Recuerdos...juegos de la infancia

Tratemos de recuperar Imaginariamente ese fragmento de nuestra infancia, o de aglutinar en él la suma de múltiples experiencias dispersas en el tiempo y en el espacio, aunque sutilmente vinculadas por el hilo de la emoción lúdica: En el fondo de esa tarde el sol parecía detenido en una espera atemporal, ilustrando escenas arcaicas, que tal vez entreviera muchos siglos atrás -con el mismo o con distinto significado- en un palacio de Micenas, en los arrabales de Tebas, en un jardín de Samarkanda, a orillas del río Amarillo, en la meseta de Anahuac, en las calles de Roma, junto a los muros de Avila, en un conventillo rumoroso y pendenciero del Este londinense... Un grupo de niñas, tomadas de la mano, Iniciaba un juego de ronda y comenzaba a girar rítmicamente, mientras otra, que se habla quedado "afuera", entablaba con ellas el siguiente
diálogo:

- Don Juan de las Casas Blancas.
- ¿Qué dice su Señoría?
- ¿Cuántos panes hay en el horno?
- Veinticinco y un quemado.
- ¿Quién lo quemó?
- Este pícaro ladrón.
- ¡Ahorquenló por traidor!

El grupo se deshacía bulliciosamente al llegar a este punto porque era necesario "ahorcar" al "traidor". Pasado el alboroto la ronda volvía a formarse, pero esta vez la niña, ubicada en el centro cantaba:
Yo soy la viudita
del barrio del Rey,
me quiero casar
y no sé con quién.

Las integrantes de la ronda, sin dejar de girar, le respondían:
Si eres tan bella
y no sabes con quién,
elige a tu gusto
que aquí tienes cien.

La ronda se detenía y la "viudita" procedía a elegir:
Con esta si,
con esta no,
con esta señorita
me caso yo.

La elegida pasaba a hacer de "viudita" en la vuelta siguiente, aunque casi de inmediato, con rara unanimidad, el grupo resolvía Jugar a aquello de:
Buenos días su Señoría,
mantantira lirolá.
¿Qué quería su Señoría?
mantantira lirolá.
Yo quería una de sus hijas...

O bien formaban rueda para contrapuntear con una solista, que alternativamente sacaba a bailar a cada una de sus compañeras:

Solista: Déjenja sola, solita y sola,
que la quiero ver bailar,
saltar y brincar,
andar por los aires
y moverse con mucho donaire.

Coro: Busque compaña, busque compaña,
que la quiero ver bailar,
saltar y brincar,
andar por los aires
y moverse con mucho donaire.

Las niñas descansaban unos minutos, hasta que una de ellas proponía "contar" para determinar quiénes formarían "puente" en el Martín Pescador. Para elegir a la primera se ponían en círculo y contaban, señalando con el dedo o golpeando en el pecho, a cada palabra, a las participantes: "Unía, dosía, tresía, cuartana, / olor de manzana, verdugo la te, / contigo son diez". Para la otra usaban la fórmula "una, dena, trena, cadena, / surquito de vela, velita, velón, / contalas bien que las diez son". Las dos niñas elegidas se ponían, en secreto, un nombre de fruta cada una, y se tomaban de las manos con los brazos en alto, formando un arco o puente. Las restantes, en fila india, pasaban bajo el arco mientras cantaban "Martín Pescador, ¿me dejará pasar?", a lo que respondían las del arco: "Pasará, pasará, pero el último quedará". Al pasar la última, en efecto, las niñas bajaban los brazos y la apresaban entre ellos, formulándole la pregunta: "¿qué fruta te gusta más, pera o manzana?". Según la respuesta, la niña "prisionera" se tomaba de la cintura de la "fruta" elegida o de la última "prisionera", y así hasta formar dos filas (que al terminar el juego podían "cinchar" para dirimir supremacías).
Alguien anunciaba entonces que se jugaría a la paloma, y las niñas se aprestaban para iniciar la nueva ronda:

Estaba la paloma blanca
sentada en un verde limón,
con el pico cortaba la rama,
con la rama cortaba la flor.
Ay, ay, ay, ¿cuándo veré a mi amor?
Ay, ay, ay, ¿cuándo veré a mi amor?

Al llegar a este punto se soltaban y mimaban lo siguiente, en dos filas enfrentadas que sugerían reminiscencias del minué cortesano o de la "firmeza" criolla:

Me arrodillo a los pies de mi amante,
me levanto constante, constante.
(bis)
...............

Darás un paso atrás,
harás la reverencia.
Dame la mano,
dame la otra,
dame un besito
sobre la boca.

Aquí hacían un mohín pudoroso y respondían:

Pero no, pero no, pero no,
porque me da vergüenza.
Pero sí, pero si, pero sí,
porque te quiero a ti.

Algo más lejos un grupo vocinglero pasaba cantando La Farolera:

La farolera tropezó
y en la calle se cayó.
Al pasar por un cuartel
se enamoró del coronel.
Alcen la barrera
para que pase la farolera...
Dos y dos son cuatro,
cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho,
y ocho diez y seis,
y ocho veinticuatro,
y ocho treinta y dos.
Anima bendita
me arrodillo en vos,

y en un patio de baldosas blancas y negras otra ronda giraba entonando Sobre el puente de Aviñón, mientras un niño colocado en el centro de la rueda mimaba un oficio determinado, con movimientos que eran imitados por los otros participantes: "Hacen así, así las planchadoras, / hacen así, así me gusta a mí". A este juego le sucedía La Torre en guardia, con una coreografía y reglas algo más complicadas. Se elegían para jugarla al Rey, a los soldados y a dos niñas, que cumplían el papel de "torre", colocadas frente a frente y con las manos enlazadas. Una niña giraba alrededor de ellas y se suscitaba este diálogo cantado:

Niña: La Torre en guardia,
la torre en guardia,
la vengo a destruir.
Torre: Pues yo no temo,
pues yo no temo,
ni a ti ni a tus soldados.
Niña: Me voy a quejar,
me voy a quejar,
al gran Rey de Borgoña.
Torre: Pues vete a quejar,
pues vete a quejar,
al gran Rey de Borgoña.

