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Encuesta rockera de la década

ARTISTA ARGENTINO DE LA DECADA

“FUE MI DECADRON"


Encuesta rockera de la década

1. Andrés Calamaro (15 votos)

2. Luis Alberto Spinetta (13 votos)

3. Peter Capusotto (11 votos)


Andrés Calamaro fue consagrado como el “artista argentino de la década” por sus pares, colegas... amigos. Del fin del mundo a la resurrección, de cierto oscurantismo a la recuperación escénica, la relación con sus entornos y sus compadres queda desmenuzada en esta entrevista. Esta fue la década Calamaro. No hay duda.

Durante esta década, la carrera artística de Andrés Calamaro estuvo plagada de canciones. Es que le brotan las historias rimadas por los poros. Esos hits indescifrables, inesperados, acuñados primero en España, después en Buenos Aires, o vaya a saber uno en qué barco, percudieron el inconsciente colectivo de un país que fue en caída libre hasta la crisis de 2001, y desde entonces, a duras penas, remontó. Las canciones de El Salmón, en tanto, acompañaron el momento de mayor producción creativa de un músico que ha logrado conectar su inframundo con todos los estratos del rock argentino, como muy pocos. Tal vez como nadie. Porque El Salmón traga la influencia de su entorno aunque sea por ósmosis, se curte de sus amigos del bajo mundo, sale a rockear con el estadio de fondo, no baja el volumen, defiende los códigos del barrio, y pide que éstos se respeten, arma familia y sigue rockeando, pone el cuerpo como un cowboy bien entrenado, que sabe lo que es cabalgar en el infierno, pone un pez a la plancha y hace un boxset de 5 CDs con El Salmón en 2000, les pone voz propia a Estadio Azteca, La libertad y Las oportunidades en El cantante en 2004, y es disco del año, y así la tropa Leloir le da un empujoncito para El regreso en 2005, y desde entonces las cosas se aceleran y pareciera que no hay fin de año en Buenos Aires si no es con un show de Calamaro. Y cuando las cosas parecen calmarse, Calamaro se regodea un rato con el tango y le pone Tinta roja y gana premios, y se inventa El Palacio de las Flores, y por si alguien duda del camino que ha trazado entonces viene La lengua popular en 2007, donde vuelve a dejar frases perennes en canciones como Cinco minutos más (Minibar), Comedor piquetero, Sexy y barrigón; en 2008 se sube al barco del Indio Solari y como para cerrar la década saca un disco ¡séxtuple!, las obras incompletas de un artista completo.

—¿Qué significa haber sido elegido artista de la década por tus pares?

—Confío en los elementos que empujaron a estos colegas a elegirme, fue una década donde mostré un amplio espectro de recursos humanos, patrióticos en términos de integridad rockera; yo me siento músico de rock en lo individual y también como parte de un colectivo de músicos del mundo; fui versátil, fui narcótico, vengo del olvido y podría estar terminando la década en la cárcel o en el hospital; de hecho empecé esta década en el hospital y la terminé en el rico Luna Park; tengo confianza en la balanza que inclina mi parecer y el de mis colegas.

—¿Le tenés miedo al olvido?

—No hay olvido cuando existe la amistad y el respeto. No le temo al olvido, me parece interesante. Empezar de cero, demostrar. No vivo recostado en una celebridad que puede desaparecer o caducar, nunca fui un optimista. Tengo confianza en mis habilidades aunque no sean extraordinarias. Prefiero cuando la distancia y el tiempo fortalecen los vínculos entre varones, entre personas. Tampoco soy un adicto al reconocimiento, ni a la graciosa impunidad del estrellato.

—¿Cómo fue esta década para vos?

—Fue mi “decadrón”; la empecé en ácido y herido por un bate de “hardball” sin remaches, reinventamos la pasión laica para el mito de El Salmón que solamente nadaba contra la corriente, fui narcotraficante, fui el poeta de los gangsters y yonqui, entré con un “Dr. Sampler” al principado flamenco, sacrifiqué un burro, me fumé hasta el cristal de las pipas, dormí en la escalera una Navidad y volví en primera clase, viajando al lado de un amigo con un corazón valuado en 200 millones de dólares, la amistad de Pappo me sostenía y aprendí a nunca quedarme sin el aliento del día siguiente, me dejé llevar por los Decadentes y la psicofarmacia, unos músicos de Parque Leloir (que creía conocer de alguna parte) me llevaron a Mendoza en autobús, cuando volví (en jet privado) seguía sin creer que tanto regreso era posible; promediando la década ya estaba intacto, en pleno uso de mis facultades psicomotrices; pedí prestados grupos musicales a Ariel, a Paco de Lucía, a Emerson Fittipaldi y reuní mi vieja banda como iluminado por el rayo misterioso de John Belushi; cuando abrí los ojos, miles de muchachas estaban en los hombros de alguien cantando Paloma; hace una semana encontré lo que estaba buscando, lo que había buscado en la ceniza de cada porro y en las balas de los suicidas: La Lucille de David Lebon; el rock del rico Luna Park había cumplido su superlógico ciclo, el fin del mundo estaba servido.

—¿En qué momento te diste cuenta que estabas de “vuelta” en la Argentina?

—No quisiera arruinar esa pregunta contestándola. Creo que voy a guardarme algún secreto para mí; prefiero olvidar cuál fue el filo de la navaja por donde se arrastraba el caracol del regreso, aunque lo recuerde.

—En 2004 ganaste la encuesta del NO con El Cantante, tal vez fue un momento de reencuentro...

—No me acordaba. Esperaba mucho de El cantante. Entiendo que los músicos encuentran cualidades extraordinarias en un disco así, con semejante repertorio.

