Coaching con los mejores


Coaching: que procede del verbo inglés to coach, entrenar.

Lo mantuve primero como pregunta; ¿quien te gustaría como coaching personal? Mou o Pep.

Volviendo a la senda y luego de leer y releer algunas entrevistas echas a estos dos monstruos del éxito me pareció famélico preguntar esa disyuntiva; ya que con uno u otro cualquier profesional- y digo cualquier profesional- puede subirse a la patineta del éxito y lograr exitos incomprendidos de tan solo recibir la doctrina necesaria de alguno de estos personajes, aquí las entrevistas –copia fiel del periodico donde salieron;

Al final pongo un video donde uno puede apreciar como seria tener a Guardiola de coaching personal…imagínenselo diciéndote…ERES BUENO Y SABES QUE ERES BUENO

Coaching con los mejores (Mourinho-Guardiola)

José Mourinho 'En el fútbol lo arriesgo todo. En lo personal, riesgo cero'


La gente lee ahora cualquier cosa que diga José Mourinho, portugués de Setúbal, 47 años, con el morbo que desatan los exabruptos. La gente espera de él una declaración grandilocuente, una descalificación del contrario, una explicación arrogante de sus objetivos o de sus métodos.

Aunque esa es la imagen que trasciende, ese no es ni mucho menos el único José Mourinho; ese es el traje que se le ha hecho al nuevo entrenador del Real Madrid. Se lo ha fabricado él mismo, es cierto, pero no es el único que viste. Ese traje es un pararrayos sobre el que caen los truenos que él no quiere que caigan sobre los jugadores.
Es cierto que tiene una alta consideración de sí mismo, la máxima quizá, que su ego está al servicio de su profesión. Es cierto, y de la cabeza a los pies tiene esa vestimenta moral que le hace parecer arrogante, básicamente porque lo es.
Pero tiene otro traje, que también es verdadero; con él apareció, a veces, en esta entrevista, y de esa conversación salí con las notas que justifican esa impresión: Mourinho no es solo el hombre del ceño fruncido, cabreado con media humanidad (la que no está con él). Es también un tipo afable, que marca bien las distancias pero que no se va del sillón cuando se cumple el tiempo (veinte minutos) que prometió para este encuentro, que duró luego algo más de tres cuartos de hora.
Ahí sigue, pues, e incluso sonríe, o ríe, cuando al final recuerda que su último equipo, el Inter de Milán, jugó con cinco delanteros, "¡cinco delanteros!", frente al Siena, en la Liga italiana. Bromea con su barba, que, como casi siempre, lleva dos o tres días creciendo, con el rostro que le ha ido dejando la edad y con sus ojos, de los que uno de sus maestros, Bobby Robson, que le trajo de traductor al Barça en 1996, dijo que eran "los más extraordinarios" que había visto en su vida. Traductor. Luego se lo gritaron en el Camp Nou (¡traductor!) como un insulto. "Era un insulto para los traductores".
Así que es evidente que la gente se fija más en el ceño de Mourinho que en lo que dice José Mourinho: su ceño es grave, escrutador; entra por la puerta, da la mano, despeja las dudas, sin decir una palabra, sobre el papel que tiene cada cual, y se apresta a ser preguntado. Pero lo que dice no es como su ceño. Ese del banquillo es una especie de destilación de José Mourinho, un trabajador enfrascado en el objetivo, aunque él no lo diga, de hacer feliz a su padre. Por él, José Manuel Félix Mourinho, que fue portero del Vitória de Setúbal y entrenador en Os Belenenses, lo hace todo. Por él ahora quiere ganar al frente del Madrid, igual que ganó con el Chelsea o con el Inter. No pudo ser un jugador importante, y quiere ser el entrenador más importante, el más galardonado del mundo.
Es ambicioso, cómo no. Es muy ambicioso. Eso se le ve en el campo y se le ve en las palabras; no oculta ninguno de los objetivos ambiciosos de su vida, los va enumerando como si los tuviera incrustados en la memoria. Esa obsesión por ganar desde el banquillo lo que no pudo ganar jugando es ya, más que un objetivo, un punto de vista.
Michael Robinson, ex futbolista, comentarista de Canal +, periodista, coincidió con él durante un mes en Yugoslavia. Y lo define así: "El tiempo en que estuve con él fue muy gratificante; me llevé la impresión de un hombre cálido, afectivo y espléndido. Según ha ido evolucionando, esas características han calado en su personalidad y ahora no solo es un gran entrenador, sino que tiene muchos registros como ser humano. Se pone un traje ante los medios, pero es un crack de la comunicación, generoso con los futbolistas; les hace saber que ellos son los que ganan y él es el que pierde, por eso le tienen adoración. Les transmite amor y respeto; es más blando que duro. Sus guerras dialécticas son momentáneas. Son pequeños instantes en una vida que inspira un especial cariño".
Caramba, qué cosas le dice Robinson...
Hay que llamarle para agradecérselo. Me conoce bien... Es un análisis de una persona muy inteligente o de una persona que me conoce bien. Quizá porque sea al mismo tiempo periodista y ex jugador tiene esa sensibilidad para entender el juego.
