SIN MÁS QUE EL TITULO, LOS DEJO CON LOS CUENTOS!


UN CIERTO RIESGO




—Y bien, ¿qué creéis que pasará cuando pulsemos el botón y la máquina transporte esa silla un segundo hacia atrás en el tiempo? —dijo el primero de los científicos a sus colegas.
—Bueno... Podemos elucubrar cuanto queramos. Por ejemplo, se me ocurre que, como la máquina va a proyectar hacia atrás todo el espacio circundante, incluyendo donde está ella misma; cuando se produzca, lo que será proyectado es una máquina del tiempo funcionando que en ese momento está proyectando hacia atrás... Por lo tanto esta máquina proyectará otra máquina un segundo atrás y ésta proyectará otra hasta un segundo antes y así sucesivamente... Debido a la corrección del desplazamiento planetario que hemos introducido, el resultado será varios objetos superpuestos casi en el mismo sitio. Materia ultracompacta con núcleos atómicos demasiado próximos. La interacción fuerte hará que los núcleos cercanos se fusionen formando elementos químicos inverosímiles con miles de protones y neutrones en sus núcleos. Estas fusiones provocarán un desprendimiento energético colosal; una explosión nuclear hasta ahora desconocida. Podría formarse una estrella aquí mismo, aunque también es posible que la presencia de partículas sea tan grande que se forme un agujero negro...
—Yo diría más —intervino el tercer científico—. La proyección hacia atrás recursiva de la máquina atravesará toda la historia conocida —y desconocida— y alcanzará los albores del Universo. Cuando la masa de la silla se incruste en los estadios iniciales del Big Bang, provocará un desequilibrio, una falta de homogeneidad que hará irregular la explosión, redistribuyendo la masa y la energía de forma radical. Millones de galaxias dejarán de existir y otras nuevas aparecerán, puede que varíen las cantidades de materia y antimateria presentes en el Universo e incluso puede que cambien las propias leyes físicas que conocemos...
—¡Bah! Siempre habéis sido unos tremendistas asustadizos —dijo el primer científico.
Y pulsó el botón.



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MAESTRO

Juan Pablo Noroña - Cuba



El quinqué tiembla, porque trémula es la mano, y a su luz se ve a un joven. No particularmente hermoso, pero sí proporcionado, sano, carente de deficiencias carnales, como si nunca sufriera dolor ni debilidad.
Se ahoga en asma y miedo el dueño de la casa invadida.
—¿Quién...? —jadea—. ¿Qué quiere? No tengo nada... —su papada tiembla.
Sobre la mesa están los frascos, decenas de ellos.
—Maestro, esto lo curará —señala el joven—. Para los bronquios, para bajar de peso, para los riñones, para el corazón —levanta uno tras uno los recipientes—; este aparato es para las crisis de asma. Siga las instrucciones en el papel y su vida será muy larga.
El hombre viejo y gordo mira al intruso.
—No entiendo. ¿Qué significa...?
Sobre él cae de repente un beso suntuoso, lento, que se recibe bien. Demasiado asombro y asma para disfrutarlo, no obstante.
—Si usted fuera tan amable de explicarse —el viejo aparta al joven.
—No hay tiempo, maestro. Viva más, hasta su definición mejor. Viva para avergonzarlos... viva hasta mí.
—¿Avergonzarlos...? —y no puede decir más a quien acaba de desaparecer como humo que se va.
Asustado, el hombre muy viejo se sienta a la mesa observando los frascos, y deja amanecer.



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CICLICIDAD

Sergio Gaut vel Hartman - Argentina



—Para nuestro máximo filósofo, Tlopan —sentenció el extraterrestre— el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. —Lanzó un eructo por el apéndice fungiforme que coronaba el conducto respiratorio y alzó la vista para desafiar a su interlocutor. Pero éste no se inmutó.
—Sólo imita la eternidad —replicó— y se desarrolla en círculos, según la concepción cíclica del tiempo. —Era un robot cantinero, un diseño especializado creado por el Hombre antes de extinguirse. La llegada del extraterrestre aficionado a las bebidas alcohólicas lo había sacado de una apatía que amenazaba con aniquilarlo.
—Según el número —dijo el extraterrestre—. El movimiento de los cuerpos en el espacio mide el tiempo.
—¿Es irreversible? —El robot sobrepasó el límite de frotamiento y rompió el vaso. En otras circunstancias se podría haber dicho que estaba nervioso.
—¿Si lo fuera?
—Sería distinto —se apresuró a decir el robot.
—Comprendo —dijo el extraterrestre—: los míticos... hombres. Hombres, se llamaban, ¿verdad?
—Sí.
—Debían ser perversos. Un robot filósofo es una broma de mal gusto.
—No lo siento así. Y en todo caso no importa. —Apoyó las manos cromadas sobre la barra y apretó con fuerza—. ¿Dice que ustedes son capaces de viajar por el tiempo? ¿No se burla de mí?
—¿Por qué habría de burlarme?
—Ha tomado litros de licores pesados.
—Soy un bebedor muy entrenado. ¿Adónde te interesa ir? ¿Al futuro?
—No, al pasado.
—Al pasado. —El extraterrestre bebió un último trago y movió todas las extremidades de un modo aparatoso—. De acuerdo, no me importa; no es mi planeta.
—Espere aquí un momento —dijo el robot destellando como un poseso—. Iré a buscar unas células... iremos... las pondremos... las plantaremos... en... en... Ya regreso.
—Sí, está bien, no hay apuro. —Esperó a que el robot desapareciera tras la cortina y tomó un buen trago, directamente de la botella—. Es igual en todas partes: la fidelidad del esclavo no se extingue. También eso es cíclico.



