Poco tiempo antes de la muerte de Jorge Luis Borges se puso de moda un poema supuestamente suyo que aparecía en revistas del corazón, se reproducía en tarjetas de aniversario y colgaba como póster en las paredes de no pocas casas a las que me tocó entrar.
En ese poema, el falso Borges decía, entre una lista de cosas que le gustaría hacer si volviera a nacer, que comería más helados —no recuerdo si de fresa de chocolate— y que andaría descalzo sobre la hierba húmeda, o que metería los pies en la corriente de algún arroyo. A su avanzada edad, Borges parecía despedirse de la vida con un acto de contrición, como si la hubiera desperdiciado en nimiedades, y en la próxima se declarara listo a vagar sin rumbo a la luz de las estrellas, y escalar las montañas más altas.

Se trataba a ojos vista de un Borges sospechoso, por edulcorado, y por bien intencionado. Desde las alturas de su espléndido rigor verbal, parecía bajar en aquel poema al terreno del lugar común y lo prosaico, que se emparenta tantas veces con el favor popular, como le sucede a los políticos cuando deciden irse por el curso de la retórica sentimental, y suelen entonces ser efectivos en desconcertar las mentes, a imitación de los escritores de poca monta.

Años después, ya muerto Borges, coincidí en Caracas con su viuda María Kodama en un encuentro literario patrocinado por la Fundación Herrera Luque, y por supuesto que no resistí la tentación de preguntarle por aquel poema que, según me confirmó de inmediato, no era de Borges, sino de una escritora norteamericana de nombre para mí desconocido. Se trataba de una confusión ocurrida en la redacción de un periódico de Buenos Aires, cuando una traducción de ese poema, destinada a publicarse en un suplemento de variedades, le fue atribuida a Borges por esas magias negras que suelen ocurrir en las mesas de edición. No hay duda que la fácil pieza había agradado al público, que se encargaba ya de reproducirlo, y desde entonces, a pesar de que el asunto fue aclarado, la gente prefirió que el texto siguiera siendo de Borges.

Y si primeras partes fueron malas, las segundas vienen a ser peores. En una pésima imitación de aquel poema atribuido a Borges, circula hoy por el mundo, vía Internet, y se reproduce también en periódicos y revistas, o es recitado por algún locutor de medianoche, un escrito de despedida del mundo atribuido a Gabriel García Márquez que se llama «La Marioneta», aún más popular que el de Borges porque me hablan de él a cada paso preguntándome si ya lo he leído. Otra vez, una falsificación. Ni García Márquez se está muriendo, ni ha escrito ninguna carta de despedida, y peor, si se llama con tan rotunda cursilería «La Marioneta». Pero lo que asombra, es la credibilidad de que semejante texto goza entre tanta gente, no poca de la cual ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años, por lo menos, por alguna lectura de alguna página de García Márquez quien, entre las muchas virtudes de su escritura, tiene la de haber creado un estilo inconfundible, el que goza, a su vez, de una muy variada corte de imitadores.

La carta de despedida ni siquiera está escrita en clave de realismo mágico. Igual que el falso Borges, el supuesto García Márquez afirma que disfrutaría de un buen helado de chocolate si le dieran una nueva vida, con lo que surge la sospecha de si estos textos apócrifos no serán el ardid publicitario de alguna empresa de productos lácteos que prefiera irse a la prosa edulcorada para vender helados, digamos por ejemplo la Baskin Robbins, así como la Benetton se va a los contrastes dramáticos para vender ropa.

La prosa de García Márquez, sus hipérboles magistrales, su sentido mágico de la realidad circundante, su capacidad de transmutar los elementos del mundo rural en que todavía vivimos en motivos de asombro, son reconocibles ya en nuestro diario vivir, y su escritura es parte de nuestra cultura habitual. ¿Porqué, entonces, semejante falsificación, y porqué tantos adeptos deslumbrados por esa falsificación sin penas ni glorias? Un mediano lector de García Márquez no debería creerlo capaz de escribir que «regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...», como reza «La Marioneta». Esas líneas no merecerían lugar en el peor de los boleros, salvando, dicho sea de paso, la excelencia del bolero, que los hay de letras excelentes, dignas del mismo García Márquez, amante él mismo de ese memorable género musical.

