Los verdugos mas sanguinarios de la historia
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Vasili Blokhin (1895-1955) ha pasado a la historia como uno de los verdugos más sanguinarios, sino el que más de todos los tiempos. Tras participar en la primera guerra mundial y alistarse en la Cheka en 1921, la primera policía secreta rusa, fue seleccionado a dedo por Stalin para convertirse en jefe ejecutor del NKVD en 1926.

El NKVD era otra organización de corte similar, precursora de la famosa KGB, que se dedicaba a oscuros asuntos como el espionaje, la supresión de disidentes, la organización de los Gulags, las deportaciones y ejecuciones en masa o el control de fronteras.

Como jefe ejecutor, Blokhin participó personalmente en los ajusticiamientos de condenados importantes como por ejemplo el de sus anteriores jefes en el NKVD, Yagoda en 1938 y Yezhov en 1940, tras las tres purgas que sufrió esta organización.

No obstante, Blokhin debe su fama a la masacre de Katyn que tuvo lugar en Abril de 1940, tras la invasión de Polonia por parte del ejército rojo. Stalin emitía la orden nº 0048 al NKVD, en la que se mandaba ejecutar a los 22.000 polacos que habían sido hechos prisioneros tras la ocupación. Unos 8.000 de estos prisioneros eran oficiales del ejercito polaco y el resto personas relevantes en la sociedad polaca que pudieran resultar contrarios al ideal comunista; políticos, terratenientes, dueños de factorías, profesores, abogados, médicos…


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Blokhin decidió encargarse personalmente de los oficiales. Con una pequeña Walther PPK alemana ejecutó a unos 6.000 de ellos, disparándoles en la nuca a una media de 250 prisioneros por noche – la media hace uno cada menos de 3 minutos – durante 10 horas todas las noches, 28 días seguidos. Para ello, había llevado su propio instrumental de trabajo; un gran delantal de carnicero en cuero, con sombrero y mangas hasta los hombros para no salpicar su uniforme y un maletín con varias Walters alemanas, ya que las pistolas reglamentarias rusas de entonces, las Soviet TT-30, tendían a fallar y causar daño al poco tiempo de uso.

En los sótanos del cuartel del NKVD en Kalinin, en medio de la noche, se iba llamando a los prisioneros “para identificación”. Tras una breve confirmación de identidad y sin ser informado del destino que le aguardaba, el prisionero era atado por la espalda con una cuerda e inmediatamente conducido a la llamada “habitación leninista”, una estancia pintada en rojo e insonorizada para que el resto de los detenidos no pudieran oír los disparos. En la “habitación leninista” se encontraban con Blokhin vestido de tal guisa, que sin mediar palabra los ponía de cara a la pared y les descerrajaba un tiro en la nuca. Después un camión pasaba dos veces por noche a recoger los cuerpos por otra puerta para deshacerse de ellos.

Mientras Stalin vivió, Blokhin recibió los mayores honores y condecoraciones soviéticas pero en cuanto murió en 1953, fue apartado del servicio y dos años después, durante el proceso de “des-estalinización” iniciado por Nikita Khrushchev, le fue retirado el rango. Sintiéndose traicionado por el estado, murió alcoholizado en 1955.

Blokhin tuvo numerosos homónimos dentro del NKVD. Uno de ellos, el comandante Nadaraya, jefe de la prisión de Tbilisi, ostenta el record de ejecuciones realizadas por una sola persona en un solo día, al disparar a un total de 500 víctimas en una sola jornada durante 1937.


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Por su parte, el Tercer Reich alemán contó con verdugos que no se quedaron cortos en el holocausto que practicó durante la segunda guerra mundial. En su apogeo, se diseñó un sistema de cámaras de gas por el cual en el colmo de la crueldad, obligaban a sus propias víctimas a trabajar en ellas pero aun así, hubo varios matarifes especialmente sanguinarios.

Uno fue el SS-Unterscharführer Willi Mentz, conocido como “Frankestein” entre los internos del campo de Treblinka. Mentz se paseaba con una bata blanca por el campo y disparaba a diario a los prisioneros inválidos o enfermos que no podían moverse por sí mismos como para caminar hasta las cámaras de gas. Estos eran trasladados a una sección de la enfermería llamada “Lazarett” donde, oculta por árboles, había una zanja ardiendo.

