Democracia en la vida cotidiana[informacion muy recomendada]

En este post quiero presentarles como es toda la vida en la democracia, quiero informarles que esta informacion las saque de una pagina web ya que tengo que hacer un tp de formacion etica del golpe de estado en la Argentina

Aqui va....

Gestión de condominios
y cultura ciudadana


Presentamos aquí algunas reflexiones sobre un trabajo
empezado en octubre de 1994 en el marco del
convenio celebrado entre la Universidad Autónoma
Metropolitana-Iztapalapa y la Fundación Rockefeller
sobre el estudio de la cultura urbana en la ciudad de
México. Se trata de una investigación de enfoque antropológico
sobre dos unidades habitacionales pequeñas
(con menos de cien familias), ubicadas respectivamente
en la colonias Roma y Ajusco de Coyoacán,
ambas en la ciudad de México. Para garantizar el anonimato
de sus habitantes los llamaremos aquí Condominio
Centro y Condominio Sur.
Aprovechando los elementos de comparación posibles
—las características comunes y las diferencias
de las dos unidades habitacionales—, la investigación
se proponía estudiar los rasgos de la sociabilidad vecinal
y las prácticas y representaciones de la vida condominal,
es decir todas aquellas cosas de la vida cotidiana
que tienen que ver con la administración de los
espacios y servicios comunes. Esto conlleva, por un
lado, algo que hemos llamado un “ejercicio democrático
a nivel microsocial” vinculado a los sucesos de la cotidianeidad
vecinal, sus habitus y costumbres y, por
el otro, una relación con las instituciones locales para
gestionar los principales servicios urbanos.1
El interés de estudiar las prácticas de gestión condominial
surge de otras experiencias de investigación
realizadas en Francia y en Italia sobre el tema (Althabe
et al., 1984; Giglia, 1995). En estos estudios se destaca
cómo el ámbito cotidiano de la sociabilidad vecinal adquiere
rasgos específicos en los conjuntos de vivienda
pública, y cómo el estudio de las prácticas (espontáneas
o casi espontáneas) de autogestión de los espacios
condominales es un campo importante para entender
la manera en que los habitantes conciben e interpretan
su relación no solamente con la intervención urbanística
y los poderes locales sino con la producción de un
significado colectivo acerca de la residencia y la vivienda.
En otras palabras, en cuanto prácticas de apropiación,
manipulación y gestión colectiva del espacio residencial,
los asuntos condominales constituyen un
aspecto no secundario de la cultura urbana, y por lo
tanto contribuyen a producir y reproducir el sentido
de pertenencia a la realidad local barrial y a la ciudad.
En particular consideramos que investigar la vida
condominal es una manera para estudiar la cultura
ciudadana. Consideramos que el concepto de cultura
ciudadana no es sinónimo de cultura cívica. Este
último se refiere, en un sentido más estricto, a los
aspectos jurídico-burocráticos del ser ciudadano
(Marshall, 1967).
El término cultura ciudadana incluye más bien
todo el conjunto de representaciones y prácticas culturales
que en los distintos grupos sociales contribuyen
a estructurar la relación entre ciudadanos y Estado.
Esta definición quiere valorizar el papel jugado por la
cultura —en el sentido antropológico— dentro del ámbito
de las relaciones estrictamente cívicas, burocráticas
y políticas.2 Nos referimos con este término básicamente
a la manera en que se manifiesta (si se
manifiesta) el sentido de pertenencia a un conjunto
social, y la manera en que los sujetos logran fijar y
manejar las reglas necesarias para llevar a cabo una
acción colectiva.