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TODO CAMBIA

Angel E. López Esteve - España



—Bien, Luisa, ¿estás preparada? —El tono de voz del doctor Federico Prieto delataba toda la excitación del momento—. Vamos a ser los primeros seres humanos en viajar a través del tiempo. —De forma brusca su gesto cambió—. Ya sabes que bajo ningún concepto debes separarte del marcador temporal de tu muñeca.
—Tranquilo, Federico, recuerda que, aunque de forma indirecta, yo también he participado en el proyecto —dijo Luisa al tiempo que le dedicaba una insinuante sonrisa que dejaba bien claro cuál había sido su colaboración.
—Te concedo el honor. —Federico se inclinó exagerando una reverencia—. Propón tu misma el destino.
—Tres de octubre de tres mil ciento veintidós —dijo ella sin vacilar.
—¿Lo tenías pensado? —se sorprendió el investigador.
—No, es mi cumpleaños —respondió Luisa—; esto es, mi cumpleaños dentro de diez siglos, claro.
—Claro. —Sin mediar palabra alguna la abrazó y puso en marcha las dos máquinas temporales de muñeca.
Muebles, despacho, paredes y techo desaparecieron, siendo sustituidos por una exuberante vegetación y un sol espléndido sobre sus cabezas. Junto a ellos se encontraban tres hombres y dos mujeres charlando animadamente. Ninguno de los cinco se sorprendió al verles surgir de la nada.
Tampoco se sorprendieron al ver desaparecer a uno de los hombres del grupo, ni al ver cómo sus ropas cambiaban cada poco tiempo. Un poco más allá, junto a un árbol, una pareja daba rienda suelta a su pasión practicando un sexo salvaje y público, aunque nadie les prestaba la más mínima atención.
Federico estaba boquiabierto, sorprendido, no tanto por el hecho de haber viajado en el tiempo, sino por lo que allí estaba presenciando. Giró buscando la mirada cómplice de Luisa, pero encontró sus ojos observándole fijamente al tiempo que le apuntaba con algo que, estaba seguro, era un arma.
—Qué significa esto, Luisa —preguntó entre asustado y atónito.
—Este es mi mundo —respondió ella sin alterarse—. Aunque tú y sólo tú seas el artífice de todo lo que estás viendo. Desde que inventaste la máquina del tiempo han pasado más de mil años, en este tiempo su uso se ha generalizado, tanto que todo el mundo lleva una en su muñeca. Al principio los viajes eran cortos y apenas se producían cambios importantes, la gente tenía miedo. Ya sabes, todas esas tonterías de las paradojas. Hasta que nos fuimos dando cuenta de que no pasaba casi nada. ¿Sabes qué sucede si viajas al pasado y matas a tu abuelo? Que desapareces y tu abuelo queda muerto, pero ese simple acto crea una serie de ondas temporales, como las olas de un lago al tirar una piedra, que pueden provocar cambios importantes en todo el mundo, y si a ese acto se le suman miles cada día, obtienes esto. Un mundo que cambia sin cesar, donde la gente no permanece igual durante mucho tiempo, dónde no importa tener una familia o una pareja ya que pueden no existir al segundo siguiente. Cuando yo viajé a tu tiempo dispuesta a conocerte, aquí había una megalópolis de doscientos millones de habitantes, ahora hay una selva tropical.
»Te he traído aquí para acabar contigo, he decidido terminar con los cambios. Cuando te mate no se inventará la máquina del tiempo y todo mi mundo será estable. Pero antes he querido saber cómo es vivir en un tiempo previsible como el tuyo y que tú supieras por qué tienes que morir.
»Lo siento mi amor. —Una lágrima asomó a sus ojos mientras apretaba el gatillo.
Federico cayó herido en el corazón. Cuando exhaló su último suspiro, Luisa dejó de existir al tiempo que todo cambiaba por última vez.
No hubo más cambios.