Al recibir esta respuesta la niña se dirigía al Rey, que se encontraba con sus soldados y solicitaba ayuda:

Niña: Mi Rey, mi Príncipe,
mi Rey, mi Principe,
te vengo a suplicar.
Rey: Mi capitán, mi coronel,
¿qué es lo que me pides?
Niña: Lo que te pido,
lo que te pido,
es parte de tu guardia.
Rey: Pues vaya mi guardia,
pues vaya mi guardia,
la torre a destruir.

Los "Soldados" se lanzaban sobre la "torre" y trataban de destruirla separándole las manos, para lo cual se dividían a su vez en dos bandos que forcejeaban tomados de la cintura. Se jugaba, seguidamente, al gallo ciego, cuya antigüedad y universalidad los chicos por supuesto desconocían. Para jugarlo se le vendaban los ojos a un niño y se le colocaba en el centro de la rueda.

El niño tenía que atrapar a uno de los jugadores e identificarlo, y para ello las variantes eran múltiples: en unos casos el atrapado debía emitir un sonido en falsete, en otros dejarse tocar el rostro, las ropas, etc. La iniciación del juego era precedida, frecuentemente, por un breve diálogo entre los integrantes (de la ronda y el "gallo ciego":

-Gallito ciego, ¿qué se te ha perdido?
-Una aguja y un dedal.
-Mirá para arriba, mirá para abajo. Yo te lo tengo
y no te lo voy a entregar.

El grupo que había pasado cantando La Farolera vólvía, las niñas tomadas por la cintura y saltando rítmicamente sobre uno y otro pie:

A la lata, al latero,
a la chica del chocolatero.
Botellita, botellita de licor,
hay de menta, hay de rosa,
para la niña buena moza.

El grupo se detenía bajos los árboles de mitad de cuadra e improvisaba sobre el rectángulo de la vereda el juego de las esquinitas- Cuatro jugadoras ocupaban los ángulos de la vereda y otra se ubicaba en el centro, en el cruce de las dos diagonales imaginarias. Las niñas de las esquinas intercambiaban posiciones a la carrera, desplazándose a lo largo o en diagonal, y el "centro" trataba de ubicarse a su vez en uno de los ángulos circunstancialmente desocupados. La niña que quedaba sin lugar debía ocupar, a su turno, el centro. Cuando se insinuaba el cansancio se jugaba a las estatuas, para lo cual se ubicaban en fila, de espaldas a la pared.
Una de las niñas procedía a "sacar" a las participantes, acción que cumplía haciéndolas pasar al cordón de la vereda -luego de preguntarles "¿sal, aceite, vinagre o picante?"- con un giro suave o violento, según lo elegido. Las "sacadas" tenían que permanecer en la posición en que se habían detenido, o bien adoptar una actitud estilizada y "estatuaria". Al concluir se elegía a la mejor "estatua", que pasaba a ocupar el lugar de la "sacadora".

Un juego menos hierático era el oficlo mudo, que consistía en mimar los movimientos y actitudes características de los distintos trabajos humanos para que los demás adivinasen. A la galería de los juegos imitativos pertenecía también el Antón Perulero (o "al don pirulero" que es la forma usada corrientemente en el Río de la Plata), o bien las visitas, las comiditas y el doctor, en los que los chicos asumían papeles de adultos y remedaban las situaciones típicas de medio familiar y de la vida de los mayores, con las consiguientes notas sexuales.

Sobre las baldosas percudidas y grises de la vereda una mano infantil trazaba con tiza los casilleros de la rayuela, repitiendo candorosamente un gesto milenario y de compleja sig nificación, cuyas claves quizá se mezclan en algún momento arcaico con las raíces de la poesía y del arte. La niña que había trazado el diagrama ignoraba que el juego que se aprestaba a practicar con la ayuda de un pequeño tejo ya era conocido en la Grecia clásica con el nombre de ascolias, y en la Roma Imperial con el de juego de las odres, y seguramente le hubiesen causado mucha gracia los nombres con que se lo conoce en otras partes del mundo: infernáculo, pata coja. calajanso o tejo en España; truccino, paradiso o strangallucce en Italia; hop scotch en Inglaterra; munzenwurfspiel en Alemania; marop en la India, etc.

Arcaica y universal, la rayuela constituye, corno muchos otros juegos, un pequeño enigma etnológico para los estudiosos, que no se han puesto todavía de acuerdo sobre sus orígenes y le han atribuido, como a los naipes, significados míticos, mágicos, religiosos, cabalísticos, etc., relacionándola con los progresos del alma, con ceremonias y ritos de pasaje, con el laberinto y la espiral, etcétera.

El arraigo y difusión de la rayuela en América, a partir de la Conquista,ha sido notable. Se la juega en Chile con el nombre de luche o mariola, en México con el de tejo pijije, en Santo Domingo con el de trucamelo, en Colombia con el de coroza, en Argentina con los de rayuela, tejo, luche, gambeta, tilín tuncuna, etc., y así sucesivamente. El antropólogo argentino Eduardo Menéndez ha realizado un valioso análisis etnológico del tema, que hemos seguido para elaborar esta reseña, y en el que apunta para nuestro país aproximadamente 15 tipos de diagrama; básicos, al mismo tiempo que variantes como las rayuelas "Caracol", "cuadrada" y "aeroplano".

