ancient Greece
http://www.agrobit.com