Pero se trata de una especie de homenaje anónimo que se rinde a los dos prosistas más importantes de la lengua castellana del fin del siglo XX, por parte de un vasto público que si se muestra desinformado de la calidad artística de sus obras, reconoce la majestad de su fama y es capaz de endilgarles escritos muy sencillos, muy sentimentales, y muy potables, con lo que establece con ellos un vínculo para nada despreciable, compuesto de admiración y afecto, aunque se trate de un vínculo escasamente literario, y que con exceso de rigor podríamos llamar espúreo. Ya se ve que la fama literaria acarrea consecuencias que desbordan las propias obras de creación artística, para despertar en el inconsciente colectivo una afinidad con el escritor admirado, al punto de atribuirle obras que, aunque no sean suyas, respondan al propio gusto popular, para nada sofisticado, y no pocas veces emparentado con la cursilería. La cursilería, que si es un defecto para unos, viene a ser una virtud para otros, en tanta expresión del diario vivir. Son nombres que suenan en los oídos de muchos, y recogen pleitesía, una de las virtudes mágicas de la literatura, como le ocurrió a mi paisano Rubén Darío, enterrado con pompa inigualable en su León natal por una multitud que nunca lo había leído, y que sólo guardaba de él, quizás, los ecos musicales, repetidos de boca en boca, de La Marcha Triunfal. Igual ocurre con García Márquez, a pesar de que lo han leído millones; muchos viven en el territorio de Macondo, aunque nunca hayan abierto las páginas de Cien años de soledad.

La única de las promesas que el falso García Márquez hace en «La Marioneta», y que vale para el García Márquez verdadero, es la de dormir poco, para escribir más. La ha venido cumpliendo sin mayores contratiempos a lo largo de toda su vida.

El siguiente texto se ambienta en una madrugada. Un usuario de Internet mediante un buscador como Google busca "algo interesante". De hecho, realmente, antes de escribir este texto yo hice eso. Lo escribo precisamente en la madrugada, momentos después de haber leído algo en dicha búsqueda y dirigido principalmente a alguien que ahora se encuentra con este escrito buscando en la misma franja horaria, mismo tema.

Me pregunto que busca alguien que a la madrugada escribe en Internet en un buscador "algo interesante" o "leer algo interesante" y claro, se me ocurren muchas cosas que a mi me resultan interesantes o al menos me resultaron así en un momento dado. No obstante, el tema es: ¿Como lo considerarías tu? ¿Te interesa alguna explicación de algo? ¿Acaso un chiste que ocasione una sonrisa repentina de unos segundos? ¿Una corta reflexión filosófica o sicológica? ¿O qué?

Si el caso es que... digamos... estás en la madrugada buscando algo interesante por Internet, supongo, no tendrías ganas de leer nada complicado, entonces ¿Que digo? Se me ocurren dos cosas para contarte aprovechando esta atención tuya: lo que hice el día de hoy o predicarte a Jesucristo como salvador y Hijo de Dios, "pará" no salgas corriendo. Considerando en que son casi la 1:40 horas de la madrugada, voy a optar por lo primero sin dejar de mencionar que lo último disiento ya lo hice aquí: Curso de la Biblia.

