PRIMERA VERDAD

DIOS EXISTE


Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo

1. ¿Cuál es la verdad primera, que ningún hombre debe ignorar?

La existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinitamente perfecto, Creador de cielos y tierra, absoluto Señor de todas las cosas, a las que Él gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental, sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y de todo el orden social.

Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.

La moral carece de base si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si con su autoridad suprema no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.

Es imposible concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etcétera, y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.

2. ¿Podemos estar seguros de la existencia de Dios?

Sí, tan seguros podemos estar que Dios existe, como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que nos demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.

No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra –puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo–, así también podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: «Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las causas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro».


I. Pruebas de la existencia de Dios

3. ¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?

Podemos citar siete, que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:
1. En la existencia del universo;
2. En el movimiento, orden y vida de los seres creados;
3. En la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
4. En la existencia de la ley moral;
5. En el consentimiento universal del género humano;
6. En los hechos ciertos de la Historia;
7. En la necesidad de un ser eterno.
Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.

Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1 y 2).

Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de la historia (3 a 6).

Como prueba metafísica –ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes– daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno (7).

Todas estas pruebas tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcluso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.


1. La existencia del universo

4. ¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?

La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua; al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor, que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener alguna causa; y a esa causa primera del mundo le llamamos Dios. Luego, por la existencia del universo podemos demostrar la existencia de Dios.

En efecto:
1. El universo no ha podido hacerse a sí mismo.
2. No es fruto de la casualidad.
3. No ha existido siempre.
Luego, debe su existencia a un Ser Supremo y distinto de él.

1. El universo no ha podido hacerse a sí mismo, porque lo que no existe, no puede obrar, y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.

2. El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.

3. El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias. La geología, o ciencia de la Tierra; la astronomía, o ciencia de los astros; la biología, o ciencia de la vida, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio. “Nada hay eterno sobre la Tierra, dijo un sabio; y cuanto se contiene en las entrañas de los astros, o en su superficie, ha tenido principio y debe tener algún fin”.

Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno: es necesario, inmutable e infinito. Ahora bien:

1. El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. ¿Qué importa, verbigracia, un río o una montaña más o menos?… Luego, si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.

2. El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva; las plantas, los animales, el hombre…

3. El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente, tampoco es eterno, porque la eternidad –que es una perfección infinita– sólo puede hallarse en un ser infinito.

Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero, de la misma manera que el reloj supone un relojero, la casa un albañil, el cuadro un pintor, la estatua un escultor.


CONCLUSIÓN. La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.

NARRACIÓN. Durante la revolución de 1793 decía el impío Carrier a un campesino de Nantes:

– Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros campanarios y vuestras escuelas.
– Es muy posible –respondió el campesino–, pero nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.

No se precisan largos discursos para demostrar que Dios existe: basta abrir los ojos y contemplar las maravillas del mundo exterior.

2. Movimiento, orden y vida de los seres creados

5. ¿Puede demostrarse la existencia de Dios, por el movimiento de los seres creados?

Sí, porque no hay movimiento sin motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno y necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

1. Sostiene la Mecánica, que es una parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal; una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí mismo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego, para producir un movimiento es necesario un motor.

2. Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 kilómetros de circunferencia, que realiza, según afirman los astrónomos, una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con una velocidad de 28 kilómetros por minuto. En un año da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 kilómetros por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas…

3. Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible es un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.
Digno de admiración fue sin duda el genio de Newton, que descubrió las leyes de los movimientos estelares; pero, ¿qué inteligencia fue necesaria para crear y aplicar esas leyes, lanzando a los espacios esos innumerables y veloces mundos que con tanta regularidad y armonía recorren el universo?
Decía Napoleón al general Bertrand, en la roca de Santa Elena: “Mis victorias os han hecho creer en mi genio; el universo me hace creer en Dios… ¿Qué es la más acertada maniobra militar, comparada con el movimiento de las estrellas?”

6. ¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el mundo?

Sí; todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.

1. No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Arrojad sobre el suelo un montón de letras mezcladas. ¿Por ventura podrán producir un libro, si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Reunid en una caja las piezas todas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!

2. El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y ésta a aquél; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. Léase a este propósito el hermoso tratado de Fenelón sobre la existencia de Dios… La consecuencia es ésta: ese orden tan admirable supone un ordenador.

Pero dirá alguno: Este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce.

Nadie se atreve ya, hoy en día, a atribuir el orden del cosmos a la casualidad; pero se suele recurrir con frecuencia a las fuerzas o leyes naturales. Indudablemente existen leyes admirables que rigen el mundo visible, como la de la atracción, la de la gravedad, la fuerza centrífuga, etc., sobradamente conocidas y demostradas. Pero, precisamente, la existencia de esas leyes supone la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?… ¿Quién las mantiene?… ¿Quién las dirige?… La materia es, de suyo, inerte; luego, existe un ser distinto que la mueva. La materia es ciega; luego, existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.