Nuestra investigación se inspira también en las
tesis recientes de un antropólogo francés, Marc Abeles,
acerca de una antropología política de las sociedades
occidentales complejas, que se propone investigar el
“como” del funcionamiento del poder, mediante el estudio
etnográfico de las representaciones y prácticas
políticas en un sentido amplio, considerando a “lo político”
no como un ámbito separado de la vida social,
sino como un terreno fuertemente vinculado a otros
campos sociales. Este enfoque se opone a aquellas
perspectivas que ubican al tema del poder desde el
punto de vista del Estado y sus aparatos, como si
fueran entidades separadas, provistas de una vida
propia, e independientes con respecto a los actores.3
Al contrario, según Abeles se trata de evidenciar la imbricación
que existe entre lo político, lo social y lo
simbólico. Esta imbricación se encuentra presente en
nuestras sociedades de una forma no muy distinta
que en las sociedades llamadas “no modernas” en
donde, como se sabe, lo político no existe como lugar
social autónomo. Más que en otros terrenos, en el caso
de la gestión de condominios, se encuentran estrictamente
imbricados ámbitos formales e informales de
la prácticas colectivas. Por lo tanto nuestra hipótesis
es que los asuntos de la gestión común condominal
—considerados como gestión de una pequeña res
publica a nivel residencial— no pueden ser vistos
como ajenos a la vida cotidiana, con sus reglas de
conviven-cia —implícitas y explícitas— y sus valores.
Finalmente, el tema de la gestión del patrimonio
común en conjuntos habitacionales —visto a partir
de un enfoque antropológico— nos permite encarar el
controvertido tema de la transición (o de la ausencia
de transición) a la democracia (Zermeño, 1992; Durant
Ponte et al., 1995) desde una perspectiva insólita,
es decir, desde abajo y desde el punto de vista de la
vida cotidiana de los propios actores, con el fin de estudiar
en concreto las formas de utilización de las leyes
y de los dispositivos decisionales y de la delegación política
(asambleas, reuniones, organismos electivos y
otros) a nivel microsocial.
A pesar de su aparente trivialidad, la gestión de la
vida condominal es un tema muy importante para el
presente y el futuro de la ciudad de México (una ciudad
que ha conocido sobre todo un desarrollo urbano
horizontal y no vertical). Baste decir que hoy en día los
“conjuntos habitacionales” representan cerca de la
tercera parte de la vivienda del D.F.4 y probablemente
aumentarán en el futuro por la falta de espacio para
continuar construyendo en línea horizontal, y por el
crecimiento continuo del precio de los terrenos, lo que
provoca una orientación “vertical” tanto de parte de
los organismos constructores de la vivienda popular
como de las constructoras privadas.
Además, la “administración en condominio” resulta
ser una de las formas en que se están redefiniendo las
relaciones entre ciudadanos y poderes públicos en la
ciudad, a través de la transferencia de facto a los condominios
de muchas cargas de gestión y prestación de
servicios que antes pertenecían, por lo menos en principio,
a las instituciones locales. En ese sentido, se ha
hablado de un proceso de “condominización” de la ciudad
(Coulomb, 1993: 15) que implica cambios importantes
en la forma de administrar el territorio urbano
y que propone de una nueva manera el tema del
control social por parte de los poderes públicos, y
plantea nuevos retos para los ciudadanos-condóminos,
que se ven impulsados —y obligados— a solucionar autónomamente
sus problemas, sin poder dejar de relacionarse
con las instituciones del gobierno local y citadino.