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PRECISIÓN

Carlos Daniel Joaquín Vázquez - Argentina



En el Instituto todas las cosas se hacían con precisión. Jean Paul Millé fue rapado, higienizado, vacunado y examinado. Luego fue medido micrométricamente y pesado con cinco decimales bajo el gramo. Lo mantuvieron durante tres días en un ambiente estéril, en la periferia del Gran Buenos Aires, mientras la crononave entraba en sincronía con el Universo.
Porque no es fácil viajar en el tiempo, y menos tan lejos. Hay que contar los movimientos de la Tierra, el baile del Sol y el deambular de la Vía Láctea. Nadie se había aventurado más de cien años, y nunca más de cinco meses con las máquinas del Instituto. Por eso, ahora que Jean Paul Millé viajaría un poco más de mil años, sería un héroe. Para ser casi tan precisos como el Instituto Jean viajaría mil diecisiete años, diecinueve días, dos horas y ocho minutos. Ni más, ni menos. Y debería aparecer en el mismo sitio, aunque todo ese tiempo antes, y de allí mismo sería rescatado luego de observar las pampas vírgenes de todo lo civilizado.
Lo del rescate fue un decir. Nadie podía justificar que, a los hechos, Jean Paul Millé estuviera muerto.
Tampoco nadie había podido justificar nada cuando, veintitrés años antes, los que nivelaban el terreno para construir el Instituto encontraron, bajo treinta metros de tierra nunca removida, los restos destrozados de un europeo moderno.



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SIN RETORNO

Libia Brenda Castro R. - México



Cada vez que me iba era para asistir a eventos fascinantes: pude inclinar la frente ante la reina Nefertiti; estuve sentada a dos metros de Oscar Wilde, mirándolo almorzar; incluso asistí a la primera proyección de los hermanos Lumiere, después de pasar un mes navegando en un barco vikingo. Mi vida era fabulosa, podía llegar a cualquier sitio, en cualquier momento. Lo tenía todo cubierto, nunca intervine en ningún hecho: me limitaba a observar, durante lapsos breves, y luego volvía. Mis viajes se hicieron cada vez más largos, mis amigos sabían que yo estaba fuera por mi trabajo y nunca le dije nada a nadie, porque hubiera sido un error. La cosa es que de repente todos empezaron a decirme "te ves un poco abatida", "no trabajes tanto" ; luego el novio que tenía me miró preocupado "amor, te ves ajada"; y finalmente, después de una estancia muy larga en la segunda década del Siglo I, regresé y me di cuenta de que la gente se sorprendía al verme, hubo quien incluso se asustó: era mucho mayor que todos.


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EL IDIOMA DE LOS PRÓCERES

Fabián Casas - Argentina



La lista era larguísima. Los primeros nombres: Cristo, Newton, Batuta, Leonardo, Marco Polo, Darwin... "Entrevista con la Historia". ¡Todos los miércoles a las 22:00, por HBO! Súmese a este viaje por el tiempo. Presencie el backstage del sermón de la montaña. Asista al colegio junto al joven Einstein y acompañe a León Trotzky ¡en la revolución rusa! ¡Los más grandes hombres y mujeres de la historia, en vivo y en directo!
Sería un éxito total.
25.000 millones de dólares garantizaban la exclusiva. Diez años de uso de la primera máquina del tiempo, sólo para la cadena.
¿El conductor? Murray "Rock" Fernández, el periodista capaz de contar el lado humano de los próceres. ¿Quién, si no, podría llevar a cabo la monumental tarea de adentrarse en la historia real, a bordo de la "impredecible" máquina del tiempo? Culto, ocurrente, en el límite exacto entre la juventud bisoña y la madurez incipiente. Muy pocos manejaban el oficio de Murray: La locución erudita, el reporte de arte, la nota científica. Ya había pasado la época de los profesores calvos en la tele. El espectador pide ciencia, sí, pero detesta que se la cuenten con una dentadura amarillenta o incompleta. Murray "Rock" Fernández, apolíneo y bronceado, ¡de notero de recitales a cronista de la historia!
Alguna palabra tendría que decir. No dejaría todo el diálogo con los personajes históricos en manos de sus tres asesores científicos. Así que se entrenó durante meses: griego, arameo, sánscrito... lenguas perdidas de incierta pronunciación. Pero fue un gasto inútil. Al poco tiempo de viajar se dio cuenta.
Los científicos de la cadena estaban consternados: Los forjadores de la humanidad hablaban perfecto inglés. Hammurabi también.
Encima se mostraban reacios a dejarse entrevistar por la cámara de la historia. Al cuarto intento, alguien se apiadó de Murray y su equipo.
—Flaco —le dijo Siddharta, fumando una pipa que aromaba el ocaso tras el Himalaya— ustedes no fueron los que inventaron la máquina, creeme.
Y allí se fue Buda, a seguir predicando por esas tierras altas, vírgenes aún de toda televisión.