A las víctimas se las colocaba en el borde de la zanja y se les disparaba. Un testigo presencial, el prisionero Richard Glazar, relató que Mentz no se molestaba ni en rematar a sus víctimas cuando caían aun vivas a las llamas y que disparaba durante todo el día, probablemente acercándose al record de Blokhin, ya que estuvo en el campo entre Julio de 1942 y Noviembre de 1943.


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Otro matarife célebre del Reich fue Petar Brzica, un guardia croata perteneciente al campo de exterminio de Jasenovac, en Croacia, estado satélite de la alemania nazi durante la segunda guerra mundial. Este campo, donde se practicaron todo tipo de atrocidades, espantaba hasta los propios representantes nazis que lo visitaron. El chofer de una de estas delegaciones, Arthur Hefner, dijo que solo era comparable al infierno de Dante.

En él, antes que usar gas, los guardias preferían degollar personalmente a sus víctimas con una pequeña cuchilla llamada “Srbosjek” (arriba en la foto), diseñada para realizar este trabajo de forma rápida. Brzica se alzaba con la victoria en un concurso celebrado entre los guardias, tras matar mediante este método a 1.360 prisioneros recién llegados y era nombrado “rey del corta-gargantas”. Tras la guerra Brzica nunca fue juzgado por sus crímenes ya que el Mosad perdió su pista en Estados Unidos durante los años 70.


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El más prolífico de los verdugos del Reich fue Johann Reichhart (en el centro de la foto superior) con un total de 3.165 ejecuciones en su haber, la mayoría de ellas producidas entre 1939 y 1945. A diferencia de los anteriores, Reichhart no era militar sino que pertenecía una larga casta de verdugos y había comenzado a trabajar mucho antes del nazismo, en 1924 durante la República de Weimar.

Reichhart tenía la mentalidad cuadrática alemana aplicada a un verdugo; vestía la ropa tradicional de los verdugos alemanes, era muy meticuloso en todo el proceso, llevaba registros detallados de sus trabajos y empleaba principalmente el Fallbeil (en la foto superior), una especie de guillotina alemana remodelada que llevaba consigo por numerosos países ocupados en los que era requerido durante la guerra. Con este aparato había desarrollado una técnica por la cual podía decapitar a un reo en 3 ó 4 segundos desde que hacía acto de presencia.

Reichhart, que se había afiliado al partido nazi, primero ejecutó para el Reich y cuando la guerra terminó, se vio ajusticiando nazis porque tras ser detenido por las fuerzas aliadas, lo emplearon como asistente de verdugo hasta Mayo de 1946, participando en las sentencias de 157 criminales de guerra.


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El verdugo más representativo de Francia tal vez sea Charles Henri Sanson, conocido como “el verdugo de la revolución francesa”. Sanson había nacido en el seno de una familia de verdugos, con la desgracia de que su padre quedaba paralítico en 1754, así que se veía obligado a tomar el testigo a la tierna edad de 15 años, como asistente de su tío para poder mantener a la familia. En 1778, un año antes de la revolución francesa, sustituía a su tío como verdugo oficial de París o “Monsieur de Paris”, tal y como se denominaba coloquialmente al puesto.

Al año siguiente estallaba la revolución y poco después, una junta decidía adoptar la Guillotina como método único de ejecución, a sugerencia del Dr. Guillotin, que aunque no era su inventor, acabó transmitiéndole el nombre. La primera víctima de la guillotina fue Nicolas Jacques Pelletier, un delincuente común decapitado el 25 de Abril de 1792. Durante la revolución francesa, Charles Henri Sanson ejecutó a 2.918 condenados, casi todos ellos al principio de la revuelta, incluyendo al rey Luis XVI (abajo en la imagen) en 1793, al que en un primer momento se negó a ajusticiar.


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Por negarse, una chusma exaltada irrumpía en su casa cobrándose la vida de su mujer Marie-Anne. Tras el incidente Sanson se retiró y cedió el puesto a su hijo pero cuando empezaron a caer los primeros ideólogos de la revolución, Georges Danton, Camille Desmoulins, Maximilian de Robespierre o Antoine de Saint-Just, a los que culpaba de la muerte de su esposa, volvía a ponerse gustosamente al frente de la cuchilla, cortándoles la cabeza a todos ellos.

Cuenta la leyenda que un día, paseando por París, Sanson se encontró con Napoleón y éste le preguntó a ver si podía dormir por las noches después de haber matado a 3.000 personas. Su respuesta fue que “si los emperadores, reyes y dictadores pueden, ¿por qué un verdugo no?”.

