HECTOR LARREA - Un Hombre de Radio


Héctor Larrea (Bragado, provincia de Buenos Aires, 1939) es un conductor de radio y televisión de Argentina.

Debutó en la adolescencia en los escenarios de su pueblo. En cuanto terminó la escuela secundaria viajó a Buenos Aires, y completó sus estudios en el ISER en 1962. Su inicio en la radio fue en Radio Argentina. Inició su carrera televisiva con el programa La campana de cristal, actuando junto a Nelly Raymond. En la década de 1960 era el presentador oficial del show de Sandro. Durante este período también presentó prestigiosas orquestas de tango.

En 1967 inició el programa radial Rapidísimo, que ha permanecido durante unos 30 años, pasando por las radios El Mundo, Continental y Rivadavia. El nombre se debe a que el programa duraba media hora. El presentador produjo varias innovaciones; incluyó tango, canciones melódicas y folklore, estilos de música que no se acostumbraban escuchar en aquella época. También fue uno de los primeros presentadores argentinos que permitió la participación de los oyentes mediante mensajes telefónicos.
(Fuente: Wikipedia)










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Lunes 21 de Abril del 2008

Su voz es una banda sonora



A los 69, el inoxidable Héctor Larrea reflexiona acerca del mundo que más quiere: el de la
radio. Condujo Rapidísimo durante 34 años. Triunfó en televisión. Pero lo suyo es esto.






En la película Ratatouille, el crítico gastronómico Antón Ego, con sólo probar un sabor que creía perdido para siempre, vuelve a la infancia en un recuerdo exacto. Es una de las cualidades de las cosas que permanecen intactas en el tiempo. Con la voz de Héctor Larrea sucede algo parecido: apenas pasadas las dos de la tarde, reverbera en los monitores de Radio Nacional y transporta, a ropios y ajenos, a la época en que Rapidísimo era la banda de sonido de las mañanas de los argentinos. Un programa que nació con la urgencia que su nombre indica y se quedó 34 años. Hoy, el espíritu de Rapidísimo se encarna en Una vuelta nacional, el programa que conduce hace cuatro años en la emisora estatal, y que
es puro Larrea: una apertura optimista, tangos bien elegidos, una troupe a las risas, precisión y velocidad. Un rato antes de que ese despliegue se ponga en marcha, este hombre, definido por sus colegas como alguien “con códigos” (se sabe que, muchas veces, no dudó en responder con su bolsillo los atrasos en los pagos de sus colaboradores) y de envidiable buen humor, contesta las preguntas
apoltronado en una silla de la oficina de producción, a su estilo,
entre cómplice y campechano. Del mismo modo se dejará fotografiar
mientras come, camina o habla por teléfono: Larrea ya no se debe a la televisión.

–Héctor, ¿escucha radio?
–Escucho a Pergolini, poco, no todo el programa; escucho a Dolina, una hora y media más o menos; va tarde, pero tengo el hábito. Es que Dolina, en la primera línea de los grandes artistas radiales de la historia, del 22 para acá, figura, no lo dudes.

–¿Qué opina de los programas que se terminan pareciendo a Rapidísimo?
–Bueno, lo de Rapidísimo es una fórmula.

–¿Y de lo que hace González Oro, por ejemplo, cantando al aire,
o formando esa especie de “barra” que nació con Rapidísimo?
¿Siente que fue muy copiado?
–No, no; eso es González Oro, haciendo las cosas a su manera.
Lo que pasa es que en aquellos tiempos no había programas
multitudinarios, con mucho elenco. Además había otra cuestión:
nosotros empezamos antes de la dictadura, y estuvimos al aire durante 34 años. Entonces llamar, como llaman los oyentes ahora, era imposible. Ahora se hacen otras cosas.

–Los televisores en el estudio, la computadora con internet, tantos llamados de los oyentes, ¿cómo influyó todo eso en los cambios de la radio?
–Los televisores están prendidos al cuete, están ahí como testigos mudos, resentidos porque no los dejan entrar (risas). Le aportan algo al aire una vez cada seis años. Para la radio no sirven. La radio tiene sus movileros, que andan muy rápido. La tele no sirve para nada; hay que tenerla, porque pasa algo y tenés que ver lo que está sucediendo, o si el movilero no está. Internet sí, es muy necesaria para complementar detalles, en la medida que sepas quién es el ñato que hizo la página, porque en Internet se pueden decir las pelotudeces más grandes del planeta.