En el citado trabajo (Aproximaciones al estudio de un juego: la rayuela, publicado en 1963 en los Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología), suministra una completa descripción de sus características sobresalientes: "Se traza en el suelo (de tierra, piedra o suelo artificial) un diagrama constituido generalmente por una serie de rectángulos coronados por un semicírculo.

El número de casillas varía en nuestras rayuelas entre 6 y 16, predominando las que están constituidas por 9 u 11 compartimientos; las rayuelas recogidas bibliográficamente para el resto de América dan aproximadamente los mismos resultados. Para el Viejo Mundo, en cambio, parecen predominar las rayuelas constituidas por 7 ó 9 casillas, lo cual como luego veremos, se relaciona con ciertas hipótesis existentes respecto del origen de este juego. "Se numeran los distintos compartimientos, a los que también suelen dárseles diversos nombres.

Los jugadores, que pueden ser dos o más, poseen tejos personales o colectivos, hechos de madera, piedra, hierro,etc., que van arrojando a las sucesivas casillas de donde tendrán que ser sacados. El modo de hacerlo es el siguiente: el primer jugador arroja su tejo al primer compartimiento, entra a pie cojo, y lo patea o lo levanta, para luego salir en la misma forma en que entró; lo mismo hace con las otras casillas, hasta llegar a la última. El tejo puede ser sacado de uno o varios puntapiés.

"En algunas de las casillas que reciben el nombre de Descanso así como en la casilla final, que generalmente se denomina Cielo, Gloria o Paraíso, el jugador puede asentar ambos pies. En otras casillas, que generalmente reciben el nombre de Infierno o Mundo, no se puede hablar, y algunas veces deben saltearse, es decir, ni el tejo ni los jugadores pueden tocar dichos compartimientos.

"En una zona caracterizada por un cuadrado o rectángulo, dividido por diagonales y que generalmente ocupa los números centrales, el jugador debe saltar con las piernas abiertas, colocando cada pie en los triángulos laterales que se constituyen.

"El jugador pierde cuando asienta ambos pies en casillas donde ello no es permitido, cuando pisa las líneas del diagrama, cuando el tejo al ser pateado sale lateralmente y no por el trazado de la figura, cuando al arrojar el tejo éste queda sobre una raya o en una casilla distinta de la prefijada, cuando habla en los distintos lugares donde debe permanecer callado, cuando equivoca el recorrido del diagrama.

"El juego puede concluir en el primer recorrido, o más frecuentemente, pueden repetirse las vueltas, pero añadiéndose algunos elementos que hacen cada vez más difícil llegar a la última casilla sin perder; por ejemplo, llevar el tejo sobre el pie, en la mano, en un dedo (generalmente el índice) o en la frente, atravesar el diagrama con los ojos vendados o cerrados, avanzar de espaldas saltando a pie cojo.

"Casi siempre el juego implica competición, pero a veces pareciera no existir tal actitud; el juego se limitaría a que todos llegasen al final sin que importe demasiado quién gane".

Si luego de este recorrido sobre el diagrama de la rayuela volviésemos a ese atardecer veraniego de las rondas, simétrico de otros atardeceres rurales o urbanos, encontraríamos, seguramente, los restantes juegos de nuestra infancia:

La mancha, por ejemplo, con su "pido", que al ser proclamado rodeaba al jugador con una inmunidad casi mágica, y con sus variantes: venenosa (los chicos debían apoyar la mano en la parte tocada), helada (el chico tocado debía permanecer en la posición en que se encontraba en el momento de ser tocado) , agachada (si el chico se agachaba no podía ser tocado), pared (si conseguía llegar hasta la pared no podía ser tocado). el viejito de la veredita o el patrón de la vereda (había que atravesar a la carrera una zona de peligro, ocupada por un niño que hacía las veces de "viejito" o "patrón", etcétera. O el ¿lobo está?, en el que uno de los niños asumía el papel del "lobo" recluído en su cueva y sostenía este diálogo con los miembros del coro, mientras se "vestía" cuidadosamente:

Coro: Juguemos en el bosque
mientras el lobo no está.
¿Lobo está?
Lobo: Me estoy poniendo los pantalones, etc.

Diálogo que se rompía cuando el "lobo", revestido con todas sus prendas,salía de su reducto e iniciaba la cacería de los "preguntones". Recuperaríamos, en esta vuelta imaginaria, la ingenuidad teológica, de auto sacramental primitivo, del pisapisuela, en el que una niña que hacía de "Madre" elegía a los "Angeles" con una cuenta de pisar:

Pisa, pisuela, / color de ciruela, /vía, vía, este pie- / No hay de menta, / ni de rosa, / para mi querida esposa. / que se llama doña Rosa / y que vive en Mendoza, / y se acaba de casar / con un palo de a-ma-sar.

La niña cuyo pie había sido tocado en el momento de pronunciar la última sílaba debía levantarlo. Si volvía a resultar tocada era elegida "Primer Angel", y debía apartarse del grupo. En esta forma eran elegidos los restantes "Angeles", que se alineaban detrás del primero. La niña que quedaba resultaba "Diablo". Llegado el juego a este punto la "Madre" llamaba a los "Angeles":

Madre: Primer Angel, ven a mí.
Angel: No puedo porque está el Diablo.
Madre: abre tus alas y ven a mí,

El "Angel" debía atravesar a la carrera el lugar que ocupaba el "Diablo". Este le arrojaba entonces una pelota o bolitas de papel.Si lo alcanzaba con sus proyectiles el "Angel" quedaba prisionero del "Diablo", y en caso contrario pasaba al bando de la "Madre". Ganaba la figura que había reunido más "Angeles".