Déjeme que empiece citándole a Ángel González, el poeta asturiano. Decía: "Para que yo me llame Ángel González, para que mi ser pese sobre el suelo...". ¿Qué ha tenido que pasar para que usted sea José Mourinho, el hombre al que conocemos hoy? ¿Cómo fueron su infancia, sus amigos, sus padres? ¿Cómo fue la vida que le condujo a amar el fútbol? Todo ha sido muy natural. Nací en una familia de jugador; crecí después como hijo de entrenador. Ese ha sido mi hábitat natural. Muchos años más tarde, el fútbol sigue siendo parte indisoluble de mi vida; cuando nace mi hija, yo tengo un partido, y el día que nace mi hijo tengo otro partido.
Y usted fue a los dos partidos.
Por supuesto. Es mi vida. El fútbol... Mi padre se casó con una profesora de portugués. Esa combinación me hizo amar el fútbol por una parte, pero al mismo tiempo la presencia de mi madre, su actividad, me influyó para tener un poco de control de esa pasión y mantener una motivación cultural y académica [Mourinho relata su vida como si estuviera presentando un currículo que va viendo en un teleprompter]. De joven, cuando tenía 17 años, apareció una novia en mi vida, una chica de 15 o 16 años que ahora es mi mujer; ella también tiene formación universitaria, de filosofía, yo estudié educación física. Por tanto, la formación de mi pensamiento es el fruto de la unión de dos áreas que algunos creen incompatibles, la universidad y el fútbol. Cuando entro en la universidad tengo tantas obligaciones que la presión de hacer las cosas bien, de acabar la licenciatura, cambia mi propio modo de ser: ya no quiero ser aquel niño que pensaba jugar a un alto nivel al fútbol y sé que soy un joven que jamás podría ser un crack como había soñado; me doy cuenta de que podría ser tan solo un jugador como tantos otros que aman el fútbol, pero que jamás podría estar en el top. Es entonces cuando advierto que he de ver la vida desde la perspectiva de alguien que tiene una tendencia natural para liderar, para estudiar, para entender más los aspectos científicos de las cosas... Después, poco a poco llegaron las oportunidades. Tuve la suerte de trabajar con Bobby Robson, quien me lleva al Barcelona, un gran club mundial. Luego tuve la suerte de trabajar con Louis van Gaal, muy diferente de Bobby, muy metódico, muy organizado, con gran criterio. A lo que hay que añadir la fortuna, la gran fortuna, de trabajar con grandísimos jugadores. Y el momento de la verdad llegó cuando inicio en Portugal mi carrera como primer entrenador, en el año 2000. A partir de ahí, en 10 años, todo ha sido explosivo, muy rápido. Explosivo, digo, porque ha sido en un corto espacio de tiempo, pero ha habido un largo recorrido hasta llegar aquí.
Una gran autoestima, sin duda. No mueve apenas las manos. Una la tiene, invariable, sobre la rodilla izquierda, y la otra sube y baja como si manejara la batuta de los años. Al contar su vida, de todos modos, es cuando más se distendió el ceño de Mourinho, como si hablando de sí mismo estuviera visitando a un viejo amigo.
Ya que ha mencionado a Robson. Dijo de usted, de su trabajo como ayudante suyo, que tenía "el par de ojos más extraordinario que había conocido nunca".
Es un gran elogio. Pero lo que yo les digo a los que ahora trabajan para mí es que es importante ver bien, pero aún más importante es que la información llegue muy bien a quien tiene que recibirla. Y es más importante la calidad de la información que nos llega que la calidad de lo que vemos. Es lo que intento enseñar a los que trabajan para mí. Tienes que leer, pero tienes que hacer que los demás entiendan perfectamente lo que tú has leído. Un aspecto que mi experiencia me ha hecho entender es que cuando no eres el primer entrenador puedes tener capacidad de observación y de análisis. Pero cuando ya eres el máximo responsable, en el momento de la verdad, la que vale es la capacidad que tienes para seguir leyendo, analizando y decidiendo bajo presión. Eso que ahora científicamente se llama "inteligencia emocional". Una cosa es un asistente que está en la tribuna o en la grada, un profesional que está delante del ordenador o del televisor viendo una, dos, diez veces un partido, y otra cosa es la tensión altísima de los noventa minutos de un partido que no puedes parar, en el que no puedes decir: "Oiga, espere, que tengo que pensar. Rebobina, que tengo que verlo otra vez". La capacidad de hacer una lectura bajo esta presión es un aspecto muy importante de los entrenadores. El mundo del partido es totalmente distinto, completamente aislado del resto.
Lo primero que habrá visto es a su padre dirigiendo. ¿Qué aprendió de él?