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EL EXAMEN

Alejandro Ferreyra - Argentina



—Idus Martius! —Me desperté y vestí. Temblé un poco por el piso frío. —Nunca me acostumbraré... En fin. —Me puse las botas y salí.
Dejé atrás la casa familiar y caminé hacia el límite de la colonia.
El sol brillaba recién salido sobre la gente que llegaba al mercado, cargada con bultos, gansos y gallinas. Avanzaban por el camino levantando una nube de polvo mezclada con hebras de neblina. El ruido de la gente comprando y vendiendo alrededor mío me aturdió, ¿dónde estaban los estantes silenciosos, las pantallas temblorosas y los murmullos de los estudiantes?
Un dedo golpeó severamente mi hombro derecho.
—Y bien, Kevin Ichi, si le pregunto por el ágora, ¿qué me diría? —Erguido bajo una capa de pieles y con la otra mano apoyada en el pomo de la espada, el profesor de Historia Antigua Europea iniciaba mi examen final.
—Pués le miraría raro y le preguntaría de dónde viene.
—Esfuércese si quiere aprobar. Ahora vaya al Mercado por alimentos para que su madre...
—Domina.
—¡Bien ahí! Le decía para que la patrona prepare el almuerzo...
Salí corriendo y me perdí en el gentío; en dos horas sería regresado a la Universidad por el profesor y los ayudantes de TP mezclados entre la gente. Del éxito de mi "incrustación temporal" dependía que aprobara o no.
Corría y tropecé con una chica rubia, un poco mayor que yo.
—¡Fuera carajo! —me brotó el insulto clásico.
—Idem infaceto est infacetior rure!—gritó la chica.
Me vi rodeado por un grupo de jóvenes que me arrojaron a través de las fauces más cercanas a un atrium, donde una luz ámbar brotaba de un espejo lateral.
El profesor de pie, al lado del espejo, exclamó:
—¡Cuidado con los idus de Marzo! —Y el mundo se desvaneció.



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SOUVENIR

Carlos A. Duarte Cano - Cuba



Anochecía cuando She-hi-laa vio a sus padres difuminarse —¡al fin!— en la cámara de viajes. Se deslizó hasta la pieza de sus progenitores y abrió con su "Decod-V" el panel privado de su padre. Allí, reluciente, la esperaba el añorado Cronifalcus.
Apenas si pudo controlar su ansiedad mientras lo trasladaba hacia su cuarto. Percibía en cada poro de su piel la excitación de lo prohibido. Nada podía compararse con esto; al menos nada de lo que acostumbraban a hacer sus insulsas amigas en las noches de sábado.
Se puso el vestido y los zapatos celosamente guardados para estas ocasiones. Frente al espejo dio los últimos toques a su maquillaje y se colocó la fina diadema. Introdujo la contraseña en el equipo y luego, con suma prolijidad, las coordenadas de las seis dimensiones. El torbellino temporal la ofuscó como de costumbre pero el efecto desapareció a los cinco segundos de su llegada. «Otra vez en el establo» pensó. Corrió afuera, subió por la alfombra escarlata y penetró en el palacio.
Allí lo vio, sentado junto al trono, bello como sólo él lo era en todo el espacio-tiempo conocido. Reclinada sobre un tapiz esperó a que, como tantas otras noches, la descubriera y quedara prendado de su extraña belleza. Luego fue ese girar juntos al ritmo de la música, bebiendo sus miradas e ignorando la marcha del tiempo a través de la euforia de su amor. En el jardín, se rozaban apenas los labios con la timidez de un beso adolescente cuando, como tantas veces, la sorprendieron las campanadas.
Sin tiempo para más corrió lejos del atónito príncipe. Coordenadas introducidas y de vuelta a casa para devolver todo a su lugar antes de que regresaran los padres. O casi todo, porque en la atropellada huida había perdido algo.
En algún universo paralelo, al que She-hi-laa nunca podría regresar, un apuesto príncipe aprisionaba entre sus desconsoladas manos un zapato de raro cristal.