Características de las unidades elegidas
Los dos conjuntos habitacionales elegidos se parecen
a muchos otros,5 sin embargo poseen peculiaridades
que es necesario destacar para entender los contenidos
de nuestra investigación. Ambos se caracterizan
por el hecho de haber sido construidos por dos organizaciones
sociales: una asociación cívica de vecinos
de la colonia Roma, que nació a raíz del sismo de 1985
para luchar por la reconstrucción de la vivienda; y un
sindicato independiente —el de la Universidad Nacional
Autónoma de México—. Por sus orígenes en organizaciones
colectivas antagonistas los dos condominios
guardan hasta el día de hoy una identidad sociopolítica
especial (con muchos habitantes cercanos a las
posiciones de la izquierda) que los hace diferentes
respecto a otros conjuntos.
Los dos conjuntos se diferencian también por sus
entornos que son, por un lado, la colonia Roma, una
colonia entre las más céntricas y bien ubicadas en la
ciudad, urbanizada desde hace varias décadas, con su
mezcla de casas, condominios y pequeños comercios;
y, por otro, la colonia Ajusco, típico barrio de invasión
en los años setenta, que sólo en los últimos años está
adquiriendo el carácter de lugar plenamente urbanizado.
Además de presentar una relación diferente con el
espacio urbano que los rodea, los dos condominios se
caracterizan por presentar poblaciones distintas según
el nivel de instrucción y de recursos, debido a los diferentes
orígenes e historias de los conjuntos. En el
Condominio Centro es predominante una población
de bajos recursos económicos y de poca instrucción,
que contrasta con la presencia de una pequeña minoría
de empleados e intelectuales; en el Condominio Sur al
contrario, predomina la clase media intelectual.
Cabe recordar que las unidades habitacionales son
objeto de una normatividad institucional específica
—la Ley de condominios— que constituye una base de
reglas comunes que los habitantes deben tomar en
cuenta al definir su acción de gestión, y que establece
las formas y los organismos con que los condóminos
pueden autogobernarse. En el caso de nuestros dos
grupos de condóminos, ambos están constituidos en
asociaciones civiles y ambos tienen un reglamento
interno. El Condominio Sur está oficialmente constituido
en condominio, mientras que el otro está en proceso
de constituirse. Los dos han tenido un administrador
único para todo el conjunto y luego decidieron
administrarse “por módulos”, como una manera más
directa de solucionar los asuntos de la vida de todos
los días.
A este respecto, hay que recordar que los conjuntos
habitacionales se presentan en muchos casos
como espacios sociales muy problemáticos, porque es
muy difícil garantizar la seguridad de los habitantes
y, porque incluso resulta difícil lograr que se realicen
con regularidad las operaciones mínimas para el mantenimiento
de las condiciones de funcionalidad de los
edificios y de sus áreas comunes.
Coherentemente con lo propuesto hasta aquí hemos
adoptado en la investigación un enfoque que conjuga
técnicas cuantitativas con cualitativas, con el objetivo
de valorar los desfases entre representaciones y
prácticas sociales, y las distintas dinámicas de cambio
—o de permanencia— que existen entre los valores y
los comportamientos. En ambas unidades hemos llevado
a cabo entrevistas abiertas a los vecinos y hemos
convivido con ellos durante un periodo de cuatro
meses; y, simultáneamente, aplicamos el mismo cuestionario
en las dos unidades, con preguntas abiertas
sobre las representaciones y las prácticas de la vida
vecinal, los asuntos de la gestión del patrimonio
común y la visión de la relación con las instituciones
desde el punto de vista de las cosas más ligadas a la
gestión condominal.
En las páginas siguientes vamos a exponer de
forma sintética sólo una parte de nuestra investigación
para alcanzar un doble objetivo de orden teóricometodológico:
a) averiguar la validez del concepto de
cultura ciudadana así como acabamos de definirlo, a
través de demostrar la imbricación entre cultura local
y cultura cívica en el sentido estricto; y b) averiguar
la utilidad de un enfoque antropológico en el estudio
de lo politico de la vida cotidiana

