Una escuela diferente en las favelas de Sao Paulo

Cuando en 1994 Dagmar Garroux creó su escuela, la Casa de Zezinho, en las favelas de São Paulo, apenas unas pocas familias se atrevieron a inscribir a sus hijas. Tradicionalmente, las mujeres se quedan en casa, así que no veían la necesidad de que recibieran educación. "Al principio sólo matriculaban a los hijos varones. – recuerda Garroux – porque en la favela, de las mujeres no se espera nada más que ejerzan de amas de casa. Su único valor es el de dar a luz, y desde muy jóvenes ya se las prepara para esta servidumbre."

Dagmar Garroux, a quien se conoce como Tia Dag, tuvo muy claro que había que cambiar esa situación. "Hoy, después de años de trabajo y de discusiones sobre el futuro de sus hijas, cada vez son más los padres que aceptan la idea de que éstas también puedan estudiar; sin embargo, hay que seguir luchando para convencerles de que no las saquen de la escuela cuando van haciéndose mayores para que ayuden en casa."

Con orgullo dice que consigue convencer a nueve de cada diez padres para que dejen que sus hijas sigan con los estudios. Les encuentra soluciones, como buscarle una guardería para el hermano más pequeño de forma que la hermana mayor no tenga que hacerse cargo de él.

"cuando una joven da a luz deja de recibir golpes de sus padres o de sus padrastros; es sólo entonces cuando se preocupan por ella y la cuidan"
Dagmar Garroux, fundadora de Casa de Zezinho 1.200 niños y niñas
Tia Dag fundó la Casa do Zezinho después de trabajar con los niños que huían de los grupos paramilitares en São Paulo. Ahora es una de las escuelas informales más grandes de esta megápolis brasileña, y un segundo hogar para 1.200 niños, niñas y adolescentes con edades comprendidas entre los seis y los 21 años. La escuela se levantó en una de las favelas de la ciudad, y fue construida con maderas, cartones y ladrillos
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En contraste con la monotonía cromática de las favelas, la escuela brilla con todos los colores del arco iris. Desde fuera se oyen las voces, las risas, el sonido de los balones al botar y las notas de los instrumentos musicales.

El único requisito para acudir a la escuela es estar matriculado durante el día en una de las escuelas públicas… De hecho, uno de los objetivos de Tía Dag es mantener a los niños alejados de las calles y de las bandas criminales.

Contra la violencia de género

Hoy, el papel de Tía Dag en la escuela es el de tratar con los casos más duros: violencia doméstica, prostitución y abuso sexual –crímenes cometidos principalmente contra las niñas. Ella ha enseñado a sus maestros cómo identificar los más sutiles signos de un posible abuso sexual, como por ejemplo si llevan mangas largas a pesar del calor.

Los docentes ofrecen servicios sociales, terapia e incluso han llevado a los abusadores ante la justicia. Dagmar se lamenta de que "intentamos de que la gente no sepa de las acciones legales que emprendemos, porque en las favelas hay una ‘ley’ ineludible: los violadores mueren."

Los embarazos entre adolescentes son habituales en las favelas. "Las niñas creen que sólo se las respetará cuando se conviertan en madres," cuenta Tía Dag. Y añade que "cuando una joven da a luz deja de recibir golpes de sus padres o de sus padrastros; es sólo entonces cuando se preocupan por ella y la cuidan". Tía Dag revela un dato curioso: "Cuando les pedimos que pinten su familia, tienden a poner en el centro a la hermana o a la cuñada encinta."

El problema no es la falta de educación sexual, sino una carencia de oportunidades educativas y laborales. "Todas las niñas saben muy bien cómo evitar un embarazo; así que lo único que tienen que hacer es ignorar las precauciones porque un embarazo es el único proyecto de vida que ven para sí mismas," dice. "Y si el que las deja encinta es un traficante de drogas, mucho mejor, porque les asegura protección no sólo en el hogar sino en toda la favela."

En los dos últimos años no ha habido ningún embarazo en la escuela. Y esto se lo debemos al programa Siglo XXI, dirigido a jóvenes de entre 15 y 20 años, que impulsa la escuela. Cuatro chicas y cuatro chicos deben llevar una faja de plástico que va creciendo mes a mes.

"Tienen que hacerlo todo con esa faja," explica Tía Dag. Y añade que, por supuesto, "ellos se quejan por la incomodidad. Los muchachos quieren ir a jugar a fútbol, pero les decimos que no pueden porque 'estás embarazado, no puedes hacerlo'… Después cuando el 'bebé' ha nacido, tienen que cuidarlo mientras siguen tomando sus lecciones y haciendo todas aquellas tareas que se supone debe hacer un estudiante.”

Cambiar el futuro de las niñas
Tía Dag recuerda a una madre que vino recientemente a la escuela insistiendo en que su hija dejara de acudir a las clases. "Le pregunté a la mujer a qué se dedicaba," dice Tía Dag, "y ella respondió que ayudaba en la limpieza de casas. Le dije que si sacaba a su hija de Casa Zezinho, su hija probablemente terminaría ayudando en la limpieza de casas. Y le hice ver que si su hija seguía estudiando en la Casa podría cambiar su futuro. La animé a hacer el esfuerzo de dejar que su hija siguiera estudiando y que la ayudase a ser algo más. Entonces dijo que ella tampoco quería que su hija terminara limpiando las casas de otras personas y la dejó quedarse.

"Estoy segura de que si permiten que sus hijas estudien aquí, tendrán las mismas oportunidades que los chicos. Quizás no las mismas, ya que los prejuicios en Brasil están muy extendidos, pero las oportunidades de salir del ciclo de violencia sumisión, y empobrecimiento serán mucho más altas" dice vehementemente Tia Dag.
Fuente.http://www.elmundo.es/elmundo/2011/05/23/solidaridad/1306146858.html