El amor... ¿un invento del siglo XII?

El amor... ¿un invento del siglo XII?



Trazando los cambios que a lo largo de la historia ha sufrido el concepto de amor, podemos percibir las colosal lucha entre el bien y el mal que se desarrolla en el alma de los hombres y de las civilizaciones. Degenerado hasta el romanticismo o el libertinaje, el amor ha llegado hoy a constituir una cultura radicalmente contraria a la Caridad, que es Dios mismo. ¿Conocieron los antiguos el amor romántico? ¿Cuándo nacieron los modernos conceptos del amor? Conozca mejor cómo se autodestruyó la cristiandad.



El amor... ese invento del siglo XII



Vapuleado a lo largo de siglos, transformado y recreado por toda suerte de modas opuestas, el "amor" ha venido en resultar una cuestión más relacionada a un idealismo romanticista. En efecto, el "amor" en cuanto invento cultural, se ha transformado en todas las posibilidades imaginables a lo largo de la historia, hasta convertirse en la actualidad en una suerte de "que bueno sería si fuese así" pero "con los pies bien puestos en la tierra". Esta época crea "contratos prematrimoniales" y privilegia las "uniones libres" (eufemismo para designar el concubinato). Este "amor" postmoderno separa placer, emoción y donación.

El libertinaje contemporáneo, el rebajamiento del cuerpo a un simple instrumento de placer, el frenesí de experimentación, el individualismo extremo, el utilitarismo en las relaciones se ve contrastado con la cursilería bobalicona de los "románticos", la superficialidad emocional de los "enamorados del amor", la chabacanería de los "trovadores modernos", la sensualidad de estos afectos meramente sentimentales que no son una desgracia que nace repentinamente y de la nada. Muchos críticos ven con sorpresa indignada esta corrupción universal. Unos culpan al sobreacusado consumismo, otros al ideario anarquizante de las izquierdas, aquellos al libertinaje hippie y nuevaerista.

Pero antes surgen cuestiones de capital importancia: ¿este fenómeno es espontáneo y sorprendente? ¿Cómo fue antes? ¿Cuándo se origina la corrupción?




El amor antes del cristianismo



Para iniciar un breve resumen de las mutaciones del concepto amoroso debemos comenzar por el aspecto que ofrecen en general los pueblos precristianos. Ellos carecen del concepto amoroso moderno. El amor viene a ser una inclinación que nos mueve a poseer algo. La gravedad, por ejemplo, es vista como el amor entre la tierra y el objeto, que se atraen. Y siendo la tierra de mayor volumen que cualquier objeto depositado sobre ella, la tierra mantiene mayor capacidad de amor y este amor mas fuerte atrae al pequeño amor del objeto.

El amor en cuanto afecto viene a darse por la atracción nacida entre similitudes. "Simil similii gaudet", dirán, esto es, "lo similar gusta de lo similar". Por eso hay amor entre ladrones, y amor entre justos, amor entre guerreros y amor entre artistas. Pero este amor no tiene relación con ese amor ligado a lo "romántico" según puede entenderse en la actualidad. Para esta clase de antiguos el "amor" sólo puede darse entre hombres porque se haría absurdo amar a una mujer, criatura inferior y carente de toda cualidad digna de amor, nacido de la similitud. Para la mujer se puede guardar el deseo lascivo, o la unión afectuosa propia del vínculo matrimonial, sin que obstaculice el amor que sienta por sus amigos. Y este matrimonio normalmente carecía del galanteo y conquista según entiende el lector moderno, ya que por lo general se basaba en una decisión externa a los esposos, según puede observarse incluso en la actualidad en culturas tribales o en zonas no civilizadas.

En uno y otro caso, y por regla general, este amor antiguo carece principalmente de los aspectos sentimentales que mantiene el amor moderno. No los niega ni los impide, pero no los considera como necesarios o fundamentales. Y con esto no diremos que los matrimonios fuesen infelices o desdichados, ya que los esposos se aplicaban en estudiarse y conocerse mejor para agradarse mutuamente y así comenzar a vivir las formas de amor propias del estado marital.