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LA MUERTE DE CÉSAR

João Ventura - Portugal



Riendo a carcajadas, César, Brutus y otros tres senadores salieron con ímpetu del Senado, a los tropezones, claramente borrachos. Uno de ellos contaba una historia obscena que envolvía a una patrona, a su hija y a un esclavo nubio. Los centinelas se alinearon y César les respondió con un remedo de saludo militar.
Brutus y César siguieron caminando, tambaleándose, cogidos del brazo. Uno de los otros seguía bebiendo de un odre que traía, y el vino se escurría por las comisuras de la boca, manchando de violáceo la túnica alba.
El cronomóvil, que había sido sincronizado para los 15 minutos que incluían la muerte de César a las puertas del senado, había accionado la microcámara que registraba todos los detalles.
Julio César se alejó unos pasos, se inclinó y empezó a vomitar. Los otros se rieron.
El Consejo Supremo de los Historiadores escuchaba la exposición del Viajero. Uno de los consejeros exclamó:
—¿No hubo asesinato entonces? ¿Brutus era inocente?
—Precisamente. Al intentar enderezarse, César tropezó y cayó de bruces. Los otros intentaron ayudarle a levantarse, pero estaban tan borrachos que no lo lograron. Murió ahogado en su propio vómito...
—Y usted, compañero, ¿qué pretende hacer con esta información?
—Escribir un artículo para el International Journal of Verified History, por supuesto.
—Eso es lo que yo me temía —dijo el presidente del Consejo y, apuntando al Viajero con una pistola láser, disparó una única vez.
Mientras los robots de la limpieza se llevaban el cuerpo, comentó: —¡No faltaría más, cambiar la Historia tan sólo por una simple verificación in loco...!



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LOS TRES CAVERNÍCOLAS

Diego E. Gualda - Argentina



Tres cavernícolas encuentran tres objetos traídos del futuro: Una laptop, una muñeca inflable y una grande de muzzarella. Uno de ellos se empacha. Otro se idiotiza. El tercero, evoluciona para convertirse en el primer hombre moderno. El interrogante es quién tomó qué.


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EL LIBRO

José Vicente Ortuño - España



—Señor Wells —dijo el desconocido—, tengo que decirle algo muy importante.
—Estoy muy ocupado, señor...
—Profesor Policarpo Úcronos —dijo el individuo—, de la Universidad Politécnica de Valencia.
—No he oído hablar de dicha universidad —dijo Herbert George Wells mientras intentaba dejar atrás al extraño personaje que lo seguía desde hacía un rato.
—Bueno es que... cómo le diría yo —dudó el profesor—, es que todavía no existe.
—¡Ah bien! —exclamó Wells—. Pues avíseme cuando la construyan, estaré encantado de dar unas charlas en la inauguración. Adiós, buenos días.
—Déjeme que le cuente algo —insistió el profesor—, luego le dejaré en paz, se lo prometo.
—De acuerdo —cedió Wells cansado—, nos sentaremos en aquel banco unos minutos, tengo que volver al trabajo, ¿sabe?
—Gracias señor Wells, no le haré perder su precioso tiempo. —El profesor Úcronos rió como si hubiese dicho algo gracioso.
Una vez sentados, el científico del futuro explicó:
—Verá, señor Wells, vengo del futuro, del siglo XXV. Sé que en 1895 usted publicará un libro titulado La máquina del tiempo. Esta novela se convertirá en la inspiración para los científicos de los siglos venideros.
—¿De verdad? —dijo Wells en apariencia interesado.
—Por supuesto. Yo mismo, desde que la leí siendo un niño, no he cejado en el intento de construir una máquina similar. Al fin lo conseguí y he venido para conocerlo en persona y darle las gracias.
Wells se levantó sonriente y estrechó la mano del visitante del futuro.
—Gracias profesor. Le agradezco que se haya molestado en venir desde tan lejos... en el futuro. Le tendré presente cuando escriba mi novela —dijo con amabilidad y se marchó dando grandes zancadas.
El profesor Úcronos, satisfecho de haber convertido en realidad uno de sus sueños más preciados, volvió al siglo XXV. Envuelto en un aura de felicidad científica, se sentó ante a su escritorio, sobre el que había dejado un ejemplar de La máquina del tiempo, pero al mirarlo se quedó estupefacto, el título había cambiado, ahora en la portada rezaba: Recetas de cocina para gente fina.