Descubriríamos también el vigilante y ladrón (que daba lugar al estentóreo "¡Abajo la policía!", y todas las variantes de los juegos de persecución; o acaso el fideo fino, que se practicaba en pareja y era una forma de girar con las manos tomadas y los brazos cruzados; o la gata parida, que consistía en un violento forcejeo.destinado a desalojar de la fila (o de un grupo compacto) a uno de sus integrantes; a la sillita de oro, en la que dos niños llevaban a un tercero, sobre sus manos entrelazadas, y cantaban: "a la sillita de oro, / donde se sienta el loro...''o bien, como complemento de Se me ha perdido una niña:

Aquí se la traigo en sillita
cataplin, cataplán, cataplero,
aquí se la traigo en sillita,
del fondo del jardín.

En el rango, que se reservaba para los varones, volveríamos a saltar sobre otro chico, colocado como caballete, con la cabeza gacha y las palmas de las manos apoyadas sobre las rodillas, impulsándonos limpiamente a los gritos de: "la primera sin tocar"..." la segunda rodilla en tierra". .. "cuarta tiro mi manta"... "quinta recojo la cinta"... etc.

La llegada de las primeras sombras de la noche ofrecía el marco propicia para las escondidas, que exigían la complicidad de los portales, los rincones a media luz y los troncos protectores.

Para jugar a las escondidas se elegía al chico que ocuparía la "piedra" (un punto ideal en la pared, sobre el que debía apoyarse con un brazo flexionado y los ojos cerrados descansando sobre éste, para no "espiar", y se aprovechaba la "cuenta" que él debía efectuar para buscar un escondite adecuado.
Mientras trataba de orientarse por los cuchicheos y las carreritas de los rezagados, el chico contaba: "uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez... punto y coma, el que no se escondió se embroma"; hecho lo cual se lanzaba la búsqueda. Cuando encontraba a un niño ("¡Piedra libre para Carlitos que está detrás del árbol!" se iniciaba entre ambos una carrera hasta la "piedra": si el "descubierto" llegaba primero y gritaba "piedra libre", quedaba, en efecto, "libre", y en caso contrario quedaba "prisionero" del guardián de la "piedra".

Podía ocurrir que en alguno de estos alejamientos exploratorios uno de los "escondidos" saliera furtivamente de su lugar y tocando la pared profiriese el grito liberador y solidario de 'piedra libre para todos mis compañeros", con lo que terminaba ese juego y el guardián volvía a "contar".Y en el caso de alguna irregularidad se gritaba el viejo y tradicional "sangre!".
Las rondas y juegos que hemos mencionado hasta ahora solo exigían, salvo en el caso de la rayuela, la participación del cuerpo y de la imaginación y el conocimiento de algunas reglas o estribillos organizadores. Otros, por el contrario, requerían la participación, siquiera mínima, de los elementos más variados: carozos de durazno, piedritas, varillas, pelotas de goma, esferitas de vidrio, sogas, argollas, pedazos de madera torneada, tejos, aros, trozos de cartulina, recortes de metal, hilos, alambres, trapos, etc., y suponían la utilización lúdica de una porción del mundo de los objetos.

Muchos de los juegos que hemos mencionado y que mencionaremos a continuación, han perdido vigencia y arraigo en el mundo contemporáneo, desplazados por los nuevos entretenimientos y juguetes que se fabrican a escala industrial y se destinan a un mercado infantil científicamente manejado por los organizadores del consumo, hasta el punto de que solo se los recuerda con una vaga melancolía arqueológica -frecuentemente reaccionaria- como "ingenuos" ingredientes del universo de nuestros abuelos. Los niños modernos han perdido, ciertamente, el sabor y la técnica de numerosos juegos, que parecen irremisiblemente condenados a desaparecer al cabo de una existencia fecunda y en muchos casos milenaria, a pesar de su encanto y de su probada efectividad lúdica.

Volvamos los ojos sobre uno de los escasos y transitorios sobrevivientes: dos chicos están sentados sobre el umbral de una puerta; entre ellos, ocho piedritas brillantes, del tamaño de porotos de manteca. Uno de ellos alza las piedritas, las coloca sobre el dorso de la mano derecha y las arroja cdn fuerza hacia arriba. Con rapidez vuelve a girar la mano y las recibe en la palma, sin poder evitar que algunas caigan al suelo.

El chico toma una de las que ha recibido en su mano y la vuelve a arrojar, mientras trata de recuperar las caídas. Consigue alzar dos y gira la mano para recibir en ella la que ya cae; y así varias veces, con velocidad increíble, hasta que falla y debe pasar las piedritas a su compañero.

La escena ocurre en los suburbios de Berisso o Tucumán, pero con características muy similares pudo registrarse dos mil años antes en un caserío de la isla de Creta, o siglos más tarde en una aldea mochica, quizá como parte de un desconocido ritual mágico-agrario. Los chicos juegan al tinenti, o payana, o también pallana, que no es otro que los cantillos españoles, la chapana ecuatoriana o la chinata de la isla de Cuba, y que en nuestro país tiene numerosas variantes, según el jugador emplee cinco en lugar de ocho piedritas, o las levante de a uno, de dos en dos, de tres y una, con golpes de pecho intercalados, con las piedritas a determinada distancia, etc.