El amor en el cristianismo



En la medida que la fe fue extendiéndose por el mundo y así fue liberando a los antiguos de sus costumbres bárbaras y criminales, fueron naciendo paulatinamente otras formas de ver al hombre. Nace el concepto de persona y por primera vez en a historia se comenzó a abolir la esclavitud.

Entre estos cambios observaremos que para los primeros cristianos el amor es sinónimo de caridad. Esto es: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El amor hacia las criaturas es originado en Dios y amamos porque amamos a Dios. Según la consigna de San Juan, Dios es Caridad y por tanto debemos vivir en caridad, en amor constante y permanente a Dios y a sus obras. No queda espacio para las aberraciones antiguas.

El cristianismo introduce además el concepto de amor gratuito, de donación absoluta. Nacen las primeras obras de caridad.

Sin embargo, en cuanto la santa fe de Cristo se irradiaba en medio de formidables oposiciones, dificultades y persecuciones, las sociedades no cambiaban tan radicalmente de costumbres como esta fe exigía. Eran miles de años de formas culturales contrarias, absurdas y hasta opuestas a los mandamientos de Dios.

Sus colecciones de dioses ordenaban obediencia pero no eran causa de amor. Prestaban favores a los hombres, es verdad, pero sus adoradores no podían de dejar de ver en estas deidades los vicios más vergonzosos y las costumbres más reprobables.

Comienza una lucha entre el Amor y el no-amor, una lucha entre el bien y el mal de tales proporciones que con frecuencia se dictó la muerte de los hijos de la luz para acallar los remordimientos de conciencia de los malos. Su ejemplo e intransigencia los volvía intolerables.

El triunfo del cristianismo no significó el ordenamiento de todas las cosas a nuestra fe. Implicaba tan sólo el fin de las persecuciones y el comienzo de un arado de ese campo fértil a costa de grandes sacrificios.

En medio de la clamorosa corrupción de costumbres, la putrefacción de las sociedades, sobreviene la invasión de bárbaros, avisados de la nula resistencia que pondrían esos hombres amoralizados y decadentes. Cae el imperio bajo la noche bárbara. Los pueblos encuentran en la Iglesia la fortaleza y luz necesarias para reorganizarse y reconstruir. También para resistir. Y en medio de ese caos enorme, desatado por la corrupción y la barbarie, nacen las primeras sociedades cristianas, bajo las cuales se encuentra refugio.

De un pacto de fidelidad y servicio mutuo – reflejo de la caridad – va naciendo el feudalismo. Unos acuerdan proteger, defender y garantizar la paz, otros prometen crear las condiciones necesarias para el sustento y crecimiento común. Son los feudos que en su organización darán a los reinos que unidos formarán la Cristiandad. Y todos encontrarán en la Santa Iglesia la luz y fortaleza necesarias para crecer. No es concebible proyecto humano alguno sin el consejo y bendición de la Iglesia, presente ya en el pequeño feudo como núcleo y fuente moral, ya en los reinos, ya en el Sacro Imperio como tutora moral de la Cristiandad.

Pero estos hombres y mujeres no surgían de la nada. Todos y cada uno provenían de esa barbarie y decadencia moral que les antecede. Unos son conversos que salen de los bosques y de las zonas bárbaras. Otros son conversos a fuerza del buen ejemplo de los cristianos. Aquellos se avienen en convivir con los cristianos movidos por la necesidad.

Bien saben los sociólogos, historiadores y psicólogos, por mencionar tan sólo a quienes trabajan directamente sobre esta materia, que los cambios de mentalidad, el fin de los hábitos culturales, la ruptura con los esquemas psicológicos no se da en un día. Ni en cien años. Por esto vemos una introducción lenta pero constante de reformas morales y psicológicas. Los primeros "medievales" mantiene muchas costumbres y hábitos antiguos. Viven en medio de un mundo que se está creando y para el cual no hay antecedentes ni referencias. La Iglesia vela e impulsa estos cambios, corrige los errores, censura los malos hábitos, promueve y estimula las santas innovaciones.