La honestidad. Lo más importante de un entrenador, y quizá de un hombre. Porque cuando mi padre me lo enseñó, siendo yo un niño, él ni soñaba con que yo pudiera ser entrenador de fútbol. Para ser un hombre y para traspasarlo al fútbol, para ser un líder, porque un entrenador es un líder, me parece que la honestidad es lo más importante. Mi padre es para mí un ejemplo. Cometeré errores en mis decisiones, en los análisis, pero guardaré el máximo de honestidad con mis jugadores. Nunca les llegará una decisión o crítica mía por boca de otra persona. La experiencia me lo dice. Siempre he tenido una relación absolutamente fantástica con mis grupos de trabajo y me parece que la culpa de esta relación es esa honestidad que mantengo con los jugadores. Una de las cosas que quiero explicarles es precisamente esto, que quiero tener una relación muy grata, muy honesta, y bilateral: yo contigo y tú conmigo. No quiero intermediarios. No quiero que un jugador declare a la prensa que le gustaría saber por qué no juega: que me lo pregunte a mí. Tampoco quiero decirle a la prensa por qué razón ese futbolista no juega; se lo diré a él. Para mí, la relación directa, honesta, mirándonos a los ojos, es lo más importante. Tendremos momentos negativos, como es obvio, porque un jugador es un animal muy especial -lo digo con todo el cariño, no en sentido crítico-, y una de las características de este animal es que si no juega no es feliz. Por eso siempre llegan momentos difíciles, pero la dificultad es menor si tienes una relación honesta y directa. No soy un entrenador que explique todos los días a los jugadores sus decisiones. No lo explico, pero siempre tengo una o más razones para tomar esa decisión. Si la quieren saber, es muy fácil: la puerta de mi oficina estará siempre abierta para explicársela.
Desde hace más de diez años, usted tiene un objetivo: ser un líder de grandes equipos. Donde hay un montón de egos. ¿Cómo los domina? ¿Ha variado mucho el ego de los futbolistas?
Ha cambiado de forma increíble. Hace 40 años, y recuerdo a mi padre hablar de esto, ver a un futbolista con un libro en las manos en una concentración era excepcional; ese era un jugador que estaba muy por encima de los demás a nivel cultural. Entonces jugaban a las cartas. El mundo ha evolucionado y ahora el futbolista es muchísimo más instruido. Cuarenta años atrás, un entrenador con dos dedos de inteligencia y dos dedos de cultura tenía un dominio intelectual y cultural sobre sus futbolistas. Los jugadores no tenían ni la capacidad de entender en qué trabajaban, cómo trabajaban, sus necesidades... No. Simplemente comían de aquello que les daban de comer, futbolísticamente hablando, y nada más. Hoy un jugador es un hombre con una posición totalmente diferente en la sociedad. Antes no podía entrar en muchos ambientes sociales. Hoy todos quieren que los futbolistas pertenezcan a los diferentes espacios sociales. El jugador es mucho más culto, más inteligente, es más exigente. Por eso creo que hoy un entrenador tiene que estar mucho más preparado que años atrás. Un entrenador que hoy solo entiende de fútbol es un entrenador pésimo. No puede sobrevivir. Y el entrenador clásico, aquel que fue jugador o que entiende mucho de fútbol y es entrenador dos días después, no tiene muchas posibilidades de tener éxito si no está preparado en todos estos niveles de los que hablamos. No es tan solo entrenar bien, jugar bien, decidir y ganar. Es mucho más: ha de ocuparse de la gestión de los egos, de las emociones; los entornos hacen ahora nuestro trabajo mucho más complejo, muy bonito y también muy difícil.
¿El hecho de que sean más cultos los ha hecho más autocríticos?
Encuentras de todo, como en todas las áreas profesionales. Me parece que hoy un jugador es muy orgulloso, también en el sentido positivo de la palabra. Cuando llega a un determinado nivel, ya no piensa en su futuro, me refiero a su futuro económico. El jugador de hoy que quiere jugar y jugar bien, que quiere ser titular, cerrar más contratos, que quiere ganar y ganar siempre, o lo hace por orgullo propio o no lo hace. La cuestión en este momento no es un euro más o menos, es el orgullo personal. Y hablo por mí mismo. ¿Por qué trabajo? ¿Porque quiero ganar? ¿Porque quiero continuar? Trabajo porque me gusta, porque tengo orgullo propio, porque la gente espera que gane. Yo quiero seguir haciéndolo para estar bien conmigo mismo. Cuando llegamos a este nivel, es una cuestión de orgullo personal. Yo quiero hacer historia, Ronaldo quiere hacer historia, Messi quiere, Zanetti quiere... Los jugadores importantes quieren hacer historia, su propia historia. Dentro de 50 años seguiré estando en la historia del Oporto, del Chelsea, del Inter... Nosotros, jugadores y entrenadores, los que hemos llegado a este nivel, es por orgullo natural, es un orgullo innato. Si no fuera por esto, un día te levantarías de la cama y dirías: "Basta". Nunca diré basta.
No basta jugar, entonces. Lo importante es ganar. ¿Y cuando se pierde?
Se debe saber por qué. Se debe saber dónde mejorar. Si es culpa nuestra o del adversario. Si es culpa nuestra, es un gran problema. Si es culpa del adversario porque ha sido mejor que nosotros, okay, lo aceptamos, porque querer ser mejor que el adversario será un estímulo para mejorar. Cuando se pierde por culpa propia, debes pensar muy bien qué hacer.