—Ese día ocurrió el incendio de Cromañón.

—Aquella navidad pintaba bien. Fui a ver a Babasónicos al Luna Park y estaba por grabar con Tito V, el Brian Wilson de la Bersuit. Justo esa noche, alguien me llamó para contarme que había muertos en el local de Omar. Cuatro, cinco, treinta... Es imposible digerir una tragedia como Cromañón. En Argentina no distinguimos el límite entre una broma y la realidad, ni nos damos cuenta si estamos hablando en serio o en broma, como trastornados por los personajes de Alberto Olmedo. La propiedad intelectual de las bengalas terminaron siendo una cadena de cosas que, pudiendo salir mal, salieron peor.

—¿Cómo fue el reencuentro con el público? Pienso que tu presencia en el escenario fue de tímida a avasallante en los últimos tres años.

—Nos quedamos escuchando al Luna Park poseído cantando canciones escritas en el fondo de la noche; sabíamos que eran buenas canciones, pero no habíamos imaginado que aquellas canciones oscuras estarían en todas las gargantas finalmente. Antes, la primera vez no fue timidez, estaba buscando por dónde escaparme del escenario. Me quedo detrás del teclado porque sé cómo tocarlo, porque necesito un año de prácticas antes de confiarle, todo el ébano y el marfil, a un compañero; así fue con Ciro Fogliatta y también con Tito Dávila. En 1999 había tocado el año entero en la guitarra, custodiado por el corazón y la magia de Guillermo Martín y Gringui Herrera. Mi estrategia era el desprecio y la entrega. Todos somos tímidos, pero nunca voy a ser avasallante, quizá me vea “avasallado” por la pasión del público y me rinda frente a la gratitud y a la luz anterior a los instantes. Estoy aprendiendo a dejarme caer por el tobogán del delirio, aunque cuesta un poco leyendo las letras.

—¿Cuáles son tus canciones de la década?

—Creo que mi logro indescifrable fue aquel repertorio narcótico de cientos de canciones escritas entre los primeros días del siglo y los siguientes... no sé, dos años. Incluyendo objetos musicales ajenos al formato de canción de rock, también cuadernos enteros escritos con letra de médico; la grabación conceptual y basurera también conocida como “Camboya profundo” y el “dominio de la técnica”, la sensación de poder escribir y grabar cualquier cosa en cualquier momento. Cuatro jinetes, Hop de realidad, El pasodoble vieja, Mi bandera, El tilín del corazón, 22 de agosto y cientos de grabaciones y canciones... La suma de todo.

—Tinta Roja y El Palacio de las Flores son excursiones a mundos no tan explorados, pero tal vez sea La Lengua Popular el verdadero regreso.

—La Lengua Popular es magnífico, un disco grande. Pero Tinta Roja y EPDLF son discos importantes para mí. Compartir discos con Litto y con Limón es un privilegio puro. Cantar con Niño Josele y con Juanjo Domínguez... Eso es, literalmente, tocar el cielo con las manos.
—Hay dos cosas que me siguen sorprendiendo de tu obra: por un lado, la capacidad de conectarte y ser referente en distintos mundos dentro del rock. Sos referencia para eso que se llama incómodamente rock barrial (Toti te votó en el rubro Disco de la Década con El Salmón), para el rock más elegante (diría Abril Sosa), para el rock mainstream (te votó Pepe Céspedes, digamos), el difuso mundo del indie (te votaron los Nikita, Michael Mike). ¿Ves esa conexión?

—Soy versátil, como virtud o como defecto, o porque crezco escuchando géneros y subgéneros, o porque no tengo raigambre suficiente como para ser... BB King. Me hubiera gustado desarrollarme dentro de un grupo, un estilo, fiel a un curso, a un cauce. Asimismo me siento parcialmente barrial y soy del centro, creo que puedo ser sensible a esas corrientes de humanidad bonaerense; vivo en un permanente asalto a una elegancia que se me escapa, pero confío en la nobleza del intento; y me siento conectado con la independencia y su fuerza centrífuga; creo que tengo que interpretar el sentimiento de mi pueblo, no creo que aquello que es sofisticado tenga que pulverizar el encanto de la música popular tampoco.

—Y, por otro lado, tu notable obra construida durante esta década, aquello de lo que hablás, ¿cuándo empezó a gestarse? ¿De dónde sale esa vorágine por grabar?

—Antes de Honestidad brutal sabía que estaba intentando multiplicar mi repertorio, en cantidad y en peso específico; quería descansar sobre un repertorio inabarcable, no podía conformarme con cinco o seis canciones, y como integrante (de grupos) escribir tres o cuatro canciones por año, a veces parece suficiente, incluso es amigable con el resto de los probables compositores de una banda, a veces una sola canción mueve montañas y consagra la existencia de un músico y sus compañeros de ruta. En los últimos días del siglo XX sentí una fiebre distinta, una urgencia por estar despierto, grabando en el instante crucial de los almanaques; terminé comprando teclados baratos pero creativos, y grabadores obsoletos y voladores; y elegí empezar sin compromisos, sin un fax con cuarenta fechas de recitales, sin bienes materiales ni sentimentales males; escribiendo en biromes sin espina dorsal; encontrando y descubriendo el método “tántrico” de consumo responsable. Irresponsable.

—Otra característica es la fidelidad que tenés con tus amigos: denota una capacidad para escuchar al entorno, y defenderlo durante el transcurso del tiempo.

