Pequeño homenaje al amigo “cuatro patas” del camino






Escrito por: Matias Callone / Blogger, fotógrafo y viajero.



Viajar demasiado seguido o un largo tiempo tiene claramente una enorme

desventaja (entre otras, claro): es muy difícil tener una mascota en casa o

viajar con ella, me refiero en particular a esos amigos de cuatro patas tan

incondicionales en nuestra vida sedentaria (los que tengan seguro saben a que

me refiero). Si los dejamos en casa se echan de menos. Y claro, puede que

llevarlos sea un obstáculo demasiado infranqueable. Me refiero a un “viaje

largo”. Cuando se viaja así, es casi imposible tener o llevar una mascota. Pero

hay un gran premio consuelo: los amigos cuatro patas del camino…cómo éste:




Pequeño homenaje al amigo “cuatro patas” del camino




Los amigos cuatro patas aparecen siempre en algún momento de un viaje. Y se

identifican fácil. Suelen presentarse moviendo la cola como diciendo “podemos

ser amigos por un rato”. El 99 por ciento de ellos utilizan esa estrategia

diplomática de acercamiento (parece tan fácil y a nosotros los humanos a veces

nos cuestan tanto esas formas).

El amigo de la foto es un ejemplo de ello. Lo conocí unas horas en una playa

desolada en el lago Nahuel Huapi, cerca de Villa la Angostura. Había llegado en

bicicleta, la dejé junto a una roca para hacer un descanso y un rápido

almuerzo, y ahí apareció él entre unos árboles. Confieso que los perros me

pueden, así que no tardamos en hacer buenas migas, y hasta compartir más que

las migas de la comida.




homenaje




Los perros del camino, que muchas veces son de todos y de nadie, parece que van

acostumbrados a la idea de tener dueños intermitentes, pero en un momento, das

cuenta que seguramente prefieran otra cosa: cuando llega la hora de despedirse

de ellos. En mi caso, después de “hablar” con él, decidí seguir camino, y

dejarle los últimos restos de comida para que se distraiga, mientras me

escapaba pedaleando rápidamente.

El problema es que el plan salió tremendamente mal, porque olfateó un poco la

comida, y me miró, para empezar a correr y seguirme. Así llegamos a una

despedida abrupta y acelerada (si en ese momento alguien vio a un viajero en

bicicleta a una velocidad ridículamente alta, éste post es la explicación), uno

de los momentos algo dramáticos de un día dentro del viaje.

Ellos siempre están ahí, en una montaña desolada cerca de algún pueblo, en un

pueblo desolado en medio de montañas, en un camino que lleva de un lugar

desolado a otro desolado; en cambio en las ciudades, ya es diferente.

Cuando encontramos a un amigo perruno en el camino, casi siempre son buenos

anfitriones, hacen que te sientas bienvenido a su rincón del mundo. Todos

ellos, a lo largo de un viaje, también cuentan algo del lugar. En Purmamarca

(norte argentino), los perros van polvorientos como las calles. En la

Patagonia, los pocos, van relajados como el paisaje, en las grandes ciudades en

cambio pareciera que la inocencia a veces queda a un lado, porque literalmente,

tienen calle. Pero en cada lugar, cada uno, los de la calle o los del camino,

son buenos anfitriones, bondadosos con el desconocido.

Siempre te presumen de fiar, te “entregan” su lugar y lo comparten, y hasta a

veces, sin quererlo te enseñan algo que tan rápido se olvida, algo que tantas

veces se deja de lado en las complejas interacciones y relaciones humanas:

compartir un buen momento es demasiado simple. Tal vez todavía, el amigo de

cuatro patas deambula solitario en el paraíso sureño. O tal vez, alguien tuvo

suerte, y ahora lo tiene de amigo.