• Antes voy a decir que antes de opinar algo o comentar se tomen el tiempo de leer




Pienso luego Existo

La interpretación vulgar que se le suele dar a la afirmación de Descartes “pienso, luego existo” (también citada en latín como “cogito, ergo sum”) es que tal frase es una apología del pensar. En otras palabras, que el filósofo francés creía que el hecho de ejercer el pensamiento nos dotaba de entidad. Aunque la interpretación es bonita, no es la que el autor racionalista pretendía.

Descartes vive en un contexto filosófico e histórico complejo. Por un lado, el derrumbe de la escolástica era evidente, sin embargo, ninguna nueva filosofía tenía suficiente fuerza para considerarse un punto de referencia. Autores heterogéneos, muchos de ellos con discursos neoplatónicos o esotéricos, disputaban entre sí sin que hubiese un lenguaje filosófico común entre todos los autores de la época. Por otro lado, Europa se desangraba por las luchas de religión y la fe cristiana, otrora fuente de certezas, era ahora objeto de controversia.

El filósofo francés prentendió encontrar una verdad radical de la que no se pudiese dudar. Buscaba una certeza profunda indubitable sobre la que asentar su sistema filosófico, de la misma manera a como los geómetras, partiendo de axiomas autoevidentes, construyen su ciencia infalible.

Descartes desdeñó a los sentidos como fuentes de certeza indubitable ya que los sentidos son, muchas veces, engañosos. También dudó del mundo sensible e incluso de las matemáticas ¿quién no nos asegura que un dios maligno y todopoderoso nos engaña incluso en las evidencias más primarias como que dos mas dos son cuatro? Es una posibilidad descabellada pero pensable, por lo tanto, no podemos considerar nada como cierto.

Ahora bien, dice nuestro autor, si existe ese Dios engañador puede engañarme en la suma de dos y dos, pero si me engaña existo ya que aunque yo no existiera y Dios me engañase sobre mi existencia, en el momento en que me engaño no puedo dudar de que yo soy. Aunque mis pensamientos sean un cúmulo de falsedades, alguien los piensa y ese ser pensante que debe existir soy yo. Por lo tanto, en cuanto pienso, existo aunque no pueda saber si ayer o hace cinco minutos existí; podría ser que solo exista ahora y que mis recuerdos no sean más que engaños construidos por el genio maligno para que piense que existía cuando no existía. Pero, una vez más, en el instante en que estoy pensando, tengo existencia.

Desde esta certeza Descartes construye su filosofía racionalista. La frase es universalmente famosa y atribuida a Descartes, pero Agustín de Hipona se adelantó en el siglo V a esta idea del francés. Agustín afirmó que si el hombre se engaña en muchas cosas, mientras se engaña existe, por lo tanto la existencia del hombre es indudable. De aquí su frase “Si enin fallor sum”, que quiere decir “si me engaño, soy”. Lógicamente el filósofo medieval no pretendía con esta frase construir un sistema filosófico como pretendía el francés, pero debemos reconocer que la idea de Agustín es bastante parecida a la de Descartes.

La certeza del cogito ha sido fuertemente atacada. El mayor ataque es que parte de la certeza del orden lógico, en concreto, la certeza cartesiana se basa en la fe en el principio lógico de no contradicción, según el cual el yo es algo frente a la nada y el ser y el no ser, por lo tanto, son cosas diferentes. Pero, ¿y si no lo fueran? ¿y si lo falso y lo verdadero no fueran más que juegos y la expresión “existir” careciera, en sí misma de significado? Descartes desdeña esta posibilidad, ya que en el fondo parte de la certeza del orden lógico.

En todo caso, la frase de Descartes marca un antes y un después en la historia de la filosofía. Frente a una filosofía basada en la búsqueda de Dios, la filosofía de Descartes, que funda su certeza en la conciencia, se centra en el hombre. Es el hombre pensante el que descubre en sí mismo la verdad radical de la existencia. A partir de Descartes empieza la filosofía moderna, filosofía centrada en el conocimiento y en la reflexión antropológica asociada a la gnoseología.

Para el lector curioso, quiero dejar dos textos en donde aparece la idea expresada en la famosa frase de Descartes, uno de las “Meditaciones Metafísicas” y otro de “El Discurso del Método”. El subrayado es mío.

“Así pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo. Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable?

¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: “yo soy, yo existo”, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.”

René Descartes. Meditaciones metafísicas; fragmento de la 2ª meditación, edición de librodot.com

“No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan metafísicas y tan fuera de lo común, que quizá no gusten a todo el mundo, Sin embargo, para que se pueda apreciar si los fundamentos que he tomado son bastante firmes, me veo en cierta manera obligado a decir algo de esas reflexiones. Tiempo ha que había advertido que, en lo tocante a las costumbres, es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, y esto se ha dicho ya en la parte anterior; pero, deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.”

René Descartes; Discurso del método; cuarta parte; traducción de Manuel García Morente

info