Una de las figuras tutelares del rock, que ostenta el título de cofundador de la mítica banda inglesa Black Sabbath, se presenta en Bogotá.

Ozzy, el rock and roll y todo lo demás


Para cuando tenía 21 años, Ozzy Osbourne ya había pasado por la cárcel al menos una vez. El alcohol era su gran compañero y mostraba una preocupante fascinación por los olores fuertes, no como el de la gasolina; más como el de sustancias que diluyen la realidad en yogurt y hacen sentir que has salido disparado de un cañón para atravesar un lienzo de pinturas improbables antes de aterrizar en un mar de electricidad. A esa edad también fundaría con un amigo suyo Black Sabbath, un experimento de garaje que torció el camino de la música reciente.

Las historias se han repetido miles de veces en los últimos 20 años. Que le quitó la cabeza a una paloma en una reunión con ejecutivos de una compañía disquera. Que repitió el experimento con un murciélago en pleno concierto. Que intentó matar a su mujer. Que ha ingresado tal vez cientos de veces a centros de rehabilitación. Que no lo ha logrado, rehabilitarse al menos.

Sus canciones también han sido repetidas miles de millones de veces por varias generaciones que aprendieron que el camino hacia el rock and roll comenzaba, entre varios otros, con Black Sabbath y que esa misma vía continuaba con varias paradas en Ozzy; el Ozzy renegado y alcohólico que fue expulsado, o que renunció, o al que le sugirieron que se fuera de la banda que había fundado con el guitarrista Tony Iommi por allá en 1969, cuando las flores del hipismo comenzaban a oler a podrido. Ese tímido niño de Birmingham con la mirada puesta en ningún lado que hizo proezas con el legendario guitarrista Randy Rhoads.

“Yo sólo espero que no se caiga en el concierto”, dice un fanático colombiano, con una mueca mezcla angustia y vergüenza ajena. Quienes pensaban que Ozzy seguía siendo “El príncipe de la oscuridad” se encontraron, para 2003, con un hombre que caminaba con dificultad y que parecía hablar en un dialecto incomprensible que en algunos momentos parecía inglés y en otros sólo ruido. La cadena MTV estrenó Los Osbournes, un reality show que convirtió a una figura del más profundo culto del rock en una atracción de las 7:00 p.m. Era la historia de un sórdido abuelito que convive con una docena de perros, un par de hijos disfuncionales y malcriados (al menos para las cámaras) y una esposa que lo adora más allá de los animales decapitados y los 100 millones de álbumes con su música que se han vendido en todo el planeta.

Ozzy es muchos al tiempo. Es el padre preocupado por un par de adolescentes, como todo padre. Mísera edad. El hombre de 63 años que anda despacio por una mansión de Los Ángeles. También es la máquina que aún produce escalofríos, noche tras noche, a los miles de fanáticos que van a gritar de la mano de una persona que, contra todo pronóstico, no sólo recuerda la letra, sino que canta como si se tratara de 1969 otra vez. Los foros de los fanáticos están plagados de expresiones como “la mejor noche de mi vida” al hablar de un concierto de Ozzy. Pero bueno, los fanáticos son así, leales y exagerados, grandilocuentes. También son exigentes.

Y “El abuelo del heavy metal” (uno más de sus nombres terrenales) ha sabido entregar lo que quieren. Se ha rodeado de buenos músicos y, con toda la fuerza de su maltratado y abusado cuerpo, esculpe con perfecta sincronía las letras de Paranoid, War Pigs, Iron Man en el vacío de la noche.

Después de haber salido de Black Sabbath (sin entrar en la polémica estéril acerca de si lo hizo por sus propios medios o por la fuerza), tuvo una larga carrera al lado de otros grandes nombres como Rudy Sarzo, Tommy Aldridge y Rhoads, quien se convirtió en una pieza clave de su música hasta que tuvo a bien subirse a un avión con un piloto que había consumido cocaína, entre otras varias anomalías. Su cadáver tuvo que ser identificado por las piezas dentales.

Entre finales de los noventa y principios de este siglo, Osbourne regresó oficialmente a Black Sabbath. De esos momentos felices emergió un disco (Reunion) y varias giras que quedaron enmarcadas en las fechas doradas del rock.

Ozzy es hoy, además del ícono, la nostalgia del pasado hecha hombre, una industria. Su nombre respalda uno de los festivales de rock pesado más exitosos del planeta, Ozzfest: un escenario en donde se suben desde el mismo Osbourne hasta bandas de black metal noruego con apenas dos décadas de existencia. Un hombre de gustos variados.

Más allá de los escándalos (las decapitaciones en vivo, los intentos de homicidio), los abusos (desde disolventes hasta cocaína, pasando por un largo etcétera de fármacos y sustancias industriales), Ozzy sigue siendo una suerte de reliquia de un tiempo en el que la música tomó un abrupto giro para traer, desde el otro lado del Atlántico, maravillas que no hablaban de paz y amor en tiempos en que el mundo se sumergía en la Guerra Fría y la oscuridad de la modernidad. Ozzy fue uno de los muchos que encendieron la llama de una juventud que agarró su música y la convirtió en himno, en culto y en mito.

El gran concierto


Hoy se presenta Ozzy Osbourne en el Parque Metropolitano Simón Bolívar, de Bogotá. Como siempre sucede para estas ocasiones, las autoridades recomiendan llegar temprano para hacer el ingreso por los filtros de seguridad con calma. Asimismo, los organizadores sugieren comer e hidratarse bien antes de hacer el ingreso al Parque. No se permitirá el ingreso a personas en estado de embriaguez o bajo el efecto de sustancias alucinógenas. Dado el clima actual, es bueno que los asistentes lleven impermeables y no sombrillas para comodidad de todos. El concierto comienza a las 6:00 p.m.


fuente: elespectador.com