Rasgos culturales de la “buena convivencia”:
“amabilidad” “respeto” y “tolerancia"

Hemos empezado nuestra investigación tratando de
entender las representaciones y las prácticas de la sociabilidad
vecinal. En ambas unidades la representación
de cómo deberían ser las relaciones entre vecinos
alude a un ámbito fuertemente dominado por una
sociabilidad positiva. Lo que uno espera de un “buen
vecino” es sobre todo una actitud “amigable”, cordial,
respetuosa y solidaria.6 La característica que se considera
que un buen vecino debe tener es predominantemente
la de la simpatía y de la amabilidad y no otras,
por ejemplo la de la discreción o la de ser cumplido con
sus deberes de condómino.
La investigación cualitativa ha podido averiguar
que la realidad corresponde en buena medida al deber
ser expresado en las entrevistas. El campo de las relaciones
vecinales está dominado por el valor de “llevarse
bien”, que define un universo en donde prevalecen los
“buenos modales”, la tolerancia y la flexibilidad. En
las entrevistas abiertas y en las observaciones directas
que realizamos el universo de las prácticas vecinales
aparece como un mundo en donde abundan las sonrisas
y los “saludos respetuosos”, las pláticas casi ritualizadas
sobre el clima y la contaminación al cruzarse
en las escaleras, los pequeños intercambios de favores.
Entre vecinos no se vale pelearse “porque somos
vecinos”, y en cuanto somos vecinos es normal y justo
que convivamos y nos ayudemos “todo lo solucionamos
platicando entre nosotros”.
El universo de las relaciones vecinales es visto
como un ámbito comunitario,7 en donde existen relaciones
cargadas de contenidos emocionales y afectivos,
y en donde se considera agradable y justo “convivir”,
es decir construir ocasiones colectivas ya sea para el
esparcimiento o simplemente para no estar solos. Las
relaciones vecinales son practicadas como si fueran
una extensión de las relaciones primarias y se consideran
como el universo en donde es legítimo y normal
buscar y encontrar ayuda, así como es normal —y casi
obligatorio— ofrecer ayuda.
Los vecinos son también un ámbito social en donde
es posible elegir —adentro de un abanico de distintas
posibilidades— sus amistades y diversiones. Sin embargo,
a pesar de que la regla sea “llevarse bien” con
todo el mundo, cuando se trata de elegir amistades
operan precisos criterios de selección, que hacen que
los vecinos que son también, amigos sean personas
que comparten los mismos intereses, nivel de instrucción,
procedencia de clase y hasta similitudes raciales.
Si faltan estos elementos comunes podemos ser
“buenos vecinos”, pero no amigos, lo cual demuestra
cómo el universo vecinal es un ámbito “comunitario”
sólo hasta cierto punto.
Coherentemente con las representaciones sobre el
mejor vecino, las representaciones acerca del “peor
vecino” lo definen básicamente como una persona
“maleducada”, oportunista (lo contrario que solidaria)
y conflictiva. Se trata en otras palabras de alguien
que en primer lugar se caracteriza por sus malos modales,
porque “no saluda” y “no se lleva con nadie”; en
segundo lugar es alguien “aprovechado” y “egoísta” y
en tercer lugar es alguien “conflictivo” y “peleonero”.8
Estos resultados nos han sorprendido en la medida
en que entre los rasgos que se consideran propios de
un buen o un mal vecino destacan en ambos casos
calidades que podríamos definir como psicológicoculturales,
y no aquellas que se podrían considerar
exclusivamente “cívicas”. Más bien los rasgos de la
amabilidad, de la flexibilidad, del ser “buena onda”,
pueden ser vistos no tanto como elementos subjetivos,
sino como pertenecientes a lo que se puede definir
como el habitus local, que Bourdieu define como subjetividad
socializada, es decir, una forma de ser individual
fuertemente modelada por lo social (Bourdieu,
1993). El habitus valorizado entre vecinos premia al
individuo “simpático” y cordial, más que al individuo
“cumplido” o respetuoso.
Además, cabe destacar que a la pregunta sobre las
características del vecino que cae peor, hubo quien
contestó que no existe un vecino peor: en el Condominio
Centro fueron el 10.7 por ciento y en el Condominio
Sur el 12 por ciento. Son porcentajes bastantes
altos que configuran una categoría de personas definitivamente
tolerantes.
La presencia difundida de una actitud tolerante