¿Cómo ve los sistemas que dominan hoy en el fútbol? Usted parece que impone un sistema según el contrincante al que quiere vencer... El aspecto cultural es muy importante. Una vez dije algo que quizá pasó inadvertido y que acaso sea una de las cosas más acertadas que he dicho sobre el fútbol. Jugaba el Chelsea contra el Barça y las preguntas siempre eran las mismas: quién es mejor. El Chelsea estaba muy fuerte, había sido campeón de Inglaterra, el Barça era el campeón de España y jugábamos unos cuartos de final de la Champions. Les dije: este Chelsea es campeón de Inglaterra, y si jugara la Liga española no la ganaría. Y el Barça es campeón de España, pero no ganaría la Premier. Y la construcción de los equipos debe realizarse de acuerdo con la cultura y con las cualidades que tienes para ganar. Como jugaba hace cuatro o cinco años, el Barça no ganaba la Premier. Quizá hoy la ganaría. Por eso es imposible que un entrenador llegue a un país y diga: "Este es mi sistema, mi filosofía de juego". Si un día Pep va a Inglaterra o a Italia, quiero ver si su equipo juega como el Barcelona... ¿Seré capaz de hacer con el Madrid lo mismo que he hecho con el Inter a nivel de juego? Imposible. El aspecto cultural es muy importante.
Es decir, que la identidad de un equipo y de un entrenador como usted es la historia que lo va conformando...
Exactamente. La idiosincrasia es fundamental. Puedes tener principios del juego, puedes no abdicar de ellos, pero la idiosincrasia del club y de la propia Liga son fundamentales. Si intentas jugar contra esos principios, estás jugando contra ti mismo. Existen cosas en el Real Madrid que quiero mantener.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo, la obsesión por jugar un fútbol ofensivo y atractivo... Todos me dicen que el aficionado del Real Madrid quiere ganar, ver un juego ofensivo y bonito. Yo también. Pero no quiero un Real Madrid bajando con cinco y atacando con cinco. Y he visto muchos partidos del Madrid con cinco jugadores detrás de la línea del centro del campo y cinco delante. Cuando se perdía el balón, los cinco de detrás echaban a correr y los cinco de delante se dedicaban a reposar. Eso no lo quiero. Existen principios a los que no puedo renunciar. Hablando de un modo general: ganar, jugar bien, jugar ofensivo... Obviamente, esa historia no quiero cambiarla.
Es lo que dice Guardiola de su propio equipo. Algo habrá aprendido de usted cuando coincidieron en el Nou Camp...No, no. Guardiola no aprendió de mí. Guardiola tiene una formación de cultura de club de toda la vida. Ha estado un año en Brescia (Italia) y otro en Qatar (donde seguramente jugaba más al golf, que le gusta mucho), pero su vida es el Barça. Cuando me lo han preguntado alguna vez, siempre he dicho que Pep es el entrenador perfecto para el Barça. Es catalán, es culé, nació allí, en La Masía, es amigo de Cruyff, hay aficionados con mucho amor por él, con mucho amor por el club. Lo entiende todo, lo tiene todo. Para mí es el entrenador perfecto para el Barça. Cuando nombraron presidente a Rosell y le ofreció seis años de contrato..., ¡yo le hubiera ofrecido diez!
Tengo curiosidad por saber qué comentó con Guardiola cuando acabó el partido en que el Inter eliminó al Barça de Europa. Cuando usted estuvo allí con Robson, su relación con Pep era buena...
Ha sido buena, es buena y será buena. Si tenemos algún problema a nivel futbolístico, no será nunca un problema entre José Mourinho y Pep Guardiola: será un problema entre el entrenador del Real Madrid y el entrenador del Barcelona. Es totalmente diferente. Lo respeto tanto como creo que él me respeta a mí y no tenemos ningún problema personal, todo lo contrario. En este momento no le puedo desear suerte porque jugamos a lo mismo, pero aparte de eso no hay ningún problema.
Hace unos años dibujó su futuro: ganaré esto en Inglaterra, esto en Italia, esto en España, esto en Portugal...
Como en todos los planteamientos, tienes que ser flexible y adaptarte a la situación. Tienes que analizar y hacer un diagnóstico del día a día a todos los niveles. En mi vida profesional es muy difícil que este planteamiento sea cumplido automáticamente, tiene que haber desviaciones... Tenía tres grandes objetivos cuando empecé a entrenar. He alcanzado dos casi. Uno, ganar tres Champions con tres clubes diferentes. Ernst Happel, Ottmar Hitzfield y yo hemos ganados dos cada uno en dos clubes diferentes. Happel ha fallecido. Hitzfield está a punto de retirarse y a mí me quedan muchos años de carrera por delante. Otro: quiero ser el único en ganar las tres Ligas más importantes del mundo: la española, la italiana y la inglesa. En este momento, Fabio Capello ha ganado la italiana y la española; Carlo Ancelotti ha ganado la inglesa y la italiana, y yo, la inglesa y la italiana. Capello, si no vuelve a un club, como él dice, ya no llegará. Solo estamos Carlo y yo, y no sé si Carlo lo tendrá entre sus objetivos. Yo quiero ganar las tres.
Y el tercer objetivo.