—Aprendí nuevos valores cuando me aparté un poco del ambiente “que rodea a los músicos”; resulta que también se aprende con los errores y con la violación de la confianza, pero la noche me fue llevando por nuevos pasillos de la ley no escrita de los varones; quise sentarme en la mesa de los delincuentes, ser parte de la noche; sobre los pedazos de los códigos rotos es que se reconstruye una moral más sólida, o se intenta; aprendí conceptos que estaban, pero que no había identificado, no en los barrios que había frecuentado, ni en el ambiente del rock nativo. Me curtí un poco.

—Dejame suponer que del mundo del hampa te atraen los códigos de fidelidad.

—Mis vínculos son sinceros y sanguíneos. Soy amigo de mis amigos, no soy fetichista. Buscaba otro mundo y ochenta mundos, y me encontré con la noche, la noche de Buenos Aires, así llegué a los barrios del sur, Pompeya y más allá. La atracción fue mutua y la confianza también. Fui aceptado, respetado, querido. Lo sigo siendo. Soy “poronga” honorario

—Peter Capusotto salió tercero en el rubro (vos lo votaste en “fenómeno”, y tiene muchos votos como artista de la década también). ¿Pensás que ayudó a que el rock pueda reírse de sí mismo? ¿Seremos todos un gran Spinal Tap?

—Una cosa es que el rock se ría de sí mismo, porque la autoironía es una medicina necesaria, reírnos de nosotros nos va a salvar; otra cosa es que cualquiera se ría del rock y de los que lo hacemos; eso tampoco es algo grave, pero no lo hagan desde la inconsistencia de un teclado de blog, los comentaristas espontáneos son “casi humanos”, merecemos mejores enemigos. Y yo ni siquiera tengo Internet, contesto los reportajes desde un Cyber Starbucks en el Once. Capusotto es un artista de esta década, y uno de los mejores, porque el humor es un arte, supongo... Capusotto son nuestras plegarias atendidas, es una suerte que exista un programa tan gracioso y de naturaleza rockera, didáctico en su estupenda selección de videos musicales... Es el equivalente a Spinal Tap, lógico, pero también a The Mighty Boosh y a Ricky Gervais. Lo admiro como humorista y como peronista. Capusotto presidente, Vitico canciller... Soluciones europeas para asuntos internos.

—¿Sos peronista?

—Soy solarista, barcelonista, hedonista ético. El peronismo justicialista es nuestra Roma, es una cuestión compleja y nuestra. Prefiero lo que antes conocíamos como los peronistas auténticos, un discurso y una convicción que sobrevive en el pensamiento de Diego Capusotto o Leonardo Favio (para mencionar dos ejemplos públicos e independientes). Es otra conversación profunda que te voy a seguir debiendo; los soldados montoneros, los erpios, Trelew y las venas abiertas de América Latina.

—En tu último show hablaste de Manu Chao, dijiste algo como “no hace falta que venga Manu Chao a decirnos cómo somos ¿Podrías profundizar la idea?

—También dije “Manu es un diez y lo queremos”. Espero que no necesitemos que nadie nos cuente que existió la Esma, y que hay decenas de miles de asesinados sin tumba; una cuestión realísima, metafísica, histórica y legal. Eso necesita revisitarse siempre. Existe la lucha ejemplar de Madres de Plaza de Mayo y es nuestro orgullo profundo. Ellas nos enseñan lo que es el amor revolucionario.

—¿Cómo será la próxima década?

—La definitiva. Recién estamos descubriendo América.

Fuente: Suplemento NO - Página/12





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JESSICO DE BABASONICOS: DISCO ARGENTINO DE LA DECADA

“Fue nuestro último disco barroco”



Spinetta

1. Jessico (Babasónicos ‘01) (15 votos)

2. El salmón (Andrés Calamaro ‘00) (7 votos)

3. Ahí vamos (Gustavo Cerati ‘06)

El mamut (Massacre ‘07) (6 votos)



Un disco que se editó en el arranque de la década, resistió el paso del tiempo y fue elegido por los músicos. Sin embargo, Adrián Dárgelos redobla la apuesta para la década que viene: “Ahora viene el delirio”.

Adrián Dárgelos se sorprende cuando se entera de que Jessico resultó elegido como Disco Argentino de la Década en la encuesta del NO. ¿Por qué no Infame?, se pregunta. Y lleva más de una hora de conversación “convencerlo” de lo bueno que es el disco que Babasónicos hizo en 2001. ¿Tendrá que ver el hecho de que no lo escucha hace mucho? “No quiero quitarle méritos al disco, pero en ese año se editó muy poco”, se ataja. “Es cierto que era un disco fresco para la época, era desaforado y moderno, pero nuestros discos anteriores ya habían sido así. Creo que es la levedad la que hizo llegar a Jessico, porque nuestros discos anteriores eran más densos y, por lo tanto, un poco más pretenciosos. También había cierta desesperanza en nosotros, porque no había mercado, no había mundo, crecer costaba mucho...” Babasónicos venía de un período de muchos cambios: se habían ido el DJ Peggyn y el manager de la banda, estaban sin sello discográfico y el panorama del país era desalentador. Sin embargo, en 2000, la banda había multiplicado su público. “No sé por qué”, admite el cantante. “Supongo que tuvo que ver que fuéramos los únicos que sobrevivíamos de nuestra generación, y en una postura muy radical, que era tratar de hacer cosas nuevas, cosa compleja para lo que se mostraba acá.”

—Desde que salió, quedó claro que el disco tenía una síntesis y que era más directo que los anteriores.