–Hace algunos años, ante la renovación de un contrato en Radio Rivadavia, le pidieron que cambiara algunas líneas de su programa. ¿Podría cambiar su manera de hacer radio o dejar de pasar tangos?
–No, yo soy muy jodido, ciertamente inepto. No sé trabajar integrando equipos. En el programa siempre fuimos muchos, pero siempre fui líder, no había otro que decidiera. No tenía nada que ver ahí, yo quería pasar tangos. Por eso me fui a la televisión, porque me decían que mi programa no me lo iban a dar nunca si no me veían en Radiolandia. Y entonces fui a la televisión, y ese día me dieron Rapidísimo.

–¿Cómo fue su paso por la televisión?
–Empecé en el 67. Yo llegué de Bragado en el 60 y empecé a trabajar en radio en el 62. Yo lo único que quería era ver si era
cierto eso que decían mis amigos: que si vos trabajabas en televisión, te podían dar tu programa de radio. Empecé con un
programa de jazz, Norteamérica canta, por Canal 13. Después vinieron Humor Redondo y El mundo del espectáculo.

–Y después Seis para triunfar, al que no le fue mal.
–Sí. Llegué a un pacto con mis amigos: trabajaba un año sí y un año no. Y después me hacía el pelotudo y pasaba, lo estiraba a un año y medio, porque no me gustaba (risas). Me decían que trabajar en televisión hacía que la radio se vendiera mejor, lo cual es cierto. Pero yo sólo hacía televisión porque me importaba la radio, quería trabajar en radio con mucha gente, y eso costaba dinero. Me fui para hacer seis meses de televisión y me quedé siete años. Pero me declaro inocente.

–¿De salud cómo está?
–Bien, bien, me salvé cagando pero ahora estoy bien. Trabajo con muchas ganas, tengo responsabilidades familiares muy serias y las enfrento como se debe. Estoy al lado de los míos, tengo dos nietos maravillosos y ayudo a criarlos.

–Para usted, ¿la radio sigue siendo el sueño que fue o llegó a convertirse en un trabajo monótono como el de cualquiera?
–¡No, qué decís, por Dios! La radio sigue siendo Disneylandia.

Por: MARCELO PAVAZZA


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Opinión: Alejandro Dolina

“Este hombre es un caballero”

¿Así que Larrea dijo que yo estaba en la historia de la radio? Bueno, bueno, ese hombre no está bien de la cabeza. Yo tengo una opinión de él mucho más seria que la suya respecto de los méritos radiales: él sí que está en la historia. Lo escuché durante toda mi vida y creo que forma parte, tanto él como otros grandes –no sólo de la radio sino del canto, de la literatura, de la música,
de la poesía–, de una especie de segunda familia que uno tiene y que está constituida por aquellos retratos colgamos en el corazón.
Y así como uno se acuerda todos los días de su abuelo o de su padre, también de Borges o de Gardel, se acuerda muy seguido de
él, tiene presentes sus frases, sus gestos y, desde luego, sus formas de trabajar, que son propias y únicas. Yo creo que Larrea es una de las pocas personas que está enterada de qué discos se ponen en su audición: en la radio que se hace hoy, a nadie le importa la música que suena, es más bien una especie de ruido ambiente. En cambio Larrea la elige, y como nadie: con criterio didáctico, estupendo buen gusto y un sello personal. Larrea pide esa música para su programa y eso denota un gran amor por lo que está haciendo. Uno escucha a Larrea porque es el único tipo que sabe qué tangos debe poner y cuáles no. Luego está su generosidad, en un medio en el que nadie habla bien de otro porque sí nomás. Y él lo hace con total desinterés, con una gran benevolencia. Este hombre es un caballero. Cuando hacíamos el programa en un hotel de
Mar del Plata, habían dispuesto un pequeño salón para nosotros y la muchachada venía a vernos. Larrea, que se alojaba en ese hotel,
bajaba en silencio, se escondía detrás de una puerta y escuchaba el programa sin que nadie lo viera. No lo hacía para evitar a la gente; por el contrario, era un detalle de humildad, casi como para no molestar, para que nadie se sintiera obligado a grandes saludos. Así que yo hacía mejor el programa porque sabía que él estaba. Entre tantas otras cosas, le estoy muy agradecido por
ese gesto.

Fuente: Crítica de la Argentina.