El diabolo era un juego de destreza, presumiblemente de origen chino y llevado a Europa en el siglo XVIII por los misioneros católicos. Gozó de gran favor a lo largo del siglo pasado y comienzos del presente, pero en la actualidad prácticamente se lo desconoce.
Consistía en dos varitas de 20 centímetros de largo, unidas en dos de sus puntas por un cordel de largo convencional. El jugador tomaba las varitas en sus manos y colocaba en el centro de la cuerda, que descansaba en tierra, al diabolo propiamente dicho (dos conos unidos por sus vértices). Hecho lo cual comenzaba a impulsarlo, con un movimiento ascendente-descendente de las varitas derecha e izquierda, para que lograse cierta velocidad de rotación. Una vez alcanzada, arrojaba el diabolo hacia lo alto y lo volvía a recoger con el cordel, repitiendo esta operación tantas veces como su destreza se lo permitiese. La pericia en el manejo de los implementos permitía, por supuesto, un número apreciable de variantes y "finezas" acrobáticas, que constituían el punto más alto del arte.

El juego con aros exigía munirse de un gran arco de mimbre y de una o dos varillas para mantener lo vertical e impulsarlo a la carrera ("aro rodante", o bien para lanzarlo al aire y volver a recogerlo ("aro volante" lo que se realizaba en forma individual o bien por parejas o equipos. Sucedáneos de los aros de mimbre eran las llantas de triciclos o bicicletas, que se impulsaban mediante la ayuda de un troza de alambre, retorcido en uno de sus extremos. Se jugaba también con argollas y arandelas de madera o metal, a ensartarlas en una estaca clavada en tierra o en el cuello de una botella; o con tejos, a introducirlos en un hoyo, a arrimarlos o hacerles traspasar una raya trazada a distancia convencional de los tiradores.

Una forma emparentada con estos juegos, aunque más complicada desde el punto de vista de la utilería que debía emplearse, eran los bolos, en que los jugadores tenían que abatir cierto número de clavas de madera (o boliches" con una bocha del mismo material.

Los chicos más grandes y más fuertes se munían de un rollo de soga y organizaban cinchadas para dirimir la potencia y supremacía de cada equipo. Un poco más tarde, con esa misma soga, las chicas saltaban al ritmo de "sal, aceite, vinagre, picante", aumentando la velocidad de la
comba a cada palabra.

Luego jugaban a la pasadita o al nombre de María: "Al nombre de María (se levanta la soga), que cinco letras tiene (se vuelve a levantar la soga), M, A, R, I, A (se levanta la soga a cada letra) ". Otras preferían el botecito, con la soga moviéndose de derecha a izquierda: "Al botecito que papá compró, / tiene siete velas, una de color: / lunes, martes, miércoles, / jueves, viernes, sábado, / domingo..." (la niña saltaba al mencionar cada día de la semana). O bien la viborita, con la soga culebreando en zig-zag; o la manzanita: "¿Manzanita del Perú, / cuántos años tienes tú? / Todavía no lo sé, / pero pronto lo sabré: / 1, 2, 3, 4, 5... etc." (la "edad" de la manzanita quedaba establecida por el número de saltos que podía realizar la niña, con la cuerda girando en redondo).

Los niños eran notablemente industriosos, y suplían con maña las eventuales cortedades del hogar. Con dos listones de madera o con un par de escobas viejas, algunos clavos y dos travesaños para apoyar los pies, se fabricaban zancos, que exigían gran dominio del equilibrio y servían para pasearse o para correr carreras; y esa misma industriosidad encontraba su cima artesanal en la fabricación de barriletes, tarea que coincidía con la temporada ventosa y que los absorbía por completo.

Para fabricarlos comenzaban por aprovisionarse de cañas, papel de seda de colores, engrudo fabricado con harina, hilo de coser, piolín y trapos viejos. Las cañas, cuidadosamente seleccionadas por su flexibilidad, resistencia y peso, eran cortadas y peladas concienzudamente para formar la estructura del barrilete, unidas con hilo de coser. Luego se cortaba el papel de seda que formaría el plano de sustentación y se lo pegaba sobre la estructura, formando combinaciones de colores y diseños variados.

Con frecuencia, para lograr efectos decorativos o para equilibrar el peso del barrilete, su propietario pegaba sobre la superficie del mismo sus iniciales o algunas estrellas o figuras de papel recortado, que podían ser de papel de seda o de papel glasé. Luego se colocaba (según el tipo de barrilete) los "flecos", "zumbadores" y "tientos", quedando para el final la "cola", que exigía mucha ciencia y se confeccionaba con tiras de género blanco atadas entre sí mediante pequeños nudos. Una vez terminado el barrilete, que podía ser -según su formato- una cometa, una pandorga, una estrella, una bomba, una media bomba o un aguilucho, se lo unía a la madeja de piolín y se salía a efectuar la prueba definitiva o la primera "remontada".

Si la cola no era adecuada o los tientos no estaban simétricamente dispuestos, el barrilete iniciaba una serie de giros y movimientos incontrolables que se llamaban "coleo". La falta de tensión del papel podía ocasionar también algunos inconvenientes, que se subsanaban sobre el terreno mediante expertos retoques. Remontar un barrilete exigía, por cierto, tanta ciencia como fabricarlo bien, pues resultaba indispensable conocer a fondo el comportamiento del viento y a la vez tener conciencia de la resistencia del artefacto y del hilo, frente a ciertas imprevistas variaciones en su dirección e intensidad.