—No veo mucho eso. Veo que Miami (1999) era un disco más disperso, que trataba de ser más abarcativo y visitaba lo eventual. Tenía muchos temas más atmosféricos y más lentos, había como diez temas que me aburrían en vivo, entonces tratamos de hacer un disco que me divirtiera más para tocar. Así fue como empecé, por eso saqué todas las canciones lentas del disco. Igual no había tantas, fue un período en el que no hice tantas lentas porque estaba horrorizado con todas las que tenía Miami (risas). Sin embargo, el simple fue El loco, que era un tema lento. Igual, fue así porque fue el primero que les mostramos a Roberto (Costa) y a Alberto (Moles, ambos de PopArt). Creo que les llevaron ése y Fizz. Yo les decía: “Esperen que me falta mezclar Los calientes y Deléctrico”... Lo que pasa es que eran los más largos de mezcla, Los calientes tenía 48 tracks. En ese sentido, Jessico fue nuestro último disco barroco.

—¿Te parece?

—Bueno, 48 tracks es bastante barroco. Algunas canciones eran muy barrocas, aunque no lo parecían. No sé si se llegó a usar, pero en Los calientes hay una guitarra acústica debajo de todo el tema, por ejemplo. Había cosas que no se usaban, pero estaban ahí, molestando. Por eso llevamos los temas más fáciles de mezclar y automáticamente decidieron que el simple fuera El loco. Estaba pensando que otro cambio importante en esos años fue que la tecnología había avanzado muchísimo...

—¿En qué se nota en Jessico?

—Las formas de grabación eran muy distintas a la época de Miami. Ya se grababa directamente en protools, en discos rígidos, aunque nosotros lo grabamos en cinta y lo pasamos a disco rígido. Ese fue el primer disco que grabamos en nuestro estudio de Tortuguitas, que no sé cómo se llamaba, me parece que no tenía nombre. El primero que habíamos tenido era Grabaciones Marxistas, pero después no les pusimos más nombre. Al estudio lo armamos justo para hacer ese disco, unos días antes. Gabo no vino a algunos ensayos porque se fue de vacaciones, estuvo ensayando Carca en bajo unos diez días.

—A Gabo no le gustaba Fizz...

—Pero Fizz no le gustaba a nadie, no sabían cómo tocarlo. Cuando llegó Andrew (Weiss) y escuchó las canciones que quedaban afuera del disco, les dijo que Fizz estaba bueno. Al final, Gabo le encontró una mínima vuelta más y Panza después grabó arriba. La canción fue abriéndose paso. Lo que pasa es que fue de las primeras que se mezclaron, después de El loco, y como la mezcla había quedado linda, terminó gustándoles. Yo creía un poco en la canción, un poquito, me parecía que estaba bien, que contaba algo, pero como no le podían hacer una versión, quedaba muy despareja en el contexto de los temas que sí tenían versión. Igual no me doy cuenta del click interno que hace mi cabeza para cambiar la forma narrativa al escribir, pero supongo que ahí los temas empiezan a hablar cada vez menos de mí.

—¿Seguro?

—Y sí... Los calientes ni siquiera está en primera persona. El loco lo escribí para hacer reír a los que tocaban, quería que se equivocaran y volvieran a empezar. Para mí, el hallazgo dentro de eso es Pendejo, aunque ya tenía una raíz en Viva Satana o Desfachatados, que llega ahora hasta El ídolo. Aunque son todos distintos, ¿no? Lo que quería era generar grandes personajes que protagonizaran las canciones para poder divertirme más. Casi siempre la base del porqué es egoísta: la explicación es que yo quería divertirme más. Durante mucho tiempo definí la ruptura y hacía manifiestos de cómo me plantaba ante las cosas. En ese punto empecé a entender que era preferible usar mi voz para determinados personajes que me divirtieran más. Eran personajes mucho más extremos y con ellos llegué a lo que deseaba desde el principio: transgredir la moral. En los discos anteriores lo intentaba, pero creo que en Jessico encontré los personajes que no tienen ninguna clase de moral, que la atraviesan, que no escarmientan, ni sienten culpa.

—¿El contexto interno y el externo influyeron directamente en el disco?

—En esa época, las compañías discográficas devolvieron los contratos en forma masiva. Nosotros nos fuimos de Sony porque no nos interesaba más estar ahí; teníamos unas ofertas de Universal México, pero cambió la gente y no nos servía más ese arreglo. De todos modos, estábamos bastante escépticos con el mercado, con la forma en que las multinacionales veían al rock. Cuando salió Jessico, agarró la peor etapa de todas. A las dos cadenas de disquerías principales no les vendían CDs por las deudas que tenían con las discográficas, y tenían el 80 por ciento del mercado. Jessico se vendía en cualquier lado, en casas de ropa, donde fuera, porque no teníamos forma de distribución. Pero en el intermedio entre Miami y Jessico habíamos vendido como 10 mil copias de Groncho, Vórtice Marxista y Vedette. Eran discos en los que todas las ganancias iban para nosotros y con eso hicimos el estudio.

—En el que había un “Deléctrico” que era Gabo, que había estudiado en un industrial.

—Estábamos Panza y yo hablando con los electricistas que venían a hacer el cableado del estudio, y esperábamos a Gabo para que tomara las decisiones, porque nosotros no sabíamos cómo hacerle los circuitos y demás. Pero Gabo nos decía que venía un día y llegaba al otro... No era por informal, a veces no llegábamos a arreglar: nadie de nosotros tenía celular. En esa época, a Gabo le robaron el auto por Temperley: pinchó una rueda y, cuando terminó de cambiarla, vino uno y lo asaltó. Entonces que fuera a Tortuguitas dependía de que lo llevara Panza, y supongo que Panza lo torturaría un poco (risas). Con Panza nos burlábamos de que el otro nos decía que iba a venir y no venía. Panza fue el primero que dijo esas palabras, lo que pasa es que yo estaba al lado, agarré eso e hice una canción. Pero para canción no calificaba, era un micro-tema...