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UNA ANTIGUA MÁQUINA DEL TIEMPO

Raúl Alejandro López Nevado - España



Se trataba de uno de esos raros objetos en los que la tecnología se confunde con la magia. No conocía su funcionamiento, sólo sabía que funcionaba. Así, lo manipulaba con cuidado, temeroso de que el delicado mecanismo de la máquina sufriese algún desperfecto, y aquellas sensaciones fascinantes desaparecieran.
Era, por supuesto, una máquina del tiempo, una especie de cronovisor que le permitía asistir a escenas de la más remota antigüedad o el más lejano futuro con sólo unos movimientos.
Recordó su primer viaje, Platón y Sócrates conversaban plácidamente en la noche ateniense. La imagen del primero era clara y brillante, había en el segundo, sin embargo, algo de desdibujado y gris. Continuó avanzando: un imperio que se alzaba y caía, reminiscencias ptolemáicas en Egipto, otro imperio, Mare Nostrum, y el lejano resplandor de Jerusalén. Llegó lentamente a Cristo, lo vio como un hombre sagaz y enérgico, y no obstante, algo en él también aparecía desdibujado. Descubrió que esa bruma cubría a otros más: largos años del oscuro Copérnico ordenando el cielo, la madurez del terrible Rimbaud abandonado, o la vetusta soledad del gigantesco Nietzsche escribiendo para el mañana.
Espoleado por ese enigma, siguió noche tras noche indagando el secreto que unía a aquellos hombres. Tal vez, hoy lo lograra.
Dispuso la máquina diestramente sobre sus rodillas y la abrió en dos mitades asimétricas, poco después, pasó absorto la primera página.



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LA PRIMERA MÁQUINA DEL TIEMPO... Y LA ÚLTIMA

José Carlos Canalda



Cuando su vehículo se detuvo por completo y pudo leer el contador temporal, el Viajero del Tiempo quedó anonadado. ¡Estaba en el año 802.701!
Reprimiendo un escalofrío echó pie a tierra, descubriendo con asombro que ya no se encontraba en el interior de su laboratorio, sino en mitad de una extensa pradera. Mirando en torno suyo vislumbró un edificio en la lejanía, única muestra aparente de que en aquella remota época la civilización continuaba existiendo.
Tras retirar algunas palancas de la Máquina del Tiempo para evitar que algún intruso pudiera manipularla, se encaminó hacia su objetivo presa de una febril ansiedad. ¿Cómo sería la humanidad del futuro?
El edificio era un enorme paralelepípedo sin la menor concesión artística en todo su volumen. Carecía de ventanas, y tan sólo una puerta de gran tamaño, cerrada a cal y canto, se abría en mitad de una de sus paredes. Sobre ella campeaba un rótulo que, pese a estar escrito en caracteres extraños, pudo descifrar no sin dificultad:
"INDUSTRIAS CÁRNICAS MORLOCK
LA CALIDAD ES NUESTRO LEMA"
En una habitación situada en el interior del edificio, dos extraños seres de piel pálida, ojos de color gris rojizo y largas cabelleras rubias contemplaban al visitante a través de una pantalla de televisión.
—¡Te dije que tuvieras cuidado! —gruñó el que parecía llevar la voz cantante—. ¡Ya se te ha vuelto a escapar otra res!
—No comprendo como puede haber ocurrido... —se excusó el otro—; antes de guardarlas en el corral me aseguré de que estuvieran todas, y estoy convencido de que cerré bien la cancela... aunque de todos modos, son demasiado estúpidas para abrirla.
—Pues ya lo ves, esa anda suelta.
—Ahora mismo la recojo... por cierto, ¿te has fijado en lo extraño de su indumentaria? Esas no son las túnicas que les proporcionamos nosotros.
—¿Y de dónde la pudo a haber sacado? —se burló—. No va a venir del pasado, o del futuro... Anda, déjate de tonterías y date prisa en llevarla con las demás, porque está a punto de empezar el siguiente turno del matadero.



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PAISAJE

Claudio Alejandro Amodeo - Argentina



Para la mayoría, el mundo es un caos. Sin embargo, para los poetas y soñadores como yo, es simplemente hermoso. Basta dar unos pocos pasos para atravesar un arco iris inimaginable de sensaciones y perderse en un sinfín de maravillas arracimadas en formas caprichosas: un almendro entremezcla su frondosa copa con los terruños de una choza masai, y cuelgan de sus ramas gruesos bloques de barro cocido y estiércol; un pájaro con alas de mariposa flota sobre el aire caliente y sobre el humo blanco que despide un carruaje en llamas, ardiendo sobre una calle cuarteada por el sol calcinante; un sol que sólo brilla en este sector al que hago referencia, porque el resto de la ciudad se sume en la más densa de las tinieblas, tragada en una depresión del terreno que podría tener varios millones de años de inexistencia. El cielo sobre mi cabeza es púrpura, y en él, algo escurridizo y veloz se mueve como si nadara entre los gases enrarecidos, jugando con nubes de yodo y amoníaco. Abajo, sobre la acera de piedras y restos metálicos de alguna cinta transportadora que jamás conocí, de pie sobre un lodazal de tejidos orgánicos en descomposición, que alguna vez hubieran conformado uno o varios cuerpos humanos, estoy yo, viendo y admirando todas estas cosas extraordinarias y cambiantes, sin remordimientos ni temores. Sé todo. Sé lo del experimento fallido y lo del continuo ir y venir del tiempo y de las cosas, pero nada puede arrebatarme en este instante, que puede ser eterno como efímero, la absoluta certeza de estar disfrutando de un paisaje atemporal, asimétrico y anacrónico, único e irrepetible. Y eso me hace feliz.