El tercero es dar a mi país algo que aún nadie le ha dado: el título de campeón del mundo o de Europa. Esto es más difícil porque no me gusta entrenar selecciones. Es un sueño para mí. Me parece que Portugal, un país pequeñito, de diez millones de habitantes, sin un potencial económico, sin grandes infraestructuras, tiene un fútbol que merece algo importante. Es un fútbol que ha dado tres balones de oro, ha dado a Eusebio, a Ronaldo, a Figo... Un país que ha dado un Benfica histórico y un Oporto que ha ganado la Champions merece dos cosas: ganar un título grande y ganar algo aún más fácil: llegar, con la ayuda de España, a tener un Mundial de fútbol. Tenemos que ganar esta candidatura.
En toda la conversación no le había visto tanta ilusión en los ojos como cuando ha hablado de Portugal.
Soy un portugués muy atípico, porque el portugués en general echa de menos a Portugal y yo no. No tengo saudade, quizá porque tengo una familia espectacular, porque estoy enamorado de lo que hago... No tengo saudade, pero tengo mucha pasión. Soy un portugués que no quiere volver, no quiero trabajar en ningún club portugués, no quiero vivir en Portugal, pero soy un portugués al que le gustaría hacer algo importante con mis capacidades.
Al principio le leí lo que dice Robinson de usted. Los que están en su cercanía dicen que es cálido, humano. Pero en muchos sitios se dice de usted que es una persona difícil, inaccesible, irritable. ¿Cómo reacciona cuando lee que dicen eso de usted?
Primero, no leo mucho lo que se dice de mí. Óscar [Ribó, responsable de prensa de Mourinho y del Real Madrid, que está presente] es testigo de que todos los días quiero un SMS suyo con un resumen de prensa, porque no leo periódicos ni veo la televisión; solo la utilizo para partidos que quiero o que tengo que ver. Es una protección para mi estabilidad personal. Si llega una persona cercana que habla mal de mí, eso sí me genera un problema porque significa que algo está mal, o en mí o en esa persona. Cuando habla mal de mí una persona que no me conoce, eso no me crea ningún problema. El fútbol me ha dado tantas cosas buenas que tiene todo el derecho a darme alguna mala.
¿Cuál es la mala?
La mala es que he perdido totalmente mi privacidad. Todos me conocen, todos hablan de mí, no puedo ir por la calle con tranquilidad, no puedo pasear con mis hijos, con mi mujer, con mi familia, no puedo viajar tranquilamente. Y tengo que leer muchas mentiras -cuando leo- sobre mí.
¿Qué es lo que más le ha molestado?
Las mentiras. Fuera del fútbol soy un hombre totalmente distinto al que está en el fútbol. Si en el fútbol lo arriesgo todo, soy arriesgado en la forma de liderar, arriesgo en la manera de comunicar, de gestionar mi relación con la prensa..., arriesgaré mucho con el equipo, ya lo verán... En mi vida personal, sin embargo, soy exactamente lo contrario: riesgo cero, perfil bajo, inversiones económicas cero. Riesgo con mis euros cero. Soy un hombre de perfil bajo, no me gusta la vida social, nada. Y la mentira, lo que menos me gusta. ¡Dijeron que en mis vacaciones en Kenia había contratado a un brujo! ¡Lo que inventan!
También dicen que le gusta leer, que le gusta la música...
Mire, la gente ve a un Mourinho durante noventa minutos, en el campo, y antes de los partidos y después, en las conferencias de prensa. Ese Mourinho está jugando el partido. Es difícil percibir a un Mourinho que no esté ya jugando el partido. En el partido estoy de pie noventa minutos, hablo con los míos, con los adversarios, con los árbitros... Estoy jugando mi partido, no salgo a hacer teatro, estoy trabajando. Las ruedas de prensa son espacios de trabajo. La gente me conoce trabajando. Esta entrevista que estoy haciendo con usted no sé si se volverá a repetir, durante la temporada apenas hago entrevistas, jamás voy a la televisión, para mí abrir mi casa es imposible, pararme por la calle con aficionados es muy difícil... Me gustaría visitar una peña de mi club, pero ya me han dicho que son tantas que si voy a una tendría que ir a todas, así que no puedo ir a ninguna... Así que a Mourinho nadie le conoce. Le conoce la familia, los amigos y quien me conoce de verdad.
Déjeme entrar un momento en su casa. ¿Qué libros lee?
Gabriel García Márquez me gusta, pero tengo poco tiempo para leer. Trabajo muchas horas, y cuando llego a casa me gusta estar con los míos. No puedo ser tan egoísta como para exigir mi propio espacio. Tengo que hacer cosas que les guste hacer a ellos, ver la película que le gusta a mi mujer, ir al cine y ver la película que les guste a mis hijos... El otro día estuve en Madrid, muerto de cansancio, pero mis hijos querían ir al Parque de Atracciones. Pues al Parque de Atracciones...
¿Qué le hace reír?
En casa río muchísimo; en mi ambiente de trabajo, también. Y ganar también me hace reír muchísimo.
Terminemos con otro poeta, Rudyard Kipling, que advierte en su poema 'If' contra dos impostores: el triunfo y la derrota. ¿Piensa lo mismo, son armas de doble filo?Alguna vez he pensado, después de una derrota, que afortunadamente son pocas: no debo estar triste porque en el otro vestuario hay gente que está muy feliz. Pero para pensar así tengo que perder muchas veces.