—Hasta que le agregaste la parte de “qué parte de ‘no’ no entendés”.

—Esa es una anécdota que me contó Ciro Pertusi en la gira que hicimos antes. Parece que en un momento había uno que no entendía razones, que quería agarrar los instrumentos de Attaque, y un tosco que ellos llevaban como stage le contestó: “Pero, ¿qué parte de ‘no’ no entendés?”. Con eso y el otro poquito hice una canción... Es una canción que me duró muchísimo, creo que debo haberla sacado este año de los shows, y si fuese por mí no la sacaría, seguiría tocándola siempre.

—Y casi no entra en el disco.

—Es que las primeras versiones duraban quince minutos, era como una especie de zapada tipo Chic. Fue evolucionando, recortándose, hasta que en un momento cambió drásticamente, mientras se mezclaba el disco. Así que rearmamos el set de grabación con una batería electrónica, rehicimos el ritmo y le pedimos a Mariano que tocara “un riff así, medio country”. El entró, tocó ése en primera toma, “ya está, listo, andate”. Entre Gabo y Tuñón lo fueron armando de a poco. Grabé la voz antes que todo porque, cuando quise regrabarla, me dijeron que íbamos a usar la de referencia.

—Otro tema importante en el disco es Soy rock.

—Es que detestaba las operaciones de cultura que se hacían en esa época. O sea, a (Abel) Posse lo detesto más que a todos. Si hubiera sabido que el destino me depararía a Posse, capaz que habría pensado que menos mal que había gente que creía que el rock era cultura. Lo que pasa es que siempre es peligroso que una música que tiene que ser un grano del sistema se transforme en solamente subvencionada, porque no había shows de nada. Entonces, el precio del mercado de las bandas lo fijaba el Estado. Y era obsceno lo que se planteaban quienes lo fijaban, las teorías de la amistad que tenían para decidir qué banda valía más o menos. Nosotros nos autoexcluimos de ese sistema, como al fin de esta década terminé autoexcluyéndome de los festivales.

—¿Cómo es eso?

—Y, de a poco me fui. Hace ya dos años que no tocamos en los festivales en Buenos Aires. En Cosquín toco porque me gusta, incluso me gustan los de acá, pero ya no tiene sentido que toque yo: no tiene más novedad. No me interesa que me paguen, nada.

—Volvamos a Soy rock: es casi un manifiesto de época.

—Me doy cuenta de que la canción plantea una divisoria de aguas, pero no hacia los demás sino a nosotros mismos. Era sentir que estamos haciendo rock cuando a nadie le importa. También hay meta rock en el disco, que es una veta nuestra que empieza ahí, con Soy rock y Camarín. Pero hablan de nosotros mismos dentro de una escena que se diluye y que sólo importa como imagen de los gobiernos. Después me puse más sarcástico, pero en Soy rock sólo trataba de definirme a mí. Igual, el solo hecho de encontrar una canción que pudiera cantarse en primera persona y en femenino era un hallazgo más grande que todas las otras cosas que decía: ya había encontrado algo que me gustaba.

—Camarín partió de una frase de tu mujer.

—Sí, porque un día nos levantamos y ella me dijo que había entendido una crítica de rock. Ella es académica, del Conicet, sólo se dedica a investigación, y nunca había leído notas de música. En un momento me dijo: “¿Por qué la crítica de rock es una cosa subjetiva y tan poco seria, sin ningún parámetro?”. Porque la crítica literaria se hace en base a parámetros, a estructuras de pensamientos, hay un método, pero para la crítica de rock no.

—Lo cual es muy bueno.

—Claro, pero pasa a ser una opinión.

—La crítica es parte del género de opinión, claro.

—Bueno, yo ya lo sabía de antes, desde que leí las primeras críticas de Wadu Wadu, pero ella descubrió en ese momento que acá critica cualquiera desde su resentimiento (risas). Ella me dijo que había soñado y que se había sentido tan mal como un crítico de rock. Entonces me dio risa y terminé de escribir esa canción. ¿Ves que no todo me pasa a mí? Catalizo lo que sucede alrededor de mí. No puedo tener una vida con tantas canciones diferentes. Aparte, es aburrido hablar sólo de uno mismo. Lo mejor de todo es el farsante que puede estar en todos lados, pero entiendo que el farsante es muy chocante, se lo entiende como alguien que engaña a los demás para sacar provecho. No es el caso del rock.

—En el momento en que ganaron la encuesta 2001 del NO...

—Ya había saqueos, era pleno diciembre. Ganar la encuesta en un momento en el que querían matarse unos a otros... Se acabó todo, qué me importa. A mí me hubiese gustado ver qué repercusión podía tener el mejor disco del año en un momento en que había un corralito y querían colgar al presidente. Era un desastre.

—Bueno, ahora al mismo Jessico lo eligen Disco de la Década...

—(Hace una pausa) Me voy a fijar qué otros temas tiene el disco. Atomicum y La Fox no me gustan, supongo que Atomicum fue al final porque nunca me gustó: quería hacer otra cosa con ese tema y no me salió. Pero están Tóxica, de Mariano (Roger) y Yoli, que está bien, plantea algo muy complejo sobre lo que todavía no se canta: parece hablar del triple crimen. Sí, es bueno el disco, es bastante parejo, equilibrado.

—¿Y los discos de Babasónicos de la próxima década?