La inexperiencia podía ocasionar una "enganchada" en los árboles vecinos (grandes "devoradores" de barriletes) o la pérdida definitiva del barrilete por un corte imprevisto del piolín. Los peritos, en cambio, se floreaban remontándolos más alto que los demás, remontándolos sin ayudas y sin correr, formando una "comba" limpia y elegante, cortando el hilo de los barriletes vecinos con una hojita de afeitar hábilmente colocada, enviando "mensajes" a lo largo del piolin, etcétera.

La biyarda o billalda exigía también, aunque en menor medida, su dosis de industriosidad. Para jugarla se utilizaban dos palos, uno largo y otro pequeño y aguzado en las puntas. Con el palo mayor se golpeaba Vigorosamente al más pequeño, depositado en tierra, y se lo hacía saltar hasta una altura considerable. Cuando el palo se encontraba en el aire se lo volvía a golpear con fuerza, proyectándolo horizontalmente en una dirección determinada.

Como en el caso de la pelota, la biyarda se interrumpía violentamente -e inclusive se la abandonaba sobre el campo- cuando un estrépito de vidrios rotos o las imprecaciones de algún vecino alcanzado por el desaprensivo palito volador informaba, con su inapelable rotundez, que el jugador había "chingado" la puntería.

Parte de la industriosidad infantil se volcaba también en la fabricación de hondas o gomeras, que servían para agenciarse los "pajaritos" de la polenta, para dirimir las interminables y peligrosas guerrillas de "barrio contra barrio" o para descalabrar, desde las sombras, a algún incauto que se había internado en barrio non sancto; sin contar, naturalmente, las canónicas experiencias balísticas contra faroles y lamparitas.

Los trompos, tan viejos que ya Virgilio los mencionaba en la Eneida, tenían también su gracia, aunque se los compraba "hechos" en la librería de mitad de cuadra o en el almacén del pueblo. Los había con punta, púa o rejón de hierro (lo que los españoles llamaban peón) o sin ella (la peonza). Junto con el trompo los chicos se agenciaban un metro de piola para arrollarla desde la espiga hasta la púa (o como se decía, para "fajarlo" y hacerlo bailar en la palma de la mano. Por su forma se los distinguía también como "pepinos" o "batatas", y se llamaba "troyero" al trompo de madera dura (quebracho santiagueño o urundel) con púa de acero, que se lanzaba sobre el trompo contrario con la intención de romperlo.
"Cascarria", por el contrario, era el trompo viejo, agrietado y deslucido que se empleaba como blanco de los "troyeros" o que algunos se obstinaban, por afecto o necesidad, en hacer bailar. El éxito del trompo dependía en gran medida de la forma de "fajarlo" y de la habilidad para tirarlo en el "corral" o "trova", con un movimiento preciso y seco de mano y brazo.

Existían también, en los interiores burgueses, lejos de la calle, unos trompos de lata, con música, de los que dijo el poeta Horacio Rega Molina en un poema de La víspera del buen amor (1925)

Automático pájaro que trina.
Musiquita de ripio y de falsete.
Así debió sonar como un juguete,
el clavicémbalo de Palestrina.

También los baleros se compraban, y había misteriosas temporadas o "modas" del balero, como las había del trompo y de las bolitas, en que estos elementos pululaban, sin que nadie supiese cómo y por qué, en los comercios y en las manos de los chicos. Los había lustrosos y perfectos, generalmente de cedro, y los había de maderas ásperas y ordinarias, pero unos y otros servían fielmente al propósito de "embocar" el mango en la cavidad de la bocha, cavidad que algunos rodeaban con lujosas tachuelas de cabeza redonda para facilitar la introducción.

La inventiva de los chicos suplantaba frecuentemente la bocha de madera por una latita de conserva, aunque en estos casos el exagerado diámetro de la boca le quitaba a la "embocada" algo de su prestigio. Había, como en todos estos menesteres lúdicos, jugadores llanos, que se limitaban a dominar el arte de la "embocada", pero otros, con maya baquía, se deleitaban con los firuletes barrocos de la "puñalada la "lapicera", la "vuelta al mundo", la "porteña", las "catorce provincias", etc como para demostrar que dos simple trozos de madera unidos por un cor del podían servir como punto de partida para los mayores refinamiento técnicos. Se jugaba en forma individual, por el mero placer de la "seguidilla", o en grupo, con tanteo y sujeción a ciertas reglas simples, ganando el que embocaba mayor número de veces.

Patrimonio aparente de los chicos, el balero es en realidad un viejo juego cortesano, practicado por los adultos en los ocios de las Cortes europeas con costosos implementos de oro y plata, maderas finas y marfil, hasta el punto de que a lo largo de su historia fue sostenido en no pocas ocasiones por manos insospechadas y ciertamente nada infantiles.

Lucio V. Mancilla aporta al respecto un dato de interés, en una de las causeries recogidas en Entre-Nos. El autor de Una excursión a los indios ranqueles, sobrino de Rosas e hijo del héroe de Obligado, se refiere a un episodio de su juventud:

"....cinco minutos después, a media rienda, yo llegaba, encontrándolo a mi padre paseándose, indefectiblemente, balero en mano. El y yo éramos muy fuertes en ese juego. Yo no he conocido más rival que Juan Cruz Varela. Hacíamos una partida o más, hasta que un pardo, Castro, asistente de confianza, venía y le decía: "Señor, ya está la sopa en la mesa"."

Transparentes, luminosas, las bolitas relucían en grandes frascos sobre el mostrador de las librerías y jugueterías. Relucían en una profusión fantástica de amatistas, rubíes y esmeraldas que provocaban verdaderos delirios en los más chicos. Eran ciertamente tentadoras aquellas bolitas, y solo había dos o tres caminos obligados para llegar hasta ellas: la moneda recibida a cambio de un "mandado" o de un deber escolar bien hecho, el trueque, con valores y proporciones perfectamente reglados por la costumbre, o bien los juegos en que se confiscaban las bolitas del perdedor.