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PRISIONEROS DE LA ETERNIDAD

Hugo José Bano - Argentina



ARTÍCULO APARECIDO EN LA GACETA DE LO INNOMBRABLE, ÓRGANO DE LA UNIVERSIDAD LOVECRAFT:
"La capacidad del Aula Magna de la Facultad de Ciencias Inexplicables fue sobrepasada anoche por la afluencia de alumnos, graduados y colegas del Profesor Arquímedes Dementti, atraídos por la conferencia que éste dio sobre un tema por demás controvertido y que con su jocosidad habitual el renombrado científico bautizó: "¿Qué corno es el Tiempo?"
Autodefinido como un "Terrorista de lo Establecido", el controvertido pensador fue demoliendo cada uno de los conceptos que sobre el tema tenían sus estupefactos oyentes y demostrando que el Tiempo no existe, al menos como entidad individual, y que junto con el Espacio son sólo manifestaciones de la materia.
En un intento por hacer más accesible su pensamiento, llegó a utilizar la siguiente metáfora: Así como el caracol transporta su casa sobre el lomo, nosotros cargamos nuestro propio tiempo sobre las espaldas.
No conforme con esto y para escándalo de sus distinguidos oyentes, afirmó luego: Pretender describir el tiempo por medio de las Matemáticas, es lo mismo que intentar explicar el amor usando la Trigonometría.
No sin antes recomendar a los románticos admiradores de la Ciencia Ficción que olviden los viajes por el Tiempo, ya que no se puede ir a un Cuando que ya no existe ni a un mañana que aún no es, terminó su alocución recitando éste poema extraído, según él, del inquietante libro Necronomicón:
"Por tanto, marcas en la arena somos
Tan sólo eso.
Endebles huellas que el más leve soplo habrá de borrar
Prisioneros de la Eternidad
De ese infinito instante hecho de siempres
El corrosivo Tiempo nos desvanece..."



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LA PRIMERA VEZ

Hernán Domínguez Nimo - Argentina



—Hola.
—¿Eh? ¿Vos quién sos?
—¿No te das cuenta? Mirame bien. ¿No reconocés esta cara?
—¡Dios santo! ¡Sos...! ¿Venís...? ¿De qué año...?
—Tengo 35. Sacá la cuenta.
—No parecés...
—Ya sé. Inventaron unas inyecciones muy buenas. Lástima que duran veinticuatro horas.
—¿Y cómo viajaste? ¿Se inventó...?
—Sí. La inventé yo.
—¿Vos? ¿O sea que yo...?
—Es tu sueño de siempre, ¿no? Estudiar en el Balseiro, especializarte en física cuántica...
—¡Claro, sí! ¡Pero no era más que un sueño...! ¡Todavía ni rendí el examen de ingreso y ya sé que voy a inventar una máq...!
—Sí, sí, claro. Pero eso no importa ahora...
—¿Para qué es esa jeringa?
—Voy a tener que dormirte por unas horas.
—¡NO! ¡IMPOSIBLE! ¡En diez minutos salgo...!
—Ya sé. Vas a ver a Karina. Y aunque no lo creas, hoy ibas a acostarte con ella...
—¿En serio? ¡Uau! ¿Y por qué querés evitarlo? ¡Va a ser la noche más gloriosa de toda mi vida!
—Los cinco segundos más gloriosos de tu vida.
—¿Cómo?
—Eso es lo que vas a durar. Estás tan caliente que aún cuando ella no haya derramado su primera gota de sangre virginal, vos ya la habrás bañado en semen. Un desastre. Para ella, la experiencia va a ser horrible. Y por eso mismo, para vos también. Toda tu vida va a quedar marcada por el fracaso de esta noche. Toda mi vida, toda mi carrera, fue buscar la manera de viajar, de volver a este momento, para hacer las cosas bien. Ahora tengo la experiencia. Puedo hacer que ella disfrute, que alcance el clímax dos, tres veces si quiero. Y seguir juntos para siempre...
—¡Pero yo estuve esperando toda mi vida por esta noche! ¡No me la podés robar! ¡Vos ya la viviste! ¡Yo no!
—Es tu problema. Toda tu vida son quince miserables años. Y cinco desde que conocés a Karina. Yo hace veinte años que me desvelo, reviviendo esta noche de pesadilla. Y sólo así puedo hacer que termine como empezó: mágicamente. Además, agradecé que te ahorre las pesadillas...
—Pero... ¿y si esto lo cambia todo? ¿Y si la razón de inventar la máquina desaparece y yo nunca estudio física?
—Lo dicho: es tu problema. ¡A dormir...! Listo. Ahora, una pajita y a buscar a Karina.