—Nos toca cambiar. Lo siento así. También, bueno, no tengo a Gabo... No sé si eso es un condicionante más o qué. Lo que empecé a vislumbrar en Jessico llegué a entenderlo mejor en Mucho, que es el disco que quería hacer en ese momento; los demás eran lo que me salía en el medio. Mucho es lo más parecido a lo que pienso. Las letras de Mucho reflejan la libertad del caos en que pienso: no hay hegemonía en la narración, salta de un lado a otro. Y eso me da a pensar en que el próximo disco voy a poder utilizar eso, pero ya sin formas. No quiero dar la pista, prefiero mostrarlo cuando esté hecho, pero entiendo que voy a un contenido nuevo, a otro formato de música. En estos momentos podemos hacerlo. Tenemos un estudio nuevo y vamos a radicarnos ahí, así que ahora viene un período rarísimo. Para comprarlo entregamos el de Tortuguitas como parte de pago y al día siguiente volvió a venderse y se convirtió en una granja de rehabilitación (risas). Pero ahora tenemos el nuevo y vamos a vivir ahí adentro; ya no sabemos si vamos a hacer giras: vamos a hacer música. Por eso viene el delirio.

Fuente: Suplemento NO - Página/12





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DISCO INTERNACIONAL DE LA DECADA

Esto es todo, amigos


babasonicos

1. Kid A (Radiohead ‘00) / Is This It (The Strokes ‘01) / Songs for the Deaf (Queens of the Stone Age ‘02) (5 votos)

2. Oracular Spectacular (MGMT ‘08) / X & Y (Coldplay ‘05) (4 votos)

3. Funeral (Arcade Fire ‘04) (3 votos)


Kid A de Radiohead (‘00), Songs for the Deaf de Queens of the Stone Age (‘02) y Is this it? de The Strokes (‘01) comparten el triple empate.

Ahí se va una nueva década para el rock. Sin grandes estridencias, sin grandes sorpresas y sin una escena lo suficientemente fuerte —estética, conceptual y musicalmente— para desviar mínimamente el curso de la historia o marcar un punto de inflexión en el desarrollo de esa cosita loca llamada rock and roll. Desde la irrupción del grunge a finales de los ‘80 y la renovada respuesta de la cool britannia en los primeros ‘90, no se generó hasta hoy un movimiento de ruptura medular como para marcar una tendencia en el fin de siglo. Pero siempre hay excepciones que confirman la regla.

Radiohead había finalizado 1998 con un gigante tour mundial que significaba la presentación de OK Computer. Agotados por un año de gira, flashes y una exposición impensada, decidieron parar la pelota y trabajar sin presiones ni plazos, dedicándose a experimentar junto al productor Nigel Goodrich y tratar de gambetear el bloqueo creativo. Así registraron un mosaico de 40 canciones que luego formarían sus dos siguientes discos: Kid A y Amnesiac.

Kid A no fue lo que todos esperaban, pero sí fue el golpe que Radiohead necesitaba para recibirse de Radiohead. El formato de la canción aquí desaparece para dejar que los climas y las atmósferas de temas como Everything in it’s Right Place, The National Anthem, How to Disappear Completely, In Limbo e Idioteque sean la clave dominante, a través de una fusión arty entre la electrónica y el jazz deforme. Minimalista, volado, complejo, claustrofóbico y brillante, Kid A estuvo listo a fines de 2000; sin videos promocionales ni cortes de difusión, redefiniendo la postura anticomercial del grupo. Así como Achtung Baby, el reconocimiento a Kid A llegaría algunos años más tarde, como una pieza fundamental para leer el futuro desarrollo de Radiohead y alcanza el Top of the Pops de esta encuesta con 5 votos.

También con igual cantidad de votos pero a kilómetros de Oxford y con el áspero sabor del cemento de Nueva York, Estados Unidos recibiría en el agitado 2001 el debut de un quinteto de garage que recuperaba el espíritu de The Velvet Underground con canciones simples, directas, rockeras y frescas. Porque así suena, aún hoy, Is this it?: rápido, urgente, joven y necesario. Sobre un rico tramado de guitarras y con un cantante desfachatado que transformó sus falencias en un recurso, los Strokes le cantaban a la vida moderna (The Modern Age), a las aventuras nocturnas (Last Nite) y a la yuta de la Gran Manzana (New York City Cops), con el desparpajo de quien se siente dueño del mundo desde su centro mismo.

Compartiendo el primer lugar y entre lo mejor de la década asoma uno de los trabajos más asfixiantes y tortuosos de los últimos diez años. Porque Songs for the Deaf le dio a Queens of the Stone Age en 2002 la chance de llevar su rock de las cavernas a un público más amplio y consolidarse, junto a Foo Fighters, como la banda definitiva del rock norteamericano de estos tiempos. Y no es casualidad que Dave Grohl —cantante, guitarrista, compositor, actor, productor y showman— se encuentre detrás de los parches y nos entregue la introducción de batería más hija de puta de la historia del rock (Songs for the Deaf) sobre el soundtrack del Día del Juicio Final. Hoy, Grohl comparte un nuevo proyecto con Josh Homme (voz de QOSA) y John Paul Jones (ex bajista de Led Zeppelin) llamado Them Crooked Vultures, que guarda la misma intensidad demoníaca y sexual que Queens.

Fuente: Suplemento NO - Página/12





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SHOW ARGENTINO DE LA DECADA

La noche del kamikaze


Calamaro

1. Spinetta y las Bandas Eternas en Vélez (‘09) (29 votos)

2. Soda Stereo en River (‘07)(15 votos)

3. Los Redondos en River (‘00) / Andrés Calamaro en Club Ciudad de Buenos Aires (‘05) / Massacre en Obras (‘08) (3 votos)


Spinetta y Las Bandas Eternas, en el inolvidable show que dio en Vélez, fue consagrado como el espectáculo más importante de los últimos diez años, en una votación arrasadora, que arrastró otros rubros.