Prescindiendo de estas razones, basta explicar rectamente los términos para deshacer el equívoco. Si por naturaleza se entiende un ser real, viviente, personal, que dirige y gobierna todas las cosas, entonces es Dios. Sería entonces cuestión de nombre, pues de hecho equivaldría a admitir su existencia. Pero si por naturaleza se entiende un ser imaginario, un ente de razón, algo irreal e inexistente, entonces es lo mismo que la casualidad, y no por cambiar de palabra se evitará el caer en el mismo absurdo.


RESUMIENDO: Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.

Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso repetía las palabras de Platón: “Vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente, porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid, pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.

El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso haber perdido por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que, a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Discutíase un día en su presencia sobre la existencia de un Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:

– ¡Cuanto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!

7. ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?

Sí, la razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, síguese que de la existencia de los seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.

En efecto:

Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la vida de los animales, la vida del hombre?

La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie da lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.

Los ateos no saben qué responder a este dilema: o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, ya no hay sabios verdaderos que se atrevan a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia verdadera establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.

¿Y cuál es el origen del primer ser viviente en cada una de las especies? Remontad cuanto queráis de generación en generación; siempre llegaréis a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

NARRACIÓN. En una casa de familia cristiana, dos de las hijas, después de la comida, leían ambas, junto a una ventana, la Historia Sagrada.

Acercose un joven, y en tono burlón les dijo:

– ¡Cómo! ¿Ustedes leen la Historia Sagrada? ¿No saben que no existe Dios?
– Si está Ud. tan seguro –respondió la más joven–, contéstenos a esta pregunta, ya que tanto sabe: ¿Qué existió primero, el huevo o la gallina?
– ¡El huevo!
– ¿Y de dónde salió ese primer huevo?
– ¡Oh, me equivoqué, primero fue la gallina!
– Entonces, ¿de dónde salió la primera gallina?
– La primera gallina … la primera gallina … ¿La primera gallina?
– Sí, la primera gallina. ¿De dónde vino?
– ¡Dale con tanta gallina! ¿Saben que ya me está hartando tanta gallina?
– Diga más bien, señor sabelotodo, que no sabe Ud. la respuesta, y reconozca que sin Dios es imposible explicar tanto la existencia del huevo como la de la gallina.

Nuestro buen hombre se retiró corrido, repitiéndose por lo bajo: ¿Qué habrá sido primero?

8. Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?

Sí, cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.

Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.

Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo podéis conocer la existencia de Dios, si jamás habéis asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni os han enseñado nada en vuestra niñez, ni habéis leído ninguno de los libros que tratan de Dios?

Respondiole el picapedrero: ¡Ah, señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a las casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de Él, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, pero ni una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?

Lamartine replicó: – Dios, os responderéis vos mismo.

– Así es, señor –añadió el picapedrero–, esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Vos conoceréis otras maneras más científicas para daros razón de ello.

– No –repuso Lamartine–; todas las maneras de expresarlo coinciden con la vuestra. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.
3. La existencia del hombre, inteligente y libre
9. ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?
Sí; por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin causa capaz de producirlo.
Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, síguese que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.
Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?
¿Por ventura he sido yo mismo? ¿Fueron acaso mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?
1. No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe, no produce nada.
2. Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?
Hay, además, otra razón. Mi alma, que es una substancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es invisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.
3. No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación.
El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal, ni un animal, un hombre.
4. Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador. ¿De dónde ha sacado mi alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, síguese que por la existencia del hombre queda demostrada la existencia de Dios.
4. La existencia de la ley moral
10. ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?
Sí, la existencia de la ley moral prueba irrefutablemente que Dios existe.
Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.
Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.
Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia.
Nuestra conciencia nos dicta: 1º, que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2º, que debemos practicar el bien y evitar el mal; 3º, que todo acto malo merece castigo, como toda obra buena es digna de premio; 4º, esa misma conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.
¿Cuál es el origen de esa ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.
Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.
El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!… Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios –dijo Lacordaire–: El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La ira de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonian la existencia de Dios.
5. La creencia universal del género humano
11. El consentimiento de todos los pueblos ¿prueba la existencia de Dios?
Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.
Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!
Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades, buenas o malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos.
“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra –decía Plutarco, historiador de la antigüedad– y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.
El gran sabio Quatrefages, escribió: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.
Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al contrario, el origen del sacerdocio está en esa creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.
– ¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.
– ¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; tarde o temprano lo disipan la ciencia y el sentido común.
– ¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.
– ¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el temor a Dios prueba su existencia.
– ¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.
La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.
Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.
NARRACIÓN. En una reunión bastante numerosa, un incrédulo se expresó en contra de la existencia de Dios; y viendo que todo el mundo guardaba silencio, añadió:
– Jamás hubiera creído ser el único que no cree en Dios, entre tantas personas inteligentes.
– Os equivocáis, señor –replicó la dueña de la casa–; no sois el único: mis caballos, mi perro y mi gato comparten con vos ese honor; sólo que esos buenos animales tienen el talento de no gloriarse de ello.