Madrid

Guardiola El hijo del 'paleta'


Paleta=Albañil en catalán

El catalán es una lengua hermosa que coquetea con el francés para desespañolizarse, que tiene música portuguesa, pero que cuando alcanza la mayor expresividad es puro italiano. En catalán, al albañil le dicen paleta, en ejemplo prodigioso de metonimia popular. La paleta es también el arma del pintor. Para hablar de Pep Guardiola, entrenador del FC Barcelona, es apropiado reparar en esa ambivalencia.
El don de la oportunidad se tiene o no se tiene. Y la llegada de Guardiola al banquillo del Barça lo tuvo. Los catalanes han pasado años duros. El debate del Estatut ha evidenciado la incapacidad para asumir con naturalidad la pluralidad de sentimientos entrecruzados. La degradación del entendimiento mutuo, por razones muchas veces interesadas, ha venido acompañada por la viscosa corrupción. El caso Millet de saqueo del Palau de la Música a golpe de comisión y desvío de fondos fue otro golpe bajo a la autoestima catalana. Vino enlazado con la decadencia del Barça de Rijkaard, que había dejado de ganar, con un vestuario roto por la desatención al sacrificio y el esfuerzo. Su estrella Ronaldinho había perdido la joia brasileña para entrar en la resaca perpetua. El presidente Joan Laporta encaraba una moción de censura, donde hasta un 60% de los socios votarían por su dimisión. En ese momento, Pep Guardiola se convirtió en entrenador del primer equipo.
Un año antes, el ex jugador había aceptado la propuesta de entrenar al filial recién descendido a Tercera División. Sus amigos de la profesión le aconsejaron que no aceptara el encargo. "Pep, la Tercera es un infierno, no tiene nada que ver con el fútbol que conoces". Con otras palabras, todos le dijeron lo mismo: "No te ofrecen un caramelo, sino que tendrás que masticar piedras". Pero Guardiola aceptó. Se moría de ganas de entrenar. "Búscame un equipo", le decía a sus amigos, "necesito entrenar". La oferta de hacerse cargo del equipo en Tercera le enfrentaba a una decisión difícil. Pero Pep siempre tuvo claro que la vida consiste en el atrevimiento para equivocarse. A ser posible, equivocarte con errores propios y no ajenos.
Nadie valoró el hecho fundamental de que Guardiola es hijo de un paleta. Su padre, Valentí, representa para él un ejemplo de integridad y esfuerzo. La familia en la que ha crecido, en el pueblo de Santpedor, le ha inculcado valores antiguos, de cuando los padres no tenían ni dinero ni propiedades que transmitirles a los hijos, sino solo principios y dignidad. A la hora de juzgar o estudiar a Guardiola hay que tener en cuenta que debajo del traje elegante, el jersey de cachemir y la corbata elegida está el hijo de un paleta. Que dentro de los caros zapatos italianos hay un corazón en alpargatas.
La primera misión en el filial fue pasar por el embudo a más de cincuenta jugadores y reducirlos a tan solo veintitrés. Había que empezar por el final. Por mandar a muchos fuera del club que los había formado, por buscarles equipos, por citar a los padres, por tragarse las lágrimas, por desbarrancar la vocación infantil de quienes creían que el fútbol era más importante que la vida, que habían medio aparcado estudios porque eran chicos llamados a triunfar. Confeccionar esa plantilla fue un trabajo de ladrillo y cemento, de intuiciones y firmeza, un trabajo sucio y desagradecido. De un día para otro había que decidir si a un chaval llamado Pedrito se le dejaba marchar al Gavá o se le retenía. Con tan solo seis entrenamientos para elegir. Equivocarse era de nuevo el campo de juego.
En el primer amistoso, aquel pequeño Barça reformado y descendido perdió contra el Banyoles, en un campo pequeño de césped artificial junto al hermoso estanque de aguas plácidas, donde no sería el primero en ahogarse engañado por la calma. Muchos pensaron que la ropa elegante de Guardiola, que de jugador había sido un fino centrocampista con más estilo que potencia, admirador de Michel Platini, no estaba hecha para esa división de plomo. El jugador que por delante de la defensa no paraba de hablar, de ordenar a los compañeros, de perseguir al árbitro, de casi afearles a los delanteros rivales que no cumplieran con la geometría del juego perfecto, tenía la palabra.
Desconocían, y quizá hasta lo desconocía él mismo, que su verdadera vocación tiene algo de profesoral. Lo que más le gustaría, una vez abandonado el fútbol profesional, sería entrenar a chavales, a jóvenes que "aún escuchan y quieren aprender". En la pretemporada que ahora termina se quedó afónico de las charlas y correcciones a los jugadores del filial que entrenaban con el primer equipo en tanto regresaban los internacionales, ocho de ellos ganadores del Mundial. Guardiola afónico es siempre una buena señal, es que detrás del desgaste ha encontrado el placer.
Guardiola en sueños habla de fútbol. Tiene curiosidad por muchas cosas que no están en el fútbol. Pero a veces uno tiene la impresión de que las codifica de una manera especial. Que las futboliza. Si tú le cuentas una anécdota de Paco de Lucía o de Belmonte o de Cary Grant, él la archiva con devoción, pero la aplica a su juego, como si fuera un ejercicio, como si le regalas a un cocinero una raqueta de pimpón y lo primero que pensara es cómo usarla de sartén. Esa curiosidad por otros mundos, no tan habitual en los deportistas de éxito, le llega como una solución al enigma de vivir. Pep quizá no conoce los versos sabios de Emily Dickinson: "El éxito les parece lo más dulce a aquellos que no alcanzaron el éxito", pero los ha vivido en carne propia. El deporte de alta competición, por mucho que desde fuera se sitúe en una perspectiva privilegiada, marcada sobre todo por la estima social hacia el dinero y la fama, también deja un rastro de apresuramiento, de vida robada, de vacío. Por eso, acercarse con interés a la moda, al cine, a la lectura, a la música, han sido síntomas de que Guardiola valoraba la consistencia de vivir en algo más que ser reconocido en tu oficio.