¿Qué es el amor para esta época?



Señalamos lo anterior para fijar la atención en la importancia del cambio en el concepto del tema que nos ocupa. A esta altura el amor vendrá a comprenderse de una forma radicalmente novedosa: el deseo ardiente del máximo bien del ser amado.

Las implicancias son enormes. Al ser deseo es un movimiento de la voluntad. No radica más en el corazón, el sentimiento o en los instintos primarios. Al ser voluntad es una consecuencia de un acto intelectual que comprende como buena la posesión de un objeto particular. Al ser voluntad el amor queda libre de los vaivenes engañosos de los sentimientos o de las pruebas que traen los cambios en las circunstancias. Este movimiento de la voluntad no es un movimiento cualquiera: es ardiente. Está lejos de la tibieza, indiferencia o desgano. Lo que queremos alcanzar de forma ardiente no es un objeto cualquiera, ya que se trata de lo más trascendente que puede ser comprendido: el bien. Ese bien hacia el que nos movemos no es un bien en cualquier grado: es el bien en grado máximo. Deja fuera toda mediocridad e indiferencia. Finalmente se perfecciona este deseo depositando el objeto del amor no en nosotros mismos sino en el ser amado.

Para el hombre medieval el amor será su razón de vida. Existe un amor a la patria que le moverá a grandes proezas, que ardientemente la quiere con el máximo bien posible. Existe un amor a Dios y a Su Iglesia que le enciende y consume, queriendo y procurando toda clase de bien. No es concebible la indiferencia para el pecado o el mal, enemigos declarados de este amor. Y no importará que desdichas surjan en el camino, que contratiempos y dificultades interiores. El Cid Campeador viene a reunir en si todas las características de este buen amador, que contra todo y todos sabe amar y moverse hacia la obtención de los más grandes bienes posibles para su amada España, su familia y su fe. Rolando muestra el amor caballeresco, generoso, ardiente y desinteresado por todo lo que ama. Y así los ejemplos tachonan nuestro panorama de forma elocuente.

Al calor de esta nueva visión del mundo, nacen los grandes legados que el mundo moderno se apropia para sí. Nacen los hospitales y las universidades (abiertas y gratuitas, mantenidas por la Santa Iglesia), se preservan las obras antiguas, se estudia y se crea. Nace una arquitectura de monumentales consecuencias, como es el invento del arco y de las ventanas. Se crea música, se embellece el mundo. Del seno de la Santa Iglesia nacen asociaciones de varones y de mujeres de vida consagrada que recorren el mundo haciendo el bien y llevando el Evangelio salvador. Prácticamente no queda necesidad que no tenga su consuelo y atención en una orden religiosa. Se instruye, se rescata de la pobreza o de la esclavitud, se redime a los pecadores, se curan las enfermedades, se defiende la paz, etc.

Por primera vez en la historia la sociedad vive – pese a los inconvenientes que producen las costumbres ancestrales sobrevivientes – en armonía y se inicia la tarea de construcción del bien común.

Y esta novedad del amor entendido desde la caridad ocupa un lugar central, del cual nacerá como figura prototípica el caballero medieval.