Sinceramente hoy me sentí un poco extraño... aburrido, sentimiento extraño para mi ya que trabajo en lo que me gusta (Internet) relativamente a la hora que quiera, no suelo sentir esto; aunque sospecho que ya estoy haciendo demasiado de lo mismo todos los días... Te cuento, si hay algo que no soporto es estar aburrido, eso me ocurre desde que tengo uso de razón, me pongo ansioso e insoportable, hasta ahora que poseo ya unos 29 años, casi 30. ¿Me estaré volviendo viejo? si viejo lo relacionamos como un estado de quietud y lo asociamos MAL con estar en inactividad... no; pero esa es una noción de la vejés falsa, conozco a gente que vive mas feliz y plena de "viejo" que desde antes de los 60 años, nada inactiva por cierto. "será porque me esté volviendo viejo" creo que es un pregunta que realmente tiene poco que ver aquí

¿Que hice hoy? escribí un poema, corregí unas 30 hojas en la Web, edité una pequeña monografía con palabras celebres de Gibran Khalil Gibran, unas imágenes que puse de fondo a unos poemas míos, y distintas cosas en mi trabajo semejantes. Además de interactuar con las personas que me rodean, y lo cotidiano desde ir al baño hasta tomar un baso de agua que me imagino no resulta nada interesante. ¿Entretenimiento hoy? un poco de charla y como generalmente algún videojuego, miré una película, y como lo dije de cierta forma Internet incluyendo una ultima búsqueda en Google de "algo interesante" que me llevó a una lectura de alguien que contó que vive haciendo lo mismo hace mas de 30 años...

En mi opinión, creo que vivir años desconforme no es lo correcto, uno puede decidir que hacer. En mi caso pienso y digo: "En que invierto mi tiempo" "Que es mas útil que realice" entonces llegué a la conclusión un día (no hace tanto) de que mi trabajo y actividad principal está perfecta (para mi) y me gusta: principalmente escribo. "Actualmente" miran o leen mis cosas que publico medio millón de personas por mes mas o menos, pocas pero suficientes para poder trabajar de esto. Hablo de la educación y de la vida, explico algunas cosas con cursos especialmente en informática, filosofeo un poco, y demás. Consideré que era mejor esto antes que dedicarme a mi trabajo anterior de técnico conectando cables... uff ¿No puedo dejar de hablar de trabajo parece? Creo que me estoy dando cuenta en este instante, porque hoy me sentí un poco aburrido... sí... indudablemente... no puedo dejar de pensar un día en lo mismo: el trabajo.

También, aburrido quizás de no hacer ocio que no sea enfrente de una PC, entonces filosofando un poco deduzco que muchas veces el aburrimiento podría ser por causa de hacer siempre lo mismo, aunque te guste lo que hagas y; desde el no hacer nada, hasta el hacer mucho, o el no saber que hacer puede ser la causa del aburrimiento. Te cuento, esto lo estoy pensando y escribiendo ahora "tal cual", no es un estudio de un tema sino una charla informal contigo... ¿Será que queriendo escapar un poco a esa monotonía, es que nos quedamos a veces hasta horas de la madrugada? Obviamente hablo de cuando decidimos hacer esto no por estar obligados, por ejemplo ante una espera de algo.

En fin... buscas algo interesante para leer, te escribo que lo mas interesante es comenzar a conocernos, actuar bien (para sufrir menos todos), y conocer nuestras necesidades incluyendo el no vivir en una monotonía, que no es vida para un ser humano. Humano: un ser creativo que necesita de muchas cosas incluyendo los afectos. Y ahora me voy a dormir. Hummm... Escribo esto y me detengo a pensar en "no hacer lo mismo mañana", dentro de unas horas; se forma entonces un vacío de ideas por un instante (recuerda que no tengo ganas de pensar mucho a esta hora)... ¿Interesante no? no se como no hacer lo mismo de siempre. Hacemos tan poco y a su vez hacemos tanto que no sabemos como no hacer algo lógico y bueno que no sea cotidiano, y esté a nuestro alcance... Mejor no me extiendo mas...

Si me estas leyendo a la madrugada, te deseo dulces sueños; si en el día, en un momento aburrido, te deseo que disfrutes del día y no te resulte mas aburrido. Espero esto halla sido algo interesante para ti en este instante, sino, aquí tienes otras cosas que quizás te resulten mas interesantes: www.poesiasdelavida.com.ar o en www.estudiargratis.com.ar esas cosas que escribo no a estas horas...