¿Por qué Messi no la rompió?

¿Messi llegó entero o en condiciones físicas discretas al Mundial? Su falta de cambio de ritmo electrizante limitó sus posibilidades. Jugó bien, pero no la rompió, en especial a partir de octavos de final cuando dispuso de menos compañía en ataque. ¿Estaremos asistiendo a cierta declinación futbolística del ídolo argentino?

¿Por qué Messi no la rompió?

A casi un año del arranque de la Copa del Mundo, Fernando Signorini, comentó a la prensa: "Será un milagro si Messi llega en forma al Mundial de Brasil. Un milagro y nada más".

Signorini (ex preparador físico de Diego Maradona durante varios años y de la Selección nacional en Sudáfrica 2010) se refería al desgaste físico que venía padeciendo Lionel Messi desde su consagración mundial como un jugador excepcional. Por aquellos días de septiembre de 2013, las palabras sin anestesia de Signorini parecieron incorporar un volumen de dramatismo excesivo.

Las respuestas futbolísticas y físicas que pudo brindar Messi en los 7 partidos que disputó Argentina en el Mundial, confirmaron que Signorini tenía razón. O que por lo menos no había hablado solo para ocupar espacios en la prensa. Lo avalaban los fundamentos. Y sus experiencias en los grandes escenarios con los grandes protagonistas.

Quedó claro que Messi no defraudó en Brasil, pero también quedó en claro que no la rompió, en especial durante los últimos cuatro partidos ante Suiza, Bélgica, Holanda y Alemania. Más allá de que en esos encuentros decisivos no convirtió ningún gol, su impresionante capacidad para provocar el desequilibrio ofensivo no logró plasmarlo con la continuidad y la precisión que demandaban las circunstancias.

La pregunta se construye sola: ¿estaba entero Messi? Según anticipó Signorini, no iba a llegar en las mejores condiciones al Mundial. Y ese anuncio se confirmó. Le faltó un cambio de ritmo explosivo al 10 de Argentina. Y le faltó esa cuota indispensable de frescura futbolística para abrazar la repentización deslumbrante que siempre lo identificó. La repentización de los genios, en definitiva. Que la tuvo, pero en cuentagotas.

Porque, en general, hizo un buen Mundial, Messi. Pero no el Mundial espectacular y brillante que todos esperaban. El, en primer lugar, por supuesto. Es cierto, a partir de octavos de final, con el Kun Agüero caído en desgracia por el desgarro que padeció ante Nigeria y por sus decepcionantes actuaciones, con Higuaín con muy poca movilidad y resolución para encontrar los espacios, con Di María perseverante pero en varias oportunidades ciego para meter una pelota filosa o para terminar bien la jugada y con Palacio voluntarioso pero impotente, Messi fue encontrando sobre la marcha de la competencia más soledades que valiosas compañias.

Y Messi sufrió demasiado esas ausencias. O esas presencias discretas. "Messi solo no puede ganar el Mundial", había declarado el Flaco Menotti el 31 de diciembre de 2012, en las páginas de DIARIO POPULAR.

Sin el respaldo de un buen funcionamiento, un jugador extraordinario puede ganar un partido, dos o tres. Pero un Mundial, muy difícil. Argentina en Brasil, adquirió un funcionamiento en la recta final del Mundial. El equipo se consolidó como una expresión sólida a favor de la estructura defensiva que construyó, sostenida por una zona de volantes generosa y casi épica en la resistencia que corporizó Mascherano. Pero el costo o el daño colateral fue que a partir del encuentro ante Suiza, Messi quedó más aislado y comenzó a ser menos influyente. Y menos decisivo.

Porque Messi nunca fue un llanero solitario. Ni en el Barcelona ni en la Selección. Precisa, quizás más que otros genios del fútbol, estar acompañado por un funcionamiento ofensivo que a él le permita disponer de varias opciones de descarga. Esa movilidad y circulación de la pelota en ataque, esta Selección no se la pudo ofrecer porque los protagonistas encargados de llevarlo a cabo, tenían pocas piernas y poco aire en los pulmones para bancarse un ritmo y una dinámica cinco estrellas. Ese ritmo y esa dinámica en ataque apenas alcanzó las dos estrellas.

Y Messi se fue quedando, poco a poco, sin laderos importantes. Sin socios para entrar y salir de la jugada. Para ir y venir. Para tirar una pared y encontrar la devolución perfecta. Aunque tiene potencial para ser un estupendo jugador de contraataque, Messi, en realidad, se siente muchísimo más cómodo siendo partícipe de un equipo de ataque. En la espera de una pelota profunda para salir de contragolpe, él suele irse del partido. Como si le perdiera el timing al desarrollo. Como si se desconcentrara. Hasta concluir en una imagen que no rescata lo mejor de él.

Prefiere la participación colectiva, Messi. No vivir de la caza y de la pesca. Porque se va diluyendo. Se va limitando. Y se va resignando. Esta es la diferencia sustancial que lo separa de Maradona. Diego, aún sin que su equipo denunciara un buen funcionamiento (aquel Napoli mediocre que integró durante 7 años es una prueba irrefutable), él podía alcanzar la cumbre. Messi, en cambio, es más rehén del funcionamiento. Quizás porque jugó desde que arrancó su carrera en una auténtica máquina insuperable de tener funcionamiento como lo fue el Barcelona. Gozó siempre de mayor protección colectiva Messi que Maradona. Y cuando no la tuvo en la misma dimensión que en Barcelona, padeció esas debilidades. En la Selección se comprobó. En especial, a partir de octavos de final.

Y otro punto que vale la pena considerarse es el presente y el futuro inmediato de Messi. Y volcarlo a otros interrogantes duros pero imposibles de postergar: ¿este Messi de los últimos meses en Barcelona y el que jugó el Mundial, será la nueva medida de su fútbol? ¿Estaremos asistiendo a cierta declinación de Messi aunque apenas lo alumbren 27 años pero cientos de partidos sobre sus espaldas?