En él se reúnen todas las nociones cristianas, como la piedad, la sacralidad, el espíritu de jerarquía, la sacralidad, el sentido de honra, la combatividad al servicio del Bien, etc. Éste tendrá, en palabras de Jean Mollinet, en San Miguel Arcángel el modelo perfecto, viendo en él el arcángel del cual "la caballería terrestre y las proezas caballerescas" extrajeron su origen, pues imitan a las huestes angélicas en su lucha en fidelidad a Dios. Esta batalla será, para el caballero medieval, "el mayor hecho de caballería y de las proezas jamás realizado"




El amor... ese invento del siglo XII



A esta altura ya podemos trazar una línea marcada por una cierta apostasía a la gracia. Los cimientos que comenzaban a sentarse van siendo despreciados. La visión profundamente impregnada del sentido maravilloso y sobrenatural, la búsqueda de santidad y perfección de todas las cosas va desapareciendo, transmutada por alquímicos pases hacia una visión más naturalista y egocéntrica. Se sientan, con esto, las bases para la gran trasformación del "renacimiento".

Si bien los historiadores señalan el final del siglo XIII y particularmente el siglo XIV como el principio de la decadencia. Se aprecia un giro metafísico con la avalancha de literatura romántica, la búsqueda constante de placeres y el frenesí del lujo, con la consecuente ansia de riquezas y poder.

El combate por Dios y la lucha al servicio del Bien, son reemplazados por fatuas demostraciones de destreza, con fines tan bajos como el amor propio: surgen los torneos. En ellos ya no quedan rastros de lo que era servir a Dios, a la Iglesia y a quien fuese perseguido por la desgracia. La Caballería se vuelve tan sólo una palabra, un ideal quijotesco.

La nobilísima devoción mariana, rasgo distintivo de la mentalidad medieval – se va transformando en una impura suplantación por el sexo femenino, llegando hasta a reemplazar la consagración mariana por la consagración "a la amada".

Observemos este cambio en la consagración de los caballeros. Como es sabido pro el lector, el futuro caballero dejaba su hogar a los 7 años y se ponía al servicio del señor de un lugar. Comenzaba estudiando el manejo de la lanza y de la espada y a la par de cualidades físicas se formaba en piedad y moral. Pasaba por ser pequeño vasallo, pequeño señor, paje, escudero y así sucesivamente hasta los 20 años, cuando es consagrado caballero.

En una ceremonia especial el señor le imponía la espada y le daba un abrazo. Después le golpeaba tres veces el hombro diciendo: "Yo te hago caballero en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de San Miguel y de San Jorge. Sé valiente, destemido y leal"

La caballería se convierte, por tanto, en el semillero de una constelación de héroes católicos y en una suerte de vínculo de parentesco y fraternidad entre los pueblos de occidente.

El proceso de autodemolición de la Cristiandad queda iniciado así con estas mutaciones. A tal punto llega el espíritu de sentimentalismo y sensualidad que, vueltas las espadas hacia la lucha por el bien de Dios, trocan su amor por un sentimiento romántico y melancólico. Los caballeros, ociosos, se disputan a muerte en los torneos por la mirada de una dama, por el premio de una cinta, unos cabellos o un anillo. La caballería decae hasta tal punto que serán las mujeres quienes consagren caballeros para servicio de sí mismas.

Es notable el ejemplo consignado en "Jordain de Blaivies" (s. XIII): "Y la joven le trajo la espada / Ella misma la coloca en el cinto (...) Ahora le da la "colée"/ ‘Sed caballero’, dice la dama de gentil figura / Que Dios te conceda honra y coraje / y si tuvieses deseo de un beso / tomad ese y otros también / Entonces Jourdain dice: ‘Gracias os digo cien veces’ / Y la besa tres veces (...)"

Aquí el caballero se rebaja al servicio de apenas una criatura por sentimentalismo y es esclavizado al placer de poseer ese amor. Es una muestra patente de la debilitación del espíritu viril de la caballería, espíritu de abnegación, sacrificio y generosidad con arrojo y militancia en el bien.

Ya no se combate por Dios ni a favor de los desvalidos, sino por el suspiro de una dama. A través de las novelas de caballería, de estos romances populares cantados por toda Europa por medio de juglares, los hombres y mujeres de esos siglos aprenden una nueva forma de pensar y de sentir.