A nadie puede extrañar que en una encuesta realizada entre músicos se considere a Spinetta y sus Bandas Eternas el “Show de la década”. Bastó ver sus caras en aquel encuentro en Vélez, el modo en que figuras realmente grandes del rock argentino se despojaban de todo hasta convertirse en auténticos fans, aliados, admiradores extasiados por lo que sucedía arriba del escenario. Para ellos, también, fue saldar cuentas con un rico pasado. Ellos también crecieron escuchando a Almendra, a Pescado Rabioso, a Invisible, a Jade: para ellos también fue imposible no dejarse llevar por el peso histórico del momento.

A los 40 años de carrera, a los casi 60 de vida, Luis Alberto Spinetta nos ofreció aquello que en otras etapas de su carrera era un imposible. Mejor aún: no fue un revival fácil ni un festival de covers. Esa mágica noche de Liniers permitió encontrarse no sólo con la historia sino con la potente actualidad que podía tener un trío separado en 1976, una banda que marcó un quiebre en los ‘70 o el cuarteto con el que empezó todo. Por eso, más que por la relevancia de semejantes reencuentros o la cercanía en el tiempo, es que ese concierto merece largamente el rótulo de “Show argentino de la década”. Spinetta no sólo volvió a cantar Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo, o Serpiente (viaja por la sal) o A estos hombres tristes, o Ella también, Cementerio Club y Alma de diamante. Lo hizo en el contexto de poderosas reencarnaciones, en las que había más fuego del presente que pergaminos del pasado. Una contundente demostración, cinco horas y cuarto de música que ejemplificaron mejor que cualquier párrafo por qué Spinetta es una figura central del rock hecho en la Argentina.

De vuelta: ¿a quién podría extrañar? En los días posteriores al show, en foros de Internet, en blogs y grupos de Facebook, abundaron los comentarios de gente anónima que fue aun más allá y habló de “el show de mi vida”. Que sucediera sobre el cierre de la primera década del siglo XXI le dio forma de moño, pero podría haber ocurrido en cualquier otro momento y la sensación sería la misma. Spinetta ya puede seguir adelante —aunque muchos no se resignan, no nos resignamos, a que eso haya sido todo— porque, él mismo lo repitió, un guerrero no detiene jamás su marcha. Pero nada podrá diluir el efecto 4-D, la noche del kamikaze y sus aliados, una gratificante sensación a la que le cabe la misma palabra que nutrió la convocatoria: eterna.

Fuente: Suplemento NO - Página/12

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SHOW INTERNACIONAL

Rock cañón


acdc

1. AC/DC en River (‘09)(12 votos)

2. Radiohead en Club Ciudad de Buenos Aires (Quilmes Rock ‘09) (11 votos)

3. Roger Waters en River (‘07) (8 votos)



Tal vez proféticamente, AC/DC y Spinetta compartieron la primera tapa del NO de este año, por haber sido ganadores de la Encuesta ‘08 como mejores discos del año. Ahora, AC/DC (12 votos, apenas un voto arriba de Radiohead) se consagró Show internacional de la década.


Si toda encuesta es, grosso modo, un promedio de las voluntades variables de una población mayor a la consultada, los dos shows más votados por los músicos fueron, curiosamente, no la media sino los extremos de lo que se puede concebir habitualmente como Grandes Maneras de dar un concierto: la oscuridad infernal y la melancólica, la sobreexposición de los solos de un violero y la timidez del otro, la luz de los azotes del pre-hard-rock y la luz de las melodías del post-depre-rock: AC/DC (12 votos) y Radiohead (11). Curiosa o proféticamente, los autores de Back in Black y Spinetta, que con sus Bandas Eternas aportó el Show nacional de la década, compartieron la primera tapa del NO de este año, por haber sido ganadores de la Encuesta ‘08 como mejores discos del año (Black Ice y Un mañana).

Ahora, que la inmediatez de los shows de AC/DC fue un condimento que puso el sabor de la injusticia para con otros grandes shows vistos aquí esta década, es tanto una verdad relativa como una coincidencia de elecciones. Alguno dirá: “¿AC/DC? ¡Naaah!”. Pero fue un show del carajo: los cañonazos estruendosos del final, esa pasarela interminable, la tarima que elevó mecánicamente a Angus Young, la campana, el delirio de Angus (strip-tease incluido) y de Brian Johnson, el color que pusieron las chicas en corpiño durante The Jack (hit reciente en YouTube que también puede ir a YouPorn). Y eso sin contar esas canciones populares y ríspidas, conectadas a 220 y haciendo temblar las gradas del Monumental como Kempes en el Mundial ‘78.

Ahí nomás, a un voto de diferencia, quedó Radiohead y su propia puesta, impactante por lo delicado y funcional, indefinible desde la forma de sus temas. Ese siempre riesgoso camino en la cornisa de lo conocido que la banda inglesa siempre paseó con soltura, haciendo malabares y mascando chicle a la vez, con oficio, talento y una investigación geek del sonido. Ese recital de dos horas del martes 24 de marzo en el Club Ciudad de Buenos Aires tuvo, como tituló Página/12, “demasiados grandes momentos” como para recuperarlos aquí, pero sin duda no serán muchos quienes no den crédito al show de los Cebollitas de esta categoría, campeones a su modo.