Los partidos se iniciaban casi siempre citando alguno de los chicos, con los bolsillos cargados, profería desde lejos la clásica invitación de "¡bolita cola!", con la que se reservaba el derecho de tirar en último término. De inmediato se acondicionaba sobre le tierra el rectángulo o triángulo rayado que oficiaba de cancha y se limpiaba o profundizaba el "hoyo".

Aparecían entonces las bolitas de "ojito", con pequeñas gotas de aire en su interior, las "lecheras", blancuzcas y lechosas como ciertos cristales de Murano, las "cachuzas", que eran aquellas desportilladas y picadas que se arriesgaban con menos escrúpulos, y si era el caso también los gordos "botones" multicolores que se jugaban con una técnica especial.

El "puntero" hincaba una rodilla en tierra y con el torso echado hacia adelante y apoyado "estilísticamente" sobre la palma de la mano izquierda o sobre la punta de los dedos, se disponía a tirar (la bolita era sostenida entre el pulgar y los dedos índice o medio y se la impulsaba desde mayor o menor altura con un vigoroso y calculado "tinquiñazo" del pulgar) para hacer "hoyo", esto es, para ocupar con su bolita la depresión así llamada, apertura a la que seguían las "quemas", los "chantes", etcétera. Los jugadores empleaban una jerga particular para referirse a las incidencias del juego y a sus particularidades más sobresalientes: el "repe" por ejemplo, era el golpe de rebote, en tanto que el "chante" era el efecto de desplazar a la bolita contraria para ocupar su lugar, lo que algunos casos se hacía con una bolita especial llamada "bochón".

El yo-yo, más moderno, aparecía también por temporadas, y obligaba a desplegar cierto arte calculado, con amplio marco para finezas estilísticas como la "vuelta al mundo", el "dormilón", la "corridita" y otros prodigios que se han conservado hasta el presente merced a su inesperada reimplantación comercial.

En los días de lluvia, de enfermedad o de encierro forzoso, hacían su aparición los juegos de naipes sencillos, como el "par con par", el "culo sucio", el "desconfío", el "pinche" y "escoba". Se desempolvaban, en esos días, los tableros del ludo, la oca, las damas, que eran juegos de re poso y concentración; o se trazabanen una hoja de cuaderno el cuadrado, cruz y las diagonales del te-te-ti, bajo juego de construcción tetráctic que Ovidio llamaba tit-tat-to en los primeros años de nuestra Era.

Cuando la puerta quedaba franca volvía a los juegos de la calle, patio y el potrero, que eran los que expresaban más genuinamente la personalidad lúdica de los chicos y apenas se suspendían en estos casos y en ciertas estaciones del año perseguir a los codiciados "galerones" y "lecheras", con la ramita del paraíso pelada y cimbreante.

En 1893 -peldaño inicial hacia una nueva configuración de nuestras preferencias lúdicas y deportivas, a la vez que signo de nuestro creciente anglicismo- se constituye la Argentine Association Fooball League y se organizaron los primero campeonatos de carácter amateur. A partir de este momento, a través de sucesivas alternativas incluyen la creación de la Asociación Argentina de Football y posteriormente la "profesionalizaciOn" de este deporte, la aficción por el fútbol fue ganando adeptos hasta convertirse, por excelencia, en el "deporte" de los argentinos. A las primitivas agrupaciones, como Alumni.

Belgrano y lomas Athletic, se le fueron sumando con el correr de los años un núcleo de clubes con definida personalidad futbolística, como Boca Juniors, River Plate, San Lorenzo de Almagro, Racing, Huracán, Independiente, etc., junto con otros que ya pertenecen al recuerdo como Columbian, Sprrtivo Porteño, Progresista del Plata, Sportivo Palermo, etc.

A partir de figuras legendarias como Buruca Laforia y los Brown, los chicos comenzaron a identificarse con los grandes nombres del fútbol argentino, y puede afirmarse que los famosos 'picados" de potrero y calle, y los no menos famosos "cabeza", testimoniaron en parte, a lo largo de varias generaciones, el fervor despertado por el talento futbolístico de jugadores como Zumelzú, Perinetti, Bidoglio, Tesorieri, Tarascone, Onzari, Stábile, Bernabé Ferreyra, Arico Suárez, Roberto Cherro, Herminio Masantonio, Distéfano, Gualco, Labruna, Loustau, Farro, Pontoni, Tucho Méndez, Boyé, Martino, Sarlanga, Pedernera, Moreno, Néstor Rossi, Amadeo Carrizo y tantos otros cracks.

La pelota de cuero fue reemplazada en el "picado"por la pelota 'pulpo', de goma, o por la más modesta de trapo, atada con piolines. Sobre el polvo del potrero las reglas entrevistas en la cancha dieron lugar a un fútbol intuitivo,pero muchas veces cargado de habilidad personal, de imaginación e inclusive de sutileza estilística.

La escuela, por su parte, le sumó a la pelota del "picado" una serie de nuevas aplicaciones, parcialmente adoptadas fuera de su ámbito específico. Nos referimos a los juegos por equipos como la "guerra" y el "fortín", y a toda la línea de los denominados de pelota "bateada", "quemante", "carrera" "schimbo" "botella" "fuga" "rebote", "cabeceada", "castillo", etc.

A comienzos de siglo algunos fabricantes de cigarrillos (los de Vuelta Abajo, entre otros), pusieron en circulación unas figuritas de papel o cartulina litografiadas en colores, con motivos diversos que acompañaban a los atados y servían como propaganda o como vales para la obtención de premios de diverso carácter.