Enseñando la corrupción de costumbres



Es el caso del Amadís de Gaula, famosísima composición que fuera editada docenas de veces. Cuenta la historia del hijo de Perión, rey de Galia y de la bella Elisène, hija de Garinter, rey de Bretaña, quien se enamora de Oriana, hija de los reyes de Dinamarca. Por ella arriesga incontables veces su vida en proezas aparatosas, cubriéndose de gloria para conquistar a la dama, con quien finalmente contrae matrimonio.

Tal fue su éxito que pronto fue leído tanto en salones aristocráticos como en círculos religiosos, burgueses y llegó a entusiasmar al pueblo llano a través de los cantos de los trovadores. Se tradujo a prácticamente todos los idiomas, incluimos el holandés y el hebreo. Se volvió el libro de cabecera de las gentes del momento, convirtiéndose rápidamente en el "breviario" mundano continente de las reglas de la "nueva caballería". En él no encontraremos modelos de moral y buenas costumbres. Es más: al modo (muchísimo mas recatado) de las telenovelas modernas, sus personajes no oponen muchas barreras a sus vicios y pasiones.

Acompaña al surgimiento de esta nueva literatura que otorga nuevos modelos humanos, influenciando la sensibilidad y excitando la imaginación popular, el protagonismo otorgado a los trovadores. Originarios de Provençe, los trovadores invadieron la Cristiandad con sus canciones sentimentales, mucha de ellas eróticas, relajando las costumbres de toda la sociedad.




El cambio introducido a partir de ese momento



Si los personajes de la novelas románticas de caballería se asemejan en papel e importancia a los actuales personales de telenovelas, los trovadores tendrán su equivalente en la influencia moderna de los cantantes populares, muchos de los cuales tienen más riqueza y poder que las máximas autoridades de los países que visitan.

Arriba decíamos que las narraciones de los antiguos carecían de los elementos propios del amor romántico. Para el hombre antiguo el amor podía significar algún sufrimiento, pero jamás podría ser entendido como sinónimo de felicidad o como frustraciones lamentables a partir de él.

Para esta nueva mentalidad el amor es sinónimo de felicidad y hasta de bienaventuranza. El centro y motivo esencial será el mismo deseo. El amor romántico es la causa de todo bien. A causa del amor a una mujer el nuevo caballero es puro y virtuoso. En su extremo más radical, el renacentista Dante convierte al amor en un don capaz de provocar un estado de piedad y santa intuición.

Estas elucubraciones cortesanas no durarán mucho tiempo hasta que los neopaganos del renacimiento transforman al amor conforme a sus ideas platónicas. Surge así un aspecto "erótico-espiritual" que marcará el tono a los cambios introducidos a lo largo de los siglos siguientes.

Cierra esta era el enciclopédico compendio romántico-caballerezco "Roman de la Rose". De su ilustrada composición sacarán las sociedades laicas la fuente para sus erudiciones. Puede decirse que esta novela vendrá a dar el puñalazo final al sentido del amor cristiano para instaurar socialmente las nuevas formas, sensuales y paganas, del amor moderno.




Las mutaciones posteriores



A partir del siglo XIII los hombres mudan el centro de su cosmos. Ya no es Dios sino el hombre mismo y en él debía comprenderse todo bien y progreso. Se vuelcan a la búsqueda de conocimientos, del progreso técnico, de disputas bizantinas, de placeres mundanos, de lujo y fantasía. Se exalta el ocio y el delirio. Se exige un hombre erudito, risueño, gracioso y dispendioso. Se aborrece la austeridad y seriedad medieval.

Se adora el progreso y se reemplaza, paulatinamente , el espíritu profundamente cristiano en pro de algo que va más allá de una re-edición de los errores antiguos: se trata de formar un nuevo tipo humano, en una nueva sociedad y sin religión. Los Estados adoptan las formas antiguas, volviéndose autoritarios en el despotismo ilustrado tan adulado por los el renacentismo y sus hijos.