destaca también en los casos en que se pudieran generar
conflictos vecinales. Frente a una actitud molesta,
por ejemplo cuando un vecino está haciendo mucho
ruido, muchos condóminos contestan que “no hacen
nada”, ya sea porque no lo juzgan molesto, porque “lo
comprenden” o porque no quieren discutir y pelearse.
Sin embargo, nadie ha declarado en forma explícita
que un buen vecino tiene que ser tolerante. Exigir
que los vecinos sean tolerantes significa reconocer implícitamente
que uno se comporta de una manera tal
que obliga a los demás a tolerarlo, es decir que uno se
comporta de manera irrespetuosa. Si pido a los vecinos
que sean tolerantes (hacia mí) me estoy autoacusando
de ser irrespetuoso o molesto (hacia ellos). Pero en
muchasentrevistas abiertas, cuando uno está hablando
de sí mismo se declara tolerante “porque todos
podemos portarnos de manera tal que los demás
tengan que tolerarnos”. Asimismo, en las entrevistas
abundan narraciones acerca de vecinos “intolerantes”
o conflictivos, que resultan ser sencillamente personas
que pelean por lo que consideran el respeto de
un derecho propio en contra de las molestias de los
demás. La actitud de estar peleando por el respeto de
la privacidad de uno y por su derecho a no ser molestado
por los demás es vista negativamente, como una
falta de tolerancia y de flexibilidad. Por ejemplo se considera
una locura que un vecino haya pedido y obtenido
que se pusiera en el reglamento interno del edificio
la prohibición de hacer ruido entre las dos y las
cuatro de la tarde (prohibición que obviamente nadie
respeta). Este tipo de reglas no se valen porque “quienes
quieren el silencio deberían vivir en una casa sola”.
Una vecina del Condominio Sur cuenta el caso de
las fiestas recurrentes que hace su hija adolescente,
en las que hay jóvenes que bailan pisando y brincando
muy fuerte. Un día la vecina del piso de abajo subió
a pedir que por favor no brincaran tanto porque se le
acababan de romper algunas piezas del candil de
cristal. La reacción de la señora fue pedir a los muchachos
que brincaran menos; pero no se le ocurrió
ofrecer a la víctima algún reembolso, ni mortificarse
o pedirle perdón explícitamente. Lo que apreció fue,
eso sí, que la vecina se lo había pedido con mucha
amabilidad y “en buena cara”. Otra vez encontramos
la importancia cultural de los “buenos modales”. Esta misma señora, cuya hija tiene despierto al edificio,
es totalmente coherente al soportar cualquier tipo de
ruido que puedan hacer los demás. Me dice que
cuando hay fiestas en los departamentos cercanos ella
“cierra sus vidrios y sus cortinas y hace su vida”, lo
que de hecho es imposible porque —como la experiencia
etnográfica pudo comprobarlo— entre un departamento
y el otro se escucha casi cualquier tipo de ruido.
En general, la reacción de aquellos que son acusados
de ser molestos no es pedir disculpas sino enojarse
por sentirse amenazados en el ejercicio del derecho de
utilizar su espacio privado casi sin ninguna limitación.
Uno puede escuchar música a volumen muy
alto, prender una lavadora a las cinco de la mañana,
festejar hasta las tres o brincar haciendo gimnasia el
domingo a las siete de la mañana. En estos casos,
pese a la regla del “llevarse bien”, las respuestas de
los vecinos que se sienten reprochados injustamente
tienden a ser agresivas.
Sin embargo, un principio general que vale en ambas
unidades es que antes de llegar a una demanda se
tiene que discutir y discutir, porque entre vecinos tenemos
que ponernos de acuerdo. Y cuando no se pueden
solucionar las cosas más vale aguantarse. Ello nos confirma
la valoración altamente negativa de los individuos
“conflictivos” —que por supuesto desde su punto de
vista lo son porque consideran que tienen que defender
sus derechos— y de la idea de que quien se enoja pierde.
Cada quien está dispuesto a soportar a los demás,
a condición de que ellos hagan lo mismo con uno.



Ya va a salir la parte 2 espero que les sirva de ayuda con algun trabajo practico que tengan ( como yo ) buneo nos vemos y recuerden..


Comentar no cuesta nada.... el post sii !!

2 comentarios - Democracia en la vida cotidiana[informacion muy recomendada]

@gon14
Por favor te lo pido NO ESCRIBAS EN ROJO. Le hacés mierda la vista a los demas, pasalo a azul, verde, magenta, algo legible por favor.