A Guardiola, la figura del entrenador le ha fascinado incluso antes de ser consciente de ello. En su paleta de pintor se mezclan desde los que tuvo de niño, Ramón Casado, Antoni Marsal, Oriol Tort, inolvidables para él, hasta la influencia fundamental de Cruyff. De la autogestión con Bobby Robson a la precisión táctica de Van Gaal, que le permitía acercarse al modelo ideal de aquel Ajax de Blind, Kanu, Kluivert, Overmars. Después, el Brescia de Carlo Mazzone; baste decir de él que el magistral Roberto Baggio tenía una cláusula en el contrato por la cual podía irse del club si Mazzone dejaba el banquillo. Allá descubrió el placer de pertenecer a un equipo modesto que lucha por mantener la categoría. En el tercer partido de su primera Liga, en Gijón, tras una derrota frente al Numancia y un empate en casa con el Racing, algunos ya pretendían desbarrancarlo. Allí, el entrenador local, Manolo Preciado, tuvo un fugaz diálogo con él. Pero contenía el suficiente calor y la suficiente experiencia en el circo del fútbol y en la noria de la vida para confortar al casi debutante Guardiola. Y él no olvida esos detalles. Los mima, incluso. El día en que España ganó el Mundial no corrió a felicitar a los jugadores del Barça, sino al entrenador Del Bosque. La noche en que destituyeron a un amigo entrenador de Primera organizó a todo correr una cena para él, para hacerle reír en la desolación.
Recién retirado del fútbol, su empeño por seguir conociendo entrenadores le llevó a Argentina. Quería saber más de Ricardo La Volpe, de Marcelo Bielsa, del flaco Menotti. Citados en un restaurante de Belgrano, Menotti lo esperaba para hablar de fútbol. "Así que usted ahora quiere ser entrenador". Antes de que Guardiola pudiera comenzar a explicar eso que los comentaristas deportivos llaman con la grandilocuencia habitual su credo, Menotti pidió un whisky y el camarero le trajo un vaso bajo lleno de hielo. El veterano entrenador se enojó: "¿Usted me ve la rodilla mal? ¿Me ve hinchada la rodilla? ¿Acaso estoy lesionado?". El camarero, mudo, no sabía qué decir. "Llévese este montón de hielo, por favor, y tráigame un vaso con el whisky solo".
A Guardiola le seducen los buenos conversadores, los que manejan la particularidad de la anécdota con la varita para convertirla en sabiduría universal. De alguna manera recolecta conversadores. Le da lo mismo si son jugadores como Charly Rexach o el Matu Morales o Pellegrini, escritores como Azcona o maestros de la improvisación como el Gran Wyoming. Admira a quien sabe contar, porque sabe que contarlo bien es parte de la tarea de un entrenador. Menotti no tardó en señalar el camino de los banquillos a Guardiola. "No lo dude", le dijo. "Hágase entrenador. Al menos así los tiros estarán más repartidos. No me los darán solo a mí".
La conversación con Marcelo Bielsa fue aún más intensa. Se prolongó durante 11 horas, tras un asado en su casa de campo en las afueras de Rosario. Allí hubo discusiones acaloradas, consulta al ordenador, repaso de técnicas, puesta en escena de posiciones. Hubo preguntas complicadas: "¿Por qué usted, que conoce toda la basura que rodea al mundo de fútbol, el alto grado de deshonestidad de cierta gente, aún quiere volver ahí, y meterse además a entrenar? ¿Tanto le gusta la sangre?". Pep no se lo pensó dos veces: "Necesito esa sangre".
Marcelo Bielsa, que es un entrenador compulsivo, un arquitecto del caos, tuvo palabras de ánimo, también sembró de incertidumbres el camino. Le explicó por qué no concedía entrevistas personales a los medios de comunicación. Se resistía a caer en esa especie de juego con los locutores influyentes, con los grandes grupos mediáticos. "¿Por qué le voy a dar una entrevista a un tipo poderoso y se la voy a negar a un pequeño reportero de provincias? ¿Por qué voy a acudir a una emisora líder cada vez que me llame y en cambio jamás a una pequeña radio del interior? ¿Cuál es el criterio para hacer una cosa así? ¿Mi propio interés? Eso es ventajismo". Guardiola adoptó la medida nada más hacerse cargo del primer equipo del Barcelona. Decidió no conceder entrevistas personales. Someterse, por supuesto, a las ruedas de prensa, tres por semana, sin vetos ni duración acotada, pero no pasar de ahí. La decisión, controvertida y contestada por muchos periodistas que veían despreciada su labor o su importancia, finalmente se ha impuesto como un rasgo distintivo más.
Aunque sobre la mesa de su despacho en los campos de entrenamientos se acumulan los libros, unos enviados por las editoriales, otros por amigos, otros por los propios autores, y en los lomos alcanzas a leer obras de Marco Aurelio, Baltasar Gracián o Séneca, Guardiola es un lector y un espectador bastante común, nada relamido. Señalando la fila de libros que esperan para ser leídos, no es raro escucharle decir: "Dios mío, soy un impostor, ¿cuándo se va a dar cuenta la gente de que yo no me puedo leer todo esto?". Pero al rato se escapa a una librería y se lleva las dos o tres recomendaciones y regalos que quiere hacer, una serie en DVD y varias películas. "Yo no sé lo que pensarán los que entienden, pero a mí me ha encantado", es una declaración habitual cuando sale del cine o termina una novela que le ha atrapado.