El nuevo mundo cifraba su religión no tanto en la fe en la Divinidad como en la fe en la humanidad. Allí nacía el mundo moderno.

El concepto del amor es removido y transformado nuevamente en una cuestión intelectual, pero plasmada de contenido "místico-erótico". Es un amor mas cercano a las alquimias que fascinaban a los renacentistas. Un amor que es a un mismo tiempo frívolo y causa de la felicidad. La mujer es transformada en objeto, en una cosa que se posee y que adorna el hogar.

Viene a surgir una tercera mutación en el objeto del amor: de Dios se pasó a una mujer y de ésta a la propia persona.

Las evoluciones posteriores jugaron con los movimientos cíclicos de un péndulo. Se pasó del romanticismo cortesano al platonismo renacentista, de éste al frívolo juego de conquista y decepción de los ambientes pre-revolucionario que se combinaban con la fría indiferencia de los iluministas masónico-liberales, luego será el amor enloquecido del Romanticismo, cargado de sentimentalismo e imaginaciones febriles.

Este amor romántico se compone de la mezcla entre el placer del sufrimiento de un amor imposible y las tentativas por escapar de este destino insalvable.

Este romanticismo se enfrentará a un jansenismo duro y seco, resabio calvinista dentro del cristianismo del siglo XIX que se toma de la mano del neopuritanismo victoriano. Para estos últimos el amor romántico es una tontería propia de mujeres enfermizas y jóvenes ociosos. Son hombres duros y mujeres fuertes con el corazón resecado en pro de su superioridad moral que no se entrega a los simples vaivenes de los sentimientos.

La primera guerra trae un resurgimiento de la frivolidad y un libertinaje que hace de la promiscuidad, las risas y liviandad. Serán los "Años Locos" que ahogan entre risotadas banales los crujidos de una civilización que se derrumba. Se trata de vivir una vida joven y sin complicaciones en medio de la inseguridad del mundo que se agrieta peligrosamente. La postguerra inaugura un sentido del amor distinto. Se combina la extravagancia y superficialidad hollywoodense con un sentido neoconservador, muy centrado en la fundación de una familia... moderna.

Hasta estos años las modas se sucedían con cierta pausa, logrando modificar primero el especto externo de los hombres, para luego cambiar sus costumbres, hábitos y formas de pensamiento. A partir de la postguerra las modas, montadas sobre los expansivos e innovados medios de comunicación, se suceden con vertiginosa rapidez. Pero esta vez el frenesí de novedades y la urgencia de estar a la moda vuelca a la humanidad según la nota que haga sonar.

Estas familias a la ‘american way of life’ entrarán en oposición con las nacidas bajo las luces psicodélicas de los ‘60, con su obsesión por el "destape" psicoanalítico y "liberación femenina". Luego vendrá la revolución de Mayo del ’68 con su "prohibido prohibir", el surgimiento de las comunidades hippies, la "liberación sexual" y el presupuesto de vivir el segundo. Amores libertinos y escandalosos que retroceden en apariencia con unos años ’70 informatizados, un auge de las visiones técnicas... y la "liberación moral". Priman las extravagancias y la lucha de cualquier cosa que desee llamarse "derecho". Los ’80 estarán marcados, por una parte, por un optimismo en el futuro basado en el dominio de la tecnología y del dinero. Surge el neoconservadurismo yuppie bajo la administración Reagan. La familia se revaloriza bajo "conceptos nuevos". Por otro se encuentra el surgimiento de movimientos "contestatarios" como los punks ingleses, que se rebelan contra la decadencia social marcando en sus vidas la fealdad que observan. Durante esa década caen los gobiernos militares anticomunistas y mudan sus formas las dictaduras comunistas. Es la década de la "liberación del autoritarismo". Los ’90 se cargan de aprehensiones apocalípticas, con sus movimientos verdes y milenaristas. Se fuerza la marcha de la globalización cuidando preservar una alternativa aparentemente opuesta con los movimientos globalizadores antiglobalización. Se radicalizan las posturas y se alega la "liberación animal", entre otras, considerando que la última dictadura sobreviviente es la del hombre sobre la naturaleza.