Marcel Chevalier tiene el dudoso honor de haber sido el último guillotinador activo en Francia, entre 1976 y 1981. ¿Se imagina una ejecución con guillotina en la Francia moderna hace poco más de 30 años? Pues eso sucedió el 10 de Septiembre de 1977, fecha en la que se produjo el último ajusticiamiento mediante este método en el país galo, en plena democracia y siendo miembro de la entonces Comunidad Europea. François Mitterrand abolía la pena de muerte 4 años después.

Chevalier llevaba ejerciendo su profesión desde 1958 y hasta que fue nombrado “Monsieur de Paris” en 1976 había ejecutado a 40 personas. Después solo realizó dos gillotinamientos más. Al final de sus tiempos, la guillotina se había convertido en un ritual bastante pragmático en comparación con el espectáculo público de sus inicios.

El aparato, bastante más pequeño de cómo lo ha pintado tradicionalmente la imaginería popular, estaba en un callejón de la prisión. Se colocaba un cofre por el lado más corto de la cuchilla, un cesto debajo de la cabeza y todo sucedía con una rapidez inusitada a la vez que violenta por la velocidad con que todo el proceso se llevaba a cabo. Tal vez, los verdugos consideraban que cuanto menos tiempo tuviese el ajusticiado para pensar en lo que estaba sucediendo, menos sufriría.

En cuanto el reo hacía acto de presencia en el patíbulo, los dos asistentes se avalanzaban precipitadamente sobre él, uno por cada lado, asiéndole brutalmente por los brazos y lo llevaban rápidamente, si hacía falta arrastrándole, a la tabla-camilla donde lo tumbaban poca abajo. Una vez hechado, lo amarraban mediante un sistema de correas preparado para poderse atar en pocos segundos, se colocaba la camilla en posición, se atrapaba la cabeza por el cuello con un cepo y antes incluso de terminar, caía la cuchilla. Los mismos asistentes que habían montado la camilla, aprovechaban la fuerza del filo en ángulo al golpear, para soltar las correas y empujar el cuerpo al cofre. El verdugo cogía la cabeza del cesto, la depositaba junto al cuerpo y cerraba el arcón. Todo el proceso sucedía en cuestión de breves segundos, sin redobles de tambor ni minutos dramáticos de espera.

A Chevalier le había cedido el puesto en 1976 su propio tío, André Obrecht que se había negado a ejercer durante el gobierno de Vichy, mientras que Eugène Weidmann, con un total de 350 ejecuciones en su haber, había sido el último verdugo en realizar la última ejecución pública en Versalles, el 17 de junio de 1939.


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A Weimann le supera Anatole François Joseph Deibler, que con el expresivo rostro de la foto superior y bajo el título de “exécuteur en chef des arrêts criminels”, realizó 395 ejecuciones entre 1889 y 1939, 299 de ellas con guillotina. Deibler procedía de una casta de verdugos, tanto su padre como su abuelo habían ejercido la misma profesión. No solo trabajó en Francia sino que solía desplazarse a otros países como Bélgica, viajando junto al aparato. En uno de estos desplazamientos, fallecía repentinamente antes de realizar la ejecución 396.

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Giovanni Battista Bugatti fue el verdugo de los Estados Papales entre 1796 y 1865, lo que hoy se conoce como Vaticano, además de ser uno de los ejecutores que más tiempo han estado en activo, 69 años en total, hasta que fue retirado por el papa Pio IX cuando tenía 85.

Apodado “Maestro Titta”, un diminutivo popular de “maestro di giustizia” o “maestro de justicia”, Battista era todo un personaje que se refería a los condenados como “sus pacientes” y a las ejecuciones como “justicias”. Dio “tratamiento” a 596 de sus “pacientes” empleando casi todos los métodos de ejecución que los verdugos aplicaban en su tiempo; mazo, decapitación con hacha, ahorcamientos y desde 1810, la guillotina que tan de moda había puesto la revolución francesa.


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Battista, muy conocido por sus vecinos, en sus ratos libres se dedicaba a pintar sombrillas para los turistas junto a su mujer, en una tienda que tenía cerca de su casa al lado del Vaticano, al otro lado del rio Tiber en el Trastevere. Rara vez abandonaba el barrio por seguridad y porque en cuanto la gente le veía cruzar el puente, se corría la voz por toda Roma de que se iba a celebrar una ejecución, congregando a cientos de personas en la plaza del Popolo para ver el acto.