Más tarde, especialmente en las décadas del 30 y 40, imitaron su ejemplo los fabricantes de golosinas, y se hicieron populares de esta manera las "figuritas" que acompañaban a diversas marcas de chocolatines; pequeños círculos o rectángulos troquelados, con témas bélicos, futbolísticos o educativos, que se coleccionaban en álbumes especiales y que se cambiaban por juguetes en los negocios del barrio.

La aparición de las "figuritas" dio lugar a la creación de una gran variedad de juegos, similares en líneas generales a los que se practicaban con tejos, bolitas y monedas. Una forma típica de estas pequeñas timbas infantiles era la "arrimada", en la que se arrojaban las "figuritas" hacia una pared o línea trazada en el piso y ganaba la que llegaba más cerca. Otra era el "espejito", que consistía en apoyar una "figurita" contra la pared y tratar de voltearla arrojándole otras.

Para el "chupe" se disponían las figuritas en el suelo, con la cara dibujada hacia arriba, y había que darlas vuelta golpeándolas con la palma de la mano. En la "tapadita" el juego consistía en tapar un número determinado de "figuritas" del contrario con las propias, arrojándolas al planeo desde el cordón de la vereda o desde un lugar designado de antemano. Una variante de la "tapadita" era el "puchero", para el cual se trazaba una línea en la pared, a un metro aproximado del suelo, y desde allí se dejaban caer las "figuritas", llevándose todas el que "tapaba" primero. Según la zona o el barrio estos lances se practicaban en forma independiente, o bien se los combinaba: "tapada" con "puchero", por ejemplo, o bien, "arrimada" con "espejito", etc.

En casi todos los casos el ganador se llevaba las "figuritas" del contrario, lo que provocaba un fluido intercambio de bolsillo a bolsillo y los sobresaltos y lloriqueos consiguientes Otra forma de incrementar el propio patrimonio, como ocurría con las bolitas, era el "cambio", que se realizaba trocando las "repetidas" y fijando un valor convencional a las "difíciles" (las que aparecían con menor frecuencia) o a determinados motivos temáticos (los jugadores de un equipo famoso, por ejemplo).

Las peripecias de las "figuritas" dieron origen a dos locuciones de típico sabor popular: "no te hagas la figurita difícil" que se usa para instar a alguien a que abandone sus melindres, rarezas o cavilaciones: y "es una figurita repetida", para significar que alguien ya es muy conocido, o gue aparece con sospechosa frecuencia en determinados círculos o ambientes en ambos casos con evidente intención peyorativa.

En los comercios se vendían también unas planchas de papel ilustración o cartulina abrillantada con figuras troqueladas. Estas estampas, de origen alemán, francés, o inglés, venían impresas a todo color, con motivos florales, escenas pastoriles, siluetas de damas y caballeros, pájaros, ángeles, alegorías, etc., y eran usadas casi exclusivamente por las chicas. Se las colocaba entre las páginas de un libro o cuaderno y había que adivinar "cara" o "ceca". Las figuritas arriesgadas pasaban a poder de la ganadora.

La relativa extratemporalidad de ciertas preferencias infantiles -o lo que podríamos llamar el "tiempo largo" de los juguetes-- surge con claridad de un fragmento del ya citado Mariluz Urquijo, en el que acota que "al lado del tradicional muñeco de trapo de fabricación casera, figuraban otros mas perfeccionados, como aquellos 960 juguetes que, cual un nuevo Rey Mago, trajo de Hamburgo la fragata Los dos Gisbertos en enero de 1799.

En algunas listas de embarques de la época encontramos cañoncitos de bronce de distintos tamaños, soldaditos de estaño, baleros, perinolas de hueso. comoditas de juguete, caballos de palo, una *madama maromera*, cajitas de ratones. figuras de barro y madera para nacimientos e instrumentos musicales corno flautas de palo grandes y chicas, panderetas, tambores de hoja de lata charolada y pequeños tamboretes" (El Virreinato del Río de la Plata en la época del Marqués de Avilés).

En el terreno del juguete moderno solo enumeraremos sucintamente a los soldaditos de plomo, las muñecas, los triciclos, las bicicletas (la primera llegó al Río de la Plata en 1886, traída por Benito Sassenus para su hijo Carlos), los monopatines, los revólveres de cebita, los trencitos a cuerda, los caballitos de madera, los rompecabezas, los tambores, los mecanos, etc., a los que más tarde se sumaron numerosos juguetes a cuerda o pila, hasta llegar a los actuales portentos de la electrónica.

La presencia y el desarrollo de estos juguetes constituye un tema aparte, que debería ser examinado, con estadísticas en la mano, desde el punto de vista de la modernización global de la sociedad, de la estructuración de una auténtica industria, de la imposición de ciertas formas de consumo y del consiguiente desplazamiento de pautas y patrimonios tradicionales, propios de la cultura rural o de la urbana incipiente.

También merecerían capítulo aparte los toboganes, hamacas, "subibajas" y calesitas de plazas y potreros, pero solo nos detendremos por última vez para escuchar la música cristalina y volvedora que muele una calesita que parece pintada por Figari o por Thibon de Libian, y que se recuesta en el baldío de una esquina remota, bajo una amarilla luna de kermesse:

"La milonga se ha perdido
la salieron a buscar,
veinticinco granaderos
y la guardia nacional;
pobrecita, la milonga,
si la llegan a encontrar."

Fuente:
http://www.acanomas.com/DatosMuestra.php?IdCategoria=34