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EL LÁNTURA

Miguel Ángel López Muñoz - España



Cuando el centurión le ordenó buscar al Lántura no pudo negarse. Llevaba años siendo pitonisa de un culto casi extinto que sólo existía gracias al visto bueno del César. Había llegado la hora de saldar el precio del pacto.
Como indicaba Homero, la sangre de Quimera bajo la luz del plenilunio atrajo al Lántura. Tenía aspecto de hombre esbelto, pero su mano izquierda era rugosa y vieja como árbol milenario y la otra era vigorosa y joven como murmullo de mar. La Pitonisa lo atrapó y le dio un trozo de pan. Lo cogió con la mano derecha y se convirtió en una masa de harina y levadura.
A pesar suyo lo llevó ante el centurión, más interesado en su otra mano. Le hizo tocar un carro de combate, que cayó oxidado y podrido. El centurión sonrió.
Por medio del Lántura el centurión ganó incontables batallas, pero la criatura, con el paso de los años, se consumía por dentro y por fuera, al igual que la pitonisa.
Una noche se acercó a la celda donde estaba la criatura y la liberó. Entonces el Lántura sonrió, y ella fue consciente de que ese ser podía haber escapado en cualquier momento, pero su aflicción provenía del corazón. Se acercó a ella y besó su rostro arrugado, rozando su mejilla con la mano derecha. Volvió polvo la pared con la otra mano y se despidió. La pitonisa lloró con lágrimas de adolescente cuando el Lántura se fue para no regresar jamás.



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20 cuentos de viajes en el tiempo



LA MUJER DEL ASTRONAUTA

Luís Felipe Silva - Portugal



Dieciocho meses de exploración de un sistema distante, que era desconocido para la especie humana, no compensaban los diez años de ida y otros diez de regreso. Y mucho menos el que hayan sido los primeros en visitarlo, y queden para siempre en la historia, compensaba el sacrificio relativista de saber que en la Tierra el tiempo pasaría más de prisa, por lo que regresaban a un planeta cambiado, un mundo del futuro para ellos, verdaderos extranjeros del pasado. Pero si se lo pidieran, volvería a hacerlo hoy, volvería allá, otra vez. Aunque la principal e inconfesada razón de su partida ya no estuviera...
—¡Comandante, tenemos una sorpresa para usted!
¡No, joder!
—¡Hola, cariño! ¿Estás contento por verme?
Pero cómo, cómo...
—Ah, poco después de tu partida, hubo una revolución en la terapia genética. No sabes lo que son capaces de hacer hoy con la cirugía plástica a nivel molecular. Mira esto, ni una arruguita; mira la firmeza de estas niñas...
Aún pareces más nueva...
—Pues, sabes, a mi nuevo marido le gusto. A propósito, la patente es de él. Si piensas que estoy bien deberías verlo. Fuerte y joven como un toro latino. Si quisieras, puedo pedirle que te haga un descuento. Lamento decirlo, pero pareces necesitarlo...
Qué bueno para vosotros...
—¡Sí, viajamos sin parar! Ya fuimos a Marte. Él compró la mitad del planeta. Tiene tanto dinero que no puede ni contarlo.
Tengo que irme...
—Tranquilo. Mira esto.
¿Qué es este documento?
—Son doscientos cincuenta años de pensión alimentaria; estás en deuda. ¿O pensaste escapar porque eres un astronauta?



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REALIDAD ESQUIVA

Carlos Feinstein



Me despierto; mi cama de bronce cruje, cambia de forma y se trasmuta en madera, mis pantuflas escapan convertidas en babosas gigantes, dejando un reguero brillante y pegajoso. Mi jardín es ahora un lago enorme, donde una ballena arroja un chorro descontrolado de agua.
Me preparo un café, que se convierte en un té y luego en un líquido inmundo. Recuerdo mi pasado, mi niñez en Boedo, no, es en Alaska, me asalta un recuerdo vivo, de pequeño, corriendo por las llanuras del Po.
Me vuelvo rubio, pelado, mujer, soltero, ciego, verde, hombre, atleta, mudo, millonario, casado, políglota, pobre, muero, no existo, existo, me crece otro brazo, aparece mi hermano gemelo, desaparece.
El reloj de la pared no llega a marcar las 8:05. Maldigo con toda mi alma el día que aprendimos a viajar en el tiempo.








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