Battista recibía la mísera cantidad de 3 céntimos de lira por cada uno de sus “pacientes” pero a cambio tenía numerosas concesiones papales. En una libreta, llevaba un detallado registro de todas sus ejecuciones; nombre del ajusticiado, motivo, método, incidencias…

Charles Dickens asistió a uno de estos oficios, relatando en su obra “Imágenes de Italia” que Battista no era especialmente cuidadoso al cortar y que al acercarse al patíbulo, pudo comprobar que una cabeza había recibido el tajo de la guillotina justo por debajo de las orejas, partiendo la parte inferior de la mandíbula.


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William Marwood era un zapatero de Horncastle en Lincolnshire, Inglaterra que a los 54 años decidió que quería dedicarse a colgar gente. En 1872 persuadió al gobernador de Lincoln Castle para que le permitiera llevar a cabo una ejecución como verdugo.

Marwood se tomó los ahorcamientos como un arte y mediante cálculos matemáticos desarrolló una técnica llamada “long drop” o “larga caída”, con la que estimaba los metros de cuerda necesarios para que un ahorcado se partiese el cuello al caer según su peso y así, evitar que quedase colgado asfixiándose lentamente. Por ejemplo, según sus teorías, una persona de 50kg requería 3 metros y medio de cuerda.


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Marwood recibía 10 libras por ejecución, las ropas del reo y un plus fijo de 20 libras anuales. Antes de la ejecución se arrodillaba junto al condenado para orar pidiendo “que todo saliese bien”. Viajó como una celebridad por Inglaterra e Irlanda durante los 9 años que practicó el oficio, llegando a ejecutar a 176 condenados hasta que murió en 1883.

El verdugo inglés más prolífico fue Albert Pierrepoint con 434 víctimas en su haber. Su padre era el fundador de una larga casta de verdugos pero había sido retirado del servicio en 1910 por sus excesos con el alcohol durante el trabajo. Albert estuvo en activo 24 años entre 1932 y 1956, ejerció además de en Inglaterra en países como Egipto, Austria o Alemania. Tras la segunda guerra mundial, se cree pudo llegar a ajusticiar a más de 200 nazis condenados por crímenes de guerra.

Extremadamente eficiente, Albert ostenta el record del ahorcamiento más rápido del que se tenga constancia; tardó solo siete segundos en colgar a un reo en 1951. En 1956 renunció, con el orgullo herido cuando le fue ofrecida una sola libra por realizar una ejecución mientras que su tarifa en ese momento era de 15, unas 200 libras al cambio actual. El diario “Empire News and Sunday Chronicle” se hizo eco de la noticia y desveló que en sus momentos más álgidos, Albert había estado cobrando el equivalente a 500.000 libras al cambio actual por sus servicios. En la foto, Thomas Pierrepoint a la izquierda y Albert Pierrepoint a la derecha;


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Thomas Pierrepoint, tio de Albert fue el segundo verdugo más prolífico de las islas británicas. Empezó a ejercer casi al final de la era vitoriana en 1906 y estuvo en activo durante 37 años hasta 1946, momento en el concluía su carrera a los 76. Entonces trabajaba para el ejército estadounidense en ejecuciones de sus propios soldados, acusados de deserción u otros delitos en la segunda guerra mundial. Durante este tiempo llegó a ajusticiar a unos 300 condenados en Inglaterra y en la Irlanda independiente.

Pierrepoint, se jactaba de la “eficiencia” en sus ahorcamientos, tanta que rozaba la exageración al final de su carrera, llegando a recibir acusaciones por falta de tacto durante el procedimiento, tanto para con los reos como para con sus asistentes. Los asistentes que trabajan con él, tenían que salir corriendo de debajo de la trampilla ya que Pierrepoint realizaba la ejecución en cuestión de segundos y sin miramientos una vez que el preso había llegado al patíbulo, arriesgándose de lo contrario a que el cuerpo cayese sobre sus cabezas. La comisión que investigó el caso concluyó preguntandose con flema inglesa; ¿es necesario tener “tacto” durante una ejecución?.

Un último verdugo sanguinario de leyenda; Souflikar, el “bostanci” del sultán Mehmed IV que gobernó el imperio otomano entre 1648 y 1687. El título de “bostanci” se traduce como “jardinero” aunque su cometido real era el de verdugo del sultán. Se dice que Souflikar llegó a ajusticiar a más de 5.000 condenados estrangulándolos con sus propias manos en 5 años, lo que hace una media de 3 al día.


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