Cuando Pep era jugador, anticipó su salida del Barcelona a que la grada lo silbara o el entrenador tuviera que armarse de valor para dejar en el banquillo a un símbolo. Se quitó de en medio. Entonces ya estaba el plan futuro trazado. Para ser entrenador, tan solo conocer la disciplina de un equipo termina por ser una enorme limitación. Para muchos entendidos, los entrenadores que no han sido jugadores relevantes sienten una especie de complejo y tratan de sobrepersonalizar a sus equipos, de ser más intervencionistas, científicos, protagonistas. Guardiola tuvo una carrera plena como jugador. La figura del futbolista como un ser privilegiado, que tiene que aprovechar esos años como un regalo, es algo que imprime en la mentalidad de sus jugadores. Fue además un capitán que aprendió de capitanes fuertes, decisivos en la organización, gente como Zubizarreta o Alexanco, o Roberto Solozábal en la selección con la que ganaron los Juegos Olímpicos de 1992. Valora y propugna esa magnitud añadida, venga desempeñada por Puyol o por Raúl.
A ratos, Guardiola es visto por la sociedad catalana como una especie de Dalai prêt-à-porter, sabio prudente. Bromea con los artículos elogiosos, como si fueran un concurso de lametazos, y se pregunta si las virtudes no se transformarán en defectos cuando llegue la derrota, si los elogios no afilan las cuchillas para cuando suene la hora del degüello. La clave es que el tiempo entre medias haya valido la pena. No en vano Amor particular, de Lluís Llach, es una de sus canciones de cabecera, el canto de agradecimiento al tiempo en el cual el amor te concedió el privilegio de posarse sobre ti.
Dos días después de ser eliminado en la Champions por el Inter de Mourinho, el Barcelona se jugaba la Liga del año pasado en el campo del Villarreal. Notaba heridos a sus jugadores, rotos por la derrota en la competición más ansiada. "¿Qué les digo?", se preguntaba en voz alta el entrenador a una hora de sentarse en el banquillo del Madrigal. A Guardiola le obsesiona que los mensajes motivantes sean cortos, claros, sencillos, asequibles, eficaces. Ha encargado vídeos y utilizado imágenes de Youtube, señalados esfuerzos, ideas, momentos, destellos. Todo vale para avivar el ánimo a los jugadores. Aquel día se dirigió a sus jugadores con una sonrisa abierta. "Señores, yo no les puedo pedir más. Me han dado mucho más de lo que cualquier entrenador puede pedir a sus jugadores. Sois grandes. Gracias por todo. Solo quiero decirles una cosa. Si salimos ahí fuera y perdemos y se nos escapa la Liga, no pasa nada. Absolutamente nada. Tranquilos. Mil gracias. Para mí sois los campeones". El Barcelona ganó cuatro a cero y la Liga. En la grada estaba Valentín, el padre de Pep.
Para Pep, lo único que compensa los ratos perdidos de disfrutar de sus tres niños por la dedicación a entrenar a alto nivel tiene que ver con su padre. Desde el día en que empezó a entrenar en Tercera, su padre decidió seguir los partidos y eso le da la salud, le mantiene ocupado, atento, en guardia, feliz. Su hijo quiere pensar que le ha regalado años de vida.
Porque perseguir la felicidad del aficionado es el empeño de este entrenador, fanático del Barça, que se mudó a vivir a La Masía, centro de formación de jugadores del club, cuando tenía 13 años. Para él no hay nada más maravilloso que a los que te regalen esa pasión, devolverles la plenitud, la euforia. Siempre que tiene ocasión lo recuerda. "Lo mejor de este oficio es que gente que tiene problemas mucho más serios que el fútbol, que vive la crisis de manera brutal o se enfrenta a dramas particulares, por un rato vibran, olvidan, celebran, gracias a este juego".
A Guardiola le gusta mucho el fútbol. Y ganar, porque en eso consiste el juego. Pero hacerlo dignificando la propuesta. Él ofrece un sistema, solo pide que confíen en él, que sean fieles. El día en que nota a sus jugadores poco comprometidos, apáticos, con dudas, aunque sea tras un entrenamiento sin relevancia, es un hombre triste, desmoralizado, con ganas de dejarlo todo. Nadie debería confundirse en esto. Es un profesional obsesivo, detallista, porque sabe que los detalles deciden. Venera el club donde trabaja y se impuso como regla no ser más que una pieza del entramado. Cobrar su sueldo por un año y jamás exigir ni un café sin pagarlo. No aspira a ser reconocido como un adoctrinador, un gurú, un guía. No quiere ser nada más que un entrenador, un buen entrenador. Lo otro, lo demás, lo bueno y lo malo, se lo echa encima una sociedad necesitada de modelos. Quizá hastiada de tramposos, de ventajistas, de canallas, de gente que impone valores de egoísmo, oportunismo y egolatría, desde la tribuna privilegiada de la televisión o los medios o los negocios o la política. Él pertenece a esa sociedad. Y la dignifica, de una manera muy simple, tratando de hacer bien su faena, ayudando a hacer prosperar el sentido común desde su parcela de exposición pública. Con la misma callada dignidad con la que un buen paleta, sin que nadie mire ni aplauda, pone un ladrillo sobre el cemento.





link: http://www.youtube.com/watch?v=X8xKXKa9KVI




link: http://www.youtube.com/watch?v=qgvmEdY7xgg


Y usted a quien escogeria como couching personal?.......ENJOY