Citamos estas mutaciones para encuadrar en la mente del lector el proceso que tomó el concepto de amor. Para el hombre postmoderno la expresión fue vaciándose de sentido, reduciéndose tan sólo para expresar un sentimiento, mezcla de afecto y deseo, que se enlaza más con un "ideal al que todos aspiran alcanzar pero que nadie cree real"

Si la postmodernidad se caracteriza – entre otras cosas - por la exacerbación del egoísmo hasta imponer el individualismo extremo como "políticamente correcto", el amor postmoderno recibe esta forma y el legado de las mutaciones anteriores. Está "libre" de toda atadura, es una relación "madura" en la cual se preservan los egoísmos individuales y sólo admiten la convivencia en cuanto es fuente de placer.

La postmodernidad contrae al mismo tiempo tres aspectos nuevos que modifican el concepto de amor y lo transforman. El primero es la muerte del uso de la razón. Los pensadores contemporáneos señalan que una de las características distintivas de la modernidad es la caída del lumen rationis, de la luz de la razón. Otra característica es la muerte o ausencia de la voluntad. El tercer aspecto más propio de la modernidad es la primacía de lo experimental por sobre lo reflexivo.

En la forma posmoderna de amor están ausentes todos los elementos del amor verdadero. No hay voluntad, no hay reflexión, no hay comprensión de qué es el bien ni de cual sería el máximo posible ni menos hay condiciones para que el centro del amor radique en otro ser distinto al propio individuo.

La prioridad en la experimentación reduce la experiencia amorosa a planos meramente sensoriales o sentimentales. Esta suerte de "amores" prontamente se cansan de lo mismo y necesitan variar, robar cosas nuevas. Son esclavos de sus corazones. No hay espacio para la abnegación ni para ninguna forma de amor diferente a la que no pueda palparse y sentirse plenamente. Ni siquiera el amor a Dios ha quedado limpio de esta forma postmoderna, que crea religiones vacías de verdades absolutas, que conceden la salvación a todos y borran los elementos de justicia, que se transforman la vida espiritual en una "fuerte experiencia de vida", que convierten la oración en una vivencia sensible y emocional. Formas religiosas de esta línea son la materia nuclear de la Nueva Era y las herederas de las primeras rebeliones protestantes.




Reflexión final



El Apóstol Virgen nos dice que Dios es Amor, y que al final seremos juzgados por el Amor. Por esta razón hemos consagramos nuestros esfuerzos restauradores de ese amor sacral, honesto y verdadero que nació del seno de la Santa Iglesia a María Santísima, Madre del Amor hermoso.

Los movimientos contrarios al amor verdadero, tendientes a eliminarlo, asfixiarlo y arrancarlo de la tierra son, como resulta evidente señalar, acciones preternaturales opuestas y coordinadas para impedir el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.

Invitamos a nuestros lectores a profundizar en el tema, a estudiarlo y debatirlo. Es preciso restaurar la Caridad en la tierra, conforme los pedidos y promesas consoladoras pronunciadas por Nuestra Señora en Fátima. Y con ellas resuene fuerte y claro la divina promesa: "Las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella..."




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Fuentes de Información - El amor... ¿un invento del siglo XII?

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4 comentarios - El amor... ¿un invento del siglo XII?

@mudcrutch Hace más de 3 años
El amor romantico es un invento del siglo XVII.
@danmtv Hace más de 3 años
a favoritos... luego lo leo...
@Thewulf69 Hace más de 3 años
Interesante, pero demasiado cristiano.
Buen post
@vagos12 Hace más de 3 años
Buen Post Amigo !!!



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El amor... ¿un invento del siglo XII?



@4everSrFrio Hace más de 1 año
spamero hijo de puta.......