Lo que también eligieron tácitamente los músicos encuestados fueron los espacios que en esta década fueron los mayores (y demostrados mejores, más allá del último Pepsi Music a 95 db) espacios porteños para este tipo de megashows: el estadio de River Plate y el Club Ciudad de Buenos Aires, del que hubo que despedirse el sábado, junto a Gustavo Cerati, por su reciente PROscripción. El CCBA albergó —festivales mediante— a los recordados shows de Massive Attack (‘04), Elvis Costello (‘05), Daft Punk, Iggy & The Stooges (‘06), Nine Inch Nails, R.E.M. (‘08), Faith No More, The Prodigy y Depeche Mode (‘09); y, fuera de los festivales, el regreso de Calamaro y sus secuelas, y las maratónicas presentaciones de Manu Chao & Radio Bemba. Y el Monumental, que se estrenó en la masividad rockera de esta década con Los Redondos en ‘00, atestiguó tres reuniones clave: Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs y lo mejor que se pudo obtener de aquel histórico Sumo (Divididos con Las Pelotas en el Quilmes Rock ‘07). Y cobijó también a Rolling Stones, U2, Madonna y Roger Waters (y su cerdo).

Fuente: Suplemento NO - Página/12





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EL FENOMENO DE LA DECADA

Internet, una masa


decada

1. Internet / Youtube / Piratería (22 votos)

2. La caída de las Torres Gemelas (7 votos)

3. Peter Capusotto (6 votos)


Esa gran cosa de copiar, pegar, reenviar, postear, y bajar y subir canciones en todas sus formas, legal e ilegalmente, con o sin redes sociales, es la gran “cosa” de la década, dicen los músicos. Mención especial para la caída de las Torres Gemelas en 2001 y para el ganador moral Peter Capusotto.

La consigna del Fenómeno de la década es abierta, pero no tan ambigua, e invita a un ejercicio casi de historiador. Y los rockers empadronados por el NO sucumbieron ante la seducción digital: por amplia mayoría, con 22 votos, los sufragantes consideraron que el gran Fenómeno de la década fue la explosión de intercambio y de exploración del mundo desde casa que supuso Internet. Y en especial algunos de sus órganos más vinculados con la música, como bien lo sintetizó Monstruo!, aunque de modo bastante poco sintético, “facebookfotologblogmyspacelastfmtwitterpandorataringaytodalamierdaesa”. Dentro de ese universo de opinión, el matiz que más veces apareció fue el del impacto que el tráfico de MP3 implicó para la industria discográfica y para los mismos músicos.

El segundo gran Fenómeno de la década, según la familia rocker, fue la caída —a avionazo limpio— de las Torres Gemelas de Nueva York, que con sus 7 votos lideró la agenda de hechos políticos elegidos. En esa línea aparecieron, también, menciones a los piquetes y a los presuntos cambios en la orientación de las políticas económicas de los gobiernos latinoamericanos. La actualidad informativa a la hora de elegir fenómenos llegó, claro, a las páginas deportivas, ya que también hubo un mezcladito futbolero que incluyó a Martín Palermo, Lionel Messi, Ricardo Caruso Lombardi y hasta el Huracán de Angel “tiki-tiki” Cappa.

Sin embargo, el fenómeno sin corona según los artistas de rock resultó ser Peter Capusotto, el hit televisivo que Diego Capusotto ya ha llevado por tres canales de TV e incontables sitios web. Si bien los fríos números dicen que quedó tercero en la lista de fenómenos, con 6 votos, un análisis más amplio —vamos, un análisis a la medida del NO, qué tanto— arroja que Peter también salió tercero en el rubro Artista argentino de la década, donde cosechó 11 votos, apenas uno menos que Luis Alberto Spinetta y tres menos que Andrés Calamaro. Esos 17 sufragios totales que el programa de TV sumó entre ambos rubros parecen probar cuán hondo caló la crítica punk y desaforadamente hilarante que Capusotto —y su co-guionista, Pedro Saborido— regaló al rock. O sea que, para los rockers argentinos, Pomelo abre casi tantas puertas como Internet, y tiene casi tanto poder de fuego como Al Qaida.

Fuente: Suplemento NO - Página/12

10 comentarios - Encuesta rockera de la década

juanca2345
Spinetta

Mono (Kapanga)
1. Andrés Calamaro
2. Toro y pampa (Almafuerte ‘06)
3. Flight 666 (Iron Maiden ‘09)
4. Kapanga en el Luna Park (‘07)
5. Iron Maiden en Vélez (‘09)
6. Zulma Lobato / Lionel Messi



GRANDE MONO IDOLO
leitmotiv_17
es un buen artista Calamaro, PERO QUE MAL ESTA EL ROCK ARGENTINO. Convengamos, no? Capusotto tercero? ni siquiera es rock, no nos olvidemos que los Redondos son de esta decada tambien eeh!
onix92
EL SHOW LO TENIA K GANAR LOS REDONDOS
redon2
Andrés Giménez (D-Mente)
1. León Gieco
2. Un León D-Mente (León Gieco ‘09)
3. Down to the Earth (Ozzy Osbourne ‘01)
4. León Gieco y D-Mente en La Plata (‘09)
5. The Stooges en Pepsi Music (‘06)
6. Ricardo Caruso Lombardi



jaja que grande andres gimenez . siempre lo veo en la cancha
cussita
mi opinion:
1cerati
2fuerza natural
3u2-vertigo
4 soda stereo me veras volver
5u2 vertigo tour
5youtube
Coco87G
1- Andres Calamaro
2- No es solo rock and roll (Intoxicados)
3- Nevermind (Nirvana)
4- Los Piojos en su despedida
5- Rolling Stones en River
6- el uso masivo de Internet
joakodavila
1-cerati
2-un mañana (L.A spinetta)
3-californication(red hot)
4-el flaco y las bandas eternas en velez
5-ac/dc en river
6-cambios climaticos y desastres naturales